Mateo 27:1-26

27:1 Venida la mañana, todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo entraron en consejo contra Jesús, para entregarle a muerte.
27:2 Y le llevaron atado, y le entregaron a Poncio Pilato, el gobernador.
27:3 Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos,
27:4 diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!
27:5 Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó.
27:6 Los principales sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron: No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre.
27:7 Y después de consultar, compraron con ellas el campo del alfarero, para sepultura de los extranjeros.
27:8 Por lo cual aquel campo se llama hasta el día de hoy: Campo de sangre.
27:9 Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel;
27:10 y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor.
27:11 Jesús, pues, estaba en pie delante del gobernador; y éste le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y Jesús le dijo: Tú lo dices.
27:12 Y siendo acusado por los principales sacerdotes y por los ancianos, nada respondió.
27:13 Pilato entonces le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti?
27:14 Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho.
27:15 Ahora bien, en el día de la fiesta acostumbraba el gobernador soltar al pueblo un preso, el que quisiesen.
27:16 Y tenían entonces un preso famoso llamado Barrabás.
27:17 Reunidos, pues, ellos, les dijo Pilato: ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo?
27:18 Porque sabía que por envidia le habían entregado.
27:19 Y estando él sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él.
27:20 Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto.
27:21 Y respondiendo el gobernador, les dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás.
27:22 Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado!
27:23 Y el gobernador les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aún más, diciendo: ¡Sea crucificado!
27:24 Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros.
27:25 Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.
27:26 Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado.

¡SEA CRUCIFICADO!


Buenos días. La semana pasada comenzamos a aprender la Pasión o Sufrimiento de Jesús. Vimos cómo Jesús fue traicionado por dos de Sus discípulos: Judas, que lo entregó; y Pedro, que lo negó. También aprendimos cómo fue arrestado y juzgado ante el Sanedrín. Allí fue acusado falsamente; condenado por blasfemia por decir la verdad: Él es el Cristo y se sentaría a la diestra del poder de Dios y vendrá en las nubes del cielo con poder y gran gloria; y cómo fue escupido, apuñeteado, abofeteado y burlado por los judíos. Y, ¿por qué tuvo que padecer todo esto? ¡Para pagar el precio de nuestros pecados! “él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” (Isa. 53:5).

Pero ese sería solo el comienzo. Hoy aprenderemos cómo Jesús es juzgado por Pilato; rechazado por Su pueblo, quien prefirió a Barrabás; azotado por los romanos; y condenado a la peor de las muertes, la crucifixión. Y todo esto fue parte del plan de salvación de Dios para castigar a Jesús por nuestro pecado y perdonarnos a nosotros. Igualmente, aprenderemos el fin de Judas, el traidor.

Yo oro para que a través de este mensaje podamos meditar en la gravedad de nuestros pecados y en el gran sacrificio que Jesús hizo por nosotros. Que no seamos como Judas que traicionó a su Señor para que no tengamos su destino. Que cuando tengamos que elegir, elijamos a Jesús y no a Barrabás. Y que no pidamos continuamente Su crucifixión con nuestros pecados, sino que, viviendo en santidad, prediquemos continuamente a Cristo crucificado para que todo aquel que crea reciba la salvación. Y que, haciendo así, el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación para Su gloria. Amén.

I.- La muerte de Judas Iscariote (1-10)

Leamos juntos los vv. 1-2 por favor. Como aprendimos la semana pasada, el juicio nocturno de Jesús ante el Sanedrín era ilegal, pues los juicios criminales debían realizarse de día y en público. Así que el consejo se reunió nuevamente después del amanecer para dictar la sentencia oficial sobre Jesús. Además, según la tradición judía, no debía completarse ninguna causa en el mismo día en que se había iniciado, excepto si el acusado quedaba absuelto. Estaba ordenado que pasase una noche antes de pronunciar el veredicto, para que hubiese oportunidad para que surgiesen sentimientos de clemencia. Quizás este es un intento de justificar que ya pasó la noche también. Todo esto parecía un intento para legitimar aquel juicio ilegal nocturno. Y también, probablemente, para ponerse de acuerdo en la acusación ante Poncio Pilato, pues el cargo de blasfemia no sería suficiente para asegurar la pena capital. Así que, habiendo hecho un breve juicio en la mañana a Jesús, “le llevaron atado, y le entregaron a Poncio Pilato”.

