Génesis 15:1-6

15:1 Después de estas cosas vino la palabra de Jehová a Abram en visión, diciendo: No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande.
15:2 Y respondió Abram: Señor Jehová, ¿qué me darás, siendo así que ando sin hijo, y el mayordomo de mi casa es ese damasceno Eliezer?
15:3 Dijo también Abram: Mira que no me has dado prole, y he aquí que será mi heredero un esclavo nacido en mi casa.
15:4 Luego vino a él palabra de Jehová, diciendo: No te heredará éste, sino un hijo tuyo será el que te heredará.
15:5 Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia.
15:6 Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.

MIRA LOS CIELOS Y CUENTA LAS ESTRELLAS


Buenos días. Doy gracias a Dios que permitió que mi familia pudiese participar en el Congreso de la Misión Mundial, la Conferencia de Misioneros y Pastores y el Campamento de la Misión K. En el Congreso nos reunimos unos cuatro mil miembros de UBF; la mayoría de Corea, pero estuvimos alrededor de 700 de todas partes del mundo. Tuve la oportunidad de saludar personalmente a muchos misioneros y pastores después de años sin verlos, y también de conocer a nuevos hermanos de todos los continentes. 

Entre los viejos conocidos, pudimos conversar con el P. Samuel H. Lee y su esposa, a quienes conocimos hace 17 años, cuando el P. Samuel predicó este mismo mensaje en Caracas. Aunque ha pasado tanto tiempo, y a pesar de que él predicó en coreano con la traducción del M. Juan Seo, aún puedo recordar lo impactante que fue este mensaje para mí. Es un mensaje de gran visión que se renovó en mi corazón después de este maravilloso viaje a Corea, y por eso quise compartirlo con ustedes hoy. 

Aquí en Gén.15, Jehová reafirma Su promesa a Abram. Él había salido de Ur de los caldeos hacía unos 10 años con la promesa de que el Señor le daría un hijo, pero ese hijo no llegaba todavía. Habían pasado muchas cosas desde entonces: Su padre había muerto, su sobrino se separó de él, vagaba como forastero en una tierra desconocida y venía de participar en una guerra para liberar a su sobrino; pero el prometido y tan ansiado hijo aún no aparecía. Sin embargo, Dios le reafirma en este pasaje que tendrá descendencia. Y no será solo un hijo, sino una descendencia incontable, como las estrellas del cielo.

¿Saben cuántas estrellas son visibles en el cielo nocturno? Lamentablemente, en la ciudad de Panamá no podemos apreciar muchas estrellas. Pero si vamos de noche a una zona más rural y levantamos nuestros ojos al firmamento, podremos ver un número impresionante de estrellas. Así era el cielo que Abram veía, y esa era la magnitud de la descendencia que Jehová le estaba prometiendo. En ese momento parecía imposible. Abram tendría unos ochenta y cinco años y no tenía ni siquiera un hijo, pero Dios le estaba prometiendo una descendencia de millones. Y Abram “creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.” (v.6). Aunque era humanamente imposible, Abram le creyó a Jehová. Esto fue lo que lo llevó a convertirse en el padre de la fe. 

Yo oro para que, a través de este mensaje, nosotros también podamos creer a las promesas de Dios para nuestras vidas, sin importar cuán imposibles parezcan, y que actuemos en función de ellas. Que con fe vayamos a la Universidad de Panamá a invitar a los jóvenes a estudiar la Biblia, creyendo que el Señor levantará una multitud incontable de discípulos allí, como las estrellas del cielo. Y que así, el Señor nos usará para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

I.- Yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande (1)

Leamos juntos el v.1 por favor. “Después de estas cosas” se refiere a la guerra que Abram tuvo que pelear para liberar a su sobrino Lot en el cap. 14. Después de que Abram obtuvo esta gran victoria frente a Quedorlaomer y sus aliados, Jehová mismo se le manifestó en visión. En aquella época Dios se manifestaba a través de sueños, visiones y otras manifestaciones sobrenaturales para hacer llegar Su mensaje. Hoy en día tenemos todo el necesario consejo de Dios en la Biblia, y a través de ella el Señor nos habla para darnos dirección y grandiosas promesas como la que encontramos en este pasaje bíblico. Mantengamos el hábito de leer la Biblia a diario y en oración para que podamos escuchar la voz de Dios guiándonos en cada paso de nuestras vidas. Amén.

