Mateo 26:17-29

26:17 El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, vinieron los discípulos a Jesús, diciéndole: ¿Dónde quieres que preparemos para que comas la pascua?
26:18 Y él dijo: Id a la ciudad a cierto hombre, y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa celebraré la pascua con mis discípulos.
26:19 Y los discípulos hicieron como Jesús les mandó, y prepararon la pascua.
26:20 Cuando llegó la noche, se sentó a la mesa con los doce.
26:21 Y mientras comían, dijo: De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar.
26:22 Y entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor?
26:23 Entonces él respondiendo, dijo: El que mete la mano conmigo en el plato, ése me va a entregar.
26:24 A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido.
26:25 Entonces respondiendo Judas, el que le entregaba, dijo: ¿Soy yo, Maestro? Le dijo: Tú lo has dicho.
26:26 Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo.
26:27 Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos;
26:28 porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.
26:29 Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.

LA SANGRE DEL NUEVO PACTO


Buenos días. ¡Feliz Domingo de Resurrección! Tal día como hoy, hace más de dos mil años, resucitó nuestro Señor Jesucristo. Esa es la razón por la que cada domingo nos reunimos, para celebrar que Jesús resucitó. ¡Él venció al pecado y a la muerte! ¡Aleluya! Pero como ya les he dicho anteriormente, hoy no tendremos una lectura especial para conmemorar este maravilloso evento como solemos hacerlo. Este año tendremos una Semana Santa más prolongada y un poco desfasada con la celebración tradicional. Seguiremos con las lecturas en el Evangelio de Mateo que dentro de un par de semanas nos llevarán a aprender acerca del arresto, la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

Sin embargo, hoy estaremos conmemorando otro evento de gran importancia para el cristianismo, la última cena del Señor con Sus discípulos, en la que Él mismo instituyó la Cena del Señor. Vamos a aprender cómo Jesús instituyó este sacramento y el significado que tiene. Y aquellos de nosotros que estemos bautizados en agua y tengamos un corazón probado, tendremos la oportunidad hoy de participar del pan y el vino. Yo oro para que a través de este mensaje aprendamos cómo el Señor instituyó esta cena, los eventos que sucedieron allí según los narra Mateo, y que entendamos el profundo significado de este sacramento. Y que podamos participar con gozo y solemnidad del pan y el vino, anunciando la muerte del Señor hasta que Él vuelva para llevarnos a Su reino. Amén.

I.- Uno de vosotros me va a entregar (17-25)

Leamos juntos el v.17 por favor. En el primer día de la fiesta de los panes sin levadura, el 14 de Nisán según el calendario hebreo, el cordero pascual era sacrificado (Mar. 14:12). Según la ley mosaica esto era denominado la Pascua y le seguían siete días de la fiesta de los panes sin levadura, del 15 al 21 de Nisán (Lev. 23:5-6). Pero las dos fiestas se habían fusionado en el pensamiento hebreo y le llamaban indistintamente al período completo Pascua o fiesta de los panes sin levadura. Por ejemplo, el historiador Flavio Josefo escribió en Antigüedades de los Judíos: “Guardamos una fiesta durante ocho días, a la que llamamos la fiesta de los panes ázimos.” Allí él le llama a todo el período la fiesta de los panes sin levadura.

Una de las últimas cosas que Jesús hizo con sus discípulos antes de su muerte fue comer la pascua con ellos. Y esto era particularmente apropiado porque dentro de pocas horas Él se entregaría a Sí mismo como el Cordero Pascual que sería sacrificado por los pecados de la humanidad. Desde la misma concepción de la fiesta en Éxo. 12, la pascua apuntaba al sacrificio redentor de Jesús por los pecados de la humanidad. Así como en aquel día un cordero era sacrificado por familia para redimir a los primogénitos de ellos, Jesús sería sacrificado de una vez y para siempre para redimir a los hijos de Dios. Así como la sangre del cordero pascual era colocada sobre los postes y los dinteles de las puertas para que la muerte no alcanzara aquella casa, la sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo sería colocada sobre los redimidos para limpiar sus pecados y que la muerte eterna no tenga poder sobre ellos.

