Jueces 1:22-36

1:22 También la casa de José subió contra Bet-el; y Jehová estaba con ellos.
1:23 Y la casa de José puso espías en Bet-el, ciudad que antes se llamaba Luz.
1:24 Y los que espiaban vieron a un hombre que salía de la ciudad, y le dijeron: Muéstranos ahora la entrada de la ciudad, y haremos contigo misericordia.
1:25 Y él les mostró la entrada a la ciudad, y la hirieron a filo de espada; pero dejaron ir a aquel hombre con toda su familia.
1:26 Y se fue el hombre a la tierra de los heteos, y edificó una ciudad a la cual llamó Luz; y este es su nombre hasta hoy.
1:27 Tampoco Manasés arrojó a los de Bet-seán, ni a los de sus aldeas, ni a los de Taanac y sus aldeas, ni a los de Dor y sus aldeas, ni a los habitantes de Ibleam y sus aldeas, ni a los que habitan en Meguido y en sus aldeas; y el cananeo persistía en habitar en aquella tierra.
1:28 Pero cuando Israel se sintió fuerte hizo al cananeo tributario, mas no lo arrojó.
1:29 Tampoco Efraín arrojó al cananeo que habitaba en Gezer, sino que habitó el cananeo en medio de ellos en Gezer.
1:30 Tampoco Zabulón arrojó a los que habitaban en Quitrón, ni a los que habitaban en Naalal, sino que el cananeo habitó en medio de él, y le fue tributario.
1:31 Tampoco Aser arrojó a los que habitaban en Aco, ni a los que habitaban en Sidón, en Ahlab, en Aczib, en Helba, en Afec y en Rehob.
1:32 Y moró Aser entre los cananeos que habitaban en la tierra; pues no los arrojó.
1:33 Tampoco Neftalí arrojó a los que habitaban en Bet-semes, ni a los que habitaban en Bet-anat, sino que moró entre los cananeos que habitaban en la tierra; mas le fueron tributarios los moradores de Bet-semes y los moradores de Bet-anat.
1:34 Los amorreos acosaron a los hijos de Dan hasta el monte, y no los dejaron descender a los llanos.
1:35 Y el amorreo persistió en habitar en el monte de Heres, en Ajalón y en Saalbim; pero cuando la casa de José cobró fuerzas, lo hizo tributario.
1:36 Y el límite del amorreo fue desde la subida de Acrabim, desde Sela hacia arriba.

LAS TRIBUS DEL NORTE: FUERTES PERO DESOBEDIENTES


Buenos días. La semana pasada iniciamos nuestro viaje a través del libro de Jueces. Vimos en la introducción que en este libro se presenta una espiral descendente de desobediencia e inmoralidad, la cual muestra la incapacidad del ser humano para vivir la santidad que Dios demanda por sus propias fuerzas. Y ya el mismo capítulo 1 nos muestra este lamentable y vertiginoso descenso. La semana pasada vimos cómo las victorias iniciales de Judá chocaron con los carros herrados de los habitantes de la llanura. Aunque Jehová estaba con ellos y habían obtenido importantes victorias ―derrotando incluso a los gigantes―, su fe flaqueó ante la tecnología enemiga y dejaron de obedecer a Jehová. Además, cerramos aquel pasaje bíblico con la pasividad de los benjamitas, quienes permitieron que los jebuseos permanecieran en Jerusalén y habitasen entre ellos. 

En el pasaje bíblico de hoy, veremos cómo la desobediencia de las tribus del norte alcanza nuevos niveles de decadencia: Aunque eran lo suficientemente fuertes para acabar con los cananeos, no lo hicieron; sino que, los dejaron habitar entre ellos, haciéndoles tributarios. En lugar de hacer la voluntad de Dios y expulsar por completo a los cananeos de sus tierras, prefirieron el beneficio económico del tributo. Además, veremos las consecuencias iniciales de esta desobediencia: la pérdida de su identidad como pueblo de Dios y el acoso de los enemigos que, eventualmente, los llevaría a ser expulsados de sus propias herencias. ¡Qué situación tan lamentable!

Yo oro para que ninguno de nosotros siga semejante ejemplo, sino que seamos fortalecidos por el Señor para hacer Su voluntad en nuestras vidas cada día. Que cuando Dios nos muestre nuestro pecado a través de Su Palabra, con arrepentimiento genuino podamos expulsarlo de nuestras vidas, en lugar de intentar negociar con él o sacarle provecho. 

