Éxodo 29:38-46

29:38 Esto es lo que ofrecerás sobre el altar: dos corderos de un año cada día, continuamente.
29:39 Ofrecerás uno de los corderos por la mañana, y el otro cordero ofrecerás a la caída de la tarde.
29:40 Además, con cada cordero una décima parte de un efa de flor de harina amasada con la cuarta parte de un hin de aceite de olivas machacadas; y para la libación, la cuarta parte de un hin de vino.
29:41 Y ofrecerás el otro cordero a la caída de la tarde, haciendo conforme a la ofrenda de la mañana, y conforme a su libación, en olor grato; ofrenda encendida a Jehová.
29:42 Esto será el holocausto continuo por vuestras generaciones, a la puerta del tabernáculo de reunión, delante de Jehová, en el cual me reuniré con vosotros, para hablaros allí.
29:43 Allí me reuniré con los hijos de Israel; y el lugar será santificado con mi gloria.
29:44 Y santificaré el tabernáculo de reunión y el altar; santificaré asimismo a Aarón y a sus hijos, para que sean mis sacerdotes.
29:45 Y habitaré entre los hijos de Israel, y seré su Dios.
29:46 Y conocerán que yo soy Jehová su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto, para habitar en medio de ellos. Yo Jehová su Dios.

EL TABERNÁCULO (IX): HOLOCAUSTO DE ADORACIÓN CONTINUA


Buenos días. La semana pasada aprendimos acerca de los sacrificios para la consagración. Allí vimos la voluntad de Dios para que sus sacerdotes se consagrasen por completo para su obra, especialmente con el sacrificio del carnero de la consagración. Parte de la sangre de este carnero se colocó en el lóbulo de la oreja derecha de Aarón y sus hijos, en el pulgar de la mano derecha, y en el pulgar del pie derecho de ellos, como símbolo de que debían consagrar sus oídos para escuchar la Palabra de Dios, sus manos para hacer la obra de Dios, y sus pies para caminar en el camino de Dios. 

Allí aprendimos también que al salvarnos Jesús nos ha consagrado como sus sacerdotes y que Su voluntad es que nos consagremos de esta misma manera. Yo oro para que nosotros hagamos el compromiso de consagrar cada día nuestros oídos para oír la Palabra de Dios, nuestras manos para hacer su obra y que nuestros pies siempre anden en el camino de Dios. Y que de esta manera podamos convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén. 

Hoy aprenderemos acerca del holocausto continuo que debía presentarse sobre el Altar de Bronce. La voluntad de Dios al ordenar que se hiciese el Tabernáculo era habitar en medio de Su pueblo y que ellos tuviesen un lugar para adorarle de la forma correcta. El holocausto continuo sería la adoración continua que el pueblo, representado por los sacerdotes, haría delante de Jehová. Mi oración es que nosotros también podamos adorar continuamente a Dios con nuestras vidas, ya no con sacrificios animales, sino con nuestra obediencia a la Palabra de Dios conforme a Su voluntad. Amén.

Miren los vv.38-39. En la última parte del pasaje bíblico anterior, específicamente en los vv. 36-37, vimos que el altar sería expiado y santificado al ofrecerse sobre él el becerro de la expiación durante siete días. Una vez que culminase este ritual de consagración de los sacerdotes y el altar, debían comenzarse los rituales regulares de los sacrificios y el primero que Jehová ordena es el holocausto continuo, o las ofrendas diarias.

 Jehová ordena a Moisés ofrecer sobre el altar cada día dos corderos de un año, uno en la mañana y el otro a la caída de la tarde. Estos corderos, como todos los animales para sacrificio a Jehová, debían ser sin defecto alguno, o sin tacha (Nm. 28:3). Y se ofrecerían uno en la mañana, a la hora tercera, a las nueve de la mañana; y el otro en la tarde, a la hora novena, a las tres de la tarde; que se instituyeron luego como las horas de la oración (Hch. 2:1, 15; 3:1). El cordero de la tarde ardería toda la noche sobre el Altar de Bronce (Lv. 6:9) y en la mañana se recogerían y desecharían las cenizas, y luego se sacrificaría el cordero de la mañana. De esta manera, siempre, de día y de noche, habría un animal ardiendo sobre el altar, así nadie del pueblo trajese sacrificio.

