Josué 16:1 - 17:18
16:1 Tocó en suerte a los hijos de José desde el Jordán de Jericó hasta las aguas de Jericó hacia el oriente, hacia el desierto que sube de Jericó por las montañas de Bet-el.16:2 Y de Bet-el sale a Luz, y pasa a lo largo del territorio de los arquitas hasta Atarot,
16:3 y baja hacia el occidente al territorio de los jafletitas, hasta el límite de Bet-horón la de abajo, y hasta Gezer; y sale al mar.
16:4 Recibieron, pues, su heredad los hijos de José, Manasés y Efraín.
16:5 Y en cuanto al territorio de los hijos de Efraín por sus familias, el límite de su heredad al lado del oriente fue desde Atarot-adar hasta Bet-horón la de arriba.
16:6 Continúa el límite hasta el mar, y hasta Micmetat al norte, y da vuelta hacia el oriente hasta Taanat-silo, y de aquí pasa a Janoa.
16:7 De Janoa desciende a Atarot y a Naarat, y toca Jericó y sale al Jordán.
16:8 Y de Tapúa se vuelve hacia el mar, al arroyo de Caná, y sale al mar. Esta es la heredad de la tribu de los hijos de Efraín por sus familias.
16:9 Hubo también ciudades que se apartaron para los hijos de Efraín en medio de la heredad de los hijos de Manasés, todas ciudades con sus aldeas.
16:10 Pero no arrojaron al cananeo que habitaba en Gezer; antes quedó el cananeo en medio de Efraín, hasta hoy, y fue tributario.
17:1 Se echaron también suertes para la tribu de Manasés, porque fue primogénito de José. Maquir, primogénito de Manasés y padre de Galaad, el cual fue hombre de guerra, tuvo Galaad y Basán.
17:2 Se echaron también suertes para los otros hijos de Manasés conforme a sus familias: los hijos de Abiezer, los hijos de Helec, los hijos de Asriel, los hijos de Siquem, los hijos de Hefer y los hijos de Semida; éstos fueron los hijos varones de Manasés hijo de José, por sus familias.
17:3 Pero Zelofehad hijo de Hefer, hijo de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, no tuvo hijos sino hijas, los nombres de las cuales son estos: Maala, Noa, Hogla, Milca y Tirsa.
17:4 Estas vinieron delante del sacerdote Eleazar y de Josué hijo de Nun, y de los príncipes, y dijeron: Jehová mandó a Moisés que nos diese heredad entre nuestros hermanos. Y él les dio heredad entre los hermanos del padre de ellas, conforme al dicho de Jehová.
17:5 Y le tocaron a Manasés diez partes además de la tierra de Galaad y de Basán que está al otro lado del Jordán,
17:6 porque las hijas de Manasés tuvieron heredad entre sus hijos; y la tierra de Galaad fue de los otros hijos de Manasés.
17:7 Y fue el territorio de Manasés desde Aser hasta Micmetat, que está enfrente de Siquem; y va al sur, hasta los que habitan en Tapúa.
17:8 La tierra de Tapúa fue de Manasés; pero Tapúa misma, que está junto al límite de Manasés, es de los hijos de Efraín.
17:9 Desciende este límite al arroyo de Caná, hacia el sur del arroyo. Estas ciudades de Efraín están entre las ciudades de Manasés; y el límite de Manasés es desde el norte del mismo arroyo, y sus salidas son al mar.
17:10 Efraín al sur, y Manasés al norte, y el mar es su límite; y se encuentra con Aser al norte, y con Isacar al oriente.
17:11 Tuvo también Manasés en Isacar y en Aser a Bet-seán y sus aldeas, a Ibleam y sus aldeas, a los moradores de Dor y sus aldeas, a los moradores de Endor y sus aldeas, a los moradores de Taanac y sus aldeas, y a los moradores de Meguido y sus aldeas; tres provincias.
17:12 Mas los hijos de Manasés no pudieron arrojar a los de aquellas ciudades; y el cananeo persistió en habitar en aquella tierra.
