Mateo 7:15-20

7:15 Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.
7:16 Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?
7:17 Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos.
7:18 No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.
7:19 Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego.
7:20 Así que, por sus frutos los conoceréis.

POR SUS FRUTOS LOS CONOCERÉIS


Buenos días. Hoy aprenderemos la advertencia que Jesús les hizo a sus discípulos acerca de cómo deben relacionarse con los falsos profetas: “Guardaos de los falsos profetas” o como traduce la BLPH: “Tengan cuidado con los falsos profetas”. Debemos ser muy cautelosos en el trato con estos individuos, preferiblemente alejarnos de ellos y de sus enseñanzas. Pero, ¿cómo podemos saber quién son? Ya hemos aprendido en mensajes anteriores que debemos pedir sabiduría a Dios en este respecto, especialmente para identificar a los “perros” y “cerdos”, y a los “falsos profetas”. Sin embargo Jesús nos presenta en el v.16 la forma de reconocer a estos falsos profetas: “Por sus frutos”. Haciendo una alegoría con los árboles. 

Yo no soy muy bueno para reconocer árboles. Pero cuando veo el fruto del árbol es más fácil para mí reconocer qué tipo de árbol es. Si el árbol tiene mangos, puedo reconocer que es un mango. Si tiene manzanas, es un manzano. Si tiene café, es un cafeto. Pero Jesús no está dando clases de botánica aquí para aprender a distinguir las diferentes especies de árboles. Él está separando los árboles en dos grupos: los buenos y los malos. Y nos dice que podemos reconocer el tipo de árbol por el tipo de fruto que da. El árbol bueno no puede dar malos frutos, ni puede el árbol malo dar buenos frutos. No puedes recoger uvas en un espino, ni higos en los abrojos. Así, un falso profeta no da buenos frutos en su vida, no vive lo que predica, y no necesariamente predica lo que realmente la Biblia enseña. Y a veces se hace muy difícil distinguir una falsa enseñanza de la sana doctrina, pero por las palabras, actitudes y comportamiento del profeta podemos saber si es falso o verdadero.

Y aunque esta enseñanza de Jesús está enfocada en ayudarnos a reconocer los verdaderos profetas de los falsos, también nos llama a meditar en nuestra propia vida. ¿Somos verdaderos cristianos? La manera de reconocer un verdadero cristiano es la misma: “Por sus frutos los conoceréis”. El verdadero cristiano no puede vivir en pecado como un incrédulo. Yo oro para que a través de este mensaje podamos aprender a reconocer a los falsos profetas por sus frutos y que tengamos cuidado de no escuchar ni seguir sus enseñanzas. Igualmente que podamos reflexionar acerca de los frutos que estamos dando en nuestras vidas y ver si somos verdaderos cristianos o no, y nos arrepintamos para dar buenos frutos para nuestro Dios. Amén. 

I.- Guardaos de los falsos profetas (15)

Leamos juntos el v.15 por favor. Jesús advierte a sus discípulos acerca de los falsos profetas, gente que vendría con un falso mensaje de parte del Señor, enseñando falsas doctrinas y desviando a la gente del Camino del Señor. Estos profetas ya los encontramos en numerosas ocasiones en el Antiguo Testamento, y se les denuncia, por ejemplo, en Jer. 23:9-39 y Eze. 13:1-23. Ahora Jesús está diciendo aquí que estarían también en la iglesia y, de hecho, advierte en Mat. 24 que aumentarían, y que el período antes del fin estaría caracterizado no solo por la difusión mundial del evangelio sino también por la proliferación de falsos maestros que harán extraviarse a muchos. 

Leemos acerca de ellos casi en todas las cartas del Nuevo Testamento. Se los llama “falsos profetas”, como aquí, en 1Jn. 4:1, probablemente porque pretendían tener inspiración divina; “falsos apóstoles” en 2Co. 11:13 porque pretendían tener autoridad apostólica; “falsos maestros” en 2Pe. 2:1 porque enseñan herejías; y aun “falsos cristos” o “anticristos” en Mat. 24:24 y 1Jn. 2:18 porque tenían pretensiones mesiánicas o porque negaban que Jesús era el Cristo venido en carne. Pero cada uno de ellos es “falso” o “pseudo” que es la palabra griega que se usa para mentira. 

