Mateo 9:9-13

9:9 Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió.
9:10 Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos.
9:11 Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Porqué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?
9:12 Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.
9:13 Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.

SÍGUEME


Buenos días. En el pasaje bíblico de hoy aprenderemos la preciosa invitación que Jesús le hizo a un recaudador de impuestos mientras estaba sentado haciendo su trabajo: Sígueme. En la actualidad si alguien nos invita a seguirle le pediríamos su usuario de Twitter o Instagram para seguirlo en estas redes sociales. Pero en la época de Jesús, esto significaba algo totalmente diferente. Era una invitación a ser un discípulo suyo. Hoy aprenderemos cómo Jesús extendió esta invitación a Mateo, lo que Él hizo al respecto y cómo esto cambió su vida. También aprenderemos que Jesús nos está extendiendo hoy la misma invitación para ser sus discípulos. Yo oro para que podamos responder a su invitación y que nuestra vida cambie completamente al seguirle. Amén.   

I.- El llamamiento de Mateo (9)

Leamos juntos el v.9 por favor. Después de haber sanado al paralítico en Su casa, Jesús se dispuso a salir de la ciudad, y mientras salía vio a un hombre llamado Mateo que estaba sentado en el banco de los tributos públicos, ya que recogía los impuestos a los que entraban en Capernaum para negociar. Según Marcos y Lucas el nombre de este hombre era en realidad Leví (Mar. 2:14; Luc. 5:27), de quien Marcos añade que era hijo de Alfeo. Leví era un nombre judío común, pues era el nombre de uno de los hijos de Jacob y por tanto de una de las tribus de Israel. Pero en algún punto después de su llamado, su nombre cambia a Mateo (regalo de Dios en hebreo), pues figura con este nombre en todas las listas de los apóstoles. 

No se puede pensar en nadie que fuese menos probable de convertirse en apóstol que Mateo, pues era un publicano, un cobrador de impuestos, llamados así porque manejaban dinero y fondos públicos. Los judíos les tenían un odio feroz a estos publicanos porque se habían puesto al servicio de los conquistadores de su nación, y amasaban sus fortunas a expensas de las desgracias de sus compatriotas. Los excomulgaban de la sinagoga, incluyéndolos entre las cosas y los animales inmundos, y aplicándoles Lev. 20:5: “entonces yo pondré mi rostro contra aquel varón y contra su familia, y le cortaré de entre su pueblo, con todos los que fornicaron en pos de él prostituyéndose con Moloc.” Se les impedía ser testigos en los juicios, y se metía en el mismo saco a los “ladrones, asesinos y publicanos”.

En el sistema recaudador romano, los publicanos eran los subalternos que, bajo la dirección de un funcionario romano, se encargaban de cobrar los impuestos y los derechos de paso de las mercancías que se transportaban de un territorio a otro. El funcionario romano tenía que pagarse a sí mismo, por lo que exigían a los contribuyentes sumas superiores a las que en realidad tenían que ir al tesoro público. El estado autorizaba esta práctica, y ninguna ley protegía a los contribuyentes contra los abusos. El encargado de un territorio reducido era, en ocasiones, originario de aquel mismo territorio. Mateo era sin duda el subalterno directo del funcionario romano, designado por éste para cobrar los impuestos en Capernaum.

Así que Mateo era un hombre al que todos odiaban. Vivía estafando a sus compatriotas y tratando de estafar al gobierno también para su propio beneficio. ¿Cómo un judío podía vivir este tipo de vida? Sin duda Mateo anhelaba el dinero más que cualquier otra cosa en su vida. Él aceptaría este trabajo como publicano por el dinero que representaba más que por cualquier otra cosa. Quizás de niño padeció de mucha escasez y su mayor anhelo era tener dinero para lo que quisiera. Él pensaba que el dinero le traería la felicidad. Y pareciese que alcanzó lo que quería con esta profesión. Pero, ¿a qué precio? Sus hermanos judíos lo odiaban y lo habían excomulgado teniéndole como si fuese un gentil. De modo que no podía ir al Templo a adorar a Dios. Probablemente no tendría más contacto con su familia tampoco para quien habría muerto el día que decidió convertirse en un recaudador de impuestos. Así que la vida de Mateo sería una vida solitaria. No tendría nadie en quién confiar. Seguramente solo podría juntarse con los otros publicanos, pero tendría que estar pendiente de que no lo fueran a estafar. Y si se juntaban a comer, todos eran tan ambiciosos que nadie querría pagar la cuenta.