17:13 Pero cuando los hijos de Israel fueron lo suficientemente fuertes, hicieron tributario al cananeo, mas no lo arrojaron.
17:14 Y los hijos de José hablaron a Josué, diciendo: ¿Por qué nos has dado por heredad una sola suerte y una sola parte, siendo nosotros un pueblo tan grande, y que Jehová nos ha bendecido hasta ahora?
17:15 Y Josué les respondió: Si sois pueblo tan grande, subid al bosque, y haceos desmontes allí en la tierra de los ferezeos y de los refaítas, ya que el monte de Efraín es estrecho para vosotros.
17:16 Y los hijos de José dijeron: No nos bastará a nosotros este monte; y todos los cananeos que habitan la tierra de la llanura, tienen carros herrados; los que están en Bet-seán y en sus aldeas, y los que están en el valle de Jezreel.
17:17 Entonces Josué respondió a la casa de José, a Efraín y a Manasés, diciendo: Tú eres gran pueblo, y tienes grande poder; no tendrás una sola parte,
17:18 sino que aquel monte será tuyo; pues aunque es bosque, tú lo desmontarás y lo poseerás hasta sus límites más lejanos; porque tú arrojarás al cananeo, aunque tenga carros herrados, y aunque sea fuerte.
LA HEREDAD DE EFRAÍN Y MANASÉS OCCIDENTAL: AUNQUE ES BOSQUE, TÚ LO DESMONTARÁS
Buenos días. En los dos últimos mensajes hemos aprendido la actitud del anciano Caleb ante los desafíos en la obtención de la promesa de Dios: Fe y valentía. Con valentía, reclamó su heredad a Josué, aun sabiendo que tendría que luchar por ella: “Dame, pues, ahora este monte” (Jos. 14:12a). Y con fe, declaró: “Quizá Jehová estará conmigo, y los echaré, como Jehová ha dicho.” (Jos. 14:12b). La semana pasada vimos cómo tomó Hebrón, expulsando a los gigantes, y aún animó a su sobrino Otoniel a conquistar Debir. Aunque debía pelear por su porción, Caleb enfrentó el reto con valentía y confianza en que Jehová cumpliría Su promesa.
En el pasaje bíblico de hoy, contrastamos esa actitud con la de las tribus de Efraín y Manasés Occidental. Por la soberana voluntad de Dios, recibieron una heredad extensa y fértil; sin embargo, se quejaron ante Josué porque aún quedaban muchos enclaves cananeos en su territorio, limitando su asentamiento. Para poseerlo todo, debían expulsar a los cananeos que tenían carros herrados y eran fuertes, y tenían que desmontar los bosques para construir ciudades y caminos.
Josué no aceptó las quejas de ellos y los retó a dejar de buscar la comodidad de asentarse en territorio ya conquistado, y de pedir una herencia más grande de la que Dios les había dado. Pero ellos insistían en quejarse de la difícil labor que suponía terminar de conquistar el territorio asignado. Entonces, Josué les dio unas palabras de desafío y promesa: “Tú eres gran pueblo, y tienes grande poder; no tendrás una sola parte, sino que aquel monte será tuyo; pues aunque es bosque, tú lo desmontarás y lo poseerás hasta sus límites más lejanos; porque tú arrojarás al cananeo, aunque tenga carros herrados, y aunque sea fuerte.” (Jos. 17:17-18).
