Mateo 5:33-42

5:33 Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos.
5:34 Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios;
5:35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey.
5:36 Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello.
5:37 Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.
5:38 Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente.
5:39 Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;
5:40 y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa;
5:41 y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, vecon él dos.
5:42 Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.

JESÚS ENSEÑA SOBRE LAS RELACIONES CON EL PRÓJIMO


Buenos días. Jesús continúa su enseñanza en el Sermón del Monte instruyéndonos acerca de cómo debemos relacionarnos con el prójimo. Aunque a primera vista los dos párrafos que constituyen el pasaje bíblico de hoy pareciesen no estar relacionados, y de hecho pareciese que el primer párrafo tiene más que ver con nuestra relación con Dios que con nuestra relación con el prójimo, la verdad es que lo que Jesús está enseñando en el pasaje bíblico de hoy es acerca de nuestra relación con el prójimo. El primer párrafo, que abarca los vv. 33-37, es acerca de la honestidad que debemos tener en nuestra comunicación con el prójimo; y el segundo párrafo, que abarca los vv. 38-42, es acerca del amor que debemos mostrar hacia los que nos hacen mal, cómo debemos vivir sin rencor ni venganzas. 

La ética del cristiano es asunto muy serio para Jesús. Sus discípulos debemos ser las personas más íntegras que existen sobre la Tierra porque nuestras palabras, actitudes y acciones deben reflejar a nuestro Padre Celestial. Nunca debe ser hallado engaño en nuestra boca, debemos ser puros y honestos siempre en nuestro lenguaje. Nunca debemos buscar el desquite con los que nos hacen mal, debemos ser santos e íntegros en nuestras relaciones con los demás, aún con los que nos hacen daño y nos defraudan. Si hacemos estas cosas nos pareceremos cada vez más a nuestro Padre Celestial y a Jesús, “el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1Pe. 2:22-23). Así quiere Jesús que nosotros vivamos y por eso nos dejó ese ejemplo de integridad y justicia, y nos dejó el Espíritu Santo que nos ayuda a vivir de esta manera.

Yo oro para que cada uno de nosotros sea un discípulo de Jesús íntegro, un hijo de Dios que refleje el carácter de su Padre Celestial. Que cada uno de nosotros sea siempre honesto en su forma de hablar. Que nunca salgan mentiras de nuestras bocas. Y que cada de uno de nosotros tenga un corazón limpio en sus relaciones con los demás, aún con aquellos que nos hacen mal. Que nunca busquemos vengarnos por nosotros mismos, ni procuremos la violencia, sino que con amor sirvamos aún a los que nos hacen daño, así como Jesús nos amó y nos sirvió aunque éramos sus enemigos y aunque hacíamos lo malo ante Sus ojos. Amén. 

I.- Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no (33-37)

Leamos juntos el v.33 por favor. Aquí podemos ver nuevamente que Jesús no está discutiendo con la Ley de Moisés sino con las interpretaciones que los escribas y los fariseos hacían de ella. Esta no es una cita exacta de ninguna ley de Moisés, sino más bien, un resumen de varios preceptos del Antiguo Testamento que exigen que las personas que hacen juramentos y votos deben guardarlos. Y estos juramentos y votos son, estrictamente hablando, promesas, en las cuales el que habla recurre a Dios como testigo de su voto y demanda el castigo de Dios si no las cumple. 

Moisés con frecuencia hace hincapié en lo malo de jurar en falso y en el deber de cumplir al Señor los juramentos que uno hace. Por ejemplo, podríamos relacionar aquí dos de los Diez Mandamientos, el segundo: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano” (Exo. 20:7), y el noveno: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.” (Exo. 20:16). También Lev. 19:12: “Y no juraréis falsamente por mi nombre, profanando así el nombre de tu Dios. Yo Jehová.” Y Núm. 30:2: “Cuando alguno hiciere voto a Jehová, o hiciere juramento ligando su alma con obligación, no quebrantará su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca.” 

