Josué 22:10-34

22:10 Y llegando a los límites del Jordán que está en la tierra de Canaán, los hijos de Rubén y los hijos de Gad y la media tribu de Manasés edificaron allí un altar junto al Jordán, un altar de grande apariencia.
22:11 Y los hijos de Israel oyeron decir que los hijos de Rubén y los hijos de Gad y la media tribu de Manasés habían edificado un altar frente a la tierra de Canaán, en los límites del Jordán, del lado de los hijos de Israel.
22:12 Cuando oyeron esto los hijos de Israel, se juntó toda la congregación de los hijos de Israel en Silo, para subir a pelear contra ellos.
22:13 Y enviaron los hijos de Israel a los hijos de Rubén y a los hijos de Gad y a la media tribu de Manasés en tierra de Galaad, a Finees hijo del sacerdote Eleazar,
22:14 y a diez príncipes con él: un príncipe por cada casa paterna de todas las tribus de Israel, cada uno de los cuales era jefe de la casa de sus padres entre los millares de Israel.
22:15 Los cuales fueron a los hijos de Rubén y a los hijos de Gad y a la media tribu de Manasés, en la tierra de Galaad, y les hablaron diciendo:
22:16 Toda la congregación de Jehová dice así: ¿Qué transgresión es esta con que prevaricáis contra el Dios de Israel para apartaros hoy de seguir a Jehová, edificándoos altar para ser rebeldes contra Jehová?
22:17 ¿No ha sido bastante la maldad de Peor, de la que no estamos aún limpios hasta este día, por la cual vino la mortandad en la congregación de Jehová,
22:18 para que vosotros os apartéis hoy de seguir a Jehová? Vosotros os rebeláis hoy contra Jehová, y mañana se airará él contra toda la congregación de Israel.
22:19 Si os parece que la tierra de vuestra posesión es inmunda, pasaos a la tierra de la posesión de Jehová, en la cual está el tabernáculo de Jehová, y tomad posesión entre nosotros; pero no os rebeléis contra Jehová, ni os rebeléis contra nosotros, edificándoos altar además del altar de Jehová nuestro Dios.
22:20 ¿No cometió Acán hijo de Zera prevaricación en el anatema, y vino ira sobre toda la congregación de Israel? Y aquel hombre no pereció solo en su iniquidad.
22:21 Entonces los hijos de Rubén y los hijos de Gad y la media tribu de Manasés respondieron y dijeron a los cabezas de los millares de Israel:
22:22 Jehová Dios de los dioses, Jehová Dios de los dioses, él sabe, y hace saber a Israel: si fue por rebelión o por prevaricación contra Jehová, no nos salves hoy.
22:23 Si nos hemos edificado altar para volvernos de en pos de Jehová, o para sacrificar holocausto u ofrenda, o para ofrecer sobre él ofrendas de paz, el mismo Jehová nos lo demande.
22:24 Lo hicimos más bien por temor de que mañana vuestros hijos digan a nuestros hijos: ¿Qué tenéis vosotros con Jehová Dios de Israel?
22:25 Jehová ha puesto por lindero el Jordán entre nosotros y vosotros, oh hijos de Rubén e hijos de Gad; no tenéis vosotros parte en Jehová; y así vuestros hijos harían que nuestros hijos dejasen de temer a Jehová.
22:26 Por esto dijimos: Edifiquemos ahora un altar, no para holocausto ni para sacrificio,
22:27 sino para que sea un testimonio entre nosotros y vosotros, y entre los que vendrán después de nosotros, de que podemos hacer el servicio de Jehová delante de él con nuestros holocaustos, con nuestros sacrificios y con nuestras ofrendas de paz; y no digan mañana vuestros hijos a los nuestros: Vosotros no tenéis parte en Jehová.
22:28 Nosotros, pues, dijimos: Si aconteciere que tal digan a nosotros, o a nuestras generaciones en lo por venir, entonces responderemos: Mirad el símil del altar de Jehová, el cual hicieron nuestros padres, no para holocaustos o sacrificios, sino para que fuese testimonio entre nosotros y vosotros.
22:29 Nunca tal acontezca que nos rebelemos contra Jehová, o que nos apartemos hoy de seguir a Jehová, edificando altar para holocaustos, para ofrenda o para sacrificio, además del altar de Jehová nuestro Dios que está delante de su tabernáculo.
22:30 Oyendo Finees el sacerdote y los príncipes de la congregación, y los jefes de los millares de Israel que con él estaban, las palabras que hablaron los hijos de Rubén y los hijos de Gad y los hijos de Manasés, les pareció bien todo ello.
22:31 Y dijo Finees hijo del sacerdote Eleazar a los hijos de Rubén, a los hijos de Gad y a los hijos de Manasés: Hoy hemos entendido que Jehová está entre nosotros, pues que no habéis intentado esta traición contra Jehová. Ahora habéis librado a los hijos de Israel de la mano de Jehová.
22:32 Y Finees hijo del sacerdote Eleazar, y los príncipes, dejaron a los hijos de Rubén y a los hijos de Gad, y regresaron de la tierra de Galaad a la tierra de Canaán, a los hijos de Israel, a los cuales dieron la respuesta.
22:33 Y el asunto pareció bien a los hijos de Israel, y bendijeron a Dios los hijos de Israel; y no hablaron más de subir contra ellos en guerra, para destruir la tierra en que habitaban los hijos de Rubén y los hijos de Gad.
22:34 Y los hijos de Rubén y los hijos de Gad pusieron por nombre al altar Ed; porque testimonio es entre nosotros que Jehová es Dios.