Leamos ahora juntos los vv. 3-5. Cuando Judas vio que Jesús era condenado por el Sanedrín, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata. El verbo griego que se traduce aquí como arrepentido no es metanoeo, “cambiar la mente”; sino  metamelomai, “lamentar, sentir pesar o remordimiento”. Así que una mejor traducción sería como en la NVI: “sintió remordimiento”. Judas se sentía mal y lamentó las consecuencias de su acto de traición, pero no sintió verdadero arrepentimiento por su pecado. Y eso se puede corroborar en sus acciones posteriores. 

En medio de su sentimiento de culpa por haber entregado sangre inocente, corrió hacia el templo, atravesando el Atrio de los Gentiles, hasta donde podían entrar los extranjeros; luego, el Atrio de las Mujeres, hasta donde podían llegar las mujeres israelitas; y cruzó hasta el Atrio de los Israelitas, hasta donde le era permitido llegar a los varones israelitas. En el Atrio de los Sacerdotes, se encontrarían los principales sacerdotes, pero no podía llegar hasta allá. Así que, desde el Atrio de los Israelitas, llamó a gran voz a los sacerdotes diciendo: “Yo he pecado entregando sangre inocente”. Él quería que ellos viniesen a recibirle el dinero, precio de la traición. Pero ellos no fueron, sino que de ahí mismo desde donde estaban le gritaron: “¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!” Así que, viéndose impedido de entrar en aquel atrio, les tiró la bolsa de monedas desde lejos y aquellas monedas se esparcieron por el suelo. Todo aquello habrá causado gran alboroto en ese recinto santo. Por lo que los principales sacerdotes se habrían apresurado a recoger las monedas y desaparecer de la escena.

Judas, por su parte, después de haber arrojado las monedas, salió del templo y fue y se ahorcó. El remordimiento no lo dejaba en paz y decidió acabar con su vida. ¡Cruel final para un discípulo del Señor! Y sin embargo serán mucho peores los sufrimientos eternos que padecerá por su traición. ¡Qué Dios nos guarde de traicionar a nuestro Señor, apartándonos de Él para vivir en el pecado! Nuestro destino podría ser mucho peor. Por eso Jesús le advirtió antes: “A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido.” (Mat. 26:24). 

Leamos juntos los vv. 6-8 por favor. Los principales sacerdotes tomaron las piezas de plata, pero no sabían qué hacer con ellas. No podían usarlas en el templo, porque era precio de sangre. Así que tuvieron una reunión y decidieron que con ese dinero comprarían el campo del alfarero, probablemente el mismo campo donde Judas se suicidó, y por eso se le llamó “Campo de Sangre”. Y los sacerdotes decidieron usar este campo como cementerio de extranjeros. Según el Comentario Beacon, los extranjeros que serían sepultados aquí no eran gentiles, sino “judíos de otras regiones que morían en las festividades anuales, o volvían en la ancianidad para ser sepultados en la Tierra Santa.” Para eso se usó el dinero del precio de la traición a nuestro Señor. 

Leamos ahora juntos los vv. 9-10. Siguiendo su costumbre, Mateo cita este evento como el cumplimiento de una profecía del Antiguo Testamento que atribuye a Jeremías. El pasaje citado parece ser más bien una paráfrasis de Zac. 11:12-13: “Y les dije: Si os parece bien, dadme mi salario; y si no, dejadlo. Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata. Y me dijo Jehová: Échalo al tesoro; ¡hermoso precio con que me han apreciado! Y tomé las treinta piezas de plata, y las eché en la casa de Jehová al tesoro.” Sin embargo, en su cita Mateo no dice que hubiese sido echado el dinero en el tesoro, sino que “las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor.” (v.10). Esto último parece ser una síntesis de un compendio de eventos en el libro de Jeremías o una referencia a cualquiera de los pasajes de Jer. 18:1-4; Jer. 19:1-11; Jer. 32:6-15. 

Por otro lado, el canon hebreo está dividido en tres secciones: la ley, los escritos y los profetas. Jeremías era el primero de los libros proféticos, por lo que algunas veces utilizando su nombre se referían colectivamente a todos los profetas. Sería como si Mateo dijese: “Así se cumplió lo dicho por los profetas”. Como sea, Mateo ve que todo lo que está sucediendo es el cumplimiento de las profecías del AT. Es el plan de Dios que se está cumpliendo para el rescate de la humanidad.

