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Juan 5:1-9
5:1 Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén.5:2 Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos.
5:3 En éstos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua.
5:4 Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese.
5:5 Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo.
5:6 Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?
5:7 Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo.
5:8 Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda.
5:9 Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo aquel día.
QUIERES SER SANO
¿QUIERES SER SANO?
San Juan 5:1-9
V, Clave 5:6 “Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?”
Gracias a Dios por este encuentro bíblico Pirque 2025. Bienvenidos todos ustedes. Son amados y bienaventurados por el Cristo Jesús. El título del este encuentro bíblico es ‘responde a Jesús’. Durante estos tres días, Jesús nos hará 4 preguntas (3 preguntas y una en silencio). Y tendremos que responderlas de la forma personal. De la primera pregunta se trata el mensaje de hoy. ¿Quiere saber cuál es? Para saberlo, tendremos que ir al estanque de Betesda, la escena de la palabra de hoy. Oro que Dios nos ayude a oír esa primera pregunta de Jesús y responderla de corazón.
Primero, Betesda (1-5). Jesús subió a Jerusalén por la fiesta de los judíos. Cerca de la puerta de las ovejas en Jerusalén, había un estanque, llamado Betesda. ‘Betesda’ significaba ‘casa de misericordia’; hebreo ‘Bet’ (casa) y ‘Hesda’ (Gracia/Misericordia). Este estanque Betesda tenía cinco pórticos dónde yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos (3ª). ¿Por qué en este lugar? ¿Para bañarse? No.
En el estanque Betesda, sucedía cosas sobrenaturales y milagrosas. Los enfermos yacían allí por esperar el movimiento del agua. Según dice la palabra, un ángel descendía del tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua. Y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese (4,7). ¡De cualquier enfermedad que tuviese! ¡Wau, qué esperanzador es el estanque Betesda! Si no lo sucediera, ningún enfermo estaba allí. La misericordia de Dios había allí con los que padecían enfermedades.
El problema era que el ángel descendía no a cierta hora o día definidos, sino solo de tiempo en tiempo. Y al agitarse el agua, pudo curarse solo un enfermo. La misericordia de Dios en Betesda era limitada. A pesar de la esperanza de sanación, esa esperanza se ganaba por alta competencia. El tiempo normal todos los enfermos simpatizaban los unos a los otros y compadecían juntos. Pero al momento de moverse agua, el compañero se volvía un rival para llegarse al agua primero.
En algún sentido Betesda representa nuestra sociedad. Nuestra sociedad es como un hospital grande. Todos los hombres viven con sus propias enfermedades. Vamos enfermandonos progresivamente hasta el final de nuestras vidas. Y nuestra sociedad dónde vivimos es como una selva grande llena de competencia. Toda estima va al primer lugar y el segundo y otros puestos se valoran muy poco. Desde la infancia, uno lo ha de vivir en colegio y así crecemos competidos. En casi todas áreas de sociedad, las pequeñas empresas sobreviven difícilmente, ya que grandes marcas se llevan importantes ganancias. Nadie recuerda los perdedores. En silencio estrés, tensión, melancolía y frialdad, individualismo, avaricia, derrotismo y desespero están establecidos en nuestro sociedad como Betesda.
Volvamos al verso 5. Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Aquí no se informa de qué enfermedad tenía este, ni de qué edad. Lo que sabemos de él es que desde hacía treinta y ocho años estaba enfermo y no podía caminar (7). ¡Desde que hacía 38 años! Durante 38 años él no había logrado entrar el agua primero. Su enfermedad habría ido empeorando y se daría por sentado vivir así. Para este hombre los 38 años eran un tiempo de desespero y dolor.
Aún a un hombre sano le cuesta ser valorado en nuestra sociedad. ¿Cómo fuera la vida de este hombre? ¿Qué esperanza podría tener este enfermo entre los hombres? ¿Quién quisiera dar a este hombre una atención? Honestamente diciendo, yo no soy una persona que pueda dar una atención significativa a tal hombre. Este hombre pobre era un enfermo casi muerto, sin ninguna esperanza de ser sanado y sin valor alguno de ser atendido por alguien. Sin embargo, le vino alguien que le da una atención especial y necesitada.
