Mateo 16:13-20
16:13 Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?16:14 Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.
16:15 El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
16:16 Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
16:17 Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
16:18 Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.
16:19 Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.
16:20 Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo.
TÚ ERES EL CRISTO, EL HIJO DEL DIOS VIVIENTE
Buenos días. Hay decisiones que son cruciales en nuestras vidas porque pueden llegar a definirla totalmente. ¿Estudiaré o no en la universidad? ¿Qué carrera? ¿Con quién me casaré? Por eso es muy importante meditar muy bien antes de tomar estas decisiones. Aunque no siempre estas decisiones marcan definitivamente nuestras vidas, sí llegan a afectar buena parte de ella. Por ejemplo, ustedes saben que yo decidí estudiar para ser Profesor de Química. Me tomó ocho largos años, muchos desvelos, mucho trabajo, mucho sudor y muchas lágrimas para graduarme. Y estuve trabajando como docente alrededor de 10 años, desde los 18 hasta los 27 años. Sin embargo, mi profesión cambió completamente después de trabajar como traductor y ayudante general para el M. Juan Seo en un proyecto. Él después me recomendó con el M. Juan Baek para venir como colaborador a Panamá y trabajar en el área de Planificación de Finanzas en LG, donde estuve 10 años. Y todavía estoy en esa área, donde creo que ya me quedaré, a menos que Dios guíe de otra manera.
Pero hay una decisión que es más importante que cualquiera de éstas porque tiene un impacto eterno en nuestras vidas. Y es la respuesta a la pregunta que Jesús le hizo a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Esta es la pregunta más importante que vamos a responder en la vida: ¿Tú, quién dices que es Jesús? Pueden ver que el título del mensaje es la respuesta de Simón Pedro a esta pregunta: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” A través de este mensaje vamos a aprender el significado de estas palabras y cómo deberíamos responder a esta pregunta y por qué. Yo oro para que cada uno de nosotros podamos hacer esta misma confesión de Simón Pedro, y digamos con convicción: “Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”
I.- ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? (13-14)
Leamos juntos el v.13a. Por cuarta vez Jesús se apartó de las multitudes para poder instruir a sus discípulos (Mat. 14:13; 15:21; 15:29). Se dirigió nuevamente hacia el norte, pero esta vez del lado oriental del Jordán, a la región de Cesarea de Filipo, mayormente gentil. Esta ciudad fue reedificada por Herodes Felipe (Filipos en griego), hijo de Herodes el Grande, quien la llamó Cesarea en honor del emperador romano, Tiberio César. Pero luego se le agregó el apelativo “de Filipo”, para distinguirla de Cesarea Marítima que estaba sobre la costa del Mediterráneo.
Cesarea de Filipo era una ciudad muy pagana, llena de templos a otros dioses, como Baal, por ejemplo, y tenía también un templo de adoración al César. Ningún judío ortodoxo se atrevería a seguir a Jesús a esta región tan pagana, así que Él podía estar a solas con Sus discípulos. Hugh M’Neile comenta: “El ministerio público en Galilea tocaba a su fin; pronto comenzaría el viaje hacia la cruz y Él deseaba acercar a los discípulos a una relación de mayor intimidad con Él que la que jamás habían mantenido antes.” Este era un momento crítico en el ministerio terrenal del Señor, faltaban unos seis meses para que enfrentara la Cruz; así que era necesario que probara a Sus discípulos para ver si alguien había captado, aunque fuese ligeramente, Quién era Él y qué vino a hacer. Además, debía prepararlos más intensivamente para lo que se avecinaba.
Con esto en mente, Jesús les haría un examen final a Sus discípulos que constaría de dos preguntas: La primera exploratoria, que valía 25/100; y la segunda, más crucial, que valía 75/100. Veamos a continuación la primera pregunta. Leamos juntos el v.13b. Esta primera pregunta preparaba el camino para la segunda: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”, es decir, ¿quién pensaba la gente que era Jesús? Podríamos pensar en dos propósitos distintos para esta pregunta, aunque ambos podrían ser válidos a la vez.
