Lucas 22:14-20
22:14 Cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles.22:15 Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca!
22:16 Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios.
22:17 Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros;
22:18 porque os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga.
22:19 Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí.
22:20 De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.
HACED ESTO EN MEMORIA DE MÍ
Buenos días. ¡Feliz Año Nuevo! Espero que hayan disfrutado la Nochevieja en compañía de sus seres queridos. Doy gracias a Dios porque estamos acá reunidos en este primer domingo del año para comenzar este 2026 meditando en el año que pasó ― con nuestros Tópicos de Agradecimiento y de Arrepentimiento―, y con nuestra resolución para este nuevo año con nuestro versículo clave para 2026. Además, de participar de la Cena del Señor. Oro para que en este año nos acerquemos más a Cristo y crezcamos como discípulos de Jesús. Amén.
En las últimas tres semanas estuvimos celebrando la Navidad con tres lecturas especiales. Muchos cristianos conservadores opinan que las iglesias evangélicas no deberían celebrar la Navidad porque la Biblia no ordena hacerlo. Si bien la Biblia no lo ordena, en la primera lectura especial de Navidad les expliqué que nosotros aprovechamos estas fechas para anunciar el verdadero significado del nacimiento de Jesús con el mensaje del evangelio. Espero que hayan recibido nuestras celebraciones navideñas de esta manera y que recordemos cada día el propósito con el que Jesús nació en este mundo: Perdonar nuestros pecados muriendo en la cruz del Calvario. Amén.
En esta primera lectura especial de Año Nuevo aprenderemos la única celebración memorial que nuestro Señor Jesucristo ordenó a sus discípulos: La Cena del Señor. Como leímos en el versículo clave y podemos ver en el título del mensaje, Jesús mandó: “Haced esto en memoria de mí”. (v.19). Ordenó conmemorar esta última cena pascual con Sus discípulos como recordatorio perpetuo de Su sacrificio expiatorio por nosotros. Precisamente lo que pretendemos hacer hoy.
Primero, a través de este mensaje, aprenderemos el contexto y el profundo significado de esta conmemoración. Luego, participaremos de la Cena del Señor tal como el apóstol Pablo nos enseña: “Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.” (1Co. 11:23-26).
Participáremos, pues, de la Cena del Señor, anunciando Su muerte y aguardando Su inminente venida. Yo oro para que cada uno de nosotros recuerde hoy el sacrificio de Jesús por nuestros pecados y participe con agradecimiento y solemnidad de la mesa del Señor. Amén.
I.- La última Pascua aceptable delante de Jehová (14-18)
Leamos juntos el v.14 por favor. Cuando era la hora, es decir, poco después de la puesta de sol —momento en que comenzaba oficialmente el 14 de Nisán, el día en que se sacrificaban los corderos pascuales—, Jesús se sentó a la mesa con sus doce apóstoles para comer esta Pascua anticipada. La cena pascual oficial se celebraría unas 24 horas más tarde, al inicio del 15 de Nisán, pero Jesús la adelantó porque, con ardiente deseo quería compartirla con ellos antes de padecer (v.15). Sabía que al día siguiente Él mismo sería sacrificado como el verdadero Cordero pascual. Esta sería, por tanto, la última Pascua aceptable delante de Jehová según el antiguo pacto, porque en pocas horas su significado simbólico se cumpliría plenamente con la muerte del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jua. 1:29). Pues, Cristo, nuestro Cordero pascual, sería sacrificado por nosotros (1Co. 5:7).
Según las costumbres judías de la época, un grupo de entre diez y veinte personas era ideal para comer un cordero pascual completo, sin que quedara nada hasta la mañana (Éxo. 12:10). Aquí son trece: Jesús y Sus doce apóstoles. Un número providencialmente perfecto dispuesto por Dios para que comieran esta última Pascua.
