Jueces 2:16 - 3:6
2:16 Y Jehová levantó jueces que los librasen de mano de los que les despojaban;2:17 pero tampoco oyeron a sus jueces, sino que fueron tras dioses ajenos, a los cuales adoraron; se apartaron pronto del camino en que anduvieron sus padres obediciendo a los mandamientos de Jehová; ellos no hicieron así.
2:18 Y cuando Jehová les levantaba jueces, Jehová estaba con el juez, y los libraba de mano de los enemigos todo el tiempo de aquel juez; porque Jehová era movido a misericordia por sus gemidos a causa de los que los oprimían y afligían.
2:19 Mas acontecía que al morir el juez, ellos volvían atrás, y se corrompían más que sus padres, siguiendo a dioses ajenos para servirles, e inclinándose delante de ellos; y no se apartaban de sus obras, ni de su obstinado camino.
2:20 Y la ira de Jehová se encendió contra Israel, y dijo: Por cuanto este pueblo traspasa mi pacto que ordené a sus padres, y no obedece a mi voz,
2:21 tampoco yo volveré más a arrojar de delante de ellos a ninguna de las naciones que dejó Josué cuando murió;
2:22 para probar con ellas a Israel, si procurarían o no seguir el camino de Jehová, andando en él, como lo siguieron sus padres.
2:23 Por esto dejó Jehová a aquellas naciones, sin arrojarlas de una vez, y no las entregó en mano de Josué.
3:1 Estas, pues, son las naciones que dejó Jehová para probar con ellas a Israel, a todos aquellos que no habían conocido todas la guerras de Canaán;
3:2 solamente para que el linaje de los hijos de Israel conociese la guerra, para que la enseñasen a los que antes no la habían conocido:
3:3 los cinco príncipes de los filisteos, todos los cananeos, los sidonios, y los heveos que habitaban en el monte Líbano, desde el monte de Baal-hermón hasta llegar a Hamat.
3:4 Y fueron para probar con ellos a Israel, para saber si obedecerían a los mandamientos de Jehová, que él había dado a sus padres por mano de Moisés.
3:5 Así los hijos de Israel habitaban entre los cananeos, heteos, amorreos, ferezeos, heveos y jebuseos.
3:6 Y tomaron de sus hijas por mujeres, y dieron sus hijas a los hijos de ellos, y sirvieron a sus dioses.
JEHOVÁ LEVANTA JUECES EN SU MISERICORDIA
Buenos días. La semana pasada comenzamos a aprender este cap. 2 de Jueces que describe el patrón cíclico que se repetirá a lo largo de todo el libro. Vimos cómo se levantó una nueva generación de israelitas que no conocían a Jehová y lo abandonaron para adorar a Baal y Astarot. A causa de esto, Jehová los disciplinó entregándolos “en manos de robadores que los despojaron, y los vendió en mano de sus enemigos de alrededor; y no pudieron ya hacer frente a sus enemigos.” (2:14). Así, el pueblo de Israel tuvo gran aflicción, aprendiendo de la manera más dura que estar lejos del Señor es el lugar más peligroso del mundo.
Pero, a través de ese mensaje, comprendimos que la disciplina del Señor tenía un propósito redentor. En medio de esa gran aflicción, ellos habrían de reconocer que solo Jehová era su escudo y la roca de su salvación. Solo entonces se volverían a Él para clamar por Su socorro. Vimos que el Señor permite que suframos las consecuencias de nuestros pecados —e incluso las consecuencias del pecado de otros— para disciplinarnos y hacernos crecer como hijos suyos. A través de estos procesos, podemos conocer a Jehová de formas nuevas y maravillosas que serían imposibles sin pasar por el valle del dolor. Por tanto, en medio de nuestra aflicción, clamemos a Jehová pidiéndole que Su Espíritu nos consuele, nos fortalezca y nos ayude a crecer como hijos de Dios que manifiestan el carácter de Cristo y el fruto del Espíritu en sus vidas. Amén.
En el pasaje bíblico de hoy, veremos precisamente cómo los hijos de Israel claman a Jehová en medio de su crisis, y cómo Él, movido a misericordia, se compadece de ellos y les levanta jueces para librarlos de sus opresores. Sin embargo, descubriremos con tristeza que el pueblo responde a ese amor misericordioso con una rebeldía aún mayor. Esto nos demuestra que el hombre natural es incapaz de responder con amor y obediencia a Dios por sus propias fuerzas, aun cuando el Señor despliega ante él Su gracia y compasión.
