Marcos 10:13-16
10:13 Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban.10:14 Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.
10:15 De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.
10:16 Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía.
DEJAD A LOS NIÑOS VENIR A MÍ
Buenos días. ¡Feliz Día del Niño! Nos gozamos en Dios que podemos celebrar este día con los más pequeños de la iglesia. Nos alegramos mucho de tenerlos aquí cada domingo y de adorar a Dios junto con ellos. Para nosotros es un gran gozo tener niños en nuestra iglesia porque ellos serán la siguiente generación de Maestros Bíblicos para Panamá. Amén. Oramos para que Dios nos dé la sabiduría para educar bien a nuestros niños y que los use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
En nuestra cultura occidental de hoy en día reconocemos que los niños son el futuro de la nación y los tratamos con la importancia y respeto que se merecen. Tanto, que el 20 de noviembre de 1989 fue firmada en las Naciones Unidas la Convención sobre los Derechos del Niño que entró en vigor el 2 de septiembre de 1990. La Convención es el primer tratado vinculante a nivel nacional e internacional que reúne en un único texto los derechos civiles, políticos, sociales, económicos y culturales de los niños. Su objetivo es garantizar que los niños tengan acceso a una vida digna, educación, salud y protección, y que sus voces sean escuchadas en decisiones que les afecten. Esta convención enfatiza que los niños tienen los mismos derechos que los adultos y subraya aquellos derechos que se derivan de su especial condición como seres humanos que, al no haber alcanzado el pleno desarrollo físico y mental, requieren protección especial. A lo largo de sus 54 artículos, establece un marco jurídico inédito de protección integral a favor de las personas menores de 18 años, independientemente de su lugar de nacimiento, sexo, religión, etnia, clase social y otras condiciones.
Pero antes de esta convención, cada país y cultura veía de forma diferente los derechos de los niños. En muchas ocasiones, ni siquiera tenían derecho alguno. Esto era particularmente cierto para la cultura judía en la época de Jesús. Para los judíos del primer siglo, los niños eran amados como regalos de Dios, pero carecían de poder social. Eran mantenidos en casa y educados allí por los padres, tanto en la Ley de Dios como en el oficio del padre. Los niños comenzaban a estudiar la Torá (escrita) a los seis años y la Mishná (ley oral complementaria) a los diez años, en obediencia al mandato de Dios en Deu. 6:6-7: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.”
Pero los niños eran ciudadanos de segunda clase. Podían ser vistos en las casas, pero no oídos. Era raro ver a un menor de edad hablando con un adulto fuera de su entorno familiar. Y más raro aún que un rabino ocupase su tiempo atendiendo niños. Los rabinos aprovechaban su tiempo discutiendo con otros rabinos, enseñando a sus discípulos, y atendiendo gente con poder político o económico que les ayudase a consolidar su oficio.
Así que la historia que leemos en nuestro pasaje bíblico muestra un evento bastante extraño en la Israel del primer siglo. Imaginen un día soleado cerca del río Jordán. Jesús está rodeado de una multitud ansiosa por escuchar sus enseñanzas. Los discípulos, preocupados por la seguridad del Maestro, intentan mantener a la gente a distancia. Pero entonces, algo hermoso sucede: madres comienzan a traer a sus pequeños hijos para que Jesús los toque y los bendiga. Era natural que las madres judías quisieran que un gran rabino distinguido bendijera a sus hijos. Especialmente traían a sus hijos a una persona así en su primer cumpleaños. Así fue como Le trajeron a Jesús los niños aquel día. Pero los discípulos, en su celo protector, reprenden a los padres: “¡No molesten al Maestro!” Sin embargo, Jesús indignado les reprende: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.”
A través de este mensaje aprenderemos el significado de estas palabras de Jesús y veremos la voluntad del Señor de recibir y bendecir a los niños y de darnos una valiosa lección espiritual a través de este evento: Tenemos que recibir el reino de Dios como un niño, o no entraremos en él. Yo oro para que cada uno de nosotros tenga la humildad y dependencia de un niño con el Padre Celestial y podamos recibir el reino de Dios en nuestras vidas. Amén.