¿Qué le dijo el Señor a Abram? Leamos nuevamente el v.1b, por favor. “No temas, Abram”. Estas palabras de Jehová nos muestran lo que había en el corazón del patriarca: estaba lleno de temor. Aunque venía de obtener una gran victoria, no podía dormir aquella noche debido a un miedo profundo que inundaba su corazón. ¿A qué le temería Abram? Podemos pensar en al menos dos motivos. 

Primero, Abram temía la venganza de Quedorlaomer y sus aliados. Él había derrotado a una poderosa coalición de naciones de Mesopotamia, así que era lógico temer que se reorganizaran para buscar revancha. Cuando rescató a su sobrino Lot, estaba lleno de fe; pero, con el pasar de los días, es muy probable que esa fe se debilitara al calcular las consecuencias. Tal vez pensaba: ‘¿Cómo podré vencer otra vez a un ejército tan poderoso? Me van a atacar y me van a destruir. Se llevarán a mi esposa, a mis criados, mis bienes y me van a matar.’ Quizás por eso no podía conciliar el sueño y temblaba de miedo en medio de la noche. Este parece un Abram totalmente diferente al que atacó a una alianza militar con solo 318 criados, o al que rechazó con firmeza las riquezas del rey de Sodoma. Por esta razón, Jehová se le apareció en medio de la noche en esta visión.

Segundo, Abram tenía miedo de morir sin descendencia. Dios le había prometido un hijo y la tierra de Canaán, pero él seguía viviendo como forastero en una tierra que ya tenía dueño. Humanamente, parecía difícil que llegase a poseerla, pero parecía más difícil todavía tener un hijo, porque los años seguían pasando y Sarai seguía siendo estéril. El tiempo corría en su contra. Por eso, el corazón de Abram estaba atrapado entre el temor y la duda.

A través de esta situación podemos ver que incluso los hombres de fe más grandes pueden llenarse de dudas y temor, y enfrentar crisis espirituales. Justo después de una gran victoria, nuestra fe puede debilitarse. Así que no nos desanimemos si sentimos que perdemos la fe o si las dudas asaltan nuestra mente; esto le ocurre aun a los grandes hombres de fe. Pero cuando nos pase, debemos buscar con más diligencia la Palabra de Dios y aferrarnos a ella para superar la crisis y mantenernos firmes en la voluntad de Dios. Amén.

Como Abram no tenía una Biblia, Jehová mismo se le apareció en visión y le dijo: “No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande.” El Señor usa aquí dos grandes conceptos para confortar el atribulado corazón de Abram. Primero, yo soy tu escudo. ¿Para qué se usa el escudo en la batalla? Para protección. Abram no debía temer a ningún ejército humano porque Jehová mismo era su escudo. Él lo estaba protegiendo siempre de todos los reyes de Canaán y ya había entregado a Quedorlaomer y sus aliados, enemigos temibles, en sus manos. ¡El Señor mismo era su escudo! 

Esta promesa no es sólo para Abram, sino también para nosotros hoy. Muchas veces tememos a los que nos puedan hacer las personas: Que nos critiquen por seguir el camino de la fe, o que nos ataquen y marginen por nuestras creencias. Pero si Dios es nuestro escudo, ¿quién puede vencernos? “…Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom. 8:31b). Si Jehová, el Dios Todopoderoso y Soberano, es nuestro escudo, ¿a quién temeremos? Con esta fe, podemos aceptar con valentía el desafío de llevar una vida de misión y seguir el camino de Dios con total confianza. Amén.

Segundo, tu galardón será sobremanera grande. Dios le promete también a Abram una gran recompensa. Aunque él había sacrificado mucho por el Señor al dejar su tierra y su parentela, Jehová lo recompensaría grandemente. Abram no debía dudar de que Dios le daría la tierra a su descendencia; ese sería su galardón.  Heb. 11:6 nos recuerda: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.”

 A veces enfrentamos muchas dificultades por vivir por la fe: amigos que se burlan porque ya no compartimos sus mismos pecados, familiares que nos cuestionan porque no entienden esta entrega, o beneficios materiales que dejamos ir por llevar la vida de misión. Muchas veces negamos nuestros propios deseos e incluso dejamos nuestra tierra natal con gran sacrificio para servir a otros. Pero, ¿qué nos dice hoy la Palabra? “Tu galardón será sobremanera grande.” Si vivimos por la fe, recibiremos la recompensa divina por cada esfuerzo, cada sacrificio, cada lágrima y cada humillación padecida por servir al Señor. Con esta esperanza y confianza, podremos entregarnos completamente para seguir a Dios. Amén.