Hasta una lectura superficial de los mandamientos indica claramente su intención: Prohíben el falso juramento o el perjurio, es decir, hacer un voto y después romperlo. Perjurar significa “jurar en falso” o mentir bajo juramento. Todavía hoy en día el perjurio constituye un delito en los tribunales de justicia, particularmente cuando se llama a un testigo. El testigo tiene la obligación legal de decir la verdad, y en el caso de que incumpliese su obligación, podría ser procesado por la vía penal. El delito de perjurio es, por tanto, una garantía que da un mayor valor a la prueba testifical.  

Pero, los rabinos también eran tolerantes en su enseñanza sobre los juramentos. Es otro ejemplo de su tratamiento errado de las Escrituras para que su obediencia fuese más cómoda. Los judíos dividían los juramentos en dos clases: los que eran absolutamente vinculantes, y los que no. Cualquier juramento que incluía el nombre de Dios era absolutamente vinculante; cualquier juramento que evitara el nombre de Dios, no era vinculante. Entonces, si una persona juraba por el nombre de Dios en cualquier forma, estaría obligada a cumplir su juramento; pero, si hacía un juramento por el Cielo, o por la Tierra, o por Jerusalén, o por su cabeza, podría no cumplirlo y no violaba la Ley. La idea detrás de todo esto era que, si se usaba el nombre de Dios, Dios era parte de la transacción; mientras que si no se Le nombraba, no tenía nada que ver con el asunto.

Pero Jesús demuestra que este razonamiento estaba completamente errado. Leamos ahora juntos los vv. 34-36. El principio que Jesús establece está muy claro: No importa por qué jures, no puedes excluir a Dios de tu juramento. Dios está en todo. El Cielo es el trono de Dios; la Tierra es el estrado de Sus pies; Jerusalén es la ciudad de Dios; la cabeza de un hombre no le pertenece a él, sino a Dios; su vida pertenece a Dios; no hay nada en el mundo que no pertenezca a Dios; y, por tanto, no importa si tu juramento no menciona el nombre de Dios, sea lo que sea por lo que jures, Dios está en todo, por lo tanto debes cumplirlo. 

Lo ideal es que como cristianos nunca necesitemos un juramento para reforzar o garantizar la verdad de lo que digamos. Nuestro carácter íntegro debería hacer el juramento totalmente innecesario. La garantía y testimonio deberían estar en la clase de persona que somos. Isócrates, el gran maestro y orador griego, decía: “Una persona debe llevar una vida que genere más confianza en ella que la que pueda producir nunca un juramento”. Clemente de Alejandría insistía en que los cristianos deberían vivir de tal manera y demostrar tal carácter que a nadie se le ocurriera nunca exigirles un juramento. La sociedad ideal sería una en la que la palabra de una persona no requiriera nunca un juramento que garantizara su veracidad, y ninguna promesa suya necesitara un juramento para asegurar su cumplimiento.

¿Prohíbe entonces esta enseñanza de Jesús hacer un juramento en cualquier caso, por ejemplo, como testigo de un juicio? La verdad, no. Tristemente vivimos en una sociedad pecaminosa en las que se necesitan garantías de que se está diciendo la verdad o se va a cumplir con la palabra. Así que si somos llamados como testigos en un juicio debemos jurar que vamos a decir la verdad. Si vamos a hacer un negocio, debemos firmar un contrato que nos comprometa a cumplir con los términos negociados. Esta enseñanza de Jesús no está diciéndonos que jurar es pecado, sino que un verdadero cristiano, un verdadero discípulo suyo, no necesita recurrir a juramentos; la veracidad de sus dichos y la realidad de sus promesas no necesitan más garantía. Pero el hecho de que los juramentos sean a veces necesarios es prueba de que ni las personas ni el mundo son buenos. Es una patética muestra de nuestra deshonestidad.

