Mateo 11:7-19
11:7 Mientras ellos se iban, comenzó Jesús a decir de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?11:8 ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están.
11:9 Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.
11:10 Porque éste es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, El cual preparará tu camino delante de ti.
11:11 De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.
11:12 Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.
11:13 Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan.
11:14 Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir.
11:15 El que tiene oídos para oír, oiga.
11:16 Mas ¿a qué compararé esta generación? Es semejante a los muchachos que se sientan en las plazas, y dan voces a sus compañeros,
11:17 diciendo: Os tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no lamentasteis.
11:18 Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonio tiene.
11:19 Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores. Pero la sabiduría es justificada por sus hijos.
LOS VIOLENTOS ARREBATAN EL REINO DE LOS CIELOS
Buenos días. La semana pasada aprendimos que dos discípulos de Juan el Bautista vinieron a preguntarle a Jesús de parte de él: “¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” (v.3) En otras palabras, “¿Eres tú el Mesías?” Allí aprendimos que hay varias formas de interpretar el origen de esta pregunta: O bien, Juan estaba dudando acerca de la identidad de Jesús debido a sus circunstancias, o debido a que no encajaban dentro de su revelación profética; o bien, eran los discípulos de Juan los que dudaban acerca de la identidad de Jesús y él les envió a cerciorarse por sí mismos acerca de esto. Y aprendimos que cualquiera de estas interpretaciones es perfectamente posible dentro del contexto. Pero que lo más importante es que la respuesta de Jesús nos da evidencia incontestable acerca de Su identidad mesiánica: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio”. (v.5).
Sin embargo, esta pregunta fue formulada frente a la multitud que Jesús estaba sirviendo con los milagros descritos allí. Y esto pudo llevarles a pensar mal acerca de Juan. Así que Jesús se dirige a esa multitud y da un discurso elogiando a Juan frente a la multitud. No podemos encontrar otra parte en las Escrituras donde Jesús elogie a una persona de manera tan maravillosa. Algunos señalan que este discurso es el panegírico o discurso de elogio funerario de Jesús para Juan, pues poco tiempo después Juan el Bautista sería decapitado.
En este discurso Jesús dice de Juan: “Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista” (v.11a). ¡Qué afirmación más grandiosa! ¡No había entre los seres humanos hasta ese momento una persona más grandiosa que Juan el Bautista! Y sin embargo, añade el Señor: “pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.” (v.11b) ¡El más pequeño en el reino de los cielos es mayor que Juan el Bautista! Además, dice luego: “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.” (v.12). Hoy aprenderemos qué quiso decir Jesús con estas fascinantes afirmaciones, y cómo podemos llegar a ser esos violentos que arrebatan el reino de los cielos. Yo oro para que cada uno de nosotros sea violento en su fe y obediencia a Dios y que podamos arrebatar el reino de los cielos con el poder del Espíritu Santo que habita en nosotros. Amén.
I.- Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista (7-11)
Leamos juntos el v.7 por favor. Mientras los discípulos de Juan se iban, es decir, cuando ya estaban en su camino de regreso a la prisión donde se encontraba Juan, Jesús se dirigió a la gente que estaba sirviendo cuando ellos vinieron a formular su pregunta. Esto quiere decir que este precioso panegírico de Jesús para Juan no fue oído por sus discípulos como para poder alentarle con él. El propósito de este discurso de elogio de Jesús no era animar a Juan, sino defender la integridad de Juan delante de la gente después de aquella pregunta. Además, de enseñar un par de fascinantes verdades acerca del reino de los cielos y del papel de Juan en la historia redentora de Dios.
Jesús comienza este discurso de elogio preguntando a la gente acerca de sus expectativas al salir al desierto para encontrarse con Juan. Probablemente muchos de los que estaban allí, habrían sido parte de la multitud que Juan había bautizado en el Jordán. Así que Jesús les pregunta en los vv. 7b, 8a y 9a: “¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas?... Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta?” A la primera pregunta Jesús no da respuesta, pero a las otras dos sí. Veamos esto con un poco más de detalle.
