Jueces 1:1-21
1:1 Aconteció después de la muerte de Josué, que los hijos de Israel consultaron a Jehová, diciendo: ¿Quién de nosotros subirá primero a pelear contra los cananeos?1:2 Y Jehová respondió: Judá subirá; he aquí que yo he entregado la tierra en sus manos.
1:3 Y Judá dijo a Simeón su hermano: Sube conmigo al territorio que se me ha adjudicado, y peleemos contra el cananeo, y yo también iré contigo al tuyo. Y Simeón fue con él.
1:4 Y subió Judá, y Jehová entregó en sus manos al cananeo y al ferezeo; e hirieron de ellos en Bezec a diez mil hombres.
1:5 Y hallaron a Adoni-bezec en Bezec, y pelearon contra él; y derrotaron al cananeo y al ferezeo.
1:6 Mas Adoni-bezec huyó; y le siguieron y le prendieron, y le cortaron los pulgares de las manos y de los pies.
1:7 Entonces dijo Adoni-bezec: Setenta reyes, cortados los pulgares de sus manos y de sus pies, recogían las migajas debajo de mi mesa; como yo hice, así me ha pagado Dios. Y le llevaron a Jerusalén, donde murió.
1:8 Y combatieron los hijos de Judá a Jerusalén y la tomaron, y pasaron a sus habitantes a filo de espada y pusieron fuego a la ciudad.
1:9 Después los hijos de Judá descendieron para pelear contra el cananeo que habitaba en las montañas, en el Neguev, y en los llanos.
1:10 Y marchó Judá contra el cananeo que habitaba en Hebrón, la cual se llamaba antes Quiriat-arba; e hirieron a Sesai, a Ahimán y a Talmai.
1:11 De allí fue a los que habitaban en Debir, que antes se llamaba Quiriat-sefer.
1:12 Y dijo Caleb: El que atacare a Quiriat-sefer y la tomare, yo le daré Acsa mi hija por mujer.
1:13 Y la tomó Otoniel hijo de Cenaz, hermano menor de Caleb; y él le dio Acsa su hija por mujer.
1:14 Y cuando ella se iba con él, la persuadió que pidiese a su padre un campo. Y ella se bajó del asno, y Caleb le dijo: ¿Qué tienes?
1:15 Ella entonces le respondió: Concédeme un don; puesto que me has dado tierra del Neguev, dame también fuentes de aguas. Entonces Caleb le dio las fuentes de arriba y las fuentes de abajo.
1:16 Y los hijos del ceneo, suegro de Moisés, subieron de la ciudad de las palmeras con los hijos de Judá al desierto de Judá, que está en el Neguev cerca de Arad; y fueron y habitaron con el pueblo.
1:17 Y fue Judá con su hermano Simeón, y derrotaron al cananeo que habitaba en Sefat, y la asolaron; y pusieron por nombre a la ciudad, Horma.
1:18 Tomó también Judá a Gaza con su territorio, Ascalón con su territorio y Ecrón con su territorio.
1:19 Y Jehová estaba con Judá, quien arrojó a los de las montañas; mas no pudo arrojar a los que habitaban en los llanos, los cuales tenían carros herrados.
1:20 Y dieron Hebrón a Caleb, como Moisés había dicho; y él arrojó de allí a los tres hijos de Anac.
1:21 Mas al jebuseo que habitaba en Jerusalén no lo arrojaron los hijos de Benjamín, y el jebuseo habitó con los hijos de Benjamín en Jerusalén hasta hoy.
OBEDIENCIA PARCIAL DE JUDÁ POR FALTA DE FE
Buenos días. Por la gracia de Dios, hoy comenzamos una emocionante aventura a través de un nuevo libro de la Biblia: Jueces. Este libro es la trágica continuación al libro de Josué. Cubre aproximadamente trescientos cincuenta años, desde la muerte de Josué (ca. 1400 a.C.) hasta poco antes del nacimiento de Samuel, el último juez de Israel antes del establecimiento de la monarquía (ca. 1045 a.C.). Jueces presenta uno de los períodos más oscuros en la historia de Israel. Más que una simple cronología, es un relato teológico que ilustra las consecuencias de la desobediencia y la apostasía. El versículo clave del libro es Jue. 17:6: “En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía”. Así, Jueces se presenta como una narrativa cruda de lo que sucede cuando el pueblo de Dios ignora la soberanía del Señor para seguir sus propios criterios.
