Salmos 127:1-5

127:1 Si Jehová no edificare la casa, En vano trabajan los que la edifican; Si Jehová no guardare la ciudad, En vano vela la guardia.
127:2 Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, Y que comáis pan de dolores; Pues que a su amado dará Dios el sueño.
127:3 He aquí, herencia de Jehová son los hijos; Cosa de estima el fruto del vientre.
127:4 Como saetas en mano del valiente, Así son los hijos habidos en la juventud.
127:5 Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos; No será avergonzado Cuando hablare con los enemigos en la puerta.

COMO SAETAS EN MANO DEL VALIENTE SON LOS HIJOS


Buenos días. ¡Feliz Día del Padre! Doy gracias a Dios por permitirnos celebrar este día con una lectura especial en el Salmo 127, el cual nos regala una hermosa y profunda imagen de la relación entre padres e hijos: “Como saetas en mano del valiente”. Ilustrando el poder de esta imagen, en el año 2018 se estrenó una película cristiana muy profunda basada precisamente en nuestro versículo clave de hoy, titulada “Como Flechas”. La historia nos introduce en la vida de Charlie y Alice, una pareja joven que decide casarse tras enterarse de que van a ser padres. Como muchos de nosotros, ellos inician su matrimonio llenos de sueños, buenas intenciones y un profundo amor. Sin embargo, a medida que pasan los años y nacen sus hijos, la realidad los golpea. Charlie se enfoca tanto en proveer y tener éxito en su trabajo que se vuelve un padre distante; mientras tanto Alice, abrumada por el día a día, intenta criar a sus hijos basándose en la intuición, los impulsos y los consejos del mundo. 

La película nos muestra de manera cruda el resultado de esa crianza sin dirección: los años pasan volando y, al llegar a la adolescencia, sus hijos se vuelven distantes, rebeldes y el hogar se convierte en un auténtico campo de batalla. Charlie y Alice se miran a los ojos un día y se dan cuenta de una dolorosa verdad: habían trabajado muy duro, se habían desvelado y afanado, pero su familia se estaba desmoronando. Estaban construyendo su hogar bajo sus propias fuerzas, y el resultado era la frustración.

A mitad de la historia, tras una crisis devastadora con su hijo mayor, Charlie y Alice caen de rodillas. Se dan cuenta de que han intentado ser buenos padres, pero Dios no ha estado en el centro de su hogar. Es en ese momento de rendición cuando descubren que la Biblia tiene un manual, un diseño perfecto para la familia. Deciden cambiar de rumbo, pedir perdón a sus hijos y empezar a criarlos con un propósito intencional, apuntándolos hacia los caminos del Señor. Aquí se produce un gran punto de inflexión en la vida de su familia.

Al final de la película, vemos a Charlie y Alice ya ancianos, celebrando su 50º aniversario de bodas, sus bodas de oro. Al mirar a su alrededor, ven a sus hijos y nietos caminando en la fe, sirviendo a Dios y siendo de impacto positivo en la sociedad. ¿Qué marcó la diferencia? Que dejaron de construir a su manera y permitieron que Dios fuera el arquitecto de su hogar. ¿No les gustaría ver esta misma realidad en sus familias?

Amados hermanos, esta película refleja la historia de muchas familias hoy en día. Vivimos en una cultura que nos empuja a desgastarnos trabajando, a correr de un lado a otro, a darles a nuestros hijos bienes materiales, comodidad y la mejor educación académica, pero a menudo olvidamos lo más importante: ¿Quién edifica la casa?

Hace miles de años, el rey Salomón escribió este poema perfecto para rescatarnos del afán y devolvernos el enfoque. En este salmo vamos a descubrir que no estamos llamados a criar hijos a la aventura, sino por diseño. Vamos a comprender por qué la Biblia compara a nuestros hijos con saetas, con flechas en las manos de un guerrero, y cómo el Señor desea que cedamos el control de nuestra vida cotidiana y de nuestro hogar. 

Yo oro para que en esta mañana lleguemos a ser plenamente conscientes del gran privilegio y responsabilidad que tenemos como padres, y seamos esos valientes que preparan a sus hijos para ser lanzados a la sociedad, impactándola con el evangelio y siendo instrumentos para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.