Primero, una caña sacudida por el viento. Leamos juntos nuevamente el v.7b. La palabra “caña” aquí se refiere a una planta común en los manglares, que tenían largos y delgados tallos que eran fácilmente sacudidas por el viento de un lado a otro. Así, una caña sacudida por el viento podría referirse a una persona débil e insegura que no podía mantenerse firme frente a los vientos de las circunstancias y se doblegaba ante ellas. Pero cuando la gente salió al desierto, no vio en Juan a una persona débil y vacilante, sino a una persona recia y valiente que no temía a llamar al arrepentimiento a todo aquel que pecase, incluyendo al rey Herodes Antipas. Así que, definitivamente, Juan el Bautista, no era una caña sacudida por el viento. ¡Dios nos ayude a permanecer firmes también en cualquier circunstancia y que no seamos como cañas sacudidas por el viento, sino que seamos como árboles plantados “junto a las corrientes de las aguas que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará.”! (Sal. 1:1-3).
Segundo, un hombre cubierto de vestiduras delicadas. Leamos juntos el v.8. Las personas de vestiduras delicadas eran los cortesanos, es decir, aquellos que estaban en las cortes reales. Los grandes sabios y maestros destacados se convertían en consejeros de los reyes, por lo que tenían una buena posición social y vestían muy bien. Pero la gente no había salido al desierto para encontrarse con un consejero real, sino con un verdadero profeta que anunciaba la Palabra de Dios con valentía aunque no fuese del agrado del rey. Además, esto contrastaba bastante con la forma en la que Juan vestía. Mat. 3:4 nos dice que: “Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos” Él vestía de forma muy humilde y no comprometería el mensaje del evangelio para alcanzar una buena posición. El Señor nos ayude a ser humildes también y a no comprometer nuestro mensaje ni nuestra obediencia a Dios por agradar a los hombres. Amén.
Tercero, un profeta. Leamos juntos los vv. 9-10. Esto es quizás lo que las multitudes salieron a ver al desierto. Muchos pensarían inicialmente que Juan podría ser el Mesías, pero cuando él negó esto en varias ocasiones, habrían terminado creyendo que era un profeta. Y Jesús les afirmó que sí era un profeta, pero mucho más que el profeta que ellos pensaban. Un profeta es la persona que trae un mensaje de Dios, y que además tiene el valor de proclamar ese mensaje. Es una persona que tiene en su mente la sabiduría de Dios, la verdad de Dios en los labios y el celo de Dios en el corazón. Todo eso era Juan. Pero Juan era algo más que un profeta. Los judíos tenían, y tienen todavía, la creencia de que antes que viniera el Mesías, volvería Elías para anunciar Su llegada, según lo que está escrito en Mal. 4:5. Jesús declaró que Juan era nada menos que el heraldo divino cuya misión y privilegio sería anunciar la llegada del Mesías citando Mal. 3:1. Y más adelante veremos, en el v.14, que les afirma que Juan era el Elías que ellos estaban esperando. De modo que Juan tuvo la más gloriosa de las misiones que era preparar el camino del Mesías y presentarlo ante el pueblo de Israel. Es por esto que Jesús le reconoce como el mayor de todos los seres humanos en el siguiente versículo.
Leamos ahora juntos el v.11. Entre todos los que nacen de mujer, esto es entre todos los seres humanos, no se había levantado otro mayor que Juan en cuanto a su propósito y al cumplimiento del mismo. No había mayor elogio que Jesús le pudiese dar a Juan que llamarle el mayor de todos los hombres que había vivido hasta ese momento. Sin embargo, luego hace un contraste diciendo: “pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.” A pesar de la grandeza inigualable de Juan el Bautista como precursor del Mesías, él sabía que era “el amigo del esposo” (Jua. 3:29), por tanto, su labor llegaba hasta acompañarlo a la cámara nupcial, pero no podía quedarse allí porque él no era parte de la novia, la iglesia, y por lo tanto, no era parte del reino de los cielos que se estaba anunciando.
¿Quiénes son parte del reino de los cielos? Según le reveló Jesús a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (Jua. 3:5). Para ser parte del reino de los cielos hay que nacer de nuevo en Cristo. Esto es posible solamente aceptando a Jesús como nuestro Señor y Salvador. Aceptando que Su muerte en la cruz es suficiente para perdonar nuestros pecados y que su resurrección nos garantiza la vida eterna con Dios. Pero Juan murió antes de que Cristo fuese crucificado. Así que él no pudo nacer de nuevo, y por lo tanto no podía entrar en el reino de Dios por la gracia como parte de la iglesia. Él era el amigo del esposo que se regocijó de traer al esposo con su novia antes de que se consumase la relación nupcial en la segunda venida de Cristo. Él fue parte del antiguo pacto con Dios junto con otros grandes siervos de Dios como Abraham, Moisés y David, entre otros.
