Jueces 4:1-24

4:1 Después de la muerte de Aod, los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová.
4:2 Y Jehová los vendió en mano de Jabín rey de Canaán, el cual reinó en Hazor; y el capitán de su ejército se llamaba Sísara, el cual habitaba en Haroset-goim.
4:3 Entonces los hijos de Israel clamaron a Jehová, porque aquél tenía novecientos carros herrados, y había oprimido con crueldad a los hijos de Israel por veinte años.
4:4 Gobernaba en aquel tiempo a Israel una mujer, Débora, profetisa, mujer de Lapidot;
4:5 y acostumbraba sentarse bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Bet-el, en el monte de Efraín; y los hijos de Israel subían a ella a juicio.
4:6 Y ella envió a llamar a Barac hijo de Abinoam, de Cedes de Neftalí, y le dijo: ¿No te ha mandado Jehová Dios de Israel, diciendo: Ve, junta a tu gente en el monte de Tabor, y toma contigo diez mil hombres de la tribu de Neftalí y de la tribu de Zabulón;
4:7 y yo atraeré hacia ti al arroyo de Cisón a Sísara, capitán del ejército de Jabín, con sus carros y su ejército, y lo entregaré en tus manos?
4:8 Barac le respondió: Si tú fueres conmigo, yo iré; pero si no fueres conmigo, no iré.
4:9 Ella dijo: Iré contigo; mas no será tuya la gloria de la jornada que emprendes, porque en mano de mujer venderá Jehová a Sísara. Y levantándose Débora, fue con Barac a Cedes.
4:10 Y juntó Barac a Zabulón y a Neftalí en Cedes, y subió con diez mil hombres a su mando; y Débora subió con él.
4:11 Y Heber ceneo, de los hijos de Hobab suegro de Moisés, se había apartado de los ceneos, y había plantado sus tiendas en el valle de Zaanaim, que está junto a Cedes.
4:12 Vinieron, pues, a Sísara las nuevas de que Barac hijo de Abinoam había subido al monte de Tabor.
4:13 Y reunió Sísara todos sus carros, novecientos carros herrados, con todo el pueblo que con él estaba, desde Haroset- goim hasta el arroyo de Cisón.
4:14 Entonces Débora dijo a Barac: Levántate, porque este es el día en que Jehová ha entregado a Sísara en tus manos. ¿No ha salido Jehová delante de ti? Y Barac descendió del monte de Tabor, y diez mil hombres en pos de él.
4:15 Y Jehová quebrantó a Sísara, a todos sus carros y a todo su ejército, a filo de espada delante de Barac; y Sísara descendió del carro, y huyó a pie.
4:16 Mas Barac siguió los carros y el ejército hasta Haroset- goim, y todo el ejército de Sísara cayó a filo de espada, hasta no quedar ni uno.
4:17 Y Sísara huyó a pie a la tienda de Jael mujer de Heber ceneo; porque había paz entre Jabín rey de Hazor y la casa de Heber ceneo.
4:18 Y saliendo Jael a recibir a Sísara, le dijo: Ven, señor mío, ven a mí, no tengas temor. Y él vino a ella a la tienda, y ella le cubrió con una manta.
4:19 Y él le dijo: Te ruego me des de beber un poco de agua, pues tengo sed. Y ella abrió un odre de leche y le dio de beber, y le volvió a cubrir.
4:20 Y él le dijo: Estate a la puerta de la tienda; y si alguien viniere, y te preguntare, diciendo: ¿Hay aquí alguno? tú responderás que no.
4:21 Pero Jael mujer de Heber tomó una estaca de la tienda, y poniendo un mazo en su mano, se le acercó calladamente y le metió la estaca por las sienes, y la enclavó en la tierra, pues él estaba cargado de sueño y cansado; y así murió.
4:22 Y siguiendo Barac a Sísara, Jael salió a recibirlo, y le dijo: Ven, y te mostraré al varón que tú buscas. Y él entró donde ella estaba, y he aquí Sísara yacía muerto con la estaca por la sien.
4:23 Así abatió Dios aquel día a Jabín, rey de Canaán, delante de los hijos de Israel.
4:24 Y la mano de los hijos de Israel fue endureciéndose más y más contra Jabín rey de Canaán, hasta que lo destruyeron.