Leamos ahora juntos el v.15 por favor. Jesús anhelaba con todo Su corazón esta cena. No porque tuviese hambre, sino porque tenía un deseo ardiente de comer esta Pascua con sus discípulos antes de padecer. ¿Por qué tanto anhelo? Porque ese día cumpliría el propósito por el cual había venido al mundo: morir en la cruz como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Además, quería dejarles sus instrucciones finales y establecer el memorial del Nuevo Pacto que se sellaría con Su sangre.
La cena pascual judía era una comida larga, que duraba varias horas, llena de conversación, cantos y enseñanza. La narración de Lucas es breve y centrada, pero el evangelio de Juan dedica nada menos que cinco capítulos a lo que ocurrió esa misma noche (13 al 17). Pero antes de seguir describiendo cómo transcurrió esta cena tan especial, recordemos brevemente qué es la Pascua y por qué esta sería la última aceptable delante de Jehová.
Israel había estado en opresión y esclavitud en Egipto por más de 400 años. Dios envió a Moisés para liberarlos, pero el faraón se negó a dejarlos ir. Así que Jehová envió una sucesión de plagas para doblegar al faraón. Tras cada plaga, el faraón prometía liberarlos, pero una vez que la plaga cesaba, endurecía su corazón y volvía atrás. Así ocurrió durante nueve plagas. Finalmente, Jehová anunció la décima y última plaga: la muerte de todo primogénito en Egipto, tanto de hombres como de animales.
Pero Dios proveyó una vía de salvación: cada familia israelita debía sacrificar un cordero sin defecto y rociar su sangre en los postes y el dintel de la puerta. Al ver la sangre, el ángel de la muerte pasaba de esa casa y no tocaba a sus primogénitos (Éxo. 12:13). Esta es la Pascua. Su mensaje central es que Dios libra a Su pueblo mediante la muerte de un sustituto inocente. Aquella noche, los que sacrificaron los corderos y rociaron la sangre, no sufrieron la plaga; pero todos los primogénitos de los egipcios murieron. Entonces, el faraón, finalmente, dejó ir al pueblo de Israel. Después de salir de Egipto, los israelitas debían seguir celebrando la Pascua cada año en la misma fecha, como fiesta solemne conmemorativa de cómo Jehová los sacó de Egipto y libró a sus primogénitos mediante un sacrificio sustitutorio (Éxo. 12:14).
La muerte sustitutoria era el principio fundamental de todo el sistema de sacrificios: Sin derramamiento de sangre no se hace remisión de pecados (Heb. 9:22; Lev. 17:11). Sin embargo, los sacrificios de animales nunca fueron un sustituto perfecto ni definitivo. No podían quitar el pecado de raíz ni librar eternamente del juicio divino (Heb. 10:4). Eran un símbolo continuo de que Dios salva por medio de un sustituto inocente, pero ningún animal satisfacía plenamente la justicia de Dios. Por eso los sacrificios se repetían año tras año, siglo tras siglo. Se necesitaba un sacrificio perfecto, único y suficiente. Y precisamente en esa Pascua que Jesús cenaba con Sus apóstoles, se ofrecería ese sacrificio perfecto. Dios proveyó a Su propio Cordero, lo entregó voluntariamente como sustituto por los pecadores y derramó Su ira sobre Él.
Unas horas después, ese viernes, alrededor de la hora novena (las tres de la tarde), en el preciso momento en que miles de corderos pascuales eran inmolados en el Templo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo expiraba en la cruz. No fue sacrificado por manos de sacerdotes, sino ofrecido por el mismo Dios Padre y por Su propia voluntad obediente. Así se convirtió en el sacrificio perfecto por el pecado, haciendo de esa Pascua la última aceptable delante de Jehová según el antiguo pacto. Ya no serían necesarios más sacrificios animales, porque la muerte de Jesús cumplió y superó todo el sistema sacrificial del antiguo pacto.
