Mateo 18:1-9
18:1 En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?18:2 Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos,
18:3 y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.
18:4 Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos.
18:5 Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe.
18:6 Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar.
18:7 ¡Ay del mundo por los tropiezos! porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!
18:8 Por tanto, si tu mano o tu pie te es ocasión de caer, córtalo y échalo de ti; mejor te es entrar en la vida cojo o manco, que teniendo dos manos o dos pies ser echado en el fuego eterno.
18:9 Y si tu ojo te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti; mejor te es entrar con un solo ojo en la vida, que teniendo dos ojos ser echado en el infierno de fuego.
EL MAYOR EN EL REINO DE LOS CIELOS
Buenos días. La semana pasada celebramos el Día del Niño y este mensaje hubiese sido perfecto para ese día, pero la Providencia Divina estipuló que fuese para hoy, quizás para recordarnos la importancia que tiene para un cristiano recibir a los niños y tratar de ser como uno de ellos para entrar en el Reino de los Cielos. Lo que resulta interesante, es que la pregunta de los discípulos no parecía tener nada que ver con los niños, y sin embargo, Jesús puso un niño como ejemplo. En este mensaje aprenderemos la razón de esto y en qué sentido tenemos que ser como niños para entrar en el Reino de los Cielos, y qué significa humillarse como un niño. También vamos a aprender acerca de la gravedad del pecado y a qué extremos debemos llegar para luchar contra él.
Yo oro para que el día de hoy todos anhelemos ser como niños y podamos comportarnos como ellos, no siendo infantiles e inmaduros, sino sin malicia y humildes, y que de esa manera, no solamente entremos en el Reino de los Cielos, sino que seamos los mayores en el reino, sirviendo y dando el ejemplo a todos como lo hizo nuestro Señor Jesucristo. Amén.
I.- El cristiano debe ser como un niño (1-4)
Leamos juntos el v.1 por favor. La semana pasada aprendimos que Jesús Les anunció por segunda vez a Sus discípulos el Camino del Cristo: Ir a Jerusalén a sufrir, ser muerto y resucitar al tercer día. Sus discípulos se entristecieron en gran manera, y vimos que una de las posibles razones era porque pensaron que no se establecería el reino mesiánico y entonces ellos no obtendrían las posiciones de importancia que esperaban en ese reino. Al parecer ya los discípulos se habían olvidado de esto, y según Luc. 9:46 “entraron en discusión sobre quién de ellos sería el mayor.” Pareciera pues, que no se pudieron poner de acuerdo acerca de quién sería el mayor en el reino mesiánico después de Jesús, y vinieron al Maestro a preguntarle.
Con respecto a esto comenta Charles Spurgeon: “Él habló de Su humillación, ellos pensaron en su propio avance; y todo eso ‘En aquel mismo tiempo’”. Es increíble que en aquel mismo tiempo en que Jesús les hablase de Su humillación, estuviesen ellos pensando en cuál sería su posición en el reino venidero y discutiendo cuál de ellos sería el mayor. Y aunque podamos juzgarles por esto, lo mismo sucede en la iglesia hoy en día. Después de que aceptamos el gran sacrificio de amor que Jesús hizo por nosotros, y participamos en una iglesia, al poco tiempo podemos encontrarnos buscando alcanzar posiciones en la iglesia. O sintiéndonos mayores que otros espiritualmente porque tenemos cierta responsabilidad o porque tenemos más tiempo que otros en la iglesia.
Este es el problema del corazón humano. Vivimos comparándonos con otros y queriendo ser superiores a ellos. Anhelamos una mejor casa, un mejor carro, una mejor ropa, una mejor posición, un mayor estatus, para sentirnos mejores que los demás. Y muchas veces trasladamos eso también a la iglesia. Anhelamos llegar a ser líderes de la adoración, el que ora, el que preside, mensajeros, líderes de estudio bíblico, no porque queramos servir a los demás, sino porque queremos ser mayores que los demás. Algunos ya ni se conforman con ser llamados pastores, sino que quieren ser llamados obispos, reverendos o apóstoles. Todo esto viene de un corazón egocéntrico y egoísta como el de los discípulos aquí.
El Señor viendo el corazón de ellos quiso darles una valiosísima lección. Leamos juntos los vv.2-3. En lugar de responderles directamente la pregunta, Jesús hizo algo completamente inesperado. Llamó a un niño que jugaba por allí y lo puso en medio de ellos y les dijo: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.” Ellos discutían acerca de quién alcanzaría la posición más alta en el reino de los cielos. Poole comenta que “Sin duda imaginaban un reino temporal del Mesías, en el cual lugares serían otorgados”. Y Trapp también dice: “Ellos soñaban con una distribución de honorarios y oficios, una monarquía terrenal, como los reinos terrenales”. ¿Quién sería el Primer Ministro? ¿Quién el presidente del gabinete de gobierno? Pero Jesús les asegura que en lugar de pensar en qué tan alto llegarían en el reino de los Cielos, debían estar pensando si alcanzarían siquiera ese reino. Y a menos que se volviesen como niños, ni siquiera entrarían en el reino de los cielos.