Procuremos con diligencia hacer la voluntad de Dios en nuestras vidas, fortaleciéndonos a través de nuestras disciplinas espirituales: el Pan Diario cada mañana, el estudio bíblico cada semana, escribiendo y compartiendo nuestros testimonios bíblicos, y participando fielmente en el Culto Dominical. Y, fortalecidos así, luchemos para alcanzar la promesa de Dios de convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén. 

I.- Cuando se sintieron fuertes, hicieron tributario al cananeo (22-28)

Leamos juntos el v.22. La semana pasada aprendimos los primeros 21 versículos, que detallan la decadencia de las tribus del sur: Judá, Simeón y Benjamín. A partir de este versículo, se describe la desobediencia de las tribus del norte, comenzando con la casa de José —integrada por Efraín y Manasés Occidental—. Este versículo parece esperanzador: la casa de José se dispone a cumplir la voluntad de Dios de expulsar a los cananeos de Bet-el, en el territorio de Efraín. De hecho, la mención de la “casa de José” sugiere una alianza estratégica entre ambas tribus para obedecer al Señor, tal como lo hicieron Judá y Simeón al principio del capítulo.

Nuevamente vemos la frase: “Jehová estaba con ellos”, misma que se usó con Judá. Esto nos recuerda que sus éxitos no dependían de su capacidad militar, sino de que Jehová peleaba por ellos según Su promesa. Y su desobediencia posterior no fue porque el Señor los hubiera abandonado, sino porque ellos dejaron de confiar en Su presencia victoriosa en medio de ellos. 

Lo mismo ocurre hoy en nuestras vidas. Nuestras victorias contra el pecado no son logros personales, sino fruto de la obra del Espíritu Santo en nosotros; asimismo, nuestras caídas nacen de la falta de confianza en Dios y de nuestra resistencia a rendirnos a Su Espíritu. A diferencia del Antiguo Testamento, donde el Espíritu venía y se iba, hoy Él habita en nosotros permanentemente para consolarnos, exhortarnos y redargüirnos de pecado. Sin embargo, nuestra victoria espiritual depende de nuestra sumisión: triunfaremos en cada área que rindamos a Él, pero fracasaremos estrepitosamente cuando intentemos actuar con nuestro propio pensamiento o fuerzas. Esto es, precisamente, lo que veremos suceder en Bet-el. 

Leamos juntos los vv. 23-25, por favor. Aunque Jehová estaba con ellos, no parece que le hayan consultado sobre la estrategia para tomar Bet-el; más bien, confiaron en su experiencia militar pasada al replicar la táctica de Josué en Jericó: enviar espías. Sin embargo, ellos no encontraban cómo entrar—probablemente porque las puertas estaban cerradas— así que negociaron con un hombre que salía de la ciudad. Le ofrecieron perdonar su vida y la de su familia a cambio de que les revelase el acceso; el hombre se las mostró, y ellos entraron y mataron a todos, excepto a aquel hombre y su familia según lo pactado. El Comentario del Contexto Cultural de la Biblia de Walton y Keener menciona: “podría basarse en el uso del postigo de una puerta (un pasaje pequeño que se empleaba cuando las puertas de la ciudad se cerraban por la noche)”. Es muy probable, entonces, que hayan utilizado ese pequeño pasadizo para sorprender a la ciudad desde adentro.

Ahora leamos juntos el v.26, por favor. Si bien podría parecer que la casa de José obtuvo una victoria total en Bet-el, este versículo revela una realidad diferente. El hombre a quien perdonaron la vida se marchó a la tierra de los heteos y edificó una ciudad con el mismo nombre: Luz. Según Josué 16:2, esta nueva “Luz” pudo haber estado dentro del mismo territorio de ellos, pero un poco más al norte. Esto significa que la influencia cananea que debían erradicar simplemente se trasladó de lugar, permaneciendo como una presencia persistente que contravenía la voluntad de Dios. 