Leamos ahora juntos el v.16, por favor. Jesús hace una revelación impactante a Sus discípulos: Esta sería la última Pascua que Él comería con ellos hasta que se cumpla plenamente en el reino de Dios. Esta es Su última Pascua antes de la cruz y, en realidad, es el fin de las Pascuas. Aunque los judíos la siguen celebrando hoy en día, esta fue la última Pascua aceptable a Jehová. ¿Habrá alguna vez otra comida en la que Jesús coma con los suyos? Sí, pero ya no será la Pascua judía, sino las bodas del Cordero y la comunión eterna en Su reino, donde continuaremos celebrando la Cena del Señor que Él instituyó esa misma noche.
Leamos ahora juntos los vv. 17-18. En los días de Jesús, la cena pascual seguía un orden tradicional. Comenzaba con una oración general de acción de gracias por la preservación y liberación de Israel. Luego venía la primera de las cuatro copas de vino, llamada “copa de bendición”, en la que hablarían de las bendiciones de Dios. Después se lavaban las manos, tanto por razones higiénicas como de forma ceremonial, reconociendo la necesidad de limpieza interior. A continuación, comían pan sin levadura untado en hierbas amargas, recordando la amargura de la esclavitud en Egipto. Seguía el canto de la primera parte del Hallel (Salmos 113-114), y luego la segunda copa, con la que el cabeza de familia explicaba el significado de la Pascua (la Hagadá).
Después venía la comida principal: el cordero asado con pan sin levadura. Tras eso, la tercera copa (la de redención), el resto del Hallel (Salmos 115-118) y, finalmente, la cuarta copa de vino que cerraba la celebración. Todo esto se prolongaba por horas, intercalado con conversación, enseñanza y cantos.
Así transcurrió aquella noche: mientras participaban de esa larga cena, Jesús lavó los pies de sus discípulos, confrontó a Pedro y a Judas, despidió al traidor y les dio profundas enseñanzas, advertencias y promesas (como vemos ampliamente en Juan 13-17).
Pero en algún momento de esa cena —muy probablemente después de la comida principal—, Jesús transformó radicalmente el ritual. Tomó pan y una copa de una manera nueva, instituyendo la Cena del Señor. Con eso, la Pascua antigua llegó a su cumplimiento y fin definitivo. Cualquier otra Pascua posterior no tiene ningún valor espiritual. Dios la instituyó en Éxodo 12 como sombra, y Dios encarnado la cumplió y cerró aquella noche del jueves antes de su muerte. ¡Gloria a Dios por Su infinita sabiduría y gracia! Amén.
Entonces, Jesús anunció el Nuevo Pacto en Su sangre con la institución de la primera Cena del Señor, como aprenderemos a continuación.
II.- Institución de la Cena del Señor (19-20)
Leamos juntos el v.19. Esto vendría después del canto del Hallel, para entonces habrían cantado los salmos 113 y 114. Se traería el cordero, cocinado y listo para ser comido con el pan sin levadura. Y eso es exactamente lo que dice: Tomó pan, dio gracias y partió pedazos para repartirlo entre Sus apóstoles. En la Pascua tradicional, ese pan sin levadura se llamaba “pan de aflicción” (Deu. 16:3), porque recordaba las penurias de la esclavitud en Egipto. Pero Jesús transforma radicalmente su significado. Ya no será más pan de aflicción pasada, sino memorial de Su propio sufrimiento redentor. Dice: “Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado”.
El pan, terrenal y frágil, ahora representa Su cuerpo humano, también terrenal y frágil, entregado voluntariamente en la cruz por nosotros. Es un símbolo poderoso, no una transformación literal. Jesús estaba allí, con Su cuerpo completamente intacto, partiendo y repartiendo el pan. No se trataba de carne humana, sino de pan común que apunta a la realidad de Su sacrificio. La Biblia usa este lenguaje simbólico en muchos lugares (por ejemplo, Jesús dijo “Yo soy la puerta” o “Yo soy la vid”; y nadie entiende eso literalmente). Aquí el pan señala al cuerpo de Cristo que sería dado por nosotros.