Según France: “Un niño era una persona sin importancia en la sociedad judía, sujeto a la autoridad de sus mayores, no siendo tomados en serio excepto como una responsabilidad, uno para cuidar, no alguien a quien admirar”. En aquella época y cultura, los niños eran considerados más como propiedad que como individuos. Era entendido que los niños podían ser vistos, pero no escuchados. Ningún adulto se tomaba el tiempo de sentarse a escuchar lo que un niño tenía que decir, ni a prestar verdadera atención a las necesidades de un niño, más allá del sustento que les daban sus padres. Así que esta respuesta de Jesús, debió ser una gran decepción para los discípulos.
¿Qué significa volverse como niños? Hay que hacer una distinción entre ser infantiles y ser como niños. De hecho, los discípulos estaban siendo infantiles al discutir acerca de quién sería el mayor en el reino de los cielos. Después de todo, sería trabajo del rey establecer a su gabinete, así que no importa cuánto ellos discutieran no les ayudaría para nada. Además, estaban siendo infantiles porque estaban siendo egocéntricos, es decir se estaban enfocando en sí mismos, en sus deseos y en su propia felicidad. Además de que estaban siendo egoístas, estaban más pendientes de sus propios intereses que de los intereses del reino. Así es que se manifiesta generalmente el pecado en los niños. Quieren toda la atención para ellos. Quieren las cosas en la forma y el momento que ellos quieren. Y no comparten ni sirven a otros. Esto es ser infantiles. Y esto, obviamente, no es lo que Jesús quiso decir.
¿Qué significa, entonces, ser como niños? Significa que el cristiano debe desarrollar ciertas cualidades que tienen los niños. La primera y más importante de ellas es la humildad. Pero de ella hablaremos en el siguiente versículo. Por ahora, podemos ver las siguientes cualidades de un niño que son altamente deseables en un cristiano.
Primero, en la inocencia. La mente del cristiano debe ser pura e inocente como la de un niño. Así lo enseñó también el apóstol Pablo en 1Co. 14:20: “Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar.” Debemos ser como niños en la malicia. Los niños no ocupan la mente en cosas pecaminosas. No están pensando en engañar, mentir y hacer mal a otros. Así deberíamos ser los cristianos. Nunca deberíamos intentar engañar, mentir o hacer mal de ninguna manera a otros. Deberíamos ser honestos en nuestras intenciones con los demás. No deberíamos tener suspicacias con respecto a otros tampoco, andando con prejuicios. Y aunque esto hace que los niños sean fáciles de engañar, deberíamos erradicar la malicia completamente de nuestros corazones.
Segundo, en la dependencia. El niño depende enteramente de sus padres. Nunca cree que puede enfrentarse solo con la vida. Está contento con ser totalmente dependiente de los que le quieren y cuidan. Así que siempre acude a ellos para que le ayuden en cualquier circunstancia. Así deberíamos ser los cristianos con respecto a nuestro Padre Celestial. Deberíamos depender de Él para todo (o reconocer que realmente dependemos de Él). Deberíamos acudir a Él en toda circunstancia. Si aceptáramos el hecho de nuestra dependencia de Dios, entrarían en nuestras vidas una nueva fuerza y una nueva paz.
Tercero, en la confianza. El niño es instintivamente dependiente, e instintivamente también confía en sus padres para la provisión de sus necesidades. Cuando éramos niños, no podíamos comprar nuestros alimentos ni nuestra ropa, ni siquiera mantener nuestra casa; sin embargo, nunca dudábamos de que podríamos vestirnos y alimentarnos, y de que encontraríamos protección y calor y comodidad esperándonos cuando volviéramos a casa. Cuando éramos niños, salíamos de viaje sin dinero para pagar el boleto, sin remota idea de cómo llegaríamos a nuestro destino; y sin embargo nunca se nos ocurría dudar de que nuestros padres nos llevaran y nos trajeran de vuelta a salvo. Esta es la confianza que debemos tener en Dios. Debemos confiar en Él y depender de Él para todo.
