Gálatas 5:13-21

5:13 Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.
5:14 Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
5:15 Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros.
5:16 Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.
5:17 Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.
5:18 Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.
5:19 Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia,
5:20 idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías,
5:21 envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.

NO USEN LA LIBERTAD PARA LA CARNE


Buenos días. En las últimas semanas hemos aprendido acerca de la libertad que Cristo nos ha dado y los peligros del legalismo para el creyente y la iglesia. No debemos volver a someternos al yugo de la esclavitud de la Ley porque Cristo nos ha hecho libres. Pero, puede ser entonces que alguno tergiverse la libertad en Cristo y diga: “Soy libre para hacer lo que quiera porque la gracia de Cristo va a perdonar todo lo que haga”. Así que, previendo este tipo de pensamiento, el apóstol Pablo hace una exhortación más en nuestro versículo clave: “solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.” No debemos usar la libertad que Cristo nos ha dado para vivir conforme a nuestros deseos carnales, sino para vivir sirviéndonos en amor los unos a los otros. Este llamado resuena con fuerza en un mundo que confunde la libertad con el libertinaje, y nos desafía a vivir de manera que glorifiquemos a Dios y edifiquemos a nuestros hermanos. 

Entonces, a través del mensaje de hoy vamos a aprender cómo debemos usar la libertad con la que Cristo nos hizo libres: No como ocasión para la carne, para dar rienda suelta a nuestros deseos carnales; sino, para servirnos por amor los unos a los otros. Si bien no debemos ser legalistas, tampoco debemos irnos al extremo opuesto del libertinaje. Debemos estar firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, pero no caer en libertinaje, sino usar nuestra libertad en Cristo para servir a Dios y a nuestros hermanos en amor. La libertad en Cristo no es una licencia para el pecado, sino una invitación a vivir en amor y servicio por el Espíritu.

Yo oro para que cada uno de nosotros se mantenga firme en la libertad con que Cristo nos hizo libres, sirviendo con amor el ministerio y a los hermanos. Que ninguno de nosotros se aproveche de la gracia que ha recibido para vivir conforme a sus deseos carnales, sino que vivamos en el Espíritu sirviéndonos con amor los unos a los otros. Sobre todo, sirviendo en la predicación del evangelio entre aquellos que no conocen a Jesús, especialmente los jóvenes estudiantes de la Universidad de Panamá, de manera que el Señor los libere de la esclavitud del pecado y de la Ley, y nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.

I.- No uséis la libertad como ocasión para la carne (13a; 19-21) 

Leamos juntos el v.13a, por favor. El apóstol Pablo comienza el v.13 enfatizando nuevamente que hemos sido llamados a la libertad. No debemos volver a la esclavitud de la Ley. No necesitamos memorizar una larga lista de mandamientos y ordenanzas con el temor de que si quebrantamos alguno de ellos seremos cortados de la comunión con Dios y con los hermanos. Pero, Pablo tampoco estaba haciendo un llamado al antinomianismo, es decir, a vivir sin ley alguna; creyendo de que no hay leyes morales que Dios espere que obedezcan los cristianos. En el Nuevo Pacto en Cristo, el Espíritu Santo ha escrito la Ley de Dios en nuestras mentes y corazones conforme a la profecía de Jer. 31:33, y el Espíritu mismo nos ayuda a vivir obedeciendo la Palabra de Dios como fruto de Su acción en nosotros. Entonces, si el Espíritu de Dios mora en nosotros, no necesitamos ponernos el yugo de esclavitud de la Ley, sino dejar que Él guíe nuestras conciencias.

