Mateo 22:15-33

22:15 Entonces se fueron los fariseos y consultaron cómo sorprenderle en alguna palabra.
22:16 Y le enviaron los discípulos de ellos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres.
22:17 Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no?
22:18 Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas?
22:19 Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario.
22:20 Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción?
22:21 Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.
22:22 Oyendo esto, se maravillaron, y dejándole, se fueron.
22:23 Aquel día vinieron a él los saduceos, que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron,
22:24 diciendo: Maestro, Moisés dijo: Si alguno muriere sin hijos, su hermano se casará con su mujer, y levantará descendencia a su hermano.
22:25 Hubo, pues, entre nosotros siete hermanos; el primero se casó, y murió; y no teniendo descendencia, dejó su mujer a su hermano.
22:26 De la misma manera también el segundo, y el tercero, hasta el séptimo.
22:27 Y después de todos murió también la mujer.
22:28 En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer, ya que todos la tuvieron?
22:29 Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios.
22:30 Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo.
22:31 Pero respecto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo:
22:32 Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.
22:33 Oyendo esto la gente, se admiraba de su doctrina.

DIOS DE VIVOS


DIOS DE VIVOS


San Mateo 22:15-33

V, Clave 22:32 “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.”


La palabra de hoy es de la respuesta de Jesús ante dos preguntas enemigas. Uno era del tributo a César y otro de la resurrección. Jesús nos enseña cómo tributar y cómo creer en las Escrituras. En sus respuestas Jesús revela su divinidad. ¿Cómo tributamos a Dios hoy? ¿Cómo tratamos las Escrituras? Nuestra respuesta será un indicador del nivel de nuestra fe. Oro que Dios nos ayude a aprender cuál tributo le damos y cómo podemos ser llamados ‘vivos’. 


Primero, a Dios lo que es de Dios (15-22). Pese a múltiples parábolas personalizadas de Jesús en amor y paciencia (21:28-46), los fariseos no querían escucharlas. Más bien se fueron y consultaron cómo sorprenderle en alguna palabra. ¡Qué triste verlo! Ellos le enviaron sus discípulos a Jesús con los herodianos. Notemos que esta vez ellos vinieron a Jesús con ‘herodianos’. Los herodianos eran un grupo político judío que apoyaba la dinastía herodiana. Ellos buscaban proteger sus intereses políticos y económicos a través de su relación con la dinastía herodiana y el poder romano. Así que apoyaba dar tributo a César, mientras los fariseos no. Sin embargo por un propósito de atacar a Jesús, hicieron una alianza entre sí. ¡Qué alianza contradictoria e incómoda! Cuando venían con los herodianos, los fariseos buscaban alguna cosa para sorprenderle a condena política.   

Antes de lanzarle su pregunta tramposa a Jesús, ellos primero adularon a Jesús como lo siguiente. Leamos el verso 16b. “Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres.” Ellos enfatizaron en que Jesús es de verdad, diciendo ‘amante de la verdad’, ‘enseñas con verdad’ y ‘no miras la apariencia de los hombres’. Ellos así endulzaron el corazón de Jesús para que no hiciera caso alguno a la mirada y reputación del pueblo, de herodianos, de César y de nadie, sino decir la verdad que se esperaba por todo pueblo. ¡Qué malicia es su intencionalidad!   

Sin embargo, sin darse cuente, ellos revelaban de la verdad de Jesús en su propia adulación. Como ellos decían, si, Jesús amaba la verdad. En sus enseñanzas no había ninguna simulación o falsedad, ni exageración mínima, sino lleno de verdad. Jesús enseñaba con verdad el camino de Dios. Jesús no era solo quien enseña de la verdad, sino él era la verdad misma “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Jn 14:6) Solo Jesús puede hacernos venir al Padre. Por él nos viene la salvación y la vida. Este Jesús también tiene una verdad que puede aplastar la astucia maliciosa de los hombres.   

Ahora ellos le hicieron pregunta. “Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no?” Ellos tocaron el tema del tributo. Aquellos días, el pueblo de Israel tenía que dar ciertos tributos a César; el tributo per cápita, tributo de propiedad y de rentas. El tributo mencionado por los fariseos era el tributo per cápita de mayor a 14 años; un denario a cada año por persona. Si Jesús dice ‘No dar tributo’, él puede caer en las manos de los herodianos y César. Tal vez esto era lo que esperan los fariseos. En cambio, si Jesús dice ‘Si, tributo a César’, el pueblo y los grupos patriotas pueden condenar a Jesús como un cobarde agente romano y retraer su respaldo a él. Era una trampa perfecta para sorprenderle. Parecía que no había salida para escaparse.  


