Josué 23:1-16

23:1 Aconteció, muchos días después que Jehová diera reposo a Israel de todos sus enemigos alrededor, que Josué, siendo ya viejo y avanzado en años,
23:2 llamó a todo Israel, a sus ancianos, sus príncipes, sus jueces y sus oficiales, y les dijo: Yo ya soy viejo y avanzado en años.
23:3 Y vosotros habéis visto todo lo que Jehová vuestro Dios ha hecho con todas estas naciones por vuestra causa; porque Jehová vuestro Dios es quien ha peleado por vosotros.
23:4 He aquí os he repartido por suerte, en herencia para vuestras tribus, estas naciones, así las destruidas como las que quedan, desde el Jordán hasta el Mar Grande, hacia donde se pone el sol.
23:5 Y Jehová vuestro Dios las echará de delante de vosotros, y las arrojará de vuestra presencia; y vosotros poseeréis sus tierras, como Jehová vuestro Dios os ha dicho.
23:6 Esforzaos, pues, mucho en guardar y hacer todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés, sin apartaros de ello ni a diestra ni a siniestra;
23:7 para que no os mezcléis con estas naciones que han quedado con vosotros, ni hagáis mención ni juréis por el nombre de sus dioses, ni los sirváis, ni os inclinéis a ellos.
23:8 Mas a Jehová vuestro Dios seguiréis, como habéis hecho hasta hoy.
23:9 Pues ha arrojado Jehová delante de vosotros grandes y fuertes naciones, y hasta hoy nadie ha podido resistir delante de vuestro rostro.
23:10 Un varón de vosotros perseguirá a mil; porque Jehová vuestro Dios es quien pelea por vosotros, como él os dijo.
23:11 Guardad, pues, con diligencia vuestras almas, para que améis a Jehová vuestro Dios.
23:12 Porque si os apartareis, y os uniereis a lo que resta de estas naciones que han quedado con vosotros, y si concertareis con ellas matrimonios, mezclándoos con ellas, y ellas con vosotros,
23:13 sabed que Jehová vuestro Dios no arrojará más a estas naciones delante de vosotros, sino que os serán por lazo, por tropiezo, por azote para vuestros costados y por espinas para vuestros ojos, hasta que perezcáis de esta buena tierra que Jehová vuestro Dios os ha dado.
23:14 Y he aquí que yo estoy para entrar hoy por el camino de toda la tierra; reconoced, pues, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, que no ha faltado una palabra de todas las buenas palabras que Jehová vuestro Dios había dicho de vosotros; todas os han acontecido, no ha faltado ninguna de ellas.
23:15 Pero así como ha venido sobre vosotros toda palabra buena que Jehová vuestro Dios os había dicho, también traerá Jehová sobre vosotros toda palabra mala, hasta destruiros de sobre la buena tierra que Jehová vuestro Dios os ha dado,
23:16 si traspasareis el pacto de Jehová vuestro Dios que él os ha mandado, yendo y honrando a dioses ajenos, e inclinándoos a ellos. Entonces la ira de Jehová se encenderá contra vosotros, y pereceréis prontamente de esta buena tierra que él os ha dado.

GUARDAD CON DILIGENCIA VUESTRAS ALMAS PARA AMAR A JEHOVÁ


Buenos días. Las últimas palabras de gente famosa se han convertido en una especie de institución. Muchos las buscan como fuente de inspiración, porque hay algo peculiarmente fascinante en las palabras finales de una persona. Pueden ser despectivas, como las de Karl Marx, quien —según se cuenta— le respondió a su ama de llaves, ansiosa por registrar sus últimas perlas: “¡Váyase! Las últimas palabras son para los tontos que no han dicho suficiente”. O pueden ser tragicómicas, como las del general John Sedgwick en 1864, durante la Guerra Civil estadounidense, quien dijo a su ayudante mientras observaba las líneas enemigas: “No le acertarían ni a un elefante a esta distancia”, justo antes de ser alcanzado por una bala enemiga. 

