Jueces 3:12-31

3:12 Volvieron los hijos de Israel a hacer lo malo ante los ojos de Jehová; y Jehová fortaleció a Eglón rey de Moab contra Israel, por cuanto habían hecho lo malo ante los ojos de Jehová.
3:13 Este juntó consigo a los hijos de Amón y de Amalec, y vino e hirió a Israel, y tomó la ciudad de las palmeras.
3:14 Y sirvieron los hijos de Israel a Eglón rey de los moabitas dieciocho años.
3:15 Y clamaron los hijos de Israel a Jehová; y Jehová les levantó un libertador, a Aod hijo de Gera, benjamita, el cual era zurdo. Y los hijos de Israel enviaron con él un presente a Eglón rey de Moab.
3:16 Y Aod se había hecho un puñal de dos filos, de un codo de largo; y se lo ciñó debajo de sus vestidos a su lado derecho.
3:17 Y entregó el presente a Eglón rey de Moab; y era Eglón hombre muy grueso.
3:18 Y luego que hubo entregado el presente, despidió a la gente que lo había traído.
3:19 Mas él se volvió desde los ídolos que están en Gilgal, y dijo: Rey, una palabra secreta tengo que decirte. El entonces dijo: Calla. Y salieron de delante de él todos los que con él estaban.
3:20 Y se le acercó Aod, estando él sentado solo en su sala de verano. Y Aod dijo: Tengo palabra de Dios para ti. El entonces se levantó de la silla.
3:21 Entonces alargó Aod su mano izquierda, y tomó el puñal de su lado derecho, y se lo metió por el vientre,
3:22 de tal manera que la empuñadura entró también tras la hoja, y la gordura cubrió la hoja, porque no sacó el puñal de su vientre; y salió el estiércol.
3:23 Y salió Aod al corredor, y cerró tras sí las puertas de la sala y las aseguró con el cerrojo.
3:24 Cuando él hubo salido, vinieron los siervos del rey, los cuales viendo las puertas de la sala cerradas, dijeron: Sin duda él cubre sus pies en la sala de verano.
3:25 Y habiendo esperado hasta estar confusos, porque él no abría las puertas de la sala, tomaron la llave y abrieron; y he aquí su señor caído en tierra, muerto.
3:26 Mas entre tanto que ellos se detuvieron, Aod escapó, y pasando los ídolos, se puso a salvo en Seirat.
3:27 Y cuando había entrado, tocó el cuerno en el monte de Efraín, y los hijos de Israel descendieron con él del monte, y él iba delante de ellos.
3:28 Entonces él les dijo: Seguidme, porque Jehová ha entregado a vuestros enemigos los moabitas en vuestras manos. Y descendieron en pos de él, y tomaron los vados del Jordán a Moab, y no dejaron pasar a ninguno.
3:29 Y en aquel tiempo mataron de los moabitas como diez mil hombres, todos valientes y todos hombres de guerra; no escapó ninguno.
3:30 Así fue subyugado Moab aquel día bajo la mano de Israel; y reposó la tierra ochenta años.
3:31 Después de él fue Samgar hijo de Anat, el cual mató a seiscientos hombres de los filisteos con una aguijada de bueyes; y él también salvó a Israel.

AOD Y SAMGAR LIBRAN A ISRAEL


Buenos días. A mediados de los años 1800, en Boston, Massachusetts, Estados Unidos, vivía un joven huérfano de padre que apenas había alcanzado el quinto grado de primaria. No sabía hablar correctamente, arrastraba las palabras, cometía constantes errores gramaticales y no tenía modales refinados. Trabajaba en la zapatería de su tío vendiendo y reparando calzado, con la condición de asistir a la Iglesia Congregacional de Mount Vernon. Su nombre era Dwight L. Moody. 

En 1855, su maestro de escuela dominical lo llevó a la fe en Cristo. Así que presentó su solicitud para obtener la membresía formal en su iglesia, pero fue rechazado por el comité examinador, argumentando que su conocimiento de la Biblia era nulo y que sus habilidades para expresarse eran lamentables. Le pidieron que esperara y estudiara más antes de volver a postularse. Y él lo hizo así, aplicando nuevamente al año siguiente y siendo finalmente aceptado como miembro formal de la iglesia.