II.- Juicio de Jesús ante Pilato (11-26)

Leamos juntos el v.11 por favor. Después de haber sido condenado por los líderes religiosos judíos, ahora Jesús comparece ante Poncio Pilato. Aunque Mateo le menciona dos veces como gobernador (vv. 2, 11), en realidad ese no era el título oficial de Pilato. El término que aparece en griego hegemón denotaba técnicamente un legatus Caesaris, un oficial del Emperador, más exactamente procurador, que era un gobernador de una provincia menos importante que un propraetor (como el que estaba sobre la provincia de Siria). Sin embargo, Pilato era el representante de la ley romana en Judea y tenía allí toda autoridad. 

Mateo no nos dice cuál fue la acusación contra Jesús, pero por la pregunta de Pilato y las acusaciones de los judíos que podemos ver en Luc. 23:2, claramente la acusación es que se está haciendo a sí mismo rey de los judíos. Por eso, Pilato le pregunta: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” En los tres evangelios sinópticos, Mateo, Marcos y Lucas, se registra exactamente la misma respuesta: “Tú lo dices” (v.11; Mar. 15:2; Luc. 23:3). Juan, el evangelio de las conversaciones íntimas, da una interacción más elaborada entre Jesús y Pilato. Con respecto a la respuesta en los sinópticos comenta M’Neile que esto implica: “Verbalmente, estás en lo cierto, pero la verdad está más allá de tu comprensión.” Así, Jesús está confesando que es el Rey de los Judíos, pero no en el sentido en que lo están acusando. O como lo narra Jua. 18:36: “Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.”. Y, en el 18:37: “Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.”

Leamos ahora juntos los vv. 12-14. Después del primer interrogatorio, Poncio Pilato no halló ningún delito. Así que los principales sacerdotes y los ancianos continuaban acusando a Jesús de varios otros cargos que ya leímos en Luc. 23:2: “que pervierte a la nación, y que prohíbe dar tributo a César”; pero el Maestro nada respondió. Pilato tratando de sacar una confesión Le pregunta: “¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti?” Y, sin embargo, Jesús seguía sin responder palabra alguna. Él estaba decidido a cumplir con la profecía de Isa. 53:7: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.” Jesús sabía que no debía defenderse. Él podía fácilmente librarse de todo aquello. Pero era necesario que estas cosas ocurriesen para que se cumpliesen las Escrituras.

Pilato se maravillaba mucho ante la impavidez de Jesús. El Señor estaba siendo interrogado por cargos dignos de muerte. En tal situación la gente, aunque culpable, hace y dice lo que sea para tratar de librarse, pero no Jesús. Él permanecía sereno y mudo esperando Su destino. Con respecto a esto comentó Charles Spurgeon: “Él había visto en judíos capturados el valor fuerte del fanatismo; pero no había fanatismo en Cristo. También había visto en muchos prisioneros la mezquindad de hacer o decir lo que sea con tal de escapar de la muerte; pero no vio nada de eso en nuestro Señor. Vio en él una bondad inusual y humildad combinada con dignidad majestuosa. Observó la sumisión mezclada con inocencia”. Jesús era una asombrosa mezcla de humildad y gallardía que maravillaba incluso el duro corazón de Pilato.

Leamos ahora juntos los vv. 15-21 por favor. Pilato entendía que Jesús era inocente y quería soltarle, pero los líderes religiosos judíos lo presionaban mucho. Los judíos eran todo un desafío para el gobierno romano. Constantemente se alborotaban y trataban de librarse del yugo del imperio. Por esta razón, había fortalezas militares en Jerusalén y Galilea, y siempre había varias compañías de soldados romanos en la región. Aunque Pilato tenía su residencia oficial en Cesárea Marítima, durante las fiestas anuales se trasladaba a Jerusalén, tomando como residencia la Fortaleza Antonia, al noroeste del Templo. Allí aseguraba el orden, pues ya muchas veces se habían alborotado los judíos bajo su mandato. De hecho, ya estaba advertido por el César de que podía ser depuesto y muerto si sucedía otra gran revuelta judía.