Pero las últimas palabras o discursos de despedida de la Biblia tienen un contenido infinitamente más serio y profundo. Lo vemos en los discursos finales de Jacob y Moisés, por ejemplo, donde bendijeron proféticamente a las tribus de Israel, y cuyas palabras vimos cumplidas parcialmente en la repartición de los territorios en los caps. 13-21. Lo vemos también en Juan 13–17, donde el apóstol registra las últimas palabras del Señor Jesús a Sus discípulos, la noche que fue entregado. Palabras que sin ninguna duda marcaron sus vidas para siempre y siguen marcando las nuestras.

Las últimas palabras importan. Y en estos dos últimos capítulos de Josué encontramos precisamente sus discursos de despedida. Ya hemos escuchado sus palabras comparativamente breves en el cap. 22 al despedir a las dos tribus y media que regresaban a casa, del otro lado del Jordán. Ahora, en el capítulo 23, “llamó a todo Israel”, aunque de forma representativa, convocando “a sus ancianos, sus príncipes, sus jueces y sus oficiales” (v.2). Y en el corazón de este discurso de Josué, en nuestro versículo clave, late una exhortación urgente y amorosa: “Guardad, pues, con diligencia vuestras almas, para que améis a Jehová vuestro Dios” (v.11). Aunque el mensaje era principalmente para los líderes, éstos, sin duda, lo transmitieron a sus familias, clanes y tribus. Ya en el capítulo 24, con un alcance aún mayor, Josué se dirigirá directamente a toda la nación con un desafío final, que veremos la próxima semana.

Yo oro para que a través del mensaje de hoy escuchemos atentamente las palabras de Josué y guardemos diligentemente nuestras almas para amar a Jehová. Que ese amor supremo a Dios nos impulse, por la gracia del Señor, a perseverar en las disciplinas espirituales, a vivir en santidad y en obediencia a Su Palabra. Y que, al hacerlo, el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén. 

I.- La fidelidad de Dios: lo que ya hizo y lo que aún hará (1-5) 

Leamos juntos los vv. 1-2a, por favor. El v.1 establece el escenario y el momento con las palabras: “muchos días después que Jehová diera reposo a Israel de todos sus enemigos alrededor”. Esto hace eco de lo que Josué les dijo a las tribus orientales: “Ahora, pues, que Jehová vuestro Dios ha dado reposo a vuestros hermanos, como lo había prometido” (Jos. 22:4a). Han pasado varios años desde aquella despedida; Josué está ahora “ya viejo y avanzado en años”. Sabemos que murió a los 110 años (Jos. 24:29), y que su contemporáneo Caleb tenía 85 al final de la conquista principal (Jos. 14:10), por lo que probablemente habían pasado veinte o treinta años desde el inicio de la conquista, y unas dos décadas desde la repartición de la tierra. Entonces Josué percibía que su tiempo de morir estaba cerca (v.14a). Por eso convocó a los líderes del pueblo. El Señor les había dado la tierra y también reposo, ¿pero en qué se utilizará ese descanso y cuáles serán sus frutos? ¿Cómo vivirían ellos después de la partida de Josué? Esa será la orientación del discurso de Josué. 

Leamos juntos los vv. 2b-3, por favor. Josué comienza su discurso recalcando su condición física: “Yo ya soy viejo y avanzado en años.” Él sabía que su tiempo de partir de este mundo estaba cerca. Estas palabras debieron entristecer mucho a los líderes. Es muy duro ver partir a aquel en quien confiamos y bajo cuyo liderazgo hemos servido. ¿Cómo se sentirían ustedes si yo anunciase hoy que el Señor me ha llamado a otro país? Y apenas hemos estado juntos algunos años. Pero el pueblo había estado bajo el liderazgo de Josué por décadas, quizás unos 30 años.

Recuerdo cuando el M. Juan Seo recibió el llamado de Dios para ir a servir a los Estados Unidos después de haber estado unos 17 años en Venezuela. Muchos lloraron y no lo podían creer. Después de servir tantos años juntos, ¿qué sería del ministerio en Venezuela? Ya mi esposa y yo teníamos unos años aquí en Panamá, y quizá no nos pegó tanto; sin embargo, también lloramos cuando nos enteramos y no lo podíamos creer. Imagínense entonces cómo estarían los hijos de Israel.

