Mateo 27:57 - 28:15
27:57 Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús.27:58 Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo.
27:59 Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia,
27:60 y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.
27:61 Y estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas delante del sepulcro.
27:62 Al día siguiente, que es después de la preparación, se reunieron los principales sacerdotes y los fariseos ante Pilato,
27:63 diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré.
27:64 Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero.
27:65 Y Pilato les dijo: Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis.
27:66 Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.
28:1 Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro.
28:2 Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella.
28:3 Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve.
28:4 Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos.
28:5 Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado.
28:6 No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.
28:7 E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho.
28:8 Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos. Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos,
28:9 he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron.
28:10 Entonces Jesús les dijo: No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.
28:11 Mientras ellas iban, he aquí unos de la guardia fueron a la ciudad, y dieron aviso a los principales sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido.
28:12 Y reunidos con los ancianos, y habido consejo, dieron mucho dinero a los soldados,
28:13 diciendo: Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.
28:14 Y si esto lo oyere el gobernador, nosotros le persuadiremos, y os pondremos a salvo.
28:15 Y ellos, tomando el dinero, hicieron como se les había instruido. Este dicho se ha divulgado entre los judíos hasta el día de hoy.
NO ESTÁ AQUÍ, PUES HA RESUCITADO
Buenos días. La semana pasada aprendimos cómo Jesús, el Rey de los Judíos, nuestro Mesías y Salvador, murió en la cruz del Calvario para perdonar todos nuestros pecados y abrirnos el camino para tener una relación personal con Dios. Vimos que la muerte de Jesús fue vicaria, es decir, que Él murió en nuestro lugar. Él no cometió ningún pecado y por lo tanto no debía morir, pero murió para pagar el precio de nuestros pecados. Y aprendimos también que no simplemente murió, sino que en Su pasión y crucifixión sufrió en todas las áreas posibles de la experiencia humana. Padeció sufrimiento físico, psicológico, emocional y espiritual para pagar el precio completo de nuestros pecados, y para poder entendernos y consolarnos en todos nuestros sufrimientos y heridas. Él fue, como le llama Isaías, “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isa. 53:3).
Pero, alguno podría preguntar: “¿Cómo sé que Jesús realmente murió por mis pecados y no por los suyos propios? ¿Cómo sé que Dios realmente aceptó Su sacrificio y puede perdonarme de todos mis pecados si confieso a Jesús como Rey y Señor? La respuesta está en el pasaje bíblico de hoy: Por la resurrección. La resurrección de Jesús es la garantía de que Él murió no por Sus propios pecados, sino por los nuestros; Y de que su muerte en la cruz del Calvario realmente puede perdonar todos nuestros pecados y darnos vida eterna. Como escribió el apóstol Pablo: “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.” (Rom. 10:9).
Hoy aprenderemos cómo Jesús fue sepultado después de haber muerto en la cruz; y cómo resucitó un domingo como hoy hace unos dos mil años. Veremos las evidencias de la resurrección para que creamos en ella, y declaremos, junto con el ángel, el título de este mensaje: “No está aquí, pues ha resucitado”. ¡Jesús ha resucitado! Yo oro para que cada uno de nosotros pueda creer en la resurrección de Jesús y vivamos con el poder de la resurrección en nuestras vidas, siendo poderosos testigos de Jesús Resucitado y anunciando en todo tiempo y en todo lugar: “Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1Co. 15:3-4). Y que, al hacer esto, Dios nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
I.- Jesús es sepultado (27:57-66)
Leamos juntos los vv. 57-58a por favor. Aunque la RVR60 traduce aquí “Cuando llegó la noche”, en realidad esto ocurrió “al acercarse la noche” como traduce mejor la NTV. En el calendario judío, el sábado comenzaba ese día a las 6 pm, y era día de reposo, por lo tanto, no se podía hacer ningún trabajo. Así que antes de que llegase el sábado “vino un hombre rico de Arimatea, llamado José” y pidió a Pilato el cuerpo de Jesús. Generalmente, los crucificados quedaban colgados en sus maderos por muchos días hasta que se los comiesen los animales salvajes, o muriesen sofocados, deshidratados o por cualquier otra causa. Pero, según la Ley judía, una vez muertos, debían ser sepultados; no debían pasar la noche colgados (Deu. 21:22-23).