Así que Pilato quería evitar una revuelta judía y por eso no liberó a Jesús, aunque sabía que era inocente. En lugar de eso, buscaba estrategias para soltarlo. Y una de esas estrategias es la que aparece aquí narrada: la costumbre de soltar con amnistía a un preso judío de su elección durante la fiesta. Y para tratar de asegurar de que fuese Jesús el que eligiese el pueblo, lo colocó junto a uno de los presos más notables que tenía: Barrabás. Según Marcos y Lucas, Barrabás estaba preso por haber participado en un motín en el que se había cometido un homicidio (Mar. 15:7; Luc. 23:19). Sería un terrorista revolucionario, probablemente muy violento. Irónicamente, este preso sí era culpable de los delitos de que acusaban a Jesús. Pilato pensó que el pueblo preferiría a Jesús. Parece que sabía que los líderes religiosos lo habían entregado a él por envidia, pues la gente oía y seguía a Jesús más que a ellos. Además, su esposa le había advertido que no tuviese nada que ver con este justo por un sueño que tuvo. Por estas razones y porque era inocente buscaba la manera de soltarle.

“Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás”. Y cuando Pilato le preguntó a la multitud a cuál de los dos quería que soltase, “ellos dijeron: A Barrabás.” ¡Increíblemente, la gente eligió a Barrabás, un homicida y revolucionario; antes que a Jesús, el Hijo de Dios! Ciertamente, esto nos muestra que ellos eran como ovejas que no tenían pastor. Y ahora escuchaban la voz de estos pastores malvados que no querían el bien del rebaño, sino su propio beneficio. ¿Cuántas ovejas hay hoy en día, ciegas, caminando hacia la destrucción, oyendo a pastores que las empujan precisamente a ese destino? ¿Cuántos pastores malos hay por ahí que solo buscan beneficiarse de las ovejas y nos las llevan a los delicados pastos de la Palabra del Señor? ¡Oh, hermanos míos, no se dejen persuadir por nadie que les impida elegir a Jesús! 

Las personas ahora todavía rechazan a Jesús y escogen a otro. Su Barrabás puede ser la lujuria, puede ser la intoxicación con alcohol y/o drogas, puede ser el yo y las comodidades de la vida. Con respecto a esto comentó el puritano John Trapp: “Esta elección loca se toma todos los días, mientras el hombre prefiere los deseos de la carne antes que la vida de sus almas”. Cada día tienes la decisión delante de ti. ¿A quién elegirás? ¿A Jesús, el Hijo de Dios que murió en la cruz para perdonar tus pecados? O, ¿vas a elegir tu pecado, por un momento de placer, despreciando así el amor y sacrificio de tu Señor? ¡Elijamos a Jesús!   

Leamos juntos los vv. 22-23 por favor. Pilato seguramente estaba perplejo ante la elección del pueblo. Él pensaba que se saldría con la suya y podría liberar a Jesús sin quedar mal con los líderes religiosos judíos. Entonces, al escuchar que el pueblo había elegido a Barrabás, les pregunta: “¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?” Quizás esperaba que el pueblo se arrepintiese de su elección, o que, cuando mucho, lo mandase azotar o a apresar. Pero, increíblemente, el pueblo gritó: “¡Sea crucificado!” ¿Sea crucificado? ¿Por qué? “¿Qué mal ha hecho?” La multitud no respondió a la solicitud de evidencia o pruebas de Pilato, solo continuaron gritando: “¡Sea crucificado!”

Probablemente habría en esta multitud muchos que hace unos días atrás habían gritado cuando Jesús entraba en Jerusalén: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mat. 21:9). Pero, vemos que ellos se dejaban llevar por las emociones. Aquello habría sido un gran furor mesiánico. Y ahora, persuadidos por sus líderes religiosos y por el furor de la multitud, solo gritaban: “¡Sea crucificado!” Esto es lo mismo que nosotros gritamos cuando pecamos. No nos importa el amor de Jesús. No nos importa Su sacrificio. “¡Que sea crucificado porque yo quiero cometer este pecado!” Cuando pienses pecar, recuerda que esa es precisamente la razón por la que Jesús fue crucificado, y arrepiéntete de hacer tal cosa.

