Mateo 8:1-4
8:1 Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente.8:2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.
8:3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.
8:4 Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos.
QUIERO; SÉ LIMPIO
Buenos días. Una de las principales características del Evangelio Según Mateo es su arreglo sistemático. Después de tres capítulos de enseñanzas con el Sermón del Monte, ahora entraremos en dos capítulos de milagros. Después de las palabras de Jesús siguen sus obras. Hay diez milagros registrados en los capítulos ocho y nueve. Y la pasión de Mateo por el arreglo sistemático se demuestra más todavía en la forma en la que agrupa los incidentes en estos dos capítulos.
Primero tiene tres milagros de sanidad: la curación de un leproso (8:1-4), un paralítico (8:5-13), y la suegra de Pedro (8:14-17). Un interludio con una breve sección de enseñanza (8:18-22). Seguido de otros tres milagros: la calma de la tempestad (8:23-27), la liberación de dos endemoniados (8:28-34) y la curación de otro paralítico (Mat. 9:1-8). Otro interludio con el llamamiento de Mateo (9:9-13) y una discusión sobre el ayuno (9:14-17). Y luego, un tercer grupo de milagros que incluye: la sanidad de la mujer del flujo de sangre y la resurrección de la hija de Jairo, tratados juntos (9:18-26), la curación de dos ciegos (9:27-31) y la sanidad del mudo endemoniado (9:32-34). Para finalizar con una declaración sumaria de que Jesús iba por toda Galilea enseñando, predicando y sanando; y finalmente la enseñanza sobre la necesidad de obreros.
Así que durante las próximas semanas hablaremos acerca de estos milagros. Un milagro puede definirse de forma sencilla como lo hace C.S. Lewis: “la naturaleza interferida por un poder sobrenatural”. Y estos milagros de Jesús respaldaban sus novedosas enseñanzas para mostrar que Él tenía autoridad divina como le reconoce Nicodemo: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.” (Jua. 3:2). En la actualidad muchas personas dudan acerca de la existencia de milagros, y dicen que estos relatos bíblicos son fábulas o historias que no son reales sino que tienen alguna moraleja. Sin embargo, todas estas historias son ciertas. Jesús efectuó todos estos milagros aquí narrados y muchos más que no han quedado registrados en los evangelios, así como nos explica Juan: “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.” (Jua. 20:30-31).
El escepticismo moderno se debe a que ya no somos testigos de estos milagros que hacían Jesús y sus discípulos. Pero es que Dios determinó respaldar la predicación de ellos con milagros para que la gente creyese que hablaban con autoridad divina. Hoy ya tenemos la Palabra de Dios completa. No necesitamos de milagros (aunque Dios todavía puede hacerlos a través de nosotros) porque el respaldo de nuestras palabras se encuentra en la Biblia misma, y el Espíritu Santo convence a las personas a través del poder de la Palabra, y ya no tanto a través del poder de los milagros. C. S. Lewis ubica el asunto en su debido foco cuando escribe: “El milagro central sostenido por los cristianos es la encarnación, todos los demás preparan para éste, o lo manifiestan o son su resultado.” La encarnación, muerte y resurrección del Hijo son los mayores milagros de los que ha sido testigo la humanidad. Y eso es lo que nosotros predicamos.
Hoy aprenderemos acerca de la curación de un leproso, que más que una sanidad fue una limpieza. Veremos la razón de esto y cómo se relaciona con nosotros. Yo oro para que a través de este mensaje podamos tener la actitud de este leproso, reconocer nuestra profunda necesidad de Jesús, venir a Él, postrarnos y rogar: “Señor, si quieres, puedes limpiarme.” Y que el Señor pueda extender su mano, tocar nuestras vidas y sanarnos y limpiarnos completamente. Amén.