Los líderes religiosos judíos habían pedido que se acelerase el proceso de muerte de Jesús y de los otros dos malhechores quebrándoles las piernas para que se sofocasen, y no quedasen colgados allí en ese día de reposo de gran solemnidad (Jua. 19:31). Y lo hicieron así con los dos malhechores, pero no con Jesús porque ya había muerto (Jua. 19:32-33). Así que, según la costumbre, los cadáveres serían removidos de las cruces y echados en una fosa común, o dejados a merced de los perros carroñeros, o echados en el Valle de Hinom a arder con la basura. Pero la ley romana permitía que los parientes de un criminal solicitasen el cuerpo para sepultarlo. Sin embargo, ninguno de los parientes de Jesús estaba en posición de reclamar Su cuerpo, porque eran todos galileos, y ninguno tenía una tumba en Jerusalén. Es allí donde entra en escena José de Arimatea.
Sabemos poco acerca de José de Arimatea excepto, su nombre y ciudad; que era rico; miembro del Sanedrín (Luc. 23:50); un discípulo secreto de Jesús (Jua. 19:38); y que esperaba el reino de Dios y no había estado de acuerdo con la muerte de Jesús (Luc. 23:51). Aunque había sido discípulo secreto de Jesús mientras vivía, ahora con valentía e intrepidez usa de sus privilegios para tener una audiencia con Pilato y pedir el cuerpo de Jesús para darle sepultura. Los discípulos que habían seguido a Jesús públicamente habían huido, pero este líder judío, que siguiera a Jesús en secreto, pasó al frente e hizo lo que era correcto, aunque alguno podría decir que un poco tarde ya. Pero, yo les digo, mientras haya vida, nunca es tarde para hacer lo correcto y vivir como discípulo de Jesús. No importa cómo hayas vivido tu vida hasta ahora, te invito a venir hoy y aceptar a Jesús como tu Señor y Salvador, y a vivir públicamente como discípulo suyo, obedeciendo Sus enseñanzas. Quién sabe si harás un bien muy grande y colaborarás a que se cumpla la voluntad de Dios como lo hizo José de Arimatea.
Leamos ahora juntos los vv. 58b-60. Pilato accedió y mandó que se le diese el cuerpo de Jesús a José de Arimatea. No había tiempo para embalsamar apropiadamente el cuerpo del Señor por la inminencia del día de reposo, así que José lo envolvió en una sábana limpia con el compuesto de mirra y áloes que había traído Nicodemo, otro discípulo secreto de Jesús en el Sanedrín (Jua. 19:39-40). Y lo colocaron en un sepulcro nuevo, haciendo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, como era la costumbre funeraria entre los judíos, para evitar que los malos olores producto de la putrefacción del cuerpo saliesen, o que entrase alguien con motivos indebidos a la tumba. Después de esto, se fueron, seguramente pensando en regresar después del día del reposo a completar el proceso de embalsamamiento.
Es destacable que Jesús fuese colocado en un sepulcro nuevo. Era muy costoso comprar un sepulcro nuevo en esa época, especialmente tan cerca de Jerusalén. Para ese entonces, los sepulcros eran, generalmente, propiedades familiares de larga data que se reutilizaban. Los sepulcros tenían una entrada estrecha, y en su interior tenían una especie de cama de piedra donde se colocaba el cuerpo embalsamado del difunto. Cuando la carne se descomponía completamente, se recogían los huesos secos y se depositaban en una urna de piedra, llamada osario, haciendo así lugar para los siguientes familiares. El sepulcro donde se colocó el cuerpo de Jesús no había sido utilizado. Probablemente José lo compró para ser sepultado allí, en la Ciudad Santa, y no en Arimatea. Esto era un privilegio que solo un rico se podía dar, y Jesús lo tuvo. Así se cumplió la profecía: “Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte” (Isa. 53:9). El cuerpo de Jesús parecía que iba a terminar como carroña, o en una fosa común, o en el Valle de Hinom, como los impíos, pero al final fue colocado en un sepulcro nuevo como un rico, gracias al servicio de amor de José de Arimatea que le cedió su sepulcro. ¡Y todo esto ya estaba profetizado en el plan de Dios!