MALENTENDIDO POR EL ALTAR DE LAS TRIBUS ORIENTALES


Buenos días. Una de las características distintivas de los seres humanos sobre los animales es la complejidad de la comunicación. Los científicos evolucionistas aún intentan explicar cómo surgió la necesidad del lenguaje complejo que usamos (justamente este es uno de los puntos en contra de la evolución). La comunicación es un proceso complejo que comprende varios elementos interrelacionados que intervienen en la transmisión y recepción de mensajes, como el emisor (quien codifica y envía la idea), el receptor (quien recibe e interpreta), el mensaje (contenido transmitido), el código (sistema de signos compartido), el canal o medio (por donde viaja el mensaje), el contexto (entorno situacional y cultural), la retroalimentación (respuesta del receptor que cierra el circuito) y el ruido (cualquier obstáculo que distorsione el proceso).

En un proceso tan complejo, los malentendidos son casi inevitables. De hecho, un dicho anónimo lo resume muy bien: “Entre lo que pienso, lo que quiero decir, lo que creo decir, lo que digo, lo que oyes, lo que crees entender, lo que quieres entender y lo que entiendes... ¡existen nueve posibilidades de no entenderse!”.

Esto fue precisamente lo que ocurrió en el pasaje bíblico de hoy. Las tribus orientales (Rubén, Gad y la media tribu de Manasés) construyeron un gran altar en la ribera occidental del Jordán. El resto de las tribus lo interpretaron como un acto de rebelión e idolatría, pensando que era un altar para sacrificios aparte del tabernáculo. Ese malentendido casi provoca una guerra fratricida. Sin embargo, la manera sabia en que lo manejaron —confrontando con verdad, dialogando y aclarando intenciones— nos enseña lecciones poderosas sobre comunicación efectiva, resolución de conflictos y unidad en el pueblo de Dios. Además, ese altar nos recuerda la importancia de levantar ‘altares’ en nuestros hogares: momentos diarios de adoración y recordatorio de que pertenecemos a Dios y a Su pueblo, no solo los domingos en la congregación.

Yo oro para que este mensaje despierte en cada uno de nosotros el deseo de comunicarnos mejor, evitar malentendidos destructivos y resolverlos con madurez cristiana. Que seamos pacificadores, como hijos amados de Dios. Que levantemos altares de devoción en nuestros hogares para adorar al Señor cada día. Y que, viviendo así, el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén. 