Pero la gracia que ha recibido la Iglesia es muy superior a la que Juan y cualquier otro justo veterotestamentario recibió. Dios nos ha dado la potestad de ser llamados hijos suyos (Jua. 1:12) y nos ha puesto en una relación diferente con Él por medio de Jesucristo. No somos solamente Su pueblo, sino Su familia. Somos la amada de Jesús por la cual Él entregó Su vida. Así que aun el menor de nosotros; aquel cuya misión en este mundo puede parecer muy pequeña; aquel que apenas trajo un alma para Cristo, si trajo alguna; es mayor que Juan el Bautista, porque ha nacido de nuevo y ha sido hecho parte de la familia de Dios y del reino de los cielos. ¿Pueden ver cuán preciosa es la gracia que hemos recibido? Cada uno de ustedes es mayor que Juan el Bautista. No porque hagan obras mayores que Él, que pudiésemos. Pudiésemos predicar más poderosamente por el Espíritu Santo que mora en nosotros. Pudiésemos convertir más almas para el Señor predicando llenos del Espíritu. Pero esto no es lo que nos hace mayores que Juan el Bautista. Sino esta gracia maravillosa que hemos recibido. ¡Bendito sea el nombre del Señor que nos ha regalado esta salvación tan grande y nos ha hecho hijos de Dios! ¡Exaltemos al Señor con nuestras vidas y vivamos como es digno de los santos, glorificando el nombre de Dios en todo lo que hacemos! Amén.
II.- El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan (12-19)
Leamos juntos el v.12 por favor. Juan el Bautista fue quien comenzó a predicar el evangelio del reino llamando al pueblo a preparar sus corazones para la llegada del Mesías. Y desde esos días en los que Juan comenzó a predicar, el reino de los cielos sufre violencia. ¿Qué significa esto? La palabra griega que aparece aquí es Biazo que se puede traducir en dos formas. En forma pasiva se entendería que el reino sufre violencia por la beligerancia de la gente contra Juan y Jesús. En voz media sería: “el reino de los cielos se abre paso vigorosamente, y los vigorosos lo arrebatan ansiosamente”. La primera traducción no parece concordar con el contexto, pues Jesús no está hablando en este discurso de la oposición en contra del reino de Dios, sino más bien de cómo se entra en el reino de los cielos. Por esta razón, la segunda opción es la más acreditada, el reino avanzaba de forma vertiginosa y muchos se apresuraban y se esforzaban para entrar en él. Esto concuerda con el paralelo de Lucas: “La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él.” (Luc. 16:16).
Lo pudimos ver cuando Juan el Bautista comenzó a predicar el bautismo de arrepentimiento. Cómo las multitudes venían a él para ser bautizados: “Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados.” (Mat 3:5-6). El reino de los cielos avanzaba con gran fuerza. Lo mismo ocurría con la predicación de Jesús. En esos tiempos vemos cómo las multitudes le buscaban. En otras palabras, la idea aquí es que desde que Juan comenzó a predicar que el reino de los cielos se había acercado, multitudes corrían con ímpetu y fuerza para entrar en el reino de los cielos, para alcanzar la salvación.
Pero, ¿quiénes pueden entrar en el reino de los cielos? Leamos nuevamente el v.12b. ¡Los violentos que lo arrebatan! ¿Y quiénes son estos violentos? El sustantivo violento en griego es biastés que significa “hombre esforzado o violento”. Implica una persona que tiene fuerza, vehemencia, dedicación. Algunos comienzan la vida de fe pero después se apartan. Muchos entran a la carrera con ideas equivocadas de lo que es ser cristiano. Entran bajo emociones equivocadas y cuando esas emociones desaparecen dejan de perseverar. Y algunos piensan que mostrar interés en las cosas de Dios es todo lo que se necesita para ser salvos. Pero Jesús nos dice que no es así. Solo los violentos, los que se aferran con fuerza a la Palabra de Dios, los que luchan hasta la sangre contra el pecado, los que se esfuerzan en la gracia de Dios, son los que heredan el reino de los cielos.