La historia de la iglesia cristiana ha sido una larga y sombría crónica de controversia con falsos maestros que han causado mucho daño a la doctrina y al pueblo de Dios. Pero, por la soberana providencia de Dios, estos falsos maestros han desafiado a la iglesia a examinar y definir la verdad, dando como resultado, por ejemplo, el Canon Bíblico, el Credo de la Iglesia o Credo Niceno, la doctrina de la Unión Hipostática de las Naturalezas de Cristo y la doctrina de la Trinidad, etc. Sin embargo, Jesús nos advierte aquí que nos cuidemos de ellos.

¿Por qué debemos cuidarnos de los falsos profetas? Leamos nuevamente el v.15b. Aprendemos de esta metáfora que los falsos profetas son tanto peligrosos como engañosos. Su peligro reside en que ellos en realidad son “lobos rapaces” que buscan beneficiarse del rebaño. En la época de Jesús el lobo era el enemigo natural de la oveja, que estaba completamente indefensa frente a él. De aquí que un buen pastor estaba siempre alerta para proteger sus ovejas de los lobos, mientras que el pastor asalariado (que, al no ser el propietario de las ovejas, no cuida de ellas) al ver a un lobo huiría, dejándolo que atacara y dispersara a las ovejas. 

Así, el rebaño de Cristo está expuesto a buenos pastores, a pastores asalariados y a lobos rapaces. El buen pastor alimenta al rebaño con la verdad de la Palabra de Dios; el falso maestro, como un lobo, lo divide enseñando mentiras para su propio beneficio; mientras que el asalariado, no hace nada para protegerlo sino, por el contrario, lo abandona a los falsos maestros. El apóstol Pablo entendió perfectamente esta enseñanza de Jesús y dijo a los ancianos de Éfeso: “yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos. Por tanto, velad” (Hch. 20:29-31). ¡Debemos estar atentos a los falsos maestros que se levantan enseñando falsas doctrinas para su propio beneficio y tener cuidado de que el rebaño de Dios no sea dispersado y devorado!

¿Cuán peligrosas son las enseñanzas de estos falsos profetas? Una de las características principales de los falsos profetas en el Antiguo Testamento es su optimismo amoral, su negación de que Jehová es el Dios de juicio como lo es de amor y misericordia. El profeta Jeremías denuncia que ellos “os alimentan con vanas esperanzas […] Dicen atrevidamente a los que me irritan: Jehová dijo: Paz tendréis; y a cualquiera que anda tras la obstinación de su corazón, dicen: No vendrá mal sobre vosotros.” (Jer. 23:16-17). Y también denuncia: “Y curaron la herida de la hija de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz.” (Jer. 8:11). Los falsos profetas daban un falso sentido de seguridad al pueblo de Dios, arrullándolos para que durmieran en sus pecados. Fracasaban en advertirles del juicio inminente de Dios o llamarles al arrepentimiento, según hacían los verdaderos profetas de Jehová.

Sin duda no es accidente que la advertencia de Jesús sobre los falsos profetas siga inmediatamente a su enseñanza sobre las dos puertas, los dos caminos, los dos grupos y los dos destinos que aprendimos la semana pasada. Porque los falsos profetas son hábiles para nublar o empañar el asunto de la salvación y la santidad. Algunos enturbian o distorsionan tanto el evangelio que hacen difícil encontrar la puerta estrecha para los que buscan. Otros tratan de argumentar que el camino angosto es en realidad mucho más amplio de lo que Jesús dio a entender, y que andar por él no requiere de tantas restricciones. Dicen que los tiempos y las culturas han cambiado; que el amor es amor y que el matrimonio no es algo necesario para la santidad y que la homosexualidad no es pecado, entre muchas otras cosas. 