Así que podemos imaginar a Mateo sentando en el banco de los tributos públicos preguntándose si realmente habría valido la pena escoger este estilo de vida. Aunque tenía dinero, una gran casa, el mejor carro que el dinero podría comprar, y quizás también la mejor esposa que el dinero podía comprar. Se sentía insatisfecho y vacío. El dinero no le daba la felicidad que él esperaba que le diese. De modo que se preguntaría cuál debería ser la dirección de su vida. Y pensando, quizás, en esto, pasó Jesús y le vio y le hizo una preciosa invitación. 

Leamos nuevamente el v.9b. Jesús conoce lo que hay en el corazón de cada uno de nosotros. Él pudo ver el corazón de Mateo que anhelaba una dirección para su vida. Mateo había estado siguiendo hasta ese momento el dinero, pero Jesús quería que él llevase una vida de seguirle a Él como su discípulo. Jesús sabía que el dinero no podía darle la satisfacción y la felicidad que Mateo estaba buscando. Solamente una vida de servir a Dios como discípulo de Jesús podía darle un verdadero sentido y propósito y la felicidad que Él tanto anhelaba. Así que Jesús llama a Mateo diciéndole: “Sígueme.” 

Nosotros también estamos siguiendo cosas en nuestras vidas. Algunos al igual que Mateo están siguiendo el dinero. Pensamos que el dinero nos puede dar la felicidad, pero no hay ninguna cantidad de dinero en el mundo que pueda comprar la felicidad. El dinero puede comprar grandes cosas, pero no las más importantes. El dinero puede comprar una casa, pero no un hogar. El dinero puede comprar un reloj, pero no el tiempo. El dinero puede comprar una cama, pero no el sueño. El dinero puede comprar un libro, pero no el conocimiento. El dinero puede comprar medicinas, pero no la salud. El dinero puede comprar una posición, pero no el respeto. El dinero puede comprar sangre, pero no la vida. El dinero puede comprar sexo, pero no el amor. Y Mateo seguramente meditaba todo esto en ese momento.

Algunos quizás están siguiendo otras cosas: la fama, el poder, el amor de un hombre o de una mujer. Y todo lo que hacemos en la vida es tratando de alcanzar la felicidad en aquello que estamos siguiendo. Si usted quiere saber qué está siguiendo fíjense en lo que emplea su tiempo, su dinero, su esfuerzo. Pensamos que cuando alcancemos estas cosas llegaremos a ser felices. Pero cuando las alcanzamos nos damos cuenta de que en realidad no te dan la felicidad que deseas. Así que te sientes vacío y colocas alguna meta superior o empiezas a seguir alguna cosa más.

Pero Jesús nos invita como a Mateo a seguirle. Seguir a Jesús es la única cosa en la vida que podrá darnos la verdadera felicidad. Pero, ¿qué significa seguir a Jesús? Algunos piensan que seguir a Jesús es simplemente llamarse a sí mismos cristianos. Ir algunos domingos a la iglesia. Estudiar la Biblia de vez en cuando. Hablar a otros de Jesús de vez en cuando. Y esto que estoy diciendo son los cristianos “más comprometidos”. Porque hay algunos que piensan que es suficiente con ir a la iglesia uno que otro domingo. No estudian la Biblia. Ni siquiera la leen entre semana. Jamás hablan a otros acerca de Jesús. Pero esto no es para nada una vida de seguir a Jesús. Ni siquiera podríamos llamarnos cristianos a nosotros mismos si vivimos de esa manera.

 Él mismo Jesús explicó un tiempo después lo que significa seguirle: “Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.” (Luc. 9:23). Si alguno quiere seguir a Jesús debe negarse a sí mismo, es decir, debe dejar su propio pensamiento, sus propios planes, sus propios sueños, y buscar el propósito de Jesús para su vida. Debemos dejar de hacer lo que nos gusta, nos agrada y nos acomoda, y hacer lo que Jesús quiere que hagamos que quizás no nos sea agradable en un principio. Debemos tomar nuestra cruz cada día, es decir, debemos tomar la misión de Dios de predicar y servir a otros cada día. Debemos hablar a otros acerca de Jesús. Debemos recibir y dar estudio bíblico. Comer Pan Diario. Escudriñar la Biblia. Guardar el Día del Señor, congregándonos cada domingo. Esta es la cruz del creyente. Esta es su misión. Y, finalmente, debemos seguir a Jesús. Debemos seguir su ejemplo. Obedecer sus enseñanzas. Vivir como Él vivió. Este es el llamado de Jesús cuando dice: “Sígueme”.