Jesús, el Señor de toda verdad, penetró sus corazones y dijo. Leamos los versos 18-20. “¿Por qué me tentáis, hipócritas?” y les dijo “Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción?” En las monedas romanas, había la imagen y la inscripción de César. Por ejemplo, un denario tenía la imagen de César tallada con la inscripción del nombre de César. En tiempos de Jesús el anverso de un denario decía: Tiberio César Hijo del Divino Augusto; Augusto. En el reverso la imagen de una mujer, Livia la madre del emperador Tiberio y esposa de Augusto. Esta imagen y la inscripción manifestaba que la tierra de Israel pertenecía a César. Los discípulos de los fariseos le respondieron a Jesús. “Es de César”

¿Cuál es la respuesta conclusiva de Jesús? Jesús les dijo. Vamos a leer el verso 21. “Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.” Diciendo Jesús ‘Dad a César lo que es de César’, reconoció la autoridad terrenal de César y darle tributo conforme a la ley terrenal. 

Pero a la vez Jesús añadió ‘a Dios lo que es de Dios’. Jesús aquí les recuerda que Dios está encima de toda autoridad del mundo. Dios es quien pone y quita reyes. Daniel 2:21 dice “Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos.”  Todo lo que es de César es de Dios.  

Lo que es de Dios se considera en general como diversas ofrendas y Diezmo. Los israelitas sabían dar tales cosas a Dios. Sin embargo, lo que es de Dios no cuenta solo de los frutos de materiales, más bien los frutos interiores. “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.” (Mt 23:23) Dios dio su santa ley para que su pueblo llevara buenos frutos como ‘la justicia, la misericordia y la fe’. Jesús los regañó por no dar este tributo a Dios. Pero ellos llevaban los frutos de hipocresía (18). 

Jesús, siendo el Hijo de Dios, guardaba tributo terrenal así como tributo al Padre Dios. En su vida se manifestó la imagen hermosa y gloriosa de Dios y se vio esa inscripción ‘el Hijo de Dios divino’. Jesús era la moneda acuñada celestial que reflejó la gloria de Dios plenamente. San Juan 1:14 dice “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.”

Dios nos dio a su propio Hijo para nuestra salvación. Dios sigue dándonos, toda necesidad humana y espiritual a diario vivir. Recibimos todo, pero damos nada o muy poco. Los que se dan cuenta de la gracia tan abundante de Dios, llegan a dar a él lo que es de Dios; su vida arrepentida, la fe y alabanza. Demos tributo al gobierno terrenal, y aún más demos nuestro tributo a Dios. Somos como una moneda nacida. Llevar la imagen del Cristo en nuestra vida ha de ser el mejor tributo a nuestro Dios. Oro que Dios nos haga buenos y fieles tributarios tanto al gobierno terrenal como a nuestro Dios en Cristo Jesús. 

Con esta respuesta tan maravillosa de Jesús, la astucia de los fariseos fue aplastada por su sabiduría divina. Los discípulos de los fariseos se maravillaron y dejándolo, se fueron (22).   


Segundo, Dios de vivos (23-33). Ahora se le vino otro grupo a Jesús. Eran los saduceos. Los saduceos eran miembros de la élite judía, incluyendo familias sacerdotales y aristócratas, que ocupaban posiciones de poder en el templo y el Sanedrín. Ellos solo reconocían la autoridad de la Torá escrita ( Pentateuco en el cristianismo), rechazando las tradiciones orales y la creencia en la resurrección y la vida después de la muerte (23b; Hch 23:8). 

Ellos citaron de la ley de Moisés. “Cuando hermanos habitaren juntos, y muriere alguno de ellos, y no tuviere hijo, la mujer del muerto no se casará fuera con hombre extraño; su cuñado se llegará a ella, y la tomará por su mujer, y hará con ella parentesco.” (Dt 25:5) y plantearon su suposición para justificar su creencia y rechazar la enseñanza de resurrección. ‘Hubo, pues, entre nosotros siete hermanos; el primero se casó, y murió; y no teniendo descendencia, dejó su mujer a su hermano. 26 De la misma manera también el segundo, y el tercero, hasta el séptimo. 27 Y después de todos murió también la mujer. 28 En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer, ya que todos la tuvieron?’ Sus argumentos quisieron decir que la resurrección no ha de haber, para que no haya una contradicción con la Escritura. ¿Qué les dice Jesús? 


Uno, el error de los saduceos. Leamos el verso 29. “Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios”. El error de los saduceos no era la ignorancia intelectual de las Escrituras, sino la espiritual. Ellos sabían las Escrituras hasta memorizarlas, pero no conocían el poder de Dios en las Escrituras y no las vivían.  

Los que leen las Escrituras deben saber primero que Ellas son la palabra inspirada de Dios. “porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo. (2 Pe 1:21) En ellas se vive el poder de Dios. Desde Génesis hasta Deuteronomio Dios se había manifestado el Dios todopoderoso. En su creación, se manifestó su poder que da vida desde nada; tiempo, espacio y material existieron por su poder. Dios se lo llevó a Enoc sin dejar ver la muerte con su poder (Gen 5:24). Dios dio un hijo Isaac a una mujer estéril en la edad imposible de dar a luz. (Gen 21:1-7) En muchas partes de la Biblia el poder de Dios se manifiesta de la forma inexplicable y fuera del entendimiento humano. Si leemos la Biblia como un libro educativo como cualquier otro humano, erramos en gran manera. Al leerlas, necesitamos la fe en el poder de Dios imprescindiblemente. Ante ellas, se requiere un temor reverente. A tales personas, las Escrituras se abren y se revela el misterio del poder de Dios en entendimiento y experiencias de nuestra vida. Si oramos conforme a las Escrituras en fe, Dios nos ayuda a probar su poder sin fallar. 

