Mateo 9:14-17
9:14 Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan?9:15 Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.
9:16 Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura.
9:17 Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente.
VINO NUEVO EN ODRES NUEVOS
Buenos días. Aunque no lo había mencionado la semana pasada, estamos en el segundo interludio a los milagros de los capítulos ocho y nueve de Mateo. La semana pasada aprendimos el llamamiento de Mateo (que podría ser considerado también un milagro que un recaudador de impuestos fuese llamado como discípulo de Jesús y cambiase su vida de esa manera), y esta semana aprenderemos tres cortísimas parábolas que Jesús enseña en respuesta a una pregunta sobre el ayuno. La primera parábola responde la pregunta acerca del ayuno, y las últimas dos parábolas (que están relacionadas entre sí) enseñan una valiosa lección. Yo oro para que nosotros podamos aprender esta lección y procuremos ser odres nuevos donde Jesús pueda verter su vino nuevo para que podamos conservarlo dentro de nosotros y compartirlo con aquellos que nos rodean. Amén.
I.- La pregunta sobre el ayuno (14-15)
Leamos juntos el v.14 por favor. Ya hemos aprendido en el Sermón del Monte que para los judíos de la época de Jesús, la limosna, la oración y el ayuno eran los tres grandes pilares de la vida religiosa. Un judío no podía considerarse verdaderamente piadoso si no practicaba la limosna, la oración diaria y el ayuno. Aunque según la Ley judía, el único día de ayuno nacional obligatorio era el Yom Kipur o Día de la Expiación (Lev. 23:27), los judíos religiosos, especialmente los fariseos, ayunaban hasta dos veces por semana (Luc. 18:12). Y parece que los discípulos de Juan el Bautista seguían estas mismas prácticas, pues le afirman a Jesús aquí en el v.14 que ellos y los fariseos ayunaban muchas veces. El teólogo inglés A. H. McNeile comenta: “El estricto ascetismo del Bautista y de los rabinos fariseos fue imitado por sus discípulos”.
Entonces, los discípulos de Juan el Bautista encuentran a Jesús y sus discípulos en el banquete que ofreció Mateo, y le cuestionan al Señor porque sus discípulos no ayunan con la misma frecuencia que lo hacían ellos y los fariseos. Es sorprendente ver a estos discípulos de Juan en el papel de críticos de Cristo junto con los fariseos. Pero Juan estaba languideciendo en la cárcel y es posible que ellos tuviesen queja contra Jesús porque les parecía que no hacía nada al respecto. Quizás, ese era día de ayuno según la práctica de los fariseos, y ellos pensarían que Juan no habría ido a la fiesta de Mateo en uno de los días de ayuno de los judíos. Veamos cómo les responde Jesús.
Leamos juntos el v.15. Jesús les responde con una breve parábola, usando la imagen de una fiesta de bodas. Una boda judía era una ocasión de fiesta extraordinaria. Ellos celebraban las bodas a todo dar por la alegría de que esta pareja estuviese cumpliendo con el propósito de Dios de que el hombre deje a su padre y a su madre, y se una a su mujer, y sean una sola carne (Gén. 2:24) y de que fructifiquen y se multipliquen, y llenen la Tierra y la sojuzguen conforme a la bendición de Dios en Gén. 1:28. En las bodas judías, la pareja de recién casados no se iba de su casa para pasar la luna de miel, sino que durante una semana después de la boda tenían la puerta abierta a sus visitantes. Durante esa semana sus amigos íntimos participaban con ellos de la alegría y de la fiesta. A sus amigos íntimos se les llamaba: “los hijos del tálamo nupcial” que es lo que dice literalmente el original griego que la RVR60 traduce aquí como: “los que están de bodas”. En estas fiestas de boda la gente pobre y sencilla tenía una alegría, un regocijo, una fiesta, una abundancia, que a lo mejor no se les presentaban otra vez en la vida.
