Jueces 2:1-15
2:1 El ángel de Jehová subió de Gilgal a Boquim, y dijo: Yo os saqué de Egipto, y os introduje en la tierra de la cual había jurado a vuestros padres, diciendo: No invalidaré jamás mi pacto con vosotros,2:2 con tal que vosotros no hagáis pacto con los moradores de esta tierra, cuyos altares habéis de derribar; mas vosotros no habéis atendido a mi voz. ¿Por qué habéis hecho esto?
2:3 Por tanto, yo también digo: No los echaré de delante de vosotros, sino que serán azotes para vuestros costados, y sus dioses os serán tropezadero.
2:4 Cuando el ángel de Jehová habló estas palabras a todos los hijos de Israel, el pueblo alzó su voz y lloró.
2:5 Y llamaron el nombre de aquel lugar Boquim, y ofrecieron allí sacrificios a Jehová.
2:6 Porque ya Josué había despedido al pueblo, y los hijos de Israel se habían ido cada uno a su heredad para poseerla.
2:7 Y el pueblo había servido a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué, los cuales habían visto todas las grandes obras de Jehová, que él había hecho por Israel.
2:8 Pero murió Josué hijo de Nun, siervo de Jehová, siendo de ciento diez años.
2:9 Y lo sepultaron en su heredad en Timnat-sera, en el monte de Efraín, al norte del monte de Gaas.
2:10 Y toda aquella generación también fue reunida a sus padres. Y se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel.
2:11 Después los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales.
2:12 Dejaron a Jehová el Dios de sus padres, que los había sacado de la tierra de Egipto, y se fueron tras otros dioses, los dioses de los pueblos que estaban en sus alrededores, a los cuales adoraron; y provocaron a ira a Jehová.
2:13 Y dejaron a Jehová, y adoraron a Baal y a Astarot.
2:14 Y se encendió contra Israel el furor de Jehová, el cual los entregó en manos de robadores que los despojaron, y los vendió en mano de sus enemigos de alrededor; y no pudieron ya hacer frente a sus enemigos.
2:15 Por dondequiera que salían, la mano de Jehová estaba contra ellos para mal, como Jehová había dicho, y como Jehová se lo había jurado; y tuvieron gran aflicción.
ISRAEL DEJA A JEHOVÁ Y RECIBE SU DISCIPLINA
Buenos días. Quisiera comenzar este mensaje contándoles una historia. Un joven se encuentra en una celda, arrestado por posesión de drogas. Un hombre mayor viene a visitarlo; camina lento, claramente consternado. Al llegar frente a él, lo mira a los ojos y, con profunda tristeza, le dice: ‘No atendiste a mis consejos. ¿Por qué hiciste eso?’ Aquel hombre era su abuelo.
El joven había crecido en una familia “cristiana”. Sus padres asistían a la iglesia, pero solo cuando la agenda lo permitía. Algunos domingos el papá iba a jugar golf con sus socios y clientes; solo cuando no tenía compromisos “importantes”, asistía con ellos. Durante la semana, su casa era sede de cenas de negocios donde se hablaba de todo, menos de Dios. Aunque decían creer, no había enseñanza bíblica en el hogar ni un espacio para la adoración en familia. Estaban simplemente muy ocupados tratando de prosperar, complaciendo a sus socios y buscando el éxito material.
El muchacho, naturalmente, se relacionaba con los hijos de esos socios y con los compañeros de su prestigiosa escuela privada. Niños con valores muy diferentes. Sus padres no conocían a Dios. Crecían jugando videojuegos y consumiendo contenido para adultos en internet. Al principio, el muchacho se sentía incómodo, pues su abuelo lo visitaba con frecuencia y lo aconsejaba con amor. ¡Oh, qué maravillosas eran esas visitas! ¡Al muchacho le encantaba hablar y jugar con él! De hecho, el abuelo lo llevaba cada domingo a la iglesia, aunque sus padres no fuesen. Allí, en la Escuela Dominical, el niño escuchó las historias bíblicas: Adán y Eva, Abraham, Samuel, David y Goliat, Jonás, y las historias de la vida de Jesús. Él sabía que lo que sus amigos hacían no estaba bien.
Sin embargo, el deseo de ser aceptado fue más fuerte que lo que había aprendido. Comenzó a participar de las mismas cosas, hasta que el pecado echó raíces y se convirtió en adicción. Al llegar a la adolescencia, le dijo a su abuelo que no iría más a la iglesia. Él, con el corazón roto, aceptó su decisión; pero seguía visitándolo y aconsejándolo, aunque ya sus visitas no eran tan bien recibidas. Eventualmente, era difícil encontrar al muchacho en casa. Y al abuelo no le quedaba más que orar por el alma de su amado nieto, así como de su hijo y su nuera.