¡Qué fácil es para nosotros condenar a este pueblo por sus acciones aquí! Pero, ¿qué habríamos hecho nosotros si hubiésemos estado allí? Jesús Adrián Romero tiene una canción que trata precisamente acerca de esto, titulada: “Si Hubiera Estado Allí” y dice así: “Si hubiera estado allí, entre la multitud, que tu muerte pidió, que te crucificó. Lo tengo que admitir, hubiera yo también clavado en esa cruz, tus manos mi Jesús, si hubiera estado allí. Pensándolo más bien, también yo estaba allí. Yo fui el que te escupió, y tu costado hirió. Pensándolo más bien, yo fui el que coronó de espinas y dolor, tu frente buen señor, también yo estaba allí.” Ahí estábamos también nosotros crucificando a Jesús por nuestros pecados. ¡No lo castiguemos más! ¡Dejemos ese vil pecado! ¡Vivamos en santidad para Dios!  

Leamos ahora juntos los vv. 24-26 por favor. Pilato finalmente fue intimidado por la multitud. Podía ver que aquello se estaba tornando incontrolable y se estaba levantando un alboroto. Si llegaba a Roma la noticia de que él había permitido que se alzara un tumulto, su carrera pública quedaba terminada, y quizá también su vida. Era mejor que un prisionero sufriera injustamente a que el futuro del gobernador corriera riesgo. De modo que Pilato “tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros.” Esto obviamente no lo exime de responsabilidad. Él tenía en sus manos la posibilidad de liberar a Jesús y de parar toda aquella injusticia. Pero por amarse más a sí mismo, su puesto y su propia vida, más que a Jesús, cedió a la presión de los judíos. No dejemos que nuestro amor a nosotros mismos y a nuestras propias vidas nos impidan elegir a Jesús.

Por su parte, la multitud ciega y endemoniada le respondió a Pilato: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.” Y creo que esta factura les llegó en el horrible asedio de Jerusalén en el año 70 d.C. Allí sufrieron estas palabras.

Pilato entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado. Mateo nos dice que Jesús fue azotado antes de ser crucificado. Si bien en español se emplea el término genérico “azotar”, los romanos distinguían dos tipos de azotes según los instrumentos que se utilizasen. El verberatio que designaba con carácter general las penas corporales, y con carácter particular la fustigación, empleada únicamente contra los ciudadanos romanos mediante diversos instrumentos como bastones, varas, cañas o férulas; y la flagelación, utilizada contra los esclavos y los extranjeros, con el látigo (flagellum, lorum o scutica) y sus variantes más dañinas, como el scorpio y el temible flagrum. La palabra griega en Mateo es fragelloo, flagelación. Y el instrumento sería el flagrum.

El flagrum era un látigo con mango corto, hecho de cuero, que finalizaba con entre 3 y 9 cuerdas. Cada cuerda tenía atado un pedazo de hierro o hueso en las puntas para que cuando el látigo golpease la espalda del condenado, se incrustase en su carne y una vez que el verdugo halase el látigo de vuelta se trajese la carne del atormentado junto con el látigo. El castigo de los azotes consistía en quitarle al condenado todas las ropas, atarlo a un poste y golpear todo su cuerpo con estos látigos hasta que se desvaneciera y quedara colgando del mismo. En muchas ocasiones los condenados morían al ser flagelados. Jesús recibió azotes con estos látigos. Su carne fue desprendida de Él y su sangre cubría todo su cuerpo. Así que todo el cuerpo de Jesús estaba ensangrentado y lleno de moretones por causa de los azotes.

¿Por qué? ¿Por qué Jesús tuvo que ser castigado tan cruelmente? Para pagar el precio de nuestros pecados. Él hizo todo eso por amor a nosotros. Cuando el látigo golpeaba Su espalda, Él soportaba el dolor pensando en ti y en mí. En nuestros pecados que debían ser pagados para que nosotros pudiésemos recibir el perdón. Cada vez que pecamos, azotamos el cuerpo de nuestro Salvador. Cada uno de nuestros pecados es un azote, una humillación más que Él tuvo que recibir. ¿Por qué hemos de seguir azotando el cuerpo de nuestro Señor? ¿Por qué hemos de seguir pecando y lacerando el cuerpo de tan amante Salvador? Sigamos la instrucción del Maestro a la mujer adúltera: “vete, y no peques más.” (Jua. 8:11)

Yo oro para que cada uno de nosotros pueda recordar a cada instante lo grave que es el pecado y alto precio que nuestro Señor tuvo que pagar por él, y que por amor a Jesús vivamos en santidad para Dios. Cuando cometamos pecado, que nos arrepintamos genuinamente. Y que busquemos cada día obedecer la Palabra de Dios y hacer Su voluntad. Y así el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

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