I.- Jehová es soberano sobre la vida cotidiana (1-2)

Leamos juntos el título del salmo, por favor. Nuestras Biblias incluyen títulos editoriales en cada salmo que no están en el texto original, pero que resumen su contenido. Por ejemplo, en la edición de la Biblia con la que preparé este mensaje, el salmo 127 se titula: “Si Jehová no edificare la casa”. Sin embargo, es muy probable que en la Biblia que ustedes están leyendo el título sea diferente. Y está bien, porque esto es prerrogativa de la editorial y no afecta para nada el texto bíblico. No obstante, el texto original contiene títulos descriptivos que especifican el tipo de salmo, el autor, quién debía cantarlo, con qué instrumentos, sobre qué tonada, en qué ocasión se escribió, entre otros detalles. En este caso, el título original del salmo en la RVR60 es: “Cántico gradual; para Salomón.” Indicándonos el tipo de salmo y el autor o a quién va dirigido. 

Entonces, el Salmo 127 forma parte de los salmos de peregrinaje (del Salmo 120 al Salmo 134) que el pueblo de Israel cantaba mientras viajaba a Jerusalén para adorar; pero curiosamente, no contiene cantos de alabanza como los otros, sino que habla de la casa, el trabajo y los hijos. Esto nos revela que los israelitas entendían que la verdadera adoración no comenzaba en el templo, sino en la fidelidad de sus hogares. Además, su autor fue Salomón: el gran constructor del Templo y del palacio real, pero también el hombre que experimentó la terrible paradoja de tener abundancia, sabiduría y muchos hijos, y aun así su reino fue dividido por su descuido espiritual. Salomón aprendió por las malas que el éxito material jamás sustituye la dirección divina. 

Así, este salmo es un poema de gran sabiduría que nos ayuda a entender que nuestro hogar es el primer altar de adoración a Dios. Nos enseña que la soberanía del Señor debe gobernar no solo lo que hacemos los domingos en la iglesia, sino lo que construimos de lunes a sábado en nuestra vida cotidiana. Nos recuerda que no seremos verdaderamente exitosos si estamos fracasando en lo privado, y nos invita a reevaluar con qué materiales y bajo qué dirección estamos edificando nuestras familias.

Leamos juntos los vv. 1-2, por favor. En estos primeros dos versículos, se muestra la soberanía de Dios en la vida cotidiana del hombre, particularmente en tres ámbitos: Primero, la edificación de la casa; segundo, la protección de la ciudad; y tercero, la forma de ganarse la vida. Veamos cada uno de ellos con un poco más de detalle.

Primero, la edificación de la casa. Leamos juntos nuevamente el v.1a. En aquella época, todos los hombres debían construir sus propias viviendas. Cuando un joven se comprometía, regresaba a la heredad de su padre para construir la casa que albergaría a su futura familia. Esto era un enorme esfuerzo que requería alrededor de un año de arduo trabajo, después del cual, el joven iba a buscar a su prometida para celebrar las bodas y traerla a su nuevo hogar. Sin embargo, si el hombre no tenía en cuenta a Dios en esta labor, todo ese trabajo podía resultar vano; pues, sin importar el empeño que pusiese o la calidad de los materiales que utilizase, si el Señor no respaldaba la obra, aquella casa terminaría cayendo. Con respecto a esto, el Dr. G. Campbell Morgan comentó acertadamente: “Ninguna construcción de casa es exitosa si deja a Dios fuera. Como hemos podido ver hombres construyendo sus casas, con gran cuidado y a un gran costo, solo para verlas caer a pedazos ¡Porque Dios fue olvidado!”

Por otro lado, podemos ver esto también en sentido figurado, refiriéndose a la formación de una familia. Puede que seamos cuidadosos en la elección de nuestra pareja, en la forma en que llevamos nuestra relación matrimonial e incluso aplicando las últimas tendencias en la crianza de los hijos; pero si Dios no está en el centro del hogar, todos estos esfuerzos resultarán vanos. Una familia sin Dios nunca experimentará el lazo espiritual que Él crea en las relaciones. Puede que el matrimonio se lleve muy bien, que dure hasta que la muerte los separe y que los hijos crezcan como buenos ciudadanos, siendo una familia aparentemente exitosa en el mundo. Sin embargo, el propósito último del hombre —la razón fundamental por la que fuimos creados— es glorificar a Dios. Así que, si nuestras vidas, nuestros matrimonios y nuestros hijos no glorifican al Señor, todo lo que hagamos en este mundo será vano, porque carecerá de un peso eterno. “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Mat. 16:26).