Sin embargo, poco después decidió mudarse a la ciudad de Chicago. Allí tuvo un profundo deseo de trabajar para Dios. Como no tenía un título teológico ni el permiso de ninguna misión oficial para predicar, miró lo único que tenía a su disposición: su tiempo y unas cuantas bancas vacías. Fue a los barrios más pobres de Chicago, llenos de niños sin hogar, pandilleros y alcohólicos, ofreciendo dulces y paseos en caballo con una sola condición: que lo acompañaran a una escuela dominical que él mismo improvisó en un antiguo mercado de carne abandonado. 

Al principio, Moody ni siquiera predicaba porque sabía que no lo hacía bien; él solo conseguía los niños y pagaba a otros para que les enseñaran. Pero un buen día, un maestro faltó y a Moody no le quedó más remedio que pararse al frente con su lenguaje tosco y su Biblia gastada. Con esta experiencia descubrió dos cosas: que le apasionaba enseñar directamente y que el método tradicional de las iglesias de su época (clases magistrales y rígidas) no funcionaba con los niños analfabetos y rebeldes de los suburbios de Chicago. Entonces, revolucionó la enseñanza en la Escuela Dominical: Contaba historias sencillas y analogías de la vida real, e introdujo mucha música, cantando coros enérgicos con los niños. Esa pequeña escuela dominical creció tanto que el presidente Abraham Lincoln la visitó en 1860. 

Con los años, aquel zapatero rechazado por su falta de elocuencia se convirtió en el evangelista más grande del siglo XIX. Se calcula que predicó el evangelio a más de 100 millones de personas en una época donde no existían los micrófonos ni el internet, cruzando el Atlántico decenas de veces. Un día, un erudito muy educado se le acercó después de una reunión y le dijo de manera un tanto despectiva: “Señor Moody, he contado al menos once errores gramaticales en su sermón de hoy”. Moody, con total humildad, lo miró y le respondió: “Es muy probable que tenga razón. Mi gramática es mala, pero uso toda la gramática que tengo para la gloria de Dios. ¿Qué está haciendo usted con la suya?” Dwight L. Moody pasó de ser un huérfano marginado por sus carencias y falta de educación, a un inesperado gran siervo de Dios, solamente porque puso lo poco que tenía para el servicio del Señor.

De la misma manera, en el pasaje bíblico de hoy, profundizaremos en la historia de dos hombres inesperados que Dios usó para librar a Israel: El zurdo Aod y Samgar el agricultor. Aunque en un principio no parecían tener lo necesario, ellos aprovecharon la oportunidad que Dios les dio y entregaron al Señor lo poco que tenían en sus manos, siendo usados poderosamente por Jehová para librar a Israel.

Yo oro para que, en esta mañana, cada uno de nosotros reflexione en lo que tiene en sus manos —por muy poco que parezca— y lo rinda al Señor para el servicio de Su obra. Que aprovechemos cualquier oportunidad que Él nos da para hacer Su voluntad y compartir el mensaje del evangelio con los que nos rodean. Propiciemos también las oportunidades de compartir el evangelio yendo a la Universidad de Panamá e invitando a los jóvenes a estudiar la Biblia. Así, el Señor nos usará para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

I.- Aod: Aprovecha la oportunidad que Dios da (12-30)

Leamos juntos los vv. 12-14. Después de servir a Jehová durante cuarenta años bajo el liderazgo de Otoniel, una vez muerto el primer juez de Israel, el pueblo volvió a empezar el patrón general del libro de Jueces haciendo lo malo ante los ojos de Jehová. Aunque el texto no lo dice explícitamente, podemos inferir que una vez más abandonaron a Jehová para adorar a los ídolos cananeos, desatando la ira del Señor nuevamente contra ellos. Dios, entonces, como parte de Su disciplina redentora, retiró Su bendición protectora, permitiendo que Eglón, rey de Moab, se fortaleciese contra ellos, aliándose con Amón y Amalec para pelear contra Israel, y subyugándolos durante dieciocho años. 