Dos, el cuerpo resucitado. ¿Cómo serán nuestros cuerpos en la resurrección? Esta sería una pregunta natural sobre la resurrección. Jesús respondió al respecto en el verso 30.  “Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo.”  De esta palabra podemos saber que el cuerpo resucitado será diferente a lo terrenal. Aunque nuestro rasgo humano permanece, la calidad del cuerpo tendrá esencialmente de otra dimensión. Nuestro cuerpo terrenal se debilita, se envejece y se enferma con tiempo. Tras la juventud año a año el cuerpo se hace más susceptible a diversas clases de enfermedades y las sufrimos. Canas y arrugas marcan la apariencia. Y toda movilidad se reduce. Así el cuerpo va deteriorándose y muriéndose. Pero el cuerpo resucitado será diferente según Jesús. ni se casarán ni se darán en casamiento. Desaparece la necesidad de engendrar la siguiente generación, porque todos se hacen inmortales como los ángeles. Viviremos la eternidad, la fuerza y la vida en plenitud. El cuerpo resucitado no buscará más el deleite corporal, porque el gozo divina de esa vida nueva satisfará y suplirá toda la necesidad de ser feliz de nuestra alma y cuerpo nuevo. Apóstol Pablo dijo de esa resurrección como lo siguiente. “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.” (1Co 15:52) Ese cuerpo resucitado será capaz de gozarse en la gloria de Dios, de gozarse con los seres queridos que había sido familia terrenal, de gozarse con los hermanos en el Cristo. Y será capaz de tocar un instrumento musical para alabar a Dios sin haberlo aprendido. Creamos en el poder de nuestro Dios quien da ese cuerpo inmortal y glorioso. Es nuestra esperanza verdadera, viviendo en este cuerpo frágil para poder servir a Dios en fidelidad. 

Tres, Dios de vivos. Cuando los saduceos negaban la resurrección con el libro de Moisés (la Torá), Jesús también reveló la verdad de resurrección con el libro de Moisés. Vamos a leer el verso 31-32. “Pero respecto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: / Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos” Esta palabra se basa en Éxodo 3:6. En el encuentro personal de Moisés con Dios en el monte Horeb, Dios le llamó y le dijo de en medio de la zarca ardida en fuego “Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. / Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob.” (Ex 3:5-6a) En el tiempo de Moisés, hace más de 500 años Abraham, Isaac y Jacob había muertos. Pero a Dios le agradó llamarse así ‘el Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob’. Jesús dice ‘Dios no es Dios de muertos, sino de vivos’. Es decir, Abraham, Isaac y Jacob están vivos junto con Dios. Así que el libro de Moisés claramente revela de la resurrección de los muertos. 

Abraham, Isaac y Jacob eran los antepasados de Israel que vivieron y murieron en la promesa de Dios. Por creer en su promesa, todos ellos vivieron y murieron en la tierra prometida; Canaán. Dios vio la fe de ellos y gustosamente se presentó como ‘Dios de Abraham, Isaac y Jacob’. Los que viven y mueren en la promesa de Dios son vivos. Dios los resucitan y los dejan a su lado. 

Los vivos son los que creen, viven las Escrituras que son promesas y el poder de Dios. el Cristo vino a esta tierra y cumplió la obra de salvación, dando su vida en rescate en la cruz. El Cristo es la promesa esencial de Dios. Y la cruz es el poder de Dios que perdona y resucita a un muerto. Este poder no es solo para la resurrección después de morir, sino está presente en la vida de uno que anda en Cristo Jesús. 

El Cristo quien fue la promesa de Dios, da perdón inmensurable a un pecador arrepentido y lo levanta de su lugar muerto. Fuimos muertos en nuestros pecados, pero Dios nos dio perdón y nos levantó de nuestra ruina en su poder de la sangre del Cordero. Todo lo que vivimos hoy es la gracia que él nos dio por medio de su sangre poderosa. Nuestra identidad verdadera es el pueblo de Dios vivo. Creamos, pensemos, hablemos y actuemos como vivos. Vivamos la promesa y vivamos el Cristo. Oro que Dios tenga piedad de nosotros y háganos vivos en Cristo quien nos levanta de los muertos. 

En conclusión, Cuando nos llevamos la imagen del Cristo en corazón y carácter, damos el mejor tributo a Dios. Así los que viven el Cristo y sus promesas son vivos ante nuestro Dios. Oro que Dios nos haga esos ‘vivos’ que le dan fe, lealtad y amor al Cristo todos los días en su cantidad y calidad crecientes. Amén.   



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