En las fiestas de bodas no podía haber otra cosa que alegría y regocijo. No se podía estar de luto ni ayunar. Si algún familiar moría durante una de estas fiestas, debían esperar hasta que terminara la semana para guardar el luto. Y si los fariseos eran parte de los hijos del tálamo nupcial no podían ayunar esa semana, pues el ayuno era una forma de aflicción o de privación de la alegría. Es por esto que Jesús, en su infinita sabiduría, toma esta imagen para explicar la razón por la cual sus discípulos no ayunaban con la misma frecuencia que los fariseos y los discípulos de Juan: “¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos?” La respuesta es un rotundo no.
Pero, ¿en qué sentido estaban Jesús y sus discípulos de fiesta de bodas? El banquete que Mateo dio no era una boda, era una celebración de su nueva dirección de vida y una invitación a sus compañeros publicanos para que escucharan las enseñanzas de Jesús y cambiasen sus vidas también. Así que Jesús no está hablando de una fiesta de bodas literal, sino espiritual. La llegada del reino de los cielos era como una fiesta de bodas en la que Jesús es el esposo que venía para desposarse con su amada, la Iglesia. Sus discípulos, como hijos del tálamo nupcial, se regocijaban por esta gran boda. No podían estar de luto, ni afligir sus almas con ayuno, pues el esposo estaba con ellos.
Pero Jesús añade algo más. Leamos nuevamente el v.15b. Aunque Jesús y sus discípulos estaban como de fiestas de bodas por la llegada del reino de Dios, vendrían días en los que el esposo les sería quitado, cuando “el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto” (Luc. 9:22). Esta era la dote que el novio pagaría por su novia. Jesús dice que: “entonces ayunarán”. Seguramente, ese sábado de silencio en el que Jesús estuvo en la tumba y en el Hades, sus discípulos estuvieron de luto y ayunaron por la pérdida de su maestro.
Pero después volvería la alegría con la resurrección de Jesús, quien estuvo con ellos durante cuarenta días más hasta su ascensión al cielo. Desde entonces, estamos esperando el regreso del esposo para que se consumen definitivamente las bodas del Cordero, y Cristo y su esposa se unan para siempre en el reino de Dios. En este período de espera, ciertamente podemos ayunar mientras esperamos el regreso del Señor. Pero mientras Jesús estaba en la Tierra con los discípulos no era tiempo de aflicción sino de alegría porque el esposo estaba con ellos. Esto era lo que Jesús quería que supiesen los discípulos de Juan el Bautista y los fariseos. En lugar de seguir practicando sus disciplinas espirituales vacías, de estar ayunando para recibir la admiración del pueblo, y de estar criticando a Jesús y a sus discípulos por no seguir estas tradiciones de hombres, ellos debían discernir la llegada del reino de Dios y celebrar junto con Jesús y sus discípulos. Y para enseñarles acerca de esto, Jesús presentaría dos parábolas más.
II.- El paño nuevo y el vino nuevo (16-17)
Leamos juntos los vv.16-17. El cuestionamiento de los discípulos de Juan hacia el método que Jesús seguía con sus discípulos, le dio pie al Maestro para enseñarles una valiosa lección con dos breves parábolas complementarias. Jesús toma dos situaciones cotidianas diferentes para enseñarle a los discípulos de Juan y los fariseos la razón por la que les costaba aceptar y entender lo que Él hacía. La primera parábola tiene que ver con un vestido viejo que se ha roto y necesita ser remendado. Y la segunda parábola con la costumbre de llevar vino en odres. Veamos cada una de estas parábolas con más detalle a continuación.
Leamos nuevamente el v.16. En la época de Jesús la ropa era muy costosa. La mayoría de la gente tenía solo una muda de ropa con la que andaban siempre, incluso para dormir. Era muy difícil para una persona comprar un vestido nuevo, por lo que, cuando se le abría un hueco a la ropa, tendían a remendarla en lugar de cambiarla. Los remiendos eran generalmente de ropa ya usada que no servía. Nadie compraba un pedazo de tela nueva para remendar un vestido viejo, y no solamente por una razón estética, de que no coincidan los colores de las telas; ni por una razón económica, que el pedazo de tela nueva era más costoso que un pedazo de tela usada; sino, como explica Jesús, tal remiendo, al ser lavado, tira del vestido y se hace una rotura peor.