Yo oro para que, a través de este mensaje, reflexionemos profundamente: ¿Cómo estamos respondiendo nosotros al amor de Dios? Él no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros para salvarnos de nuestros pecados (Rom. 8:32). Que no sigamos el ejemplo de los hijos de Israel, sino que, con un corazón lleno de gratitud por este gran amor, nos rindamos al Espíritu Santo para obedecer Su Palabra cada día. Que vivamos en santidad para nuestro Señor y testifiquemos Su nombre adondequiera que vayamos, especialmente en nuestro campo de misión — la Universidad de Panamá—. Y que así el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
I.- Jehová levantó jueces que los librasen (2:16-18)
Leamos juntos el v.2:16. El Dios del Antiguo Testamento no es diferente del Dios del Nuevo Testamento, como algunos alegan; Su esencia es la misma ayer, hoy y por los siglos. Aunque el furor del Señor se encendió contra Israel por su rebeldía, Él no los abandonó. Levantó jueces que los librasen de mano de los que los despojaban. Fíjense cómo el texto dice: “Jehová levantó jueces”. Esto nos revela que la liberación no fue una iniciativa humana, sino un acto soberano de la gracia de Dios. Él podía dejarlos todavía bajo Su disciplina amorosa para que aprendiesen la lección, pero en Su gracia soberana decidía levantar jueces que les trajesen alivio.
Cuando en medio de su sufrimiento el pueblo se acordaba de Jehová y clamaba, Él era movido a misericordia y les levantaba un juez. Como aprendimos en el primer mensaje de esta serie, estos jueces —en hebreo shofetim — no deben entenderse en el sentido legal moderno de alguien que dicta sentencia en un tribunal. Eran líderes carismáticos y guerreros ungidos por el Espíritu Santo que Dios levantaba con un doble propósito: liderarlos en batallas para librarlos de mano de quienes los despojaban y restaurar el orden espiritual y administrativo en la nación o en una parte de ella. Esta intervención divina nos recuerda que, aun cuando somos infieles, Dios permanece fiel a Su pacto, interviniendo en nuestra historia para rescatarnos de aquello que nosotros mismos provocamos.
Leamos ahora juntos el v.2:17, por favor. En este versículo encontramos un doble y doloroso contraste: primero, entre el amor fiel del Señor y la rebeldía del pueblo; y segundo, entre la obediencia de las generaciones anteriores y la pronta apostasía de las nuevas generaciones. A pesar del gran amor misericordioso de Dios que los libraba a través de los jueces, una vez aliviados de su sufrimiento, el pueblo volvía a adorar a otros dioses. ¡Qué increíble! Es como un niño que juega con fuego a pesar de las constantes advertencias de su padre; al quemarse, llora desesperado y su padre corre en su auxilio para curar sus heridas con ternura. Sin embargo, una vez recuperado, vuelve a jugar con el fuego, olvidando por completo el consejo y los cuidados amorosos de su padre. ¡Qué necio! ¿verdad?
Pero, ¿no actuamos nosotros a veces de la misma manera? ¿No vamos a pecar desvergonzadamente después de que el Señor en Su amor nos ha perdonado y llamado? ¿No caemos en la tentación de apartarnos del camino apenas el Señor, en Su infinito amor, nos ha sacado de una dificultad? A menudo venimos a la iglesia con mucha devoción cuando estamos en crisis, clamando por la misericordia del Señor, pero una vez que la tormenta pasa y recibimos Su ayuda, ya no sentimos la misma urgencia por buscarle ni por obedecerle. No seamos como el pueblo de Israel, olvidándonos de la gracia y el amor del Señor. Al contrario, permanezcamos firmes en el camino del Señor, motivados por un agradecimiento profundo por la gran gracia recibida. Amén.