Primero, saber si los discípulos habían sido influenciados por la opinión de la gente. Sabemos que la opinión de otros puede llegar a influir la nuestra. Si nosotros tenemos una opinión impopular, y escuchamos frecuentemente a la gente de nuestro alrededor argumentar a favor de su opinión, podríamos ser convencidos y cambiar de parecer. En ese principio se basa la propaganda. Podría ser, entonces, que los discípulos hubiesen comenzado a seguir a Jesús creyendo que Él era el Mesías, pero al escuchar distintas opiniones de la gente hayan cambiado de parecer. Entonces, Jesús querría saber en qué medida la opinión de la gente había influenciado la de Sus discípulos.
Segundo, saber si los discípulos tenían un corazón pastoral para con la gente. Jesús podría estar evaluando si los discípulos se interesaban genuinamente por la opinión que las multitudes tenían acerca de Él para ayudarles a conocerle mejor al Señor. Para poder ayudar a alguien a aceptar a Jesús como Su Señor y Salvador, primero deberíamos conocer qué piensan acerca de Él. De esa manera, podríamos hablarle más eficazmente. Los discípulos necesitaban un corazón pastoral para ayudar a la gente a aceptar la identidad de Jesús, y ese corazón se manifiesta en un genuino interés por la opinión y las necesidades de ellos. Así que con esta pregunta Jesús podría estar tratando de ver si los discípulos estaban teniendo este corazón pastoral.
Veamos cómo respondieron los discípulos a esta pregunta. Leamos juntos el v.14. Los discípulos sí que tenían conocimiento acerca de la opinión de la gente con respecto a Jesús. Presentaron las diferentes formas en las que la gente veía a Jesús. Unos, Juan el Bautista. Algunos pensaban que Jesús era Juan el Bautista que había resucitado de los muertos. En Mat. 14:2 aprendimos que esta era la opinión de Herodes Antipas. En ese mensaje les comenté que esta confusión tenía algún fundamento. Jesús y Juan predicaban de forma similar, podemos verlo en Mat. 3:1-2 y 4:17, ambos llamaban al pueblo al arrepentimiento porque el reino de los cielos se ha acercado. Además, también les comenté en ese mensaje que el Dr. William Barclay nos dice que el gran teólogo primitivo, Orígenes de Alejandría, cita una tradición que decía que Jesús y Juan se parecían físicamente. Así que no sorprende que alguien que escuchó la predicación de Juan hace un par de años, crea que Jesús es una versión más madura del propio Juan el Bautista y con nuevos poderes.
Otros decían que Jesús era Elías. Por las palabras del Señor en Mal. 4:5, había una tradición de los escribas que decía que Elías vendría antes del Mesías. Así que la gente pensaba que Jesús era Elías que había descendido del cielo para preparar el camino del Mesías. Pero, de hecho, Jesús reveló que Juan el Bautista era el Elías que ellos estaban esperando (Mat. 11:13-14), y que preparó el camino para Su llegada. Y esto lo veremos nuevamente en el capítulo 17 después de la transfiguración.
Otros pensaban que Jesús era el profeta Jeremías o alguno de los otros profetas veterotestamentarios que había resucitado. No es de extrañarse tampoco la identificación de Jesús con los profetas Elías y Jeremías porque eran profetas revolucionarios. Predicaban audazmente en contra de los regímenes pecaminosos que gobernaban en sus tiempos. Y Jesús hacía lo mismo. Pero, entonces, vemos acá que la gente identificaba a Jesús, a lo sumo, como un profeta. Parecía que ninguno llegaba a pensar que Jesús era el Mesías que Dios había prometido.
Hoy en día la gente también tiene una opinión muy diversa acerca de quién es Jesús. Algunos en la universidad me sorprenden porque dicen que Jesús es el Hijo de Dios o el Salvador, pero cuando les preguntas acerca de su relación con Él, generalmente tienen este conocimiento solo teórico y no conocen ni respetan realmente a Jesús como el Hijo de Dios o como el Salvador. Otros piensan que Jesús es un profeta, incluso los musulmanes y los de la fe Baha’i creen esto. Otros piensan que Jesús fue simplemente un gran maestro moral que habló acerca del amor y la paz, como lo fueron Ghandi o Buda. Los socialistas piensan que Jesús fue el primer socialista y revolucionario. Los hippies creen que Jesús fue un hippy. Los rastafari creen que Jesús fue un rastafari. Y hay una opinión que he escuchado más de una vez, que Jesús fue un extraterrestre y que cuando ascendió al cielo después de Su resurrección fue porque se lo llevó su nave nodriza. Por otro lado, están también aquellos que creen que Jesús nunca existió, que ha sido un mito inventado por la religión para controlarnos. Así de variadas son las opiniones que tienen las personas ahora acerca de Jesús, y necesitamos saber la opinión de la persona para poder presentarle a Jesús más eficazmente. Tengamos genuino interés en las ovejas y pidamos sabiduría al Señor para ayudarles de la mejor manera. Amén.