Segundo, la protección de la ciudad. Leamos juntos el v.1b. En aquella época la gente vivía en ciudades amuralladas para repeler las invasiones de otros pueblos que buscaban extender sus territorios o saquear recursos. Sin embargo, los muros por sí solos resultaban insuficientes. Se apostaban guardias sobre las murallas y en las puertas para vigilar las ciudades, especialmente para evitar ataques nocturnos. Para esto se necesitaban hombres muy valientes, bien entrenados y lo suficientemente disciplinados como para mantenerse despiertos y atentos en sus turnos durante la noche. Pero, no importa cuán fuertes, entrenados o disciplinados fuesen los guardias, de nada valía si Jehová no guardaba la ciudad. Si no contaban con la protección divina, los enemigos podían invadir y tomar el control en cualquier momento. 

De la misma manera, hoy en día una ciudad sin Dios termina siendo devastada por la maldad y la corrupción dentro de ella. Una sociedad que le da la espalda al Señor no puede vivir en paz y armonía, porque carece de valores absolutos en los cuales apoyarse. Podemos verlo en el estado de nuestra sociedad: el creciente número de divorcios, la dramática disminución del número de matrimonios y la rampante corrupción en el gobierno. Todo, porque Dios no es el centro de nuestras vidas.

Con respecto a esto, Morgan comenta muy acertadamente: “Estas serían esplendidas palabras para grabar en granito en la entrada de todas nuestras casas, y para engalanar en oro en todas las oficinas de reunión de las autoridades públicas. Pero aún mejor dejemos que sean grabadas en el corazón de aquellos que edifican hogares, que guardan y gobiernan las ciudades.” Grabemos esta verdad en nuestro ser, para recordar cada día que debemos edificar nuestros hogares y nuestra sociedad sobre el fundamento inamovible de la Palabra de Dios. Amén.  

Tercero, la forma de ganarse la vida. Leamos juntos nuevamente el v.2. Sabemos que Salomón no está hablando en contra del trabajo duro, porque muchos de sus Proverbios alaban la diligencia de quien se levanta temprano (como vemos en Pro. 6:6-11). Desde el primer versículo de este salmo podemos entender que su verdadera intención es enfatizar que no debemos poner nuestra confianza en el esfuerzo humano, como si todo dependiese de nosotros mismos, sino enteramente en Dios. Lo único que ganaremos con el exceso de trabajo y el afán desmedido es comer con sufrimiento —lo que el texto llama “comer pan de dolores”— y pasar las noches en vela por las preocupaciones. En cambio, aquel que trabaja diligentemente, pero confiando en la provisión del Señor, puede comer con agradecimiento y descansar profundamente por las noches, sabiendo que si busca primeramente el reino de Dios y Su justicia, todas las demás cosas le serán añadidas (Mat. 6:33).

Amados hermanos, no nos afanemos tanto por el trabajo al punto de descuidar nuestra relación con Dios y a nuestra familia. Trabajemos, sí, con excelencia y diligencia, pero descansando en los brazos del Señor. Apartemos cada día el tiempo para alimentarnos de nuestro Pan Diario y orar; separemos algunas horas a la semana para estudiar la Biblia con nuestro pastor, para escribir nuestro testimonio bíblico, para compartir tiempo de calidad con nuestras familias; y, sobre todo, santifiquemos el domingo para venir juntos a adorar al Señor. Si buscamos así el reino de Dios y Su justicia, Él no solo nos proveerá de todo lo que necesitemos, sino que edificará nuestra casa y transformará nuestra sociedad. Amén.

II.- Los hijos son herencia de Jehová (3-5)

Leamos juntos el v.3. Ahora Salomón pasa a hablar de la familia, la esfera más íntima de las relaciones humanas, destacando la soberanía de Dios incluso allí. Él afirma que los hijos son “herencia de Jehová”. En el hebreo original, esta palabra no significa una propiedad que recibimos para hacer lo que queramos con ella, sino un depósito que se nos confía temporalmente. Es como el sistema de alquiler de vivienda en Corea del Sur, donde se entrega un gran depósito de dinero al propietario; el dueño disfruta sus beneficios un tiempo, pero la suma no es suya y al finalizar el contrato tiene que devolverla intacta. Solo disfruta el beneficio de los intereses que generó. 