JEHOVÁ LIBRA A ISRAEL MEDIANTE DÉBORA, BARAC Y JAEL


Buenos días. Después de haber celebrado el Día del Padre la semana pasada con una lectura especial en el Salmo 127, hoy retomamos las lecturas en el libro de Jueces. En el último mensaje de estas lecturas, aprendimos cómo Dios usó a los jueces Aod y a Samgar para liberar a Israel. Allí les mencioné que es muy probable que la liberación de Samgar ocurriese durante los 80 años de paz que trajo Jehová por medio de Aod, pues nuestro pasaje bíblico de hoy comienza precisamente diciendo que estos hechos ocurrieron “Después de la muerte de Aod” (v.1), mostrando nuevamente el patrón repetitivo del libro de Jueces.

El capítulo 4 de Jueces nos abre las puertas a una historia donde lo inesperado se convierte en el escenario de la gloria de Dios: Una mujer profetisa en una sociedad patriarcal, un general que vacila en su fe, un enemigo con carros invencibles y una ama de casa extranjera que cambia el rumbo de la guerra. Todo es inaudito, pero es parte del plan divino. Así, a través de este mensaje, aprenderemos que Dios puede usar a cualquier persona, sin importar su género o posición, para liberar a Su pueblo, y que la verdadera victoria no depende de nuestras propias fuerzas sino del poder Dios. Él es, en última instancia, quien libra al pueblo, como lo establece el v.23: “Así abatió Dios aquel día a Jabín, rey de Canaán, delante de los hijos de Israel.” 

Yo oro para que este mensaje nos llame a reflexionar acerca de nuestro servicio en la obra de Dios. ¿Cómo estamos sirviendo? ¿Como Débora, con visión y valentía, llenos de la Palabra de Dios? ¿Como Barac, vacilantes, llenos de dudas e inconstantes? ¿O aprovechando las oportunidades que Dios nos da como Jael, aunque no tengamos una posición de liderazgo o un servicio definido en la iglesia? Que el Señor levante a muchas ‘Déboras’ y ‘Jaeles’ en nuestro ministerio, que aprovechen bien cualquier oportunidad que Él les dé para servir en la iglesia: cantando, presidiendo, orando, tocando algún instrumento; pero, especialmente yendo a la Universidad de Panamá para invitar a los jóvenes a estudiar la Biblia. Y que así, el Señor levante muchos discípulos de Jesús en nuestro campo de misión y nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

I.- Débora gobernaba a Israel (1-5)

Leamos juntos el v.1. El pasaje bíblico comienza con el patrón general repetitivo del libro de Jueces: tras la muerte del juez, el pueblo vuelve a hacer lo malo ante los ojos de Jehová. La libertad y la prosperidad los llevaron a la autocomplacencia y a la idolatría. Ver esta constante caída del pueblo hacia la desobediencia nos hace confiar cada vez menos en el hombre. A pesar de haber disfrutado de paz y de servir a Jehová durante ochenta años, nuevamente abandonaron al Señor. Esto nos da una lección: no podemos confiar en nosotros mismos y en nuestra fortaleza espiritual para permanecer en el camino del Señor. Por eso, el apóstol Pablo amonesta: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.” (1Co. 10:12). No importa cuánto tiempo llevemos en la iglesia, ni lo que hayamos podido alcanzar en el Señor; si descuidamos nuestra relación con Él, y nos dejamos llevar por la corriente y los afanes del mundo, terminaremos desviándonos fatalmente. Yo oro para que cada uno de nosotros se aferre al Señor y a Su Palabra, y se ocupe en su salvación con temor y temblor (Flp. 2:12).