Sin embargo, Pablo hace una exhortación: “solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne.” A veces puede resultar difícil distinguir cuándo estamos siendo guiados por el Espíritu Santo y cuándo por nuestros propios deseos carnales. Aunque con Su muerte, Cristo nos ha librado del poder y de las consecuencias del pecado, dándonos el poder del Espíritu Santo para vencer el pecado, y librándonos del estado de muerte espiritual en que nos encontrábamos, todavía el viejo hombre, nuestra naturaleza pecaminosa, agoniza dentro de nosotros. Esto es lo que el apóstol Pablo llama aquí “carne”. La “carne” es el pecado original que hemos heredado de nuestros primeros padres, Adán y Eva, que mora dentro de nosotros y que nos lleva a desear lo que está en contra de la voluntad de Dios, así como ellos lo hicieron. Y sucede frecuentemente que, al no conocer bien la Palabra y la voluntad de Dios, y no tener una comunión íntima con el Señor, el creyente no puede discernir si es el Espíritu Santo o su deseo carnal lo que le está guiando en una determinada dirección.

Por esta razón, el apóstol Pablo ve necesaria la exhortación: “solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.” Para mostrarnos más claramente cuándo somos guiados por el Espíritu y cuándo por la carne. De hecho, en el resto del capítulo cinco, se va a centrar en hacer esta distinción. En la primera parte del mensaje, quiero enfocarme en el significado de usar nuestra libertad en Cristo como ocasión para la carne. Quiero que evaluemos de forma práctica si estamos haciendo esto. Por esta razón he incluido aquí los vv. 19-21 que nos muestran las obras de la carne, para que evaluemos si estamos viviendo en ellas.

Leamos, pues, juntos los vv. 19-21, por favor. Me parece más fácil de captar como traduce la NTV: “Cuando ustedes siguen los deseos de la naturaleza pecaminosa, los resultados son más que claros”. Es claro y manifiesto cuando alguien está usando su libertad para vivir en la carne. Empieza a vivir en uno o varios de los pecados que el apóstol Pablo menciona en esta nefasta lista: “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías”; y el apóstol Pablo deja bien en claro que esta lista no es exhaustiva al decir: “y cosas semejantes a estas”. Así que, si usted está viviendo en cualquiera de estos pecados, usted está usando su libertad en Cristo (si en verdad Cristo le ha hecho libre), como ocasión para la carne. Veamos el significado de cada una de estas obras de la carne y evalúe, por favor, con toda honestidad, si usted está viviendo en cualquiera de ellas. 

Primero: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia. Las primeras cuatro obras de la carne que menciona el apóstol Pablo son las relacionadas con la inmoralidad sexual. Empieza con el adulterio que es el pecado de tener relaciones sexuales fuera del matrimonio cuando una de las dos personas está casada o comprometida. Pero, nuestro Señor Jesús amplió el concepto de adulterio al enseñar: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.” (Mat. 5:28). El solo hecho de mirar con deseo o imaginar tener relaciones con otra persona ya es adulterio. Así que si alguno está teniendo relaciones con una persona casada o comprometida, o mira con deseo o se imagina teniendo relaciones con una mujer o un hombre que no es su esposa o esposa, está en adulterio y necesita arrepentirse.  

La fornicación es la palabra más general para la inmoralidad sexual. En griego es porneia, de la cual se deriva el término “pornografía”. Se refiere a toda actividad sexual ilícita, fuera del sagrado matrimonio, e incluye: sexo fuera del matrimonio (fornicación o adulterio), homosexualidad, bestialidad, incesto y prostitución. Así que si usted practica cualquiera de estas cosas, necesita urgentemente arrepentirse.

La inmundicia es un término aún más general que la fornicación y se refiere a cualquier cosa que te quite tu pureza delante de Dios, es decir que te haga inmundo o impuro. La palabra en griego es interesante porque se usaba también para el pus de una herida infectada. Así, la inmundicia es un pus supurante de nuestro deseo carnal. La inmundicia puede abarcar otros actos de impureza sexual que no necesariamente impliquen una relación sexual como tal, como la masturbación, la pornografía, el sexting, el voyerismo, etc. Y está íntimamente relacionada con la lascivia o lujuria. 