Si hubiesen confiado plenamente que Jehová estaba con ellos y Le hubiesen consultado, Él les habría dado la estrategia perfecta para terminar con la ciudad de Luz definitivamente. Esto nos enseña que no debemos confiar ciegamente en nuestra experiencia o en métodos humanos para intentar obedecer a Dios. Debemos buscar siempre la dirección del Espíritu Santo, quien nos señalará el camino perfecto para cumplir a cabalidad la voluntad del Señor. Amén.  

Leamos juntos el v.27. Aquí se describe el fracaso de Manasés Occidental. Ellos tampoco expulsaron de su territorio a los cananeos que habitaban cinco ciudades estratégicas al norte de su territorio: Bet-seán, Taanac, Dor, Ibleam y Meguido, con sus aldeas. Estas ciudades funcionaban como centros neurálgicos alrededor de los cuales se agrupaban otras poblaciones cananeas dependientes de ellas. Al no ser desalojados, los cananeos lograron conservar toda esa región, formando una cadena de fortalezas que se extendía prácticamente en línea recta desde el valle del Jordán hasta la costa del Mediterráneo. Al parecer, Manasés consideró que no tenía la fuerza suficiente para vencerlos y se conformó con ceder esa parte de su herencia.

¿No sucede lo mismo en nuestras vidas? ¿Acaso no hay áreas donde pensamos que no somos lo suficientemente fuertes o que no tenemos la fe necesaria para conquistarlas para el Señor? A menudo nos conformamos con dejar las cosas como están y nos justificamos diciendo: ‘Yo soy así’, ‘ese es mi carácter’, ‘no lo puedo hacer’, ‘no sirvo para eso’ o ‘no estoy preparado’.  Pero, ¿por qué no cambiar esa narrativa y declarar: ‘Jehová está conmigo’; ‘El mismo Espíritu que levantó a Jesús de los muertos habita en mí para que yo pueda hacer Su voluntad, a pesar de mi debilidad’? No nos conformemos con una vida espiritual mediocre. Creamos en las promesas y en el poder del Señor; levantémonos con fe y venzamos en la batalla espiritual para Su gloria. Amén.

Leamos juntos el v.28, por favor. Aunque podríamos pensar que el pueblo de Israel desobedecía por falta de fuerza, este versículo demuestra lo contrario. Cuando Israel se sintió fuerte, en lugar de acabar con los cananeos conforme a la voluntad de Dios, los hicieron tributarios. ¡Imagínense! En lugar de usar su fortaleza para obedecer, la usaron para su propio beneficio económico. Subyugaron a los cananeos para que trabajaran para ellos y les entregaran sus recursos. 

¿Por qué no acabar con todos ellos conforme al mandato divino? Por conveniencia y avaricia. Pensaron que podían beneficiarse de ellos y tenerlos bajo control para siempre. Este compromiso fue su error fatal. El pecado es como un parásito: si no se arranca de raíz, termina consumiendo al huésped. Al permitir que el enemigo permaneciera en su tierra, Israel se expuso a una influencia cultural y religiosa que los corrompería desde adentro. Los cananeos trajeron consigo su idolatría e inmoralidad. La obediencia parcial (o más bien, la completa desobediencia) se convirtió en un veneno de acción lenta que erosionó su fe y los encaminó al ciclo de pecado, servidumbre y liberación que define el resto del libro de Jueces.

Amados hermanos, no tengamos ‘tributarios’ en nuestras vidas. Muchas veces creemos que podemos jugar con fuego sin quemarnos. Algunos mantienen en sus vidas relaciones que no les convienen: Amistades que los invitan a pecar, noviazgos que los tientan o los hacen pecar continuamente, compañeros que los incluyen en conversaciones ociosas, o socios que intentan arrastrarlos a negocios turbios. Otros tienen hábitos que funcionan como tributarios: pasan horas en redes sociales o mirando series o películas con imágenes que no convienen, en lugar de pasar tiempo con Dios en oración o leyendo la Biblia. No digo que tenemos que pasar todo el día orando y leyendo la Biblia y que no podemos ver series, películas o redes sociales, pero debemos estar atentos de que esto no nos esté robando nuestra santidad y comunión con Dios. No podemos decir que no tenemos tiempo para Dios mientras entregamos nuestras mejores horas a estas cosas.