Leamos ahora juntos los vv. 2-3. Dios amaba demasiado a Israel como para permitir indolentemente que se fueran por su propio camino. Así que, con amor paterno, los disciplinó entregándolos en manos de Jabín, rey de Canaán, quien gobernaba desde Hazor. Los nombres de este rey y de esta ciudad pueden resultarnos familiares porque los leímos en Jos. 11, en la Campaña del Norte, cuando Israel conquistaba Canaán. Sin embargo, no se trata del mismo rey, porque aquel fue muerto y la ciudad quemada; ya han pasado alrededor de doscientos años desde aquella batalla. Gracias al registro arqueológico, se ha descubierto que “Jabín” no era un nombre propio, sino un título dinástico o un nombre regio (similar a “Faraón” en Egipto o “César” en Roma). Por tanto, este Jabín sería el heredero de esta dinastía que logró reconstruir la ciudad de Hazor, al menos en parte, intentando restablecer el antiguo control cananeo sobre el norte.

Para lograr este propósito, se alió con Sísara, descrito en el v.2 como “capitán de su ejército”. Sin embargo, los eruditos y algunos comentaristas (entre ellos, la Biblia de Estudio Trasfondo Cultural) sugieren que su relación iba mucho más allá de un rey y su súbdito: era una alianza político-militar de dependencia mutua. Sísara no era un nombre semítico (ni hebreo ni cananeo), sino extranjero; probablemente venía de fuera de Canaán y se había aliado con Jabín, poniendo a disposición su ejército para aumentar su propia riqueza e influencia. En este sentido, Jabín poseía el linaje real y el control político, pero su capital, Hazor, estaba en proceso de reconstrucción. Mientras tanto, Sísara, asentado en Haroset-hagoim, en la llanura de Jezreel, poseía el verdadero músculo militar: 900 carros herrados, que eran los tanques de guerra de aquella época.

Con este terrible poder, ellos llegaron a oprimir cruelmente a Israel durante veinte largos años. Seguramente, Sísara invadía con frecuencia las aldeas israelitas para saquearlas, manteniendo así a su ejército y financiando la reconstrucción de Hazor, lo que sumía al pueblo en el pánico y en el horror de la pobreza. Hasta que, finalmente, los hijos de Israel se acordaron de Jehová y clamaron a Él. Y lo hermoso es que el Señor ya estaba trabajando en medio de ellos. Es impresionante la misericordia y la gracia de Dios: a pesar de que Israel continuaba olvidándose de Él, Él nunca dejó de trabajar en medio de ellos, como veremos a continuación.

Leamos juntos los vv. 4-5. A diferencia de los jueces anteriores, el texto no dice que Jehová levantó a Débora como consecuencia del clamor de los hijos de Israel, sino que ella ya gobernaba en ese momento. Por eso les mencionaba que el Señor ya estaba trabajando en medio de ellos, incluso antes de que clamaran. No obstante, la forma en que estaba operando era inusitada para la época: había levantado a una mujer como líder espiritual de la nación. Esta situación era sumamente peculiar en una sociedad altamente patriarcal como la de Israel, donde no encontramos previamente a ninguna otra mujer gobernando o liderando espiritualmente a la nación. 

Además, en el v.4 se describe a Débora como “profetisa”. Esto significa que recibía el mensaje del Señor y lo transmitía fielmente al pueblo; tenía una comunión íntima con Jehová y se convirtió en Su portavoz para el pueblo. Estaba tan llena de Palabra de Dios y sabiduría que la gente venía a ella para recibir consejo. Para este propósito, ella estableció su lugar de atención bajo una palmera entre Ramá y Bet-el, que llegó a ser conocida como “la palmera de Débora”. Ella fue una mujer de extraordinaria sabiduría e influencia que cumplía con las tareas de una juez, a excepción del liderazgo militar, el cual delegaría en Barac.