I.- Señor, si quieres, puedes limpiarme (1-2)
Leamos juntos el v.1 por favor. Jesús finaliza su Sermón del Monte y la multitud que le había seguido “de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán” (4:25) le esperaba al pie de la montaña. Esta multitud había seguido a Jesús por las enseñanzas y milagros que Él había hecho por toda Galilea (4:23-24). Los que afirman que Jesús enseñó el Sermón del Monte a toda la multitud, dicen que le seguían en respuesta a sus enseñanzas. Pero, como ustedes saben, yo opino que Jesús le enseñó el Sermón solo a sus discípulos, así que creo que esta gente se quedó esperando a Jesús al pie del monte con la esperanza de recibir algún milagro de Él. Lo cierto es que la multitud le siguió cuando descendió al monte y se dirigía con Él a Capernaum (8:5).
Pero veamos lo que sucedió en el camino. Leamos juntos el v.2a. Un hombre leproso vino a Jesús. La lepra es una enfermedad infecciosa crónica producida por la bacteria Mycobacterium leprae que afecta principalmente los nervios periféricos y la piel. Esta enfermedad provoca úlceras cutáneas, daño neurológico y debilidad muscular que empeora con el tiempo. Sus complicaciones más severas son la desfiguración, la deformidad y la discapacidad (ya sea por el compromiso neurológico o la ceguera).
La lepra no se propaga con facilidad. El contagio se produce entre un enfermo con posibilidad de transmitir la enfermedad (ya que no todos los que padecen lepra son contagiosos, y esta posibilidad se elimina al administrar medicación) y una persona sana susceptible (debido a una predisposición genética, ya que la mayoría de las personas posee resistencia natural a la bacteria). Es decir, que deben encontrarse un enfermo que actúe como agente infeccioso y otra persona sana con una predisposición especial para que suceda el contagio.
La lepra todavía es común en muchos países del mundo incluyendo la India, Brasil e Indonesia. También se encuentra en los climas templados, tropicales y subtropicales. En Brasil, había más de veintisiete mil casos en el 2019, y en Estados Unidos se diagnostican entre 150 y 250 casos por año. Sin embargo, en la actualidad tiene tratamiento para evitar el contagio y es curable con una terapia múltiple de medicamentos. Pero este no era el caso en los tiempos bíblicos.
Para comenzar, en los tiempos bíblicos, se diagnosticaba como lepra a un gran conjunto de enfermedades de la piel. Los sacerdotes eran los encargados de hacer el diagnóstico según leemos en Lev. 13:2-3: “Cuando el hombre tuviere en la piel de su cuerpo hinchazón, o erupción, o mancha blanca, y hubiere en la piel de su cuerpo como llaga de lepra, será traído a Aarón el sacerdote o a uno de sus hijos los sacerdotes. Y el sacerdote mirará la llaga en la piel del cuerpo; si el pelo en la llaga se ha vuelto blanco, y pareciere la llaga más profunda que la piel de la carne, llaga de lepra es; y el sacerdote le reconocerá, y le declarará inmundo.” Este es un síntoma de muchas enfermedades cutáneas, no necesariamente lepra, sin embargo la persona era declarada leprosa hasta que pudiese probar que la llaga había desaparecido, ya que no había otra manera de hacer un diagnóstico más preciso.
En el mundo antiguo, la lepra era la más terrible de todas las enfermedades. E. W. G. Masterman escribe: “Ninguna otra enfermedad reduce a un ser humano por tanto tiempo a una ruina repugnante”. Podía empezar con pequeños nódulos que se iban ulcerando. Las úlceras desarrollaban una supuración repulsiva; se les caían los párpados; los ojos se les quedaban como mirando fijamente; las cuerdas vocales se les ulceraban, y la voz se les ponía áspera, y la respiración sibilante. Las manos y los pies siempre se ulceraban. Poco a poco, el paciente se convertía en una masa de crecimientos ulcerosos. El proceso normal de esa clase de lepra dura nueve años y acaba en desequilibrio, coma, y al final, la muerte.
La lepra también podía empezar con la pérdida de la sensibilidad en alguna parte del cuerpo; afectaba los troncos nerviosos; los músculos se descomponían; los tendones se contraían hasta hacer que las manos parecieran garras. Seguía la ulceración de las manos y los pies. Luego llegaba la pérdida progresiva de los dedos de las manos y de los pies, hasta acabar por caérseles toda la mano o todo el pie. La duración de esa clase de lepra podía alcanzar entre veinte y treinta años. Es una clase terrible de muerte progresiva en la que la persona va muriendo poco a poco.