Cuando la tela era nueva tendía a encogerse al lavarla. Si se le ponía un remiendo de tela nueva a un vestido viejo, la tela del vestido ya no encogía al lavarla, pero el remiendo sí, así que al encogerse el remiendo tiraba del vestido y hacía peor la rotura. Así que era una tontería colocar un remiendo de paño nuevo en un vestido viejo. Los discípulos de Juan estaban al tanto de esto por lo que podían entender perfectamente la situación que Jesús estaba planteando. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con la pregunta de los discípulos de Juan acerca del ayuno?
El cuestionamiento de los discípulos de Juan el Bautista demostraba que ellos estaban siguiendo todavía el vestido viejo de la interpretación que los judíos le daban a la Ley de Moisés. Ellos seguían pensando que Jehová Dios quería que ellos hicieran toda clase de sacrificios para vivir vidas piadosas. Pero Jesús les acababa de citar a los fariseos en el v.13 la profecía de Oseas 6:6: “Misericordia quiero, y no sacrificio.” Como le dijo también el profeta Samuel al rey Saúl: “¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.” (1Sa. 15:22). En realidad lo que Jehová esperaba de su pueblo era la obediencia a Su Palabra y no tanto los sacrificios. El sistema de sacrificios judío y la piedad expresada en limosnas, oraciones públicas y ayunos era un vestido viejo.
Jesús traía un paño nuevo con su enseñanza. Pudimos aprender en el Sermón del Monte cómo este paño contrastaba bastante con el vestido viejo de la enseñanza de los escribas y fariseos. Aprendimos en el capítulo 5 cómo Jesús desafiaba la justicia farisaica, pidiendo a sus discípulos una justicia superior a la de los fariseos con una genuina obediencia a los mandamientos. Y en el 6:1-18 cómo Jesús desafiaba el vestido viejo de la piedad farisaica de la limosna pomposa, la oración pública y vana, y el ayuno hipócrita; con un paño nuevo de limosna secreta, oración privada y con sentido, y el ayuno sincero.
Este paño nuevo que Jesús traía no podía insertarse en el vestido viejo de la interpretación de los escribas y fariseos, sino que ese vestido viejo debía ser reemplazado con un vestido nuevo hecho con la nueva tela de Jesús. Los discípulos de Juan no podían continuar con el vestido viejo y roto de las prácticas judías de su tiempo, remendado con la enseñanza de Juan el Bautista acerca del arrepentimiento y de la llegada inminente del reino de Dios; sino que tenían que venir a Jesús y seguir sus nuevas enseñanzas porque él traía el paño nuevo del evangelio, de la buena noticia de la llegada del reino de Dios al mundo.
Esta lección de Jesús con esta parábola sería ampliada y profundizada con una segunda parábola. Leamos nuevamente el v.17. Ahora Jesús trae otra situación cotidiana. Los judíos tenían la costumbre de llevar vino para sus viajes en odres hechos de cuero, en lugar de botellas de vidrio como lo hacemos nosotros en la actualidad. Los odres solían hacerse con la piel entera de ovejas, cabras o ganado vacuno. Se le cortaba la cabeza y las patas al animal, y luego se lo despellejaba cuidadosamente para no tener que abrirle el vientre. Después se curtía la piel y se cosían las aberturas. Solo se dejaba sin coser la abertura del cuello o la de una de las patas, que se podía cerrar con un tapón o atándola con una cuerda. Además de vino, en los odres también se podía guardar leche, mantequilla, queso, aceite o agua. Cuando los odres estaban nuevos, el cuero tenía cierta elasticidad, pero a medida que se iba envejeciendo el cuero, perdía su elasticidad, quedando completamente duro.