De la misma manera, los hijos no son una propiedad que Dios nos traspase para uso y disfrute permanente, sino un depósito que le pertenece a Él, otorgado para que lo administremos por un corto período y después lo devolvamos. Así que no podemos decir, como erróneamente afirman algunos: ‘Mis hijos son míos, y yo los crío como me dé la gana’. Nuestros hijos no son nuestros; son de Dios. No podemos criarlos ‘como nos dé la gana’, sino de acuerdo con la perfecta voluntad del Señor, pues eventualmente rendiremos cuentas ante Él por la forma en que administramos ese precioso depósito.

Y para eso, la Biblia es el manual de crianza definitivo que Dios ha dejado. Debemos educar a nuestros hijos en las Escrituras, como aprendimos en el mensaje del Día del Padre del año pasado citando Deu. 6:6-9: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.” Al mirar este último año que ha pasado... ¿hemos estado aplicando esto con fidelidad? ¿Qué pasaría si el Señor nos pidiera cuentas por la vida de nuestros hijos hoy mismo? Yo oro para que tengamos siempre presente esta verdad en nuestros corazones, y que con temor y temblor criemos a la siguiente generación que Dios nos confió, según Su santa voluntad. Amén.

Leamos ahora juntos el v.4, por favor. Salomón usa aquí una poderosa metáfora militar. Nos compara a los padres con valientes o guerreros, y a nuestros hijos con saetas o flechas listas para la batalla. En la antigüedad, un guerrero no recogía simplemente cualquier rama seca del suelo, la ponía en su arco y la disparaba, porque sabía que una rama torcida erraría el blanco. Las flechas requerían un proceso sumamente meticuloso. Al considerar este proceso, podemos entender tres verdades fundamentales sobre la responsabilidad que Dios nos ha dado como padres:

Primero, las saetas tienen que ser pulidas. Una flecha no nace formada; se hace. Se tomaba una vara de madera en bruto, se sometía al calor del fuego para enderezarla, se raspaban sus asperezas con cuchillos y se lijaban pacientemente hasta que quedara perfectamente lisa y aerodinámica. De la misma manera, nuestros hijos nacen con una naturaleza caída que necesita ser moldeada. La crianza bíblica requiere intencionalidad, paciencia, instrucción y disciplina amorosa. Pro. 22:15 nos recuerda que “la necedad está ligada al corazón del muchacho; mas la vara de la corrección la alejará de él”. Pulir a un hijo duele; requiere tiempo, desvelos y un esfuerzo constante de nuestra parte para corregir las actitudes, el orgullo y el egoísmo, tallando en ellos el carácter de Cristo. Padres, ¿estamos tomándonos el tiempo para pulir el corazón de nuestros hijos con amorosa disciplina, o los estamos dejando crecer con todas sus asperezas?

Segundo, las saetas tienen que ser direccionadas. Una flecha perfectamente pulida no sirve de nada si el arquero no sabe apuntar. El valiente toma la saeta, la coloca en la cuerda, tensa el arco con todas sus fuerzas, cierra un ojo para enfocarse y apunta con absoluta precisión hacia el blanco. Si el arquero apunta mal, la flecha se perderá. Nuestro blanco como padres cristianos no debe ser el éxito financiero de nuestros hijos, ni que obtengan títulos académicos prestigiosos para nuestro propio orgullo, ni que alcancen el aplauso del mundo. Nuestro blanco supremo debe ser que conozcan a Dios, que amen Su Palabra y que le sirvan con todo su corazón. Nosotros somos los responsables de orientar sus vidas, sus valores y sus prioridades hacia la eternidad. Cada decisión que tomamos en el hogar, cada prioridad que establecemos con el dinero, el tiempo y la iglesia, está apuntando la flecha hacia un destino. ¿Hacia dónde estamos apuntando a nuestros hijos hoy? ¿Hacia las cosas pasajeras de este mundo, o hacia el Reino de Dios?

