Éxodo 30:11-33

30:11 Habló también Jehová a Moisés, diciendo:
30:12 Cuando tomes el número de los hijos de Israel conforme a la cuenta de ellos, cada uno dará a Jehová el rescate de su persona, cuando los cuentes, para que no haya en ellos mortandad cuando los hayas contado.
30:13 Esto dará todo aquel que sea contado; medio siclo, conforme al siclo del santuario. El siclo es de veinte geras. La mitad de un siclo será la ofrenda a Jehová.
30:14 Todo el que sea contado, de veinte años arriba, dará la ofrenda a Jehová.
30:15 Ni el rico aumentará, ni el pobre disminuirá del medio siclo, cuando dieren la ofrenda a Jehová para hacer expiación por vuestras personas.
30:16 Y tomarás de los hijos de Israel el dinero de las expiaciones, y lo darás para el servicio del tabernáculo de reunión; y será por memorial a los hijos de Israel delante de Jehová, para hacer expiación por vuestras personas.
30:17 Habló más Jehová a Moisés, diciendo:
30:18 Harás también una fuente de bronce, con su base de bronce, para lavar; y la colocarás entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás en ella agua.
30:19 Y de ella se lavarán Aarón y sus hijos las manos y los pies.
30:20 Cuando entren en el tabernáculo de reunión, se lavarán con agua, para que no mueran; y cuando se acerquen al altar para ministrar, para quemar la ofrenda encendida para Jehová,
30:21 se lavarán las manos y los pies, para que no mueran. Y lo tendrán por estatuto perpetuo él y su descendencia por sus generaciones.
30:22 Habló más Jehová a Moisés, diciendo:
30:23 Tomarás especias finas: de mirra excelente quinientos siclos, y de canela aromática la mitad, esto es, doscientos cincuenta, de cálamo aromático doscientos cincuenta,
30:24 de casia quinientos, según el siclo del santuario, y de aceite de olivas un hin.
30:25 Y harás de ello el aceite de la santa unción; superior ungüento, según el arte del perfumador, será el aceite de la unción santa.
30:26 Con él ungirás el tabernáculo de reunión, el arca del testimonio,
30:27 la mesa con todos sus utensilios, el candelero con todos sus utensilios, el altar del incienso,
30:28 el altar del holocausto con todos sus utensilios, y la fuente y su base.
30:29 Así los consagrarás, y serán cosas santísimas; todo lo que tocare en ellos, será santificado.
30:30 Ungirás también a Aarón y a sus hijos, y los consagrarás para que sean mis sacerdotes.
30:31 Y hablarás a los hijos de Israel, diciendo: Este será mi aceite de la santa unción por vuestras generaciones.
30:32 Sobre carne de hombre no será derramado, ni haréis otro semejante, conforme a su composición; santo es, y por santo lo tendréis vosotros.
30:33 Cualquiera que compusiere ungüento semejante, y que pusiere de él sobre extraño, será cortado de entre su pueblo.

EL TABERNÁCULO (XI): RESCATE, LIMPIEZA Y UNCIÓN


Buenos días. Hoy aprenderemos acerca de las últimas instrucciones de Dios acerca del mobiliario para el Tabernáculo y otras disposiciones para él. Aunque aún nos falta algunas cosas por aprender del Tabernáculo. Hoy veremos el último mueble que Jehová ordena construir, la fuente de bronce. El propósito del Tabernáculo era recordar a los hijos de Israel que Dios habitaba en medio de ellos y que ellos debían adorarle. Para esto ellos debían ser santos. Jehová los había rescatado de Egipto, los había santificado para Él y ungiría sacerdotes entre ellos para que le sirvieran en el lugar de su habitación en medio de ellos. 