Y te pregunto: ¿Eres tú violento para el reino de los cielos? ¿Te esfuerzas para entrar en Él? Todo aquél que desea ser salvo debe esforzarse en la gracia de Dios. Como le dijo el apóstol Pablo a Timoteo: “Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús.” (2Ti. 2:1). Algunos piensan que porque la salvación es por fe solamente, no por obras para que nadie se gloríe (Efe. 2:8-9), entonces no es necesario hacer nada para Dios. Pero la fe sin obediencia a Dios es una fe muerta (Stg. 2:17). Si bien entramos a la salvación por la fe y por la gracia de Dios, para mantenernos en el camino, y alcanzar la salvación en el Día del Juicio debemos esforzarnos en la gracia de Dios, obedeciendo continuamente la Palabra de Dios. Y esto ni siquiera viene de nosotros, pues es Dios quien pone en nosotros el querer como el hacer (Flp. 2:13). Así que esforzarse en la gracia de Dios, implica velar y orar para mantener la comunión con Dios y de esa manera mantener nuestra obediencia a Dios también. Si no estamos atentos espiritualmente y orando, fácilmente sucumbiremos a las tentaciones y pruebas, perdiendo nuestra fuerza, vigor o violencia para mantenernos aferrados al reino de Dios.
Algunos piensan que ser violentos para el reino de los cielos es hacer buenas obras para ganar la entrada en el reino de los cielos. Si yo trabajo honradamente, no le hago mal a nadie, cuido a mis hijos y esposa, tengo el cielo gano. Eso no es el evangelio de salvación. Nadie se puede ganar el cielo. La salvación no es por obras sino por la gracia de Dios. Es por recibir por fe a Jesús como nuestro Señor y Salvador y vivir una vida acorde a esto, obedeciendo la Palabra de Dios. Por otro lado, hay muchos que piensan que ni siquiera es necesario ser violentos o esforzarse para entrar en el reino de los cielos. Que todo esfuerzo es negar la salvación por la gracia de Dios. Pero ya hemos visto que es necesario esforzarse en la gracia de Dios. Si no nos esforzamos en la gracia de Dios después de haber aceptado a Jesús como nuestro Señor y Salvador, entonces no podremos ser violentos para arrebatar el reino de los cielos.
Otros piensan que ser violentos para el reino de los cielos es ser religioso. Piensan que con ir a la iglesia los domingos; participar en ciertas actividades de la iglesia de vez en cuando; tener una Biblia y leerla de vez en cuando; dar diezmos, ofrendas y limosnas; ya pueden arrebatar el reino de los cielos. Pero muchas personas pueden estar haciendo estas cosas y seguir viviendo en pecado, fuera de la voluntad de Dios, y por lo tanto, lejos del reino de los cielos.
Pero, ser violentos para arrebatar el reino de los cielos implica tres cosas. Primero, una plena resolución de nuestra voluntad. Muchos no arrebatan el reino de los cielos porque no tienen hambre del reino de los cielos. Comienzan a buscar de las cosas de Dios pero se fatigan. Se cansan de ir a la iglesia, se cansan de leer la Biblia, se cansan de orar, se cansan de perseverar, se cansan de luchar contra su pecado, de vivir vidas rectas, de poner en práctica la santidad de vida que Dios demanda, en otras palabras, se cansan de negarse a sí mismos, tomar la cruz cada día y seguir a Jesús. Y se convierten en pseudocristianos. Sólo los violentos arrebatan el reino de los cielos. Solamente los que tienen esa hambre de llegar a los cielos llegarán. Los que están dispuestos a seguir adelante sin importar lo que se interponga en su camino. Los que están dispuestos a sufrir, a llorar, a aborrecer a padre, madre, hijo, dinero y aún su propia vida para ser dignos de ser discípulos de Cristo. Estos son los verdaderos violentos que arrebatan el reino de los cielos.
Segundo, una plena resolución en nuestras emociones. Nuestras emociones influyen en nuestros planes. A veces sabemos lo que es correcto pero no lo amamos. Es por eso que debemos dirigir nuestras emociones por el camino correcto sujetándolas a la Palabra de Dios, sometiéndolas bajo el Señorío de Cristo para que ellas, bien informadas, acompañen la resolución de nuestra voluntad. Si dejo de orar, de leer la Biblia, de venir a la iglesia, porque me siento triste; o si tomo la decisión de herir a alguien en un momento de ira; no estoy siendo violento en mi resolución de obedecer la Palabra. Estoy desobedeciendo la voluntad de Dios por seguir mis emociones.
