Mateo 22:1-14

22:1 Respondiendo Jesús, les volvió a hablar en parábolas, diciendo:
22:2 El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo;
22:3 y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas; mas éstos no quisieron venir.
22:4 Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas.
22:5 Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios;
22:6 y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron.
22:7 Al oírlo el rey, se enojó; y enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad.
22:8 Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos.
22:9 Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis.
22:10 Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron llenas de convidados.
22:11 Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda.
22:12 Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció.
22:13 Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.
22:14 Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.

LA PARÁBOLA DE LA FIESTA DE BODAS


Buenos días. El pasado 31 de octubre se celebró el cumpleaños dieciocho de la Princesa Leonor de España. La celebración de este cumpleaños suele ser diferente a la nuestra. Se hizo un acto protocolar en la tarde, el juramento de la princesa sobre la constitución. En el Palacio Real, frente al presidente de España, los miembros del congreso, los ministros, y otros altos funcionarios del gobierno español, la Princesa Leonor juró sobre la constitución: “Juro desempeñar fielmente mis funciones, guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes y respetar los derechos de los ciudadanos y de las comunidades autónomas, y fidelidad al rey”.

Pero en la noche también se hizo una cena familiar a la que asistió toda la Casa Real de España y algunos invitados de las casas reales de Europa. Ahora imagina que eres uno de los invitados al cumpleaños de la princesa. Has recibido una invitación personal del rey Felipe VI, que ha preparado una gran fiesta para celebrar este día tan especial. ¿Cómo te sentirías? Honrado y emocionado por asistir a este evento único en la vida. Probablemente alquilarías un buen traje y mandarías a lavar y encerar el carro para la ocasión. No te lo perderías por nada en el mundo, ¿cierto?

En el pasaje bíblico de hoy aprenderemos la parábola de la fiesta de bodas real que contó Jesús. Allí veremos cómo los convidados rechazaron la invitación del rey a la fiesta de bodas de su hijo. Entonces, el rey llenó la fiesta con toda clase de personas que hallaron sus siervos en el camino. Esta parábola nos enseña varias verdades sobre el reino de Dios que aprenderemos en este mensaje. Yo oro para que cada uno de nosotros aceptemos la amorosa invitación de Dios y que seamos hallados vestidos apropiadamente para la ocasión. Que seamos parte de los escogidos que disfrutarán de la bendición de estar en el reino de Dios para siempre. Amén. 

I.- Los convidados que rechazaron la invitación a la fiesta de bodas (1-7)

Leamos juntos los vv. 1-3. El pasaje bíblico anterior concluyó diciendo que los principales sacerdotes y los fariseos entendieron que Jesús estaba hablando de ellos en sus parábolas y buscaban cómo apresarle, pero temían hacerlo en público. Quizá se fueron del Templo o quizá siguieron allí escuchando las enseñanzas de Jesús que continuó hablándoles en parábolas a la gente. MacDonald comenta que: “Jesús no había terminado aún con los principales sacerdotes y con los fariseos.” Y ahora les plantea otra parábola para mostrar cómo ellos estaban rechazando la preciosa invitación de Dios al reino de los cielos.

Entonces, Jesús les refiere la parábola de la fiesta de bodas, en la que asemeja el reino de los cielos “a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo; y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas”. Una boda es el evento social más significativo en la vida de una persona. La boda de un príncipe sería un evento espectacular, y una invitación así sería un gran privilegio. Una fiesta de boda judía duraba siete días, en los que los invitados comerían, beberían y danzarían con alegría para celebrar a la nueva pareja. Y esta boda podría durar incluso más, pues el rey tendría muchos recursos a su disposición y la alegría sería aún mayor por la pareja real. Por tanto, la asistencia a semejante evento exigía un alto compromiso de tiempo valioso por parte de los invitados. Pero el honor de ser invitado por un rey, y el terror de ofenderlo, sería una gran motivación para los invitados a asistir.

Sin embargo, ¿cómo respondieron los convidados? Leamos juntos el v.3b. Increíblemente, ¡los convidados del rey no quisieron venir! No les importó el gran privilegio que esto suponía; ni la ofensa que esto podía representar para el monarca; simplemente declinaron la invitación. Puedo imaginar a la multitud que escuchaba a Jesús sorprendida ante estas palabras. ¿Cómo se atreven a menospreciar semejante invitación? La reacción de los invitados francamente no tenía sentido, pero da una descripción precisa de la reacción de muchos a la invitación de Dios.

Leamos juntos los vv. 4-6 por favor. Lo que se relata aquí muestra las costumbres judías de la época. Cuando se hacían las invitaciones a una gran fiesta, como esta fiesta de bodas, no se especificaba cuándo tendría lugar, sino solamente que se haría pronto; y cuando ya todo estaba preparado, se enviaban a los siervos con la notificación final para decirles a los invitados que ya podían venir. Así que, el rey de esta parábola hacía tiempo que había hecho las invitaciones; y ahora mandaba aviso a los invitados de que ya todo estaba preparado y que podían venir. Pero ellos, que ya habían declinado la primera invitación, ahora responden nuevamente de forma negativa. Unos, simplemente ignoran la invitación de los siervos y se van a atender sus asuntos; y otros, responden con violencia, afrentando a los siervos y matándolos.

