Josué 18:10 - 19:9

18:10 Y Josué les echó suertes delante de Jehová en Silo; y allí repartió Josué la tierra a los hijos de Israel por sus porciones.
18:11 Y se sacó la suerte de la tribu de los hijos de Benjamín conforme a sus familias; y el territorio adjudicado a ella quedó entre los hijos de Judá y los hijos de José.
18:12 Fue el límite de ellos al lado del norte desde el Jordán, y sube hacia el lado de Jericó al norte; sube después al monte hacia el occidente, y viene a salir al desierto de Bet-avén.
18:13 De allí pasa en dirección de Luz, al lado sur de Luz (que es Bet-el), y desciende de Atarot-adar al monte que está al sur de Bet-horón la de abajo.
18:14 Y tuerce hacia el oeste por el lado sur del monte que está delante de Bet-horón al sur; y viene a salir a Quiriat-baal (que es Quiriat-jearim), ciudad de los hijos de Judá. Este es el lado del occidente.
18:15 El lado del sur es desde el extremo de Quiriat-jearim, y sale al occidente, a la fuente de las aguas de Neftoa;
18:16 y desciende este límite al extremo del monte que está delante del valle del hijo de Hinom, que está al norte en el valle de Refaim; desciende luego al valle de Hinom, al lado sur del jebuseo, y de allí desciende a la fuente de Rogel.
18:17 Luego se inclina hacia el norte y sale a En-semes, y de allí a Gelilot, que está delante de la subida de Adumín, y desciende a la piedra de Bohán hijo de Rubén,
18:18 y pasa al lado que está enfrente del Arabá, y desciende al Arabá.
18:19 Y pasa el límite al lado norte de Bet-hogla, y termina en la bahía norte del Mar Salado, a la extremidad sur del Jordán; este es el límite sur.
18:20 Y el Jordán era el límite al lado del oriente. Esta es la heredad de los hijos de Benjamín por sus límites alrededor, conforme a sus familias.
18:21 Las ciudades de la tribu de los hijos de Benjamín, por sus familias, fueron Jericó, Bet-hogla, el valle de Casis,
18:22 Bet-arabá, Zemaraim, Bet-el,
18:23 Avim, Pará, Ofra,
18:24 Quefar-haamoni, Ofni y Geba; doce ciudades con sus aldeas;
18:25 Gabaón, Ramá, Beerot,
18:26 Mizpa, Cafira, Mozah,
18:27 Requem, Irpeel, Tarala,
18:28 Zela, Elef, Jebús (que es Jerusalén), Gabaa y Quiriat; catorce ciudades con sus aldeas. Esta es la heredad de los hijos de Benjamín conforme a sus familias.
19:1 La segunda suerte tocó a Simeón, para la tribu de los hijos de Simeón conforme a sus familias; y su heredad fue en medio de la heredad de los hijos de Judá.
19:2 Y tuvieron en su heredad a Beerseba, Seba, Molada,
19:3 Hazar-sual, Bala, Ezem,
19:4 Eltolad, Betul, Horma,
19:5 Siclag, Bet-marcabot, Hazar-susa,
19:6 Bet-lebaot y Saruhén; trece ciudades con sus aldeas;
19:7 Aín, Rimón, Eter y Asán; cuatro ciudades con sus aldeas;
19:8 y todas las aldeas que estaban alrededor de estas ciudades hasta Baalat-beer, que es Ramat del Neguev. Esta es la heredad de la tribu de los hijos de Simeón conforme a sus familias.
19:9 De la suerte de los hijos de Judá fue sacada la heredad de los hijos de Simeón, por cuanto la parte de los hijos de Judá era excesiva para ellos; así que los hijos de Simeón tuvieron su heredad en medio de la de Judá.

LA HEREDAD DE BENJAMÍN Y SIMEÓN: PARTÍCIPES DE LA BENDICIÓN DE JUDÁ


Buenos días. En el mensaje de hoy aprenderemos la adjudicación de la herencia a Benjamín y Simeón, dos de las siete tribus negligentes que fueron reprendidas en el pasaje bíblico anterior y que con arrepentimiento enmendaron diligentemente su error yendo a delinear, describir y dividir la tierra que faltaba por repartir, y regresando a Josué para que les fuesen echadas suertes. Veremos cómo les tocó a ellas las primeras dos suertes y cómo los territorios asignados cumplían con las profecías y las llevaron a ser partícipes de la bendición de Judá.