A través de este mensaje recordaremos que Jehová ha hecho esto mismo por nosotros. Nos ha rescatado; nos ha lavado en su sangre, y nos pide que nos lavemos continuamente; y nos ha ungido con Su Espíritu Santo. Yo oro para que nosotros podamos mantenernos santos continuamente por medio del lavamiento del arrepentimiento ante Su Palabra. Amén. 

I.- El precio del rescate (11-16)

Miren los vv. 11-12. Jehová le ordena a Moisés hacer un censo de los hijos de Israel para recoger plata de entre ellos que serviría para la construcción del Tabernáculo. Esto sería una especie de impuesto, pues sería un peso fijo obligatorio por persona. Por tanto, difiere de la ofrenda voluntaria de la que hablamos hace ya un tiempo en Ex. 25:1-9. Esta plata se pagaría como “rescate de su persona”. Sus vidas serían rescatadas de la mortandad que vendría si no contribuían con este peso de plata como dice el v.2. 

Cuando se hacía un censo, cada hombre era llevado, por decirlo así, delante de Dios; y este era el momento preciso para recordarles su condición pecaminosa y su necesidad de redención. Mientras no se trate con el pecado, si Dios es traído a tener contacto con los hombres pecadores, Él debe, por la santidad misma de Su naturaleza, castigarles. Así que para evitar esto, ellos necesitan un rescate por sus almas. Y en este caso Jehová ha ordenado el precio del rescate que ellos debían traer al ser contados en Su presencia.

 Miren ahora los vv. 13-15. Este es el precio requerido para el rescate, medio siclo de plata conforme al siclo del santuario. El siclo del santuario era una unidad de peso que equivalía a unos 11,4 g, así que medio siclo serían unos 5,7 g. Cada varón de 20 años para arriba que fuese contado debía traer delante de Jehová unos 5,7 g de plata en rescate por su alma. Al parecer, a los 20 años ya Jehová considera a una persona un adulto responsable por sus pecados, por lo que debería pagar el precio de su rescate al venir delante de Dios. Así que vemos acá que debemos criar a nuestros hijos en la Palabra de Dios para que sean conscientes de sus pecados y de su necesidad de arrepentimiento cuando entren en la adultez, y puedan tener una relación personal con Dios cuando ya no estén bajo nuestro cuidado.

Hay un detalle importante aquí en el v.15: “Ni el rico aumentará, ni el pobre disminuirá del medio siclo”. Todos, sin importar su condición económica, debían pagar exactamente lo mismo. Esos 5,7 g de plata equivaldrían a unos $5 actualmente, así que no era un precio muy alto. Obviamente si alguien está en pobreza eso podía representar mucho dinero, sin embargo, debía hacer el esfuerzo necesario para pagar por el rescate de su alma. Pero recuerden que ese rescate, solo simboliza el reconocimiento de la responsabilidad de ellos por su pecado y su pertenencia a Dios. No era un rescate o expiación de pecados para salvación. Ésta se haría con la sangre del becerro de la expiación y del macho cabrío en el Día de la Expiación.

Sin embargo, resulta útil conocer para qué se usaría esta plata del rescate. Miren el v.16. El propósito fundamental de este censo, era recoger un capital inicial para el servicio del Tabernáculo. Según Ex. 38:25-28, se contaron 603,550 varones mayores de veinte años, de quienes se recogió en total cien talentos y mil setecientos setenta y cinco siclos, según el siclo del santuario. Y éstos se usaron de la siguiente forma: “cien talentos de plata para fundir las basas del santuario y las basas del velo; en cien basas, cien talentos, a talento por basa. Y de los mil setecientos setenta y cinco siclos hizo los capiteles de las columnas, y cubrió los capiteles de ellas, y las ciñó.” (Ex. 38:27-28). Cuando hablamos acerca de las basas de plata y los capiteles de plata, dijimos que éstos simbolizaban la redención que Jesús hizo por nosotros. Así que la plata del rescate se usó para simbolizar la redención, el precio que Jesús pagó por nuestros pecados. 

