Mateo 18:15-20

18:15 Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.
18:16 Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.
18:17 Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.
18:18 De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo.
18:19 Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.
18:20 Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

SI TU HERMANO PECA CONTRA TI


Buenos días. La realidad de nuestro mundo caído es que las personas nos hacemos daño unos a otros, intencional o involuntariamente, por causa de nuestro pecado. Somos orgullosos, egocéntricos, envidiosos, lascivos, irascibles y llenos de propia justica, por nombrar solo algunos ejemplos. Y esto, por supuesto, afecta negativamente nuestras interacciones con los otros. Podemos verlo cada día en nuestras relaciones con los demás. Sentimos cómo otros nos ofenden y, los más humildes reconocerán que algunas veces también hemos dicho o hecho algo que ofendió a otro. Creo que los que estamos casados podemos entender esto muy bien. Muy frecuentemente nuestro cónyuge nos lastima con sus palabras y acciones, y nosotros también le herimos, así que tenemos que estar constantemente pidiendo o dando perdón.

Y pasa lo mismo en la iglesia. Algunos podrían pensar que la iglesia es un lugar de armonía perfecta, donde todos los hermanos somos serviciales, generosos y amorosos, y que nadie nos va a ofender o maltratar con sus acciones o palabras dentro de la iglesia. Quisiera Dios que fuese así. Pero la realidad es que la iglesia no es un museo de santos donde todos obedecemos perfectamente la Palabra de Dios y vivimos en perfecta armonía (Dios quisiera), sino que la iglesia es un hospital de pecadores donde todos estamos siendo santificados o perfeccionados, y parte de ese proceso de santificación o perfección radica en aprender a amar a los hermanos, y perdonar sus pecados contra nosotros. Como dice Pro. 27:17 (NVI): “El hierro se afila con el hierro y el hombre en el trato con el hombre.”  

En el pasaje bíblico de hoy, Jesús nos instruye un sabio proceso de resolución de conflictos dentro de la iglesia y nos muestra la autoridad, poder y bendición que ha dado a Su Iglesia. Yo oro para que, aplicando estos principios bíblicos, podamos tener relaciones armoniosas con nuestros hermanos en la iglesia. Y que cuando algún hermano peque contra nosotros, podamos restaurar la relación por medio del perdón y el arrepentimiento. Que Dios nos ayude a crecer cada día como una comunidad de amor, gracia y perdón, y de esa manera podamos ser un ejemplo para nuestra sociedad, llegando así a convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa donde reinan el amor y la gracia, y donde podamos sentir que vivimos como en el Reino de los Cielos. Amén.

I.- La resolución de conflictos dentro de la iglesia (15-17)

Leamos juntos los vv. 15-17 por favor. Después de mostrar la voluntad del Padre de que ninguno de Sus pequeños se pierda, con la parábola de la oveja perdida, Jesús nos da las instrucciones para restaurar o ganar al hermano en la iglesia, es decir, para que no se pierda el hermano por causa de su pecado y/o por causa de un conflicto con otro hermano. Fíjense que estas instrucciones son para lidiar con los pecados de los hermanos (15a), no de los de afuera; son para lidiar con los pecados cometidos contra ti (15a), no contra otros; y para la resolución de conflictos dentro de la iglesia (17), no en toda la comunidad. Las palabras de Jesús no son una licencia para un ataque frontal a cada persona que nos hiere o margina. No son una licencia para iniciar una campaña destructiva de chismes o pleito en la iglesia. Tienen como objetivo reconciliar a los que han tenido algún conflicto, de modo que todos los hermanos podamos vivir en armonía.

Cuando un hermano peca contra nosotros, es decir nos hiere u ofende de alguna manera, frecuentemente optamos por hacer lo opuesto de lo que Jesús instruye aquí. Dejamos de hablarle, cambiamos nuestra actitud con ellos, hasta el punto de que podemos llegar a ignorarle completamente. Le guardamos resentimiento u odio, buscamos venganza y/o hablamos mal de él con otros. Sin embargo, Jesús nos da aquí los pasos que debemos seguir cuando un hermano peca contra nosotros. Veamos estos pasos con detalle a continuación.