Leamos juntos el v.61 por favor. María Magdalena y la otra María, la madre de Jacobo y José que se menciona en el v. 56, siguieron a José de Arimatea y su comitiva hasta el sepulcro donde pusieron a Jesús. Allí estarían lamentando la muerte de Su amado Señor y esperarían poder colaborar con el embalsamiento. Pero por la inminencia del día de reposo, no se pudo hacer nada. Así que habrán lamentado y regresado al lugar donde se hospedaban a esperar que pasase el día de reposo para dar este último servicio de amor al Señor. Dios nos ayude a tener este fiel amor de estas mujeres y que busquemos servir a Jesús con profundo agradecimiento hasta el fin. Que procuremos siempre agradar a nuestro Señor con todo lo que hagamos y digamos cada día. Amén.
Leamos ahora juntos los vv. 62-66 por favor. Al día siguiente, es decir, el sábado, el día de reposo, se reunieron los principales sacerdotes y los fariseos ante Pilato para hacer una petición. Esto era claramente una violación del día de reposo. A los líderes religiosos judíos no les importó violar el día de reposo con tal de tomar todas las medidas pertinentes para evitar que el tema de Jesús se prolongara en el tiempo. Seguramente, mientras estaban reunidos en el Templo el sábado, conversaban acerca de lo sucedido y cómo finalmente se habían librado de Jesús, pero alguno de los fariseos quizá habrá recordado que cuando le pidieron señal a Jesús, Él les respondió: “La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches.” (Mat 12:39-40). O, más probablemente, escuchaban al pueblo a la expectativa de la resurrección.
Así que ellos fueron a Pilato diciéndole que Jesús había dicho que resucitaría después de tres días. No porque pensasen que pudiera ser cierto, sino porque creían que los discípulos podían ingeniárselas para robar el cuerpo, y decir que había resucitado, y entonces, “será el postrer error peor que el primero”. En esta frase parece que hay un reconocimiento de que la crucifixión había sido un error. Seguramente se dieron cuenta de que el pueblo estaba conmocionado por aquel evento y expectante, creyendo que Jesús realmente podría resucitar. Ellos, por consiguiente, querían tomar medidas para vigilar la tumba y evitar que hubiese ningún rumor siquiera de que Jesús hubiese resucitado. Y entonces esto se convierta un peor error que crucificarle.
Pilato, seguramente harto del tema, respondió con desdén a los judíos: “Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis.” Ya él no querría tener más nada que ver con Jesús y Su muerte. Así que los judíos tomaron la guardia que Pilato les dio,
cuatro soldados romanos según David Guzik, “dos vigilaban mientras los otros descansaban”, y tomaron todas las medidas que pudieron: Sellaron la gran piedra que estaba puesta a la entrada del sepulcro, con una cuerda superpuesta a lo ancho de la piedra que tenía un pegote de cera asegurando la cuerda a ambos lados de la entrada, de modo que si alguien rodaba la piedra el sello se quebraría y sería evidente; y pusieron la guardia para que vigilara la entrada las 24 horas. Había entonces tres obstáculos allí: El obstáculo material, la gran piedra; el obstáculo de la autoridad humana, el sello; y el obstáculo de la fuerza física, la guardia. Estos eran grandes obstáculos para los discípulos si quisiesen robar el cuerpo de Jesús, pero no pudieron resistir para nada el poder de Jesús resucitado, quien finalmente superaría todos estos obstáculos como veremos a continuación.
II.- La resurrección de Jesús (28:1-15)
Leamos juntos el v.28:1. El día de reposo terminaba a las 6 pm del sábado, pero siendo ya de noche, las mujeres tampoco podrían ir a embalsamar el cuerpo de Jesús. Así que tuvieron que esperar la luz del amanecer para ir al sepulcro. Ellas habrían salido lo más temprano posible porque sus corazones estarían muy afligidos pensando que el cuerpo de su Señor se estaba descomponiendo y no le habían podido dar la sepultura adecuada. Ellas querían brindar su último servicio de amor a su Señor.
Leamos ahora juntos los vv. 28:2-6. Cuando las mujeres llegaban al sepulcro, hubo un gran terremoto porque un ángel del Señor descendió del cielo y removió la piedra que cubría la entrada del sepulcro, y se sentó sobre ella. Por toda aquella escena, los guardias del sepulcro se desmayaron, ¿quién no se desmayaría? Pero el ángel habló a las mujeres para que no se asustaran diciéndoles: “No temáis vosotras”. Luego, les dio la noticia más maravillosa de sus vidas: “yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo.” Jesús había cumplido Su promesa y había resucitado al tercer día. Y para mostrarles la evidencia de esto, el ángel las invitó: “Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.” Cuando ellas entraron al sepulcro con el ángel, el cuerpo del Señor no estaba. ¡La tumba estaba vacía! ¡Jesús había resucitado! ¡Jesús ha resucitado!