Voy a ser muy honesto con ustedes. Cuando era más joven tenía un ‘hábito tributario’ que fue casi fatal para mí: disfrutaba de la atención femenina y la alimentaba con palabras y atenciones, incluso estando ya casado. Me hacía sentir bien gustarles a otras mujeres, y pensaba que era algo que tenía bajo control... hasta que ese ‘tributario’ me llevó al adulterio y casi destruye a mi esposa, mi matrimonio y mi ministerio. Así que, escúchenme bien: ¡Expulsen todo eso de su vida! Si tienen una relación, un hábito o un pecado que están ‘disfrutando’ de vez en cuando, acaben con eso hoy mismo. De lo contrario, ese ‘tributario’ se levantará contra ustedes y los destruirá.

Yo oro para que en esta semana reflexionemos en esto con sinceridad. Que escribamos nuestros testimonios bíblicos con arrepentimiento genuino, tomando la decisión de fe de fortalecernos a través de las disciplinas espirituales para erradicar por completo cualquier ‘tributario’ de nuestras vidas y crecer en nuestra santidad y comunión con el Señor. Amén.

II.- La desobediencia y sus consecuencias (29-36)

Leamos juntos el v.29, por favor. Después de la nota teológica del versículo anterior, el autor continúa la narración del fracaso de la casa de José, enfocándose ahora en Efraín. Ellos tampoco arrojaron al cananeo que habitaba en Gezer, permitiendo que el enemigo viviera entre ellos. Esta ciudad era clave, pues enlazaba la llanura costera filistea con la región montañosa central y Jerusalén, situándose justo en el límite entre Efraín y Dan. Al no tomarla, Efraín dejó un obstáculo permanente en una importante vía de comunicación del país. Podríamos pensar: ‘Bueno… al menos Efraín solo dejó una ciudad sin conquistar’, pero esa es una trampa peligrosa. La obediencia a Dios debe ser total, no parcial. No podemos medir nuestra salud espiritual comparándonos con otros, pensando que estamos ‘mejor’ porque nos falta rendir solo un área de nuestras vidas mientras que a otro hermano le faltan muchas. Nuestro estándar no es relativo al hermano; es absoluto respecto a Cristo.

Leamos ahora juntos el v.30. Tampoco Zabulón arrojó a los cananeos en Quitrón y Naalal, sino que los hizo tributarios. El nombre Naalal significa en hebreo ‘pastizal’ o ‘lugar de pasto’. Era una zona muy fértil en el valle de Jezreel, conocido como ‘el granero de Israel’. Al no expulsar a los cananeos de allí, Zabulón no solo dejó vivir al enemigo, sino que le permitió quedarse con las mejores tierras de pastoreo. Fue una decisión puramente mercantilista: consideraron más rentable cobrarles impuestos que eliminarlos, asegurándose así el control de las rutas comerciales y la mano de obra agrícola. Observen cómo la desobediencia aumenta y sus consecuencias se profundizan a medida que avanzamos en el texto: de una ciudad no conquistada en Efraín, pasamos a dos en Zabulón, con el agravante de que tenían la fuerza para expulsarlos, pero prefirieron beneficiarse de ellos.

Leamos juntos los vv. 31-32. Tampoco Aser arrojó a los habitantes de Aco, Sidón, Ahlab, Helba, Afec y Rehob. ¡Miren cómo aumenta el número de ciudades no conquistadas! Aquí ocurre algo trágico: Aser terminó siendo minoría en su propio territorio y asimilándose por completo a esa cultura pagana. A diferencia de las tribus anteriores, de quienes se decía que los cananeos habitaban entre ellos, el v.32 da un giro aterrador al decir que “moró Aser entre los cananeos”. Perdieron su identidad y se adaptaron a la cultura local para asegurar su prosperidad económica. 

Lamentablemente, muchos que se llaman a sí mismos cristianos viven de la misma manera hoy en día. En lugar de influir, se camuflan muy bien entre los que les rodean. En lugar de impactar a sus compañeros o amigos con la Palabra de Dios, se dejan moldear por ellos, participando en conversaciones o actividades que no convienen. En lugar de influir en sus familias para traerlas a la iglesia a guardar el Día del Señor y escuchar Su Palabra, se dejan arrastrar a eventos que coinciden con el Culto Dominical, descuidando incluso sus responsabilidades y su servicio a Dios. 