Primero, ve y repréndele estando tú y él solos. Leamos nuevamente el v.15. El primer paso para resolver un conflicto con un hermano es ir a hablarlo con él a solas. La traducción de la RVR60 nos puede hacer pensar que hay que ir a regañarlo fuertemente a solas, por el uso que le damos a la palabra “reprender”. Pero la palabra que aparece en griego tiene una connotación más suave que capturan las versiones más modernas como la BLPH, la NVI y la NTV. La NTV traduce así: “Si un creyente peca contra ti, háblale en privado y hazle ver su falta. Si te escucha y confiesa el pecado, has recuperado a esa persona”. El sentido, entonces, es que se debe ir a hablar con la persona para hacerle ver su falta. Puede ser que la persona te haya ofendido sin intención, así que sería importante hacerle ver que lo que hizo o dijo estuvo mal para que se arrepienta y no lo vuelva a hacer; o puede ser que haya sido con toda intención, entonces es importante comunicarle cómo nos hizo sentir aquello y nuestro deseo de que la relación sea restaurada, y que la persona se pueda arrepentir delante de Dios y se proponga no volverlo a hacer. 

En cualquier caso, podemos ver aquí que Jesús nos manda a buscar al hermano que pecó contra nosotros y resolver la situación. No podemos dejarlo así y que crezca en nuestro corazón el resentimiento y la amargura. Por difícil que sea, vé a hablar con tu hermano y a restaurar la relación para que no crezca una raíz de amargura. Si vas y hablas con tu hermano, y él te escucha y confiesa el pecado, entonces has recuperado tu relación con él y lo has ayudado a que no se pierda por esto. Esta es la intención de Jesús al darnos este proceso de resolución de conflictos: Que los hermanos puedan ser restaurados y no se pierdan a causa del pecado. 

Pero, ¿qué pasa si el hermano no me escucha y no quiere reconocer su pecado? 
Segundo, lleva testigos contigo. Leamos juntos el v.16. Si el hermano no quiere reconocer su pecado, o piensa que quizás tú estás exagerando y las cosas no son así como las describes (que también podría ser una posibilidad), entonces debes tomar dos o tres testigos para que ayuden a mediar en el conflicto. No podemos simplemente decir: “Bueno, lo intenté, pero este hermano es un orgulloso. Que se quede con su orgullo, pero que se olvide que yo existo”. Tampoco podemos pensar que vamos a tomar dos testigos para que nos den la razón, porque puede ser que hayamos malinterpretado la situación, y necesitemos arrepentirnos nosotros también. La idea de llevar los testigos es para que puedan ayudar a mediar el conflicto y den una perspectiva imparcial de la situación.    

En UBF, por ejemplo, los testigos en un conflicto entre dos hermanos, deberían ser los pastores de cada uno. De esa manera, tendríamos dos hermanos más maduros y ajenos al conflicto que pueden dar un punto de vista imparcial y bíblico para resolver la situación. Generalmente, en un conflicto entre dos hermanos, las dos partes necesitan arrepentirse y perdonarse el uno al otro. Y corrientemente, no pueden reconocer esto a solas por falta de madurez o humildad, por lo que necesitan que sus pastores les ayuden a ver esto y a arrepentirse y a perdonar.  

Pero, ¿qué pasa si en verdad el hermano pecó y no quiere reconocer su pecado ni arrepentirse ni aun con los testigos? Tercero, dilo a la iglesia. Leamos nuevamente el v.17. El último paso que nos da Jesús acá es llevar la situación a la iglesia. Exponer el caso delante de toda la congregación y que entre todos podamos ayudar al hermano a ver su pecado y arrepentirse. La intención de esto no es juzgar al hermano ni avergonzarlo delante de la iglesia, sino que el hermano pueda ver su pecado y arrepentirse genuinamente delante del Señor. Si toda la congregación de los hermanos llenos del Espíritu Santo me está diciendo que lo que hice o dije fue pecado y que necesito arrepentirme y pedirle perdón al hermano y a Dios, entonces yo debiera, con humildad, reconocer la voz de Dios en Su pueblo, y arrepentirme y pedir perdón.

Generalmente, esto ya no se hace delante de toda la congregación porque hay hermanos nuevos creyentes que podrían tropezar, sino que se hace en una reunión de miembros, es decir, solo con los hermanos que son ya miembros formales de la iglesia; o con los ancianos de la iglesia. En UBF, los miembros formales son aquellos que han sido levantados como discípulos y bautizados. Ya con ellos se pudiese discutir la situación entre los hermanos y hacerle ver su pecado al ofensor y llamarlo al arrepentimiento. Honestamente espero que nunca tengamos que llegar a tal instancia, y que cada uno de nosotros podamos ser lo suficientemente humildes para resolver nuestros conflictos, cuando mucho con nuestros pastores de testigos.