Así que no es extraño que Jesús asemejara a tales falsos maestros con “lobos rapaces”, no tanto porque sean codiciosos de ganancias, prestigio o poder (aunque la mayoría lo son), sino porque son extremadamente peligrosos. Son responsables de conducir a algunas personas a la destrucción que dicen que no existe. Son más que peligrosos: son engañosos. Los “perros” y los “cerdos” del v.6 son fáciles de reconocer debido a sus sucios hábitos. No así los “lobos”, porque ellos se cuelan en el rebaño con el disfraz de ovejas. Como resultado, el incauto los confunde realmente con ovejas y les da la bienvenida sin recelo. Su verdadero carácter no se descubre hasta que es demasiado tarde y el daño ya ha sido hecho.

En otras palabras, un falso maestro no se anuncia y pregona a sí mismo como proveedor de mentiras, al contrario, simula ser maestro de la verdad. Bonhoeffer dice: “Disimula sus sombrías intenciones bajo un vestido de cristianismo, sabe que los cristianos forman un pueblo crédulo. Cuenta con no ser desenmascarado en su hábito inocente”. No solo finge piedad, sino que a menudo usa un lenguaje que parece bíblico para ganar la aceptación del crédulo, mientras quiere decir algo completamente diferente, algo que resulta destructivo de la misma verdad que pretende sostener. También se oculta tras la cubierta de títulos pomposos e impresionantes grados académicos, como apóstol, reverendo o doctor en filosofía o teología.

Así que, “Guardaos” advierte Jesús. Debemos estar en guardia, orar por discernimiento, usar nuestras facultades críticas y nunca flaquear en nuestra vigilancia. No debe deslumbrarnos el ropaje exterior de una persona: su carisma, erudición, doctorados y distinciones eclesiásticas. No debemos ser tan ingenuos para suponer que, porque tiene un doctorado en filosofía o uno en teología, o es profesor u obispo, tiene que ser un embajador de Cristo verdadero y ortodoxo. Tenemos que mirar la realidad bajo la apariencia. ¿Qué hay bajo el vellón: una oveja o un lobo?

Al hacer esta advertencia, Jesús estaba también anunciando que hay una norma objetiva de verdad a partir de la cual puede distinguirse a los falsos profetas. En los días bíblicos un verdadero profeta era aquel que enseñaba la verdad por inspiración divina, y el falso profeta era aquel que decía tener la misma inspiración divina pero en realidad propagaba mentira. Moisés le dio una norma al pueblo para reconocer a los falsos profetas en Deu. 18:22: “si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado; con presunción la habló el tal profeta; no tengas temor de él.”. Jeremías los puso en contraste en estos términos: los falsos profetas “os alimentan con vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová” (Jer. 23:16), mientras que el verdadero profeta “estuvo en el secreto de Jehová, y vio, y oyó su palabra” (Jer. 23:18), hace “oír mis palabras a mi pueblo, y lo habrían hecho volver de su mal camino, y de la maldad de sus obras.” (Jer. 23:22). Jesús por su parte nos dice: “Por sus frutos los conoceréis.” Veamos a continuación cómo podemos reconocer estos falsos profetas por sus frutos.

II.- Reconociendo al buen árbol y el mal árbol por sus frutos (16-20)

Leamos ahora juntos el v.16. Jesús nos da aquí la forma en la que podemos reconocer a estos peligrosos y engañosos falsos profetas. Cambia su metáfora de ovejas y lobos a árboles y su fruto, del vestido de oveja que un lobo puede llevar al fruto que un árbol puede dar. Parecer estar diciendo que, aunque podamos llegar a confundir a veces un lobo con una oveja, no cometeríamos el mismo error con un árbol. Ningún árbol puede ocultar por demasiado tiempo su identidad. Tarde o temprano se descubrirá por su fruto. Un lobo puede disfrazarse; un árbol no. Las malas hierbas como los espinos y los abrojos no pueden producir fruto comestible como uvas e higos. 

Entonces los frutos revelan el tipo de árbol. Leamos juntos ahora los vv. 17-20. No solo el carácter del fruto queda determinado por el árbol (una higuera da higos y una vid, uvas), sino también su condición (todo árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo da fruto malo). El Señor recalca que en verdad, un árbol bueno no puede dar fruto malo, y un árbol malo no puede dar fruto bueno (v.18). Y en el día del juicio se revelará la diferencia, pues los árboles que no dan fruto son cortados y quemados (v.19). Por tanto, la conclusión en la que Jesús hace hincapié dos veces es: por sus frutos los conoceréis (16, 20). ¿Cuáles son estos frutos?