El tema central del libro es un ciclo recurrente de pecado y redención, una espiral descendente que muestra la incapacidad del ser humano para vivir la santidad que Dios demanda por sus propias fuerzas. Sin embargo, en medio de esta oscuridad, resplandece la paciencia y misericordia de Dios. Cuando el pueblo clamaba bajo la opresión, Jehová levantaba un shofet —un ‘juez’ o gobernante— que los guiaba a la victoria. No eran jueces en el sentido legal moderno, sino líderes carismáticos y guerreros que Dios levantaba para librarlos de sus enemigos y restaurar el orden en la nación.
Jueces describe un patrón de cinco partes que se repite varias veces en esta fase de la historia israelita: 1) Apostasía: Israel deja a Dios; 2) Juicio: Dios los disciplina al permitir que sean derrotados y subyugados por otros pueblos; 3) Clamor: Israel ruega por su liberación; 4) Salvación: Dios levanta jueces y los libera; 5) Reposo: Israel sirve al Señor hasta la muerte del juez. Luego, comienza el ciclo nuevamente. Demostrando esto cómo la desobediencia conduce a la opresión, y cómo la gracia de Dios interviene para salvarlos, a pesar de sus fallas.
Yo oro para que, al estudiar este libro durante los próximos meses, seamos advertidos sobre las graves consecuencias de la desobediencia. Que no vivamos según nuestro propio parecer, sino que procuremos con diligencia hacer la voluntad de Dios, sirviéndole con integridad y en verdad. Amén.
En el pasaje bíblico de hoy veremos el inicio de este descenso en las tribus de Judá, Simeón y Benjamín. Observaremos cómo pasan de un deseo sincero de hacer la voluntad de Dios a una obediencia parcial y a la cohabitación con el enemigo. Nos enfocaremos principalmente en el caso de Judá: aunque Jehová estaba con ellos, su fe flaqueó ante los “carros herrados”. Yo oro para que hoy aprendamos a confiar en la Palabra y la presencia de Dios en nuestras vidas, sin importar las circunstancias, y que obedezcamos cabalmente Su voluntad. Que, al vivir de esta manera, el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
I.- Las victorias de Judá: Un ejemplo de obediencia y cooperación (1-18)
Leamos juntos el v.1. El libro de Jueces comienza con un amanecer lleno de promesas: después de la muerte de Josué, los hijos de Israel consultaron a Jehová. A pesar de haber perdido a su líder, el pueblo manifestaba el deseo de seguir haciendo la voluntad de Dios. Esto confirma el legado de Josué que aprendimos en Jos. 24:31: “Y sirvió Israel a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué y que sabían todas las obras que Jehová había hecho por Israel.” En nuestro pasaje bíblico, el pueblo se encontraba precisamente en ese periodo de fidelidad bajo “los ancianos que sobrevivieron a Josué”.
Probablemente acudieron al Tabernáculo en Silo para consultar al Señor a través del sacerdote: “¿Quién de nosotros subirá primero a pelear contra los cananeos?” Aunque la pregunta parece piadosa, tiene un matiz extraño. Desde Jos. 13 ya se había establecido que cada una de las tribus debía expulsar los enclaves cananeos que quedaban en su territorio asignado. Así que no tenía sentido ir a hacer esta consulta a Jehová. No debería haber dudas sobre la misión; cada tribu debía estar ya trabajando diligentemente para expulsar a los cananeos de su heredad.
Quizás esta consulta revela el temor de ellos para cumplir con la misión y buscaban una seguridad extra antes de actuar. Podríamos comparar esta actitud con la oración de Jesús en Getsemaní: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” (Luc. 22:42). Jesús conocía la voluntad del Padre, pero Su humanidad experimentaba el gran peso que ese sacrificio suponía. Del mismo modo, cada una de las tribus de Israel sabía lo que debía hacer, pero ante la magnitud del desafío, buscaban la reafirmación de la voz de Dios. Seguramente, necesitaban ser fortalecidos por el Señor para llevar a cabo Su voluntad. Veamos ahora cómo responde Jehová.