I.- Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis (13-14)
Leamos juntos el v.13 por favor. Ya hemos imaginado la escena. Pero me gustaría agregar un nuevo detalle que nos ayudará a comprender mejor la magnitud de lo que está sucediendo aquí. Jesús iba camino a Jerusalén para ser crucificado. Ya les había anunciado dos veces a Sus discípulos que “El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día.” (Mar. 8:31; 9:31). Fue en Su camino hacia la cruenta cruz que Jesús apartó el tiempo para los niños. Aun con tal tensión en Su mente, estuvo dispuesto a tomarlos en Sus brazos, sonreírles de corazón, y puede que hasta jugar con ellos. Esta es la conmovedora belleza escondida detrás de este pasaje bíblico.
Muchos de nosotros en el estrés del día a día, no apartamos tiempo para nuestros niños. Cuando uno llega a casa cansado de su trabajo o estresado por una dura jornada, lo único que quiere es descansar o distraerse la mente. Pocos querrán que un niño se les pare o se les siente al lado a hablar como un radio prendido, o que se le monte encima para jugar. Pero nuestros niños quieren pasar tiempo con nosotros y sentir nuestro amor. Y debemos dar gracias a Dios que ellos quieran venir a nosotros y hablarnos y mostrarnos su cariño. Debemos apartar el tiempo para ellos, escucharles, abrazarles y jugar con ellos para que sientan el amor de sus padres en su vida.
En este sentido, yo me impresiono con mi esposa. Ella llega cansada y estresada de la oficina, pero va directamente a las niñas a abrazarlas, besarlas y escucharlas. Y muchas veces pasa largo tiempo con ellas sin haberse siquiera cambiado la ropa, aunque está visiblemente cansada. Lamentablemente yo no soy así. Y este es el tópico de arrepentimiento al que me llama este pasaje bíblico. Yo quiero llegar y ver el celular o la televisión para distraerme, no a hablar y jugar con mis hijas. Yo oro para que Dios me dé un corazón amoroso y compasivo como el de Jesús para mis hijas, y que siempre pueda mostrarles el amor del Padre Celestial sin importar cómo me sienta. Amén. Y oro también con este mismo tópico para cada uno de ustedes. Que podamos ser padres amorosos y compasivos como Jesús. Amén.
Pero, ¿qué hacían los discípulos? Leamos nuevamente el v.13b. Los discípulos no eran unos antipáticos ni unos amargados. Sencillamente querían proteger a Jesús. No comprendían del todo lo que estaba pasando, pero podían percibir la tensión que embargaba a Jesús. No querían que se Le molestara. No podían imaginarse que Él quisiese tener niños a Su alrededor en tal ocasión. Quizá también estaban ansiosos por seguir adelante con el asunto de organizar el reino de Jesús que creían que establecería en Jerusalén, así que no podían dejar que el Maestro perdiese el tiempo con los niños, sino que debían buscar hombres con poder económico y político que los ayudarán en ese objetivo.
Pero, ¿qué sucedió entonces? Leamos juntos por favor el v.14. Jesús se indignó al ver a los discípulos reprendiendo a los padres que traían a sus hijos. Los discípulos, sin saberlo, estaban estorbando la voluntad de Dios. Estas multitudes presentando sus niños a Jesús era parte de la voluntad de Dios para sus vidas. Y también era una enseñanza que el Maestro daba a sus despistados discípulos: siempre debemos apartar el tiempo para enseñar y bendecir a los niños.
Considerando que a los niños les gusta venir a Jesús, nosotros jamás debiéramos bloquear su camino, o, peor aún, fracasar en proveerles un camino. Nosotros sabemos más de Jesús que las mujeres de Judea sabían. ¿Existe alguna razón por la cual no debamos de traer a nuestros propios hijos ante Jesús? También, conocemos mejor el plan de Dios que los discípulos en aquel momento, así que no deberíamos jamás, bajo ninguna circunstancia, impedir que los niños vengan a Jesús. Deberíamos, más bien, procurar activamente traer a todos los niños a Jesús.