Veamos qué hizo Mateo ante el llamado de Jesús. Leamos nuevamente el v.9b. No sabemos si Mateo supiese quién era Jesús o si habría escuchado antes alguna de sus enseñanzas, probablemente sí. Lo importante aquí es que al escuchar la voz de Jesús llamándole: “Sígueme”, él se levantó y le siguió. Esta fue una gran decisión para él. Él decidió dejar atrás su vida como recaudador de impuestos para comenzar una nueva vida como discípulo de Jesús. Perdió un cómodo trabajo, pero encontró un destino. Perdió unos buenos ingresos, pero encontró un propósito. Perdió una cómoda seguridad, pero encontró una aventura como nunca había soñado. Cuando Mateo dejó el banco de los tributos públicos aquel día, renunció a mucho en sentido material, pero espiritualmente recibió en herencia una fortuna incalculable.

Puede que si aceptamos el llamado de Jesús a seguirle nos encontremos más pobres de cosas materiales. Puede que tengamos que renunciar a las ambiciones del mundo. Pero sin duda encontraremos una paz y un gozo que nunca habíamos imaginado. En Jesucristo se encuentran riquezas que superan con creces todo lo que se pueda abandonar por Él.

Mi pastor, el M. Juan Seo, estudió derecho en Corea. Él tenía el sueño de convertirse en juez y estaba estudiando para ello. Pero cuando recibió el llamado de Jesús para salir como misionero, él dejó su sueño de ser juez y fue como misionero a un país completamente desconocido para él, Venezuela. Allí sufrió mucho para servir a Dios. Sufrió también muchas pérdidas económicas. Pero Dios lo bendijo mucho espiritualmente para levantar discípulos de Jesús en Venezuela y enviarlos a otros países como misioneros. Él mismo también salió de Venezuela y ahora está sirviendo como Coordinador Internacional de la Misión Mundial en la Sede de nuestro ministerio en Chicago. Él renunció a mucho y sufrió mucho por ello también, pero es ahora más feliz que nunca sirviendo a Jesús como su discípulo. Si ustedes deciden dejarlo todo y seguir a Jesús, les puedo asegurar con toda confianza que encontrarán la verdadera felicidad como lo hicieron Mateo, Juan Seo, yo, y muchos discípulos de Jesús a lo largo y ancho de la Tierra. ¡Dejen todo y sigan a Jesús! 

II.- El cambio de vida de Mateo (10-13)

Leamos juntos el v.10. Aunque Mateo no nos lo dice explícitamente aquí, Luc. 5:29 nos dice que “Leví le hizo gran banquete en su casa”. Imaginen cuánta comida y bebida se necesitaba para invitar a tanta gente. Esto no era fácil para alguien que estaba recién dejando su empleo. Podemos ver entonces que aquel hombre codicioso y egoísta, ahora estaba compartiendo de sus bienes con Jesús y sus discípulos, y con muchos publicanos y pecadores que invitó para que celebrasen con él su nuevo propósito de vida y escuchasen las enseñanzas de Jesús también. ¡Mateo estaba comenzando una nueva vida como discípulo del Señor trayendo a otros a Jesús! 

Leamos ahora juntos el v.11. Los fariseos pasaron por la casa de Mateo y vieron a Jesús y a sus discípulos sentados en la mesa con muchos publicanos y pecadores. Los judíos no comían con este tipo de personas, ni entraban en sus casas. Para ellos los publicanos y pecadores eran como gentiles y no tenían ningún tipo de trato con ellos. Pensaban que si se sentaban a comer con ellos, se contaminarían con su pecado. Así que, desde el punto de vista de ellos, era escandaloso lo que Jesús estaba haciendo. ¿Cómo podía sentarse a comer con semejante gente?

Sin embargo, es interesante notar que ellos les preguntaron a los discípulos y no a Jesús directamente, quizás porque Jesús estaba adentro de la casa y estos discípulos afuera, o por temor de que Jesús tuviese una de sus hábiles respuestas para ellos. Sea como sea, Jesús oyó el cuestionamiento de los fariseos y respondió como podemos ver en el v.12.