Leamos juntos el v.2, por favor. Cuando Israel buscó a Jehová, Él contestó. Este es un patrón que veremos una y otra vez a lo largo del libro: Dios nunca falla en socorrer a quienes le buscan de corazón. Su respuesta, por otro lado, fue bastante interesante. En lugar de mandarles a todos a cumplir con la tarea que ya se les había asignado, Jehová eligió a Judá para que subiese primero. Esto es fascinante, pues Judá es la tribu mesiánica. Aquellos que portaban la promesa del futuro Rey debían dar el ejemplo de confianza y obediencia. Jehová los envió con una garantía absoluta: “he aquí que yo he entregado la tierra en sus manos.” Con una promesa de ese calibre, ellos debieron haber marchado prontamente muy animados y fortalecidos por el Señor. Pero, veamos qué sucedió.
Leamos juntos el v.3, por favor. La tribu de Judá le pidió a la tribu de Simeón que subiesen con ellos, prometiendo devolverles el favor. Si bien esto puede entenderse como un gran ejemplo de ayuda fraterna, debemos notar que la voluntad manifiesta de Dios fue que subiese Judá; no Judá con Simeón. Pareciese que desde el mismo principio se manifiesta cierto temor en Judá, quién no confía en que el Señor ha entregado la tierra en sus manos, y prefiere tener el seguro de la ayuda de Simeón en la batalla para incrementar el número de sus soldados.
¿No solemos hacer esto nosotros también? Aunque tenemos la promesa del Señor, buscamos algo más en qué apoyarnos que nos dé mayor seguridad: recursos económicos, ayudas humanas o estrategias propias. Estas cosas no son malas en sí mismas, pero se vuelven un problema si las usamos como “muletas” para apoyarnos, en lugar de confiar plenamente en la promesa del Señor. Nuestra seguridad no debe descansar en lo que podemos ver o contar, sino en la Palabra de Dios.
No obstante, podemos rescatar un principio vital de este mutuo apoyo fraterno. Aunque el motivo de Judá pudo ser el temor, la acción de apoyarse entre hermanos es un principio bíblico. Como dice Gál. 6:2 debemos sobrellevar “los unos las cargas de los otros”. La voluntad de Dios no es que llevemos nuestras cargas y luchas espirituales solos, sino que nos apoyemos los unos a los otros: consolándonos, animándonos, exhortándonos y fortaleciéndonos para vencer en nuestra batalla espiritual y cumplir con la misión de Dios. Esa es la función de la iglesia. Después de todo, “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante. También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto.” (Ecl. 4:9-12). El secreto está en que nuestra unidad no reemplace la confianza en la promesa de Dios, sino que refleje la fortaleza que Él nos da juntos.
Leamos ahora juntos los vv. 4-7, por favor. Aquí se registra una de las victorias más estratégicas de Judá: la batalla en Bezec. Cabe destacar, que esta ciudad se ha identificado cerca de Siquem, dentro del territorio de la tribu de Manasés Occidental. Esto sugiere que Judá y Simeón, movidos por el Señor, no se limitaron a su propia frontera, sino que atacaron este centro de poder cananeo que amenazaba a toda la nación. Allí se enfrentaron al temible Adoni-bezec (que traducido es ‘Señor de Bezec’), un caudillo que ya había humillado a setenta reyes a su alrededor (v.7).
La victoria fue rotunda: hirieron a diez mil hombres y capturaron al rey. Al cortarle los pulgares de las manos y de los pies, le aplicaron un castigo que, aunque nos parezca cruel, en la cultura militar de la época significaba quitarle a un guerrero su capacidad de luchar: sin pulgares en las manos no podía blandir la espada, y sin pulgares en los pies no tenía estabilidad. Lo más impactante es la confesión del propio rey: “Como yo hice, así me ha pagado Dios.” (v.7). Judá y Simeón no actuaron por crueldad personal, sino como instrumentos de la justicia retributiva de Dios.
Este éxito no se debió a su poder militar, sino a su obediencia inicial. El texto es claro: “Jehová entregó en sus manos al cananeo y al ferezeo” (v.4). Esta batalla fue fundamental porque, al derrotar a un enemigo de tal magnitud, Judá y Simeón no solo liberaron territorio para sus hermanos, sino que ganaron la confianza necesaria para enfrentar a los gigantes que les aguardaban en sus propios territorios.