Además, muchos de ellos se preguntarían: ‘Y ahora, ¿quién nos liderará?’ Seguramente los líderes estarían esperando el nombramiento de un sucesor. Sin embargo, Josué no hace tal cosa porque Dios no se lo ordena. Más bien les recuerda quién los había estado liderando hasta ahora: no era él, sino Jehová, Quien había peleado por ellos (v.3). Ya el tiempo de pelear juntos como nación había terminado. Ahora debían levantarse líderes en cada tribu que guiaran a sus familias a cumplir con la misión que Dios les había dado: expulsar el remanente de los cananeos que quedaban entre ellos. Y Josué les va a recordar esto y les va a dar la visión de Dios.

Leamos ahora juntos los vv. 4-5. Ya Josué les había repartido la tierra conforme al mandato de Jehová en Jos. 13:1-7. Ahora cada uno de ellos debía expulsar de sus territorios a los cananeos que quedaban entre ellos y debían tomar posesión plena de la herencia que Dios les había dado. Así Josué les reitera la promesa del cap. 13 en el v.5: “Y Jehová vuestro Dios las echará de delante de vosotros, y las arrojará de vuestra presencia; y vosotros poseeréis sus tierras, como Jehová vuestro Dios os ha dicho.” Jehová los ayudaría a expulsar a los cananeos y a poseer completamente su herencia.

¿Cuál es la visión de nuestro ministerio de UBF Panamá? Me sorprendió mucho que en los estudios bíblicos no pudiesen recitarla, aunque la repito casi cada domingo, y generalmente más de una vez: Que Dios convierta a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Este debería ser nuestro tópico de oración diario: ‘Señor, por favor, ayúdame a vivir en santidad y como un verdadero sacerdote para mi nación, y úsanos para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa.’ Amén. 

¿Cómo podían ver cumplida la visión de Dios los israelitas y poseer plenamente su tierra? ¿Cómo podemos ver nosotros que Dios convierta a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa? Eso es precisamente lo que Josué les expondrá a continuación. 

II.- La vida que cumple la visión de Dios (6-11)

Leamos juntos los vv. 6-8. Aquí Josué les enseña, mediante una exhortación urgente, cómo debían vivir para que Jehová cumpliera Su visión en ellos. Primero, esforzaos, pues, mucho en guardar y hacer todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés (v.6). Ellos deberían esforzarse mucho en aprender todos los mandamientos de la ley de Moisés y ponerlos en práctica cada día. Los israelitas no tenían al Espíritu Santo habitando dentro de ellos, por lo que debían esforzarse aún más para poder aprenderse los mandamientos y obedecerlos fielmente, sin desviarse. 

En teoría, obedecer externamente no era tan difícil: no adorar otros dioses, no hacerse imágenes ni inclinarse ante ellas, no tomar el nombre de Jehová en vano, guardar el día de reposo, honrar a padre y madre, no matar, no cometer adulterio, no hurtar, no dar falso testimonio, no codiciar lo ajeno. Sin embargo, la verdadera dificultad estaba en hacerlo todo amando a Dios de todo corazón, alma y fuerzas, y al prójimo como a sí mismo, practicando misericordia y justicia —precisamente lo que el Señor les reprocharía después. Y hemos visto cómo Israel falló repetidamente: adoraron otros dioses, se hicieron imágenes, profanaron el reposo, mataron, cometieron adulterio, hurtaron, dieron falso testimonio y codiciaron lo ajeno. Todo esto, a pesar de la seria exhortación de Josué a esforzarse mucho en guardar la ley.

Segundo, no os mezcléis con estas naciones que han quedado con vosotros (v.7). No debían mezclarse con las naciones que aún vivían entre ellos. Debían ser santos, vivir de forma diferente, conforme a lo que Jehová había ordenado. No debían emparentar con ellos —ni casándose con sus hijas ni dando las suyas en matrimonio—. No debían honrar ni servir a sus dioses. Ni siquiera debían mencionarlos o jurar por el nombre de ellos. Si hacían cualquiera de estas cosas, inevitablemente se apartarían de guardar los mandamientos de Jehová. 