Leamos juntos el v.12. Para entender esta pequeña parábola de Jesús, debemos entender bien a quién se refiere Él con cada uno de los personajes. Comencemos con el más obvio que es el médico. Jesús es el médico celestial que vino a la Tierra. Ahora, ¿qué vino a tratar este médico? Los pecados. Así entonces, podemos decir que los enfermos son los pecadores. ¿Y quiénes serían entonces los sanos? ¿Los que no tienen pecado? En realidad no existe ningún hombre que no tenga pecado. “No hay justo, ni aun uno” (Rom. 3:10). Por ende, los sanos son los que piensan que están sanos y que no necesitan ir al médico. Recuerden que en la época de Jesús la medicina era curativa, no preventiva. Y en la medicina curativa solamente va al médico el que se reconoce enfermo. Entonces lo que Jesús quiso decir con esta pequeña parábola es que solo tienen necesidad de médico los que se reconocen a sí mismos como enfermos. De modo que Jesús vino por aquellos que se reconocen pecadores y no por aquellos que piensan que son justos y que no necesitan que se les perdone ningún pecado.

Leamos ahora juntos el v.13. Aquí Jesús citó Ose. 6:6. En los días de Oseas, el pueblo de Dios todavía era bueno para traer sacrificios, es decir, para venir a traer ofrendas de animales a Dios y cumplir con los deberes religiosos que estipulaba la Ley en cuanto a la adoración. Pero habían olvidado la misericordia. En los días de Oseas esto se refería a que oprimían a sus hermanos, pervirtiendo el derecho de los pobres y estafando a sus hermanos en sus relaciones. No tenían misericordia del pobre ni del menesteroso. No ayudaban a las viudas y a los huérfanos, aunque se jactaban de su religiosidad por traer sacrificios al altar.

Pero en los días de Jesús, los judíos se habían olvidado de la misericordia siendo rápidos para juzgar a otros como pecadores, excomulgándolos y dejando todo trato, incluso comercial, con ellos. Ellos habían olvidado que toda la Ley se cumplía amando a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ellos mismos. Para estos fariseos, era más importante mantener su limpieza ceremonial, que intentar atraer nuevamente a estos pecadores a Dios. Así que Jesús les recuerda las palabras del profeta Oseas para mostrarles que Dios prefiere la misericordia y el amor antes que los sacrificios de animales. Por eso Jesús estaba comiendo con los pecadores, para mostrarles la misericordia y el amor de Dios y llamarles al arrepentimiento.

Jesús no había venido a este mundo para juntarse con la élite espiritual de Israel y debatir la Ley, sino para acabar con el poder del pecado y de la muerte que nos agobiaban. Así que Él no había venido a llamar a los que se creían justos para que le siguieran y pasaran el tiempo escuchando sus enseñanzas, sino que Él vino a llamar a los pecadores al arrepentimiento. Jesús vino a morir en la cruz para acabar con el problema de pecado de la humanidad. Y vino a llamar al arrepentimiento para que quede nulo el poder del pecado sobre cada hombre. Si nosotros nos reconocemos como pecadores y venimos a Jesús con arrepentimiento, confesando nuestros pecados, “Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecado y limpiarnos de toda maldad.” (1Jn. 1:9)

En conclusión, Jesús llamó a Mateo a seguirle y cuando él escuchó el llamado de Jesús, se levantó, dejándolo todo, y le siguió. Cuando Mateo hizo esto su vida cambió completamente y se convirtió en una persona generosa que compartía sus bienes con otros y los invitaba a venir a Jesús. El Señor te está extendiendo hoy esta invitación a ti también: “Sígueme”. ¿Cómo vas a responder? ¿Vas a dejar todo y vas a seguir a Jesús? ¡Levántate y sigue a Jesús! Deja atrás todo lo que te estorbe para seguir a Jesús. Deja de seguir lo que estabas siguiendo hasta ahora y niégate a ti mismo, toma tu cruz cada día y sigue a Jesús. De esta forma hallarás el verdadero propósito de tu vida y serás realmente feliz. 

Que Dios nos ayude a levantarnos y a seguirle, convirtiéndonos en verdaderos discípulos de Jesús que glorifican el nombre de Dios y que podamos traer a muchos otros a Jesús hasta convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios. Amén.

ARCHIVOS PARA DESCARGAR



FOROS UBF ESPAÑOL

SUGERIMOS LEER

MÚSICA QUE EDIFICA

SÍGUENOS EN LAS REDES SOCIALES

ACERCA DE UBF

La Fraternidad Bíblica Universitaria (UBF) es una organización cristiana evangélica internacional sin fines de lucro, enfocada a levantar discípulos de Jesucristo que prediquen el evangelio a los estudiantes universitarios.

UBF MUNDIAL

Puede visitar el sitio de UBF en el mundo haciendo clic en el siguiente enlace (en inglés):

SUSCRIPCIÓN BOLETÍN

Ingrese su dirección e-mail para recibir noticias
e invitaciones a nuestras actividades