Pero, antes de entrar a profundizar en el pasaje bíblico de hoy, me gustaría compartir con ustedes una historia que ilustra lo que significa ser participantes en la iglesia: la bendición de la comunión y de compartir las luchas. Hace unos años, en una pequeña iglesia, una hermana enfrentaba una profunda crisis: Su esposo había perdido su empleo repentinamente, la deuda médica por la enfermedad crónica de su hija adolescente se acumulaba, y ella misma luchaba con la depresión que la hacía sentir que ‘Dios se había olvidado de su familia’. Ella asistía a la iglesia, pero llevaba meses guardando silencio: llegaba, se sentaba al fondo, lloraba discretamente durante los cantos y el mensaje, y se iba rápido después del culto. Pensaba: ‘Nadie entenderá; no quiero ser carga. Esto es algo que debo resolver yo sola con Dios’.

Un día, durante un estudio bíblico grupal, la líder notó su mirada apagada y le preguntó con gentileza: ‘¿Hermana, cómo estás realmente? Por favor, dime ¿cómo está tu corazón?’. Ante estas palabras, ella rompió en llanto. Compartió todo lo que tenía en su corazón: el miedo a perder su casa, la culpa por no poder ayudar bien a su hija, el sentimiento de fracaso como esposa y madre, y la pregunta que la atormentaba: ‘¿Por qué Dios permite esto?’ Lo que pasó después fue transformador. En lugar de consejos rápidos o frases cliché, el grupo la escuchó atentamente y oraron por ella, clamando al Señor por provisión, sanidad emocional y fortaleza espiritual. Al terminar, una hermana mayor (que había pasado por viudez y depresión años atrás) le dijo: ‘Hermana, yo también cargué eso sola al principio. Pero cuando lo compartí aquí, Dios usó a esta familia para sostenerme. Ahora déjame ayudarte a llevar tu carga’.

En las semanas siguientes, la comunión se volvió práctica y tangible: Un hermano que era contador revisó las finanzas familiares y les ayudó a reorganizar deudas sin cobrar nada. Dos familias del grupo les preparaban comida y las llevaban por turnos durante un mes. Otra hermana acompañaba a la hija a sus citas médicas para que ella pudiese descansar. Cada semana, en el grupo, ella actualizaba cómo iba, y todos oraban específicamente por cada detalle.

Poco a poco, ella vio cómo Dios respondía: Su esposo logró conseguir un empleo, su hija mejoró notablemente con el tratamiento, y ella recuperó la esperanza y la paz. Meses después, ella compartió en su testimonio bíblico: ‘Pensé que mi carga era solo mía, pero, al abrirme con ustedes, Dios la repartió entre sus hijos. Ahora entiendo lo que significa la comunión en la iglesia: no es solo cantar juntos, es llorar juntos, orar juntos y ver cómo Dios multiplica las fuerzas cuando compartimos.’  

Así como aquella hermana descubrió la bendición de la comunión en la iglesia al compartir sus cargas, en el pasaje bíblico de hoy aprenderemos cómo Benjamín y Simeón participaron de la bendición de Judá por los territorios que les fueron asignados según la voluntad de Dios. Yo oro para que nosotros también podamos participar de la bendición de la tribu de Judá en nuestras vidas y que, en nuestra iglesia, experimentemos una comunión tan preciosa como la de la historia que les compartí. Que, al cultivar este ambiente de amor y comunión, el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén. 

I.- La heredad de Benjamín (18:10-28) 

Leamos juntos el v.18:10, por favor. Después de que los veintiún exploradores de las siete tribus que no habían recibido su heredad regresaron a Josué con el libro contentivo de la descripción, delineación y división de la tierra aún no repartida, Josué les echó suertes delante de Jehová en Silo, frente al Tabernáculo de Reunión que acababa de establecerse allí. Este método se ha usado consistentemente para adjudicar las heredades al occidente del Jordán, asegurando que la distribución sea conforme a la voluntad divina y no a influencias humanas, como dice Pro. 16:33: “La suerte se echa en el regazo; mas de Jehová es la decisión de ella.” Así, los territorios que se asignarían a continuación serían adjudicados por la soberana voluntad de Jehová —y esto se hará especialmente evidente en la heredad de Simeón. Pero por ahora, veamos a quién le correspondió la primera suerte. 