Yo oro para que, a través de este mensaje, meditemos en nuestra actitud ante los desafíos que Dios permite en nuestras vidas. ¿Seremos como Caleb, teniendo valentía y fe para afrontarlos? ¿O como Efraín y Manasés, quejándonos y pidiendo algo diferente a la voluntad del Señor? Que podamos recibir hoy las palabras de Dios a través de Josué: “aunque es bosque, tú lo desmontarás y lo poseerás hasta sus límites más lejanos; porque tú arrojarás al cananeo, aunque tenga carros herrados, y aunque sea fuerte.” (Jos. 17:18). Que podamos superar cualquier desafío con valentía y fe en Dios, alcanzando así Su promesa para nuestras vidas. Particularmente, que el Señor nos ayude a alcanzar Su promesa de convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
I.- La heredad generosa para los hijos de José y los límites de Efraín (16:1-10)
Leamos juntos los vv. 16:1-4, por favor. De nuevo, vemos que la tierra se adjudicó por suertes (v.1a), destacando la soberana voluntad de Dios en asignar este territorio a los hijos de José. Aunque José fue uno de los doce hijos de Jacob, no había una tribu con su nombre. Esto se debe a que recibió una doble porción de la herencia, entregada a sus dos hijos: Efraín y Manasés, a quienes Jacob adoptó como propios (Gén. 48:5). Al parecer, recibieron su heredad antes que sus tíos por causa de la bendición profética de Jacob en Gén. 49:22-26.
Con la mitad de Manasés ya asentada al oriente del Jordán, la parte restante, junto con Efraín, reciben grandes territorios en la zona central de Canaán, una región montañosa muy fértil y hermosa. Podríamos decir que les tocó la mejor heredad de la Tierra Prometida. Al respecto, el ministro escocés William Blaikie comenta: “Además del valle sagrado de Siquem, incluía algunas de las mejores partes de Palestina, las montañas de Efraín, y la grande y fértil llanura marítima de Sarón.” La belleza de las flores de esta región era proverbial, especialmente la “rosa de Sarón” (Cnt. 2:1). En verdad, esta suerte reflejaba el favor divino sobre el valeroso padre de estas tribus.
Los límites precisos de estas tribus son hoy difíciles de trazar con exactitud, especialmente en las uniones entre tribus. No obstante, la porción general que ocuparon es bien conocida. El límite sur colindaba con el norte de Benjamín en el río Jordán, cerca del mar Muerto y Jericó; subía hacia la región montañosa y Betel a través de la región árida conocida como el desierto de Bet-avén; y se extendía al oeste hasta Gezer, en el límite norte de Dan, y al mar Mediterráneo. Esta fue, pues, la heredad los hijos de José, Manasés y Efraín.
Leamos ahora juntos los vv. 16:5-8. Después de trazar el límite sur de la heredad de los hijos de José, Josué detalla ahora el territorio específico de Efraín, que recibe su porción en el sector sur de esta asignación. Noten como Efraín estaba rodeado y protegido por las tribus de Benjamín al sur, Dan al oeste y Manasés Occidental al norte. Así, gozaba de la bendición de un territorio fértil en el corazón mismo de Israel, un epicentro de influencia que prefiguraba su rol de liderazgo. De hecho, en el futuro, el nombre poético del reino del norte sería “Efraín” (cf. Ose. 7:8), simbolizando su primacía, aunque, trágicamente, culminaría en un destino fatídico de cautiverio. ¿No nos habla esto de cómo Dios exalta, pero llama también a la fidelidad?
Habiendo delineado ya el límite sur en los vv. 16:1-4, los vv. 16:5-8 describen los otros límites de Efraín. Al oriente, llegaba hasta Jericó. Al norte, se extendía desde Micmetat hasta Taanat-silo, pasando por Janoa, Bet-horón la de arriba y Atarot-adar; luego, curvaba hacia el oeste hasta Tapúa, descendiendo hacia el mar Mediterráneo. No tenía costa ni desierto, era un territorio ideal para el ganado y los cultivos. Esto era el cumplimiento de la bendición profética de Moisés: “A José dijo: Bendita de Jehová sea tu tierra, con lo mejor de los cielos, con el rocío, y con el abismo que está abajo. Con los más escogidos frutos del sol, con el rico producto de la luna, con el fruto más fino de los montes antiguos, con la abundancia de los collados eternos, y con las mejores dádivas de la tierra y su plenitud; y la gracia del que habitó en la zarza venga sobre la cabeza de José, y sobre la frente de aquel que es príncipe entre sus hermanos. Como el primogénito de su toro es su gloria, y sus astas como astas de búfalo; con ellas acorneará a los pueblos juntos hasta los fines de la tierra; ellos son los diez millares de Efraín, y ellos son los millares de Manasés.” (Deu. 33:13-17).