Aunque esta ofrenda diaria no era una ofrenda por el pecado, sino que era una ofrenda de adoración continua como aprenderemos más adelante, se relaciona también con Jesucristo. Jesús es el cordero de Dios (Jn. 1:29). Sin tacha (1P. 1:19). Y aunque no es un cordero de holocausto, sino un cordero pascual, es decir un cordero ofrecido para que Dios pasara por alto nuestros pecados, Él se ofreció de forma voluntaria por nosotros como un holocausto de olor grato a Jehová (Jn. 10:17-18; Ef. 5:2). Además, Jesús fue crucificado a la hora del sacrificio de la mañana, la hora tercera del día (Mr. 15:25) y murió a la hora del sacrificio de la tarde, la hora novena (Mr. 15:34, 37). En este sentido, el sacrificio de Jesús fue como esta ofrenda diaria, pero Él se ofreció una sola vez y para siempre para quitar nuestros pecados (He. 9:26). 

Pero los corderos no serían la única ofrenda diaria. Miren ahora los vv. 40-41. Junto con los corderos se ofrecerían dos ofrendas secundarias. La primera ofrenda se le conoce con el nombre de oblación (Lv. 2:1). La oblación era una ofrenda vegetal o de cereales que regularmente se presentaba como acompañamiento de un sacrificio. Podía ser de harina cruda como acabamos de leer en Lv. 2:1, o podría ser de diferentes tipos de pan, como los que aprendimos las últimas dos semanas que se ofrecieron junto con el carnero de las consagraciones (Ex. 29:2). En este caso, nos dice el v. 40 que es una ofrenda de pan amasado con aceite como detalla también Lv. 2:4-5.

El v. 40 nos indica entonces que este pan debía prepararse con la décima parte de un efa de flor de harina amasada con la cuarta parte de un hin de aceite de olivas machacadas, esto es unos dos kilogramos de flor de harina amasados con un litro de aceite de olivas machacadas. Como aprendimos en mensajes anteriores, la flor de harina era la harina de mejor calidad que pudiese prepararse; y el aceite de olivas machacadas, era el aceite de olivas más puro que podía prepararse en aquella época. Esto nos muestra que este pan debía realizarse con los mejores ingredientes disponibles ya que era una ofrenda para Dios. Nuevamente podemos ver acá que Dios quiere lo mejor de nosotros como ofrenda y no lo que nos sobra. ¡Démosle a Jehová siempre lo mejor de nosotros!

Pero la flor de harina y el aceite tienen un significado espiritual también. La flor de harina representa una vida pura e íntegra, y el aceite representa al Espíritu Santo. Así que este pan de ofrenda de oblación representa una vida pura e integra que se vive en el Espíritu Santo, y en este sentido representa a Jesucristo quien vivió como un hombre perfecto y estuvo lleno del Espíritu Santo durante todo su ministerio terrenal. Además, el pan tiene una representación mayor, pues el mismo Jesús durante la última cena con sus discípulos: “tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí.” (Lc. 22:19). ¡Jesús ofreció su cuerpo como sacrificio por nosotros para darnos un nuevo pacto de gracia con Dios! Y esto estaba ya prefigurado aquí en la ofrenda diaria en el Tabernáculo. 