Este levantamiento de Débora evidencia por lo menos dos cosas: Primero, la alarmante falta de hombres que asumiesen con fe y valentía el liderazgo espiritual en sus hogares y en la nación en este momento de crisis profunda. Pero Débora aceptó el llamado de Dios con fe y valentía y se levantó como madre de Israel (Jue. 5:7). Segundo, nos demuestra que Dios es soberano y puede elegir a quien Él desee para guiar a Su pueblo: joven o anciano, hombre o mujer. Así que, al escuchar hoy el llamado de Dios, levantémonos con fe y valentía, sin detenernos a pensar en nuestro género, edad, nivel académico o título en la iglesia. Sirvamos fielmente al Señor. Yo oro para que el Señor levante este tipo de mujeres en nuestro ministerio que lleguen a ser madres de fe y oración para Panamá. Amén.

¡Cuán importantes son las madres de fe y oración para una iglesia! Son las columnas que sostienen toda la obra. Puedo ver cuánta falta nos hace este tipo de mujeres en nuestro ministerio. Necesitamos más oración corporativa. En Caracas, todos los sábados por las tardes nos reuníamos para la reunión de discipulado, orar juntos por el Culto Dominical y limpiar y ordenar la iglesia. Tres meses antes de cada convivencia, nos reuníamos todas las noches (excepto los domingos) para orar por la convivencia, los mensajes, los programas y los invitados. Necesitamos este espíritu de oración en nuestro ministerio. Necesitamos mujeres de fe que se levanten como Débora y nos lideren en oración por el ministerio. Muy probablemente esta es la razón por la que no servimos con tanto fervor y fidelidad. Nos hace falta la firmeza espiritual de Débora que anime también a otros para ir al campo de batalla. ¡Que el Señor tenga misericordia de nosotros y levante estas ‘Déboras’ valientes en nuestro ministerio! Amén.

II.- Barac, el guerrero timorato que Jehová usó (6-16)

Leamos juntos los vv. 6-7. El texto nos muestra que el resultado del clamor del pueblo a Jehová fue la comisión de Barac, hijo de Abinoam, de Cedes de Neftalí, para que reuniese un ejército de diez mil hombres de las tribus de Neftalí y Zabulón para combatir a Sísara y sus novecientos carros herrados. Sin embargo, Barac no había obedecido la orden del Señor. Así que Débora lo mandó a llamar para recordarle el mandamiento y la promesa: “¿No te ha mandado Jehová Dios de Israel, diciendo: Ve, junta a tu gente en el monte de Tabor, y toma contigo diez mil hombres de la tribu de Neftalí y de la tribu de Zabulón;y yo atraeré hacia ti al arroyo de Cisón a Sísara, capitán del ejército de Jabín, con sus carros y su ejército, y lo entregaré en tus manos?”.

¿Por qué no había obedecido Barac? Leamos juntos el v.8. ¡Valiente guerrero tenía Israel! No confiaba en la promesa del Señor y tenía miedo de ir solo y ser derrotado. Así que le pidió a Débora que lo acompañara como garantía de que Jehová lo cuidaría en la batalla. ¡Imagínense, llevar a una mujer a un peligroso campo de batalla! ¿Acaso no era suficiente la promesa de Dios? ¿No bastaba la confirmación de la victoria a través de Débora? ¿No debía Barac decir “amén” y reunir a su ejército? Pero él no creyó en la Palabra ni la promesa del Señor.

¿No tenemos nosotros también un mandamiento y una promesa del Señor?: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (Mat. 28:19-20). ¿Lo estamos obedeciendo, o lo estamos ignorando como Barac?

Probablemente tenemos muchas excusas: ‘No tengo tiempo’; ‘No tengo suficiente conocimiento bíblico’; ‘Necesito más preparación’. Sí, es verdad que varios todavía necesitan crecer un poco más como discípulos para animarse a obedecer este mandamiento. Pero, ¿cómo te estás preparando para esto? ¿Estás siendo fiel en comer tu Pan Diario? ¿Estás siendo fiel en tu estudio bíblico cada semana con tu pastor? ¿Estás siendo fiel en escribir tu testimonio bíblico? ¿Estás siendo fiel, al menos, en tu asistencia al Culto Dominical cada semana? ¿Estás siendo fiel en algo para el Señor?

