Mateo 17:14-21

17:14 Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él, diciendo:
17:15 Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua.
17:16 Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar.
17:17 Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo acá.
17:18 Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora.
17:19 Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?
17:20 Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible.
17:21 Pero este género no sale sino con oración y ayuno.

FE COMO UN GRANO DE MOSTAZA


Buenos días. Generalmente creemos que para poder hacer grandes cosas para Dios o para experimentar el poder de Dios magníficamente en nuestras vidas, necesitamos tener una fe muy grande. Algunos piensan que los grandes hombres de fe de la historia como el reformador Martín Lutero; el padre de las misiones, William Carey; los precursores del gran avivamiento, John y Charles Wesley, George Whitefield y Jonathan Edwards; o los grandes predicadores como Dwight L. Moody o Charles Spurgeon; tenían una fe del tamaño de una catedral. Pero a través de este pasaje bíblico vamos a aprender que Jesús les enseñó a Sus discípulos que no se necesita una fe muy grande para hacer grandes cosas para Dios, solo se necesita tener la fe como un grano de mostaza y nada nos será imposible. 

Incluso en el Salón de la Fama de la fe, Hebreos 11, vemos que los mayores ejemplos de fe en la Biblia, en realidad no tenían unas vidas de fe extraordinarias, sino que tenían vidas ordinarias con una cierta fe en Dios. Algunos de ellos dudaron en ciertos momentos de sus vidas. Por ejemplo, Abraham, el padre de la fe, dudó de la promesa de Dios y tuvo un hijo con Agar, la criada de Sara. En realidad lo que hizo que sus vidas fuesen grandes ejemplos de fe, fue creerle a Dios en ciertas situaciones. En el caso de Abraham, obedecer y creerle a Dios cuando le pidió que saliera de su tierra y de su parentela, sin saber a dónde iba; luego, creer que Dios le pudiese dar un hijo en su vejez; y finalmente, obedecer a Dios cuando le pidió que sacrificase al hijo de la promesa, creyendo que el Señor podría levantarlo aun de los muertos (Heb. 11:17-19). Pero al ver sus vidas nos damos cuenta que en realidad no tenían vidas muy extraordinarias, sino vidas ordinarias con una cierta fe en Dios.

Yo oro para que a través de este mensaje podamos evaluar nuestra fe. ¿Qué tan grande es nuestra fe? ¿En qué estamos poniendo nuestra fe? Y que Dios nos ayude a que nuestra fe pueda crecer hasta el tamaño de un grano de mostaza y podamos colocar nuestra fe en Dios, y no en nosotros mismos o en nuestras propias capacidades. Y que de esa manera podamos hacer la gran obra de convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios. Amén.

I.- Jesús sana a un muchacho lunático (14-18)

Leamos juntos los vv. 14-16. Jesús, Pedro, Jacobo y Juan descendieron del Monte de la Transfiguración y se encontraron con un gentío que los esperaba. Según la narración de Lucas, ellos pasaron la noche arriba y descendieron “al día siguiente” (Luc. 9:37). Probablemente la multitud se había congregado esa mañana al pie de la montaña porque escucharon que Jesús y sus discípulos estaban allí. Seguramente muchos trajeron a sus enfermos esperando recibir un milagro del Señor. Pero cuando llegaron, encontraron que Jesús no estaba, sino solo sus discípulos.

El padre del muchacho habría venido con mucha fe y esperanza de que el muchacho fuese sanado por el Señor. Pero al llegar solo estaban los discípulos. No obstante, ya estos discípulos habían recibido antes autoridad para echar fuera demonios y sanar enfermedades (Mat. 10:5,8). Así que ellos debieron haber podido echar fuera el demonio de este muchacho, y seguramente ellos pensaron lo mismo. Natanael puso sus manos sobre el muchacho y empezó a gritar con todas sus fuerzas: “Sal fuera, espíritu inmundo”; pero no salió. Entonces, Felipe, vino y se untó las manos con aceite y las frotó sobre la cabeza del muchacho gritando también: “Sal, espíritu inmundo”; pero nada. Luego vino Tomás y lo acostó boca abajo en el suelo y empezó a gritar: “Sal, espíritu inmundo”, mientras zapateaba alrededor del muchacho, pero nada. Y así habrán desfilado uno tras otro, luego entre varios juntos, y nada.

Aquel pobre hombre seguramente veía con desesperación cómo los discípulos de Jesús fallaban en echar fuera el demonio que atormentaba a su hijo. Y mirando hacia el monte, quizás como dice el salmista: “Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra.” (Sal. 121:1-2), vio a Jesús que descendía con Su círculo íntimo. Podemos imaginar que aquel hombre vio el rostro de Dios cuando vio a Jesús descender del monte. Salió corriendo al encuentro del Señor y “se arrodilló delante de Él, diciendo: Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua. Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar.” 