Los discípulos no sabían dónde comería Jesús la pascua con ellos. Así que Le preguntaron a Jesús dónde quería que la preparasen. Leamos juntos los vv. 18-19 por favor. Jesús fue muy enigmático al dar la dirección a los discípulos del lugar donde habría de comer la pascua con ellos. De hecho, nunca les dice cuál era el lugar exactamente. Mateo no nos da todos los detalles. Mar. 14:13 dice que Jesús “envió dos de sus discípulos”; y que, el “cierto hombre” que se menciona en Mat. 26:18, sería reconocible porque “lleva un cántaro de agua”. Lucas da los mismos detalles de Marcos, pero además identifica a los dos discípulos en Luc. 22:8 como Pedro y Juan. Es significativo que un hombre llevase un cántaro de agua, generalmente este era el trabajo de las mujeres. Así que probablemente los discípulos no tendrían problema para identificar tal hombre, quizás un esclavo, que llevaba agua a la casa donde celebrarían la Pascua con el Señor. 

Algunos piensan que Jesús no tenía un lugar preparado, y que usó de Su omnisciencia y de Su autoridad para solicitar este aposento de esta casa que Él sabía que estaba vacío. Podría haber algo de eso en el hecho de que supiese que preciso en ese momento pasaría aquel hombre por allí. Otros interpretan que Jesús había hecho los arreglos secretamente. Por ejemplo, John MacArthur comenta: “Obviamente, Jesús había hecho estos arreglos clandestinamente para prevenir la inmediata traición de la que sería objeto. Si Judas hubiera sabido de antemano donde habrían de celebrar la Pascua, con toda seguridad habría alertado a los principales sacerdotes y los ancianos”. Yo me inclino por esta última interpretación. Jesús envío a Pedro y a Juan a preparar la Pascua de esta manera para evitar que Judas Iscariote supiese el lugar anticipadamente y alertase a los principales sacerdotes. De esta manera, Jesús podría comer la Pascua con Sus discípulos como había deseado anhelosamente (Luc. 22:15).  Y Pedro y Juan fueron “y hallaron como les había dicho; y prepararon la pascua.” (Mar. 14:16).

Leamos ahora juntos los vv. 20-21. Al llegar la noche, Jesús se sentó con Sus discípulos a comer la cena que habían preparado. Hay muchos detalles de ese día que Mateo no nos cuenta, por ejemplo, el lavamiento de los pies de los discípulos. Pero Mateo va inmediatamente a un giro dramático de la historia. Jesús anuncia que uno de Sus discípulos lo traicionaría y lo entregaría a los judíos. Los discípulos debieron haber quedado muy impactados ante este anuncio de Jesús. Uno de los doce que Jesús había escogido de entre muchos y que había pasado mucho tiempo en Su compañía y escuchando Sus enseñanzas traicionaría al Maestro entregándolo a los judíos.

Leamos ahora juntos el v.22. Los sorprendidos y entristecidos discípulos le preguntaron uno por uno: “¿Soy yo, Señor?” La forma de la pregunta en griego indica que se esperaba una respuesta negativa, quizá sería una mejor traducción “Señor, yo no soy, ¿verdad?” O como traducen la NVI y la BLPH: “¿Acaso seré yo, Señor?”. Los discípulos dudaban de sí mismos y de su fidelidad delante del Señor, pero tenían la esperanza de que no fuesen ellos los que cometiesen tan vil traición.