Leamos juntos el v.16:9, por favor. Además de las ciudades y aldeas dentro de los confines de su territorio, Josué comenta que se asignaron ciudades a Efraín dentro del territorio de Manasés. Esto equilibra la distribución, ya que Efraín era una tribu numerosa y poderosa, pero su territorio inicial parecía pequeño en proporción a su tamaño. En ninguna parte se da una lista de estas ciudades, sin embargo, basados en análisis históricos y geográficos, los eruditos sugieren que eran pequeños enclaves o extensiones fronterizas para compensar a Efraín, posiblemente en la región montañosa central (alrededor de Tapúa o Siquem). Un ejemplo concreto sería precisamente Tapúa, como se menciona en el v.17:8: “La tierra de Tapúa fue de Manasés; pero Tapúa misma, que está junto al límite de Manasés, es de los hijos de Efraín.” Esto ilustra el patrón de “ciudades separadas” en la frontera compartida.
Leamos ahora juntos el v.16:10. Vemos que, a pesar de la gran bendición recibida, esta tribu tampoco obedeció completamente a Jehová para arrojar al cananeo de su tierra. Dejaron que los habitantes de Gezer quedaran en medio de ellos, haciéndolos tributarios. Esta tolerancia fue el comienzo de su declive espiritual. El amor de Dios por Efraín, cuyo nombre, como les mencioné antes, llegó a representar todas las diez tribus del norte después de la división del reino, no puede ponerse en duda. Él mismo lo declara: “Soy a Israel por padre, y Efraín es mi primogénito” (Jer. 31:9). Pero ese amor paterno sufrió hondamente. El Señor lamenta: “¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿no es niño en quien me deleito? pues desde que hablé de él, me he acordado de él constantemente. Por eso mis entrañas se conmovieron por él; ciertamente tendré de él misericordia, dice Jehová” (Jer. 31:20). Sin embargo, Dios tuvo que lidiar con la situación: “Efraín se ha mezclado con los demás pueblos” (Ose. 7:8). Y, en palabras amargas, concluye: “Efraín es dado a ídolos; déjalo.” (Ose. 4:17).
La historia de Efraín nos advierte del peligro de tolerar el pecado. A causa de ello, se volvieron débiles espiritualmente e indolentes a la voluntad de Dios; amaron más el dinero de los tributos y su propia comodidad que la Palabra de Dios; espiritualmente se debilitaron tanto que las tentaciones de la idolatría y la inmoralidad finalmente los vencieron, de forma tal que “cada uno hacía lo que bien le parecía” (Jue. 17:6). Al permitir que subsistieran pequeños asentamientos de cananeos, toda la nación finalmente se corrompió. Al venderse por un tributo a los impíos, el pueblo pecaminoso se tornó cada vez más poderoso y numeroso. La única forma de evitar que esto suceda es entregándose y rindiéndose incondicionalmente al Señor.
¿Tolerarás tú el pecado en tu vida? ¿Dejarás que los vicios y hábitos pecaminosos formen pequeños enclaves en tu vida y acaben por debilitarte espiritualmente? ¿Seguirás con pereza para practicar tus disciplinas espirituales y obedecer la Palabra de Dios? ¿Amarás más tu comodidad y las cosas de este mundo que negarte a ti mismo, tomar tu cruz y seguir a Jesús? ¡Qué Dios tenga misericordia de nosotros y nos guarde de ser como Efraín! ¡Qué podamos expulsar todo pecado, todo vicio, todo hábito pecaminoso, toda traza de nuestra antigua vida, y vivamos en santidad para nuestro Dios! Amén.