II.- Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (15-20)
Leamos juntos el v.15. Esta era la pregunta a la que quería llegar Jesús. La anterior era el preámbulo; pero esta era la pregunta más importante, la que determinaría si alguno de Sus discípulos había captado algo acerca de Quién era Él y lo que había venido a hacer a este mundo. Y esta misma pregunta nos hace Jesús a cada uno de nosotros. Y cada uno debe responder. De la respuesta que demos dependerá nuestro destino eterno. Pero, antes de que usted responda esta pregunta, primero veamos y entendamos la respuesta que dieron los discípulos.
Leamos ahora juntos el v.16. Aunque los tres sinópticos reconocen que fue Simón Pedro el que habló e hizo esta confesión, no tenemos por qué pensar que esto no era más o menos lo que todos los discípulos pensaban. Es decir, no tenemos por qué concluir que solo Pedro pensaba esto acerca de Jesús. Puede ser que todos estuvieran pensando en una respuesta similar, pero Pedro, siendo el más impulsivo de ellos, alcanzó a poner en palabras primero lo que todos estaban pensando y dudaban en decir. De hecho, resulta destacable que Pedro hiciese su confesión con una gran convicción y no como una mera opinión. Él no dijo: “Yo creo que tú eres el Cristo”, sino que dijo con gran seguridad: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”
El sustantivo español “Cristo” es una transliteración del griego cristos, que podría traducirse como “ungido”. Esa palabra griega es la traducción del hebreo mashíakj, transliterado al español como “Mesías”, que se traduce precisamente como “ungido”. Desafortunadamente, la transliteración “Cristo” nos impide entender cabalmente su significado. Sería mejor traducir en todos los casos como “el Ungido” o “el Mesías”. En el AT se ungían para cumplir su oficio a los reyes, sacerdotes y profetas. Jesús, el Mesías, fue ungido por Dios para cumplir con todos estos oficios: Es el rey del reino de Dios; el profeta que vino a anunciar el mensaje de salvación por la fe en Él; y el Sumo Sacerdote que intercede por nosotros ante el Padre. Pedro, entonces, está confesando que Jesús es el Cristo, el Ungido, el Mesías prometido por Dios.
Pero Mateo añade una frase interesante a la confesión de Pedro que no aparece en los otros sinópticos. Leamos nuevamente el v.16b. Jesús no era solamente el Mesías, sino que era el Hijo del Dios viviente. Esta expresión sirve para contrastar a Jesús del Mesías que los judíos estaban esperando. Ellos esperaban un Mesías guerrero que viniese y los libertase de la opresión extranjera y se estableciese como rey en Israel. Pero Jesús no era un guerrero que venía a establecer un reino en este mundo, sino que era el Hijo de Dios que venía a librar a Su pueblo de la opresión del pecado y de la muerte. Su reino no es de este mundo, sino espiritual. En esta confesión, Pedro está reconociendo no solamente la identidad humana de Jesús como el Mesías, sino su naturaleza divina, como Hijo del Dios viviente.
Esta expresión “Dios viviente” o “Dios vivo” era un nombre del AT para Jehová que se encuentra en muchos versículos, como Deu. 5:26, Jos. 3:10, Sal. 84:2, entre otros. Y hace un contraste entre Jehová y los ídolos, que son dioses muertos, pues no hablan ni hacen nada. Además se ajusta al contexto en el que estaban los discípulos para diferenciar a Jehová de todos los ídolos que los rodeaban en la pagana Cesarea de Filipo. Pero también enfatiza el poder de Jesús para dar vida al ser confesado como Cristo, según lo expresa Jua. 20:31: “Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.”
Así, pues, Pedro está confesando a Jesús como el Ungido, el Mesías prometido por Dios, que además era Hijo de Dios y, por tanto, participante de Su propia naturaleza. Esto contrastaba dramáticamente con el Mesías que los judíos estaban esperando. Y pareciese mostrar que Pedro tenía un conocimiento mucho más avanzado de Jesús y del Mesías prometido por Dios. Pero en las siguientes palabras de Jesús veremos que no es este el caso.