El vino nuevo es el jugo de uvas recién exprimido. Esto quiere decir que el proceso de fermentación que hace que el azúcar de la uva se convierta en alcohol apenas está comenzando y se prolongará durante unos diez días más o menos. En el proceso de fermentación del vino se produce alcohol y dióxido de carbono que es un gas. Si se echa el vino nuevo en un odre nuevo, este odre se hinchará con el dióxido de carbono producido durante la fermentación hasta que sea abierto y el gas se libere y vuelva a su forma original. Pero si se echa el vino nuevo en un odre viejo, este ya no tiene la misma capacidad para hincharse, así que el gas presionará hasta reventar el odre, haciendo que el odre se pierda y el vino se derrame. Por eso no se debe echar vino nuevo en odres viejos, sino que el vino nuevo se echa en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente.
La analogía es idéntica a la de la parábola anterior, pero con una riqueza de imágenes mayor. El vino nuevo representa la nueva enseñanza de Jesús, el evangelio del reino. Pero el vino también es símbolo del Espíritu Santo en la Biblia, y también es símbolo de la sangre del Nuevo Pacto como explicó Jesús a sus discípulos durante su Última Cena. Así que este vino nuevo representa el evangelio del reino, y el Espíritu Santo que Jesús vino a dar a los que le aceptan como su Señor, y el Nuevo Pacto que Dios quería hacer con la humanidad: “Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.” (Jer 31:33-34)
Los odres representan nuestros corazones, mentes y nuestras vidas en general. Los odres viejos representaban el corazón, la mente y la vida de los fariseos que ya no era lo suficientemente maleable para aceptar el vino nuevo del evangelio. Ellos ya estaban adaptados a la forma de sus interpretaciones de la Ley y de sus tradiciones, y no podían retener el evangelio que Cristo les traía. En cambio, los odres nuevos representaban a los discípulos de Jesús que eran capaces de moldear sus vidas para aceptar y vivir el evangelio. Y que recibían el Nuevo Pacto y al Espíritu Santo para conservar el mensaje del evangelio en sus vidas y compartirlo con otros también. Así se conservan lo uno y lo otro juntamente.
Había un hermano que después de mucho investigar y de mucho discutir aceptó que la Biblia era la Palabra de Dios e hizo la oración de fe. Pero realmente no había aceptado a Jesús como su Señor. Había algunas enseñanzas de la Biblia que no quería aceptar. Quería continuar con algunos aspectos de su vida pecaminosa. No moldeó su vida a lo que la Palabra de Dios enseñaba. Así que, eventualmente, el nuevo vino de Jesús reventó su odre viejo, y lamentablemente se perdió.
Ante esta enseñanza de Jesús nos resta preguntarnos: ¿Somos odres nuevos u odres viejos? ¿Moldeamos nuestras vidas para obedecer completamente la Palabra de Dios o no moldeamos nuestras vidas, sino que apenas podemos aceptar algunas palabras y otras no porque queremos seguir viviendo en la forma que estamos acostumbrados? Si no somos odres nuevos que moldeamos nuestra vida a la enseñanza de Jesús para obedecer completamente la Palabra de Dios, seremos entonces como el vestido viejo con el remiendo de paño nuevo, y como el odre viejo con vino nuevo, terminaremos rotos e inútiles delante de Dios. No podremos contener el evangelio y el Espíritu Santo dentro de nosotros, y nos perderemos.
Reflexionemos entonces, ¿qué nos hace falta para ser verdaderamente odres nuevos? ¿Qué necesitamos cambiar en nuestras vidas para moldearlas a la Palabra de Dios? Yo oro para que cada uno de nosotros podamos ser odres nuevos que reciban la Palabra de Dios profundamente en su corazón y que moldeemos nuestras vidas para vivir obedeciendo completamente lo que nos dice la Palabra. Que podamos contener dentro de nosotros la Palabra de Dios, el Espíritu Santo y la gracia del perdón del Nuevo Pacto, y podamos compartirla también con otros para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios. Amén.
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P. David Leal (MX)
( 19 de febrero de 2021 )
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