Leamos juntos el v.2:18. Aquí vemos cómo obraba el Señor a través de los jueces. A lo largo de este libro, descubriremos que estos hombres y mujeres no siempre fueron personas destacadas por una fe inquebrantable, una valentía natural o una espiritualidad ejemplar. Al contrario, eran seres humanos limitados, escogidos únicamente por la gracia de Dios. A ellos, Jehová les otorgaba dones, fortaleza y estrategias sobrenaturales para vencer a los enemigos en formas que destacaban la intervención divina por encima de cualquier habilidad humana. Veremos con claridad meridiana que, cuando Jehová levantaba un juez, estaba con él para darle la victoria. Dios lo respaldaba como estuvo con Moisés y con Josué, aunque, lamentablemente, la mayoría de estos jueces no siempre mantuvieron el corazón devoto y la integridad de aquellos grandes líderes. Esto nos enseña que el éxito en la obra de Dios no depende de quién es el hombre que sirve, sino del Dios que está con este hombre.
También se destaca aquí el amor misericordioso de Jehová por Su pueblo. El texto dice que “Jehová era movido a misericordia por sus gemidos”. Noten que no dice que Dios actuó porque ellos hiciesen un compromiso, o presentaran un arrepentimiento perfecto; actuó porque no podía mantenerse indiferente ante el dolor de sus hijos cuando los oprimían y afligían. Dios acudía como un padre amoroso que, al escuchar el llanto de su hijo, no se detiene a juzgar la imprudencia que causó la herida, sino que corre a socorrerlo. Esta es la belleza de la gracia: Dios responde a nuestro clamor incluso cuando somos responsables de nuestra propia aflicción. Su misericordia es más grande que nuestra rebelión. Pero esto, obviamente, no es una licencia para pecar, sino una oportunidad para alabar a Dios y glorificarle con una vida santa y de obediencia, en respuesta a Su gracia inmerecida.
Yo oro para cada uno de nosotros recuerde cada día el amor fiel de Dios que nos ha mantenido con vida hasta ahora, que nos llama para salvación, y que nos llama a servirle, aunque no somos dignos. Que respondamos con gratitud y obediencia. Amén.
II.- Pero el pueblo se corrompía más y Dios los disciplinaba (2:19 – 3:6)
Leamos ahora juntos el v.2:19. Aquí encontramos la lamentable respuesta del pueblo de Israel al amor misericordioso de Dios que los libraba a través de los jueces. Mientras el juez vivía, el pueblo permanecía fiel al Señor; pero al morir el juez, ellos volvían atrás, adorando a otros dioses y persistiendo en su obstinado camino. Israel dependía de una figura externa que les recordara el camino de Jehová. No en vano el Señor compara a Su pueblo con ovejas: necesitan constantemente la guía de un pastor que los mantenga en buenos pastos y manantiales; de lo contrario, se dispersan, se pierden y perecen.
Resulta interesante ver que nosotros no diferimos mucho de este pueblo. También necesitamos de personas que nos guíen, exhorten y alienten a permanecer firmes en el camino del Señor. La iglesia ejerce hoy una función similar a la de aquellos jueces, ayudándonos a permanecer en el Señor a través de la comunión de los santos. Observen que, cuando un creyente deja de congregarse o descuida el estudio bíblico con su pastor, la presión para alejarse del Señor aumenta de inmediato. Por esta razón, amonesta el autor de Hebreos: “no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.” (Heb. 10:25). Les animo hoy a tomar la decisión de permanecer fieles a Dios a pesar de las tentaciones y de las situaciones difíciles, participando fielmente cada semana en su estudio bíblico con su pastor y en el Culto Dominical. Amén.
Por otro lado, noten como este v.2:19 destaca la espiral de decadencia moral y espiritual del pueblo de Israel: “y se corrompían más que sus padres”. Cada generación era peor que la anterior. Podemos pensar en varias razones para esto: Primero, una educación espiritual deficiente; los padres estaban cada vez menos preparados y comprometidos para enseñar el camino del Señor a sus hijos. Segundo, una laxitud moral progresiva; a medida que se perdía el compromiso espiritual, la santidad se volvía opcional, y la moral era cada vez más decadente. Tercero, la asimilación cultural; las costumbres cananeas se arraigaban más profundamente en cada generación, al punto que Israel perdió su identidad distintiva y vivía como ellos.