Ninguna otra religión en el mundo afirma que su líder haya resucitado. Podemos ir y visitar las tumbas de todos los líderes de las principales religiones: La tumba de Mahoma en la Meca, Arabia Saudita, con los restos del profeta; la tumba de Buda en Kushinagar, India, con los restos de Siddhārtha Gautama; incluso uno puede ir a Hebrón, en Israel, y visitar la Tumba de los Patriarcas, donde se encuentran los restos de Abraham y Sara, Isaac y Rebeca, y Jacob y Lea. Y aunque en la vieja ciudad de Jerusalén, está la iglesia del Santo Sepulcro, donde, según la tradición, fue puesto el cuerpo de Jesús, Sus restos no están allí, porque ¡Jesús ha resucitado! Esa fue la maravillosa noticia que el ángel dio a las mujeres: “No está aquí, pues ha resucitado, como dijo.”
Aquel ángel del Señor no había descendido del cielo para abrirle la puerta del sepulcro a Jesús para que saliera, Él ya había resucitado y había dejado la tumba vacía antes de que todo aquello aconteciera. El ángel vino a abrir la puerta del sepulcro a las mujeres (que por sí solas no lo habrían podido hacer) para que ellas pudiesen ver la tumba vacía; y para darles la maravillosa noticia de que Jesús había resucitado de entre los muertos. No había cuerpo para embalsamar. No había necesidad de despedirse. ¡Jesús estaba vivo! ¡Jesús vive!
Leamos ahora juntos el v.28:7 por favor. Después de haber visto la tumba vacía, el ángel comisiona a las mujeres como las primeras testigos de la resurrección. Ellas debían ir a los discípulos y anunciarles que Jesús ha resucitado de los muertos. Y que debían ir a Galilea a encontrarse con Él, conforme a lo que el propio Jesús les había dicho antes en Mat. 26:32. El Dr. John MacArthur comenta: “Esto no significa que ellos no lo verían, sino hasta su llegada allí. Jesús fue visto varias veces por los apóstoles antes de ir a Galilea (Luc. 24:15, 34, 36; Jua. 20:19, 26). Pero Su suprema aparición después de la resurrección fue en Galilea, donde ‘apareció a más de quinientos hermanos a la vez’ (1Co. 15:6).” Así, las mujeres serían las primeras testigos de la resurrección.
Leamos juntos los vv. 28:8-10. Las mujeres salieron del sepulcro con una mezcla de emociones. Sentían temor por todo aquello que acababa de suceder. Mar. 16:8 dice que “ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo.” Ellas no sabrían qué decir o qué hacer. Aquello era todo muy surrealista. Pero a la vez tenían gran gozo por aquella noticia tan maravillosa de que Jesús había resucitado. Sin embargo, tomando en cuenta el relato de Marcos, pareciera que no tenían suficiente valentía para ir a cumplir con su misión de dar las buenas nuevas a los discípulos. Por esta razón, Jesús les salió al encuentro y les reafirmó las palabras del ángel: “No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.” Toda sombra de duda quedó despejada. Todo temor se fue. Vieron al Señor con sus propios ojos, abrazaron sus pies y le adoraron.
Yo oro para que también nosotros nos encontremos hoy con Jesús Resucitado y nos dé la fortaleza espiritual y la valentía para ir a testificar la buena noticia de Su muerte y resurrección, y nos convirtamos en poderosos testigos de la resurrección para los jóvenes universitarios panameños. Amén.
Leamos ahora juntos los vv. 28:11-15 por favor. Mientras las mujeres iban a dar la maravillosa noticia a los discípulos, los guardias volvieron en sí, y algunos de ellos fueron a dar aviso de todo lo que había sucedido a los principales sacerdotes. Éstos se reunieron con los ancianos, quienes se pusieron de acuerdo en sobornar a los soldados con mucho dinero para que dijesen que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús mientras ellos estaban dormidos. En lugar de arrepentirse al escuchar la grandiosa noticia de la resurrección de Jesús, los líderes religiosos judíos armaron un complot para sembrar dudas en el pueblo acerca de la veracidad de la resurrección de Jesús. Y Mateo nos dice en el v.28:15 que para el momento en que él escribió su evangelio, entre 30 y 50 años después, todavía los judíos decían que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús. De hecho, hoy en día algunos todavía afirman esto.