Leamos juntos el v.8, por favor. Aquí se menciona otra victoria importante: Judá toma Jerusalén. Esta ciudad era estratégica por su ubicación en el límite entre Judá y Benjamín. El relato es contundente: mataron a sus habitantes a filo de espada y prendieron fuego a la ciudad. Fue una victoria total en ese momento, tanto que allí llevaron a Adoni-bezec para que viera el fin de su poder y muriera (v.7). Sin embargo, este versículo nos presenta un contraste agridulce. Aunque Judá la conquistó inicialmente, el v.21 nos revelará más adelante que no pudieron retenerla, permitiendo que los jebuseos la recuperaran bajo la mirada complaciente de la tribu de Benjamín. Jerusalén permanecería bajo dominio pagano por unos cuatrocientos años, hasta que el rey David la conquistara definitivamente para convertirla en la capital de Israel.
Esto nos da una valiosa lección: Es posible ganar grandes batallas espirituales hoy, y poner áreas claves de nuestra vida bajo la soberanía del Señor, pero si bajamos la guardia y permitimos que el enemigo regrese a los lugares que Dios ya nos entregó, terminaremos conviviendo con aquello que debimos haber erradicado. ¡Mantengámonos, pues, vigilantes a través de nuestras disciplinas espirituales! Amén.
Leamos ahora juntos los vv. 9-15, por favor. Podemos notar que Judá venía luchando de norte a sur, y que ahora iría contra los cananeos que se encontraban en el corazón de su territorio asignado: “en las montañas, en el Neguev, y en los llanos”. Sin embargo, los vv. 10-15 son el recordatorio de batallas destacadas del pasado que, de hecho, ya aprendimos cuando estudiamos Jos. 15. ¿Por qué se repiten aquí? Porque el autor quiere recordarnos que la victoria depende de la fe, no de la edad ni de las circunstancias. Además, quiere destacar a Caleb y Otoniel como el estándar de fe contra el cual se medirá el resto del capítulo. La fe y obediencia de ellos contrastará significativamente con la de las tribus de Israel después de la muerte de Josué.
Vemos aquí de nuevo al fiel Caleb, quien, a pesar de su avanzada edad, no temió a los gigantes, hijos de Anac, y conquistó Quiriat-arba, renombrándola Hebrón. Y vemos a su sobrino Otoniel —quien más tarde sería el primer juez de Israel— tomando con valentía la ciudad de Quiriat-sefer, y rebautizándola Debir. Ellos representan la ‘vieja guardia’ y la ‘nueva generación’ unidas por una misma confianza en las promesas de Dios. No importa la edad que tengamos o los recursos con que contemos, si confiamos en las promesas de Dios y obedecemos Su voluntad, Él puede darnos la victoria.
Por su parte, el relato de Acsa, la hija de Caleb, pidiéndole a su padre “fuentes de aguas” (v.15), nos sirve como una valiosa analogía para la oración. Acsa había recibido de su padre una tierra en el desierto del Neguev, pero no se conformó con una bendición a medias; ella sabía que para que su heredad prosperara, necesitaba agua. Su petición fue estratégica y humilde, y la respuesta de su padre fue generosa, le dio “las fuentes de arriba y las fuentes de abajo” (v.15). Esto nos enseña cómo acercarnos a nuestro Padre Celestial. Nuestra oración debe ser con la misma audacia y fe, confiando en que Él nos dará “mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Efe. 3:20).
Leamos juntos los vv. 17-18. Aquí se nos narran otras victorias destacadas que, a diferencia de los versículos anteriores, probablemente sí ocurrieron cronológicamente después de la muerte de Josué. Vemos que Judá cumplió su palabra con Simeón: juntos marcharon hacia el sur para tomar Sefat, asolándola. Entonces, la renombraron Horma (que significa ‘aniquilación’ o ‘lugar dedicado al juicio’). Luego, se movieron hacia la llanura costera del Mediterráneo y capturaron tres de las cinco grandes ciudades de los filisteos: Gaza, Ascalón y Ecrón. En este punto del relato, parece que Judá es imparable. Están a las puertas de ocupar plenamente la heredad que Jehová les prometió. Sin embargo, como veremos a continuación, estas grandes victorias iniciales no garantizaban un final exitoso si la fe no se mantenía firme hasta el último paso.