Tercero, una dedicación a la obra de Dios. Los empresarios exitosos son los que se entregan a su empresa por completo. Los cantantes exitosos son los que se entregan en cuerpo y alma a su carrera de cantantes. Los que arrebatan el reino de los cielos son los que se dan en cuerpo y alma para el reino de los cielos. Esto implica tomar la cruz de misión y hacer la obra que Dios nos ha encomendado. Si no tenemos pasión para rescatar las almas, si no tenemos un vivo deseo en nuestros corazones para servir a Dios con nuestros talentos, entonces nos somos los violentos que puedan arrebatar el reino de los cielos. Si nuestro servicio a Dios se limita a apartar un tiempo para el estudio bíblico con nuestro pastor y a venir el domingo a la iglesia a escuchar la Palabra, te falta pasión, te falta violencia, te falta entrega para la obra de Dios. Sé violento; sé esforzado; sé apasionado para con Dios y Su obra; busca con hambre la Palabra de Dios y la oración; busca violentamente a las almas perdidas predicándoles la Biblia; ama con pasión a los que te rodean, sirviéndoles en todo; entrégate por completo a la obra de Dios; porque sólo los violentos arrebatan el reino de los cielos.
Leamos ahora juntos los vv. 13-15 por favor. Jesús revela aquí que Juan el Bautista es el final del antiguo pacto y el comienzo del nuevo. Él sería el último de los judíos que formaría parte del pueblo de Dios por el cumplimiento de la Ley. A partir de él, tanto judíos como gentiles entrarían al reino de Dios bajo el nuevo pacto en la sangre de Jesús. Ya no habría otro camino al Padre sino a través de Jesús solamente (Jua. 14:6). Como les expliqué antes, Juan era el Elías que los judíos esperaban que llegase para preparar el camino al Mesías conforme a la profecía de Mal. 4:5.
Leamos juntos ahora los vv. 16-19. Finalmente Jesús compara a la gente de su generación con los niños jugando en la plaza. Unos niños querían que los otros jugasen con ellos a las bodas, y tocaron flauta para que los otros niños bailaran, pero ellos no quisieron bailar. Entonces, quisieron jugar al funeral y endecharon, pero los otros niños no quisieron lamentar. Así que, simplemente, los otros eran unos niños malcriados que no querían jugar a nada. Esta era una expresión fuerte y burlesca para reprender a los judíos que no querían creer. Jesús afirmó que la conducta de ellos era inmadura e infantil porque estaban determinados a no ser complacidos, así fueran invitados a “bailar”, en referencia al estilo ministerial gozoso de Cristo que también incluía “comer y beber” con pecadores; o así fueran urgidos a “llorar”, una referencia al llamado al arrepentimiento de Juan el Bautista y el estilo más austero que tuvo Juan para ministrar. Así que, finalmente, la sabiduría es justificada por sus hijos, es decir, al final se demuestra quién es quién por sus obras. Juan y Jesús eran grandes siervos de Dios, y la gente que aceptaba su invitación sería parte del reino de Dios. Pero aquellos que rechazaron su invitación mostraban su falta de sabiduría y su justa condenación.
En conclusión, Juan el Bautista ha sido el mayor siervo del antiguo pacto por su misión y su fidelidad hasta el final. Sin embargo, aún el más pequeño del nuevo pacto, de los que entran en el reino de los cielos, es mayor que él por el gran privilegio que nos ha dado Jesús por su muerte en la cruz. Seamos violentos en aferrarnos a esta salvación tan grande que se nos ha regalado. Cuidemos de ella con temor y temblor. Esforcémonos en la gracia de Dios manteniendo nuestra comunión con el Señor por medio de la oración, de la lectura y obediencia a la Palabra, y en la dedicación a Dios y su obra. Seamos vehementes en nuestra lucha contra el pecado y apasionados en el servicio a Dios, especialmente en el rescate de las almas perdidas. ¡Seamos los violentos que arrebatan el reino de Dios, negándonos a nosotros mismos, tomando nuestra cruz cada día y siguiendo a Jesús, para llegar a convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa por medio de la predicación del evangelio y del ejemplo de nuestras vidas santas! Amén.
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