Efesios 4:1-6
4:1 Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados,4:2 con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor,
4:3 solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz;
4:4 un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación;
4:5 un Señor, una fe, un bautismo,
4:6 un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.
SOLÍCITOS EN GUARDAR LA UNIDAD DEL ESPÍRITU
Buenos días. Los primeros tres capítulos de Efesios eran doctrinales. Hemos estado ascendiendo en el monte de Efesios y el capítulo tres era la cumbre del mismo. El apóstol Pablo nos ha mostrado el propósito eterno de Dios obrando en la historia. A través de Jesucristo, quien murió por los pecadores y fue resucitado, Dios está creando algo enteramente nuevo. La humanidad caída y separada de Dios y entre ellos mismos, ahora está en proceso de reconciliación, se está convirtiendo en una sola y nueva humanidad, una sociedad cristiana unida por el Espíritu Santo. ¡Esto es algo maravilloso!
Ahora que hemos respirado la atmósfera celestial, empezaremos el descenso del monte de Efesios para regresar a lo terrenal. En los últimos tres capítulos de esta epístola, el apóstol Pablo va a mostrarnos cómo debemos vivir los cristianos en esta nueva sociedad de Dios llamada Iglesia. En el mensaje de hoy vamos a aprender las virtudes cristianas o lo valores con los que debemos vivir los cristianos en la Iglesia. Son muy diferentes a los valores con los que hemos sido criados en la sociedad sin Cristo porque no son los valores del hombre pecaminoso, sino los valores del Dios santo, los valores del Reino de Dios. El propósito de estos valores es guardar con solicitud la unidad que Dios ha dado a la Iglesia en el Espíritu gracias a la muerte reconciliadora de Jesucristo.
Yo oro para que en UBF Panamá podamos vivir conforme a estos valores del reino de Dios y seamos solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Amén.
I.- Les ruego que anden conforme al llamado de Dios (1)
Miren el v.1. El apóstol Pablo les recuerda una vez más a sus lectores acerca de sus prisiones. Pero no lo hace para que sus lectores sientan lástima por Él, sino para que recuerden la causa por la que Él está preso y las restricciones que tiene por su condición. Pablo está preso por la causa del Señor, por predicarles el evangelio a ellos. Pero, como ya les dijo antes, no debían desmayar por sus tribulaciones, sino hacer que valiesen la pena (Ef. 3:13). Así que les hace un ruego desde sus prisiones: Les ruego que anden conforme a la vocación con que fueron llamados. En otras palabras, Pablo les está rogando a sus lectores, y eso ahora nos incluye a nosotros, que vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido. La vocación con que fuimos llamados, o el llamamiento de Dios, es el llamado a la salvación y a la santidad. Que vivamos vidas santas. Que vivamos de forma tal que haya valido la pena el sacrificio de Jesús por nosotros. Considera tu vida ahora. ¿Crees que la vida que estás llevando hace que valga la pena que Jesús haya muerto cruelmente en la cruz? ¿Crees que esa es la vida que Dios quiere que lleves?
Yo creo que a mí todavía me falta. Aunque estoy viviendo la vida misionera y estoy tratando de guardar las disciplinas espirituales del Pan Diario, los estudios bíblicos, el Culto Dominical, la evangelización y sirviendo la obra de Dios con varias otras tareas, todavía me falta dar el fruto del Espíritu. Todavía siento que me falta mucho para ser un buen cristiano y que haya valido la pena que Jesús haya muerto por mí. Oro para que Dios me fortalezca en el hombre interior con Su Espíritu Santo y que yo pueda hacer más para su obra y dar el fruto espiritual y poner una sonrisa en el rostro de mi Señor. Amén.
Dios nos ha salvado y nos ha llamado para que seamos un pueblo santo. Por consiguiente, como hemos sido llamados a ser un pueblo, debemos manifestar su unidad, y porque somos llamados a ser un pueblo santo, debemos manifestar su santidad o pureza. La unidad y la pureza son dos características fundamentales de una vida digna del llamado de Dios a la iglesia. El apóstol Pablo trata el tema de la unidad de la iglesia en los versículos 1–16, y el de la pureza desde el 4:17 — 5:21. Por lo pronto, veamos cómo podemos ser solícitos en guardar la unidad del Espíritu viviendo conforme a los valores del reino de Dios.