Tristemente, esta espiral decadente es visible en la iglesia hoy en día. Vemos congregaciones que, en su afán por ser relevantes, se distancian de las Escrituras y se acomodan a la cultura del mundo. Hay reuniones que parecen más espectáculos de entretenimiento que cultos de adoración, donde la Biblia apenas se abre y el mensaje se reduce a discursos motivacionales o historias aleccionadoras, en lugar de una fiel exposición de la Palabra. Observamos con dolor cómo se contradicen las Escrituras en temas de moralidad y sexualidad, o se guarda silencio ante pecados como el aborto o la convivencia de pareja fuera del matrimonio. Iglesias que prefieren parecer clubes sociales donde la gente viene a ‘pasarla bien’, donde nadie es llamado al arrepentimiento ni a la santidad, sino que se les ofrece una falsa prosperidad. Hermanos, no estamos llamados a ser clubes sociales; somos llamados a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”. Una iglesia que se acomoda al mundo deja de ser la voz de Dios para convertirse en un eco de nuestra cultura decadente. Dios nos ayude a mantenernos fieles a Su Palabra.
Por otro lado, este v.12:9 también nos habla de la terquedad de este pueblo, pues dice que “no se apartaban de sus obras, ni de su obstinado camino”. Esto nos revela una verdad dolorosa: su obediencia a los mandamientos del Señor durante la vida del juez era, en muchos casos, un acto externo y vacío. No había una transformación interna real que cambiara radicalmente sus hábitos o su estilo de vida. Ante esto, debemos examinarnos nosotros hoy: ¿Han cambiado radicalmente nuestros hábitos y conducta desde que venimos a la iglesia? ¿O es esta una actividad más que hemos agregado a nuestra rutina semanal, pero que ha impactado poco o nada nuestra vida diaria?
Amados hermanos, constantemente a través de estos mensajes los llamo al arrepentimiento. A cambiar por completo su estilo de vida. A cultivar las disciplinas espirituales que pueden ayudarles a dejar su “obstinado camino”. Reflexionemos con honestidad: ¿Cuándo fue la última vez que tuviste tu estudio bíblico con tu pastor? ¿Cuándo fue la última vez que compartiste testimonio bíblico con arrepentimiento genuino? No estoy hablando de escribir un testimonio por salir del paso para quedar bien, sino de meditar profundamente la Palabra y aplicarla a tu vida. ¿Cuántas veces a la semana estás comiendo Pan Diario? Y no hablo simplemente de leer el pasaje bíblico, sino de reflexionar cómo se aplica ese pasaje a tu vida. ¿Cuándo fue la última vez que oraste más de 10 minutos? Ni siquiera les pregunto por una hora; sino 10 minutos.
Hermanos, si no permitimos que el Espíritu de Dios transforme nuestras mentes, nuestros corazones, nuestros hábitos y nuestras rutinas, pronto nos veremos en la misma situación lamentable de Israel: volveremos a nuestro obstinado camino. De hecho, si no han ocurrido cambios visibles en nuestras vidas, es muy probable que todavía estemos en nuestro obstinado camino, solo que ahora lo hemos matizado con nuestra asistencia a la iglesia. Yo oro para que cada uno de nosotros rinda su vida por completo al Espíritu Santo a través de la práctica fiel de las disciplinas espirituales. Que abandonemos hoy cualquier camino de obstinación para seguir, con fidelidad y gozo, el camino de nuestro Señor. Amén.
Leamos ahora juntos los vv. 2:20-23. Aquí se nos revela una de las razones por las cuales Jehová no arrojó a todas las naciones de Canaán en los tiempos de Josué: para probar con ellas a Israel. Como recordarán, en Jos. 13 aprendimos que Jehová mandó a Josué a repartir la tierra entre las tribus, a pesar de que todavía quedaban cananeos por expulsar. Resultaba interesante que el Señor no haya usado a Josué para acabar con todos ellos, sino que trasladó esa responsabilidad a cada tribu. Pero aquí se nos especifica una de las razones: “para probar con ellas a Israel, si procurarían o no seguir el camino de Jehová” (v.2:22).
Con estas naciones cananeas viviendo en medio de ellos, la obediencia de cada familia y cada tribu sería puesta a prueba diariamente: ¿Elegirían obedecer a Jehová y terminar la conquista? ¿Creerían realmente que Jehová estaba con ellos para darles la victoria? Tristemente, como ya vimos en el cap. 1, la respuesta fue un rotundo ‘no’. Todas las tribus fallaron en su compromiso, demostrando que su fe no era lo suficientemente sólida para resistir la influencia de su entorno y mantenerse fieles al Señor.