I.- Malentendido y confrontación por el altar (10-20) 

Leamos juntos el v.10, por favor. La semana pasada vimos cómo las tribus orientales ― Rubén, Gad y la media tribu de Manasés ― partieron de Silo hacia sus hogares al otro lado del Jordán. Así se separaron físicamente de sus hermanos después de estar alrededor de siete años viviendo y peleando junto a ellos. Al llegar a los límites del Jordán, todavía en la ribera occidental, decidieron construir un enorme altar allí, “de grande apariencia”. Hasta este punto Josué no nos dice la razón por la que decidieron hacer esto, sino que nos cuenta la historia de tal modo que quedamos perplejos, como el resto de los israelitas, preguntándonos: ¿por qué rayos decidieron hacer eso? 

La “grande apariencia” del altar implica que ellos querían que fuese notorio, visible desde lejos; pero esto parecía contravenir directamente la advertencia de Moisés en Deu. 12:13-14: “Cuídate de no ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar que vieres; sino que en el lugar que Jehová escogiere, en una de tus tribus, allí ofrecerás tus holocaustos, y allí harás todo lo que yo te mando.” Jehová prohibió expresamente, a través de Moisés, que se estableciesen santuarios o centros de adoración alternativos al Tabernáculo. Entonces, este altar debe de ser una abominación al Señor. Así precisamente lo interpretan las tribus occidentales. 

Leamos juntos los vv. 11-12, por favor. Al oír del altar, las tribus occidentales se indignaron tanto por esta aparente rebelión de los orientales, que toda la congregación se reunió en Silo, lista para ir a la guerra contra sus hermanos. Quienes habían luchado juntos parecen ahora destinados a destruirse mutuamente. Es una situación terrible. La motivación es piadosa y honorable, ya que implica obediencia a la Palabra de Dios: el idólatra debe morir; pero las consecuencias potenciales de este conflicto serían devastadoras: Ruptura de la unión nacional y la posibilidad de que los cananeos que aún quedaban en la tierra aprovecharan la situación para recuperar territorio.

Sin embargo, de alguna manera no especificada en el pasaje bíblico, la sabiduría prevaleció. Leamos ahora juntos los vv. 13-14. Antes de irse desbocadamente en armas contra sus hermanos, la congregación de los hijos de Israel constituyó una delegación encabezada por Finees, hijo del Sumo Sacerdote Eleazar, y conformada por un príncipe de cada una de las diez tribus occidentales para que fuesen a indagar sobre este asunto con las tribus orientales. Una verdadera embajada de paz que, con el favor de Dios, haría innecesario el conflicto. 

Leamos ahora juntos los vv. 15-16, por favor. La delegación llegó a la tierra de Galaad ― al otro lado del Jordán― reunió a las tribus orientales y les habló con estas palabras fuertes: “Toda la congregación de Jehová dice así: ¿Qué transgresión es esta con que prevaricáis contra el Dios de Israel para apartaros hoy de seguir a Jehová, edificándoos altar para ser rebeldes contra Jehová?” Aunque era una embajada de paz, el tono fue directo y vehemente. En nuestra generación actual, tan sensible a cualquier palabra que incomode, esto ofendería mucho. O si, por el contrario, encontramos un receptor irascible, podría encender su furor. Sin embargo, ante una aparente rebelión tan grave, era necesario un fuerte llamado a la reflexión y al arrepentimiento. 

Aunque entendemos ahora que fue un malentendido, en ese momento hicieron lo correcto: denunciar el pecado con claridad y llamar con urgencia al arrepentimiento. Hoy en día hace falta esto en el púlpito cristiano. Bajo la bandera del amor y de la gracia, muchos predicadores evitan confrontar el pecado para no ofender ni perder asistentes. El resultado: creyentes que viven cómodos en el pecado o con sus ojos puestos en este mundo. 

Como predicador yo tengo el deber de denunciar el pecado y llamar al arrepentimiento, aunque mis palabras incomoden. Prefiero que salgan incómodos por su pecado, rebeldía, falta de compromiso u orgullo, a que me aplaudan mientras viven en desobediencia a la voluntad de Dios. Tengo mi conciencia limpia ante Dios respecto a ustedes: si no se han arrepentido, si no viven según Su voluntad, si no se han comprometido con la misión, no es por falta de llamado, sino porque no han querido escuchar. Y si no lo hacen, eventualmente se incomodarán tanto que se irán —y está bien, porque no quiero una iglesia llena de personas en pecado y sin compromiso. Oro para que UBF Panamá sea una iglesia de discípulos fieles, pastores y misioneros que cada día se niegan a sí mismos, toman su cruz y siguen a Jesús. Amén. 