Veamos la respuesta de Jesús ante las expectantes preguntas de Sus discípulos. Leamos juntos los vv. 23-25. La respuesta de Jesús denota la más alta traición en el pensamiento judío. Para ellos, comer con una persona era símbolo de amistad, especialmente aquel que estaba sentado tan cerca del anfitrión que podía meter la mano en el plato con Él. Pareciera que en ese preciso momento Judas Iscariote metía la mano en el plato para mojar su pan en la salsa de hierbas amargas junto con Jesús. Y fue recién allí que preguntó él: “¿Soy yo, Maestro?” Fíjense en la diferencia en la pregunta de Judas con respecto a la del resto de los discípulos. Ellos le llamaron “Señor”, y él, “Maestro”. Casi puedo oír el tono irreverente de Judas Iscariote como el de los fariseos cuando llamaban a Jesús “Rabí” o “Maestro” antes de tentarle con sus preguntas. Judas sabía que era él quien lo entregaba. Por eso no había preguntado antes. Pero ahora preguntó porque sospechaba que Jesús lo había descubierto, y efectivamente el Señor le revela que conoce su ardid diciéndole: “Tú lo has dicho.” 

Antes de eso, Jesús Le advirtió a Judas que Él no iba a resistirse. Él iría según estaba escrito de Él. Pero, “¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido.” El castigo de Judas sería tan terrible, que era mejor que no hubiese nacido. Pero todavía estaba a tiempo de arrepentirse de semejante traición. De hecho, ese parece ser el propósito de toda esta conversación. Jesús trajo el tema a colación porque quería darle una oportunidad de arrepentimiento a Judas. Pareciera que, en Su gran amor, Jesús todavía quería salvar a Judas.

Judas Iscariote tiene que haber estado planificando su horrenda traición con un secreto total. Tiene que haber hecho sus vueltas, o bien a escondidas, o como parte de sus quehaceres normales; porque, si el resto de los discípulos hubieran sabido lo que se traía entre manos, no le habrían dejado salir con vida de la habitación. Sin duda les había ocultado sus planes a sus condiscípulos, pero no podía ocultárselos al Señor. Eso es lo que pasa siempre: una persona puede ocultarles sus pecados a sus semejantes, pero no los puede ocultar nunca de los ojos del Señor. Jesús sabía, aunque nadie más lo supiera, lo que Judas se traía entre manos.

Y ahora podemos ver el método de Jesús con el pecador. Podría haber usado Su poder para aterrar a Judas, para paralizarle, hasta para matarle. Pero la única arma que Jesús usará siempre es la de la invitación amorosa. Uno de los grandes misterios de la vida es la manera que tiene Dios de respetar la iniciativa humana. Dios no obliga nunca; solo invita.

Es precisamente aquí donde vemos lo terrible que es el pecado, por su terrible libertad. A pesar de la última llamada del amor, Judas siguió adelante. Aun cuando se encontró cara a cara con su pecado y con el rostro de Cristo, no quiso dar marcha atrás. Hay pecados y pecados. Existe el pecado de la persona que, en el impulso del momento, se ve arrastrada a hacer lo que no debe. Que nadie tome a la ligera tal pecado; sus consecuencias pueden ser muy terribles; pero mucho peor es el pecado decidido, calculado, insensible, que sabe lo que está haciendo a sangre fría, que se enfrenta con lo terrible de la acción y con el amor de los ojos de Jesús, y sin embargo todavía sigue con su plan. Esto es lo que Judas hizo con Jesús, y la tragedia es que esto es lo que todos hacemos muchas veces.

¿Cuántas veces hemos pecado fría y calculadoramente delante de Dios? ¿No te ha puesto Dios cara a cara con tu pecado? ¿No has visto el rostro de amor de Jesús invitándote a cambiar de camino? ¿Por qué pues sigues pecando neciamente? ¿Por qué no dejas ese pecado? ¿Qué estás esperando para quebrantar tu corazón delante del Señor, apartarte de la maldad y responder con agradecimiento la invitación de amor de Jesús? Yo oro para que cada uno de nosotros pueda arrepentirse de sus pecados, especialmente los pecados que tenemos ocultos y que pensamos que practicamos impunemente, y que podamos permanecer en la comunión con Jesús. Amén.