1P. 1:18-19 dice: “sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”. Nosotros hemos sido rescatados de nuestras vidas pecaminosas, de nuestra vana manera de vivir, no con plata, sino con la preciosa sangre de Jesús, quien murió en una cruz por nuestra salvación. Nuestras vidas son tan preciosas para Dios, que Él mismo vino a la Tierra y derramó toda su sangre para rescatarnos y traernos a Él. 

Mucha gente crece pensando que son insignificantes o que no tienen ningún tipo de valor. Sienten que no son importantes y que nadie valora lo que son o lo que hacen. Esto es particularmente cierto entre las mujeres, sobre todo en las que son amas de casa. Llegan a sentir que no tienen ningún valor, porque la sociedad valora a las mujeres por su belleza física o su profesión. Pero nuestro valor no está en cómo nos vemos, lo que tenemos o lo que hacemos, nuestro valor está en lo que somos. 

Y nosotros somos criaturas de Dios. Hechos a imagen y semejanza de Dios. Y somos tan valiosos que Jesús vino a esta Tierra a morir por nosotros para salvarnos de nuestros pecados y acercarnos a Dios. Somos tan valiosos que Dios se ha tomado la molestia de mandar a uno de sus siervos a buscarnos y molestarnos constantemente para que estudiemos la Biblia y para que participemos en el Culto Dominical. Tú vales mucho para Dios, tanto que Él estaría dispuesto a morir por ti; y de hecho, ya murió para rescatarte. Así que apreciemos ese regalo maravilloso de la muerte de Jesús, viviendo vidas santas y limpias delante de Él conforme a lo que aprenderemos a continuación.

II.- La fuente de bronce (17-21)

Miren los vv. 17-19. Ahora Jehová ordena a Moisés hacer una fuente de bronce con su base de bronce. Este es el último de los muebles del Tabernáculo que Jehová ordena hacer. No se nos dan forma, medidas, o los adornos que debían tener, como con los otros muebles, sino simplemente se nos dice el material y el propósito. La fuente de bronce no era más que una ponchera de bronce sobre una base de bronce en la cual se colocaría agua para que Aarón y sus hijos, es decir, los sacerdotes, se lavasen las manos y los pies. Así que era simplemente un lugar de lavamiento. Se debía colocar en el atrio del Tabernáculo, entre el Altar de Bronce y el Tabernáculo propiamente dicho.

Miren ahora los vv. 20-21. La fuente de bronce tenía una ubicación estratégica para su función. Estaba entre el Altar de Bronce y el Tabernáculo propiamente dicho, pues los sacerdotes debían lavarse las manos y los pies antes de entrar al Tabernáculo y antes de acercarse al altar a ministrar. Estaba allí, justo en el medio, como recordatorio de que debían lavarse constantemente para purificación. Resulta interesante que debían lavarse las manos y los pies y si no lo hacían morirían al tocar las cosas santas. ¿Por qué solo las manos y los pies? Recordemos que ellos serían completamente lavados o bañados por Moisés antes de colocarse las vestiduras santas (Ex. 29:4), así que ellos ya estaban limpios. Solamente debían lavarse las manos y los pies constantemente, porque se contaminaban cuando tocaban cosas no santas. Por ejemplo, las manos al tocar a la gente del pueblo y sus cosas; y los pies al estar a la puerta del Tabernáculo o al salir de él. 

Esta fuente de bronce no era, entonces, un lugar donde los sacerdotes se bañarían, sino donde limpiarían sus manos y sus pies, pues ellos ya estaban limpios al llevar sus vestiduras sagradas. Esto nos recuerda a lo que dijo Jesús durante su última cena con sus discípulos: “El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio”. (Jn. 13:10). Aquí el Señor hace referencia solo a los pies, ya que solamente está lavando los pies de los discípulos, pues ya ellos se habían lavado las manos. Sin embargo, en la fuente de bronce vemos que los sacerdotes debían lavarse las manos y los pies. Como ya aprendimos anteriormente, las manos y los pies hacen referencia a nuestras obras y a nuestro caminar. Los sacerdotes debían estar lavando sus manos constantemente como símbolo de purificación de las obras pecaminosas que habían hecho, y debían lavar sus pies como símbolo de limpiar su camino. Ellos debían andar y obrar de forma limpia. 