En las iglesias modernas es muy difícil ver a los niños en el salón principal junto con sus padres porque estos tienden a interrumpir las reuniones con llantos, hablando o andando por allí, especialmente si los padres no los han educado adecuadamente. Así que muchas iglesias tienen salones especiales donde, en el mejor de los casos, los niños tienen clases bíblicas, o ven una película cristiana infantil; o, simplemente juegan. También, en los mejores casos, hay personal empleado para cuidar a los niños mientras los padres participan de la reunión. En otros casos, los mismos padres de la iglesia se turnan para cuidar a los niños, y en el mejor escenario tienen una pantalla donde pueden ver y medio oír el mensaje dominical; o en el peor escenario, no saben lo que está ocurriendo en el salón principal y simplemente se encargan esa semana de la tarea de cuidar a los niños.
Esto resulta conveniente para la congregación, porque la audiencia puede concentrarse mejor en el mensaje, y el mensajero puede predicar sin distracciones. Sin embargo, en los peores casos o escenarios que les planteé, los padres pierden la oportunidad de adorar o de escuchar el mensaje, y se pierden también la comunión con la congregación.
En nuestro ministerio no tenemos los recursos humanos o materiales para tal logística, así que nos toca lidiar con las distracciones que los más pequeños puedan generar durante la reunión, especialmente en los días en que no están en su mejor comportamiento. No sabría decirles cuál es el modelo ideal, pero sí les puedo decir que en la iglesia primitiva y hasta el siglo pasado, por lo menos, los padres y los hijos adoraban en el mismo salón, y se lidiaban con las distracciones. Algunos argumentan que deberíamos seguir el enfoque histórico, y que los niños deberían adorar junto con los adultos en el servicio principal, pues su participación allí es valiosa para su formación espiritual, imitando lo que ven en los adultos. Otros creen que ofrecer programas específicos para niños permite un enfoque más adaptado a sus necesidades.
Como sea, lo importante es dejar que los niños vengan a Jesús, Le adoren y aprendan la Palabra, lo mismo que los padres. Que los niños no vayan a la iglesia los domingos a jugar con otros niños solamente, o a ser vigilados por algunos padres mientras los otros sí participan de la comunión de los santos; sino que tanto los niños como lo padres puedan adorar a Dios y escuchar Su Palabra. Amén.
Es responsabilidad de cada uno de nosotros como padres traer a nuestros niños a Jesús, y es responsabilidad de nosotros como Iglesia proveer un espacio para que los niños se encuentren con Jesús. Los padres deben orar y educar a sus niños espiritualmente en casa, como oran y se educan a sí mismos a través de su tiempo devocional y su estudio bíblico personal. Y deben traerlos a la iglesia preparados para adorar a Dios y escuchar Su voz a través de la Palabra. Y nosotros acá en la iglesia debemos propiciar el espacio para que nuestros niños también adoren a Dios y Le escuchen a través de la Palabra. Esta es la forma en la que tanto los padres como la iglesia pueden dejar que los niños vengan a Jesús y no se lo impidamos. Amén.
Pero si los padres no educan espiritualmente a sus hijos en casa, y no los traen a la iglesia preparados para adorar a Dios y escuchar Su Palabra, entonces están impidiendo que los niños vengan a Jesús. Dios nos guarde de hacer tal cosa, y nos dé la sabiduría para dejar a los niños venir a Jesús. Amén.
Leamos nuevamente el v.14b. Esta es la lección que Jesús quería enseñar a Sus discípulos a través de esta situación. Aunque los judíos menospreciaban a los niños y lo que pudiesen aprender de ellos, Jesús les dice que de los niños es el reino de Dios. Esto no quiere decir que los adultos no vamos a entrar en el reino de Dios, sino que los adultos deberíamos aprender algunas cosas de los niños para poder heredar el reino de Dios. A continuación veremos qué es lo que deberíamos aprender de ellos.
II.- El que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él (15-16)
Leamos juntos el v.15 por favor. Lo que debemos aprender de los niños para entrar en el reino de Dios, es su forma de recibir el reino. Primero, un niño es receptivo y confiado. Si usted le da un caramelo o un juguete a un niño desconocido, probablemente podrá llevárselo consigo. Esto es parte de la inocencia de ellos. Los adultos tenemos más malicia. No confiamos en alguien simplemente porque nos traiga algo. Pero el reino de Dios debemos recibirlo como un niño. Debemos confiar en Jesús que nos ha traído el regalo de la salvación gratuitamente. Muchos tienen dificultad en aceptar que la salvación es gratis y que solo debemos aceptar el sacrificio que Jesús hizo por nosotros en la cruz y ya seremos salvos. Pero un niño no tendría problema alguno en aceptarlo. Así que debemos ser como niños y recibir el regalo de amor de Jesús en la cruz.