El v. 40 también nos muestra otra ofrenda que se presentaba junto con el cordero y la oblación, la ofrenda de libación. Miren nuevamente el v.40b. La libación es una ofrenda líquida que se derramaba delante de Dios. Generalmente era una ofrenda secundaria, es decir no se presentaba sola sino que acompañaba a otra ofrenda o sacrificio. Podría ser agua (2S. 23:16), aceite (Gn. 28:18), pero en el Tabernáculo era habitualmente de vino, como en este caso. Y tampoco podía ser de cualquier tipo de vino, sino que nos dice Nm. 28:7 que debía ser “vino superior”, esto quiere decir que debía ser del mejor vino. La cantidad de líquido dependía del tipo de sacrificio, en este caso se nos dice que debía ser la cuarta parte de un hin, es decir, aproximadamente un litro.

El vino en la Biblia es símbolo del gozo (Sal. 104:15). Así que el vino en la ofrenda diaria representa el gozo del pueblo al adorar a Dios cada día. Dios se goza cuando su pueblo viene a Él trayendo sus sacrificios y ofrendas, y a su vez el pueblo participa de este gozo cuando ofrece sus sacrificios delante de Dios. Aquí podemos ver que debemos gozarnos en hacer la obra de Dios, viniendo delante de Él con nuestros sacrificios, y no gozarnos en los placeres de este mundo: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (Ef. 5:18). ¡Gocémonos en Dios y en su buena voluntad para nosotros!

También el vino representa a nuestro Señor Jesucristo. En su última cena con los discípulos, después que hubo cenado, Jesús tomó la copa y les dijo a sus discípulos: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.” (Lc. 22:20). El vino representa la sangre de Jesús derramada por nuestros pecados. En la ofrenda diaria podemos ver el sacrificio voluntario de Jesús en el pan y el vino. Él se entregó para que nosotros pudiésemos tener comunión con el Padre. Y este es el propósito de esta ofrenda diaria como podremos ver a continuación. 

Miren ahora el v.42. Esta ofrenda diaria era una ofrenda de holocausto continuo delante de Jehová. La semana pasada aprendimos acerca de este tipo de sacrificios cuando vimos el carnero del holocausto. Allí aprendimos que la palabra española holocausto viene del griego holokautos que significa literalmente: “todo consumido por el fuego”. La palabra holokautos se utilizó en la Septuaginta, o el AT griego, para traducir la palabra hebrea olá, que aparece acá en el v. 42 y que significa literalmente: “hacer ascender”. Entonces este tipo de sacrificio se llama holocausto porque la víctima entera se quema completamente sobre el altar, o como se expresa en hebreo se hacía ascender a la víctima en forma de humo delante de Dios.

También aprendimos que en varios tipos de ofrendas y sacrificios, tanto el oferente como los sacerdotes comían una parte de lo sacrificado u ofrecido. Pero el holocausto recibe este nombre en griego porque nada del animal era comido por el hombre, todo era quemado delante de Dios. Así que el sacrificio era todo para Dios. En este caso los oferentes serían los mismos sacerdotes, es decir, tanto los corderos, como los panes y el vino los ofrendarían los sacerdotes, no los traería nadie del pueblo. Aunque, obviamente, esto saldría de lo que el pueblo había ofrendado a Jehová para los sacerdotes porque ellos no trabajaban, pero los sacerdotes de sus propios bienes tendrían que sacar cada día para ofrecer delante de Jehová el holocausto continuo. Y esto debía hacerse perpetuamente, cada día, en la mañana y en la tarde. 

Por otro lado, el holocausto no era un sacrificio para el perdón de los pecados, ni para hacer voto, ni era ofrenda por haber recibido alguna sanación o bendición. Era un sacrificio puramente de adoración, donde el oferente simplemente reconocía a Jehová como su Dios y venía a presentar una ofrenda delante de Él. En este holocausto continuo, el pueblo, representado por los sacerdotes, adoraba a Dios continuamente sobre el altar. Por supuesto que Dios no pretendía que la ofrenda diaria fuese un acto rutinario. Él quería que el pueblo tuviese un tiempo de adoración, de oración silenciosa y de un ferviente examen de sus corazones y de confesión de pecados diariamente. 