Así que esta enseñanza de Jesús nos invita a convertirnos en esas personas que sean tan íntegras en su palabra y conducta que los demás vean en nosotros nuestra bondad transparente y no nos exijan nunca un juramento. Que seamos personas en quien se pueda confiar y que nadie, nunca, ponga en duda palabra alguna que sale de nuestras bocas. ¿Eres tú este tipo de persona? Arrepiéntete y comienza a serlo desde hoy. 

II.- No resistáis al que es malo (38-42)

Leamos juntos el v.38. Jesús cita aquí una forma resumida de la conocida “ley del talión” o “ley de la justa retribución” que se describe en Exo. 21:23-25: “Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.” Debemos recordar que la ley de Moisés era a la vez un código civil y moral. Por ejemplo, Éxodo 20 contiene los Diez Mandamientos que son la esencia de la ley moral de Dios. Y Éxodo 21 al 23, por otra parte, contiene una serie de ordenanzas en las cuales los principios de los Diez Mandamientos se aplican a la vida de la nación. Se da una amplia variedad de “leyes de caso”, con énfasis particular en daños y perjuicios a la persona o propiedad. Y es en ese contexto en el que aparece esta “ley del talión”.

Sin embargo, el propio contexto aclara que esta fue una instrucción para los jueces de Israel (Exo. 21:22). El propósito de esta ley era colocar el fundamento de la justicia, especificando la pena que merecía un malhechor, y limitar la compensación de su víctima al equivalente exacto y nada más. De modo que ella tuvo el doble efecto de definir la justicia y restringir la venganza. Pero los escribas y fariseos extendieron este principio de retribución justa de las cortes legales (donde pertenece) al terreno de las relaciones personales (con las cuales no tiene nada que ver). Trataron de usarlo para justificar la venganza personal, a pesar de que la ley explícitamente la prohibía: “No te vengarás, ni guardarás rencor” (Lev. 19:18). Así, este excelente, aunque severo, principio de retribución judicial se utilizaba como excusa para lo mismo que se proponía abolir, es decir, la venganza personal.

Jesús afirmó en Su antítesis, que veremos a continuación, que este principio, aunque pertenece a las cortes legales y al juicio de Dios, no se aplica a nuestras relaciones personales. Éstas deben estar basadas en el amor y no en las exigencias de la justicia. Nuestro deber hacia los individuos que nos hacen mal no es la represalia, sino la aceptación de la injusticia sin venganza.

Leamos juntos el v.39a. Quizás para entender mejor el significado de estas palabras de Jesús sea necesario leerlo como lo plantea la Biblia Traducción en Lenguaje Actual: “Pero ahora yo les digo: ‘No traten de vengarse de quien les hace daño’.” Aquí vemos que lo que enseña Jesús es que no debemos buscar la venganza cuando se nos hace daño. Nunca debemos recurrir a la violencia para exigir nuestro derecho, ni debemos pagar a nadie mal con mal sino más bien procurar hacer el bien a todos, incluso a los que nos hacen daño (1Ts. 5:15). 

Jesús va a plantear a continuación cuatro pequeñas ilustraciones extraídas de la vida diaria de su época que aplican este principio de no represalia e indican las dimensiones a las que debe extenderse. Leamos juntos los vv. 39b-42. Estas son situaciones cotidianas que ocurrían en la época de Jesús y que sirven para ejemplificar perfectamente el principio que Él acaba de plantear. En cada situación se presenta a una persona mala que busca injuriar o aprovecharse de la otra persona de alguna manera: una golpeando en el rostro, otra acusando ante la ley, una tercera exigiendo servicio y una cuarta pidiendo dinero. Todas tienen una interpretación y aplicación perfectamente comprensibles en nuestra sociedad actual, excepto la tercera, que suena un poco arcaica, pero ya veremos cuál sería su aplicación actual. El caso es que en cada una de las cuatro situaciones, dijo Jesús, nuestro deber cristiano es abstenernos absolutamente de tomar represalia, y hasta permitir a la persona mala injuriarnos doblemente de ser necesario. 