II.- Los valores del reino de Dios (2-4)
Miren el v.2. De aquí en adelante, el apóstol Pablo nos va a mostrar cómo podemos vivir como es digno de la vocación a la que hemos sido llamados. Aquí nos muestra cinco virtudes cristianas para vivir en sociedad: humildad, mansedumbre, tolerancia, paciencia y amor. Vamos a ir viendo una por una en detalle.
Humildad. Miren el v. 2a. En aquella época la humildad no era una virtud, sino algo despreciable. En griego no había una palabra para descrbir la verdadera humildad así que los cristianos tuvieron que inventar su propia palabra griega tapeinofrosýne que se deriva de tapeinos que los griegos consideraban una actitud ruin, servil, “la abyecta sumisión del esclavo”. Esto nos muestra que en los días antes de Jesús la humildad se consideraba una cualidad cobarde, rastrera, servil e innoble. Pero, tapeinofrosyné significa “humildad de mente”, el reconocimiento humilde del valor y peso de otra persona, la mente humilde que estaba presente en Cristo y que lo llevó a vaciarse a sí mismo y transformarse en un siervo. Jesús fue el autor y consumador de la verdadera humildad porque se humilló a sí mismo hasta la muerte en la cruz, dejándonos así el ejemplo. Jesús nos estimó a nosotros superiores a Él mismo y por eso se entregó a Sí mismo para morir de manera tan terrible en la cruz.
Y eso es lo que debemos hacer nosotros: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.” (Flp 2:3-4). Debemos estimar a las otras personas como superiores a nosotros mismos, así como Jesús lo hizo con nosotros. Debemos sacrificarnos por otros, satisfaciendo primero las necesidades de ellos antes que las nuestras. Esta es la verdadera humildad.
Les pongo un pequeño ejemplo. Supongamos que todos salimos a correr y regresamos exhaustos y sedientos. Mi primer pensamiento es ir a servirme un vaso con agua para saciar mi sed. Pero si yo tengo una verdadera humildad, primero serviré los vasos de agua de todos y, cuando ya todos estén satisfechos, me serviré el mío y me sentaré a descansar. ¿Quién hace esto? Honestamente yo no. Y esto es una muestra de que no soy verdaderamente humilde.
La humildad es esencial para la unidad. Detrás de toda discordia anida el orgullo, mientras que el único gran secreto de la concordia es la humildad. No resulta difícil comprobarlo: la gente que nos gusta en forma inmediata e instintiva, y con la cual nos resulta fácil llevarnos bien, es aquella que nos brinda el respeto que consideramos merecer, mientras que la gente que nos desagrada en forma inmediata e instintiva es aquella que nos trata como basura. En otras palabras, la vanidad personal resulta un factor clave en todas nuestras relaciones. Sin embargo, si en lugar de maniobrar buscando el respeto de los demás (que es orgullo) los respetamos y reconocemos su valor intrínseco otorgado por Dios (que es humildad), estaremos promoviendo la armonía dentro de la nueva sociedad de Dios.
Mansedumbre. Miren nuevamente el v. 2a. La palabra griega que se utiliza aquí es praótes que también puede traducirse como “amabilidad” o “cortesía”. El gran filósofo griego Aristóteles tiene mucho que decir acerca del significado de esta palabra. Tenía por costumbre definir todas las virtudes como el término medio entre dos extremos, entre tener esa cualidad por exceso, o tenerla por defecto. Y entre los dos extremos se encontraba la debida proporción. Aristóteles define praótes como el término medio entre el exceso de ira y la total incapacidad para sentirla. La palabra también se utilizaba para los animales domesticados. De modo que mansedumbre no es sinónimo de debilidad. Por el contrario, es la gentileza del fuerte, cuya fuerza está bajo control. Es la característica de una personalidad fuerte, que es a la vez dueño de sí mismo y siervo de los demás. La mansedumbre es la ausencia de la disposición a hacer valer derechos personales, ya sea ante la presencia de Dios o la de los hombres.