II.- La heredad de Manasés y su desobediencia (17:1-13)
Leamos ahora juntos los vv. 17:1-6. Ahora es el turno de Manasés para recibir su heredad. Aquí vemos que las suertes no solo dividían el territorio entre tribus, sino también entre las familias dentro de ellas. La descripción de Manasés es más detallada porque su primogénito, Maquir, ya había recibido Galaad y Basán al oriente del Jordán. Por eso, las suertes se echaron específicamente para los otros hijos en el lado occidental: “los hijos de Abiezer, los hijos de Helec, los hijos de Asriel, los hijos de Siquem, los hijos de Hefer y los hijos de Semida” (v.17:2). Sin embargo, surge una situación peculiar: entre los hijos de Hefer, las hijas de Zelofehad, recibirían herencia junto con los varones en este lado del Jordán.
En el Antiguo Testamento, generalmente solo los hijos varones heredaban de su padre, ya que las mujeres dependían de sus esposos. Sin embargo, Zelofehad había muerto sin heredad ni hijos en el desierto, por lo que sus hijas Maala, Noa, Hogla, Milca y Tirsa, acudieron a Moisés en Núm. 27 para pedir que se les asignara una heredad para perpetuar el nombre de su padre en la tierra prometida (Núm. 27:3). Siendo esto algo sin precedentes, Moisés consultó a Jehová, quien concedió la petición de ellas (Núm. 27:5), y estableció una norma al respecto: “Y a los hijos de Israel hablarás, diciendo: Cuando alguno muriere sin hijos, traspasaréis su herencia a su hija. Si no tuviere hija, daréis su herencia a sus hermanos; y si no tuviere hermanos, daréis su herencia a los hermanos de su padre. Y si su padre no tuviere hermanos, daréis su herencia a su pariente más cercano de su linaje, y de éste será; y para los hijos de Israel esto será por estatuto de derecho, como Jehová mandó a Moisés.” (Núm. 27:8-11). Esto tenía el propósito de mantener las herencias familiares juntas. De esta forma, los familiares cercanos serían siempre tus vecinos, y no un extraño.
Por eso, en el v.17:4, estas valientes hijas se presentaron ante Josué, el sumo sacerdote Eleazar y los príncipes, exigiendo el cumplimiento de la Palabra de Dios. Entonces, Josué y Eleazar les concedieron heredad entre sus tíos, conforme al mandato divino. Así, a Manasés le tocaron diez porciones en Canaán: las de Abiezer, Helec, Asriel, Siquem y Semida; y, por Hefer, las cinco hijas de Zelofehad. Cinco varones y cinco mujeres. Esto refleja la generosidad inclusiva de Dios, que extiende la promesa abrahámica incluso a las mujeres. Además, con esta distribución se duplica la heredad, mostrando nuevamente el cumplimiento de la doble porción para José.
Leamos ahora juntos los vv. 17:7-10. Aquí se describe la extensión del territorio de Manasés, un lote aún más amplio que el de Efraín, abarcando el centro y norte de Canaán. Su límite norte se extendía hasta Aser en el punto más septentrional, colindando también con Isacar y Zabulón. Al sur, bajaba hasta Micmetat, enfrente de Siquem, con una superposición clara con Efraín, especialmente en Tapúa, alcanzando su límite más meridional entre Jericó y Bet-hogla. Al oriente, colinda con el río Jordán desde Benjamín hasta Isacar. Y su límite occidental es el Mar Mediterráneo, desde Dan hasta Aser. Un vasto territorio fértil que bordeaba a Benjamín, Efraín y Dan al sur; y Aser, Zabulón e Isacar al norte. Un territorio que cumple también con la bendición de Moisés en Deu. 33:13-17, que leímos anteriormente.
Pero esta gran bendición, no les impidió ser desobedientes también. Leamos juntos los vv. 17:11-13. A pesar de su inmenso territorio, Manasés recibió ciudades adicionales en las heredades de Isacar y Aser (como Bet-seán, Ibleam y sus aldeas). Sin embargo, aún quedaban enclaves por conquistar allí. No pudieron expulsar a los cananeos de esas fortalezas. Como vimos con Judá, no fue por falta de fuerza, pues, cuando “fueron lo suficientemente fuertes, hicieron tributario al cananeo, mas no lo arrojaron” (v.17:13). El problema fue la falta de disposición a obedecer.