Alguno podría pensar que estos ejemplos de Jesús muestran a un cristiano débil de carácter que se deja pisotear por el malo, pero estas ilustraciones de Jesús no describen al alfeñique que no ofrece resistencia. Sus palabras están describiendo al hombre fuerte cuyo control de sí mismo y amor por los demás son tan poderosos que por ellos rechaza absolutamente cualquier forma concebible de venganza. Además, no importa lo concienzudos que podamos ser en nuestra determinación de aceptar las implicaciones de la enseñanza de Jesús, aun así no podemos tomar estas cuatro ilustraciones con un literalismo torpe, razonándolas como preceptos detallados, en lugar de entender el principio que pretenden ilustrar. Dicho principio es el amor, el amor desinteresado de una persona que, cuando se la injuria, rehúsa darse satisfacción a sí misma tomando venganza, y en cambio toma en cuenta el bienestar de la otra persona y de la sociedad, y determina sus reacciones conforme a ello. Esa persona no devolverá el golpe, respondiendo mal por mal, porque ha sido completamente liberada de la animosidad personal. En cambio, procurará devolver bien por mal. Desea dar hasta lo sumo: su cuerpo, su ropa, su servicio, su dinero… en tanto que estas dádivas se requieran por amor.

Veamos con un poco más de detalle cada una de las ilustraciones. Leamos nuevamente el v.39b. Para que una persona derecha te dé una bofetada en la mejilla derecha debe hacerlo con el revés de la mano. Este tipo de bofetada es una forma de humillación. El problema que Jesús plantea acá más que el golpe, es la humillación. Así que lo que está diciendo es que si alguien te humilla no debes humillarlo de vuelta, ni debes alejarte de esa persona, sino que debes seguir amando y sirviendo a esa persona aunque te siga humillando. Debes poner la otra mejilla.

Tenemos que ser honestos en que esto es algo difícil de obedecer. Nuestro instinto natural es que si alguien nos hace daño o nos humilla, nos defendemos o como mínimo nos alejamos de esa persona. Pero ese es nuestro orgullo pecaminoso actuando. En nuestro orgullo no queremos ser humillados por nadie y no queremos tolerar los insultos y las humillaciones, queremos defender nuestra dignidad. Pero el verdadero cristiano es el que, a pesar de los insultos y las humillaciones, sigue amando y sirviendo. El que es capaz de renunciar a su dignidad para que el evangelio llegue al corazón de sus exactores. El verdadero cristiano ya no se acuerda de lo que quiere decir que le insulten; ha aprendido de su Maestro a aceptar cualquier insulto sin resentimiento, y sin buscar jamás la venganza.

Leamos ahora el v.40. Esto ilustra a una persona malvada que por alguna deuda que tengas quiere llevarte a tribunales y quitarte la túnica en prenda de garantía hasta que le pagues. Jesús está planteando que no solamente estés dispuesto a darle la túnica como garantía sino también la capa. Esto no era legal. Según la ley, “Si tomares en prenda el vestido de tu prójimo, a la puesta del sol se lo devolverás. Porque sólo eso es su cubierta, es su vestido para cubrir su cuerpo. ¿En qué dormirá?” (Exo. 22:26-27). Aquí Jesús llama a sus discípulos a renunciar a sus derechos para servir con amor a otros. ¡Cuántas veces somos capaces de pelearnos con nuestro prójimo solamente para retener nuestros derechos o privilegios! ¡Cuántas personas han sido alejadas del evangelio por supuestos cristianos que han peleado vehementemente sus derechos con ellos! Como planteé antes, no es un tema de permitir ni mucho menos promover la injusticia, sino como les dice Pablo a los hermanos en Corinto, debemos aprender a sufrir el agravio y a ser defraudados (1Co. 6:7).