La humildad y la mansedumbre forman una pareja natural. Porque el hombre manso piensa tan poco en sus derechos personales como el hombre humilde en sus méritos personales. Se encontraban en equilibrio perfecto en el carácter del Señor Jesús, quien dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt. 11:29). ¡Debemos aprender de Jesús y ser mansos y humildes de corazón!
Tolerancia. Miren el v.2b. La tolerancia es lo que la versión Reina-Valera traduce como “soportándoos”. La palabra griega anecomai significa literalmente: “sostener arriba en contra de una cosa y así soportar (ana, arriba, y ecomai, voz media de eco, tener, sostener).” Implica por lo tanto, soportar los defectos o flaquezas de los otros sabiendo que todos somos imperfectos. Y en lugar de molestarnos con otra persona por perjudicarnos de alguna manera por su pecado, oramos por Él para que el Señor le ayude a superar sus debilidades y pecados. Ninguno de nosotros somos perfectos, así que tenemos que aprender a tolerar los errores, debilidades y pecados de los otros con humildad (reconociendo que nosotros también tenemos nuestros propios errores, flaquezas y pecados) y con mansedumbre (dominando las emociones que nos genera lo que ha hecho la otra persona), pero por encima de todas las cosas con paciencia, que es la par natural de la tolerancia.
Paciencia. Miren nuevamente el v.2b. La palabra griega que se usa aquí es makrodsymía y es la paciencia de Dios que en otros pasajes bíblicos se traduce como “longanimidad”. Es una palabra compuesta en griego: makros, largo; dsymos, temperamento. Es mantener el ánimo con una persona durante mucho tiempo, sin importar lo que esta persona nos haga. Describe la paciencia de Dios con el hombre pecador, a quien Dios continua amando, aunque el hombre neciamente sigue pecando. Si Dios fuese hombre, desde hace rato nos hubiese destruido. Pero Él ha tenido paciencia o longanimidad con nosotros. De la misma manera, por el Espíritu Santo que habita en nosotros, debemos seguir amando y perdonando a los hermanos sin importar las veces que fallen o pequen contra nosotros. Teniendo humildad, mansedumbre y tolerancia. Pero, sobre todas las cosas, teniendo la virtud con la que Pablo cierra esta lista: amor.
Amor. Miren una vez más el v.2b. El amor cristiano era algo tan nuevo en el mundo antiguo que los escritores cristianos tuvieron que usar una palabra muy rara en griego, dándole un sentido totalmente nuevo: agape. En griego hay cuatro palabras para amor. Está eros, que es el amor entre un hombre y una mujer que incluye la pasión sexual. Está filía, que es el afecto cálido que existe entre los que comparten unas mismas circunstancias. Está storgué, que es la palabra que designa el amor de la familia. Y está agape, que la versión RVR60 traduce por amor, aunque en ediciones más antiguas, siguiendo tal vez a la Vulgata, la traducía por caridad.
El sentido auténtico de agape es una benevolencia a toda prueba. El tener agape hacia una persona quiere decir que nada que esa persona haga o nos haga nos hará buscar para ella sino lo mejor posible. Aunque nos perjudique e insulte, nosotros no sentiremos nunca hacia ella más que amabilidad y benevolencia. Esto quiere decir que este amor cristiano no es meramente un sentimiento emocional. Este agape es algo, no solamente de las emociones, sino también de la voluntad. Es la habilidad de mantener una buena voluntad inconmovible con los que no la tienen con nosotros, ni son amables, ni nos gustan. Agape es esa cualidad de la mente y del corazón que impulsa a un cristiano a no sentir nunca ninguna malquerencia ni ningún deseo de venganza, sino a buscar siempre el mayor bien posible para todos, sean como sean.
Viviendo con humildad, mansedumbre, tolerancia, paciencia y amor podemos ser solícitos en guardar la unidad del Espíritu como nos pide el apóstol Pablo a continuación.