Segundo, los niños son humildes. En la sociedad judía del primer siglo, el niño podía aceptar que no debía hablar cuando un adulto estaba hablando y que los adultos saben más y deberían escucharlos. Podían aceptar que tenían que aprender el oficio de su padre y continuar con el negocio familiar. Nosotros deberíamos tener la humildad de aceptar que tenemos mucho que aprender en Dios. No solamente en conocimiento sino en la forma en la que debemos conducirnos en la vida. Así que con humildad deberíamos escudriñar las Escrituras, escuchar las enseñanzas de nuestros pastores, y orar al Señor para que podamos ser perfeccionados en el reino de Dios. Amén.
Tercero, los niños son obedientes. Un niño bien educado aprender a respetar y obedecer a sus mayores. Nosotros deberíamos tener la humildad y obediencia para obedecer la Palabra de Dios. Cuando la Biblia enseña algo que no nos agrada mucho, tendemos a cuestionarla o a tratar de buscar una alternativa. “¿Por qué yo debería dejar esta actitud o costumbre? Eso no es pecado.” Pero si la Biblia dice que algo es pecado, nuestro trabajo es aceptar con humildad la Palabra de Dios y arrepentirnos, y empezar a obedecer lo que nos dice la Biblia. Así estaríamos recibiendo el reino de Dios como un niño.
Cuarto, los niños no son rencorosos. Ustedes pueden ver a dos niños peleándose, y al poco tiempo estarán jugando juntos nuevamente. De la misma manera deberíamos ser nosotros en nuestras relaciones con los demás. En el reino de Dios no hay espacio para el rencor. Debemos amarnos unos a otros, soportándonos unos a otros, y perdonándonos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. (Col. 3:13). No podemos recibir el reino de Dios si nuestro corazón está lleno de amargura y rencor. Debemos ser como niños y perdonar rápidamente las ofensas de otros y continuar caminando juntos en el reino de Dios. Amén.
Pero el apóstol Pablo también hace una advertencia a los hermanos de Corinto: “Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar.” (1Co. 14:20). No debemos ser como niños en la forma de pensar ni en nuestra conducta en la iglesia, sino en la malicia, la confianza, la humildad, la obediencia y el rencor, como les acabo de exponer. Los niños son inmaduros y hacen y dicen cosas que no deberían por su inmadurez. Pero nosotros como adultos no podemos decir y hacer cosas como niños, sino que debemos ser maduros en la forma de pensar. No debemos imitar el egoísmo y la inmadurez de los niños, sino que debemos tener en nosotros la misma mente de Cristo Jesús y servirnos por amor los unos a los otros (Flp. 2:5-8).
El apóstol Pablo también escribió: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.” (1Co. 13:11). Ya no podemos andar con egoísmos, con envidias, con rebeldías, con berrinches, con acusaciones infantiles en la iglesia. Debemos ser hombres y mujeres de fe llenos de amor que soportan, perdonan y oran por los otros. Que buscan siempre el bienestar del hermano, antes que el suyo propio. Y que viven como Jesús vivió.
Yo oro para que cada uno de nosotros sea como niños en la malicia, la confianza, la humildad, la obediencia y el rencor; recibiendo sencillamente el reino de Dios en nuestras vidas. Que podamos traer a nuestros niños a Jesús y los preparemos espiritualmente para adorar a Dios el domingo en la iglesia y para escuchar la Palabra de Dios. Y que haciendo esto Dios nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.
Leamos ahora juntos el v.16. Después de regañar a Sus discípulos, Jesús tomó en sus brazos a los niños y poniendo las manos sobre ellos, los bendecía. Que Jesús pueda tomar en sus brazos de amor a nuestros niños también y los bendiga para que crezcan como discípulos suyos que aman la Palabra de Dios y que la obedecen cada día de sus vidas. Que cada uno de nuestros niños puedan ser testigos del amor de Dios en Jesucristo en sus escuelas y puedan ser ejemplos de fe y conducta entre sus compañeros, y puedan ser usados por Dios también para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.
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M. Juan Carlos Vivas (AR)
( 23 de julio de 2021 )
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