Pero, ¿qué pasa si el hermano no quiere reconocer su pecado ni arrepentirse aun delante de la iglesia? Entonces ese hermano realmente no reconoce a Jesús como el Señor, ni reconoce la autoridad de la iglesia, y por lo tanto no podemos pensar en él como hermano, sino como un incrédulo, y debe ser apartado de la comunión de la iglesia porque es una mala influencia para ella. Y, de aquí en adelante, hay que considerarlo más como un candidato a ser evangelizado que como un hermano. Tener un creyente conflictivo e impenitente en la iglesia, puede hacer que muchos se pierdan, por lo que es mejor apartarlo de la congregación hasta que demuestre genuino arrepentimiento.

En algunas iglesias, se toman medidas disciplinarias para los hermanos que están en pecado como, por ejemplo, que no pueden tener una participación activa en el culto, es decir no pueden formar del grupo de adoración, ni orar representativamente, mucho menos enseñar, ni participar en teatros, danzas, etc. Tampoco puede tomar la Cena del Señor hasta que cumpla su período disciplinario y demuestre genuino arrepentimiento. En UBF, como saben, pedimos al hermano que escriba y comparta testimonio bíblico para su arrepentimiento y decisión espiritual. Y, generalmente, los hermanos que están en pecado, se van solos de la iglesia porque no pueden soportar la voz de Dios constantemente llamándoles al arrepentimiento.

De todas formas, aunque estos versículos se toman como la guía de la iglesia para resolver conflictos, Jesús está hablando de la relación de dos hermanos que ha sido afectada por el pecado de uno de ellos. Y más que centrarnos en el papel de la iglesia aquí, debemos ver que Jesús nos está enseñando que debemos solucionar nuestros conflictos con nuestros hermanos, y no simplemente ignorarlos y dejar que se dañe la relación. Dios nos ayude a tener la fortaleza y madurez espiritual para resolver nuestros conflictos con nuestros hermanos y perdonarles todas sus ofensas, de manera tal que el amor de Dios sea evidente en nuestra iglesia. Amén.

II.- Autoridad, poder y bendición de la Iglesia (18-20)

Debido a la enseñanza de Jesús acerca de la autoridad de la iglesia para excomulgar miembros no arrepentidos en el v.17, Mateo introduce otros aspectos de la autoridad, poder y bendición de la iglesia en los vv. 18-20. Veamos estos aspectos a continuación.

Leamos juntos el v.18. Aquí Jesús enseña la autoridad de la Iglesia para atar y desatar. En Mat. 16:19 ya les había hablado acerca de esto. Allí les cité a M’Neile que explica que: “‘Atar’ y ‘desatar’ parecen representar términos técnicos arameos con referencia al veredicto de un maestro de la Ley que, sobre la fuerza de su experto conocimiento de la tradición oral, declaraba alguna acción o cosa ‘atada’, es decir, prohibida, o ‘desatada’, vale decir, ‘libre’ o ‘permitida’.” Y que ahora a la Iglesia se le estaba dando la autoridad para permitir o prohibir cosas, según la revelación del Espíritu Santo. Y vemos que utilizaron esa autoridad en el Libro de Hechos, y en el Nuevo Testamento, en general, para ‘desatar’ o permitir cosas que antes estaban prohibidas, por ejemplo, como comer todo tipo de carne, incluso la del cerdo (1Co. 10:25); y “atar” o prohibir cosas que antes eran permitidas o incluso prescritas, como circuncidarse (Gal. 5:1-6), por ejemplo.

Sin embargo, en este contexto, parece que podríamos interpretar “atar” y “desatar” en términos de perdonar o no los pecados de las personas. En este sentido, podríamos referirnos a la autoridad que les dio Jesús a Sus discípulos al darles el Espíritu Santo en Juan 20:23: “A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.” Si la Iglesia, inspirada por el Espíritu Santo, considera que un hermano no se ha arrepentido genuinamente, reteniéndole sus pecados, entonces los pecados no les son perdonados en los cielos. Por otro lado, si considera que un hermano está dando los frutos de arrepentimiento, y le remite o perdona los pecados, entonces los pecados les son perdonados en el cielo. Así que si la iglesia, inspirada por el Espíritu Santo, excomulgase a un hermano, ese hermano puede estar seguro de que no entrará en el Reino de los Cielos, a menos que se arrepienta genuinamente. 

Con respecto a esto hay que tener en cuenta, y por eso lo he recalcado dos veces, que debe ser el Espíritu Santo quien guíe esa decisión, y no un liderazgo ciego o una iglesia ciega. Así que hay que tener mucha cautela con respecto a esto. Si un liderazgo ciego o una iglesia ciega excomulgan a un hermano por disentir de una doctrina o actitud antibíblica de la iglesia, entonces ese hermano puede acudir a una iglesia sana, exponer su causa, y seguramente aquella iglesia le recibirá en su comunión. 