II.- Cuenta las estrellas; así será tu descendencia (2-6)

Leamos juntos los vv. 2-3, por favor. Abram, en lugar de responder con un sonoro: ‘¡Amén!’ a la promesa de Dios, se quejó por no haber tenido un hijo todavía. Un hijo era el mayor deseo de su corazón y el centro de la promesa divina. El patriarca reconocía que Dios lo había bendecido con muchas riquezas materiales, de modo que tenía una gran herencia para dejar; el problema era que no tenía un hijo a quien dejárselo, sino solo a su mayordomo, Eliezer de Damasco. 

Sin embargo, Dios no regañó a Abram por su queja; Él entendió perfectamente su frustración. Abram ya llevaba 10 años en su vida de fe desde que había salido de Ur de los caldeos, confiando en en la promesa de Dios de que haría de él una nación grande (Gén. 12:2). Pero si no tenía ni siquiera un hijo, ¿cómo podría formarse esa gran nación? Habían pasado 10 años aparentemente sin frutos. ¡Diez años! Ese no es un tiempo corto. Nosotros solemos querer las bendiciones de Dios de inmediato. Quizás aceptaríamos esperar un día, una semana, un mes o incluso un año; pero si tuviéramos que esperar 10 años para ver el fruto de nuestro trabajo, probablemente lloraríamos de decepción. 

Nuestra familia cumplió este mes 15 años de haber llegado a Panamá. Pero cuando la gente ve nuestra iglesia, a veces piensa que llevamos menos tiempo. Todavía somos una comunidad pequeña. Sin embargo, puedo decir con total confianza que el Señor nos ha bendecido abundantemente en estos 15 años. Aunque prácticamente tuvimos que empezar de nuevo hace precisamente 10 años, ustedes son la gran bendición de Dios para nosotros. Además, Dios nos ha bendecido mucho: con buenos empleos, un lugar para vivir, la residencia permanente en Panamá—y pronto la nacionalidad—, nos bendijo con una hija panameña, y nos ha permitido tener este humilde pero precioso Centro Bíblico, bastante bien acondicionado para servir el Culto Dominical. 

Muchos misioneros alrededor del mundo desearían tener lo que hoy disfrutamos. Muchos de ellos sirven solos el Culto Dominical en las salas de sus pequeños apartamentos o en lugares mal acondicionados; están luchando para obtener su visa; no tienen empleos estables para sostener a sus familias; están lidiando con problemas económicos y de salud. Al pensar en cuán bendecidos somos, nosotros no deberíamos tener ninguna queja. Pero, honestamente, a veces me quejo como Abram pensando que no tenemos estudiantes universitarios entre nosotros; al ver que todavía a varios hermanos les falta fe y fidelidad; al ver que no estamos yendo al campo de misión que Dios nos encomendó. Me duele pensar que todavía no hay una generación de líderes verdaderamente comprometidos que pueda relevar con fuerza la obra de Dios en Panamá.

Sin embargo, sabemos que todavía pasarán otros 15 años antes de que Abram empiece a ver cumplida la promesa. ¡Él tuvo que esperar 25 años para tener en sus brazos al hijo prometido! ¡Veinticinco años! ¿Cómo nos sentiríamos si debiéramos esperar un cuarto de siglo por una respuesta de Dios? De hecho, si sumamos el tiempo en que los misioneros Baek estuvieron sembrando aquí en Panamá, el ministerio en este país ya tiene más de 25 años, y todavía estamos esperando ver levantarse a ese pastor local, fiel y constante, que sirva con amor a las ovejas de la Universidad de Panamá. No obstante, yo creo con todo mi corazón que Dios puede levantar entre ustedes a los pastores del rebaño del Señor en la Universidad de Panamá. Si somos fieles para ir a pescar al campus universitario, a Su debido tiempo, Dios levantará discípulos de Jesús entre los estudiantes. Ellos serán la semilla para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén. 