Moab, Amón y Amalec eran naciones vecinas de Israel, que habitaban más allá de las fronteras de los territorios de Rubén, Gad y Judá. Moab y Amón eran descendientes de Lot, sobrino de Abraham (Gén. 19:36-38), por lo que estaban, en cierta manera, emparentados con los hijos de Israel. Sin embargo, se habían enemistado grandemente con ellos, impidiéndoles el paso para venir a tomar la Tierra Prometida. Moab y Amón se negaron a venderles comida y agua de buena gana, e, incluso, Balac rey de Moab contrató al profeta Balaam para que maldijera a Israel (Núm. 22-24). Amalec, por su parte, habitaba el desierto y atacó a los hijos de Israel justo al principio del Éxodo, pero fueron derrotados por la oración de Moisés, en colaboración con Aarón y Hur, y bajo el liderazgo en batalla del joven Josué (Éxo. 17). Por lo tanto, todas estas naciones compartían viejas rencillas contra el pueblo de Dios. 

Estas naciones se aliaron y atacaron a Israel, muy probablemente tomando parte del territorio de Rubén, cruzando el Jordán cerca de Gilgal y apoderándose de Jericó, también conocida como “la ciudad de las palmeras” (Deu. 34:3). Seguramente, Eglón se estableció en la estratégica ciudad de Jericó para ejercer su dominio sobre las tribus israelitas de los alrededores. Desde allí, Moab mantenía el control militar sobre Jericó, Gilgal y los vados del Jordán, mientras exigía pesados tributos a los israelitas para financiar sus tropas de ocupación.

Leamos ahora juntos el v.15. Después de dieciocho largos años de ocupación moabita, finalmente los hijos de Israel clamaron a Jehová. Esto parece sugerir tres verdades. Primero, que el corazón de Israel estaba tan alejado de su Dios que, ni siquiera en medio de una aflicción tan prolongada, clamaban a Jehová; tuvieron que pasar dieciocho años antes de que levantaran su grito de angustia al Señor. Segundo, quizá la subyugación moabita no fue tan severa más allá del cobro de los pesados tributos; con la bendición general de Jehová sobre sus tierras y ganados, ellos podrían pagar esos impuestos y subsistir a duras penas, por lo que no vieron la necesidad de clamar al Altísimo. Y tercero, que los pueblos se pueden acostumbrar a vivir en la miseria sin reconocerla. Aunque seguramente había mucha pobreza y escasez en medio de ellos, poco a poco se fueron acostumbrando, sin pensar siquiera que toda esa situación era una disciplina de Dios para que se volviesen a Él. Quizá hasta agradecían a los dioses cananeos por la poca provisión que tenían y permitirles, al menos, sobrevivir.

¿No vemos esto también en nuestros días? A pesar del caos que el dominio del pecado ha traído sobre el mundo —guerras, hambre, enfermedades, injusticia, pobreza, entre muchas otras cosas—, el corazón del hombre está tan alejado de Dios, que ni siquiera clama a Jehová rogando con ansias por el retorno de Cristo para acabar con toda esta maldad e instaurar el reino de Dios. La gente se conforma con lo poco que puede disfrutar en la tierra y se entretiene con cualquier cosa que este mundo corrupto ofrece. Se acostumbran a vivir en la miseria del pecado y están ciegos para ver que Dios ofrece algo mucho más grande: Una vida abundante (Jua. 10:10). ¡Si tan solo clamaran al Señor! Si viniesen ante Él confesando su miseria espiritual con arrepentimiento y pidiendo la gracia de Jesucristo, Él les otorgará salvación y vida eterna. Mi oración sincera en esta mañana es que ninguno de nosotros se acostumbre jamás a vivir en el pecado y la miseria espiritual, sino que cada día vengamos con arrepentimiento al Señor y podamos disfrutar de la vida abundante que Él nos quiere dar al buscar primeramente el reino de Dios y Su justicia. Amén.

¿Qué hizo Jehová cuando el pueblo clamó? Leamos nuevamente el v.15b. ¡Él les levantó un libertador! Nuevamente vemos a Jehová respondiendo con gracia al clamor de Su pueblo, a pesar de que demoraron en volverse a Él. También vemos que una vez más en este capítulo al juez se le llama “libertador” para enfatizar una de sus principales funciones. Aunque, en el sentido más amplio, todos los jueces pueden ser vistos como libertadores, la libertad que otorgaban era imperfecta y parcial; sin embargo, prefiguraban y anticipaban la llegada del perfecto Libertador, Cristo Jesús, quien nos ha librado por completo del poder y las consecuencias del pecado, y que cuando regrese a llevarnos a Su reino, nos librará de forma definitiva también de la presencia del pecado. ¡Alabado sea el nombre de nuestro poderoso Libertador! 