La condición física del leproso era terrible; pero había algo que la hacía todavía peor. El historiador judío Flavio Josefo nos dice que se trataba a los leprosos “como si fueran, en efecto, personas muertas”. Tan pronto como se diagnosticaba la lepra, se desterraba al leproso absoluta y totalmente de la sociedad humana. “Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo; estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada.” (Lev. 13:46). El leproso tenía que llevar ropas rasgadas, el pelo revuelto, con el labio inferior tapado y, cuando se topara con gente en el camino debía ir gritando: “¡Inmundo! ¡Inmundo!” (Lev. 13:45). Generalmente, los leprosos habitaban juntos en una comunidad hasta que se recuperasen (si no era realmente lepra o si ocurría algún milagro) o muriesen.
En Palestina en tiempos de Jesús, al leproso se le impedía la entrada en Jerusalén y en todos los pueblos vallados. La ley enumeraba sesenta y un contactos diferentes que podían contaminar, y la contaminación que implicaba el contacto con un leproso sólo era menos grave que la que se contraía por contacto con un cadáver. Con que un leproso metiera la cabeza en una casa, esa casa quedaba inmunda. Ni siquiera era permitido saludar a un leproso en un espacio abierto. Nadie se le podía acercar más de dos metros. Si soplaba el viento en el sentido del leproso hacia la persona sana, el leproso debía mantenerse por lo menos a unos cincuenta metros de distancia. Algunos rabinos no se comerían ni siquiera un huevo que se hubiera comprado en una calle por la que había pasado un leproso. Otros rabinos llegaban a presumir de tirarles piedras a los leprosos para que se mantuvieran lejos. Otros se escondían, o salían corriendo cuando veían un leproso a la distancia.
No ha habido nunca ninguna enfermedad que separara tanto a una persona de sus semejantes como la lepra. Quizás en tiempos modernos podemos compararla con el SIDA en este sentido. Muchos de nosotros dudaríamos antes de abrazar a una persona con SIDA o a un leproso. Así que podemos ver la condición desesperante en la que se encontraba este hombre, y el grave peligro al que se expuso al venir a postrarse a Jesús que estaba siendo seguido por una gran multitud.
Leamos juntos nuevamente el v.2a. ¿Por qué se arriesgaría este leproso a venir a postrarse ante Jesús sabiendo que podían apedrearlo? Lucas nos dice en su paralelo de esta historia que este hombre estaba “lleno de lepra” (Luc. 5:12). No sabemos cuánto tiempo llevaría padeciendo esta terrible enfermedad, pero considerando que estaba lleno de lepra, debían haber pasado muchos años. Ya no había esperanza alguna de que pudiese recuperarse, excepto por la fe que tenía en que Jesús podría hacerlo. ¿Cómo podemos saber que él tenía fe en Jesús?
Primero, vino a Jesús a pesar de los riesgos que esto implicaba. Como les dije antes, algunos rabinos eran capaces de lanzarles piedras a los leprosos para que no se acercasen a ellos. Jesús podía haber hecho esto, o la multitud, pues el leproso los estaba poniendo en riesgo a todos de ser declarados inmundos. Sin embargo, este leproso tuvo fe de que Jesús no haría ni permitiría algo así. Él veía a Jesús como algo más que un maestro.
Segundo, el leproso sabía que Jesús era alguien divino. El verbo griego que se traduce aquí como postró es proskyneo, que nunca se usa sino de la adoración a los dioses; siempre describe el sentimiento y la acción de una persona ante lo divino. En el NT, solo se usa para la adoración a Dios y al Cristo que ascendió al cielo. Así, la versión Reina-Valera Antigua traducía: “Y he aquí un leproso vino, y le adoraba”. Probablemente el leproso no podría haberle dicho nunca a nadie lo que pensaba que era Jesús; pero sabía que en presencia de Jesús estaba en la presencia de Dios. Esto también se puede notar en la forma en que lo llamaba en el v.2b: “Señor”. Aunque señor se puede usar como un título de respeto, en conjunción con la reverencia que hizo el leproso y su certeza del poder de Jesús para sanarle (que veremos a continuación), claramente vemos que el leproso está dirigiéndose a Jesús como los judíos se dirigían a Dios, como el Señor.