Leamos juntos los vv. 17-18. Como parte de su llamado al arrepentimiento, el sacerdote Finees recuerda el grave incidente de Baal-Peor en Núm. 25: cuando el pueblo, aún acampado en Sitim, antes de cruzar el Jordán para conquistar Canaán, fornicaron con las hijas de Moab y participaron de la adoración a Baal. Esto encendió el furor de Jehová, Quien mandó a ejecutar a los idólatras. Y es especialmente relevante que sea Finees quien lo mencione, porque fue él quien, con celo santo, atravesó con su lanza a un israelita y a una moabita en pleno acto, deteniendo así la plaga que mató a veinticuatro mil personas (Núm. 25:9). Esto sirve para traer a la memoria las devastadoras consecuencias de la idolatría.

Además, con estas palabras, Finees revela la profunda preocupación de las tribus occidentales: “Vosotros os rebeláis hoy contra Jehová, y mañana se airará él contra toda la congregación de Israel.” (v.18). El pecado de las tribus orientales podía traer juicio sobre todos. Dios estableció esta corresponsabilidad nacional en Su pacto para que nadie fuera indiferente al pecado del hermano. Si pensaran: “Allá ellos. Jehová los juzgue”, no habrían actuado. Pero al pensar que les afectaba a ellos también, confrontaron con verdad para llamar al arrepentimiento.

Lamentablemente, hoy muchos adoptan una actitud individualista: ven a un hermano en pecado, lo critican o chismean, pero no intervienen para su restauración. Amados hermanos, si ven a algún hermano cayendo en pecado, no lo ignoren: hablen con su pastor para que pueda ayudarlo, oren por él y busquen restaurarlo con mansedumbre. Animémonos unos a otros a perseverar en la fe, y no dejemos atrás a ningún soldado caído en la batalla espiritual. Amén.

Leamos juntos el v.19, por favor. Finees revela la posible razón que las tribus occidentales concluyeron por la que los orientales construyeron el altar: Pensaban que su tierra no era santa porque el Tabernáculo de Jehová estaba al otro lado del río, excluyéndolos de la adoración plena. Por eso les ofrecieron: “Si os parece que la tierra de vuestra posesión es inmunda, pasaos a la tierra de la posesión de Jehová, en la cual está el tabernáculo de Jehová, y tomad posesión entre nosotros”. ¡Qué ofrecimiento tan hermoso! ¡Ellos estaban dispuestos a ceder tierras de sus heredades para que sus hermanos no se sintiesen excluidos y pudiesen servir juntos a Jehová! Aunque llegaron a una conclusión incorrecta, es conmovedor ver lo que ellos estaban dispuestos a hacer por sus hermanos. 

¿Qué estás dispuesto tú a hacer por la salvación de otros? Yo estoy dispuesto a ceder mi poco tiempo libre para servirles a ustedes con la Palabra de Dios a través de los estudios bíblicos y los mensajes dominicales, para que puedan crecer como discípulos de Jesús. Estoy dispuesto a dar mis diezmos y ofrendas para que sean usados para la obra de Dios: Para pagar el alquiler de esta oficina, la electricidad, el agua que tomamos, las comidas, etc. Estoy dispuesto a ceder mi orgullo para seguir sirviéndoles, aun cuando no escuchen mis consejos ni sigan la dirección que les doy. ¿Estás tú dispuesto a ceder? ¿Qué ofreces para Dios y para Su obra? Oro para que tengamos este corazón de servicio por nuestros hermanos, por nuestras familias y por los estudiantes de las Universidad de Panamá, para que alcancen la salvación y se levanten como discípulos de Jesús. Amén.

Leamos ahora el v.20. Finalmente, Finees les recuerda la prevaricación de Acán que aprendimos en Jos. 7: Un solo hombre pecó tomando del anatema en Jericó, pero a causa de eso murieron los tres mil hombres enviados a tomar Hai. El pecado de un solo hombre puede tener consecuencias devastadoras para toda la nación. Así, el supuesto pecado de las tribus orientales podía hacer que muriese toda la congregación de Israel. De esta manera terminó Finees su admonición a las tribus orientales. Veamos cómo respondieron ellos a continuación.

