Josué 7:1-26
7:1 Pero los hijos de Israel cometieron una prevaricación en cuanto al anatema; porque Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá, tomó del anatema; y la ira de Jehová se encendió contra los hijos de Israel.7:2 Después Josué envió hombres desde Jericó a Hai, que estaba junto a Bet-avén hacia el oriente de Bet-el; y les habló diciendo: Subid y reconoced la tierra. Y ellos subieron y reconocieron a Hai.
7:3 Y volviendo a Josué, le dijeron: No suba todo el pueblo, sino suban como dos mil o tres mil hombres, y tomarán a Hai; no fatigues a todo el pueblo yendo allí, porque son pocos.
7:4 Y subieron allá del pueblo como tres mil hombres, los cuales huyeron delante de los de Hai.
7:5 Y los de Hai mataron de ellos a unos treinta y seis hombres, y los siguieron desde la puerta hasta Sebarim, y los derrotaron en la bajada; por lo cual el corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua.
7:6 Entonces Josué rompió sus vestidos, y se postró en tierra sobre su rostro delante del arca de Jehová hasta caer la tarde, él y los ancianos de Israel; y echaron polvo sobre sus cabezas.
7:7 Y Josué dijo: ¡Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán!
7:8 ¡Ay, Señor! ¿qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos?
7:9 Porque los cananeos y todos los moradores de la tierra oirán, y nos rodearán, y borrarán nuestro nombre de sobre la tierra; y entonces, ¿qué harás tú a tu grande nombre?
7:10 Y Jehová dijo a Josué: Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro?
7:11 Israel ha pecado, y aun han quebrantado mi pacto que yo les mandé; y también han tomado del anatema, y hasta han hurtado, han mentido, y aun lo han guardado entre sus enseres.
7:12 Por esto los hijos de Israel no podrán hacer frente a sus enemigos, sino que delante de sus enemigos volverán la espalda, por cuanto han venido a ser anatema; ni estaré más con vosotros, si no destruyereis el anatema de en medio de vosotros.
7:13 Levántate, santifica al pueblo, y di: Santificaos para mañana; porque Jehová el Dios de Israel dice así: Anatema hay en medio de ti, Israel; no podrás hacer frente a tus enemigos, hasta que hayáis quitado el anatema de en medio de vosotros.
7:14 Os acercaréis, pues, mañana por vuestras tribus; y la tribu que Jehová tomare, se acercará por sus familias; y la familia que Jehová tomare, se acercará por sus casas; y la casa que Jehová tomare, se acercará por los varones;
7:15 y el que fuere sorprendido en el anatema, será quemado, él y todo lo que tiene, por cuanto ha quebrantado el pacto de Jehová, y ha cometido maldad en Israel.
7:16 Josué, pues, levantándose de mañana, hizo acercar a Israel por sus tribus; y fue tomada la tribu de Judá.
7:17 Y haciendo acercar a la tribu de Judá, fue tomada la familia de los de Zera; y haciendo luego acercar a la familia de los de Zera por los varones, fue tomado Zabdi.
7:18 Hizo acercar su casa por los varones, y fue tomado Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá.
7:19 Entonces Josué dijo a Acán: Hijo mío, da gloria a Jehová el Dios de Israel, y dale alabanza, y declárame ahora lo que has hecho; no me lo encubras.
7:20 Y Acán respondió a Josué diciendo: Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel, y así y así he hecho.
7:21 Pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello.
7:22 Josué entonces envió mensajeros, los cuales fueron corriendo a la tienda; y he aquí estaba escondido en su tienda, y el dinero debajo de ello.
7:23 Y tomándolo de en medio de la tienda, lo trajeron a Josué y a todos los hijos de Israel, y lo pusieron delante de Jehová.
7:24 Entonces Josué, y todo Israel con él, tomaron a Acán hijo de Zera, el dinero, el manto, el lingote de oro, sus hijos, sus hijas, sus bueyes, sus asnos, sus ovejas, su tienda y todo cuanto tenía, y lo llevaron todo al valle de Acor.
7:25 Y le dijo Josué: ¿Por qué nos has turbado? Túrbete Jehová en este día. Y todos los israelitas los apedrearon, y los quemaron después de apedrearlos.
7:26 Y levantaron sobre él un gran montón de piedras, que permanece hasta hoy. Y Jehová se volvió del ardor de su ira. Y por esto aquel lugar se llama el Valle de Acor, hasta hoy.