El primer fruto por el cual los falsos profetas revelan su identidad es en su carácter y conducta. El apóstol Pablo más tarde denominó los frutos buenos como “el fruto del Espíritu” y a los malos frutos como “las obras de la carne”. Un árbol bueno, un verdadero profeta, e incluso un verdadero cristiano, mostrará en su carácter y conducta “el fruto del Espíritu” que es: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gál. 5:22-23). Siendo así, en cualquier momento que veamos en un maestro la mansedumbre y la humildad de Cristo, su amor, paciencia, bondad, benignidad y dominio propio, tendremos razones para creer que él es verdadero, no falso. Igualmente, cuando veamos a una persona mostrar un amor desinteresado a los demás, tener paciencia con los pecados de otros, siendo bondadoso y generoso, y teniendo dominio propio para no responder de la misma manera en que le tratan, ni caer en las tentaciones, podemos pensar que ese es un verdadero cristiano. Un buen árbol que está dando el buen fruto. 

Por otra parte, siempre que estas cualidades no se hallen presentes, y “las obras de la carne” se manifiesten en la vida de una persona, a saber: “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas” (Gál. 5:19-21), podemos concluir que estamos frente a un falso profeta o a un falso cristiano. Porque “No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.” (v.18). No importa cuán buena parezca la enseñanza o predicación de un maestro, o si mucha gente le sigue, o si tiene una iglesia enorme, si está viviendo en adulterio o en fornicación, si va tras el ídolo de las riquezas, la fama o el poder, si busca dividir la iglesia y enseña herejías, si se la pasa en borracheras, entonces definitivamente ese es un falso profeta. De la misma manera, si alguien dice ser cristiano pero anda en adulterio, vive en fornicación con su pareja sin casarse, tiene relaciones homosexuales o en anda en cualquier inmundicia sexual, si se la pasa peleando con otros, enemistado, con celos, iracundo, entonces esa persona no es verdaderamente cristiana, no ha nacido de nuevo, pues el apóstol Pablo finaliza esta lista de obras de la carne advirtiendo: “que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.” (Gál. 5:21).

Pero los frutos de un profeta no son solo su carácter y forma de vida. En verdad, los intérpretes “que los confinan a la vida, están, en mi opinión, equivocados” escribió Calvino. Un segundo fruto es la enseñanza que ofrecen. El apóstol Juan nos da un ejemplo de esto, porque las iglesias de Asia a las que él escribió habían sido invadidas por falsos maestros. Al igual que Jesús, él les advirtió que no se dejasen engañar, escribiéndoles: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios” (1Jn. 4:1-2). Les recomendó buscar justicia y amor en sus maestros y a rechazar como espurios al injusto y al carente de amor. Pero a estas pruebas morales añadió una prueba doctrinal. En sentido general, el mensaje de los maestros debía estar de acuerdo con la instrucción apostólica original y, en particular, debía confesar a Jesús como el Cristo venido en carne, reconociendo así su persona divina-humana.

Los reformadores del s.XVI, que fueron acusados por la Iglesia Católica Romana de ser innovadores y falsos maestros, se defendieron a sí mismos mediante esta prueba doctrinal. Apelaron a las Escrituras y mantuvieron que su enseñanza no era la introducción de algo nuevo sino la recuperación de algo viejo y válido, el evangelio original de Cristo y sus apóstoles. Eran más bien los católicos medievales los que se habían desviado de la verdad al error. Lutero clamó: “Asíos a la pura palabra de Dios, porque entonces seréis capaces de ‘reconocer al juez’ que está en lo correcto”. Calvino hizo el mismo énfasis: “Todas las doctrinas tienen que ser llevadas ante la Palabra de Dios que es la norma”. También fue un paso más allá al llamar la atención hacia los motivos de los falsos maestros además de la esencia de su enseñanza: “Bajo los frutos se incluye la manera de enseñanza… porque Cristo comprueba que fue enviado por Dios partiendo de esta consideración: que él no buscaba su propia gloria, sino la gloria del Padre que lo envió.”