Pero tampoco debemos confiarnos de que entraremos en el reino de los Cielos, porque somos miembros fieles de una iglesia y ésta nos respalda. Pues, si esa iglesia no está dirigida por el Espíritu Santo y si yo no estoy viviendo una vida realmente arrepentida, y Jesús no es verdaderamente el Señor de mi vida, entonces, lamentablemente sucederá lo que aprendimos en Mat. 7:22-23: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.” ¡Que el Señor nos ayude a vivir vidas realmente arrepentidas y obedientes a la Palabra de Dios!

Leamos juntos ahora el v.19. Este es el poder de la Iglesia. Si dos de nosotros, guiados por el Espíritu Santo, nos podemos de acuerdo acerca de cualquier cosa que pidiésemos, nuestro Padre que está en los cielos responderá nuestra petición. Esto no quiere decir que si mi esposa y yo nos ponemos de acuerdo para orar para ganarnos la lotería sin comprar el boleto, nos la vamos a ganar. Lo que Jesús está prometiendo es que la oración conjunta de los creyentes llenos del Espíritu Santo tiene un gran poder porque el Espíritu Santo está juntando a esas dos personas para orar conforme a Su voluntad. Dos o más creyentes, llenos del Espíritu Santo, orarán de acuerdo a la voluntad de Dios, no de acuerdo a la suya, y sus peticiones serán concedidas. 

¿Por qué pudimos ver y experimentar la gloria de Dios tan preciosamente en nuestra Conferencia Internacional? Porque cientos de hermanos alrededor del mundo se reunían cada día a orar pidiéndole al Señor que nos mostrase Su Gloria, y fue la voluntad de Dios mostrarnos Su Gloria. ¿Y por qué a veces nos ponemos de acuerdo a orar y no vemos respondidas nuestras oraciones? Porque oramos conforme a nuestros deseos y no conforme a la voluntad de Dios. Oramos por nuestros hermanos enfermos con el deseo de que se sanen, y esto es bueno, pero si la voluntad de Dios es llevarlo a Su reino, ¿no glorificaremos también a nuestro Dios por ello? Tengamos , pues,  cuidado en lo que nos ponemos de acuerdo para pedir, y hagamos uso de este poder del Espíritu Santo para pedir que se haga la voluntad de Dios en nuestras vidas, en nuestra iglesia y en nuestro país. Amén. 

Leamos juntos ahora el v.20 por favor. Esta es una promesa hermosa de nuestro Señor: Donde estén dos o tres reunidos en Su nombre, Él estará en medio de ellos. Aunque nuestro Señor partiría físicamente de este mundo, nos dejaría a nosotros, la Iglesia, como Su cuerpo en este mundo, y a Su Espíritu Santo como su presencia en medio de nosotros. En la tradición judía requería de al menos diez hombres para constituir una sinagoga o incluso sostener un culto público de oración. Aquí, Jesús promete estar presente en medio, incluso, de un pequeño grupo, “dos o tres” reunidos en Su nombre. ¿Qué significa reunirse en el nombre de Jesús? Significa reunirse para hacer la obra del Señor. Si dos o tres se reúnen para orar, Jesús está en medio de ellos. Si dos o tres se reúnen para evangelizar, allí va Jesús en medio de ellos. Una reunión dominical, sin importar cuán pequeño sea el grupo (dos o tres), o lo humilde del lugar (el apartamento de los misioneros), no es una mera reunión de personas, sino la reunión del pueblo de Dios, así que ahí está Jesús en medio de ellos. ¡Aquí está Jesús en medio de nosotros! Amén.

En conclusión, si un hermano peca contra nosotros, no debemos molestarnos con él y romper toda relación, debemos buscar la paz, acercándonos a él, y exponiéndole cómo nos hizo sentir y el mal que está haciendo al hacer o decir eso. De esa manera, libraremos nuestras almas de cualquier amargura, rencor o deseo de venganza por medio del perdón, y el hermano también tendrá la oportunidad de arrepentirse y ser librado de su pecado. Así creceremos como una iglesia emocional y espiritualmente sana, y una comunidad de gracia y amor que puede restaurar el alma de los pecadores. Dios nos ayude a ser esa iglesia que esparce gracia y amor entre sus miembros, y en nuestra comunidad de la Universidad de Panamá, y que de esa manera muchos puedan arrepentirse y aceptar a Jesús como su Señor y Salvador, y Panamá se pueda convertir en un reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios. Amén.

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