La historia posterior demostraría cuán acertada era esta advertencia. El declive espiritual del pueblo de Dios siempre se remonta a esta causa básica: mezclarse con los pueblos paganos de su entorno. Ya sea en el período de los jueces, en la división del reino, en la caída del reino del norte ante los asirios, o en la captura de Judá y Jerusalén por los babilonios con el exilio subsiguiente, el patrón es el mismo: la mezcla con los paganos predisponía a Israel a la idolatría, que iba acompañada de la inmoralidad correspondiente. Ambas van de la mano.

Josué quiere que sus oyentes no solo entiendan la naturaleza del peligro al que se enfrentan, sino también la forma tan sigilosa e imperceptible en que este los dominará. Se ha conquistado una buena proporción del territorio, pero aún queda mucho por poseer. Dios está comprometido a luchar por Su pueblo, pero ellos también han de tener el compromiso de una confianza y una obediencia activas para llevar a cabo Sus propósitos. Esto requerirá una transparencia absoluta y una energía reforzada de forma masiva. En términos humanos, es mucho más probable que se conformen con un nivel cómodo de compromiso que no exija disciplina continua ni sacrificio sostenido. Por eso deben esforzarse mucho para no hacer estas cosas. De lo contrario, la complacencia se viralizará en el pueblo y se pondrá en marcha el proceso del v.7.

Tercero, mas a Jehová vuestro Dios seguiréis (v.8). Como vimos en el capítulo anterior, la palabra “seguir” aquí no implica simplemente ir detrás de alguien. Es quizás el verbo de adhesión más fuerte del hebreo: se usa en Gén. 2:24 para describir cómo el hombre “se unirá a su mujer” y serán “una sola carne”. Habla, entonces, de un compromiso total, una devoción leal y un profundo afecto personal. Así es como Israel vivió durante esos días dorados de la conquista, y así es como debían continuar.

Podemos agradecer a Dios que las instrucciones prácticas del discurso de Josué sean tan claras y aplicables, incluso en nuestro contexto tan diferente, estando ahora en Cristo. Podemos aplicar cada uno de estos principios a nuestra propia lucha espiritual. Debemos esforzarnos en la gracia de Dios (2Ti. 2:1) y fortalecernos en el Señor y en el poder de Su fuerza (Efe. 6:10). La fuerza espiritual se halla precisamente en obedecer la Palabra de Dios sin desviarnos ni a diestra ni a siniestra. Solo la Palabra puede romper el dominio que, de otro modo, la idolatría tendría sobre nuestra vida: revela la necedad de los falsos dioses y despierta una fe estimulante en el Dios vivo que obedece Su voluntad. Por eso, con diligencia debemos llenarnos constantemente de la Palabra y fortalecernos en la oración para perseverar en la gracia de Dios.

No debemos mezclarnos con nuestra sociedad alrededor. O, como dice nuestro versículo clave de este año: “No os conforméis a este siglo” (Rom. 12:2). No debemos vivir como este mundo vive. No debemos hablar como ellos hablan. No debemos comportarnos como ellos. Al contrario, nuestro estilo de vida diferente debería destacar entre ellos, y ellos deberían amoldarse a nosotros. Debemos ser sal y luz (Mat. 5:13-14).

Debemos seguir (o aferrarnos) a Jehová. El Señor espera que Su pueblo redimido se entregue sin reserva y se una inseparablemente a Él. Como enseñó Jesús: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.” (Jua. 15:5). Debemos permanecer pegados a Jesús como el pámpano a la vid. Necesitamos estar en continua comunión con Dios a través de la oración y la Palabra. Si mantenemos esta comunión, daremos el fruto espiritual de obediencia que el Señor espera. 

Leamos juntos los vv. 9-10. El esfuerzo necesario para según los vv. 6-8 puede ser muy grande, pero es posible con la confianza de que Jehová continuará dándoles la victoria, así como lo hizo contra los poderosos pueblos cananeos, incluso cuando las probabilidades parecían estar en contra. Tan asombrosa como que “un varón de vosotros perseguirá a mil” de sus enemigos. Pero posible “porque Jehová vuestro Dios es quien pelea por vosotros” (v.10). El Señor seguiría cumpliendo Sus promesas.