Leamos juntos el v.17. La confesión de Pedro no vino de sí mismo, sino de la revelación divina. El Espíritu Santo le reveló a Pedro la identidad de Jesús. El propio apóstol va a demostrar en el siguiente pasaje bíblico que ni siquiera entendía bien el alcance de sus palabras. Por eso Jesús le felicita diciendo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” Simón fue muy bendecido por Dios al recibir esta revelación de la identidad de Jesús y confesarle como el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Ninguno de nosotros puede llegar a confesar verdaderamente a Jesús como el Cristo, a menos que el Espíritu Santo nos lo revele. El hombre natural por sí mismo no puede alcanzar la salvación porque no puede confesar a Jesús como Salvador. Solamente aquel a quien el Espíritu Santo le despierte la conciencia y le dé esta magnífica revelación, puede llegar a alcanzar la salvación.
Leamos juntos ahora el v.18. Jesús comienza diciendo aquí: “Y yo también te digo”. Esta es una nueva revelación que Jesús le va a dar a Pedro. A.H. McNeile interpreta estas palabras así: “El Padre te ha revelado a ti una verdad, y yo también te revelo otra”. Entonces llama a Simón por el nombre de fe que Él mismo le había dado desde el principio en Jua. 1:42. Y partiendo de este nombre le hace una gran revelación: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia”. Pedro (Petros) es simplemente el término griego que traduce el arameo Cefas, y ambos podrían traducirse como “piedra” al español. Jesús hace un notable juego de palabras con el nombre de Pedro, juego de palabras que ha provocado volúmenes de controversia y una contienda teológica inacabable: “sobre esta roca edificaré mi iglesia”.
¿Sobre cuál roca edificaría Jesús Su iglesia? La tradición católica interpreta que Jesús está edificando Su iglesia sobre Pedro, estableciéndolo como el primer Papa. Una interpretación protestante también afirma que Jesús edificó Su iglesia sobre Pedro, pero como apóstol, no como obispo o Papa. Y ve el cumplimiento de esto en el Libro de Hechos. La iglesia comienza en el Día de Pentecostés en Hch. 2, con la predicación de Pedro donde “se añadieron aquel día como tres mil personas.” (Hch. 2:41). Luego, en la predicación de Pedro en el Templo creyeron como cinco mil varones (Hch. 4:4). Y el primer gentil, Cornelio, se convirtió por la predicación de Pedro (Hch. 10). Pero, contra esta interpretación podemos decir que Pedro nunca se mencionó a sí mismo, ni tampoco lo hizo ninguno de los apóstoles, como la roca sobre la cual está edificada la iglesia. Más bien, él explica que la Iglesia está formada por “piedras vivas” (1Pe. 2:5) que están edificadas sobre la roca cabeza del ángulo, Jesús (1Pe. 2:6-7).
La interpretación protestante más popular de estas palabras, es que la roca sobre la cual se edifica la iglesia es la confesión de Pedro, de que Jesús es el Cristo, y no Pedro mismo. Así lo expresa M’Neile: “La referencia está probablemente vinculada con la verdad que el Apóstol había proclamado; el hecho del mesianismo de Jesús tenía que estar cimentado sobre una roca inamovible sobre la cual su ‘ecclesia’ pudiera estar segura.” La única forma de llegar a pertenecer a la iglesia es confesando que Jesús es el Cristo. Así que esa confesión es la roca fundamental sobre la cual cada uno de los que confesamos, como piedras vivas, somos edificados.
Leamos nuevamente el v.18b. Esta es otra revelación de Jesús para Pedro: “las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.” El Hades es el lugar de los muertos en griego, es el equivalente al Seol hebreo. Así que lo que está revelando Jesús aquí es que la muerte ya no podrá contra la iglesia tampoco. Y así lo interpreta Morison: “Nuestro Salvador quiere decir que su verdadera iglesia nunca sucumbirá a la muerte y la destrucción.” Y Jesús mismo se lo reveló también a Marta, la hermana de Lázaro: “Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.” (Jua. 11:25-27). Si hacemos la confesión de Marta, ya la muerte no tiene poder sobre nosotros, porque aunque este nuestro cuerpo mortal fenezca, no moriremos eternamente, sino que seremos resucitados para vivir con Dios en Su reino. Amén.