EL PECADO DE ACÁN Y LA DERROTA EN HAI
Buenos días. En el pasaje bíblico anterior se destacaba continuamente la obediencia minuciosa y meticulosa de Josué y del pueblo de Israel. Ellos ejecutaron al pie de la letra la insólita estrategia de Dios y Jehová les dio una asombrosa victoria sobre la aparentemente infranqueable Jericó. Así que podríamos pensar que Israel se encontraba en su punto más alto, a punto de disfrutar de una serie ininterrumpida de victorias mientras conquistan la Tierra Prometida. Sin embargo, en este capítulo se nos revela que en medio de aquella maravillosa victoria “los hijos de Israel cometieron una prevaricación en cuanto al anatema” (v.1), es decir pecaron al tomar de lo que Jehová había declarado como anatema. ¡Mientras experimentaban el grandioso poder de Dios que les daba la victoria, se atrevieron a desobedecer Sus santos mandamientos!
Por esta razón, a través del mensaje de hoy aprenderemos las serias consecuencias de la desobediencia y la negligencia en buscar la voluntad de Dios. Veremos cómo el pueblo de Israel fue derrotado por la pequeña ciudad de Hai, humillándolos después de la milagrosa victoria en Jericó. Pero también descubriremos cómo Josué y los líderes del pueblo se postraron delante de Jehová, Quien les reveló la causa de la derrota y el plan para santificarse nuevamente: Acabar de forma drástica y ejemplar con el pecado. Esto es precisamente lo que debemos hacer en nuestras vidas para estar de victoria en victoria con Cristo, postrarnos continuamente ante la presencia de Dios y acabar de forma radical y contundente con el pecado.
Yo oro para que cada uno de nosotros pueda atesorar en su corazón las valiosas lecciones que aprenderemos en este capítulo. Que ninguno se confíe arrogantemente cuando Dios le dé la victoria en su vida espiritual, sino que estemos siempre vigilantes contra el pecado, practicando fielmente nuestras disciplinas espirituales y dependiendo por completo de la gracia de Dios. Que ninguno de nosotros estemos viviendo secretamente en pecado, y que si alguno tiene un pecado oculto, lo confiese y se aparte antes de que sea muy tarde. Que el Espíritu Santo nos ayude a obtener la victoria contra cualquier tentación y nos prospere en el cumplimiento de la misión. En particular, para obedecer el llamado de ir y hacer discípulos de Jesús en la Universidad de Panamá. Y que, viviendo de esta manera, el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
I.- La prevaricación de Israel y la derrota en Hai (1-9)
Leamos juntos el v.1, por favor. Aquí se establece la situación que el resto del capítulo expone y explica. Los muros de Jericó habían caído por el poder de Dios, Quien entregó la ciudad en manos de Su pueblo. Israel no tuvo que vencer a sus enemigos por la fuerza de las armas o las proezas militares. No obstante, cuando Jericó cayó, tuvo lugar una batalla dentro del corazón de los israelitas, una lucha por seguir confiando en Dios y observar Sus mandamientos en minuciosa y disciplinada obediencia. Una batalla que Acán hijo de Carmi perdió estrepitosamente. El ejército se mantuvo firme en su recorrido obediente alrededor de los muros, pero, en el momento de la victoria, cuando estaban experimentando la presencia y el poder de Dios, Acán desobedeció el mandamiento de Dios tomando del anatema. Haciendo culpable así a todo el pueblo al traer el anatema a su tienda, convirtiendo todo el campamento de Israel en anatema.
Podríamos pensar que es injusto que un solo hombre trajera la ira de Dios sobre todo el pueblo. Sin embargo, esto nos habla acerca de la responsabilidad corporativa del pueblo de Israel: Si uno pecaba, entonces todo el pueblo pecaba; y tenían la responsabilidad de erradicar el pecado de en medio de ellos. Aunque esto parezca exclusivo del Antiguo Testamento, el apóstol Pablo nos recuerda su relevancia para nosotros al escribir a la iglesia en Corinto: “¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?” (1Co. 5:6b). Si alguien está en pecado en la iglesia, y toda la congregación lo sabe y lo tolera, entonces están dejando que la levadura de pecado influya en toda la congregación. Por esta razón, la iglesia tiene la responsabilidad de llamar al arrepentimiento al creyente en pecado; y si éste no quisiese arrepentirse, excomulgarlo para evitar que sea de mal ejemplo a la iglesia.