Todo culminó una noche de desorden. Una patrulla detuvo el auto donde iba con sus amigos y, al registrarlo, la policía encontró droga. Hoy, ese joven enfrenta una sentencia de hasta varios en años en prisión. Pero, lo que más le duele es el rostro acongojado de su abuelo, diciéndole: ‘No atendiste a mis consejos. ¿Por qué hiciste eso?’
Amados hermanos, el pasaje bíblico de hoy, nos presenta una historia casi idéntica. El Ángel de Jehová visita a los hijos de Israel en Boquim para confrontarlos y dictar sentencia. Israel no obedeció a la voz de Dios e invalidó Su pacto. Al igual que el joven de la historia, esta nueva generación no conocía personalmente a Jehová y le abandonaron por los ídolos: Baal y Astarot. Como consecuencia, el Señor los disciplinaría entregándolos en manos de los mismos pueblos que ellos no expulsaron en su desobediencia. Estamos ante una de las épocas más tristes y dolorosas de la Biblia.
Yo oro para que cada uno de nosotros sea confrontado por esta Palabra. Que nos arrepintamos de nuestra obediencia parcial, del arrepentimiento superficial y de nuestra asimilación a nuestra cultura actual. Que tomemos la decisión de ser realmente el pueblo santo que el Señor quiere. Que vivamos en obediencia a la Palabra de Dios y la enseñemos con urgencia a la siguiente generación. Y que, al vivir así, el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
I.- El Ángel de Jehová confronta a Israel en Boquim (1-5)
Leamos juntos el v.1a. Aquí ya se nos revela, de forma metafórica, todo lo que sucede en este primer párrafo de nuestro pasaje bíblico. El autor comienza diciéndonos que el Ángel de Jehová subió de Gilgal a Boquim. ¿Cuándo vimos al Ángel de Jehová en Gilgal? En Jos. 5:13-15. Aunque allí se le llama “Príncipe del ejército de Jehová”, este pasaje de Jueces nos confirma su identidad. El Ángel de Jehová se apareció a Josué después de que el pueblo renovó el pacto en Gilgal y le dio la estrategia para conquistar Jericó. Al estudiar esos pasajes bíblicos, aprendimos que este Ángel de Jehová es una Cristofanía: una aparición preencarnada del Verbo, la Segunda Persona de la Trinidad.
Gilgal fue el primer campamento de Israel al cruzar el Jordán y su Cuartel General durante la conquista. Allí el pueblo recordaba su identidad como pueblo de Jehová y la presencia del Ángel que les aseguraba la victoria. Pero ahora, el Ángel de Jehová subió a un lugar que será conocido como Boquim (que significa ‘los que lloran’). Este traslado es un símbolo devastador: la presencia divina ya no se mueve para darles la victoria en batalla, sino para confrontarlos en su pecado. El lugar de la estrategia militar se convierte ahora en un tribunal de llanto.
Leamos ahora juntos los vv. 1b-2, por favor. El Ángel de Jehová les recuerda el pacto que había establecido con ellos: Él los rescató de la esclavitud en Egipto y los introdujo en la tierra que juró a sus padres, para que la habitasen como una nación libre. Pero el pacto tenía condiciones claras: ellos debían obedecer la voz de Dios, no hacer alianzas con los moradores de la tierra y derribar todos sus altares. Sin embargo, Israel no atendió a la voz de Jehová. Desobedecieron flagrantemente: mantuvieron a los cananeos en la tierra, pactaron con ellos y terminaron adorando a sus dioses.
Ante esta traición, el Ángel de Jehová les pregunta con gran pesar: “¿Por qué habéis hecho esto?” ¿En qué les había fallado Dios? ¿Acaso les faltó algo? ¿No los bendijo con una herencia abundante? ¿No les dio el fruto del campo? ¿No multiplicó sus hijos y sus ganados? ¿No los protegió de sus enemigos? ¡Dios no falló en nada! Fue el necio y desagradecido corazón del pueblo el que se apartó.