 “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto.” (Luc. 16:10). Si no somos fieles en lo muy poco, ¿cómo esperamos crecer? ¿Cómo esperamos que el Señor nos dé mayores oportunidades para servirle dentro de la iglesia o en la misión? ¡No seamos negligentes ante el mandamiento del Señor como Barac, sino fieles y valientes como Débora! Amén.   

Leamos ahora juntos el v.9. Noten la fe y valentía de Débora. Ella sí creía en la Palabra y en la promesa del Señor. Se atrevía a ir a ese peligroso campo de batalla porque confiaba que el Señor les daría la victoria. Además, si esto era necesario para que Barac obedeciera el mandamiento de Dios, ella dejaría momentáneamente su labor como jueza en Efraín y viajaría con él a Neftalí. Pero Barac perdería la bendición de la honra por la victoria: por su incredulidad e infidelidad, una mujer se llevaría su bendición.

¿Quién de ustedes tiene hoy esta fe y fidelidad de Débora? ¿Quién se quiere sacrificar para que el mandamiento de Dios sea obedecido y Su visión para Panamá sea cumplida? ¡Yo! ¡Yo dedicaré todo el tiempo libre que tenga para dar estudios bíblicos, orar, ir a la Universidad de Panamá a predicar, escribir el mensaje dominical semanalmente, preparar la adoración, servir a mi familia y hacer lo necesario para que el mandamiento de Dios de hacer discípulos en Panamá sea cumplido! Y si es necesario que yo presida, que ore, que cante los himnos o que recoja las ofrendas porque nadie es fiel para hacerlo, ¡pues lo haré!, hasta que el Señor levante a hermanos fieles que realmente deseen colaborar.

No obstante, doy gracias a Dios porque toda mi familia sirve con fidelidad el Culto Dominical. Además de asistir con fidelidad, mis hijas se turnan para leer el pasaje bíblico; Victoria y la M. María se turnan para la oración representativa; María Celeste recoge las ofrendas y la M. María ora por ellas. Oro para que el Señor nos permita seguir siendo fieles, y que despierte a los ‘Baracs’ de nuestro ministerio para que se levanten con fidelidad y valentía, y no se pierdan la maravillosa bendición de servir al Señor en Su obra. Amén.

Leamos juntos el v.10. Finalmente, al ser acompañado por Débora, Barac obedeció la orden del Señor: reunió a diez mil hombres de Zabulón y Neftalí y subió con ellos al monte Tabor. Este monte estaba ubicado en la unión de los territorios tribales de Zabulón, Isacar y Neftalí, convirtiéndolo en un punto estratégico y lógico para congregar al ejército. El Tabor se eleva a casi 600 metros sobre el nivel del mar y posee una cumbre plana donde se podía resguardar una buena parte de las tropas. Desde allí arriba, podían monitorear toda la llanura y advertir con tiempo la llegada de Sísara. Además, daba una ventaja táctica: los temibles carros herrados del enemigo no podían subir por aquellas laderas empinadas.

Leamos ahora juntos los vv. 11-13, por favor. El v.11 introduce un paréntesis fundamental en la narración al mencionar a Heber el ceneo. Aunque a primera vista parece un dato aislado, este hombre es la pieza clave para entender el desenlace de la historia. Heber decidió apartarse de su clan, mudarse mucho más al norte y establecer una alianza de paz con el rey Jabín. De hecho, el texto sugiere que fue Heber quien actuó como informante y le avisó a Sísara sobre el movimiento de las tropas israelitas hacia el monte Tabor. 

Ante lo que consideró un evidente intento de rebelión, Sísara movilizó de inmediato todo su músculo militar ―novecientos carros herrados y un numeroso ejército― hasta el arroyo de Cisón, justo al pie del monte Tabor. Sin saberlo, Sísara estaba marchando directo a la trampa, cumpliendo lo que Jehová ya había predicho a través de Débora.