¿Quién es este libertador que Jehová levantó en aquel tiempo? ¿Un valiente líder espiritual? ¿Un poderoso guerrero? La Escritura lo describe como “Aod hijo de Gera, benjamita, el cual era zurdo.” No se sabe nada más de este hombre fuera de lo aquí descrito. Su nombre evoca la idea de “unión” o “unificado”, quizá anticipando su misión de unir al ejército para combatir a los moabitas. Era un descendiente de Benjamín, de quién se destaca una característica física particular: era zurdo. En aquella época esto era considerado una desventaja, tanto así que la palabra hebrea para zurdo significa literalmente: “impedido de la mano derecha”, como si fuese una discapacidad. De hecho, cuando alguien empezaba a usar prominentemente su mano izquierda, se le corregía y obligaba a usar la derecha. 

Sin embargo, los benjamitas fueron reconocidos por entrenarse como guerreros zurdos o ambidiestros para tirar piedras con la honda o flechas con los arcos, convirtiendo esta supuesta desventaja en una virtud letal para la guerra (Jue. 20:16; 1Cr. 12:2). Y, precisamente, esta condición de zurdo de Aod sería una ventaja crucial para llevar a cabo su misión como libertador de Israel.  

Leamos juntos nuevamente el v.15c. Entre los seleccionados para la comitiva que llevaría el tributo al rey Eglón, se encontraba Aod. No sabemos si el pueblo de Israel lo eligió para esta misión porque ya se perfilaba como el nuevo líder, o si fue reconocido como juez justamente después de haber cumplido este encargo. El texto no registra ninguna ceremonia oficial ni un momento de reconocimiento previo. Por lo tanto, es muy probable que fuese reconocido como juez de Israel después de haber llevado a cabo su misión, aprovechando esta oportunidad de oro que el Señor puso en sus manos para acabar con la vida del opresor. Veamos a continuación cómo la aprovechó.

Leamos juntos los vv. 16-22. Habiendo sido seleccionado para entregar el tributo, Aod se preparó por si Jehová le daba la oportunidad de librar a Israel. Se hizo un puñal de doble filo de unos 45 cm de largo, y aprovechando su condición de zurdo, se lo ocultó bajo sus ropas del lado derecho. En aquella época, los guerreros se ceñían la espada a su siniestra para desenvainarla con mayor facilidad con la mano derecha. Por eso, es muy probable que la revisión de la guardia moabita en las puertas del palacio se centrara en el lado izquierdo, pasando por alto el puñal escondido bajo los vestidos de Aod en el flanco opuesto.

Al principio, pareció que Jehová no le daría la oportunidad de actuar, pues la comitiva cumplió con la entrega del tributo y fue despedida del palacio real. Sin embargo, en el viaje de regreso, al pasar por los ídolos que estaban en Gilgal, algo cambió. Estos ídolos serían muy probablemente imágenes de piedra que los moabitas habrían erigido allí para humillar a los israelitas después de su derrota, pues Gilgal era un lugar sagrado para ellos. Por esta razón, quizás al ver los ídolos, Jehová despertó el espíritu de Aod y éste se regresó al palacio dispuesto a ser el instrumento de liberación. 

Llegó de vuelta al palacio y solicitó una audiencia privada diciendo: “Rey, una palabra secreta tengo que decirte.” (v.19). El monarca, intrigado, ordenó salir a todos sus guardias, quedando a solas con Aod. Entonces, el valiente juez se acercó a Eglón y le dijo: “Tengo palabra de Dios para ti.” (v.20). Esto hizo que el rey se levantara de su trono, tal vez por una mezcla de reverencia y curiosidad. En ese instante, Aod entregó el mensaje de juicio de Jehová a este perverso rey: Un puñal de dos filos hundido con tal fuerza que incluso la empuñadura penetró por completo en el vientre del opresor, quedando enterrada bajo su grasa, una gordura que probablemente reflejaba los dieciocho años de abundancia y excesos a costa de los tributos israelitas. El arma quedó atascada, y el impacto sacó el excremento del cuerpo del tirano, dejándole allí muerto.         