Miren el v.3. La traducción al español no expresa bien la urgencia de Pablo en su ruego para guardar la unidad del Espíritu. “Solícitos” está traduciendo la palabra griega spoudázo que significa apresurarse a hacer algo, esforzarse, procurar, ser solícito. Markus Barth expresa vívidamente el sentido: “Es casi imposible trasmitir exactamente la urgencia que contiene el verbo griego subyacente. No sólo refleja urgencia y pasión, sino el esfuerzo pleno del hombre, incluyendo su voluntad, sentimiento, razón, fuerza física y actitud total. El modo imperativo del participio que encontramos en el texto griego excluye la pasividad, el quietismo, la actitud del mero espectador o la actitud diligente pero deliberadamente lenta. Más bien expresa: ¡La iniciativa es suya! ¡Hágalo ahora! ¡Cumpla! ¡Usted debe hacerlo! ¡Lo digo de verdad! Tal es el tono del versículo.”
El apóstol Pablo nos está urgiendo a que con toda solicitud, diligencia y esfuerzo guardemos la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Pero si se fijan bien lo único que podemos hacer es guardar o mantener la unidad del Espíritu porque la unidad no viene de nosotros, es algo que el Espíritu Santo ya nos ha dado al sellarnos como hijos de Dios. Así que podríamos equiparar este vínculo invisible del Espíritu Santo con el vínculo de la familia. Veamos una analogía de esto.
Imaginemos a una pareja, señor Juan y señora Juana Pérez, y sus tres hijos: Tomás, Lucía y Enrique. Son una familia, no hay duda acerca de ello. El casamiento y la paternidad compartida los ha unido. Pero con el paso del tiempo la familia Pérez se desintegra. El padre y la madre discuten, mantienen una mala relación durante varios años y finalmente se divorcian. Los tres hijos también discuten, primero con sus padres y después entre ellos, y se distancian. Tomás se va a vivir a Canadá, Lucía a Alemania y Enrique a la Argentina. Nunca se ven, no se escriben ni se hablan por teléfono. Pierden contacto entre sí. Y más aún. Están tan decididos a repudiarse unos a otros que hasta cambian sus nombres. Sería difícil imaginar una familia que haya experimentado una desintegración más desastrosa que esta. Todas las relaciones han sido cortadas.
Ahora, suponiendo que fuésemos primos de la familia Pérez, ¿cómo reaccionaríamos? ¿Nos encogeríamos de hombros, sonreiríamos en forma complaciente y murmuraríamos: “Bueno, no importa, todavía son una familia”? Estaríamos en lo cierto. A los ojos de Dios aún son una familia indestructible. El señor y la señora Pérez aún son esposo y esposa, y aún son padres de sus tres hijos, quienes siguen siendo hermanos entre sí. Nada puede alterar la unidad de una familia que ha surgido por circunstancias de casamiento y nacimiento. Pero ¿estaríamos conformes con esta situación? ¿Trataríamos de buscar excusas o minimizar la tragedia de su desunión apelando a la indestructibilidad de sus lazos familiares? No. Esto no traería satisfacción a nuestra mente, a nuestro corazón, ni a nuestra conciencia. ¿Qué haríamos entonces? Con seguridad trataríamos de ser pacificadores. Los exhortaríamos a “mantener la unidad de la familia por medio del vínculo de paz”, es decir, a demostrar su unidad familiar mediante el arrepentimiento y la reconciliación.
Es lo mismo que Pablo nos está pidiendo aquí. El Espíritu Santo nos ha dado un vínculo familiar indestructible en la Iglesia. Pero hay muchos que se han empeñado en destruirla por su orgullo y agendas personales. Sin embargo, Pablo nos urge a que hagamos todos los esfuerzos necesarios para mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Debemos procurar la paz de toda forma imaginable. Debemos ser los suficientemente humildes, mansos, tolerantes, pacientes y amorosos para ceder a lo que sea necesario con tal de preservar nuestra unión.
Pero la tragedia en nuestras relaciones está en que preferimos tener la razón antes que tener la paz. Preferimos ganar la discusión antes que ganar al hermano. Preferimos mantener intacto nuestro orgullo y dignidad que mantener intacta la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Oigan lo que la otra persona tiene para decir. Controlen sus emociones. Y si no pueden razonar con la otra persona, amen, no razonen. Si es difícil sentir amor, soporten, toleren. Seamos solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz en nuestra iglesia. Amén.