Cuarto, en la obediencia. El niño es llamado a obedecer a sus padres incontestablemente. Deben obedecer en todo a sus padres. Así deberíamos ser también los cristianos. Deberíamos obedecer incontestablemente a Dios y a Su Palabra. Los niños no tienen la opción de discutir ni contravenir lo que dicen los padres. De la misma manera, nosotros no deberíamos tener esa alternativa. Pero a mucho les gusta discutir con la Palabra de Dios y hacer lo contrario a lo que la Palabra dice. Dios nos ayude a ser hijos obedientes que no se conforman a los deseamos que antes teníamos, sino que como aquel que nos llamó es santo, seamos nosotros también santos en toda nuestra manera de vivir (1Pe. 1:14-15).
Pero como les dije antes, la principal cualidad del niño es la humildad. Y Jesús va a hablar de ella a continuación. Leamos juntos el v.4 por favor. Los niños ocupaban la posición más baja entre los ciudadanos libres de Israel. Y no estaban interesados tampoco en mejorar su estatus social, sino que eran felices simplemente siendo niños. Carson comenta: “El niño es un ejemplo ideal, no de inocencia, pureza o fe, sino de humildad y de desinterés en el estatus social”. Y también dice Spurgeon: “Los niños no intentan ser humildes, pero lo son; y es igual con personas llenas de gracia.” Los niños no intentan ser humildes, sino que simplemente lo son, y no tienen aspiraciones sociales más allá de su estatus como niños. Ellos disfrutan su niñez y no se preocupan por ascender en el escalafón social.
Con respecto a la expresión “que se humille como este niño”, France comenta: “Se humille no se refiere a la ascesis arbitraria ni a una modestia falsa… sino a la aceptación de una posición inferior (como Jesús lo hizo, Flp. 2:8, donde la misma frase es usada)”. Así debería ser un cristiano. No anhelar escalar posiciones para ser servidos por lo demás, sino disfrutar la posición en la que Dios nos puso y servir a otros desde allí.
Entonces, la grandeza del cristiano está en su humildad. No en sus capacidades, sino en su humildad. No en sus logros, sino en su humildad. No en sus realizaciones impresionantes, sino en su humildad. Eso es lo que Jesús quiere, que seamos humildes. Que estemos dispuestos a doblegar nuestro orgullo para servir a otros. Que estemos dispuestos a ceder nuestros derechos para servir a otros. Y Él mismo fue ejemplo en esto. Quizás Él pudo ponerse a Sí mismo como el mejor ejemplo de humildad delante de Sus discípulos, pues como describe el apóstol Pablo en Flp. 2:5-8: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” Nadie se ha humillado más que Jesús, Quien se despojó de su gloria y majestad divina para venir a este mundo a vivir como un humilde hombre, y humillarse hasta lo más bajo muriendo en la cruz por nuestros pecados. Pero para el momento en que Él estaba hablando a Sus discípulos, todavía no se había completado Su humillación, y por eso Él decidió tomar como ejemplo a un niño, que era el ciudadano libre más bajo en su sociedad, y quien además estaba contento con serlo.
Debemos entonces humillarnos como niños para llegar a ser los mayores en el reino de los Cielos. El Comentario Beacon afirma: “La humildad de un niño consiste especialmente en una disposición natural de confianza y dependencia. Esa es la actitud que Dios quiere que sus hijos mantengan hacia Él. La dominante actitud moderna de autosuficiencia, la “fineza” de la mundana sabiduría es contraria a la verdadera espiritualidad.” Humillémonos, pues, como niños, no teniendo malicia, confiando y dependiendo de Dios para todo en nuestras vidas, y no deseando ser mayores que los demás, sino buscando siempre servir y aprender de los demás.
II.- La seriedad de pecar y hacer tropezar a otros (5-9)
Leamos juntos el v.5. Si somos realmente humildes, seremos capaces de recibir aún a los niños. Recibir a un niño significa interesarnos en él, escucharle con atención y atender sus necesidades. Como les dije antes, en la época de Jesús ningún adulto recibía a un niño para nada. Nadie se preocupaba por lo que pensaba o sentía. El niño solo debía oír y obedecer. Pero Jesús dice que si somos verdaderamente humildes, podríamos recibir a un niño. Todavía hoy en día muchos adultos no se interesan en los niños, sino solo en los adultos, y mucho más si tienen posiciones sociales importantes. A veces, si hay alguien que no es socialmente importante, tampoco le prestamos atención. Pero el verdadero creyente debe recibirlos y servirlos a todos con amor.
Algunos comentaristas, entre ellos John MacArthur, sugieren que la expresión “un niño como este” no se refiere a un niño literalmente, sino a aquellos que se vuelvan como niños según se describe en los vv. 3-4. En este sentido, Jesús está diciendo que los que reciben a los creyentes humildes que son como niños, le reciben a Él. Esto tiene mucho sentido considerando lo que se describe en los siguientes versículos.