No obstante, esta disciplina debe ejercerse con compasión y cuidado, buscando siempre la restauración. Nuestro Señor nos dio un proceso claro: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.” (Mat. 18:15-17). También aprendimos en Gál. 6:1: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.” Nuestra prioridad es restaurar amorosamente al hermano a la comunión con Dios y la iglesia; pero si se niega a arrepentirse y persiste obstinadamente en el pecado, entonces, con dolor, la iglesia debe apartarlo para reflejar su condición espiritual y proteger a la congregación.
Leamos ahora juntos los vv. 2-4. Josué, sin saber del pecado oculto de Acán, actuó como estratega militar y envió espías a reconocer Hai. Esta ciudad “estaba junto a Bet-avén hacia el oriente de Bet-el”, es decir en la región montañosa central de Canaán, a unos 25-30 km de Jericó, dependiendo de la ruta tomada. Por su cercanía a Jericó, su pequeño tamaño y su posición estratégica, Hai era el siguiente paso lógico en la conquista de Canaán. Según Jos. 8:25, tenía unos 12,000 habitantes, probablemente con unos 2,500 guerreros, lo que llevó a los espías a sugerir en el v.3 que bastarían 2,000 o 3,000 hombres para tomarla. Además, Hai estaba cerca de rutas claves que conectaban el valle del Jordán con las tierras altas y el resto de Canaán. Tomarla aseguraba el control de estas rutas, dificultando la movilización de coaliciones enemigas y facilitando el avance de los israelitas para la conquista de otras ciudades.
El reporte de los espías puede sugerir una gran fe en Dios o una excesiva confianza en sí mismos. Considerando que nadie consulta a Jehová al respecto, ni siquiera Josué, parece lógico concluir que es producto de su arrogancia. Pensaron que, si habían podido conquistar Jericó, podrían tomar muy fácilmente a Hai. De todas formas, Josué decidió enviar tres mil hombres para tener un mayor margen de seguridad. Pero, para sorpresa de todos ellos, aquellos tres mil israelitas huyeron delante de Hai.
“Y los de Hai mataron de ellos a unos treinta y seis hombres, y los siguieron desde la puerta hasta Sebarim, y los derrotaron en la bajada” (v.5). Así Josué y todo Israel descubrieron que la fuerza militar, sin la ayuda de Dios, resultaría solamente en la derrota. No importa si fuesen tres mil o cien mil, si Dios no estaba con ellos serían derrotados. ¡Oh, si Josué hubiese consultado a Jehová! Seguramente el Señor le habría revelado el pecado de Acán y Su justa ira contra el pueblo. No habrían muerto esos 36 hombres, dejando a sus familias sin padres, ni el pueblo habría desfallecido. Aunque 36 bajas parecen pocas, fueron más que las reportadas en Jericó. Israel pensaba que era invencible tras su gran victoria en Jericó, pero ahora había sido derrotado por una pequeña ciudad y temían lo peor.
¿Cuántas veces hemos hecho lo mismo nosotros? ¿Cuántas veces tomamos decisiones sin consultar a Jehová? Aun diciendo que somos creyentes, muchas veces tomamos decisiones sin tomar en cuenta a Dios que resultan muy mal. Empezamos una relación sin consultar a Dios. Renunciamos a un trabajo o tomamos uno nuevo sin consultar a Dios. Empezamos un negocio sin buscar la dirección de Dios. Compramos una casa o un apartamento sin consultar a Dios. Y después, cuando las cosas no salen como pensamos, venimos delante de Dios quejándonos y preguntándole por qué no nos ayudó. Eso es precisamente lo que va a hacer Josué en los siguientes versículos.