Este relato puede parecernos sumamente crudo y grotesco; alguno podría decir: ‘Demasiada información’. Sin embargo, el texto nos muestra con precisión cómo Jehová utilizó la supuesta desventaja física de Aod, su condición de zurdo, para burlar la seguridad; y cómo este hombre aprovechó la oportunidad que Dios le dio para llevar el mensaje de juicio del Señor al rey que oprimía a Su pueblo. Además, el detalle dantesco de la permanencia del puñal dentro del grueso cuerpo del rey y la salida del excremento, nos ofrecen la clave de cómo Aod ganó el tiempo necesario para escapar antes de que se descubriera el cadáver. Veamos esto a continuación.

Leamos juntos los vv. 23-26. Como el puñal quedó enterrado en el cuerpo del rey, Aod pudo salir de la sala real sin levantar ninguna sospecha. Cuidadosamente cerró las puertas por dentro con el cerrojo y se retiró como si nada hubiese pasado. Más tarde, los soldados se acercaron a la puerta de la sala y al hallarla cerrada con seguro y percibir el olor que de ella emanaba, concluyeron que el rey estaba haciendo sus necesidades; por lo tanto, decidieron esperar a que él mismo abriera. Al ver que pasaba demasiado tiempo y el rey no daba señales, la confusión los llevó a tomar una llave para abrir ellos mismos. Fue entonces cuando encontraron a su señor tendido en el suelo, muerto. Pero gracias a esa larga demora, ya Aod se había puesto a salvo en un lugar llamado Seirat, cuya ubicación exacta desconocemos hoy, pero que probablemente se trataba de alguna zona boscosa en el territorio de Benjamín o Efraín.

Leamos ahora juntos los vv. 27-30. Al llegar a salvo al monte de Efraín, Aod tocó el cuerno para convocar al ejército. Cuando el pueblo se reunió con él, les infundió aliento con un grito de victoria: “Seguidme, porque Jehová ha entregado a vuestros enemigos los moabitas en vuestras manos.” (v.28). Aquí se confirma que Jehová lo había levantado como juez de Israel, pues el pueblo escuchó su llamado y lo siguió. De inmediato, descendieron a tomar los vados del Jordán —la zona clave de cruce del río cerca de Gilgal— y bloquearon el paso, asegurando el perímetro para que ningún moabita pudiera escapar ni recibir refuerzos. Desde esa posición estratégica, acabaron con todos los soldados de ocupación, recuperando por completo el control de Jericó y sus alrededores. Así, bajo el liderazgo del zurdo Aod, Israel derrotó a diez mil valientes de Moab, y Jehová les concedió el período de descanso más largo de toda la época de los jueces: ochenta años de paz.

Amados hermanos, Aod usó su aparente desventaja como una ventaja crucial para cumplir su misión. Además, aprovechó la oportunidad que el Señor le presentó para hacer Su voluntad y llevar Su mensaje de juicio al rey. Puede que te sientas incapaz de hacer la voluntad de Dios o de compartir Su mensaje debido a tu carácter, tu falta de preparación o por alguna limitación que consideres un obstáculo. Si es así, Aod tiene un mensaje directo para ti: Prepárate y disponte para cuando Dios te dé la oportunidad. Jesús mismo preparó a Sus doce apóstoles enseñándoles a orar y dándoles Su Palabra. Tú puedes prepararte de la misma manera, sin importar tus carencias. Preséntate continuamente delante de Dios en oración, estudia y medita profundamente las Escrituras. 

¿Quieres ser un mensajero poderoso de la Palabra de Dios? Escribe tu testimonio bíblico cada semana; esa es una práctica fenomenal. ¿Quieres ser un buen maestro bíblico? Escribe tu testimonio bíblico cada semana; esto te sacará de la mera teoría, ayudándote a meditar y aplicar profundamente la Biblia en tu vida. El testimonio bíblico es el puñal de doble filo que podemos hacernos, esperando la oportunidad de Dios para usar Su Palabra y liberar un alma de las garras de Satanás. Amén.