Segundo, ¿Quieres ser sano? (6). Leamos el verso 6. “Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?” Jesús lo vio acostado. ‘Lo vio’ significa ‘comprendió, percibió, vio con atención (idōn : εἶδον - gr)’. Y supo que llevaba ya muchos tiempo así. Supo que él era un enfermo menos esperanzado de entre todos los enfermos allí. Jesús le vino no porque él tenía una fe especial, sino le vino por su misericordia. el Señor de vida frente a un casi muerto, el esperanza eterna ante desesperación.
Es maravilloso que Jesús mira y ve la condición de uno. Jesús no es quien es indiferente a su criatura. Tal vez pensamos ‘¿Quién valoraría mi vida en verdad?’ Jesús como el Hijo de Dios sabe toda condición de uno. No solo lo ve, sino manifiesta su atención tan personal. Jesús es quien sabe todo de nosotros y nos viene, dando un valor inmerecido.
Y Jesús le preguntó a este hombre enfermo de 38 años. ‘¿Quieres ser sano?’ ¿No sería buenos preguntar ‘quieres que te sane’? Pero Jesús le hizo una pregunta más necesitada para él. Jesús vio que este hombre era enfermo hasta perder ‘deseo y esperanza’. Un hombre de discapacidad o una enfermedad crónica puede vivir bien si tiene deseo y esperanza en su corazón. Pero sin esperanza los hombres no pueden vivir. La desesperación es una enfermedad mortal. Dios creó al hombre según su imagen (Gen 1:27). La imagen de Dios es el amor, la santidad, la justicia y la vida en plenitud. En Dios un ser humano es un ser lleno de esperanza en todo. ‘¿Quieres ser sano?’ con esta pregunta Jesús quería restaurarle su hombre interior muerto. Jesús es el restaurador desde el más fondo de corazón.
‘¿Quieres ser sano?’ Esta pregunta también quiere decir ‘yo te puedo sanar’. Si Jesús no pudiera sanarlo, no le habría preguntado así. Tras la pregunta de Jesús, hay un mensaje que dice ‘Yo te sanaré’. Este hombre enfermo durante 38 años esperaba que el ángel agitara al agua. Pero él no alcanzaba esa oportunidad. Sin embargo, aquí le visitó el Señor de todos los ángeles; el Señor de vida. Jesús es quien puede agitar esa agua de milagro las veces que quiera para los mortales. Jesús es Betesda verdadera y eterna a todos los que le esperan. En la gracia de Jesús no hay competencia, ni limitación, sino lleno de esperanza y poder.
Jesús como Betesda verdadera, puede sanarnos. Muchas enfermedades físicas pueden ser curadas en hospital. Pero hay enfermedades que no se cura jamás por la capacidad humana. ¿Quién puede sanarnos de las heridas de infancia, de niñez, y de adolescencia, los dolores y daños irreparables por algunas circunstancias personales, fatalismo y derrotismo, etc? ¿Quien puede sanarnos esas heridas y daños profundos en nuestra alma producidos por el pecado? En verdad el pecado hace enfermar a uno mental y espiritualmente, incluso físicamente. El pecado lanza todo tipo de culpabilidad, frialdad, auto condenación, todo sentimiento negativo y enfermo. El pecado hace formar un carácter egoísta, distorsionado y agresivo. El pecado hace morir todo potencial dado por Dios. El pecado priva a uno de toda felicidad. Y esta enfermedad por el pecado gobierna a una persona. “¿Quién puede sanarnos de esta enfermedad mortal?”