Leamos juntos los vv. 6-9. Aquí se describen la reacción de Josué y los líderes de Israel ante estas devastadoras noticias. Postrarse en oración delante de Dios es lo correcto, pero sus pensamientos están dispersos. Las vestiduras rasgadas y el polvo sobre la cabeza son una expresión de dolor y lamento, pero no necesariamente de arrepentimiento. De hecho, Josué aún no sabe que necesita arrepentirse. Así, viene delante de Dios, pero, cuando habla, revela que no entiende lo que acaba de suceder. Él pensaba que Jehová simplemente los había abandonado. Así que comienza a quejarse: “¡Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan?” (v.7a), en otras palabras, “¿por qué has permitido que ocurra esto?” Esa es siempre nuestra pregunta a Dios cuando permite que algo malo nos suceda o cuando las consecuencias de nuestro pecado nos alcanzan: “¿Por qué? ¿Por qué a mí?” Pero en todos los casos esta pregunta es incorrecta. La pregunta correcta es: “Señor, ¿qué quieres que aprenda a través de esta situación?”
Luego continúa su oración diciendo: “¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán!” (v.7b), es decir, estaríamos mejor donde nos encontrábamos porque allá no sufríamos así. Prosigue diciendo: “¡Ay, Señor! ¿qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos?” (v.8), confesando que estaban avergonzados. Después muestra su temor: “Porque los cananeos y todos los moradores de la tierra oirán, y nos rodearán, y borrarán nuestro nombre de sobre la tierra” (v.9a). Este temor es el que hace que los pensamientos de Josué estén dispersos. Aquella inesperada derrota, llena de dudas su cabeza, minando su fe. Sin embargo, su verdadero corazón se revela al final de su oración al decir: “y entonces, ¿qué harás tú a tu grande nombre?” (v.9b) ‘¿Qué pasará con tu gran nombre y reputación?’ Él todavía deseaba la gloria de Dios. La oración de Josué es una mezcla de dolor, temor y acusación, un poderoso reflejo de nuestro corazón humano y la posición que frecuentemente tomamos cuando las cosas no van como queremos, aunque, en el fondo, queramos que Dios sea glorificado.
La oración de Josué no es un modelo de reverencia hacia Dios ni una que usaríamos en un culto formal. Pero, refleja el corazón de un hombre que tiene miedo y está confundido por lo que está sucediendo a su alrededor. Josué le expresó sus verdaderos sentimientos a Dios. Si escondes de Dios tus necesidades, estás ignorando al único que realmente te puede ayudar. Dios recibe nuestras oraciones sinceras y desea que Le expresemos nuestros verdaderos sentimientos. Sin embargo, nos convendría recordar que tenemos un Dios Soberano que nos ama y que permite todas las cosas que nos suceden para nuestro bien. Con esta confianza, nuestras oraciones pueden seguir siendo sinceras, pero menos llenas de quejas y más llenas de fe en Su propósito. Amén.
II.- Dios revela el pecado de Acán (10-21)
Leamos juntos el v.10, por favor. La respuesta inicial de Dios parece un regaño a Josué por estar orando, pero no es así. El problema no es que estuviese orando, sino que había interpretado muy mal toda la situación. El pecado empaña nuestra visión de la situación y distorsiona nuestra visión de Dios, de forma que nos sentimos agraviados por Él y molestos con Él como si todo fuese Su culpa. Josué no pronunció las palabras adecuadas, no emitió el diagnóstico correcto, pero trajo la situación al Señor y Él le respondió. Lo primero que hizo fue reprenderlo por su valoración errada de la situación, pero después le revelaría cuál era realmente la causa de su derrota.
Leamos ahora juntos los vv. 11-12, por favor. No era que Jehová había abandonado a Israel, sino que ellos lo habían abandonado a Él por su pecado. Ellos tomaron del anatema, hurtando lo que era de Dios para destrucción y escondiéndolo entre sus bienes como si fuese suyo. Por esta razón ellos no podrían derrotar a sus enemigos, sino que huirían delante de ellos, porque el campamento todo era anatema y estaban consagrados a la destrucción hasta que cumpliesen la voluntad de Dios y destruyesen el anatema que estaba en medio de ellos.
¡Cuán equivocado estaba Josué! ¡Qué mal había interpretado la situación! ¡Cuánto discernimiento le faltó por no estar en comunión con Dios! Quizá podemos pensar que Acán era el culpable de todo esto por haber tomado del anatema. Sin embargo, Josué tenía también su cuota de responsabilidad por no haber consultado a Jehová antes de enviar al pueblo en batalla. Si él se hubiese postrado delante de Dios antes de enviar a los hombres, seguramente se le habría revelado esto, no habrían sido derrotados, ni hubiesen muertos los 36 hombres. Aquí podemos ver la gran importancia de la comunión con Dios. Por favor oren por mí para que pueda estar en comunión con Dios y discernir correctamente las situaciones para orar conforme a la voluntad de Dios.