Amados hermanos, aprendamos la lección: no nos sintamos satisfechos con las victorias del pasado ni con lo que ya hemos alcanzado en Cristo. La vida espiritual no es una carrera de cien metros planos, sino una maratón de fidelidad. A menudo, el mayor peligro para el creyente no es el fracaso, sino el corazón saciado. Nos contentamos con dejar algunos pecados, con medio ejercitar nuestras disciplinas espirituales o con servir a medias al Señor. Nos contentamos con lo que hemos aprendido y crecido hasta ahora. Pero no debemos hacer esto. Sigamos buscando con hambre la voluntad de Dios y Su comunión diaria, entendiendo que la obediencia que Dios demanda es completa y constante. No nos detengamos hasta que Cristo reine plenamente en cada rincón de nuestra vida, nuestra familia y nuestra nación. Hasta que veamos a Panamá convertida en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.
II.- Obediencia parcial de Judá y Benjamín: cuando falla la fe (19-21)
Leamos juntos el v.19, por favor. ¡Qué declaración tan sublime!: “Y Jehová estaba con Judá” ¡Cuán reconfortante es recordar que el Señor está con nosotros! “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom. 8:31). Así, Judá arrojó a los cananeos de las montañas. ¡Ellos confiaron en Dios para derrotar, incluso, a los gigantes filisteos en los versículos anteriores! Sin embargo, su obediencia no fue completa: “mas no pudo arrojar a los que habitaban en los llanos, los cuales tenían carros herrados.” Los carros herrados eran la tecnología militar más avanzada de la época. Los soldados israelitas que peleaban a pie eran absolutamente impotentes cuando un veloz carro de hierro los embestía. Por eso ellos preferían pelear en las montañas donde no podían subir los carros.
Pero, ¿acaso Jehová no podía derrotarlos? ¡Por supuesto que sí! Ya lo había hecho en la temible campaña del norte que aprendimos en Jos. 11. “Estos salieron, y con ellos todos sus ejércitos, mucha gente, como la arena que está a la orilla del mar en multitud, con muchísimos caballos y carros de guerra. Todos estos reyes se unieron, y vinieron y acamparon unidos junto a las aguas de Merom, para pelear contra Israel.” (Jos. 11:4-5). Aquello parecía un ejército invencible para los israelitas. “Mas Jehová dijo a Josué: No tengas temor de ellos, porque mañana a esta hora yo entregaré a todos ellos muertos delante de Israel; desjarretarás sus caballos, y sus carros quemarás a fuego.” (Jos. 11:6). Jehová le dio la promesa a Josué de que acabaría con el aquel poderoso ejército, a pesar de los caballos y los carros. Y Josué, confiando en esa promesa, lideró al ejército de Israel contra aquellos cananeos y los hirieron hasta que no les dejaron ninguno, desjarretando sus caballos y quemando sus carros, conforme Jehová había dicho. (Jos. 11:7-8).
Juda debió haber recordado esa gran victoria. Debieron aferrarse a la promesa del v.2: “he aquí que yo he entregado la tierra en sus manos.” Debían reconocer que Jehová estaba con ellos como dice el v.19a. Pero, no. Quitaron los ojos del Señor y los pusieron en los carros herrados. Se enfocaron tanto en el problema que se hizo más grande que su Dios. Si ellos hubiesen confiado en el Señor, ¿no los habría entregado Jehová en sus manos conforme a su promesa? Si hubiesen orado, ¿no habría podido Jehová enviar granizo, confundir a los caballos o abrir la tierra debajo de ellos para que se los tragase? ¡Él ya lo había hecho antes!