II.- La aclaración: Para testimonio, no para sacrificio (21-34)

Leamos juntos los vv. 21-23, por favor. Ante semejante reprensión, muchos habrían respondido con igual o mayor enojo, y se habría armado un tremendo escándalo. Si yo con esa misma vehemencia los confronto y les pregunto: “¿Hasta cuándo van a vivir así? ¿Hasta cuándo van a faltar a sus compromisos con el Señor? ¿Hasta cuándo van a faltar al Culto Dominical por cualquier razón? ¿Hasta cuándo van a ser negligentes en escribir sus testimonios bíblicos? ¿No quieren crecer como discípulos de Jesús? ¿No quieren ser pastores para las ovejas universitarias? ¿No quieren vivir conforme a la voluntad de Dios? ¿Acaso quieren vivir como ‘cristianos de domingo’? ¡Arrepiéntanse!” ¿Cómo se sienten? ¿Cómo responderán? Espero que ninguno se aíre ni intente justificarse, sino que se sientan confrontados por aquello que les aplique y tengan un arrepentimiento genuino.

Sin embargo, a pesar de las fuertes palabras de Finees, las tribus orientales no respondieron con ánimos caldeados. Casi puedo imaginar la cara de sorpresa y desconcierto de los rubenitas, gaditas y la media tribu de Manasés mientras escuchaban. ¡Todo era un gran malentendido! ¡Nunca fue esa su intención! Entonces, comenzaron su respuesta con una invocación solemne: “Jehová Dios de los dioses, Jehová Dios de los dioses”. Así, pusieron a Dios como testigo supremo: Él conoce la verdad de sus corazones y el propósito del altar. Y declararon: “si fue por rebelión o por prevaricación contra Jehová, no nos salves hoy. Si nos hemos edificado altar para volvernos de en pos de Jehová, o para sacrificar holocausto u ofrenda, o para ofrecer sobre él ofrendas de paz, el mismo Jehová nos lo demande.”

Ellos reconocieron que las palabras de Finees eran ciertas y que la preocupación de sus hermanos occidentales era legítima: si el altar hubiera sido para sacrificios y ofrendas —un altar rival de adoración—, habría sido un pecado gravísimo y merecerían el juicio de Dios. No obstante, esa nunca fue su intención. Ahora procederán a explicar con claridad sus verdaderas razones e intenciones. 

Leamos juntos los vv. 24-28, por favor. Cuando las tribus orientales llegaron a la ribera occidental del Jordán, antes de cruzarlo definitivamente hacia su heredad, se dieron cuenta de la gran barrera física que los separaría de sus hermanos: el río Jordán. Temieron que, en el futuro, los descendientes de las tribus occidentales dijesen a los suyos: “¿Qué tenéis vosotros con Jehová Dios de Israel?” (v.24). Es decir, que pensaran que, por vivir al otro lado del río, los orientales ya no formaban parte del pueblo de Dios ni podían adorar a Jehová en el Tabernáculo junto con ellos.

Entonces, para prevenir ese rechazo generacional y esa exclusión futura, decidieron construir un gran altar —un “símil del altar de Jehová” (v.28)— no para holocausto ni para sacrificio, sino para que sea un testimonio de que ellos habían visto el altar y habían servido en él, y que sus hijos también podían hacerlo porque eran parte del pueblo de Jehová. Por eso lo hicieron imponente, visible desde lejos y colocado estratégicamente en la ribera occidental: para que todos lo vieran y recordaran la unidad nacional a pesar de la distancia y la barrera del Jordán. ¡Qué gran idea y qué hermoso testimonio de amor fraternal y celo por la unidad!

Aunque alguno podría objetar que hacer un altar similar al del tabernáculo era riesgoso —podía generar confusión, como de hecho ocurrió, y quizás en el futuro algún descendiente lo usara para sacrificios—, la intención clara, la enseñanza a los hijos y el propósito explícito de “testimonio” (no de culto), lo convirtieron en un recordatorio poderoso de cómo y dónde se debe adorar a Jehová. A pesar del malentendido inicial, el altar quedó como un monumento de unión, y no hay evidencia en la Escritura de que sus descendientes lo usaran jamás para otro fin.