Esta situación presenta algunos paralelos con la vida cristiana. Al creer en Cristo, entramos en posesión de una rica herencia. El apóstol Pablo afirma que “habiendo creído en él fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia” (Efe. 1:13-14). El Espíritu Santo y esta nueva vida en Cristo son el anticipo glorioso de lo por venir. Pero la herencia plena aguarda en el futuro: “del Señor recibiréis la recompensa de la herencia” (Col. 3:24). Por eso, Pablo exhorta a Timoteo (y a nosotros): “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna” (1Ti. 6:12). Debemos perseverar, luchando espiritualmente para obedecer la Palabra de Dios, y así heredar la promesa eterna. Si desmayamos en desobediencia, revelamos un corazón no regenerado, y corremos el riesgo de no alcanzar lo prometido.
Yo oro para que cada uno de nosotros pueda permanecer fiel y obediente a la Palabra del Señor. Que no toleremos el pecado en nuestras vidas, sino que nos fortalezcamos espiritualmente y expulsemos toda maldad de nosotros. ¡Que conquistemos el vasto territorio que Dios nos ha dado, dando fruto abundante para Su gloria! Amén.
III.- Las quejas de los hijos de José y la promesa de Dios (17:14-18)
Leamos juntos el v.17:14, por favor. Aunque Manasés y Efraín eran reconocidas como dos tribus, en el v.16:1 vimos que solo recibieron una suerte y una parte para repartir. Ya hemos comprobado que la parte que les tocó era inmensa y muy buena, sin embargo, ellos se presentaron ante Josué con quejas porque solamente habían recibido una parte y querían otra. El problema no radicaba en la extensión del territorio, que era más que suficiente, sino en los asentamientos cananeos en las montañas y en las llanuras fértiles que formaban parte de su territorio, y que ellos no los habían expulsado para entrar en posesión de su herencia completa. Así que podríamos decir que hay aquí un doble pecado: Primero, la codicia de querer más; y, segundo, la pereza, falta de fe y desobediencia para expulsar a los cananeos.
¿Cuántas veces hacemos nosotros lo mismo? Aunque Dios nos ha dado muchas bendiciones, venimos a Él quejándonos porque sentimos que no tenemos suficiente. El problema no es la escasez, sino nuestra ceguera para agradecer lo recibido y nuestra renuencia a obedecer la Palabra de Dios para experimentar más abundantemente Su gloria en nuestras vidas.
Por ejemplo, en vez de dar gracias por el alimento diario, nos quejamos porque comemos siempre lo mismo, y codiciamos algo más costoso: ‘No quiero comer este pollo otra vez, quiero como una langosta’. En lugar de agradecer por la casa o apartamento que Dios nos ha provisto, nos quejamos porque es muy pequeño, está muy viejo, está muy lejos, etc. En vez de agradecer por el trabajo que tenemos, nos quejamos porque tener que ir todos los días, porque no tenemos flexibilidad, porque está muy lejos, por el jefe, por el ambiente, etc. Y así podría poner muchos ejemplos más. El problema no es la comida, la casa, el trabajo, el vehículo, el jefe, la pareja, la salud; honestamente creo que el Señor nos ha bendecido mucho, y aquello que parece un problema, en realidad es una oportunidad para crecer y aprender. El verdadero problema es nuestra ingratitud y desobediencia a la voluntad de Dios. Aprendamos a contar nuestras bendiciones y a agradecer al Señor por Su amor y buena voluntad para nosotros. Amén.