Leamos juntos el v.14, por favor. Aunque el texto no lo menciona explícitamente, la visión de aquel formidable ejército que se extendía por el horizonte habría hecho desfallecer el corazón de Barac. ¿Cómo podrían derrotar ellos a un ejército tan grande y poderoso? Sabiendo esto, Débora volvió a animar el corazón de Barac con la Palabra de Jehová: “Levántate, porque este es el día en que Jehová ha entregado a Sísara en tus manos. ¿No ha salido Jehová delante de ti?” Ella le aseguró que el Señor mismo marchaba al frente para pelear la batalla y que la victoria ya estaba garantizada. Solo hacía falta ir a reclamarla.

Entonces, Barac fue reanimado por las palabras de Débora y, junto a su ejército, hizo algo completamente contraintuitivo: en lugar de quedarse sobre el monte y aprovechar la ventaja estratégica del terreno alto, descendieron al valle a pelear cara a cara contra los temibles carros herrados de Sísara. Finalmente creyeron que Jehová les daría la victoria, no por sus fuerzas ni por su estrategia, sino por Su poder soberano.

Leamos juntos los vv. 15-16. Después de que el pueblo comenzó a obedecer el mandamiento del Señor, Él los ayudó milagrosamente a vencer en la batalla. El v.15 comienza diciendo: “Y Jehová quebrantó a Sísara, a todos sus carros y a todo su ejército”. El Comentario Beacon dice al respecto: “Jue. 5:21 indica que la victoria involucró algo más que el valor de Barac y sus hombres. La batalla fue del Señor de principio a fin. Una repentina crecida del torrente de Cisón convirtió todo el valle en un lodazal en el cual los carros herrados de los cananeos se convirtieron en un estorbo más que en una ventaja. El resultado fue la derrota total de las fuerzas de Sísara y su completa destrucción.” Así, Jehová ayudó a Barac y lo usó para acabar con aquel temible ejército.

De la misma manera, cuando nosotros comencemos a obedecer la Palabra del Señor y aplicar Su estrategia para nuestras vidas, Él nos va a ayudar de forma sobrenatural. Nos dará la gracia para que podamos crecer como verdaderos discípulos suyos y seamos usados para hacer discípulos en la Universidad Nacional y convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.   

III.- Jael, el instrumento inesperado de Dios para abatir a Jabín (17-24)

Leamos juntos los vv. 17-22. Aquí el relato da un giro inesperado. Dios había prometido en el v.9 que una mujer derrotaría a Sísara. Habríamos asumido lógicamente que se refería a Débora, pero los planes del Señor eran diferentes: Él utilizó a Jael, la esposa de Heber ceneo. Al quedar inutilizados los carros herrados, Sísara tuvo que huir a pie. Buscando refugio, llegó al campamento de Heber por su alianza de paz con Jabín. Allí lo recibió Jael, quien lo invitó a resguardarse dentro de su tienda. Le brindó una hospitalidad excepcional: le cedió su propia cama, lo arropó y le dio a beber leche fresca de su ganado. Todo parecía indicar que Jael compartía los intereses políticos de su esposo. El propio capitán, aliviado por tan cálida hospitalidad, le pidió que vigilara la puerta y negara su presencia a cualquiera que viniera preguntando. Confiado y exhausto, Sísara se entregó a un profundo sueño. 

Sin embargo, las acciones de Jael demuestran que ella no estaba de acuerdo con la decisión de su esposo de pactar con los opresores de Israel. Al ver a Sísara en su aldea, entendió que tenía frente a sí la oportunidad dada por Dios para terminar la opresión. Ella sabía que en términos de fuerza física no era rival para un curtido capitán; por eso, utilizó la hospitalidad como una estrategia para desarmarlo. Cuando vio que el sueño de Sísara era profundo, tomó lo que tenía a la mano de su vida cotidiana: una estaca de la tienda y el mazo con el que las clavaban al suelo. Se acercó sigilosamente y, de un solo golpe, le atravesó la sien, dejándolo clavado al suelo.