Ya aprendimos también que nosotros hemos sido llamados por Dios como sacerdotes. Así que la fuente de bronce también es para nosotros. Ya hemos sido limpiados por Dios en el lavamiento de la regeneración (Tit. 3:5), y Él ya nos ha vestido con nuestras vestiduras santas. Pero Jesús le advirtió a Pedro que si no se lavaba los pies no tendría parte con Él (Jn. 13:8). Así que nosotros debemos lavarnos las manos y los pies cada día, a cada instante, antes de acercarnos a la presencia de Dios también.   

Hay un hecho resaltante en cómo fue hecha la fuente de bronce. Según Ex. 38:8 la fuente de bronce fue hecha “de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión.” En aquella época no existía el vidrio que conocemos hoy día, así que las mujeres usaban el bronce pulido como espejo. Ellas ofrendaron sus espejos a Dios para que se hiciese esta fuente. Como ya hemos aprendido el bronce representa el juicio de Dios. Así que esta fuente les recordaba a los sacerdotes el juicio de Dios por sus pecados. Ellos venían a la fuente que les mostraba su verdadero ser pecaminoso, pero allí con el agua se lavaban. 

En este sentido, esta fuente de bronce representa la Palabra de Dios. El apóstol Pablo nos dice en Ef. 5:25-26 que “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra”. Nuestro lavamiento ocurre en la Palabra de Dios. Esto también afirma David en el Sal. 119:9: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra.” Cuando venimos a la Biblia, podemos ver cuán pecaminosos somos y cómo le estamos fallando a Dios. Pero por medio del agua del arrepentimiento, podemos lavarnos allí para ser purificados y aceptos delante de Dios. Porque, “¿quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón“. (Sal. 24:3-4). Entonces, ante la Palabra de Dios lavamos nuestras manos y nuestros pies cada día por medio del arrepentimiento.

En nuestro ministerio tenemos una buena herramienta para lavarnos constantemente la manos y los pies, el testimonio bíblico. Cada vez que venimos a la Palabra de Dios, deberíamos escribir testimonio bíblico con arrepentimiento, de esta manera, lavamos nuestras manos y nuestros pies y podemos acercarnos y ministrar delante de nuestro Dios.

III.- El aceite de la santa unción (22-33)

Miren ahora los vv. 22-25. Lo siguiente que Jehová le ordena a Moisés es hacer el aceite de la santa unción. Este aceite era un ungüento superior que se utilizaría solo para las cosas santas. Tenía una fórmula exquisita de especias finas para el aroma: mirra excelente, canela aromática, cálamo aromático y casia; y se mezclaría en aceite de olivas. 

La mirra es una resina de color rojo oscuro que exuda un árbol que crece en Arabia y en el este de África. Tiene un aroma fuerte, pero agradable, y un sabor amargo. La mirra excelente se usaba en los más costosos ungüentos y perfumes de la antigüedad. La canela aromática es la corteza del árbol de canela con el delicioso aroma que nosotros ya conocemos. El cálamo aromático es una hierba rojiza que huele a jengibre y crecía en las riberas de las corrientes de agua de Egipto, Siria y la India. Se cortaba, secaba y pulverizaba para convertirlo en ingrediente de los más ricos perfumes. La casia, árbol indígena de Ceilán (actual Sri Lanka), tiene una corteza áspera usada como especia, parecida a la canela. ¡Esta combinación debe haber producido un delicioso aroma!