¡No caigamos en el error de Aser! No permitamos que el mundo nos absorba hasta hacernos indistinguibles. Recordemos las palabras de nuestro Señor: “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.” (Mat. 5:13). ¡No nos desvanezcamos en medio de nuestra sociedad! Amén.

Leamos juntos el v.33. Neftalí tampoco arrojó a los cananeos que habitaban en Bet-semes y Bet-anan, sino que los hizo tributarios. Una vez más, vemos la conveniencia y la avaricia puestas por encima de la obediencia. Al igual que Aser, Neftalí “moró entre los cananeos”, asimilándose a sus costumbres. Los nombres de estas ciudades revelan la magnitud de esta tragedia espiritual: Bet-semes significa ‘Casa del Sol’, pues era un centro de adoración al dios sol (Shamash); y Bet-anat significa ‘Casa de Anat’, la diosa cananea de la guerra y la violencia, hermana y esposa de Baal. Al dejar a los cananeos allí, Neftalí permitió que centros dedicados a la idolatría extrema permanecieran en el corazón de su herencia. No eran solo asentamientos civiles; eran fortalezas espirituales del enemigo. Así, las tribus del extremo norte de Israel (Aser y Neftalí) se rindieron a la cultura cananea y terminaron siendo huéspedes en su propia tierra.  

Lo más triste es que Neftalí tenía el poder militar para someterlos, pero no tuvo la voluntad espiritual para apartarse de ellos. Preferían el dinero de los idólatras que la pureza de una nación dedicada a Dios. Este fracaso de Neftalí y Aser es la razón histórica por la cual esa región, siglos después, sería conocida como “Galilea de los gentiles” (Isa. 9:1; Mat. 4:15). Las decisiones que tomamos hoy respecto a los ‘tributarios’ que permitimos en nuestra vida, afectarán nuestra identidad y posiblemente la de nuestra descendencia. Así que examinémonos muy bien y no dejemos ‘tributarios’ que sirvan a los ídolos de nuestro corazón.

Finalmente, leamos juntos los vv. 34-36, por favor. Esta es la tragedia final: la tribu de Dan apenas logró poseer una fracción de su herencia. Los amorreos los acosaron con tal violencia que los obligaron a refugiarse en el monte, impidiéndoles establecerse en las llanuras. Dan se sintió tan acosado que simplemente se rindió y buscó otro territorio mucho más al norte, como aprendimos en Josué y estudiaremos mucho más adelante en este libro. Lo más indignante es que cuando la casa de José cobró fuerzas, no utilizó ese poder para ayudar a sus hermanos de Dan a recuperar su tierra, sino que se benefició haciendo a los amorreos sus tributarios. ¡Cuánta desconsideración y apatía a la voluntad de Dios!

Lamentablemente, hay hermanos que hoy no buscan la fortaleza del Señor a través de las disciplinas espirituales y son acosados continuamente por su pecado. Aunque al principio intentan luchar con sus propias fuerzas, al no estar cimentados en Dios, eventualmente se rinden y se entregan a su pecado. ¡Esta es una gran tragedia! Como iglesia nunca debemos permitir esto de forma pasiva. Debemos animarnos, exhortarnos y consolarnos los unos a los otros, “y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.” (Heb. 10:25). 

Esta es la razón por la que constantemente los llamo al arrepentimiento y a la práctica de las disciplinas espirituales. Necesitamos orar hasta que el Espíritu Santo nos convenza de pecado y nos fortalezca para un arrepentimiento genuino. Debemos mantener el corazón abierto para recibir la Palabra cada día en el Pan Diario, y cada semana en nuestros estudios bíblicos y en el Mensaje Dominical. Si somos fieles en esto, no habrá ‘amorreo’ que pueda acosarnos; al contrario, seremos fortalecidos para acabar con ‘los amorreos’, ‘los tributarios’, ‘los jebuseos’ y ‘los cananeos’ aunque tengan carros herrados y aunque sean fuertes.

Yo oro para que cada uno de nosotros se fortalezca en el Señor y en el poder de Su fuerza. No para mantener relaciones, hábitos o pecados ‘tributarios’ en nuestras vidas, sino para hacer la voluntad de Dios, expulsar todo pecado de nuestras vidas y salir a cumplir con la misión que Él nos ha encomendado: Predicar el evangelio en el Universidad de Panamá. Que, al vivir con esta obediencia, el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. ¡Amén!

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