Leamos juntos el v.4, por favor. Dios le dio la certeza a Abram de que su heredero no sería un siervo nacido en su casa, sino un hijo propio. El Señor infundió fe una vez más en el corazón del patriarca al expandir Su visión para su vida. La duda nubla nuestra visión, pero cuando recordamos las promesas de Dios podemos sobreponernos a cualquier circunstancia que debilita nuestra fe. Si mantenemos nuestros ojos en nuestra situación, no podremos ver la visión de Dios para nuestras vidas. ¡No pongan su mirada en su condición actual, sino en la promesa que el Señor les ha dado! Si nos quedamos mirando nuestra pequeña iglesia y nuestras vidas ocupadas, quejándonos por ello, jamás veremos el alcance de la visión de Dios para nuestro ministerio. Quitemos hoy la mirada de nuestra situación y pongámosla en las promesas de Dios. Amén 

¿En cuál promesa debemos poner nuestra mirada? Leamos juntos el v.5. Jehová sacó a Abram de su tienda y le ordenó mirar los cielos y contar las estrellas. En el firmamento hay miles de millones de estrellas y constelaciones, humanamente imposibles de contar. Al detenernos a contemplar la inmensidad del cielo nocturno, nuestro corazón se expande porque recordamos al Dios Todopoderoso que creó este vasto universo. ¡Cuán grande y poderoso es el Creador del cosmos! ¿Acaso será imposible para el Dios Todopoderoso que creó todas esas estrellas cumplir Su promesa con nosotros? ¡De ninguna manera! 

En ese momento, Abram debió sentirse avergonzado por haber dudado. Al obedecer la Palabra del Señor y levantar Su mirada al cielo, pudo poner sus ojos en Dios en lugar de su condición. Entonces, Jehová le dijo: “Así será tu descendencia.” En ese momento la Palabra de Dios entró profundamente en su corazón. Abram pensaría: ‘Así será mi descendencia.’ 

Hermanos, levantemos nuestros ojos al cielo. Intentemos contar las estrellas. ¡Así será nuestra descendencia espiritual! ¿Creen ustedes en esta promesa de Dios? Cuando UBF comenzó hace 65 años con el Dr. Samuel Lee y la Madre Sarah Barry en la ciudad de Kwangju, en Corea del Sur, nadie se imaginaba que ese pequeño grupo de estudiantes se convertiría en un movimiento global que enviaría dos mil misioneros a 94 países en todo el mundo. ¿Quién le hubiera dicho al Dr. Samuel Lee que su legado llegaría hasta Venezuela, y que de allí el Señor levantaría misioneros venezolanos para venir a Panamá? ¿Quién le hubiera dicho que en Panamá se levantarían Darío, Karen y Yael como discípulos para servir a los jóvenes universitarios panameños? 

Ellos no miraron su pequeñez; ellos sirvieron con fe y sacrificio, entregando sus “cinco panes y dos peces” en las manos del Señor y creyendo en Su palabra. Por eso el ministerio creció y se multiplicó. Sería exagerado decir que somos como las estrellas del cielo en multitud, pero si Dios nos ha sostenido y hecho crecer hasta el día de hoy, podemos creer firmemente que Él nos multiplicará aún más, levantando 100,000 maestros de la Biblia y misioneros para el año 2041. Amén.

Leamos ahora el v.6, por favor. A pesar de lo humanamente imposible que parecía el cumplimiento de esa promesa de Dios, la Palabra del Señor llenó el corazón de Abram, y él “creyó a Jehová”. Al quitar sus ojos de su realidad terrenal y levantar la mirada al cielo para contemplar la promesa de Dios, su corazón fue transformado. Noten que la situación de Abram no cambió nada esa noche: Él seguía siendo un anciano, su esposa seguía siendo estéril tendrá que esperar otros 15 años más para ver el milagro. Pero Dios cambió Su corazón. Dios transformó su duda en convicción, y Abram fue justificado por Jehová gracias a su fe en la promesa. 

De la misma manera, Dios nos llama hoy a tener fe en Él a pesar de nuestras circunstancias actuales. Cuando creemos, somos justificados y nos alineamos con Su bendición. Oro para que, como iglesia, quitemos hoy la mirada de nuestras limitaciones y levantemos nuestros ojos para mirar la gran visión de Dios para nuestro ministerio, y creamos firmemente en Su promesa: ¡Él nos usará para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria! Amén.

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