Al examinar las credenciales de un maestro, entonces, tenemos que examinar su carácter y su mensaje. El obispo Ryle lo resumió bien: “La sana doctrina y la vida santa son las marcas de los verdaderos profetas”. Luego, creo que existe una tercera prueba que debemos aplicar a los maestros, y esta concierne a su influencia. Tenemos que preguntarnos qué efecto tiene su enseñanza en sus seguidores. Las falsas enseñanzas trastornan la fe de las personas, promueven la impiedad, la laxitud moral y causan amargas divisiones. La enseñanza sana, en contraste, produce fe, amor y piedad en la vida de los oyentes.

Por supuesto que la aplicación de la prueba del “fruto” no es sencilla ni fácil. Porque el fruto toma tiempo en crecer y madurar. Tenemos que esperarlo con paciencia. También necesitamos tener la oportunidad de examinarlo de cerca, porque no siempre es posible reconocer un árbol y su fruto a la distancia. En verdad, aun estando cerca pueden escapársenos al principio la verdadera naturaleza del árbol y de su fruto. Para aplicar esto a un maestro, lo que se necesita no es una valoración superficial de su posición en la iglesia o de su enseñanza, sino un escrutinio íntimo y crítico de su carácter, conducta, mensaje, motivos e influencia.

Esta advertencia de Jesús no es un estímulo a volvernos suspicaces de cualquiera o a tomar como un pasatiempo el deshonroso deporte conocido como “cacería de herejes”. Más bien es el recordatorio solemne de que existen falsos maestros en la iglesia y que debemos mantenernos en guardia. La verdad importa. Porque es la verdad de Dios y edifica a la iglesia de Dios, en tanto que el error es diabólico y destructivo. Si nos preocupa la verdad de Dios y la iglesia de Dios, tendremos que tomar en serio la advertencia de Cristo. Él y sus apóstoles colocan la responsabilidad de la pureza doctrinal de la iglesia en parte sobre los hombros de los líderes cristianos, los pastores, pero también y en especial sobre cada congregación. La iglesia cristiana tiene más poder de lo que a menudo se da cuenta o usa para decidir a qué maestros va a escuchar. El “guardaos de los falsos profetas” de Jesucristo se dirige a todos nosotros. Si la iglesia hubiera atendido su advertencia y aplicado sus pruebas, no se hallaría en el peligroso estado de confusión teológica y moral en que se encuentra hoy.

Con este párrafo, Jesús concluye su bosquejo de las relaciones del cristianismo. Cuando miramos hacia atrás y las unimos, vemos cuán ricas y variadas son. Como hermano, el cristiano aborrece la hipocresía, se critica él mismo y procura dar apoyo constructivo moral a otros. Como evangelista aprecia la perla del evangelio en forma tan elevada que se niega a exponerla al rechazo desdeñoso de pecadores endurecidos. Como alguien que ama a su prójimo, está decidido a conducirse hacia ellos como le gustaría que ellos se condujeran hacia él. Como hijo, espera humilde y confiadamente que su Padre Celestial le dé todas las buenas dádivas que necesita. Como peregrino en el camino angosto y difícil disfruta de la comunión con sus compañeros de peregrinaje y mantiene sus ojos en la meta de la vida. Como campeón de la verdad revelada de Dios, atiende la advertencia de Cristo y se mantiene alerta por los falsos maestros que la podrían pervertir y así dispersar el rebaño de Cristo.

Yo oro para que cada uno de nosotros esté en guardia contra los falsos maestros. Que cuidemos lo que vemos y escuchamos en internet, especialmente en las redes sociales, porque es allí donde encontramos más lobos rapaces disfrazados de ovejas, dispersando y devorando al rebaño de Cristo para ganancia personal. Y que nosotros mismos examinemos los frutos que estamos dando, si realmente somos buenos árboles o malos árboles, si estamos dando el fruto del Espíritu o vivimos en las obras de la carne. Y si en su examen sincero usted halla que anda en las obras de la carne, arrepiéntase y dé los frutos dignos de arrepentimiento, dejando de vivir en ese pecado y yendo en el camino opuesto, que es la santidad. De esta manera Panamá se llegará a convertir en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para Dios. Amén.

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