Leamos juntos el v.3. Como ellos invalidaron el pacto, el Ángel les anuncia que ahora sufrirían las consecuencias exactas que ya se les habían advertido. Es un eco directo de las palabras de Josué: “Porque si os apartareis, y os uniereis a lo que resta de estas naciones que han quedado con vosotros, y si concertareis con ellas matrimonios, mezclándoos con ellas, y ellas con vosotros, sabed que Jehová vuestro Dios no arrojará más a estas naciones delante de vosotros, sino que os serán por lazo, por tropiezo, por azote para vuestros costados y por espinas para vuestros ojos, hasta que perezcáis de esta buena tierra que Jehová vuestro Dios os ha dado.” (Jos. 23:12-13). Incluso mucho antes, ya lo había sentenciado Moisés: “Y si no echareis a los moradores del país de delante de vosotros, sucederá que los que dejareis de ellos serán por aguijones en vuestros ojos y por espinas en vuestros costados, y os afligirán sobre la tierra en que vosotros habitareis.” (Núm. 33:55).
Hay un refrán popular que dice: “En guerra avisada no muere soldado”. Israel no podía alegar ignorancia; estuvieron bien advertidos. Dios simplemente los dejaría a merced de las naciones que ellos, en su desobediencia, se negaron a expulsar. Esas mismas naciones se convertirían en el instrumento de su aflicción, recordándoles de la manera más dolorosa cuán grande era la protección divina que antes disfrutaban y que ahora habían despreciado.
Leamos ahora juntos los vv. 4-5. Al escuchar la confrontación y la sentencia, el pueblo alzó su voz y lloró. Fue tal el clamor que llamaron a aquel lugar Boquim, que como les referí antes, significa “los que lloran”. Acto seguido, ofrecieron allí sacrificios a Jehová.
Al leer esto, podríamos pensar que se estaban arrepintiendo; que iban a derribar los ídolos y expulsar a los cananeos de sus tierras. Sin embargo, el resto de la historia nos revela una realidad muy distinta. Lo que vemos aquí es simplemente la tristeza que brota del remordimiento, pero no un arrepentimiento genuino. Es lo que en la teología reformada conocemos como atrición: un dolor superficial movido por el miedo al castigo y a las consecuencias, pero no por amor a Dios.
Amados hermanos, cuando nuestro pecado es confrontado por la Palabra de Dios, la única respuesta aceptable es un arrepentimiento genuino. Sí, es válido sentir dolor y llorar, pero no con una atrición egoísta, sino con una contrición: esa tristeza profunda y piadosa por haber ofendido a nuestro Padre Celestial. El verdadero arrepentimiento sigue un camino claro: 1. Contrición: Dolor genuino por la ofensa a Dios. 2. Confesión: Reconocer el pecado sinceramente ante Dios y los hombres como una expresión del deseo genuino de abandonarlo. 3. Decisión: Tomar la determinación firme, por fe, de abandonar el pecado. 4. Acción: Ejecutar esa decisión con pasos concretos de cambio. 5. Resarcimiento: Reparar el daño hecho, pidiendo perdón o restituyendo lo afectado.
Habrán notado que los primeros tres pasos los ponemos en práctica en la escritura de nuestros testimonios bíblicos. Los últimos dos son las acciones que validan nuestro arrepentimiento en nuestro testimonio bíblico. ¿Pueden ver su importancia? ¿Te arrepientes así? ¿O sigues sintiendo dolor por un pecado que comentes una, y otra, y otra vez? Si es así, necesitas arrepentirte de tu arrepentimiento. Sentir verdadera contrición, confesar sinceramente, tomar una decisión firme en Cristo para dejar ese pecado y ejecutarla con prontitud. Necesitas pasar de la emoción de Boquim a la transformación de Cristo. Solo así experimentaremos profundamente la gracia de Dios en nuestras vidas y viviremos en santidad para Su gloria. Amén.
II.- Una generación que no conocía a Jehová (6-10)
Leamos juntos los vv. 6-10a, por favor. El autor realiza aquí una recapitulación de lo que aprendimos al final del libro de Josué para contextualizarnos en el tiempo exacto de nuestro pasaje bíblico. Esta confrontación en Boquim ocurrió después de la muerte de Josué y de toda la generación de ancianos que lideró con él. Pues, mientras todos ellos estuvieron con vida, Israel sirvió a Jehová. Tras su discurso de despedida, Josué despachó al pueblo para que cada tribu tomara posesión de su herencia; allí se asentaron, construyeron hogares y criaron a sus hijos en la tierra de Canaán. Durante ese periodo de transición, ocurrieron los eventos que aprendimos en el cap. 1. Así, esta narración anticipa un giro trágico en la historia espiritual de la nación.