El tono de desesperación en sus palabras es evidente. Aquel pobre muchacho padecía una condición que Mateo describe en griego como seleniázomai, que quiere decir literalmente “afectado por la luna”, y que la versión RVR60 traduce muy acertadamente “lunático”. Aunque en la mayoría de las versiones modernas, como la DHH, NVI, NTV y BLPH, traducen “Le dan ataques”; y, según el Comentario Beacon, otras versiones, como la LBLA, VP, y VM, traducen “epiléptico”, “pues la gente de esa época creía que la epilepsia muchas veces era producida por la luz de la luna (cf. Sal. 121:6 —“El sol no te fatigará de día ni la luna de noche”), y todo lo descrito aquí es típico de esa enfermedad.” Así que podríamos pensar que efectivamente este muchacho sufría de epilepsia causada por un demonio. No todos los casos de epilepsia son causados por un demonio, pero este sí por lo que vemos en este pasaje bíblico. Y cuando le daban los ataques, el muchacho caía en el fuego y se quemaba, o caía en el agua y estuvo a punto de ahogarse en más de una ocasión. De allí la desesperación de este hombre. En cualquier momento un ataque de estos podría resultar fatal.

Leamos ahora juntos el v.17. La profunda desilusión de Cristo por el fracaso de aquellos a quienes Él mismo había comisionado para ser apóstoles está reflejada en estas palabras. Están llenas de frustración. ¡Sus discípulos habían aprendido tan poco de Él! Sin duda alguna, la fe y fidelidad de estos discípulos había sido profundamente afectada por las palabras de Jesús acerca del Camino del Cristo. Recordemos que Jesús se transfiguró delante de Pedro, Jacobo y Juan para fortalecer su fe en Él como el Cristo. Pero estos discípulos no habían visto la gloria de Cristo y seguramente algunos pensaban en dejar de seguirlo. Así que su fe y su relación con Jesús estaban profundamente afectadas. Por eso Jesús los regaña tan severamente: “¡Oh generación incrédula y perversa!” Estos discípulos no estaban creyendo en Jesús como el Cristo. Se habían desviado de las enseñanzas del Señor. Por eso eran incrédulos y perversos. 

Y la frustración del Señor se hace más notoria en las siguientes palabras: “¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar?” Estos discípulos habían estado siguiendo a Jesús durante unos tres años. ¡Tres años escuchando las enseñanzas del Señor y viendo Su ejemplo de vida! ¿Cómo era posible que todavía, tan cerca del fin del ministerio terrenal de Jesús, no pudiesen echar fuera a un demonio? ¿Cómo es posible que todavía dudaran acerca de la enseñanza del Señor? 

Algunos de nosotros podríamos juzgarles rápidamente: “¡Verdad que sí! ¿Cómo es posible que ellos sean así habiendo estado tanto tiempo con el Señor?” Pero veamos nuestras propias vidas, ¿Hace cuánto que estamos en esta iglesia? ¿Cuánto estamos sirviendo al Señor? ¿Cuánta fe tenemos? ¿Cuán fieles estamos siendo? Honestamente, a veces me siento frustrado también al ver que si yo parto hoy con el Señor, no hay nadie aquí que pueda tomar el ministerio. ¿A quién le puedo encargar el mensaje dominical para prepararlo profundamente y predicarlo fielmente cada semana, sin importar cómo se sienta y sin importar lo que esté pasando en su vida? ¿Por qué no le puedo encargar a nadie la adoración todos los domingos? ¿Por qué no son fieles en guardar el Día del Señor, aun teniendo responsabilidades qué cumplir? ¿Hasta cuándo van a tener actitud de ovejas y deseos solo de recibir y no de servir? Esta era la frustración de Jesús con sus discípulos y por eso los regañó de esta manera.

El Señor siempre ha sido paciente. Hay una cualidad de Dios que la RVR60 traduce “longanimidad” y que se refiere a la paciencia constante y continua de Dios para con los pecadores, esperando que se arrepientan. Pero esa longanimidad también tiene un límite. Se acaba con la muerte del pecador o al regreso de Cristo, lo que ocurra primero. Después que el Señor venga a establecer Su reino, o después de la muerte, ya no hay más oportunidad para el arrepentimiento. Dios nos ayude a arrepentirnos hoy que tenemos tiempo y que nunca oigamos estas palabras del Señor: “¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar?” Sino que podamos ser creyentes fieles que sirvamos al Señor y a las ovejas con toda diligencia y con toda fidelidad, y que cuando el Señor venga, o seamos resucitados, podamos escuchar de Sus labios: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.” (Mat. 25:23).

