Mateo 7:12-14
7:12 Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.7:13 Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella;
7:14 porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.
ENTRAD POR LA PUERTA ESTRECHA
Buenos días. Hoy aprenderemos las enseñanzas de Jesús acerca de cómo relacionarnos con toda la humanidad (v.12) y con nuestros compañeros peregrinos (vv.13-14). Estas son dos enseñanzas famosísimas de Jesús. En el v.12 se nos presenta la regla general para tratar a todas las personas, conocida como la regla de oro: “todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos”. Y en los vv. 13-14 se nos presenta la forma en la que debemos comportarnos con aquellos que caminan junto con nosotros en el camino de Dios. Aquí veremos que siempre tenemos dos alternativas delante de nosotros, la puerta estrecha que conduce al camino angosto, o la puerta ancha que lleva al camino espacioso.
Yo oro para que a través de este mensaje podamos aprender a tratar a todas las personas con amor y compasión como lo hacemos con nosotros mismos, y que el Señor nos ayude a entrar siempre por la puerta estrecha del arrepentimiento y caminar por el camino angosto de negarnos a nosotros mismos y tomar nuestra cruz, siguiendo a Jesús, para vivir como verdaderos discípulos suyos en este mundo. Amén.
I.- La regla de oro (12)
Leamos juntos el v.12 por favor. Esta es probablemente la enseñanza más famosa de Jesús. Con este mandamiento el Sermón del Monte llega a su clímax, así que se puede considerar el versículo clave de todo el Sermón del Monte. Todas las enseñanzas que hemos aprendido hasta ahora se resumen en esta máxima de Jesús: “todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos”. Es la cima más alta de la ética social, y el Everest de toda la enseñanza ética.
Podemos encontrar paralelos de esta máxima de Jesús en diversas enseñanzas y filosofías, pero casi siempre en forma negativa. A Confucio, por ejemplo, se le acredita haber dicho: “No hagas a otros lo que no quieras que te hagan”; y seguramente habrán escuchado ustedes también este mismo refrán popular. Además se dice que alrededor del año 20 a.C., cuando un prosélito le preguntó al famoso rabí Hillel si podría enseñársele toda la ley mientras se mantenía en pie sobre una sola pierna, éste levantó la pierna y le dijo: “Lo que no quieras que te hagan a ti, no se lo hagas a los demás. Esta es toda la ley; todo lo demás es solo el comentario”.
En su forma negativa, ésta regla es, de hecho, la base de toda enseñanza ética, pero nadie más que Jesús la puso nunca en su forma positiva. Y aunque quizás no lo parezca, hay una diferencia enorme entre la máxima negativa que generalmente se enseña y la iniciativa positiva contenida en la instrucción de Jesús. Cuando esta regla se pone en su forma negativa, cuando se nos dice que debemos abstenernos de hacer a los demás lo que no querríamos que nos hicieran a nosotros, ésta no es una regla esencialmente religiosa. Es sencillamente una formulación de sentido común sin la cual no sería posible ningún trato social en absoluto. Sir Thomas Browne dijo una vez: “Siempre que nos encontramos con una persona, esperamos que no nos mate”. En cierto sentido, eso es cierto; pero, si no pudiéramos dar por sentado que la conducta de otras personas hacia nosotros se ajustaría a los estándares aceptados de la vida civilizada, entonces la vida resultaría insoportable. La forma negativa de la Regla de Oro no es ningún extra en ningún sentido; es algo sin lo cual la vida en sociedad no podría continuar.
Pero, cuando se formula esta Regla en sentido positivo, cuando se nos dice que debemos actuar activamente con los demás como querríamos que ellos actuaran con nosotros, entra un nuevo principio en la vida y una nueva actitud hacia nuestros semejantes. Una cosa es decir: “No debo hacer daño a nadie; no debo hacerles lo que no me gustaría que me hicieran”. Eso, la ley civil y penal nos podría obligar a cumplirlo. Pero es totalmente distinto decir: “Debo dejar lo que esté haciendo para ayudar a otras personas y ser amable con ellos, como me gustaría que ellos hicieran y fueran conmigo”. Eso, sólo el amor nos puede obligar a hacerlo. La actitud que dice “No debo hacerle daño a nadie” es algo totalmente distinto de la actitud que dice “Debo procurar por todos los medios ayudar a la gente”.