La palabra griega que se traduce aquí como lascivia también podría traducirse como desenfreno. Es la disposición para cualquier placer. La persona que lo practica, se dice que no tiene freno (está desenfrenada), hace todo lo que le produzca placer sin importarle nada. Si usted está dando rienda suelta a sus deseos o está atrapado en la pornografía o la masturbación necesita ayuda urgentemente porque esos pecados son como una gran telaraña de la que es muy difícil salir. Arrepiéntase de ellos, busque consejería y apoyo en oración para salir de allí. No use su libertad en Cristo para seguir cayendo en ellos pensando que no son tan graves. Estas obras de la carne manifiestan que usted no está viviendo en el Espíritu y pueden ser una señal de que usted todavía no ha nacido de nuevo. Así que no lo tome a la ligera.

Segundo: idolatría, hechicerías. La idolatría y la hechicería suelen considerarse pecados de naturaleza más espiritual, ya que están más vinculados a la relación espiritual del individuo con Dios. Estos pecados implican una rebelión contra la soberanía divina y una violación del primer mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí.” (Éxo. 20:3). La idolatría es la adoración a otros dioses fuera de Jehová, o dar prioridad a algo por encima de Dios en nuestro corazón. La hechicería se refiere a prácticas ocultas o intentos de manipular fuerzas espirituales al margen de Dios como la santería, brujería o algunas prácticas de la Nueva Era. Estas obras de la carne desafían la posición de Dios como único objeto de adoración y autoridad espiritual. 

Si bien en nuestros días no es común que se adore a otros dioses fuera de Jehová, algunos ponen sus esperanzas en otras personas o les honran y oran como si fuesen dioses, por ejemplo, los santos, las vírgenes, o los familiares muertos, en lugar de adorar y orar al Único Dios verdadero. Además, ponemos otras cosas como prioridad en nuestras vidas por encima de Dios, como el dinero, nuestra pareja, nuestro trabajo, nuestro orgullo, nuestro propio pensamiento, nuestro placer. Al punto de que decidimos por estas cosas antes que por adorar a Dios y hacer Su voluntad. Si estás adorando u orando a otra persona en lugar de Dios, o si hay alguna cosa en tu corazón por encima de Dios, necesitas arrepentirte porque estás en el pecado de idolatría. O si estás consultando el horóscopo, una bruja, una gitana, o practicando la santería o cualquier otra práctica de Nueva Era, necesitas arrepentirte porque estás en hechicería. 

Por otro lado, la palabra griega farmakeía que se traduce aquí como hechicería también puede traducirse literalmente como “el uso de drogas”. Así que usar drogas recreativamente también entra dentro de la hechicería. Por tanto, si estás en uso de ellas, necesitas arrepentirte también y buscar ayuda espiritual y profesional.

Tercero: enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios. Todos estos son pecados de falta de amor al prójimo. “Enemistades” se refiere a una persona que es permanentemente hostil a sus semejantes; es precisamente lo contrario de la virtud cristiana del amor al prójimo. “Pleitos” se refiere a la rivalidad, ponerse en contra del otro. “Celos” es el deseo de tener lo que otro tiene, más parecido a como usamos la palabra “envidia” hoy en día. “Iras” son explosiones de rabia. La palabra griega que se traduce aquí como “contiendas” en realidad describe a la persona que quiere figurar, no para prestar un servicio, sino para obtener el máximo provecho personal; es quien busca su propio beneficio antes que el del prójimo. “Disensiones” y “herejías” tienen un significado parecido, se refieren a la tendencia de dividir a la gente y ponerles a elegir entre un grupo u otro.

La palabra griega que se traduce aquí como “envidias” es una palabra rastrera. El poeta griego Eurípides la llamaba “la peor de todas las enfermedades humanas”. No es que se desea tener lo que otra persona posee, sino que se resiente el hecho de que el otro tenga esas cosas o cualidades y haría lo que fuese porque el otro no las tuviese. Y no es que quiera tenerlas para sí, sino simplemente no quiere que el otro las tenga. Esta es la primera acepción de la palabra “envidia” en el DLE: “Tristeza o pesar del bien ajeno”. Esta obra de la carne es la que puede conducir a la violación de los mandamientos con respecto al prójimo: robo, falso testimonio, adulterio, o incluso a los homicidios, que es la siguiente obra de la carne.