Leamos ahora el v.19. Estas son otras palabras controversiales. De aquí ha surgido la idea de que San Pedro es el portero del cielo que revisa el libro de la vida y decide si la persona entra o no. Con respecto a esto comenta Robertson: “Cristo el Señor Resucitado tiene «las llaves del reino de los cielos», que aquí entrega a Pedro como «portero» o «mayordomo», con la prevención de que no lo debemos entender como una prerrogativa especial y peculiar perteneciente a Pedro. El mismo poder aquí dado a Pedro pertenece a cada discípulo de Jesús en todas las edades.” Y más adelante añade: “todo predicador usa las llaves del reino cuando proclama los términos de la salvación de Cristo”. Cuando predicamos el evangelio y la persona confiesa a Jesús como el Cristo, hemos usado las llaves del reino para abrirle las puertas a la salvación.
Luego está otro dicho que ha sido muy mal interpretado, especialmente entre nuestros hermanos pentecostales. Leamos nuevamente el v.19b. Jesús le da la autoridad a Pedro de atar y desatar cosas en la tierra, y que al hacerlo serán atadas y desatadas en los cielos. M’Neile explica que: “ ‘Atar’ y ‘desatar’ parecen representar términos técnicos arameos con referencia al veredicto de un maestro de la Ley, que sobre la fuerza de su experto conocimiento de la tradición oral, declaraba alguna acción o cosa ‘atada’, es decir, prohibida, o ‘desatada’, vale decir, ‘libre’ o ‘permitida’.” Entonces, Jesús le está dando la potestad a Pedro de prohibir y permitir cosas en la Tierra, y cuando hiciese eso, su decisión sería refrendada en el cielo. Esto obviamente no venía del pensamiento de Pedro sino que la enseñanza de Cristo y la inspiración del Espíritu Santo eran sus bases para permitir o prohibir cosas de acuerdo a las enseñanzas de las Escrituras. Tampoco fue ésta una prerrogativa exclusiva de Pedro, sino que en Mat. 18:18 Jesús la extiende a todos los apóstoles. Y vemos que la utilizaron en el Libro de Hechos, y en general en el Nuevo Testamento para ‘desatar’ o permitir cosas que antes estaban prohibidas como comer carne sacrificada a los ídolos, por ejemplo.
Nosotros también tenemos la autoridad como maestros bíblicos o pastores de atar y desatar cosas, es decir de permitir o prohibir ciertas conductas, pero esta autoridad viene de la Palabra y del Espíritu Santo y no de nosotros mismos. Nosotros simplemente somos los medios de la revelación de la voluntad de Dios y por eso debemos ser muy cuidadosos en comprobar la voluntad de Dios en la Escritura antes de atar o desatar algo. Dios nos dé sabiduría y madurez para comprender y enseñar las Escrituras correctamente. Amén.
Finalmente, en el v.20, Jesús prohíbe a Sus discípulos revelar Su identidad como el Cristo, el Mesías. ¿Por qué? Por la misma razón por la que Él había evitado hacer pública esta declaración. Él era el Mesías, pero no el que los judíos esperaban. No sería el líder de una revolución política, sino el líder de una gran revolución espiritual. Todos los que Le confesasen como el Cristo, el Hijo del Dios viviente, serían liberados del poder del pecado y de la muerte, heredando la vida eterna. Pero todavía Jesús tenía que pasar por el Camino del Cristo para que la gente pudiese entender Su identidad. Y por eso, por ahora, Sus discípulos debían guardar silencio con respecto a esto. Una vez que Jesús transitase el Camino del Cristo, de la Cruz, muerte y resurrección, entonces Sus discípulos podrían proclamar abiertamente y sin temor que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
¿Y tú, Quién dices que es Jesús? Si confiesas a Jesús como el Cristo, el Mesías, tu Señor y Salvador, entonces serás una piedra viva que formará parte de Su iglesia, y la muerte no tendrá más poder sobre ti, sino que tendrás las llaves del reino de los cielos para que puedas ir y proclamar esta buena noticia a todos, y haciendo así, podrás abrir las puertas del reino a muchos, y contribuirás a convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y Una Nación Santa para la gloria de Dios. Amén.
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M. Marcos Kim (AR)
( 20 de noviembre de 2020 )
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