Para poner un ejemplo muy sencillo: Si tenemos un carro, la ley nos obliga a conducirlo de tal manera que no sea un peligro para los demás; pero no nos puede obligar a llevar a un peatón cansado. Es bien simple abstenerse de hacer daño a otros; no es tan difícil respetar sus principios y sus sentimientos, y es mucho más difícil tener por norma voluntaria y constante el dejar lo nuestro para ser tan amables con los demás como querríamos que ellos lo fueran con nosotros.
La forma en la que Jesús enseña la Regla de Oro nos trae a la memoria el segundo gran mandamiento que Él mismo enunció: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mat. 22:39). Es una forma elevada de amor porque el amor a uno mismo es una fuerza poderosa. El erudito bíblico Alfred Edersheim llamó a este amor al prójimo “el enfoque más cercano al amor absoluto del cual es capaz la naturaleza humana”. También es un principio ético extraordinariamente flexible. Generalmente, buscamos el beneficio personal en nuestras relaciones, porque nos amamos nosotros mismos; pero Jesús nos está enseñando aquí que debemos buscar el beneficio de los demás como procuramos el propio. Lo que deberíamos hacer es usar nuestra imaginación, ponernos en el lugar de la otra persona, y preguntarnos: ¿cómo me gustaría que me trataran en esta situación? Como escribió el obispo Ryle: “Resuelve cientos de asuntos difíciles… Evita la necesidad de expedir reglas sin fin que rijan nuestra conducta en casos específicos”. En verdad, es un principio de tan extensa aplicación que Jesús pudo añadir en el v.12b: “porque esto es la ley y los profetas.” Es decir, cualquiera que se comporte con los demás de acuerdo a cómo le gustaría que se comportaran con él, ha cumplido la ley y los profetas, por lo menos en lo referente al amor al prójimo.
Es perfectamente posible para un hombre del mundo el observar la forma negativa de la Regla de Oro. Podría disciplinar su vida sin grandes dificultades para no hacer a los demás lo que no querría que le hicieran ellos; pero solamente la persona que tiene el amor de Cristo en el corazón puede tan siquiera empezar a observar la forma positiva de la Regla. Tratará de perdonar, como quisiera que la perdonaran a ella; de ayudar, como querría que la ayudaran; de comprender, como querría que la comprendieran. Nunca evitará el hacer lo que sea para ayudar a su prójimo. Está claro que esto le complicará mucho la vida. Tendrá menos tiempo para hacer lo que le gusta y sus propias actividades, porque una y otra vez tendrá que dejar lo que esté haciendo para ayudar a otra persona. Este será el principio que domine su vida en casa, en el trabajo, en el autobús, en el mercado, en la calle, en el tren, en todas partes. No podrá hacerlo perfectamente hasta que se le seque y se le muera el ego dentro del corazón. Para obedecer este mandamiento uno tiene que llegar a ser una nueva criatura, con un nuevo centro en su vida; y si todos en el mundo trataran de obedecer esta Regla, sería un mundo completamente diferente.
La contracultura cristiana no es simplemente un sistema de valores y un estilo de vida individual, sino un asunto comunitario. Incluye las relaciones. Y la comunidad cristiana es en esencia una familia, la familia de Dios. Probablemente los dos elementos más resaltantes en nuestra conciencia cristiana son el reconocimiento de Dios como nuestro Padre y de nuestros compañeros cristianos como hermanos y hermanas en Cristo, aunque al mismo tiempo no podemos olvidar nunca nuestra responsabilidad hacia aquellos que están fuera de la familia, a quienes ansiamos ver incluidos en ella. Así pues, la regla de oro nos llama a transformar nuestras actitudes y acciones hacia todos. Si con actitud sensible nos ponemos en el lugar de la otra persona, y deseamos para ella lo que desearíamos para nosotros mismos, nunca seremos avaros, sino siempre generosos; nunca ásperos; siempre comprensivos; nunca crueles, siempre bondadosos. ¡Tratemos, pues, a los demás de la forma en la que nos gustaría ser tratados, con amor, comprensión y bondad!