Hermanos, el corazón de estas palabras está en la frase “que por vosotros es dado”. ¡Aquí late el evangelio! Es el mismo mensaje central de la Pascua: Dios libra a Su pueblo mediante la muerte de un sustituto inocente. Todos los corderos sacrificados a lo largo de los siglos eran sombras que apuntaban a Cristo, el único sacrificio perfecto y suficiente.
Según Éxo. 12:3, las familias israelitas debían elegir su cordero pascual el día 10 de Nisán y sacrificarlo el 14. Precisamente el domingo anterior (lo que llamamos Domingo de Ramos), Jesús hizo Su entrada triunfal en Jerusalén, presentado ante el pueblo como el Mesías, el Hijo de David (Mar. 11:1-11). Ese día, Dios Padre eligió a Su Cordero perfecto, y el viernes 14 de Nisán, ese Cordero fue inmolado por nosotros en la cruz.
Los millones de corderos sacrificados en Israel eran inocentes: no tenían responsabilidad moral ante Dios. Eran una ilustración hermosa de un sustituto sin culpa. Pero Jesús es infinitamente superior: plenamente inocente, plenamente humano y plenamente Dios. Él, voluntariamente entregó Su cuerpo por nosotros para satisfacer la justicia divina y quitarnos el pecado. ¿No es maravillosa la sabiduría, la gracia y el amor de Dios al proveer tal Salvador? ¡Gloria sea a Él por siempre!
Leamos nuevamente el v.19b. Luego dice: “haced esto en memoria de mí.” ¿Qué es exactamente “esto” que debemos hacer? Tomar pan, dar gracias, partirlo y comerlo, recordando que Su cuerpo fue entregado por nosotros. No se trata de repetir la Pascua judía, sino de celebrar este nuevo memorial que Él mismo instituye: partir el pan y beber la copa como proclamación perpetua de Su sacrificio. Fíjense en la forma imperativa del verbo: “haced”. Es un mandato claro y directo del Señor a Sus apóstoles y a toda Su iglesia. Debemos obedecerlo repitiéndolo en memoria de Él.
Y así leímos del apóstol Pablo en la introducción del mensaje: “Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.” (1Co. 11:23-26). “Todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa” ¡Hay que hacerlo muchas veces!
La iglesia primitiva parece haber celebrado la Cena del Señor con gran regularidad. En los primeros días en Jerusalén, los creyentes perseveraban en el partimiento del pan (Hch. 2:42), y se reunían diariamente en el templo y en las casas, donde partían el pan con alegría y sencillez de corazón (Hch. 2:46). Aunque este texto no especifica que la Cena del Señor se celebrara estrictamente todos los días, sí refleja una frecuencia muy alta en aquellos primeros días de la iglesia. Sin embargo, pronto se consolidó la práctica de reunirse específicamente el primer día de la semana —el día del Señor, el domingo, en celebración de la resurrección de Jesús— y un propósito central de esas reuniones era partir el pan, es decir, participar de la Cena del Señor (Hch. 20:7).
Esta costumbre semanal se confirma en los escritos cristianos más antiguos fuera del Nuevo Testamento. La Didajé (un manual eclesial del s.I o principios del II) instruye: “Reuníos el día del Señor para partir el pan y dar gracias, después de haber confesado vuestros pecados, para que vuestro sacrificio sea puro” (Did. 14:1). De manera similar, Justino Mártir, alrededor del año 150 d.C., describe el culto cristiano dominical en su Primera Apología (cap. 67): “después de la lectura de las Escrituras y la predicación, se ofrece pan y vino, se pronuncian oraciones de acción de gracias, y todos los presentes participan de los elementos consagrados, enviándose incluso porciones a los ausentes.”