Hoy en día, la adoración al Señor ya no está limitada a un lugar físico específico, como le explicó Jesús a la mujer samaritana: “Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. […]. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” (Jua. 4:21, 23-24). La adoración verdadera surge del espíritu y se basa en la verdad, no en un templo o monte particular. Pero, ¡cuidado! Esto no debe usarse como excusa para dejar de congregarnos. Heb. 10:25 nos amonesta claramente: “no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.” La adoración no se reduce a un lugar ni solo a lo congregacional; debemos adorar al Señor todos los días, en cualquier lugar donde estemos. Toda nuestra vida debe ser una adoración continua.

Debemos congregarnos los domingos para adorar juntos al Señor con nuestros hermanos, pero ese no puede ser el único momento de adoración en la semana. Debemos adorar al Señor todos los días en todo lugar que nos encontremos. Toda nuestra vida debe ser una adoración al Señor. Debemos presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es nuestro culto lógico y verdadero (Rom. 12:1).

Por eso sería una excelente idea levantar ‘altares’ en nuestros hogares —no como los del Antiguo Testamento, sino recordatorios diarios que complementen nuestra adoración congregacional. Los que vieron la película: “Cuarto de Guerra” recordarán cómo la protagonista transforma un closet en un ‘cuarto de guerra’ de oración y meditación bíblica. Si tenemos espacio, podemos dedicar un rincón tranquilo para orar, leer la Escritura y escribir nuestros testimonios bíblicos, lejos de las distracciones. 

Pero lo más importante no es el espacio físico, sino el tiempo apartado. Necesitamos reservar momentos diarios para la comunión con Dios. En nuestro ministerio de UBF les ofrecemos algunas herramientas para esto: el Pan Diario, un devocional diario para meditar la Palabra y orar; y el testimonio bíblico, una herramienta poderosa que nos permite meditar profunda e intencionalmente la Palabra de Dios y aplicarla a nuestras vidas, preparándonos también como mensajeros.

Además, podemos levantar ‘altares’ familiares: estudios bíblicos en casa, comer el Pan Diario juntos, o un culto familiar semanal con alabanzas y meditación de un pasaje. Esto fortalece la comunión con Dios y une a la familia para servirle juntos.

¿Has levantado estos ‘altares’ en tu vida diaria? ¿O dependes solo de los domingos? Yo oro para que cada uno de nosotros los levante con disciplina. Que aprovechemos las herramientas de nuestro ministerio. Que, a través de ellos, crezcamos en comunión con Dios y adoremos al Señor cada día de nuestras vidas. Amén.

Leamos juntos el v.29. Finalmente, las tribus orientales hacen una declaración solemne —casi como una oración piadosa— para que nunca les acontezca rebelarse contra Jehová edificando un altar rival para adoración. Su deseo era permanecer fieles al Señor y que sus descendientes también le adorasen en el lugar que Él había escogido.

Leamos ahora juntos los vv. 30-33. Finees y toda la delegación quedaron satisfechos con la explicación y la intención clara de las tribus orientales. Les pareció bien que el altar quedase como testimonio de que ellos también pertenecían al pueblo de Jehová. Regresaron a Silo y contaron todo a los hijos de Israel, a quienes también les pareció bien el asunto. Toda la congregación se alegró y bendijo a Jehová.

Leamos el v.34. Las tribus orientales nombraron el altar Ed, que significa testigo, pues quedó como testimonio permanente a todas las tribus de que los orientales también eran parte del pueblo de Dios, con pleno derecho a adorar al Señor junto con sus hermanos en el Tabernáculo. 

Yo oro para que también nosotros tengamos un testimonio claro en nuestra vida diaria de que somos hijos de Dios. Que cuando la gente nos vea —en el trabajo, en la universidad, en nuestros hogares— glorifique a Dios por nuestras vidas santas y fieles. Que podamos tener una comunicación efectiva y humilde, como la que demostraron las tribus orientales aquí: respondiendo con verdad y paz, incluso cuando alguien nos hable ásperamente. Y que, viviendo de esta manera, el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

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