Yo oro para que el Señor levante en nuestra iglesia a muchos creyentes que, como Aod, estén dispuestos a servir al Señor por encima de sus aparentes debilidades. Que seamos fieles en nuestras disciplinas espirituales para estar preparados cuando se presente la oportunidad, y así ser usados por el Señor para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.

II.- Samgar: Usa lo que tienes en tu mano para Dios (31)

Leamos juntos el v.31. Inmediatamente después de la historia de Aod, se nos relata la de Samgar. Es interesante notar que aquí no vemos el patrón general del libro; no parece que estos eventos ocurrieran después de la muerte de Aod, ya que esa es la introducción que encontraremos en el v.4:1, antes de Débora y Barac. Más bien, todo indica que Samgar actuó durante los años de paz de Aod, acabando con los merodeadores filisteos que habían bloqueado los caminos de Israel (Jue. 5:6). A Samgar se le clasifica como uno de los llamados “jueces menores”, debido a lo breve de su relato en las Escrituras. Sin embargo, la obra que realizó para Dios fue tan crucial y trascendente en su época como la de cualquier otro juez.

El nombre Samgar no es de origen hebreo, sino extranjero, lo que resalta cómo Dios puede usar a quien Él quiera para Sus propósitos. Este hombre no era un estratega militar ni un guerrero de profesión, sino un humilde hombre de campo. Aunque el texto no lo llama explícitamente “juez”, el v.31 concluye diciendo que “él también salvó a Israel”, cumpliendo así la función principal de estos líderes; además, su historia está contada en medio de ellos, y aun Débora canta acerca de él en Jue. 5:6, como acabamos de leer. Su hazaña fue verdaderamente épica: derrotó a seiscientos filisteos él solo utilizando únicamente una aguijada de bueyes. Este era un instrumento agrícola —un poste de madera de unos dos metros de largo que tenía una paleta de hierro en un extremo para limpiar el lodo del arado y una punta afilada en el otro para guiar al animal—. En momentos de crisis extrema, estas herramientas se convertían en lanzas improvisadas. Pero vencer a seiscientos hombres armados con una herramienta de labranza fue una asombrosa intervención divina, y ese milagro se convirtió en el sello indiscutible de su llamamiento.

La historia de Samgar es un recordatorio de que Dios no necesita grandes héroes o armas sofisticadas para lograr grandes cosas. Él usa lo que está en nuestra mano, por ordinario que parezca. La aguijada de bueyes de Samgar es como la vara de Moisés, la honda de David o la quijada de asno de Sansón. En las manos de una persona dispuesta y rendida al Señor, incluso lo más simple puede convertirse en un arma poderosa. “Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte” (1Co. 1:27).

Entonces, la pregunta hoy para ti es: ‘¿Qué tienes en tu mano?’ ¿Qué dones, talentos o recursos te ha dado el Señor y no estás usando eficazmente para Él? Algunos de ustedes tienen talento musical, ¿por qué no ponerlo al servicio del Rey? Otros tienen el don de la palabra y la enseñanza, ¿por qué no lo pones en la mano del Señor? Cada uno de nosotros tiene dones, talentos y recursos que, si ponemos en las manos del Señor, Él puede usarlos magníficamente para Su obra. ¿Qué tenía Dwight L. Moody? Un gran deseo de servir al Señor, algunos recursos económicos y unas bancas vacías. Y, ¿cómo lo usó el Señor? ¡Grandiosamente! ¿Qué tenemos nosotros aquí? Algunos recursos económicos y muchas sillas vacías. ¿Tenemos el deseo y la disposición para servir al Señor? Entonces, Él nos usará preciosamente para Su gloria. Amén.

Trae tus cinco panes y dos peces y ponlo en las manos del Señor. Prepárate siendo fiel a tus disciplinas espirituales: El Pan Diario, el Estudio Bíblico con tu pastor, el Testimonio Bíblico semanal y asistiendo fielmente al Culto Dominical. Propicia y aprovecha cada oportunidad para compartir la Palabra de Dios, tal como lo hizo Aod. Si somos fieles en esto poco, el Señor nos usará grandiosamente en Su obra, convirtiendo a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para su gloria. ¡Amén!

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