Leamos ahora juntos el v.18:11, por favor. Interesantemente, la primera suerte salió para los hijos de Benjamín, el menor de los hijos de Jacob. Si se hubiese seguido el orden de nacimiento, Benjamín habría sido el último. Sin embargo, como hemos visto en mensajes anteriores, el orden del reparto no sigue el nacimiento, sino aparentemente la magnitud de las bendiciones proféticas de Jacob y Moisés. Precisamente, en la bendición de Moisés en Deu. 33, Benjamín es mencionado antes que las otras tribus pendientes, mientras que Simeón ni siquiera aparece. Quizá por eso recibe su suerte primero. 

El territorio de Benjamín quedó ubicado entre las tribus de Judá y los hijos de José (Efraín y Manasés). Tal como profetizó Moisés: “A Benjamín dijo: El amado de Jehová habitará confiado cerca de él; lo cubrirá siempre, y entre sus hombros morará.” (Deu. 33:12). Benjamín estaba rodeado y protegido por sus hermanos, aunque era reconocido como un pueblo de guerreros zurdos, expertos con la honda (Jue. 20:15-16). 

Esta posición estratégica podría explicar el minucioso detalle de sus linderos en los vv. 18:12-20: para prevenir futuras disputas fraternas. Los límites comienzan al norte desde el Jordán, bordeando Jericó, el desierto de Bet-avén, Bet-el hasta Bet-horón; coincidiendo, obviamente, con el límite sur de Manasés y Efraín. Luego, el límite occidental va hasta Quiriat-jearim y la fuente de Neftoa. Al sur, desciende al “valle de Hinom, al lado sur del jebuseo, y de allí desciende a la fuente de Rogel.” (v.18:16). Ese sería su límite más austral. Sube nuevamente al norte por En-semes, Gelilot, la subida de Adumín, hasta la bahía norte del mar Salado, que es el Mar Muerto. Esto corresponde con el límite norte de Judá. Finalmente, el límite oriental es el río Jordán. “Esta es la heredad de los hijos de Benjamín por sus límites alrededor, conforme a sus familias.” (v.18:20).

Leamos juntos los vv. 18:21-28. Veintiséis ciudades en total. Aunque su territorio es relativamente pequeño en comparación con sus vecinos Judá, Efraín y Manasés, le fueron asignadas un número significativo de ciudades, muchas de ellas destacadas en la historia de Israel: Jericó, la primera ciudad conquistada en Canaán y donde Jesús mostró Su poder sanador y salvador (cf. Mat. 20; Luc. 19); Bet-el, renombrada así por el patriarca Jacob tras su visión de la escalera celestial (Gén. 28); Gabaón, donde se estableció el Tabernáculo durante un tiempo (1Cr. 16:39), y donde Salomón ofreció 1,000 holocaustos y recibió el famoso sueño pidiendo sabiduría a Dios (1Re. 3:4-15); Mizpa, base de Samuel como juez y lugar de renovación espiritual, allí convocó a todo Israel para confesar sus pecados, ofrecer sacrificios y pedir ayuda a Dios contra los filisteos (1Sa. 7); y, Jerusalén (Jebús), el lugar que Jehová escogería para que estuviese Su templo durante siglos.

La historia de Benjamín quedó íntimamente entrelazada a la de Judá. Compartían Jerusalén, y cuando el reino se dividió y las otras tribus reconocieron a Jeroboam como rey, Benjamín mantuvo su lealtad a la Casa de David, conformando junto con Judá, el reino del Sur, mejor conocido como el Reino de Judá. Así, Benjamín no participó de la idolatría del reino del norte ni desapareció con las diez tribus en la deportación asiria en el 722 a.C., sino que permaneció bajo la bendición davídica hasta el exilio babilónico en el 586 a.C. Al regresar del exilio, los que refundaron la nación eran principalmente descendientes de Judá, Benjamín y Leví (Esd. 1:5). De esta manera, Benjamín fue partícipe de la bendición de Judá.

Cuando aceptamos a Jesús como nuestro Señor y Salvador, nosotros, al igual que Benjamín, nos hacemos partícipes de la bendición de Judá, pues Jesús es el Mesías prometido que descendió humanamente de esta tribu (Heb. 7:14). Y como dice Gál. 3:14,29, a través de Cristo participamos de la promesa hecha a Abraham. Sigamos, pues, el ejemplo de Benjamín: reconozcamos el señorío del Hijo de David en nuestras vidas para participar de Su bendición —la salvación y la vida eterna en el Reino de Dios. Amén.  