Leamos ahora juntos los vv. 17b-18. Jesús mandó a traer al muchacho a Su presencia, y reprendió al demonio, liberando al muchacho al instante. No parece haber habido dificultad alguna, o mucha parafernalia. Lo que era demasiado difícil para sus discípulos no era difícil para Jesús. Alguno podría pensar que esto es lógico porque Jesús es Dios y Sus discípulos eran unos débiles seres humanos. Pero esta no es la razón. Mientras Jesús estaba en la Tierra, Él no usaba Sus poderes divinos porque había renunciado a ellos para hacerse hombre. Él dependía completamente del mismo Espíritu Santo que los discípulos tenían también a Su disposición gracias a la autoridad que Jesús les había dado. Así que los discípulos debieron haber expulsado el demonio lo mismo que Jesús. ¿Por qué no lo hicieron? Ellos mismos también se preguntaban eso y, de hecho, se lo preguntarían a Jesús, quién les daría la razón.

II.- La poca fe de los discípulos (19-21)

Leamos juntos el v.19. Podemos ver acá que los propios discípulos estaban sorprendidos por no haber podido expulsar el demonio. Ya ellos habían hecho eso antes en su gira misionera en Mat. 10. Pareciera también que Jesús lo hizo sin ninguna dificultad. ¿Por qué ellos ahora no habían podido? Es interesante que a pesar del regaño de Jesús y las dudas que ellos tenían acerca de Él, todavía hayan venido a preguntarle por qué no habían podido echar fuera el demonio. Vemos que aquí definitivamente había una lucha espiritual dentro de ellos. ¿No hemos pasado también nosotros por lo mismo? Estamos en pecado, fallamos en servir al Señor, y todavía venimos a preguntarle por qué no le hemos podido servir efectivamente. Es más que apropiado venir en privado a preguntarle al Señor acerca de nuestros fallos, ese es, en parte, el propósito de la oración. Pero deberíamos nosotros mismos poder evaluar las razones por las que hemos fallado y venir con arrepentimiento a nuestro Señor. Ellos debieron haber venido ante Jesús pidiendo perdón por su falta de fe y pidiéndole que les ayude a hacer crecer su fe, después de todo, Jesús ya les había revelado la razón en Su regaño, pero su ceguera espiritual les impedía ver esto. Así que el Señor se los dirá claramente.

Leamos juntos el v.20. ¡Por vuestra poca fe! No era un tema de técnica o de capacidad de los discípulos sino de falta de fe. Los discípulos tenían muy poca fe en ese momento (menos de la que normalmente tenían, que tampoco era mucha) porque tenían muchas dudas acerca de Jesús a causa de Su enseñanza del Camino del Cristo. Aunque habían visto con sus propios ojos lo que Dios hacía a través de Jesús, aunque ellos mismos se habían gozado sobremanera al sanar enfermedades y echar fuera demonios, ahora dudaban si podrían sacar ese demonio, porque dudaban si realmente Jesús sería el Mesías, ya que iría a Jerusalén a morir y no a conquistarla. Para ser exitosos en la batalla espiritual, debemos tener confianza en el Señor Todopoderoso. Quizás los discípulos actuaron de forma orgullosa y trataron de sacar el demonio por sí mismos. Quizás confiaron en su propia capacidad (después de todo, ya lo habían hecho antes), y no en el poder de Dios. Así que ellos no solo tenían una fe muy pequeña sino que además estaba puesta en el lugar incorrecto.

Como les dije en la introducción del mensaje, quizás podríamos pensar que se requiere de una fe gigantesca para echar fuera un demonio, o para convertir a nuestra nación. Quizás podríamos pensar que los discípulos se quedaron cortos en su fe porque era del tamaño de una pelota. Pero la realidad es que no se necesita una fe monumental para que Dios obre en nosotros y a través de nosotros. Solo necesitamos una fe del tamaño de un grano de mostaza y nada nos será imposible. Antes les he explicado que el grano de mostaza era una forma proverbial de los judíos de hablar de la cosa más pequeña que existía. Podríamos decir que en nuestra época equivaldría al átomo, que quizás sea lo más pequeño que se nos puede ocurrir. Así que lo que Jesús está diciendo aquí, es que lo único que se requiere es una pizca de fe para que Dios obre maravillosamente. 

La fe es como un interruptor de corriente que deja fluir la electricidad. Cuando encendemos el interruptor, la corriente pasa y se enciende la luz. De la misma manera, cuando tenemos fe, dejamos fluir el poder de Dios en nuestras vidas y a través de nuestras vidas, y Dios hace Su obra maravillosamente. No necesitamos un interruptor más grande para iluminar una habitación más grande. El interruptor puede ser del mismo tamaño para iluminar una habitación de 10 m2 o un gran salón de 100 m2, la diferencia está en la cantidad de electricidad necesaria. Quizás el ejemplo no sea perfecto, pero lo que quiero decir es que la obra de Dios no depende de nuestra fe, sino del poder de Dios. Sin embargo, si no tenemos fe o tenemos muy poca, entonces el poder de Dios no podrá actuar en nosotros ni a través de nosotros, así como la electricidad no fluye sin interruptor o si éste está defectuoso.