Tercero, las saetas están hechas para ser lanzadas. Esta es, quizás, una de las verdades más difíciles de asimilar para un padre. Las flechas no se fabrican para quedarse guardadas en la aljaba, acumulando polvo. El propósito final para el cual un guerrero pule y apunta una saeta es para soltar la cuerda y lanzarla con poder hacia el frente de batalla. Los hijos no son nuestros para retenerlos ni para que vivan bajo nuestra sombra permanentemente; nos fueron dados para ser preparados y, eventualmente, enviados. Nuestra meta es formar hombres y mujeres maduros, firmes en la fe, capaces de sostenerse por sí mismos y listos para salir a impactar la sociedad. Estamos llamados a lanzar a nuestros hijos al colegio, a la universidad, a sus futuros matrimonios y a sus trabajos como agentes de transformación, portadores de la luz del evangelio en un mundo en tinieblas. ¿Tiene tu hijo una relación personal con Dios? ¿Lo estás preparando para ser un testigo de Cristo dondequiera que vaya?

Yo oro para que seamos valientes guerreros que con dedicación y oración preparemos a nuestros hijos como saetas bien pulidas que puedan ir e impactar a Panamá y convertirla en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.

Leamos finalmente el v.5. La palabra bienaventurado significa dichoso, doblemente feliz, plenamente bendecido. El diseño de Dios no termina en el esfuerzo del proceso, sino en la victoria de la recompensa. El salmista nos dice que el padre que se toma el trabajo intencional de llenar su aljaba con saetas preparadas bajo el diseño divino gozará de una vejez protegida y honrada. En la antigüedad, la “puerta de la ciudad” era el lugar donde se celebraban los juicios legales, se hacían los negocios importantes y se defendía a la comunidad de los ataques enemigos. Cuando un padre envejecía y ya no tenía las fuerzas físicas para defenderse, sus hijos —esas saetas que él pulió y direccionó en su juventud— se levantaban como hombres fuertes para defender el honor, el patrimonio y el nombre de su padre. Un padre que cría hijos conforme a la Palabra de Dios nunca estará solo en las batallas de la vida. Sus hijos serán su mayor defensa, su orgullo público y su más grande legado. No será avergonzado, porque sus hijos darán testimonio de la fidelidad y la fe que vieron reflejada en su hogar.

Amados hermanos, en este Día del Padre, el Salmo 127 ha venido a derribar nuestras propias fuerzas para edificarnos sobre la roca inamovible de la soberanía de Dios. Hemos aprendido dos grandes verdades eternas esta mañana: primero, que Jehová es el Único Soberano sobre nuestra vida cotidiana, y que todo afán laboral es vanidad si Él no está en el centro; y segundo, que los hijos son un precioso depósito de Su propiedad que se nos ha confiado para ser administrado con la mirada puesta en la eternidad.

La pregunta con la que debemos regresar hoy a casa es la misma que Charlie y Alice tuvieron que hacerse en la película “Como Flechas”: ¿Quién está edificando nuestro hogar? ¿Dios, o nosotros con nuestras propias fuerzas? No esperemos a que llegue una crisis devastadora o a que los años pasen volando y nos encontremos en medio de un campo de batalla familiar para darnos cuenta de que dejamos a Dios fuera de la ecuación. Si hoy te das cuenta de que has estado edificando bajo tus propios impulsos, si reconoces que te has afanado tanto en el trabajo que te has convertido en un padre distante, o que has estado criando por intuición y no por el manual de las Escrituras, hoy es el día para rendirte al Señor. Dios es un Dios de gracia, y Él puede restaurar los años perdidos y enderezar las saetas de tu hogar.

Padres, hombres, valientes: asumamos el glorioso privilegio y la tremenda responsabilidad que tenemos en nuestras manos. Seamos esos arqueros intencionales que pasan tiempo en la Palabra, que oran con sus esposas, que alimentan a sus familias con las Escrituras y que pulen el corazón de sus hijos con amorosa disciplina. Levantémonos hoy como esa generación de valientes que no cría hijos para el aplauso del mundo, sino para la gloria de Dios. Lancemos a nuestros hijos con fe y precisión a la sociedad, sabiendo que cada saeta que sale de un hogar gobernado por Cristo lleva el poder para disipar las tinieblas. Oremos con fervor para que el Señor use a nuestras familias como instrumentos clave para transformar nuestra amada nación, esparciendo el evangelio en todos los campus universitarios, hasta que veamos a Panamá convertida en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios. ¡Amén!

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