Si Jesús nos viene y pregunta ‘¿Quieres ser sano?’ ¿cómo uste le responderá? Cuando comencé a estudiar la Biblia en la Universidad, yo pensé que yo no era enfermo, sino relativamente sano. Pensé que no soy pecador. Pero a medida que aprendía y conocía la palabra de Dios, ante ella mis manchas se revelaban más y más. Mi egoísmo, emocionalismo, dureza, incredulidad, mi frialdad, mi soberbia, mi deshonestidad, mi negligencia, mi avaricia, mi ligereza, extrema pobreza en dar y amar, etc. Toda mi pecaminosidad sin cambio durante muchos años. Aún siendo misionero, sigo pecando sin darme cuenta, entristeciendo a Dios y a los hombres. Una culpabilidad inexplicable me aplasta por mis pecados y me hace gritar “¡Qué miserable de mí!” Soy más enfermo que este hombre de 38 años. Cuando sufría más de mis pecados, Jesús vino a mí como el Señor de vida y de esperanza. Pude ver a Jesús crucificado en mi lugar. Sus heridas, sus dolores, sus lágrimas y su sangre derramados me sanaron y salvaron de esa desesperación que había en mi corazón. Jesús, sabiendo todo, va sanando y transformando mi interior a su imagen santa y gloriosa.
No necesito esperar que suceda algún milagro por el ángel que agite mi corazón. Jesús viene a mi cada vez que necesito y agita mi alma para ser sanado en su palabra de vida. Jesús es mi Betesda verdadera y eterna. Jesús me pregunta muchas veces ‘¿Quieres ser sano, Josué?” Yo le respondo hoy. “Si, Señor. quiero ser sano. Sáname y sálvame, Señor”
Sigo viviendo en la misma sociedad de competencia. Pero en Jesús que me sana tengo capacidad de disfrutar aún de perder, fracasar, una vida sin éxito, etc. Jesús me enseñó que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Rom 8:28). Jesús ya me dio la victoria eterna en su cruz. Sea ganador o perdedor en el mundo, en Jesús soy siempre más que un vencedor “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.” (Rom. 8:37) En Jesús no sufro más de ambiente social de competencia, sino vivo en gracia abundante y poder de su cruz.
‘¿Quieres ser sano?’ ¿Quieren vivir una vida sana, fuerte, madura y esperanzadora? Pues responde a Jesús. Le responda con toda sinceridad. Jesús quien sabe toda condición de ustedes, va a cambiar y sanar su vida tanto espiritual como humanamente de verdad. Amén
Tercero, levántate (7-9). ¿Cómo respondió este hombre enfermo? Él le hubiera respondido. “Si, Señor. Sáname por favor”. Pero este enfermo le respondió a Jesús. “Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo” Este enfermo no tenía fe, ni algo digno de ser amado.
Pues, ¿Qué le dijo Jesús? ¿se molestó con él? Vamos a leer el ver 8. “Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda” Pese su respuesta negativa, Jesús como el Señor de vida, le ordenó, diciendo ‘Levántate, toma tu lecho, y anda’. Jesús quiso que él oyera su voz en vez de buscar suerte. Jesús quiso que él conociera del Señor de vida. Jesús quiso que se levantara y anduviera, tomando lecho de quejas, fatalismo, inercia (desgana), incredulidad, etc. Cuando oyó la voz de Jesús y su palabra, al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo (9).
Cuando él oyó la palabra de Jesús, el poder de Jesús obró en su corazón y cuerpo. Cuando oyó su palabra, su vida cambió. Cuando escuchamos la palabra de Jesús, su poder entrará en nuestra vida y nos levantará a ser un hombre y una mujer sanos desde el interior. Acudamos y amemos oír su palabra. Tanto más amamos y vivamos su palabra, seremos más sanos y fuertes. “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.” (Jn 5:25) Oro que Dios nos haga a hombres y mujeres fuertes, independientes y sanos tanto físicamente como espiritualmente para que vivamos en lleno de sanidad y poder.
En conclusión, Vivimos en un mundo de competencia, lleno de enfermos y perdedores. Tal vez esperamos que agite un ángel el agua de mi corazón. Pero en vez de un ángel, Jesús el Señor de vida vino encarnado nos da su atención personal, con una pregunta ‘¿Quieres ser sano?’ ¡respóndele, doblado de rodillas! “Sáname, restáurame, Señor”. Oro que la mano de Jesús toque y agite nuestro corazón para que llevemos una vida sanada y restaurada. Amén.
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( 20 de noviembre de 2020 )
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