III.- La base de la unidad (4-6)
En los vv. 4-6 la palabra “un” o “una” se repite siete veces. Hay siete unidades fundamentales que Dios nos ha dado como Iglesia. Los que fomentan la división buscan las diferencias, pero nosotros debemos mirar estas sietes unidades como la base de nuestra unidad como Iglesia. Veamos brevemente cuáles son a continuación.
Primero, somos un cuerpo. Miren en el v.4a. Ya el apóstol Pablo ha dejado esto bien en claro. En Ef. 1:22-23 dice que la iglesia es el cuerpo de Cristo. Y en Ef. 2:16 dice que Él ha reconciliado a la humanidad en un solo cuerpo mediante su muerte en la cruz. Ya hemos hablado de esto antes. Somos un cuerpo en Cristo y debemos actuar como tal. Debemos entender que somos miembros diferentes y que cada uno tiene su función pero que todos debemos colaborar juntos para mantener la unidad y para hacer avanzar el evangelio.
Segundo, tenemos el mismo Espíritu. Miren nuevamente el v.4a. El Espíritu Santo es uno solo y ese mismo Espíritu está en cada uno de nosotros. Él es el que nos enseña todas las cosas. Así que debemos buscarle a Él y depender de Él para entender lo que Dios está haciendo en nosotros y en otros. Si tenemos diferencias de interpretación en las Escrituras, entonces es porque no estamos buscando al Espíritu Santo para que nos enseñe, sino que estamos dependiendo de nuestra inteligencia y razonamiento para ello. No discutamos por interpretaciones bíblicas, sino que con humildad busquemos el Espíritu Santo para que nos enseñe todas las cosas.
Tercero, una esperanza. Miren el v.4b. Todos estamos esperando nuestra salvación. Estamos esperando que Jesús venga a llevarnos con Él al Reino de Dios. Así que animémonos unos a otros para continuar esperando, y mientras esperamos, traigamos más personas a los pies de Jesús por la predicación del evangelio y mostrando los valores del reino de Dios en nuestras vidas y en la iglesia.
Cuarto, un Señor. Miren el v.5a. Jesús es el único Señor y Salvador. Si Él realmente es el Señor de nuestras vidas, si le hemos entregado a Él las riendas de nuestras vidas, ¿cómo andaríamos peleándonos con otros? ¿Cómo no mantendríamos la unidad del Espíritu? ¡Que Jesús sea realmente el Señor de nuestras vidas!
Quinto, una fe. Miren el v.5b. Todos hemos sido salvados por la fe en la muerte y en la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Si todos creemos esto, ¿por qué habría división? Cualquier otra cosa que necesitemos saber, el Espíritu Santo nos la revelará. Seamos humildes y escuchemos la voz del Espíritu Santo a través de la Biblia y de nuestros pastores.
Sexto, un bautismo. Miren el v.5c. Se refiere al bautismo en agua como señal de nuestro arrepentimiento y nuestra disposición para vivir la vida cristiana. Todos hemos recibido o recibiremos el mismo bautismo en agua en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. No importa si es por inmersión o por aspersión. No importa el ritual que se siga. Lo importante es que ese bautismo representa nuestro compromiso con Dios para vivir cristianamente. Como se dice en algunas fórmulas bautismales: “Muero para el mundo, y vivo para Cristo”.
Séptimo, un Dios y Padre. Miren el v.6. Todos creemos en un solo Dios, y Él es nuestro Padre, Quien es sobre todos, y por todos, y en todos. Así que si Él es nuestro Dios y Padre todos somos una familia con la misma fe. No debe haber sino concordia y amor entre nosotros.
¿No es esta una buena base para mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz? ¿Son realmente relevantes nuestras diferencias de carácter, personalidad u opinión para socavar la unidad del Espíritu? ¿Dónde están los hermanos que se esfuerzan y son diligentes en hacer lo que sea necesario para guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz? Oro para que nosotros seamos esos hermanos humildes, mansos, tolerantes, pacientes y amorosos que hacen todos los esfuerzos necesarios para mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz en UBF Panamá. Y que seamos un ejemplo para todos los hermanos del mundo. Amén.
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P. David Leal (MX)
( 19 de febrero de 2021 )
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