II.- Las dos puertas y los dos caminos (13-14)
Leamos juntos los vv. 13-14. Varios comentaristas sugieren que el cuerpo principal del Sermón de Monte de Jesús ya ha concluido, y que a partir del v.13 comienza la aplicación o conclusión, aunque yo diría que la conclusión comienza en el v.12. Sin embargo, es cierto que a partir del v.13 Jesús hace un mayor énfasis que antes en la necesidad de elegir. Durante todo el Sermón Jesús ha hecho un contraste entre dos clases de: justicia (la farisaica y la cristiana), devoción (la hipócrita y vana, y la secreta y sincera), tesoros (terrenales y celestiales), señores (las riquezas y Dios), y ambiciones (materiales y el reino de Dios y su justicia); ahora ha llegado el momento de la decisión. ¿Será el reino de Satanás o el reino de Dios? ¿La cultura del mundo o la contracultura cristiana? Jesús continúa con la presentación de la alternativa cuando describe las dos puertas y los dos caminos.
Jesús enseña que la puerta que conduce al camino espacioso es ancha, porque es una cuestión simple entrar a la senda fácil. Evidentemente no hay límite para el equipaje que podemos llevar con nosotros. No necesitamos dejar nada detrás, ni siquiera nuestros pecados, nuestro orgullo o nuestra propia justicia. Hay mucho espacio para diversidad de opiniones y una moral laxa. Esta puerta conduce a la senda de la tolerancia y de la ausencia de restricciones. No tiene frenos, ni límite de pensamiento o conducta. Los viajeros de este camino siguen los deseos de su corazón pecaminoso. La superficialidad, el amor a uno mismo, la hipocresía, la religión mecánica, la falsa ambición, no tienen que aprenderse o cultivarse. No se requiere de ningún esfuerzo para practicarlas. Por el contrario, se necesitaría esfuerzo para resistirlas.
En cambio, la puerta que conduce al camino angosto es estrecha. Para entrar por ella tenemos que dejar todo detrás: el pecado, la ambición egoísta, la codicia, aun la familia y los amigos si es necesario. Porque ninguno puede seguir a Cristo si no se ha negado primero a sí mismo. Y esta puerta conduce a un camino angosto y difícil. Sus límites están marcados claramente. Su estrechez se debe a algo llamado “revelación divina”, que restringe a los peregrinos a los confines de lo que Dios ha revelado en las Escrituras como bueno y verdadero. La verdad revelada, la Palabra de Dios, impone limitaciones a aquello que los cristianos pueden creer. Y en un sentido esto es difícil. Pero vale la pena considerando el destino de cada puerta y camino.
El camino espacioso, al que se entra por la puerta ancha, lleva a la perdición. Jesús no define lo que quiso decir con esto, pero podemos entender la perdición en esta vida y en la eternidad. En esta vida, se vive sin propósito y, generalmente, vidas disolutas que conducen a la autodestrucción. Y en la eternidad se refiere al infierno, el castigo eterno que sufrirán todos aquellos que no han aceptado a Jesús como su Señor y Salvador. Aunque no sabemos con exactitud cómo será este castigo eterno, lo que sí sabemos es que estaremos separados de Dios eternamente, y esto es un panorama demasiado horrible para contemplarlo sin lágrimas. El camino espacioso, aunque cómodo, es una senda suicida.
En contraste, el camino angosto, al que se entra por la puerta estrecha, lleva a la vida, para ser exactos a la vida eterna que Jesús explicó en términos de comunión con Dios, que comienza aquí pero se perfecciona en el más allá, en la que vemos y compartimos su gloria, y hallamos perfecta realización como seres humanos en el servicio desinteresado a Él y a nuestro prójimo.