 Mateo no nos dice qué pasó con Judas después, pero Juan dice que después de aquel bocado “Satanás entro en él… luego salió” (Jua. 13:27,30). Así que Judas Iscariote no estuvo en la institución de la Cena del Señor que veremos a continuación.

II.- Institución de la Cena del Señor (26-29)

Leamos ahora juntos el v.26. Mientras estaban comiendo la cena, Jesús tomó el pan y lo bendijo, y lo partió, y lo dio a sus discípulos. Era costumbre que la cabeza del hogar diera gracias por el pan y el vino antes de cualquier comida, pero sobre el pan y el vino de la cena de la Pascua se pronunciaban bendiciones especiales. El cabeza de familia tomaba el pan y decía: “Este es el pan de aflicción que nuestros padres comieron en la tierra de Egipto. Que cualquiera que tenga hambre venga y coma; que cualquiera que tenga necesidad venga y coma de la cena de Pascua”. Jesús aprovechó el momento de esta bendición del pan para transformar Su última Pascua como ser humano en la primera Santa Cena. Jesús es el motivo principal en ambas ceremonias, siendo representado simbólicamente mediante el Cordero en la Pascua, y mediante el pan y el vino en la Santa Cena.

Tomó, entonces, Jesús el pan. Y parece ser que en lugar de decir la bendición tradicional dijo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo.” Él reinterpretó los elementos de la cena en Sí mismo. El enfoque no estaba ya en el sufrimiento de Israel en Egipto, sino en el sufrimiento de Jesús para librarnos de nuestros pecados. Carson comenta con respecto a esto: “Las palabras ‘esto es mi cuerpo’ no tenían lugar en el ritual de la Pascua; y como innovación, deben haber tenido un efecto asombroso, un efecto que crecería con la mayor comprensión obtenida después de esa Pascua”. Obviamente, los discípulos no entendieron literalmente que el pan se había convertido en el cuerpo de Jesús. Aquello los habría escandalizado. Ellos lo entendieron como un símbolo, así como todos los elementos de la cena pascual tenían un significado alegórico. Así que debemos entender estas palabras de Jesús como “esto representa mi cuerpo”.

Así como Jesús entregaba el pan a sus discípulos para que participasen de él, Él entregaría Su cuerpo en la cruz del calvario por toda la humanidad. Para que aquellos que acepten Su sacrificio vicario, participen juntamente con Él en su muerte. De modo que podríamos decir como el apóstol Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado” (Gál. 2:20). Además, según el apóstol Juan, ya Jesús les había revelado esto mismo muchos antes: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.” (Jua. 6:51). Jesús ha dado Su cuerpo como verdadero alimento espiritual que nos permite alcanzar la vida eterna. Aceptemos el sacrificio de Jesús por nuestros pecados y comamos del pan vivo que descendió del cielo. Amén.

Leamos ahora juntos los vv. 27-29 por favor. Durante la cena pascual los judíos bebían cuatro copas de vino. La primera copa es la que nos introduce a la celebración. Es la copa de la bendición, el Kiddush. La segunda copa, llamada la copa del Juicio o del dolor, se sirve y da inicio a la liturgia pascual donde se relata la historia de lo que pasó en el éxodo a través de un orden particular, y otros ritos entre el padre de la mesa y el niño menor. Se explican los símbolos de las comidas especiales de este día y se canta el salmo 114. La tercera copa está relacionada con la cena, la comida. El pan sin levadura, las hierbas amargas, y otros alimentos, cuyos símbolos apuntan a rememorar la historia del éxodo. Esta copa es llamada la copa de la redención, y según el comentario Beacon citando a Carr, esta fue la copa con la que el Señor anunció el nuevo pacto. La cuarta copa, la copa de la alabanza, da fin a la celebración y completa el rito pascual.