Si bien el homicidio es una obra de la carne que no necesita mucha explicación, Jesús también la elevó más en la ética cristiana: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.” (Mat. 5:21-22). Si tenemos un enojo, una rabia persistente contra alguien que incluso pudiéramos desear que estuviese muerto, somos culpables de homicidio, según nuestro Señor. Así que mucho cuidado con los enojos y los deseos de venganza porque ante los ojos de Dios ya te hacen culpable de homicidio.

¿Cómo son nuestras relaciones con los demás? ¿Tenemos enemistades? ¿Rivalidades? ¿Envidias? ¿Explosiones de furia? ¿Buscamos dividir o que la gente tome partido con nosotros en detrimento de otros? ¿Tenemos envidias malsanas por lo que otros tienen? ¿Somos culpables de homicidio no delictivo? Arrepintámonos, pues, y no usemos nuestra libertad como ocasión para la carne, sino practiquemos el amor con nuestro prójimo en lugar de estas obras de la carne. Amén.

Cuarto: borracheras, orgías. Estas dos últimas obras de la carne están relacionadas con la embriaguez y la pérdida del control de sí mismo. Las borracheras se refieren al consumo excesivo de alcohol que conduce a la pérdida del control de uno mismo. Era un vicio corriente entre los paganos de aquel tiempo. Con todo, los griegos condenaban la ebriedad, al igual que los cristianos, como algo que convertía a una persona en una bestia. Y los judíos, aunque tomaban bastante vino, trataban de mantener la sobriedad, no perdiendo el control. Por otro lado, las “orgías” no son lo que hoy en día conocemos bajo ese sustantivo. Se refieren a los festivales al dios griego Baco, el dios del vino. Eran fiestas donde se bebía mucho vino y la gente perdía totalmente el control, algo así como los carnavales panameños. Así que ambos se refieren al pecado de la ebriedad y la pérdida del control de sí mismo. 

Estas dos últimas obras de la carne de la lista pueden llevar a otros pecados como el desenfreno, el adulterio, la fornicación, entre muchos otros. Por tal razón amonesta el apóstol Pablo a los efesios: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (Efe. 5:18). En lugar de ceder el control de nuestras vidas a los deseos carnales por medio del alcohol y las drogas, cedámoslo al Espíritu Santo para que nos conduzca a una vida de santidad en Dios. En lugar de usar nuestra libertad como ocasión para la carne practicando todas estas cosas, dejemos que el Espíritu Santo nos guíe a la santidad a través de la oración, el estudio de la Biblia y la comunión con nuestros hermanos en la iglesia. Amén.

II.- Sino servíos por amor los unos a los otros (13b-15) 

Leamos ahora juntos el v.13b, por favor. El servicio está más relacionado con la esclavitud que con la libertad. Sin embargo, el apóstol Pablo nos exhorta a usar nuestra libertad en Cristo para servir por amor a los hermanos. Esta es una de las preciosas paradojas de la vida cristiana: “Somos libres para servir”. Este servicio de amor en realidad es una obra del Espíritu Santo en nuestras vidas. Sin embargo, el amor es también una decisión que nosotros debemos tomar. Debemos decidir amar a nuestros hermanos, poniendo sus necesidades por encima de las nuestras. Por eso en el v.14 el apóstol Pablo les recuerda a los gálatas el mandamiento de Lev. 19:18: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Así como yo me amo a mí mismo y quiero que todas mis necesidades sean satisfechas, en la misma medida debo amar a mi hermano y desear que sus necesidades sean satisfechas también. Para esto debo buscar la manera de contribuir a la satisfacción de sus necesidades con amor. 

Les pongo un ejemplo súper sencillo. Salimos todos a caminar y llegamos a la iglesia cansados y sedientos. ¿Cuál es el deseo de mi carne? Ir primero a satisfacer mi sed y descansar. Pero, ¿cómo puedo servir por amor a mis hermanos? Entendiendo que ellos están igual de cansados y sedientos que yo, así que voy y sirvo agua para todos mientras ellos se sientan a descansar, y después yo bebo agua y descanso. Si alguno de ustedes está pensando ahorita: “¿Por qué? ¿Por qué no viene el otro y me sirve a mí mientras yo descanso?” Esa es la naturaleza pecaminosa hablando. El Espíritu Santo diría: “Amén. Vamos a servir y dar nuestras vidas por nuestros hermanos, si es necesario”. Obviamente, si lo va a hacer obligado o quejándose, no vale de nada. Ahí no está sirviendo por amor, ni el Espíritu Santo le está impulsando, sino su deseo de figurar.