El fuego del altar nunca debía apagarse (Lv. 6:12-13), lo que representa que el pueblo debía estar adorando continuamente a Jehová. El humo constante que subía del altar, le recordaba al campamento de Israel que Jehová, el Dios santo, habitaba en medio de ellos y que ellos debían adorarle y vivir en santidad para Él también. Así que esto enseñaba al pueblo su constante necesidad de Dios y su dependencia de Él. De la misma manera, nosotros necesitamos recordar nuestra necesidad constante de Dios y adorarlo cada día de nuestras vidas.

El hecho de que hubiese que sacrificar un cordero en la mañana y otro en la tarde nos dan un ejemplo también. Debemos tener nuestro tiempo de comunión con Dios en la mañana, cuando nos levantamos, para darle gracias a Dios por permitirnos despertar a un nuevo día y pedirle que nos ayude a glorificarle en ese día (para esto tenemos en nuestro ministerio el Pan Diario). Pero también debemos finalizar el día en comunión con Dios, dándole gracias por permitirnos llegar al final del día y pidiéndole perdón por los pecados cometidos durante todo ese día. Así que deberíamos tener un tiempo devocional nocturno, quizás antes de dormir, en el que podamos meditar en el día que hemos tenido, en la Palabra de Dios y tener un tiempo para orar delante de Dios. Si hacemos esto, seguramente podremos tener una comunión más íntima con Dios y podremos adorarle continuamente.

Sin embargo, recordemos que, aunque el cordero se ponía en la mañana, pasaba buena parte del día ardiendo sobre el altar; y el de la tarde, ardía toda la noche. Así que la adoración a Dios era continua. No era un tiempo en la mañana y un tiempo en la noche como les acabo de sugerir los tiempos devocionales. Pero es que los tiempos devocionales no son la única adoración que debemos hacer a Dios. Cuando se menciona la palabra “adoración”, mucho piensan inmediatamente en las canciones, o en la oración o tiempo devocional que acabo de referirles. Esto sin duda es adoración, pero es sólo una parte de ella.

Entonces, ¿cuál es el holocausto continuo o la adoración que nosotros debemos hacer en nuestros días? “Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.” (1S. 15:22). De la misma manera, un escriba ratifica las palabras de Jesús en Mr. 12:33: “y el amarle [a Dios] con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda el alma, y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y sacrificios.” La obediencia a la Palabra de Dios y el amor a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos es la adoración que debemos dar a Dios en nuestros días. 

De nada sirve participar en todas las reuniones de la iglesia, o pasar mucho tiempo estudiando la Biblia, o pasar todo el día cantando a Dios, si no obedecemos la Palabra de Dios y Le amamos por sobre todas las cosas y amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Es necesario hacer todo esto continuamente, así como el holocausto ardía continuamente sobre el altar. Si hacemos esto, será olor grato a Jehová, ofrenda agradable para nuestro Dios. 

Miren nuevamente el v.42. Este holocausto continuo se realizaba sobre el Altar de Bronce o Altar del Holocausto que estaba cerca de la puerta del atrio. Hasta este punto podía llegar el pueblo para adorar a Dios. Jehová quería que todo el pueblo participase en esta adoración, aunque los sacerdotes eran los que presentaban los sacrificios. Jehová se encontraría con el pueblo allí en el Altar del Holocausto. Como leímos antes en Hch. 3:1, el pueblo iba al Templo a la hora de la oración, la hora del holocausto, para adorar a Dios allí. Así que este holocausto continuo era una oportunidad para que el pueblo se encontrase con Dios. Cuando adoramos a Dios continuamente en nuestras vidas, obedeciendo su Palabra y sirviendo a otros, podemos tener un encuentro con Dios en cualquier lugar en que estemos. 