Jesús les dijo a sus discípulos: “si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible.” El Dr. William Barclay lo explica así en su comentario: “Cuando Jesús habló de desplazar montañas, estaba usando una frase que los judíos conocían muy bien. Un gran maestro que pudiera realmente presentar y exponer las Escrituras y explicar y resolver las dificultades, recibía el nombre de un desarraigador, o hasta un pulverizador de montañas. Deshacer, desarraigar y pulverizar montañas eran imágenes que se usaban para resolver las dificultades. Jesús nunca pretendió que se tomara esto literalmente en su sentido físico. Después de todo, una persona normal no se encuentra frecuentemente en la necesidad de tener que desplazar montañas físicas. Lo que quería decir era: «Si se tiene suficiente fe, todas las dificultades se pueden resolver, y cumplir hasta la tarea más difícil». La fe en Dios es el instrumento que permite a las personas eliminar las colinas de dificultades que bloquean el camino.” 

Así que si tenemos una pizca de fe en nuestras vidas, nada nos será imposible. No habrá problema o dificultad que no podamos enfrentar y superar. Esto no quiere decir que si tenemos fe como un grano de mostaza obtendremos lo que queramos, o seremos sanados de cualquier enfermedad. Aunque la enfermedad nos aflija, aunque las dificultades nos estorben, podremos mantenernos firmes en la voluntad del Señor. Si tenemos fe, no importa la situación  que estemos pasando, saldremos victoriosos en el Señor (aunque no necesariamente con la victoria que el mundo espera), podremos estar “atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos” (2 Co. 4:8-9). Con la fe podremos soportarlo todo esperando en el Señor.

Si los discípulos hubiesen tenido la fe como un grano de mostaza, habrían podido aceptar las palabras de Jesús en cuanto al Camino del Cristo y se habrían enfocado en la resurrección, en lugar de enfocarse en la muerte de Jesús. Habrían mantenido la convicción en sus corazones del poder de Dios actuando a través de ellos, y habrían expulsado el demonio del muchacho. Si ellos hubiesen tenido una fe como un grano de mostaza, nada les habría sido imposible. Y sabemos que después de la muerte y resurrección de Jesús, la fe de ellos definitivamente creció y nada les resultó imposible. Hicieron muchos milagros, soportaron con valentía grandes adversidades, y trastornaron el mundo entero con el mensaje del evangelio.

De igual manera si nosotros tenemos una fe del tamaño de un grano de mostaza nada nos será imposible. Podremos superar cualquier tentación. Podremos ayudar a cualquier persona que lo necesite. Podremos orar por cualquier cosa y la voluntad de Dios será hecha. Podremos predicar el evangelio a los jóvenes universitarios y se convertirán al Señor y crecerán como discípulos. Podremos convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. ¿Crees esto? ¿Tienes la fe como un grano de mostaza? ¿Cómo se está manifestando esa fe en tu vida y en tu servicio a Dios? ¿Cómo estás contribuyendo para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa?

Durante esta semana, evaluemos nuestra fe. ¿Realmente nuestra fe es del tamaño de un grano de mostaza o tenemos poca fe? ¿Cómo podemos hacer para que nuestra fe crezca? Debemos oír y obedecer la Palabra de Dios, y mantener una comunión constante con el Señor a través de la oración. Esa es la única forma para hacer que nuestra fe crezca. A medida que nos enfrentamos a las montañas, a las situaciones que nos parecen imposibles de superar, creyendo en la Palabra y las promesas del Señor, las vamos superando, y nuestra fe va creciendo. Las pruebas y dificultades en nuestra vida son las formas en las que el Señor nos ayuda a crecer en la fe. Dios nos ayude a que cuando vengan estas situaciones podamos superarlas obedeciendo Su Palabra y haciendo Su voluntad. Y que de esa manera podamos tener una fe del tamaño de un grano de mostaza. Amén.

ARCHIVOS PARA DESCARGAR



FOROS UBF ESPAÑOL

SUGERIMOS LEER

MÚSICA QUE EDIFICA

SÍGUENOS EN LAS REDES SOCIALES

ACERCA DE UBF

La Fraternidad Bíblica Universitaria (UBF) es una organización cristiana evangélica internacional sin fines de lucro, enfocada a levantar discípulos de Jesucristo que prediquen el evangelio a los estudiantes universitarios.

UBF MUNDIAL

Puede visitar el sitio de UBF en el mundo haciendo clic en el siguiente enlace (en inglés):

SUSCRIPCIÓN BOLETÍN

Ingrese su dirección e-mail para recibir noticias
e invitaciones a nuestras actividades