Servir por amor a otros no es sencillo. Poner las necesidades de los demás por encima de las nuestras no es fácil. Eso solo puede venir de la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas. Por eso necesitamos nacer de nuevo y llevar una vida de comunión con Dios por medio de la oración y el estudio de la Biblia para que nuestras vidas y nuestras mentes sean transformadas; para que Cristo sea formado en nosotros. Que no estemos mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros, y haya en nosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús (Flp. 2:4-5). 

Las obras de la carne y el fruto del amor no son dos formas opcionales diferentes de vivir en libertad. Cuando vives según la carne, estás en esclavitud; pero cuando nos servimos los unos a los otros en amor, estamos en libertad. Porque el amor es motivado por el gozo de compartir nuestra plenitud en Cristo, pero las obras de la carne son motivadas por el deseo de llenar nuestro vacío. La carne siente un profundo vacío y utiliza los medios a su alcance para llenarlo. Si la persona es religiosa, puede usar la ley para llenar el vacío, entonces es legalista; pero si no es religiosa, usa el libertinaje. Pero una cosa es segura: la carne no es libre. Está esclavizada a un deseo fútil por llenar un vacío que sólo Cristo puede llenar.

Así que las obras de la carne están motivadas por el deseo de llenar nuestro vacío. Pero el amor es muy diferente; está motivado por el gozo de compartir nuestra plenitud. Cuando amamos, no estamos esclavizados a utilizar cosas o personas para llenar nuestro vacío. El amor es el desbordamiento de nuestra plenitud. Por lo tanto, el amor es la única forma de comportamiento que podemos tener en libertad. Cuando Dios nos libera del pecado, la culpa, el miedo y la codicia, y nos llena con su presencia que todo lo satisface, lo único que podemos hacer es compartir con gozo nuestra plenitud. Cuando Dios llena el vacío de nuestro corazón con perdón, amor y esperanza, nos libera de la esclavitud de acumular cosas y manipular a la gente. 

Las personas que dedican gran parte de su vida a buscar su propia comodidad dan testimonio de que Dios no ha llenado el vacío de su corazón. Cuando Dios es nuestra porción y somos verdaderamente libres, entonces nos servimos los unos a los otros en amor. La libertad fluye en el amor, así como un manantial fluye en un arroyo de montaña. Pero la carne es como una aspiradora: succiona y succiona, y justo en el momento en que empieza a sentirse llena, alguien tira la bolsa a la basura, y tiene la necesidad de seguir succionando para llenarse. Gálatas está escrito para mostrarnos cómo convertirnos en un manantial de montaña que sirve al valle con el agua del amor. 

Utiliza toda la creatividad, energía y dones que Dios te dio para servir a los demás, así como las empleas en hacer cosas buenas para ti mismo. Preocúpate de lo que les pasa a los demás tanto como te preocupas por ti mismo. ¿Te imaginas cómo sería la iglesia si todos fuéramos así: mirando a la persona de la derecha y de la izquierda y sintiendo el mismo anhelo por su felicidad que sentimos por la nuestra? No sólo se cumpliría la ley, sino que este lugar estaría radiante de gozo y amor, y la gloria de Dios se sentiría en medio de nosotros. La gente querría venir a nuestra iglesia y entregarían sus corazones a Cristo para experimentar esto en sus vidas también.

Entonces, no usemos nuestra libertad en Cristo como ocasión para la carne, sino sirvámonos en amor los unos a los otros. Que el Espíritu Santo trabaje en nosotros para arrepentirnos de las obras de la carne y nos ayude a dar el fruto del Espíritu. Que nuestra iglesia pueda ser una comunidad amorosa de servicio que Dios pueda usar para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén. 

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