De esta manera, Jehová puso en evidencia la infidelidad de Israel y la incapacidad del hombre pecaminoso para mantenerse fiel por sus propias fuerzas. Al dejar a esos enemigos allí, Dios usó a esas naciones para disciplinar a Su pueblo, permitiéndoles experimentar las duras consecuencias de alejarse de Su presencia. Así, Israel aprendió que no era su propia habilidad militar ni su fuerza lo que los mantenía protegidos en sus heredades, sino únicamente el favor del Señor. Cuando Dios retiraba Su bendición a causa del pecado, quedaban vulnerables ante aquellos a quienes debieron haber vencido.
Leamos juntos los vv. 3:1-4. Aquí se nos presentan las naciones extranjeras que persistieron en habitar junto con los hijos de Israel en Canaán: los cinco príncipes de los filisteos ― Ecrón, Gat, Asdod, Ascalón y Gaza―, todos los cananeos de la costa y los valles, los sidonios (fenicios), y los heveos que habitaban en el monte Líbano, desde el monte de Baal-hermón (luego conocido solo como Hermón) hasta llegar a Hamat, en la entrada de Siria, en la frontera norte de Israel. Estas últimas naciones no solo impidieron que las tribus del norte se expandieran, sino que ejercían una presión constante que empujaba a Israel hacia el sur, limitando su heredad; así como las naciones en el centro y el sur impedían la posesión plena de la heredad de las otras tribus.
Nuevamente se repite que uno de los propósitos de Jehová al dejar a estas naciones en la tierra era “para probar con ellos a Israel, para saber si obedecerían a los mandamientos de Jehová, que él había dado a sus padres por mano de Moisés.” (v.3:4). Sin embargo, el v.3:2 nos da otra razón fundamental: “para que el linaje de los hijos de Israel conociese la guerra, para que la enseñasen a los que antes no la habían conocido”. Estas naciones servían para mantener a los hijos de Israel entrenados para la guerra y alertas. El Señor no quería que se volviesen ociosos ni confiados en su propia seguridad, sino que siempre estuviesen listos para pelear las batallas de Jehová, dependiendo de Su poder y no de sus propias fuerzas.
Es impresionante cómo todo esto aplica a nuestras vidas hoy en día. Las tentaciones y pruebas que Dios permite son instrumentos para probar nuestra fe y mantenernos peleando “la buena batalla de la fe”. Las tentaciones y pruebas revelan lo que hay realmente en nuestro interior, así como el fuego prueba la calidad del oro y de la plata. Pero al mismo tiempo, ese fuego que prueba los metales preciosos los purifica, evaporando toda impureza. De la misma manera, las pruebas y tentaciones, nos van purificando, quitando de nuestras vidas todo lo que no le agrada a Dios, para ir creciendo en el carácter de Cristo y dando el fruto del Espíritu. Amén.
Finalmente, los vv. 3:5-6 muestran el fracaso rotundo de los israelitas en su deber de obedecer los mandamientos de Jehová: no solo no expulsaron a estas naciones, sino que se acomodaron a vivir entre ellas, estableciendo alianzas familiares y sirviendo a sus dioses. Este es el triste y previsible resultado de la obediencia parcial, de la indiferencia ante la voluntad de Dios y de ese peligroso deseo de beneficiarse del enemigo que estudiamos en el cap. 1. Los hijos de Israel cometieron el error fatal de menospreciar la santidad de la Palabra del Señor mientras seguían disfrutando de Su favor y protección. Creyendo que podrían disfrutar la bendición del Señor mientras vivían en pecado.
Amados hermanos, no cometamos nosotros el mismo error; no menospreciemos la gracia y el amor con que Dios nos ha llamado y sustentado hasta el día de hoy. Respondamos a esa misericordia con una gratitud que se traduzca en una rendición total al Espíritu Santo, para obedecer Su Palabra y vivir en verdadera santidad. Mantengámonos alertas espiritualmente, practicando nuestras disciplinas espirituales y peleando cada día “la buena batalla de la fe” en toda tentación y prueba. Agradezcamos este amor fiel del Señor comprometiéndonos con Su misión: yendo con denuedo a predicar el evangelio a los estudiantes de la Universidad de Panamá y orando para que el Señor levante muchos discípulos suyos allí, y nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
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P. David Leal (MX)
( 19 de febrero de 2021 )
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