Leamos ahora el v.17:15, por favor. La respuesta de Josué es magistral: Con un toque de sátira, vuelve sus argumentos contra ellos: “Si sois pueblo tan grande, subid al bosque, y haceos desmontes allí en la tierra de los ferezeos y de los refaítas, ya que el monte de Efraín es estrecho para vosotros.” En esencia: ‘Si son tan numerosos como alegan, ¡tienen hombres de sobra para expulsar a los ferezeos y refaítas, y mano de obra para desbrozar bosques y edificar ciudades! ¡Gloria a Dios! ¡Pónganse manos a la obra!’ Josué mezcló la bondad con la firmeza. Él no iba a cambiar los designios de Dios para complacer los caprichos de hombres codiciosos y perezosos. Desafió su indolencia y holgazanería, recordándoles que el territorio asignado era más que suficiente, solo debían superar los retos de expulsar a los enemigos y limpiar las vastas zonas boscosas.
Leamos el v.17:16. Ellos insistieron en que el monte ya conquistado era insuficiente y que desalojar a los cananeos resultaba imposible, pues estos contaban con carros herrados. ¿Se les habría olvidado las victorias pasadas de Jehová? En Jos. 11 vimos cómo los hijos de Israel derrotaron un ejército colosal con innumerables caballos y carros de guerra (Jos. 11:4), porque creyeron la promesa: “No tengas temor de ellos, porque mañana a esta hora yo entregaré a todos ellos muertos delante de Israel; desjarretarás sus caballos, y sus carros quemarás a fuego.” (Jos. 11:6). El mismo Dios, antes de la repartición, les aseguró: “yo los exterminaré delante de los hijos de Israel; solamente repartirás tú por suerte el país a los israelitas por heredad, como te he mandado.” (Jos. 13:6). ¡Jehová prometió exterminarlos delante de Su pueblo! Solo debían tener fe y obediencia, como Caleb.
Pero al parecer, su confianza en la promesa divina flaqueaba. No querían más batallas, sino asentarse y reposar. Por eso, Josué les ofrece un desafío envuelto en promesa. Leamos los vv. 17:17-18. En otras palabras, ‘Como admites ser un pueblo muy grande y numeroso, y necesitas más tierra para habitar, no te limites a lo conquistado ni a las ciudades dadas. ¡Suban al monte, desmóntenlo, construyan ciudades y posean cada acre! Con la ayuda del Señor, arrojarás al cananeo de la tierra, aunque tenga carros herrados, y aunque sea fuerte.’ ¿Amén? ¡Josué les dio unas poderosas palabras de aliento y un urgente llamado a la acción!
Esas mismas palabras son para nosotros hoy. ¿Qué desafío estás enfrentando? ¿Cuáles son esos ‘bosques’ a los que no has subido aún? ¿Cuáles son tus ‘cananeos con carros herrados’? Aunque hoy parece imposible, Dios te dice: “aunque es bosque, tú lo desmontarás y lo poseerás hasta sus límites más lejanos”; “Tú arrojarás al cananeo, aunque tenga carros herrados, y aunque sea fuerte.” ¿Lo crees? ¿Te atreves a actuar con la fe de Caleb?
Ya este próximo viernes comienza nuestra convivencia. Todavía faltan muchas cosas por preparar. Pero yo recibo esta palabra del Señor. Si obedecemos la voluntad de Dios y nos ponemos manos a la obra, ¡desmontaremos este bosque y lo poseeremos hasta el último rincón! ¡Dios será glorificado en cada detalle, superando todo obstáculo en el nombre de Jesús!
Aunque hoy parece imposible que Panamá se convierta en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa, yo recibo esta palabra de Dios. Si le creemos y obedecemos, yendo a predicar a la Universidad de Panamá, dando estudio bíblico, y levantando discípulos de Jesús, la poseeremos hasta sus límites más lejanos. ¡Hasta la sede en Curundú! ¡Hasta la sede regional de San Miguelito! Y no solamente la Universidad de Panamá, ¡Todas las universidades del país! ¡Panamá se convertirá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria!
Yo oro para cada uno de nosotros crea en la Palabra del Señor y la obedezca cada día. Que Él nos conceda esta victoria, desmontando todo bosque en nuestras vidas, para que Su nombre sea exaltado. Amén.
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[23.Nov.2025]_Dominical-UBF-Panamá_(JOS_16..1-17..18)-Mensaje.pdf
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