II.- La heredad de Simeón (19:1-9)  

Leamos juntos el v.19:1, por favor. La segunda suerte tocó a Simeón. Aunque fue el segundo hijo de Jacob, recibió su heredad después de cuatro de sus hermanos y de sus dos sobrinos, los hijos de José (Efraín y Manasés). Esta tribu tuvo muy poca relevancia en la historia de Israel: ningún juez, profeta ni líder espiritual fue simeonita. De hecho, vemos que la suerte no les tocó en ninguna de las porciones descritas y divididas en el capítulo anterior, sino que se les otorgó “en medio de la heredad de los hijos de Judá”. La justificación aparece en el v.19:9: “por cuanto la parte de los hijos de Judá era excesiva para ellos; así que los hijos de Simeón tuvieron su heredad en medio de la de Judá.” Esta es una curiosa afirmación, ya que la suerte de Judá se dio “conforme a sus familias” (Jos. 15:1), pero ya analizaremos esto más adelante. 

Lo cierto es que la suerte determinó que la voluntad soberana de Dios era que Simeón recibiesen su heredad en medio de Judá, cumpliendo la profecía de Jacob en Gén. 49:5-7: “Simeón y Leví son hermanos; armas de iniquidad sus armas. En su consejo no entre mi alma, ni mi espíritu se junte en su compañía. Porque en su furor mataron hombres, y en su temeridad desjarretaron toros. Maldito su furor, que fue fiero; y su ira, que fue dura. Yo los apartaré en Jacob, y los esparciré en Israel.” Simeón y Leví mataron a todos los siquemitas en venganza por la deshora de su hermana Dina (Gén. 34). Por eso Jacob los maldijo a ser esparcidos en Israel. 

Leví no recibió territorio propio, sino ciudades dispersas entre las otras tribus. Simeón fue esparcido dentro de Judá. Leví se redimió con su lealtad a Jehová en el incidente del becerro de oro (Éxo. 32), pero Simeón no tuvo un momento similar de redención colectiva. Por eso vemos que el número de sus varones aptos para la guerra disminuyó drásticamente en cada censo: de 59,300 en Núm. 1:23 a solo 22.200 en Núm. 26:14. Al recibir su territorio dentro de Judá, muy pronto esta tribu fue asimilada, perdiendo su identidad tribal y dejando solo la memoria de su posesión original. Poco después ya no quedaría ninguna familia que reclamase ascendencia simeonita de forma independiente, cumpliéndose la profecía de Jacob. Esta tribu desapareció como entidad separada, similar a las diez del norte, pero por una razón diferente: no por la deportación asiria, sino por una integración gradual en Judá. Terminaron convirtiéndose en judaítas.

Leamos ahora juntos los vv. 19:2-8, por favor. Diecisiete ciudades en el corazón del territorio de Judá: la mayoría en el desierto del Neguev y dos (Eter y Asán) en la Sefela (tierra baja fértil). Apenas un par de ellas destacan en la historia: Beerseba, donde se establecieron los tres patriarcas: Abraham, Isaac y Jacob, aunque Isaac fue el que pasó allí la mayor parte de su vida; y Siclag, que después fue tomada por los filisteos, pero se la dieron a David como refugio (1Sa. 27:6), convirtiéndose en su base antes de ser rey.

Si bien Simeón recibió este territorio como parte del juicio divino y después desapareció como tribu, resulta interesante que Judá estuviera dispuesto a compartir su heredad cuando ya se habían delimitado las siete porciones restantes. Es como si en una de nuestras celebraciones, les damos a uno de ustedes su porción de comida y después les decimos: ‘No, espera. Te hemos dado mucho. Hay que sacar de tu plato para otro hermano.’ Creo que nuestra primera reacción sería: ‘¿Por qué de la mía? Yo creo que he recibido lo justo. Es más, me podría comer otro plato más.’ Pero en el texto bíblico no parece que Judá reaccionara así. De hecho, el libro de Jueces sugiere que aceptó el asunto de buena gana. Quizá porque, en realidad, sí les resultaba excesivo el territorio que habían recibido.

Leamos juntos el v.19:9, por favor. Esto presenta una situación bastante inusitada: Judá reconoce que tiene más que suficiente, y está dispuesto a compartir con Simeón. Además, pareciera que las suertes no se habían echado correctamente para Judá anteriormente. Sin embargo, la razón por la cual Judá compartió su territorio, en parte parece haber sido porque éste era mayor de lo que podían ocupar y defender solos —con muchas ciudades por conquistar en el Neguev, la Sefela y la franja costera filistea. 