Tercero, la convicción del leproso del poder de Jesús. Leamos el v.2b. El leproso no dudaba de que Jesús tenía el poder para limpiarle. Él tenía una total convicción de que Jesús podía hacerlo. Lo único que hacía falta era la voluntad de Jesús para limpiarle. Y por eso le dice: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Dios quisiera que nosotros tuviésemos esa fe al acercarnos a Jesús. Que supiésemos como este leproso, que Dios tiene el poder de hacer cualquier cosa en nuestras vidas, aún algo imposible como sanar la lepra, una enfermedad incurable en esa época. Y que rogásemos con humildad como este leproso para que la voluntad de Dios sea hecha en nuestras vidas.
Veamos a continuación la respuesta de Jesús ante la fe y la humilde petición de este hombre leproso.
II.- Jesús le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio (3-4)
Leamos ahora juntos el v.3. Jesús extendió la mano y tocó al leproso. Ya hemos visto que los judíos evitaban el contacto con los leprosos, aún a la distancia. Y la Ley establecía que: “todo lo que el inmundo tocare, será inmundo; y la persona que lo tocare será inmunda” (Num. 19:22). Si un inmundo tocaba algo, o era tocado por alguien, eso que tocó o la persona que le haya tocado era inmunda. De hecho en el caso de la lepra, la inmundicia duraba por siete días para ver si desarrollaba alguna llaga. Jesús sabía esto. Entonces, ¿por qué lo tocó? ¿No podía simplemente sanarlo con sus palabras sin tocarlo?
Justamente de eso trata el pasaje bíblico inmediatamente posterior a este. Vemos en 8:5-13 que Jesús sanó a un paralítico a la distancia, solamente con sus palabras. Jesús pudo haber hecho lo mismo con el leproso. Pudo haber tomado una sana distancia y decirle: “Quiero; sé limpio”. Pero no lo hizo así. Él extendió su mano y le tocó. Intencionalmente movió su brazo para colocar su mano sobre el leproso. No fue un accidente. No le tropezó sin querer porque el leproso se puso en el camino de su mano. No. Él le tocó. ¿Por qué?
Quizás la clave está en la misma petición del leproso en el v.2b. Fíjense que el leproso no le pidió: “Señor, si quieres, puedes sanarme”, sino que le rogó: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Aunque ciertamente este hombre querría ser librado de su terrible enfermedad, lo que más quería era ser declarado limpio para volver a la vida en sociedad. Seguramente anhelaba regresar con su familia. Volver a adorar a Dios en el Templo. Al ser declarado inmundo por el sacerdote, no podía acercarse a su familia ni a Dios. Más que ser sanado, él anhelaba nuevamente ser limpio.
Seguramente a lo largo de esos años como leproso había experimentado el rechazo de la gente. Habría sido humillado y apedreado algunas veces. Tenía años sin saber lo que era la calidez de un abrazo. ¿Pueden imaginarse una vida así? Durante estos años de pandemia también estuvimos separados. Ya no podíamos darnos abrazos y besos fraternos. Pero la mayoría de nosotros al menos podía continuar con el contacto con sus familiares en casa. Imaginen que viviesen completamente solos y que no pudiesen abrazar ni hablar con nadie cara a cara durante muchos años. Eso puede afectar a una persona muy severamente a nivel emocional. De hecho, durante los años de la pandemia muchas personas se suicidaron por la soledad y la depresión. Seguramente así se sentiría este pobre hombre leproso.
Así que Jesús no le rechazó. No le tiró piedras como otros harían. Jesús extendió su mano y le tocó. Ese toque de Jesús significaría todo para este hombre leproso. Puedo imaginar cómo se sintió al recibir el toque de Jesús. Seguramente rompió en llanto. Más que sanarle físicamente, Jesús quería sanarle integralmente. Quería sanarle también emocionalmente. Este hombre tenía muchas heridas emocionales que seguramente marcarían sus relaciones con los demás de ahora en adelante. Jesús las sanó con su amoroso toque.