Leamos juntos el v.41. Legalmente los judíos podían ser obligados por los soldados romanos que se encontrasen en el camino a llevarles cargas durante una milla. Y aunque ellos estuviesen cansados, o llevasen sus propias cargas, ellos no podían rehusarse. Podrán imaginarse la actitud de resentimiento y amargura con la que harían este servicio obligatorio. Pero Jesús les dice que no lleven la carga con amargura por una milla, sino que con buena disposición y gracia en su corazón la lleven por dos millas. Que den una milla más de lo que están obligados legalmente. La enseñanza de Jesús aquí es que sirvamos con alegría y amor aunque se nos esté obligando a servir.

Si en tu trabajo se te exige alguna labor o servicio al que no estás obligado por contrato, da la milla extra. Sirve con alegría y amor mostrando tu carácter como cristiano. Les voy a dar un ejemplo tonto en mi vida. Cuando trabajaba en LG teníamos una cafetera privada para hacer nuestro propio café a nuestro gusto. Entre varios aportábamos para comprar buen café, y no tener que beber el que preparaban para el resto de la empresa. Pero casi todas las mañanas yo tenía que hacer el café porque nadie quería comprometerse a hacerlo. Y era un lío también para que la gente lavase la cafetera porque nadie quiere servir sino ser servido. Ahora que no estoy allá, ya no se hacen café porque nadie quiere sacrificarse y hacer el café todos los días para los demás como lo hacía yo. Este es un ejemplo simple de cómo los cristianos debemos diferenciarnos de los que no lo son. Debemos servir con buen ánimo aunque se nos imponga el servicio.

Leamos ahora el v.42. Jesús nos está planteando aquí el principio de generosidad cristiana. Debemos ayudar a los que padecen necesidad en la medida de nuestras posibilidades. Sabemos que hay mucha gente necesitada en la actualidad y que difícilmente podremos dar limosna en la calle a todo el que está pidiendo, pero lo que Jesús plantea aquí es que no seamos mezquinos. Si tenemos la posibilidad de ayudar al que padece necesidad debemos ser generosos con ellos. Y si nos piden prestado, aunque sepamos que no nos van a pagar, debemos ayudar también conforme a nuestras posibilidades. Pero debemos ser inteligentes en este respecto también, y si vamos a ayudar a alguien en la calle, no le demos dinero sino comida para evitar que hagan mal uso de lo que se le da. ¡Seamos generosos con los bienes que el Señor nos ha dado!

En conclusión, estas ilustraciones de Jesús no deben tomarse como un acta de inmunidad para cualquier tirano rufián, mendigo o ladrón inescrupuloso. Su propósito era el de prohibir la venganza, no estimular la injusticia, el vicio o la deshonestidad. El amor verdadero, que cuida tanto al individuo como a la sociedad, toma medidas para refrenar el mal y promover el bien. Jesús nos enseña aquí que no debemos tomar venganza personal, pero eso no significa que no se pueda acudir a la justicia del Estado. De modo que el mandato de Jesús a no resistir al malo no debe propiamente usarse para justificar la debilidad temperamental, ni la transigencia moral, ni la anarquía política, ni siquiera el pacifismo absoluto. En cambio, lo que Jesús demanda aquí de todos sus seguidores es una actitud personal hacia los que hacen mal que está inspirada en la misericordia y no en la justicia, que renuncia a la venganza en forma tan completa que se arriesga a un sufrimiento mayor y más costoso, y que nunca está dominada por el deseo de causarles daño sino siempre por la determinación de proporcionarles el sumo bien.

El apóstol Pablo resume esta enseñanza de Jesús de forma magistral a los hermanos en Roma: “No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.” (Rom. 12:17-21). Venzamos el mal con el bien. Nunca busquemos venganza del que nos hace mal, al contrario amemos y sirvamos a los que nos hacen daño. 

Yo oro para que Dios nos dé la sabiduría, el amor y la humildad para aplicar este principio de Jesús en nuestras vidas. Que cada uno de nosotros pueda ser ejemplo de integridad y honestidad en sus palabras, actitudes y obras, y que de esa manera podamos convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa, donde nos amemos y nos sirvamos unos a otros. Amén.

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