Muchos hoy en día todavía afirman que Jesús nunca resucitó y dan muchos argumentos en contra. Pero la verdad es que la evidencia a favor de la resurrección es abrumadora. Y aquel que se mantenga en la posición de negarla lo hace por sus propios intereses, como los líderes religiosos judíos que no querían confesar que habían cometido un grave error y que Jesús es el anhelado Mesías. Entre las evidencias tenemos:
Primero, la tumba vacía. La tumba vacía es la mayor evidencia de que Jesús resucitó. Los judíos nunca pusieron en tela de juicio la tumba vacía, pero sembraron dudas con la afirmación de que estaba vacía porque los discípulos se habían robado el cuerpo. Pero, hay otras evidencias que demuestran que este argumento no es cierto.
Segundo, el testimonio de los testigos oculares de la resurrección. El apóstol Pablo afirmó que más de quinientos hermanos vieron a Jesús resucitado (1Co. 15:6) y testificaban esto. Según la Ley de Dios, el testimonio de tres testigos era suficiente para comprobar que algo era verdad. Jesús Resucitado tenía quinientos testigos afirmando haberlo visto.
Tercero, el martirio de los testigos. Muchos de los testigos de la resurrección fueron asesinados por afirmar esto. A varios se les dio la oportunidad de negar la resurrección para preservar sus vidas, pero se negaron a hacerlo. Esto es una clara evidencia de que lo que afirmaban era verdad.
Cuarto, el cambio de los discípulos. Los discípulos de Jesús estaban aterrados y escondidos después de la muerte de Jesús. Pero después de haberle visto resucitado, testificaban abierta y valientemente a Jesús Resucitado. La única explicación posible para este cambio radical es que Jesús realmente resucitó y ellos tuvieron un encuentro personal con Él.
Quinto, el establecimiento y preservación de la Iglesia. Que se haya formado una comunidad de testigos de la resurrección llamada Iglesia, y que todavía exista hoy en día, a pesar de las muchas persecuciones que amenazaron con destruirla, es una de las mayores evidencias de que Jesús realmente resucitó y de que el Dios Soberano cuida de Su pueblo.
Sexto, el testimonio extrabíblico. Escritores judíos y paganos como Flavio Josefo, Tácito, Suetonio y Plinio el joven, dejaron testimonio de la resurrección de Jesús. Si bien no la defienden, al menos testifican que muchos afirmaban que Jesús resucitó.
Séptimo, el cambio de vida de cada uno de los creyentes. Si bien las evidencias anteriores son refutadas con muchos argumentos por los incrédulos, el cambio de vida de cada uno de los creyentes que afirman haber tenido un encuentro con Jesús resucitado, no puede ser refutado con ningún argumento. ¿Has tenido un encuentro personal con Jesús Resucitado? ¿Ha cambiado esto tu vida? Entonces, ¡eres una de las mayores evidencias de la resurrección de Jesús! Y si todavía no has tenido un encuentro con Jesús Resucitado te invito a que vengas y lo experimentes y no te quedará ninguna duda de que ¡Jesús ha resucitado!
La resurrección de Jesús el primer día de la semana es la razón por la que nos reunimos los domingos. Venimos acá a la iglesia cada domingo a celebrar la resurrección de nuestro Señor que nos garantiza el perdón de pecados y la vida eterna. Yo oro para que cada uno de nosotros tenga un encuentro personal con Jesús Resucitado y que nos convirtamos en poderosos testigos de la resurrección adondequiera que vayamos, especialmente en la Universidad de Panamá, nuestro campo de misión. Que Dios nos use para predicar la buena noticia de la muerte y la resurrección de Jesús, y que Él pueda convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
ARCHIVOS PARA DESCARGAR
|
[5.May.2024]_Dominical-UBF-Panamá_(MAT_27..57-28..15)-Mensaje.pdf
|
|
[29.Abr.2024]_Dominical-UBF-Panamá_(MAT_27..57-28..15)-Cuestionario.pdf
|
Hasta ahora se han realizado 0 comentarios...