Compartiendo parte de la tierra con Simeón, las dos tribus podrían ayudarse mutuamente. Esto lo podemos ver en Jue. 1:3: “Y Judá dijo a Simeón su hermano: Sube conmigo al territorio que se me ha adjudicado, y peleemos contra el cananeo, y yo también iré contigo al tuyo. Y Simeón fue con él.” Judá reconoció su necesidad de ayuda para expulsar a los cananeos, y Simeón aportó guerreros. Así, las dos tribus se fortalecieron mutuamente.

De este pasaje podemos extraer lecciones preciosas para nosotros: En lugar de enfocarnos en lo que nos falta y quejarnos, debemos reconocer la sobreabundante bendición de Dios, Quien “es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros” (Efe. 3:20). Deberíamos estar dispuestos a compartir esa sobreabundancia con nuestros hermanos, como lo estuvo Judá. Y debemos reconocer nuestra debilidad espiritual, compartiendo nuestras luchas con nuestros hermanos, como lo hicieron Judá y Simeón, y como lo hizo la hermana de la historia que les conté en la introducción. Así podremos participar de la bendición de la verdadera comunión en Cristo Jesús.

Amados hermanos, venzamos las barreras que nos impiden vivir esta preciosa comunión: el orgullo, las barreras culturales, la hipocresía. Dejémoslas de lado y comportémonos como una verdadera familia en Cristo. Con sinceridad compartamos nuestras luchas espirituales los unos con los otros, y oremos fervorosa y amorosamente los unos por los otros. Que, como la iglesia primitiva, perseveremos cada día en la fe, compartiendo nuestros alimentos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todos. Cuando vivamos así, el Señor añadirá cada día a la iglesia los que han de ser salvos (Hch. 2:46-47). Amén.

Cuando fui a la iglesia por primera vez a los 17 años, pude sentir este amor y comunión allí. Aunque iba vestido de roquero, con un montón de cadenas, pulseras, anillos; en bermudas y con peinados raros. Sin embargo, me recibieron con amor genuino, sin juzgarme. Eso fue lo que me hizo regresar y quedarme.

También lo viví en UBF Caracas. Cuando llegué, se podía sentir el amor y el servicio de todos. Éramos realmente una gran familia. Aunque solo teníamos cultos los domingos, como aquí, durante la semana la mayoría íbamos al Centro Bíblico a estudiar la Biblia. Y mientras esperábamos nuestro estudio, conversábamos de la universidad, de béisbol, de fútbol, de nuestra relación con Dios, de nuestros pastores, de nuestras ovejas, de las ideas que teníamos para las actividades de la iglesia… jugábamos ping-pong, dominó; íbamos juntos al cine. ¡Fueron tiempos muy hermosos!

Claro, en esa época éramos estudiantes universitarios solteros y sin hijos. Teníamos tiempo libre y la fuerza y el gozo de la juventud. Nuestra realidad actual es diferente. Estoy consciente de que en nuestra iglesia no contamos con muchos espacios para practicar esta comunión: solo nos vemos los domingos un par de horas, y durante la semana casi ni nos vemos ni nos comunicamos, salvo algunos estudios bíblicos, y la mayoría en línea y con la cámara apagada, así que ni siquiera nos vemos las caras.

Por eso les ruego, por las misericordias de Dios, que hagamos un mayor esfuerzo consciente para cultivar nuestra comunión, especialmente con nuestras ovejas, pero también con nuestros otros hermanos. Tratemos de tener los estudios bíblicos presenciales; o si son en línea, encendamos las cámaras y concentrémonos en la Palabra y en la comunión. Aprovechemos la oración de dos en dos. Siéntese con un hermano diferente cada domingo y abran sus corazones uno al otro. Oremos con sinceridad. Consolémonos y animémonos unos a otros. 

Cuando tengamos la oportunidad, invitemos a un hermano a comer o a tomar un café para conversar de nuestras vidas, de nuestras luchas y de nuestras alegrías en Cristo. Seamos una verdadera familia espiritual: amorosa, servicial, en comunión. Si cultivamos este ambiente en la iglesia, la gente va a querer venir y crecer aquí en su relación con Dios. 

Por favor mediten esta semana en sus testimonios bíblicos: ¿Cómo puedo experimentar más la comunión con los hermanos de la iglesia? ¿Cómo podemos compartir mejor nuestras luchas y orar los unos por los otros?

Yo oro para que podamos crecer en la comunión en nuestra iglesia. Que experimentemos más abundantemente la bendición de Dios en nuestras vidas. Y que, al vivir así, el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

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