Leamos juntos los vv. 13-15. Tras revelar la verdadera causa de la derrota, Jehová instruye a Josué cómo remediar la situación. Primero, tenía que llamar al pueblo a santificarse para el día siguiente: debían bañarse, lavar sus vestidos, evitar toda contaminación y meditar en la santidad de Dios. Ese tiempo de oración y recogimiento espiritual prepararía sus corazones para que Dios revelara el pecado. A la mañana siguiente, los líderes de cada tribu se presentarían delante de Jehová y Josué, quien echaría suertes para identificar la tribu del transgresor. Luego, los clanes de esa tribu harían lo mismo, seguidos por las casas del clan seleccionado, hasta llegar a los varones de la casa señalada. Así, Dios revelaría al hombre que había tomado el anatema.
¿Por qué Jehová simplemente no revela el nombre del transgresor a Josué directamente? ¿Por qué este largo proceso? Podemos considerar dos razones complementarias. Primero, Dios podría estar dando al culpable una oportunidad para confesar voluntariamente. Acán tenía tiempo de arrepentirse y entregar lo que había robado, el anatema. Aunque no sabemos si habría sido perdonado, esta posibilidad refleja la paciencia de Dios. Segundo, como señala David Jackman en su comentario sobre Josué: “La respuesta reside en el hecho de que toda la nación está implicada en el pecado de un solo hombre, y aunque únicamente él sufrirá el castigo junto a su familia, Dios se ocupa de todo el pueblo, ya que este es el objeto de su ira. Por consiguiente, en primer lugar, es necesario reunir a las doce tribus porque todas están infectadas por el pecado.” Desde esta perspectiva, Jehová está exculpando a todo el pueblo a través de este proceso, mientras señala al verdadero transgresor.
Leamos ahora los vv. 16-18. Josué nuevamente pone su prioridad en la misión de Dios, levantándose temprano y haciendo todo tal cual Jehová lo había ordenado. Hizo acercar a Israel por sus tribus; y fue tomada la tribu de Judá. Y haciendo acercar a las familias de Judá, fue tomada la familia de los de Zera; y haciendo luego acercar las casas de los de Zera, fue tomado Zabdi. Hizo acercar su casa por los varones, y fue tomado Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá. Todos ellos fueron seleccionados echando suertes, a fin de indicar la supremacía de la voluntad de Dios y Su dominio soberano sobre todos los asuntos de su pueblo. El proceso no dependía del conocimiento, la sabiduría o la elección humanos, sino completamente de Dios.
Leamos juntos los vv. 19-21, por favor. Josué exhorta a Acán a confesar su pecado, reconociendo que Jehová lo ha señalado ya. Acán resuelve admitir su culpabilidad y describir lo que hizo: Vio entre los despojos un manto babilónico muy bueno, doscientas monedas de plata y poco más de medio kilo de oro, lo que codició, tomó y escondió entre sus enseres. Noten la secuencia de los verbos: “vi… codicié… tomé… está escondido”. Esta suele ser la secuencia general del pecado en nuestras vidas. Vemos algo, lo codiciamos, lo tomamos, y luego escondemos haberlo hecho. Sucede en el hurto, en la fornicación, en el adulterio, entre otros. Así que, para evitar el pecado, no deberíamos ver aquello que puede ser objeto de nuestro deseo. Fue exactamente lo que enseñó nuestro Señor Jesucristo: “Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti” (Mat. 5:29). Esto no significa que nos vamos a sacar lo ojos literalmente, sino que no debemos estar mirando aquello que nos tienta. Debemos apartar la mirada de lo que nos puede tentar. Si no, vamos a codiciar aquello; luego, vamos a tomarlo; y después a esconder lo que ha sucedido.
Ahí es donde luchamos nuestra batalla espiritual cada día. Lo que veo y deseo determina lo que hago, y cuando eso es contrario a la voluntad de Dios en la Escrituras, el pecado de Acán pasa a ser también el nuestro. ¿Estamos preparados para dejar que Dios sea Dios en este punto de nuestra vida? Para Acán, la respuesta fue negativa. Un manto babilónico, plata y oro valían más que la Palabra y la gloria de Dios. Fueron los objetos de su deseo, los ídolos de su corazón. ¿Qué vale más para ti? ¿La Palabra y la gloria de Dios, o tu pecado? ¿Qué estás amando más que a Dios en tu vida? “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” (1Jn. 2:15-17). ¡Amemos más a Dios y Su voluntad que cualquier cosa en este mundo! Amén.