Jesús tomó entonces la copa y habiendo dado gracias, les dio diciendo: “Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.” Notablemente, Jesús anunció la institución de un nuevo pacto. Ningún hombre cualquiera podría haber instituido un nuevo pacto entre Dios y el hombre, pero Jesús es el Dios-hombre. Él tiene la autoridad para establecer un nuevo pacto, sellado con Su sangre, así como el antiguo pacto fue sellado con sangre (Éxo. 24:8). 

Este nuevo pacto ya había sido anunciado por Dios a través del profeta Jeremías: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.” (Jer. 31:31-34).

Al derramar Su sangre en Su muerte, Jesús sellaba un nuevo pacto entre Dios y el hombre que no era como el pacto de la ley. Ya el pueblo de Dios no tendría que memorizar una serie intrincada de leyes, sino que Dios mismo pondría Su ley en la mente y el corazón de su pueblo por medio del Espíritu Santo (aunque igual hay que estudiar la Biblia, y sería bueno memorizarla también). Y por la sangre del Cordero de Dios perdonaría los pecados del mundo y no se acordaría más de nuestros pecados. Así que tal pacto ciertamente nos conviene porque revela más asombrosamente el amor y la gracia de Dios.

Esa copa de redención que Jesús pasaba para que los discípulos bebiesen de ella, representaba la sangre de Cristo que se derramaría por muchos para la remisión de pecados. Con respecto a esto comentó Spurgeon: “En esa palabra amplia ‘muchos’ gocémonos sumamente. La sangre de Cristo no fue derramada solo por un puñado de apóstoles. Solo once de ellos participaron realmente de la sangre simbolizada por la copa. El Salvador no dice: ‘Esta es mi sangre que por vosotros es derramada, los once favorecidos’; sino ‘por muchos es derramada’”.

Aunque solo esos once participaron de esa copa en aquella noche, Lucas nos dice que el Señor mandó en esa cena: “haced esto en memoria de mí.” (Luc. 22:19). Y también dice el apóstol Pablo: “Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.” (1Co. 11:23-26). Así que nosotros participamos de la misma bendición que estos once cada vez que comemos la Cena del Señor.

La iglesia primitiva se reunía el primer día de la semana, el domingo, para partir el pan en las casas (Hch. 20:7). Esto quiere decir que ellos se reunían cada semana a celebrar la resurrección de Jesús participando de la Santa Cena. Carson destaca que: “Jesús nos invita a conmemorar, no su nacimiento, no su vida, ni sus milagros, sino su muerte”. Esta fue la única celebración que el Señor instituyó. Y todas las veces que participamos de la Cena del Señor, Su muerte anunciamos hasta que Él venga. Hoy, por la gracia de Dios, participaremos nuevamente de ella. Pero debemos hacerlo con un corazón probado como advierte el apóstol Pablo en 1Co. 11:26-27: “De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.” Participemos hoy con reverencia de la Santa Cena.

En conclusión, en la última pascua con sus discípulos Jesús anunció la traición de Judas Iscariote y le dio la oportunidad del arrepentimiento, pero él no la quiso tomar y fue a preparar la entrega de Jesús. ¡Dios nos guarde de tener semejante dureza de corazón! También, el Señor transformó Su última cena pascual como ser humano en el símbolo de un nuevo pacto en Su sangre, la Santa Cena. Y así cada vez que participamos de ella podemos recordar el sacrificio de amor que hizo nuestro Señor por nosotros y cómo se entregó en la cruz para morir por nuestros pecados. 

Yo oro para que cada día, aunque no estemos participando del pan y del vino, recordemos este sacrificio de amor de nuestro Señor. Y que cada uno de nosotros también pueda tomar su cruz cada día y seguir al Señor, sirviéndole con amor. Y que haciendo esto, el Señor nos use para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Amén.

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