Leamos juntos el v.10b, por favor. Se levantó una generación que no conocía a Jehová ¡Qué declaración tan desgarradora! ¿Cómo es posible que en el pueblo de Israel llegara a existir una generación que no conociera a su Dios ni las maravillas que Él había hecho por ellos? Sin duda, esto será una generalización teológica. Seguramente líderes como el Sumo Sacerdote Finees, hijo de Eleazar, conocían al Señor. Lo que sucedió aquí fue algo muy similar a la historia que les conté al principio: los hijos de Israel se enfocaron tanto en la cotidianidad, en sus negocios y en sus nuevas relaciones con los cananeos, que descuidaron por completo su devoción. Como el padre de nuestra historia, que asistía a la iglesia solo si su agenda se lo permitía, ellos empezaron a adorar a Jehová solo cuando su rutina se los facilitaba.
Es probable que todavía guardaran las grandes fiestas. Quizás durante la Pascua aún relataban la salida de Egipto como un cuento antiguo, pero dejaron de educar con diligencia a sus hijos como Jehová lo ordenó en Deu. 6:6-9: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.” El mandato era claro: las palabras de Dios debían estar en el corazón, repetirse al andar por el camino, al acostarse y al levantarse. Israel falló en la transmisión de la fe. Tal vez las leyes seguían escritas en los postes y en las puertas de sus casas, pero ya no estaban grabadas en el corazón de sus familias. Dios se convirtió en una tradición lejana, en lugar de ser una presencia viva.
Muchos piensan que por asistir con cierta frecuencia a la iglesia ya son cristianos. Creen que el hecho de estar bautizados o conocer algunas historias de la Biblia es credencial suficiente. Algunos incluso asumen que por venir cada domingo y ser fieles en sus diezmos y ofrendas, su estatus espiritual está asegurado. Pero la realidad es otra: lo que nos hace verdaderamente cristianos es tener una relación personal con Jesús que se manifiesta en una obediencia continua a Su Palabra. Bautizarse, congregarse, y ser fieles con nuestros diezmos y ofrendas, son frutos hermosos de obediencia, pero deben brotar de una vida diaria que manifieste el carácter de Cristo en todo lo que hacemos.
De la misma manera, traer a nuestros hijos a la iglesia los domingos no es una garantía automática de que ellos conocerán a Dios. Es un paso importante, pero no podemos detenernos allí. La responsabilidad primaria de enseñar la Palabra recae en el hogar, donde ellos deben ver el evangelio tanto en nuestras palabras como en nuestras acciones. Nuestros hijos necesitan conocer a Dios de forma personal. Mientras crecen, ellos caminan bajo la sombra del ‘Dios de sus padres’, pero el objetivo es que, al ser confrontados por la Palabra, se reconozcan como pecadores y acepten a Jesús como su Señor y Salvador. Solo entonces dejarán de conocer a un Dios heredado para conocer a su propio Dios personal.
Como padres, tenemos la sagrada responsabilidad de modelar la fe en nuestros hogares. Debemos enseñarles la Palabra cuando estamos en casa, cuando vamos de camino, al acostarnos y al levantarnos. Hermanos, hagámonos estas preguntas con sinceridad: ¿Cuánta Palabra de Dios estamos sembrando en nuestros hijos? ¿Cuánto tiempo pasamos con ellos en oración? ¿Adoramos a Dios con ellos solo los domingos aquí en la iglesia? ¡Dios no lo permita! Así es exactamente como se levanta una generación que no conoce a Jehová. Tenemos que ser intencionales en el discipulado de nuestros hijos. Necesitamos pasar tiempo con Dios junto a ellos.
En mi familia, intentamos cultivar esta devoción a través de un culto familiar los sábados por la mañana. Cantamos juntos, estudiamos un Salmo, conversamos y compartimos nuestras preocupaciones para orar los unos por los otros. Incluso, a veces jugamos juntos. También, he decidido aprovechar el camino a la escuela para escuchar el pasaje bíblico del Pan Diario y comentarlos juntos. Esa es la forma en la que intentamos guiar a nuestras hijas para que conozcan a Dios, además del servicio que ellas ven y escuchan que estamos haciendo para el Señor cada día.
Yo oro para que cada uno de ustedes puedan implementar algo similar en sus hogares. Que podamos levantar una generación que conozca a Jehová y que predique el evangelio cuando entren en la universidad. Y que esto no se limite a nuestros hijos, sino también con la siguiente generación de hermanos aquí en la iglesia. Que seamos ejemplos en palabra, fe, conducta, amor y servicio, para que ellos se levanten como discípulos de Jesús y sirvan en la obra universitaria junto con nosotros. ¡Amén!