Así, desde los tiempos apostólicos y a lo largo de los primeros siglos, la Cena del Señor fue un elemento constante y central del culto dominical. Esto nos invita a reflexionar: si los primeros cristianos la celebraban con tanta frecuencia, reconociéndola como alimento espiritual para sus almas, ¿no deberíamos nosotros valorarla y participar de ella con la misma reverencia y regularidad, anunciando la muerte del Señor hasta que Él venga?
Hasta ahora la hemos estado celebrando una o dos veces al año. Espero que podamos hacerlo con mayor frecuencia en los próximos años. Pero lo más importante es que cada domingo anunciemos la muerte y resurrección de Jesús hasta que Él venga. Y no solo cada domingo, sino cada día con nuestras vidas. Amén.
Leamos ahora juntos el v.20. “De igual manera”, es decir, dando gracias, como había hecho con el pan, así “tomó la copa”. Esta sería probablemente la tercera copa, “la copa de redención”, que viene después de la comida principal. La tomó diciendo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.” Con estas palabras, Jesús usa “la copa de redención” como símbolo del Nuevo Pacto que sella con Su propia sangre. Ya no es un símbolo provisional, sino el memorial del sacrificio real y definitivo. Él derramaría Su sangre para limpiar nuestros pecados.
Lev. 17:11 dice: “Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.” Los judíos sabían que sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecados. Todos los sacrificios del antiguo pacto apuntaban a esta realidad: la sangre de un inocente era necesaria para la expiación. Ahora Jesús declara: “Mi sangre es la que sella el Nuevo Pacto prometido”.
¿Qué es el nuevo pacto? El nuevo pacto es el pacto prometido en Jer. 31:31-34 y Eze. 36:25-27: El pacto de perdón pleno, regeneración del corazón y presencia permanente del Espíritu Santo. Es el pacto de gracia por el cual Dios justifica al pecador, no por obras de la ley, sino por la fe en la obra perfecta de Cristo. Este pacto se ratifica en la muerte sustitutoria, expiatoria y redentora de Jesús. Él, el inocente, toma nuestro lugar; su sangre satisface plenamente la justicia divina, permitiendo que Dios nos perdone sin comprometer su santidad. Como dice 2Co. 5:21: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.”
El antiguo pacto mosaico, centrado en la ley, solo podía condenar al pecador. El Nuevo Pacto, sellado en la sangre de Cristo, perdona, salva y transforma. Por eso, de ahora en adelante, ya no hay Pascua judía que celebrar para el creyente. Ahora tenemos una nueva ordenanza, una nueva fiesta instituida por el Señor mismo: la Cena del Señor, donde el pan y el vino nos recuerdan al Cordero de Dios elegido por el Padre, sacrificado por los pecadores, satisfaciendo la justicia divina para que nuestros pecados sean plenamente perdonados.
En cierto sentido, cada vez que nos participamos de esta mesa, Jesús mismo preside espiritualmente sobre ella. Y aunque en nuestra congregación la celebramos en ocasiones especiales, cada domingo recordamos de alguna manera Su muerte y resurrección al reunirnos en su nombre. Y seguiremos haciéndolo hasta que Él venga, cuando celebremos las bodas del Cordero y comamos con Él la nueva cena en Su reino (Apo. 19:9).
Yo oro para que hoy participemos con reverencia y gozo del pan y del vino, discerniendo el cuerpo del Señor, no como una transformación literal del elemento, sino como un memorial precioso de lo que Cristo ha hecho por nosotros. Que al recordar Su sacrificio nos lleve a un profundo arrepentimiento, a vivir en santidad y a servirle con pasión en la obra de evangelización del campus universitario. Que el Señor nos use para anunciar Su muerte y resurrección a toda Panamá, hasta convertirla en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa, hasta que Él venga a llevarnos a Su reino eterno para celebrar con Él para siempre. Amén.
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