Leamos nuevamente el v.3. Jesús accedió a la petición humilde de este hombre. Le dijo: “Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.” El toque de Jesús y sus palabras erradicaron la lepra del cuerpo de este hombre y lo hicieron limpio nuevamente para acercarse a las personas y a Dios. Jesús pudo ver la fe, la humildad y la reverencia de este hombre leproso y concedió su petición. Si nosotros nos acercamos con fe, humildad y reverencia a Jesús, Él también concederá nuestras peticiones dentro del marco de Su voluntad.
La lepra es un símbolo del pecado. Jehová hace esta analogía por boca del profeta Isaías: “¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás. ¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.” (Isa 1:4-6). El pecado es la lepra del alma. Desfigura la imagen de Dios en nosotros. Nos hace inmundos, inhabilitándonos para acercarnos a Dios. Y afecta también nuestras relaciones con otras personas, haciéndonos que nos alejemos de ellas y aún nos lancemos piedras los unos a los otros. Y así como el leproso era un muerto en vida, el pecado también hace que estemos muertos espiritualmente.
Si vivimos en el pecado, somos como este leproso, somos inmundos y estamos destituidos de la gloria de Dios (Rom. 3:23). Necesitamos tomar su ejemplo y acudir a Jesús con toda urgencia confesando nuestros pecados y rogando por su misericordia para que nos perdone y nos limpie de toda nuestra maldad (1Jn. 1:9). Y pueden ver ahí en 1Jn que Él es fiel y justo y lo hará. Si nos acercamos a Él con fe, humildad y reverencia como el leproso, Él nos responderá de la misma manera que lo hizo con el leproso, extenderá su mano, nos tocará y nos dirá: “Quiero; sé limpio”.
Yo oro para que aquellos que todavía no han aceptado verdaderamente a Jesús como su Señor y Salvador, que no han edificado su casa sobre la roca de la Palabra de Dios como aprendimos la semana pasada, puedan darse cuenta de su inmundicia y puedan venir a Jesús urgentemente rogándole: “Señor, si quieres, puedes limpiarme.” Y que el Señor pueda limpiarles y darles una nueva vida apartada de la inmundicia del pecado. Amén.
Leamos ahora juntos el v.4. Jesús le mandó al leproso que no le dijera nada a nadie porque semejante publicidad estorbaría su ministerio de predicación, desviando la atención de la gente de su mensaje acerca del reino de los cielos a su actividad milagrosa. Marcos 1:45 registra que esto fue precisamente lo que sucedió. El hombre quedó tan maravillado por el milagro que desobedeció la orden y, como resultado de esto, mucha gente seguía a Jesús buscando un milagro y Él ya no podía entrar a las ciudades, teniendo que llevar su ministerio en lugares desiertos.
Jesús también le ordenó en el v.4b que fuese y se mostrase al sacerdote según lo había ordenado Moisés para que pudiese ser declarado oficialmente limpio ante los ojos del pueblo, presentando la ofrenda correspondiente como establece Lev.14. Esto como testimonio al pueblo para que él pudiese retomar su vida en sociedad.
En conclusión, el pecado es como la lepra que quita la imagen de Dios de nosotros, nos inhabilita para venir ante Su presencia y para relacionarnos los unos con los otros. Pero Jesús vino y murió en la cruz por nuestros pecados para limpiarnos y permitir que pudiésemos tener una relación con Dios y mejorar nuestras relaciones con el prójimo. Ven a Jesús, póstrate humildemente ante Él y pídele que te limpie y Él te limpiará de toda tu inmundicia y te dará una vida nueva y santa para glorificarle. Pero a diferencia de con el leproso, Él no quiere que nos quedemos callados, sino que vayamos y anunciemos a otros las maravillas que Él ha hecho en nuestras vidas para que ellos también puedan ser limpiados y Él pueda convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Su gloria. Jesús te dice hoy: “Quiero; Sé limpio”. Amén.
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