Leamos ahora juntos el v.11. Fíjense cuán deliberado ha de ser esto. No hay nada automático en ello: requiere atención, esfuerzo y diligencia: “Guardad, pues, con diligencia vuestras almas, para que améis a Jehová vuestro Dios.” ¿Cómo podemos guardar con diligencia nuestras almas para amar a Dios? Primero debemos entender que amar a Dios no es simplemente un sentimiento pasajero, sino una decisión consciente que debe practicarse cada día. Nuestro amor a Dios es consecuencia de Su gran amor por nosotros: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” (1Jn. 4:19). Por eso, con diligencia, debemos recordar diariamente el amor de Dios y esforzarnos en responder con acciones concretas que reflejen nuestra decisión de amarle.

Pero, ¿cómo debemos amar a Dios? El propio Señor Jesús nos lo enseña claramente en Mar. 12:30: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas.” Este debería ser el mayor objetivo de nuestra vida: amar a Dios con todo. Y, ¿cómo podemos alcanzarlo? Entregando toda nuestra vida a Él. Cada parte de nuestro ser debe manifestar ese amor. Amar a Dios “con todo el corazón” significa hacerlo nuestra prioridad absoluta, orientar nuestra voluntad hacia Él, y que nuestros afectos más profundos estén puestos en Él por encima de cualquier otra cosa. “Con toda tu alma” implica rendir nuestra vida entera a Dios: nuestras pasiones, nuestros anhelos, nuestra identidad —todo lo que somos— debe estar sometido y orientado hacia Él. “Con toda tu mente” es dedicar nuestro intelecto a conocerlo, estudiar Su Palabra, meditar en ella y rechazar los pensamientos contrarios a Su verdad, alineando nuestro razonamiento con Su voluntad. “Con todas tus fuerzas” significa poner nuestra energía diaria, nuestro trabajo, cuerpo, tiempo y acciones al servicio de Dios. Es amarle en hechos concretos, no solo en palabras o sentimientos: obediencia activa, servicio, sacrificio y perseverancia.

Entonces, guardar con diligencia nuestra alma para amarle de esta forma implica alinear toda nuestra vida de modo que nuestras decisiones y acciones reflejen nuestro amor a Dios. Para esto nos ayudan grandemente las disciplinas espirituales, pues son esfuerzos conscientes para rendir nuestra vida a Él, ponerlo como prioridad y buscar activamente Su voluntad. La oración y el estudio de la Biblia nos ayudan a conocer la voluntad de Dios, a rendir nuestro ser a Él, a tomar decisiones para amarle, y a fortalecernos espiritualmente en Él para cumplir con esas decisiones. Por eso es vital alimentarnos cada día con el Pan Diario, que nos ayuda a explorar Su Palabra y orar; tener nuestro Estudio Bíblico para aprender más de Su voluntad y aplicarla; escribir testimonio bíblico para arrepentirnos y tomar decisiones de fe que nos lleven a amarle más; y guardar el Día del Señor cada semana, mostrando que Él es nuestra prioridad y fortaleciendo la comunión con Él y con nuestros hermanos. 

Ustedes saben cuánto les insisto en esto. No es porque quiera forzarlos a hacer cosas que ustedes no quieran, o que quiera controlar sus vidas, o que gane yo algo con eso; sino porque es la forma en que les digo exactamente lo que Josué nos dice aquí: “Guardad, pues, con diligencia vuestras almas, para que améis a Jehová vuestro Dios.” Estas disciplinas espirituales son medios para guardar nuestras almas y amar a Dios con todo nuestro ser.

En conclusión, amar a Dios es aceptar Su Palabra proclamada, vivir en arrepentimiento y fe cada día, cultivar una obediencia minuciosa, entrar en Su reposo creyendo Sus preciosas promesas y vivir aquí a la luz de la eternidad. ¿Estás amando a Dios de esta manera? 

Si de verdad amamos a Dios, lo expresaremos con alabanza y adoración, lo experimentaremos con fe y gratitud profunda, y desearemos hablar de Él en todo lugar que nos encontremos. Querremos agradarle, servirle, vivir para Él, sufrir y aun morir por Él. Este es el desafío que Josué presentó a su generación, y es el mismo reto que el Espíritu Santo nos presenta hoy: guardemos con diligencia nuestras almas para amar a Jehová. Amén.