Este acto, aunque moralmente complejo desde una perspectiva humana, sirvió al propósito divino. Dios es capaz de usar cualquier escenario —incluso a una mujer que desafió los códigos culturales de hospitalidad de su época— para ejecutar Su justicia. Jael, a quien el mundo consideraría una ‘nadie’, se convirtió en la heroína de Israel; mientras que Barac, el gran líder militar, tuvo que compartir la gloria de la victoria. Noten como la fe y valentía de Jael contrastan enormemente con las de Barac: ella no era una mujer israelita ni ocupaba una posición de liderazgo, pero su fe y determinación la convirtieron en el instrumento final de la victoria de Dios.

Amados hermanos, no necesitamos tener un título o una posición en la iglesia para servir la obra del Señor. Solo necesitamos fe, disposición y obediencia. Al igual que Jael, los invito a mirar qué tienen en sus manos hoy. Quizás a sus ojos parezca insignificante o insuficiente para la gran misión que tenemos delante, pero si lo ponemos a disposición del Señor, Él lo usará de manera maravillosa. Tal vez tu estaca y tu mazo hoy sean una hora libre entre clases para dar un estudio bíblico, o el cansancio de tu jornada laboral entregado en el altar a través de la oración. No importa qué tan poco parezca; ponlo en Sus manos y el Señor lo usará preciosamente.

Yo oro fervientemente para que el Señor levante en nuestra iglesia a los ‘Jaeles’ de este tiempo: hombres y mujeres dispuestos a hacer lo que sea necesario para servir al propósito de Dios. Que con valentía pongan sus recursos, su tiempo y sus vidas en las manos del Señor, creyendo que Él los usará poderosamente para Su gloria. Amén.

Leamos juntos los vv. 23-24. Así abatió Dios aquel día a Jabín, rey de Canaán, delante de los hijos de Israel: utilizando a tres diferentes personas —Débora, Barac y Jael— conforme a Sus soberanos propósitos. Sin embargo, la victoria final no le perteneció a ninguno de ellos, sino a Jehová. Ellos solo fueron instrumentos en Sus manos, de la misma manera que la estaca y el mazo lo fueron en las manos de Jael. 

Amados hermanos, en este día, el Señor nos ha confrontado y animado a través de tres actitudes muy claras: La fe audaz de Débora, que se levantó como madre espiritual para despertar y guiar al pueblo en tiempos de absoluta apatía y oscuridad. La obediencia vacilante de Barac, que limitó su bendición y perdió su honra por temer al poder del enemigo y depender de la presencia humana. Y la fe determinante de Jael, que sin títulos, sin ejércitos y siendo una extranjera, usó con valentía lo que tenía a la mano para hacer la voluntad de Dios.

Yo oro para que, con toda honestidad, esta semana meditemos en cómo estamos sirviendo al Señor, a la luz de este pasaje. La palabra del Señor para nosotros hoy es la misma que Débora le dio a Barac: “¡Levántate! ¿No ha salido Jehová delante de ti?”.

Dios ya ha trazado la estrategia. A lo largo de sesenta años de historia en nuestro ministerio, hemos comprobado que la fidelidad en las disciplinas espirituales y el discipulado uno a uno tienen el poder de transformar vidas. No necesitamos recursos extraordinarios ni posiciones de prestigio en este mundo. Lo único que el Señor nos pide es un corazón dispuesto, fiel y obediente.

Si nos humillamos, si nos arrepentimos de nuestra negligencia y entregamos en Sus manos lo poco que tenemos —nuestras horas libres, nuestras oraciones, nuestro testimonio—, Él nos dará la victoria.

No permitamos que otros se lleven la alegría y la corona de servir en esta misión por causa de nuestros temores o nuestra tibieza. Seamos la respuesta al clamor de esta nación. Levantémonos hoy con el espíritu de Débora y la valentía de Jael, consagrando nuestras vidas al Señor para ver a Panamá convertida en un reino de sacerdotes y una nación santa para la gloria de Su nombre. ¡Amén!

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