Leamos ahora juntos los vv. 6-7. En el v.6 parece que se cambia la expresión “un niño como este” por “alguno de estos pequeños que creen en mí”. Así que esto parece apoyar el hecho de que a partir del v.5 Jesús está hablando de los creyentes humildes y no de niños en el sentido literal. Así vemos que en estos vv. 6-7 Él advierte acerca de hacer tropezar a un creyente. Esto quiere decir, hacer que un creyente peque y/o abandone el Camino del Señor. Jesús toma muy en serio cuando uno de sus pequeños es guiado al pecado. Pecar es una cosa malvada, y es mucho más malvado guiar a otros al pecado. Por esta razón la advertencia de Jesús contra esto es muy severa. Sería mejor para uno atarse una gran piedra de molino y tirarse al mar, que sufrir el severo castigo que Dios dará a aquellos que hagan tropezar a uno de sus hijos.
En el v.7 Jesús reconoce que en el mundo siempre habrá tropiezos. Siempre habrá tentaciones y pruebas para los creyentes que harán tambalear su fe y podrían desviarlos del camino de la verdad. Y por eso se lamenta diciendo: “¡Ay del mundo por los tropiezos! porque es necesario que vengan tropiezos”. Pero al mismo tiempo nos advierte: “pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!” Aunque siempre habrá tropiezos en el mundo, nosotros podemos elegir si ser tropiezo o no para alguien. Ninguno puede decir que es instrumento de Dios por hacer tropezar a un creyente, al contrario los que son tropiezo se convierten en instrumentos del diablo. Así que, como aprendimos la semana pasada, procuremos con todas nuestras fuerzas y voluntad no poner tropiezo a nadie para que peque o para que abandone la fe, porque si no, el castigo de Dios puede venir a nosotros. ¡Dios tenga misericordia de cada uno de nosotros y que no seamos tropiezo a nadie! Amén.
Leamos ahora juntos los vv. 8-9. Aquí Jesús está advirtiendo acerca de la severidad del pecado y de los extremos a los cuales deberíamos llegar para no cometerlos. Jesús no estaba abogando por la mutilación física literal, aunque eso sería mejor que perderse para siempre en el infierno. Sin embargo, la mutilación de los miembros no garantizaría que no pecáramos. Si me corto la mano derecha, todavía puedo pecar con la izquierda. Si me arranco el ojo izquierdo, todavía puedo pecar con el ojo derecho, y si todos esos miembros me son quitados, todavía puedo pecar con mi corazón y mi mente. Dios nos llama a tener una transformación mucho más radical de lo que cualquier tipo de mutilación corporal pueda hacer. Jesús nos advierte aquí que debemos estar dispuestos a sacrificar lo que sea necesario en nuestra lucha contra el pecado. Realmente es mejor sacrificar en la batalla contra el pecado ahora, que enfrentar el castigo de la eternidad después.
Estos dos versículos, son estrechamente paralelos con Mat. 5:29-30, excepto que no es mencionado el pie allá. En aquel mensaje aprendimos que estas palabras debían ser tomadas figurativamente, como sugiriendo asociación, o asociaciones de personas o cosas, que pudieran llevarnos al pecado. Cualquier amistad o actividad que nos lleve a pecar debe ser cortada, drástica e inmediatamente.
De hecho, el pie, la mano, el ojo, representan al “yo” en sus distintas formas de expresión. Son un símbolo de nuestro comportamiento en este mundo. La mano es símbolo de lo que hacemos; el pie es símbolo de donde vamos; y el ojo es símbolo de lo que vemos. Todo debe ser guardado bajo cuidadoso control. Si hacemos algo que nos lleva a pecar, debemos dejar de hacerlo. Si vamos a lugares que nos hacen pecar, debemos de dejar de ir a esos lugares. Si vemos cosas que nos hacen pecar, debemos dejar de verlas. Debemos ser radicales en nuestra lucha espiritual, negándonos las cosas que nos llevan al pecado, porque el pecado es algo muy serio ante los ojos de Dios y es castigado severamente con el infierno. Quitemos de nuestra vida todo lo que nos hace pecar, y en su lugar pasemos más tiempo leyendo la Biblia, orando y poniéndola en práctica con nuestros hermanos para no pecar contra nuestro Dios. Amén.
En conclusión, si queremos ser los mayores en el reino de los cielos debemos ser como niños en la malicia, en la dependencia y confianza en Dios, en la obediencia a la Palabra de Dios, y en la humildad. Debemos guardarnos de hacer tropezar a cualquier creyente, y en su lugar recibir y servir a todos con amor. Y debemos luchar con sacrificio contra el pecado quitando de nuestras vidas todo aquello que nos haga pecar, sin importar cuan doloroso pueda llegar a ser. De esa manera podremos ser buen ejemplo a todos y convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios. Amén.
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P. Hugo Hurtado (VE)
( 20 de noviembre de 2020 )
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