¿Pueden ver la semejanza con la parábola de los labradores malvados que aprendimos la semana pasada? De hecho, tiene el mismo significado: Jesús nuevamente acusaba a los judíos de rechazar la invitación de Dios a Su reino y de asesinar a los mensajeros que Él les enviaba, los profetas. Así que podemos ver que el rey en la parábola representa a Dios Padre; el hijo representa a Jesús; la fiesta de bodas representa la unión definitiva y eterna de Jesús con Su esposa, el pueblo de Dios; y estos convidados representaban a los hijos de Israel. Después del pecado de Adán y Eva, Dios insistentemente invitó a los hijos de Israel a ser Su pueblo escogido, sin embargo, aunque Dios los convirtió en un pueblo, y los llamó a ser un reino de sacerdotes y una nación santa, ellos continuamente rechazaron la soberanía de Dios, queriendo vivir como mejor les parecía, e incluso asesinando a los profetas que Dios les enviaba para llamarlos al arrepentimiento. 

Por esta razón, Jesús dice en el v.7 que el rey se enojó con ellos; y enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad. La paciencia del Rey del Universo se acabó y desechó al pueblo de Israel como Su pueblo escogido. La forma en la que Jesús lo presenta aquí parece anticipar la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. Este templo en el que Jesús está hablando fue saqueado y quemado; y la ciudad, completamente destruida. Un terrible juicio vendrá sobre aquellas que rechacen la amorosa invitación de Dios a Su reino. Para aquellos que no quieran aceptar la soberanía de Dios sobre sus vidas, sino que pretendan vivir fuera de la voluntad de Dios. Yo oro para que cada uno de nosotros pueda reconocer a Dios como el rey de sus vidas y que podamos vivir de acuerdo a Su voluntad expresada en la Biblia. Que aceptemos la preciosa invitación de Dios y vivamos bajo Su soberanía cada día. Amén.

II.- Muchos son llamados, y pocos escogidos (8-14)

Leamos juntos el v.8. Las bodas ya estaban preparadas. Ya el rey había matado sus animales engordados y tenía un gran banquete preparado. Y el rey no quería que nada de eso se perdiera. No quería un salón de fiestas vacío. Aunque Dios pudo haber destruido a los pecadores desde hace mucho tiempo, con paciencia siguió llamándolos al arrepentimiento. Él quiere que Su reino esté lleno de gente que se goce en Él y Le alabe. Pero los convidados no eran dignos. El pueblo de Israel con su continua rebeldía demostró no ser digno de la preciosa invitación de Dios, así que fueron desechados. Sin embargo, el reino de Dios sería establecido con los judíos o sin ellos. Así que el rey abre la invitación a las bodas a más personas. Ahora la entrada en las bodas no estaba reservada solamente para aquellos que descendiesen de Jacob según la carne, sino para todos aquellos que atendiesen la invitación de los siervos de Dios.

Leamos ahora juntos los vv. 9-10. Ahora el rey envió a sus siervos a traer a todo aquel que encontrasen en los caminos y que atendiese a su invitación. Aunque esta gente no había sido tenida por digna de ser invitada inicialmente, el rey no quería tener un salón de fiestas vacío y les extendió a ellos también su invitación. En este sentido, podemos decir que esta es una parábola sobre la gracia de Dios. Los que estaban siendo ahora invitados no lo merecían, pero los primeros convidados demostraron que tampoco lo merecían, así que la invitación del rey es siempre una amorosa invitación de gracia. No viene por nuestro merecimiento, sino por el puro deseo del rey de tenernos allí. 

Con esta instrucción salieron los siervos por los caminos y juntaron a todos los que hallaron. Mateo nos dice que había “juntamente malos y buenos”. Entre los primeros convidados estaban solamente los que parecían ser “buenos”, es decir aquellos que supuestamente guardaban la Ley de Dios, como los sacerdotes y los fariseos. Pero ahora la invitación se extendió a gente que ni siquiera intentaba vivir de acuerdo a la Ley. Podemos asociar esto con la parábola de los dos hijos que aprendimos la semana pasada y pensar que estos “malos” se refiere a los pecadores públicos, como los publicanos y las rameras, y obviamente también debemos incluir aquí a los gentiles. Entonces, entre los que hallaron los siervos estaban aquellos que conocían la Ley de Dios y trataban de guardarla (“buenos”), y aquellos que vivían vidas notoriamente pecadoras y ni siquiera se esforzaban por ocultarlo (“malos”); pero que, al recibir la invitación del rey, gozosamente atendieron la fiesta de bodas.