Fíjense que en la enseñanza de Jesús hay dos grupos de personas. Los que entran por la puerta ancha y transitan el camino espacioso que lleva a la perdición son muchos. El camino espacioso y fácil es una vía pública concurrida, atestada de viajeros de toda clase. El camino angosto y difícil que lleva a la vida parece desierto en comparación: son pocos los que la encuentran. Jesús parece haber previsto que sus seguidores serían (o por lo menos parecerían ser y ellos mismos sentirían ser) un movimiento minoritario y despreciado. Vio multitudes en el camino espacioso, risueñas y despreocupadas, que aparentemente no pensaban en el espantoso fin al que se dirigían, mientras por la senda angosta había solo un alegre grupo de peregrinos, tomados de la mano, que le dan la espalda al pecado y dirigidos los rostros hacia la ciudad celestial, cantando cánticos de esperanza, en marcha hacia la tierra prometida.
Leamos nuevamente el v.13a. Jesús comienza esta enseñanza ordenando: “Entrad por la puerta estrecha”. Debemos elegir si vamos a entrar por la puerta estrecha o por la ancha. En cualquier instante de la vida, nos enfrentamos con alternativas, y no podemos nunca evitar el tener que elegir, porque no podemos quedarnos parados. O entramos por la puerta estrecha que conduce al camino angosto, o entramos por la puerta ancha que conduce al camino espacioso. La puerta estrecha representa la decisión que nos lleva al camino angosto de la justicia cristiana, la devoción sincera y secreta, el servicio a Dios, la búsqueda de los tesoros celestiales y la ambición por el reino de Dios y su justicia. En contraste, la puerta ancha es la decisión que nos lleva al camino espacioso de la justicia farisaica, la devoción hipócrita y vana, el servicio a las riquezas, la búsqueda de los tesoros terrenales, el servicio a las riquezas y la ambición por las cosas materiales de este mundo. La decisión que nos lleva a entrar por la puerta estrecha es el arrepentimiento. Tenemos que arrepentirnos de nuestra vida egoísta que nos lleva a ponernos a nosotros mismo por encima de los demás y hacer lo que no es cómodo para nosotros, esta es la puerta estrecha.
Cuando sentimos que un hermano nos ha defraudado de cualquier manera, la puerta ancha y cómoda es la falta de perdón que nos lleva por el camino espacioso de la amargura, el rencor, la indiferencia, el orgullo, la falta de amor. Pero la puerta estrecha, incómoda, sacrificial, es el perdón que nos conduce al camino angosto del amor y del servicio a ese hermano. ¿Cuál es la puerta que la gente generalmente cruza? La puerta ancha y cómoda que no los obliga a sacrificarse ni a cambiar. Esta es la alternativa que Jesús nos presenta en este pasaje bíblico. Hay un camino espacioso y fácil, y son muchos los que lo siguen; pero acaba en desgracia. Hay otro camino, estrecho y difícil, y son pocos los que lo recorren, pero su destino es la vida.
En conclusión, según Jesús existen solo dos caminos: el espacioso y el angosto (no hay camino intermedio); y se entra a ellos por dos puertas, la ancha y la estrecha (no hay otra puerta); son transitados por dos grupos, el grande y el pequeño (no hay un grupo neutral); y conducen a dos destinos, perdición y vida (no hay una tercera opción). Esta explicación está hoy fuera de moda. A la gente no le gusta comprometerse. El sendero más popular es la vía media que no existe. Desviarse del camino intermedio imaginario de algunos cristianos es arriesgarse a ser tachado de extremista o de fanático. Todos se resisten a enfrentarse con la necesidad de elección. Pero Jesús no nos permite escapar de ella. Y al buscar el camino intermedio, el camino de la tolerancia y el no compromiso, ya han decidido entrar por la puerta ancha y andar por el camino espacioso que conduce a la perdición.
Yo oro para que cada uno de nosotros tome la decisión hoy de entrar por la puerta estrecha, de dejar atrás todo su equipaje de pecado, orgullo y propio pensamiento, negándose a sí mismo y sacrificando lo que tenga que sacrificar para andar por el camino angosto de la voluntad de Dios. Que nos arrepintamos de nuestra forma pecaminosa de relacionarnos con el prójimo y, sobre todo, con el hermano, y que nos tratemos con amor y compasión los unos a los otros como nos gustaría ser tratados cuando fallamos. Y que el Señor en su misericordia nos ayude cada día, en cada decisión, a entrar por la puerta estrecha que nos permitirá convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa y alcanzar la vida eterna en el reino de Dios. Amén.
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