III.- El castigo por el pecado (22-26)
Leamos juntos los vv. 22-23, por favor. Josué envía mensajeros a la tienda de Acán para verificar su confesión. Éstos encontraron el manto babilónico, la plata y el oro enterrados en su tienda, tal como lo había dicho, y lo trajeron a Josué y a todo el pueblo de Israel que se había congregado para presenciar el juicio del transgresor que había hecho anatema el campamento. Así, los mensajeros presentaron el anatema delante de Jehová como debió haberse hecho desde un principio.
Leamos ahora juntos los vv. 24-26. Josué y todo el pueblo sacaron a Acán y todo lo que él tenía fuera del campamento a un valle que después recibiría el nombre de Acor, que traducido es ‘Valle de Turbación’. Allí acusaron a Acán de haber turbado al pueblo, le aplicaron la pena de muerte y después quemaron todo. Como Acán decidió unirse a lo consagrado a destrucción, esa misma destrucción cayó sobre él y todo lo que tenía. El mensaje aquí es claro: el pecado debe ser castigado y eliminado. Los detalles nos resultan horribles, pero deberían sentirse con más intensidad como advertencia espiritual. No nos atrevamos a restar importancia a la santidad de Dios.
Si los detalles de la muerte de Acán y su familia nos perturban, debemos recordar lo que nuestro pecado le hizo a nuestro Señor y Salvador, Jesucristo: “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.” (1Pe. 2:24). ¡Así de serio es el pecado! ¡Le costó a Jesús Su vida y toda Su sangre! ¿Cómo podemos estar viviendo secretamente en pecado? ¿Ustedes creen que esto es un juego? Las consecuencias del pecado son terribles y no podremos librarnos de ellas.
Si dependiese de nuestro historial, mereceríamos estar bajo un montón de piedras en el valle de Acor como Acán o, lo que es incluso más aterrador, en el castigo eterno que la Biblia llama infierno. “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efe 2:4-6). ¡Aleluya! ¡Qué grandioso Salvador! Esta es la verdadera gracia de Dios otorgada gratuitamente a todos los que vienen a Él y confían en Él, y es mucho mayor que nuestras peores ofensas.
Sin embargo, no olvidemos que el Señor es implacable con el pecado. Adoremos con reverencia cuando vemos Su ira cayendo sobre su propio Hijo amado para garantizar la redención de nuestras almas. Busquemos Su gracia continua y el poder del Espíritu que mora en nosotros para permitirnos luchar la buena batalla de la fe. Debemos ser implacables con nuestra codicia y envidia, nuestra autocomplacencia y autoindulgencia, nuestro engaño y desobediencia. El Señor Jesús pagó el precio por medio de su muerte en la cruz, y Dios ha echado nuestros pecados en lo profundo del mar; hastiémonos y librémonos de ellos, no los escondamos en nuestra tienda.
Todo aquel que esté viviendo en el pecado o que tenga un pecado oculto, aproveche esta semana para escribir su testimonio bíblico con sinceridad de corazón, confesando todos sus pecados con arrepentimiento a Dios. Luego, compártalo con su pastor quien orará con usted y le proveerá herramientas para ayudarle a salir de Él. Si alguno está en adulterio, en fornicación, batallando con la pornografía, con la autocomplacencia, con la lujuria, con la homosexualidad, con el deseo de amor humano, con las drogas, el alcohol, la mentira, lo que sea; no tenga vergüenza, confiese y sea libre. Aquí nadie lo va a juzgar. Ninguno de nosotros puede arrojar la piedra contra usted. Queremos ayudarlo a que pueda vencer sus batallas en el nombre de Jesús y alcance el reino de Dios por la gracia del Señor.
Yo oro para que cada uno de nosotros confiese con arrepentimiento genuino sus pecados y que sea verdaderamente libre en el nombre de Jesús. Que cada uno de nosotros dé gloria y alabanza a Dios, amando y obedeciendo la Palabra de Dios cada día. Y que, haciendo así, el Señor pueda santificarnos y usarnos para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.
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