Leamos ahora juntos los vv. 11-13. El rey entró en el salón de fiestas y encontró allí a un hombre que no estaba vestido de boda. Considerando que todos fueron invitados en los caminos, uno podría esperar que no hubiese nadie vestido de boda aquí. Todos deberían estar con la misma ropa con la que andaban. Pero, aquí vemos que solamente uno no estaba vestido de boda. Alguno podría pensar que los demás recibieron la invitación y se fueron a sus casas a cambiarse, pero éste se fue así mismo como estaba, sin valorar el lugar al que iba. Pero esto parece poco probable. Muchos de los invitados quizá ni tendrían para comprar un vestido de boda. 

Con respecto a esto comenta el Dr. John MacArthur: “De hecho, todos los invitados fueron recolectados apresuradamente de ‘los caminos’ por lo que no se podía esperar que estuvieran ataviados apropiadamente. De aquí se deduce que los vestidos de boda fueron proveídos por el mismo rey. La falta de un atuendo apropiado en este hombre indica que rechazó intencionalmente la provisión generosa del rey.” Y coincide con él, el comentario Beacon que dice: “Es evidente que cada uno de los huéspedes era provisto de la indumentaria por el rey. Pero alguien se negó a usarla.” Así que este hombre se negó a usar el vestido de boda que el rey mismo proveyó.

MacArthur continúa su comentario diciendo: “Su acción resultó ser más ofensiva al rey que el rechazo a asistir a la boda, porque cometió su impertinencia en presencia misma del rey. Este personaje parece representar a quienes se identifican externamente con el reino, profesan ser cristianos, pertenecen a la Iglesia de manera visible, pero desprecian el vestido de rectitud que Cristo ofrece (cf. Isa. 61:10) buscando una rectitud que venga de sí mismos. Se avergüenzan de admitir su propia pobreza espiritual… rehúsan recibir el vestido generosamente ofrecido por el Rey, el cual es mejor, y por esto son culpables de pecar terriblemente en contra de su bondad.” 

Así que la acción de este hombre fue muy grave. Quería participar de la boda, pero no quería someterse a la voluntad del rey y usar el vestido apropiado. Hay gente que le gusta ir a la iglesia. Quieren estar aquí y quieren ser parte del reino de Dios, pero no se quieren poner el vestido de salvación y el manto de justicia de Cristo (Isa. 61:10). No quieren despojarse del viejo, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y vestirse del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia en la santidad de la verdad (Efe. 4:22-24). Pero la única manera de estar ataviado apropiadamente para el reino de Dios, es vestirnos del Señor Jesucristo, y no proveer para los deseos de la carne (Rom. 13:14). 

Esto se logra solamente, aceptando a Jesús verdaderamente como nuestro Señor y Salvador. Cuando confesamos nuestros pecados y reconocemos que Jesús murió en la cruz por ellos, y nos arrepentimos genuinamente, dando los frutos dignos de arrepentimiento que aprendimos la semana pasada, entonces Jesús nos despoja de nuestro viejo hombre, de nuestros harapos de pecado, y nos viste con Su salvación y justicia. Así nos vestimos del Señor Jesucristo y podemos estar en las bodas del Cordero, en el establecimiento definitivo del reino de Dios que ocurrirá cuando Jesús venga a buscar a Su novia, la Iglesia, y la lleve a vivir con Él para siempre. 

Si no aceptamos a Jesús verdaderamente como nuestro Señor y Salvador; si no nos arrepentimos genuinamente de nuestros pecados, sino que continuamos viviendo vidas pecaminosas delante de Dios; si no aceptamos reverentemente la invitación que Dios nos está haciendo para vivir bajo Su voluntad y para Su gloria, sino que seguimos viviendo como nosotros pensamos o queremos; entonces tendremos el mismo destino de este hombre y seremos excluidos del reino de Dios y echados en el infierno, “en las tinieblas de afuera” donde sufriremos la separación eterna de Dios. Dios nos guarde de tal destino y nos ayude con Su Espíritu y gracia a aceptarle verdaderamente como Señor y Salvador.

Leamos ahora juntos el v.14. El Señor concluye la parábola con un dicho que aparece en los evangelios en varias circunstancias y de diversas formas, y que esta es la segunda vez que aparece así tal cual en Mateo, la primera fue en Mat. 20:16: “Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.” Este llamado se conoce como el “llamado general”, un llamado al arrepentimiento y la fe que es inherente al mensaje del evangelio. Este llamado va dirigido a todos aquellos que escuchan el evangelio. “Muchos” lo oyen, pero “pocos” responden. Aquellos “pocos” que responden son los “escogidos”. 

Dios hoy te está llamando al arrepentimiento y a aceptar a Jesús como tu Señor y Salvador, ¿aceptarás esta preciosa invitación? O, ¿la rechazarás como los primeros convidados y el hombre que no estaba vestido de boda? Yo oro para que cada uno de nosotros aceptemos la amorosa invitación de Dios y aceptemos a Jesús verdaderamente como nuestro Señor y Salvador, naciendo así de nuevo, y siendo vestidos de Cristo, de salvación y justicia. Y que de esta manera podamos alcanzar el reino de Dios. Amén.

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