¿Por qué dudar entonces? ¿Por qué no ir en obediencia? Amados hermanos, ¿no hacemos nosotros lo mismo? Algunos no fueron a la convivencia porque miraban los carros herrados de sus finanzas o de sus trabajos. Algunos no tienen estudio bíblico 1:1 porque están mirando los carros herrados de su tiempo limitado, de sus muchas ocupaciones o le dan prioridad a otras cosas en su vida. Algunos no se levantan a comer Pan Diario porque se enfocan en los carros herrados de su cansancio o de su deseo de dormir un poco más. Algunos no vienen al Culto Dominical o llegan tarde por la misma razón. Algunos no comparten el evangelio o invitan a otros a la iglesia porque miran los carros herrados de su propia vida tibia o de su falta de conocimiento bíblico. Muchos no vamos a la Universidad de Panamá a cumplir con la misión porque vemos los carros herrados del tiempo limitado, del poco conocimiento bíblico, o del temor a ser rechazado.
Pero, ¿no está Jehová con nosotros? ¿No nos ha prometido en el libro de Josué que nos entregará todo lugar que pisare nuestro pie? Entonces, ¿por qué miramos los carros herrados? ¿Por qué no recordamos mejor Su gracia y nos aferramos a ella cada día al ejercitar nuestras disciplinas espirituales? ¡Creamos a Sus promesas! ¡Confiemos en Su presencia en nosotros por medio del Espíritu Santo! ¡Obedezcamos fielmente al ejercitar nuestras disciplinas espirituales: el Pan Diario, la oración, el Estudio Bíblico 1:1, escribir y compartir testimonio bíblico, y guardar cada semana el Culto Dominical! ¡Vayamos a la Universidad de Panamá a invitar a los jóvenes a estudiar la Biblia! Si hacemos esto, podremos ver el poder del Señor actuando en nuestras vidas y reconocer que Jehová está con nosotros como estuvo con Judá. Amén.
Leamos ahora juntos el v.20, por favor. Justo después de decirnos que Judá no pudo contra los carros, el autor nos recuerda nuevamente a Caleb. ¿Por qué? Para dejarnos sin excusas. Judá temió al hierro, pero Caleb enfrentó a los gigantes con fe y obediencia, recibiendo lo que se le había prometido. Que Dios nos ayude a tener el corazón de Caleb y no el temor de Judá. Amén.
Leamos juntos el v.21, por favor. Aquí llegamos al punto más bajo del pasaje. Lo que comenzó como una consulta a Dios con el deseo de hacer Su voluntad en el v.1, termina en una concesión al enemigo. Benjamín no arrojó al jebuseo. No dice que no pudo, como con Judá, sino que simplemente no lo hizo. Hubo una falta de voluntad. Decidieron que era más fácil convivir con el enemigo que hacer el esfuerzo de santificar la tierra en obediencia a la voluntad de Dios. Por esa negligencia, el enemigo se quedó en medio de ellos cuatrocientos años, hasta que vino David, un varón conforme al corazón de Dios, y los expulsó.
Amados hermanos, hoy hemos visto dos caminos: El camino de la obediencia parcial, que comienza con el deseo de hacer la voluntad de Dios, pero se detiene ante el primer “carro herrado”; y el camino de la fe radical que, como Caleb, reclama lo que Dios prometió y cree y obedece hasta el final, sin importar sus circunstancias ni el tamaño del enemigo. También, las graves consecuencias de esa obediencia parcial. No seamos como los hijos de Benjamín. No te acostumbres a vivir con tus “jebuseos”. No digas: ‘Bueno, así es mi carácter’, o ‘Este pecado no es tan grave, puedo convivir con él’. La convivencia con el mundo y con el pecado siempre termina en apostasía. Lo que hoy toleras, mañana te dominará.
Meditemos esta semana: ¿Cuáles son nuestros “carros herrados”? ¿Con qué “jebuseos” (pecados) estamos conviviendo? Yo oro para que, al escribir con arrepentimiento genuino nuestros testimonios bíblicos, quitemos la mirada de los “carros herrados” y la pongamos en Dios. Que expulsemos a “los jebuseos”, cualquier pecado que estemos tolerando, de nuestras vidas. Y que, al vivir buscando la voluntad de Dios y obedeciéndole con fe, Él nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. ¡Amén!
ARCHIVOS PARA DESCARGAR
|
[19.Abr.2026]_Dominical-UBF-Panamá_(JUE_1..1-21)-Mensaje.pdf
|
|
[13.Abr.2026]_Dominical-UBF-Panamá_(JUE_1..1-21)-Cuestionario.pdf
|
Hasta ahora se han realizado 0 comentarios...