Miren los vv. 42b-44. Aquí vemos el corazón misericordioso de Dios que quería reunirse con su pueblo. El pecado había separado al hombre de Dios, así que siendo ellos un pueblo pecaminoso no podía acercarse delante de la presencia de Dios. A Moisés se le permitió, en gracia, encontrarse con Jehová en el propiciatorio (Éxodo 25:22). Él era el único que por designio del Altísimo tenía acceso continuo al Lugar Santísimo. Pero el pueblo no podía pasar más allá de la puerta del tabernáculo de reunión. Era aquí donde se presentaba el holocausto sobre el altar de bronce; y por eso era este el lugar de reunión entre Dios e Israel, sobre el terreno del sacrificio. Cuando ellos venían a su altar a ofrecer sus sacrificios y ofrendas, Dios se reunía con ellos allí. El holocausto continuo le daba la oportunidad al pueblo de venir delante de Dios aunque no trajesen una ofrenda o sacrificio propios.

De la misma manera, nosotros no podemos acercarnos a Dios por causa de nuestros pecados. Pero Dios proveyó a Jesucristo como el sacrificio que nos permite reunirnos con Él. Solamente a través de Jesús podemos acceder al Padre. Él es el lugar único de reunión entre Dios y nosotros. Así que si no hemos aceptado a Jesús como nuestro Señor y Salvador, si Él no está habitando en nuestros corazones, es imposible que nos acerquemos a Dios, así como el pueblo de Israel no podía ir más allá del Altar del Holocausto. 

Pero hay algo más, como consecuencia del sacrificio y la obediencia de ellos, 
Dios santificaría el Tabernáculo con su gloria. Como Jehová descendería con su gloria al Tabernáculo todo lo que hubiese en él sería santificado, es decir, apartado exclusivamente para Su servicio. El tabernáculo todo, el altar, los sacerdotes, todo sería santo y apartado para Dios y para su obra. Solamente allí, en toda la Tierra, en el Lugar Santísimo, se manifestaba Su gloria, la Shekiná, la nube de la gloria de Dios que era el símbolo de Su presencia. Mostrada de este modo, separaba completamente el Tabernáculo de toda otra cosa o lugar sobre la faz de la Tierra, hacía que fuese un lugar santo.

Miren ahora los vv.45-46. Como ya les he dicho en repetidas ocasiones, la voluntad de Dios era que se erigiese el Tabernáculo para habitar en medio de su pueblo y para ser adorado por ellos. Allí manifestaría su gloria y los hijos de Israel conocerían que Él es Jehová su Dios que los sacó de la tierra de Egipto para habitar en medio de ellos. ¡Qué bendición más grandiosa recibieron de tener a Dios habitando en medio de ellos y de tener un lugar para ir y encontrarse con Él a pesar de sus pecados! Nosotros tenemos una mayor bendición en Jesucristo quien murió para darnos acceso no solo al altar, sino al Lugar Santísimo, directamente al trono de la gracia donde podemos sentarnos en el regazo de Dios y hablar con Él como un hijo corre a los brazos de su padre. ¡Jesucristo es el Tabernáculo perfecto a través de quien podemos acceder a Dios! ¡Alabado sea el nombre de Dios por tan inefable gracia!  

En conclusión, el holocausto continuo nos muestra la voluntad de Dios de que le adoremos continuamente. ¡Que en nuestros corazones arda siempre el fuego del Espíritu Santo a través del cual podamos vivir vidas santas y agradables a Dios, obedeciendo Su Palabra, amándole por encima de todas las cosas, y amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos! Que nuestras vidas sean sacrificios vivos, santos y agradables a Dios (Ro. 12:1). Y que vivamos como nos recomienda el autor de Hebreos: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios. Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas” (He. 13:15-17).

Yo oro para que cada uno de nosotros pueda vivir adorando a Dios a cada instante de su vida y que así podamos convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y Gente Santa. Amén.

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