III.- Las consecuencias de apartarse de Jehová (12-16)

Leamos juntos el v.12, por favor. Josué prevé la posibilidad de que Israel se una —el mismo verbo fuerte usado anteriormente— “a lo que resta de estas naciones que han quedado con vosotros”. La idea es estremecedora: pensar que “el especial tesoro” de Dios, Israel, pudiera volverse al paganismo y no ser diferente de la cultura cananea dominante alrededor de ellos. Y, aunque parezca increíble que algo así pudiese suceder, sabemos lo inmediato y fácil que puede ser ese desvío. Por esa razón, Josué les hace la advertencia más fuerte de su discurso en los siguientes versículos.

Leamos ahora el v.13, por favor. Si los hijos de Israel no amaban a Dios con todo su ser, sino que se apartaban de Su camino y se unían a las naciones cananeas, Jehová no cumpliría Su visión en ellos, sino que permitiría que esas naciones permanecieran en medio de ellos y les fuesen “por lazo, por tropiezo, por azote para vuestros costados y por espinas para vuestros ojos” hasta que pereciesen en la tierra que Él les había dado. Noten el lenguaje: trampas para animales (lazos, tropiezo) y castigos dolorosos (azotes en los costados, espinas en los ojos). No eran mortales, pero sí aflicciones constantes que impedirían adorar a Jehová y disfrutar de Su bendición: Su reposo y la Tierra Prometida.

Leamos el v.14, por favor. Antes de morir, Josué quiso exhortar a los líderes a reconocer con todo su corazón y con toda su alma cómo Dios había sido completamente fiel con ellos, cumpliendo todas Sus promesas, incluso a pesar de su rebeldía. Es vital también para nosotros recordar y reconocer la fidelidad de Dios, porque esto nos fortalece en la lucha espiritual diaria. ¿Recuerdas tú cada día la gracia y el amor de Dios? ¿Reconoces Su fidelidad en tu vida? Entonces, digamos junto con David: “Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias; El que rescata del hoyo tu vida, El que te corona de favores y misericordias; El que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila. Jehová es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia.” (Sal. 103:2-6). ¡Aleluya! 

Leamos ahora juntos los vv. 15-16, por favor. Esta es la advertencia más fuerte del discurso. Así como Jehová cumplió Sus promesas, si los hijos de Israel se apartaban de Él, cumpliría también las maldiciones que declaró por medio de Moisés y las que ellos mismos pronunciaron en el monte Ebal en el cap. 8. Por eso debían guardar diligentemente sus almas para amar a Jehová y esforzarse en guardar Sus mandamientos, para que estas cosas no viniesen sobre ellos.

Nosotros ya no estamos en un pacto condicionado por la obediencia, porque nuestra salvación no depende de nuestra obediencia sino de la perfecta obediencia de Cristo. En Él todas las promesas de Dios son Sí y Amén (2Co. 1:20). Sin embargo, nuestra obediencia a la Palabra es la evidencia de que amamos al Señor (Jua. 14:15). Por eso, la diligencia en guardar nuestras almas para amar a Jehová mediante las disciplinas espirituales es la respuesta santa al amor de Cristo que ha sido derramado en nuestros corazones. Y si no estamos respondiendo así, puede ser una evidencia de que no hemos nacido de nuevo. Y si no hemos nacido de nuevo, ni el Espíritu Santo mora en nosotros, no podremos ni siquiera ver el reino de Dios (Jua. 3:3). 

Yo oro para que cada una de nosotros sea diligente en guardar su alma para amar a Jehová, rindiendo todo nuestro ser a Él, sirviéndole con todo lo que somos, y que así Él nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

ARCHIVOS PARA DESCARGAR



FOROS UBF ESPAÑOL

SUGERIMOS LEER

MÚSICA QUE EDIFICA

SÍGUENOS EN LAS REDES SOCIALES

ACERCA DE UBF

La Fraternidad Bíblica Universitaria (UBF) es una organización cristiana evangélica internacional sin fines de lucro, enfocada a levantar discípulos de Jesucristo que prediquen el evangelio a los estudiantes universitarios.

UBF MUNDIAL

Puede visitar el sitio de UBF en el mundo haciendo clic en el siguiente enlace (en inglés):

SUSCRIPCIÓN BOLETÍN

Ingrese su dirección e-mail para recibir noticias
e invitaciones a nuestras actividades