Jehová les da las medidas de cada uno de los ingredientes para la preparación. Unos 5,5 kg de mirra excelente, 2,8 kg de canela aromática, 2,8 kg de cálamo aromático y 5,5 kg de casia, con un galón de aceite de olivas. Debía prepararse conforme al arte del perfumador. El proceso incluía echar las especias en agua, hervirlas y luego añejar la mezcla con el aceite hasta que la fragancia penetrara todo.

Miren los vv. 26-28. Este aceite de la santa unción se utilizaría para ungir el tabernáculo de reunión, esto es, la tienda que contenía el Lugar Santo y el Lugar Santísimo; y todos y cada uno de los muebles del Tabernáculo con sus utensilios: el arca del testimonio, la mesa con todos sus utensilios, el candelero con todos sus utensilios, el altar del incienso, el altar del holocausto con todos sus utensilios, y la fuente y su base. Además, en el v.30 nos dice que también se ungiría a Aarón y a sus hijos con este ungüento como ya aprendimos antes en el proceso de su consagración. Precisamente, los vv. 29-30 nos dicen que la unción con este santo aceite era para la consagración a Jehová de todo esto, el Tabernáculo, sus muebles y los sacerdotes. Es decir, todo esto quedaba para uso exclusivo de Jehová, ya no podía usarse para ninguna otra cosa.

La consagración con el aceite santo de la unción era un símbolo del Espíritu Santo como podemos ver, por ejemplo, en Is. 61:1: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová”. Recibir la unción era sinónimo de recibir el Espíritu de Dios. También podemos ver esto en Hch. 10:38: “cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret”. Aquí, recibir el Espíritu Santo es un equivalente a ser ungido. El apóstol Juan nos dice: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas.” (1Jn. 2:20). Aquí claramente la unción del Santo se refiere al Espíritu Santo como amplía en el v. 27: “Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él.” Entonces cuando el aceite de la unción santa fuese derramado sobre todo el Tabernáculo y sus muebles y sus sacerdotes, estos estarían llenos del Espíritu Santo de Dios, quedando consagrados y habilitados para Su servicio.

Esta unción estaría también sobre el Mesías como dicen proféticamente los hijos de Coré: “Por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros. Mirra, áloe y casia exhalan todos tus vestidos” (Sal. 45:7-8). Fíjense cómo se mencionan la mirra y la casia en sus vestidos. El Mesías estaría ungido de la misma santa unción que el Tabernáculo porque el Tabernáculo prefigura a Cristo. Y esto se cumplió en su ministerio terrenal como acabamos de leer en Hch. 10:38.

Miren ahora los vv. 32-33. Jehová consideraba santo este aceite de la unción. Al igual que el incienso que aprendimos la semana pasada, nadie debía reproducir esta fórmula, ni en ingredientes ni en cantidades. Ni debía ser derramado sobre ninguna persona común. Las únicas personas sobre las que se derramarían en ese momento eran los sacerdotes, y más adelante sobre reyes y profetas que estarían llenos del Espíritu de Jehová también. Si alguien transgredía este mandamiento, moriría.

Aunque no podía derramarse sobre personas comunes, como hemos visto en 1Jn. 2:20, 27, nosotros también hemos recibido la unción del Santo, el Espíritu de Dios, con el cual fuimos sellados el día en que creímos (2Co. 1:21-22). Esto es porque, como aprendimos antes, nosotros hemos sido consagrados como sacerdotes para el servicio de Dios, rescatándonos de nuestra vana manera de vivir por la sangre de Jesucristo y llamándonos para ser linaje escogido, real sacerdocio, nación santa y pueblo adquirido por Dios, para que anunciemos las virtudes del que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1P. 2:9). Yo oro para que nosotros podamos recordar siempre el precio del rescate que Jesús pagó por nosotros, y que podamos vivir lavando nuestras manos y pies en la Palabra de Dios por medio del arrepentimiento, para permanecer en la unción del Santo y colaborar en su obra para convertir a toda Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa.

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