III.- Dejaron a Jehová y tuvieron gran aflicción (11-15)
Leamos juntos los vv. 11-13. Llegamos a los versículos más desgarradores del pasaje bíblico. Los hijos de Israel dejaron a Jehová y sirvieron a los dioses de los cananeos. Se mencionan específicamente dos de ellos: Baal y Astarot. Baal era el dios de la fertilidad y la lluvia; los cananeos le servían buscando asegurar sus cosechas. Astarot era la diosa de la sexualidad y la guerra; a ella acudían por la fertilidad de las mujeres y la victoria militar. En apariencia, estos dioses ofrecían los mismos beneficios que Jehová, pero su adoración parecía un “mejor negocio”. Era más sencilla: solo requería sacrificios externos. Estos ídolos no eran celosos; no les importaba si servías a otros dioses a la vez. Además, sus cultos involucraban banquetes y orgías, resultando mucho más placenteros para la carne que la santidad y el sacrificio que Jehová requería.
Lamentablemente, Israel vio que los cananeos disfrutaban de abundancia y victorias, y confundieron la gracia común de Dios —que hace llover sobre justos e impíos— con el favor de esos ídolos. Pensaron que Baal y Astarot respondían, y comenzaron a adorarlos. Lo que empezó como una invitación social a un banquete cananeo, terminó en el abandono total del Señor. Olvidaron al Dios que los sacó de Egipto, que los sustentó en el desierto y que les dio victorias milagrosas contra esos mismos pueblos.
Podríamos juzgar a Israel con ligereza: ¿Cómo pudieron olvidarse así de Jehová y volverse a los ídolos? Pero, tristemente, muchos hoy hacen lo mismo. Quizás aquella generación mantenía una adoración paralela: iban al tabernáculo, pero también al altar de Baal. Sin embargo, para Dios, la adoración compartida es abandono. Muchos piensan hoy que tienen una relación correcta con Dios, pero el Señor fue claro: “Por sus frutos los conoceréis” (Mat. 7:20).
Si la persona no es fiel en guardar el Día del Señor, si descuida su devoción diaria, si no se niega a sí mismo ni toma su cruz, aunque se llame cristiano, su vida dice otra cosa. Si no adoramos a Jehová como Él demanda, lo que estamos adorando es un ídolo fabricado a la medida de nuestro propio corazón. Y tristemente, ese es el dios que muchos sirven hoy.
Yo oro para que ninguno de nosotros se entregue a la adoración de los ídolos de su propio corazón. Que, por el contrario, tengamos la humildad de examinarnos en todo tiempo a la luz de la Palabra del Señor, evaluando con sinceridad si realmente estamos dando los frutos que Él espera de nosotros. Y si no lo estamos haciendo, que el Espíritu Santo nos guíe a un arrepentimiento genuino. Que nos volvamos a Jehová y le adoremos de todo corazón, sirviéndole con fidelidad e integridad. Amén.
Leamos finalmente los vv. 14-15. A causa del abandono de Israel, el furor de Jehová se encendió contra ellos. El Señor los entregó en manos de robadores que los despojaron y los vendió a sus enemigos. ¿Pueden notar el lenguaje? Aquel que antes era su Defensor, ahora se convierte en quien los entrega. Esto no es otra cosa que el cumplimiento de las advertencias que Dios ya les había dado. La mano que una vez los sostuvo con ternura y los guio por el desierto, ahora se levantaba para disciplinarlos. Pero esta disciplina no tenía la intención de destruirlos, sino de llamarlos al arrepentimiento.
Israel entró en un estado de gran aflicción, una angustia profunda que nació de su propia terquedad. Al rechazar la soberanía de Dios, perdieron Su protección, aprendiendo de la manera más dura que estar lejos del Señor es el lugar más peligroso del mundo. En medio de este dolor, ellos habrían de reconocer que solo Jehová era su escudo y la roca de su salvación. Solo entonces se volverían a Él.
Amados hermanos, muchas veces Jehová permite que suframos las consecuencias de nuestros pecados —e incluso las consecuencias del pecado de otros— para disciplinarnos y hacernos crecer como Sus hijos. Con frecuencia, nuestras aflicciones son el resultado directo de nuestras decisiones; por eso, en lugar de quejarnos, deberíamos clamar al Señor para que el Espíritu Santo nos consuele y nos ayude a aprender la lección. En otros casos, aunque no haya un pecado específico, el Señor permite la prueba para nuestro crecimiento.
Yo oro para que, cuando pasemos por la disciplina del Señor, nuestra fe sea fortalecida. Si la disciplina viene a causa de nuestro pecado, que corramos hacia Él en arrepentimiento; si viene por Su bondadosa mano para nuestro crecimiento, que pidamos al Espíritu Santo la sabiduría para aprender. Pero que ninguno de nosotros llegue jamás a abandonar al Señor. Que hoy mismo quitemos todo ídolo de nuestros corazones para vivir únicamente para la gloria de Dios. Amén.
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