Mateo 6:7-15
6:7 Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.6:8 No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.
6:9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
6:10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
6:11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
6:12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
6:13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.
6:14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial;
6:15 mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
USTEDES ORARÁN ASÍ
Buenos días. Hoy profundizaremos en el pasaje bíblico que saltamos la semana pasada para hablar con más detalle acerca de la oración. En el pasaje bíblico anterior aprendimos acerca de la hipocresía en la oración. Los fariseos y escribas amaban orar en público para que la gente los viera y escuchara orar y les reconocieran como personas piadosas. Jesús condenó esa hipocresía y les manda a sus discípulos: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.” (v.6). Ahí aprendimos que Jesús no está condenando la oración pública, sino que nos manda a mantener una comunión íntima y personal con Dios, no solamente una relación pública con Él para que la gente crea que somos piadosos. El énfasis de Jesús en la oración secreta es purificar nuestras motivaciones al orar. Debemos orar para tener una relación personal con Dios y una comunión con Él, no para que la gente nos vea y nos alabe. Que Dios nos ayude a llevar una vida de oración profunda delante de Él y que esa comunión íntima con Él se manifieste en nuestra forma de pensar, hablar y actuar en público y lleve a la gente a glorificar a Dios por nuestras vidas. Amén.
La hipocresía no es el único pecado que debemos evitar en la oración; también debe evitarse la “palabrería”, una expresión mecánica y sin significado. La hipocresía es el pecado del fariseo, la palabrería, el del gentil (v.7). La hipocresía es un mal uso del propósito de la oración, desviándola de la gloria de Dios a la gloria de uno mismo; la palabrería es un mal uso de la naturaleza de la oración, degradándola de un acercamiento real y personal a Dios a una mera recitación de palabras.
En este pasaje bíblico, Jesús pinta nuevamente un contraste vívido entre dos opciones, para indicar su camino. Respecto a la práctica de la piedad, puso en contraste el camino del fariseo (ostentoso y egoísta) con el camino del cristiano (secreto y fervoroso). Ahora con respecto a la práctica de la oración en particular, contrasta el camino gentil de la palabrería sin significado con el camino cristiano de comunión con Dios. Así, Jesús está siempre llamando a sus seguidores a ser mejores que los que los rodean, sean gente religiosa o no. Hace hincapié en que la justicia cristiana es mayor (porque es la justicia de Cristo), el amor cristiano más amplio (pues incluye a los enemigos) y la oración cristiana más profunda (porque es sincera y reflexiva).
Yo oro para que a través de este mensaje podamos aprender el modelo que Jesús nos dio para nuestras oraciones privadas y que podamos profundizar nuestra comunión con Dios por medio de tener una oración más reflexiva y sincera. Que a través de la práctica constante de la oración secreta nosotros podamos crecer en nuestra relación con Dios y que nuestra justicia y amor puedan glorificar al Señor cada día de nuestras vidas. Amén.
I.- Orando, no uséis vanas repeticiones (7-8)
Leamos juntos el v.7 por favor. Jesús prohíbe a sus discípulos el uso de “vanas repeticiones”. El verbo griego que se usa aquí es battalogeō y es único, no solo en la literatura bíblica sino en cualquiera; no se conoce ningún otro uso de esa palabra fuera de las citas de este versículo. De modo que nadie sabe tampoco con seguridad de dónde se deriva y cuál es su significado. Algunos, como Erasmo de Róterdam, suponen que la palabra se deriva de Bato, un rey de Cirene, de quien se dice que tartamudeaba; otros creen que se deriva de Bato, un autor de poemas tediosos y llenos de palabrería. Pero esta explicación resulta algo forzada. La mayoría considera el término como una expresión onomatopéyica, donde el sonido de la palabra indica su significado. Así battarizō significaba balbucear o tartamudear; y a cualquier extranjero cuya habla sonara a los oídos griegos como la repetición interminable de la sílaba ‘bar’ se lo llamó barbaros, “bárbaro” en nuestro idioma. Battalogeō es tal vez similar. William Tyndale fue el primer traductor que eligió en el inglés la expresión babble (que se traduce como parlotear, barbotear), por su efecto onomatopéyico. La BLPH traduce: “no se pongan a repetir palabras y palabras”, y la NTV: “no parlotees de manera interminable”, pero ninguna versión castellana recoge la onomatopeya que sería algo como así: “Y orando, no estén diciendo bla-bla-bla”.
La traducción de la RVR60 “no uséis vanas repeticiones”, puede resultar confusa, a menos que quede claro que el énfasis está en “vanas” más que en “repeticiones”. Jesús no puede estar prohibiendo toda repetición, porque él mismo repitió al orar, por ejemplo en Getsemaní donde oraba: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.” (Mat. 26:39) y luego oró de forma muy similar en el 26:42, y finalmente “oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras.” (26:44). La perseverancia y hasta la importunidad en oración, también las recomienda, como en Luc. 11:5-8 y 18:1-8; más bien condena la palabrería o verborragia, de manera especial en aquellos que hablan sin pensar. Así que la traducción de la NVI: “no hablen solo por hablar” parece mejor. Battalogeō describe a todas y cada una de las oraciones que son meras palabras sin significado, oraciones de labios y no de mente y corazón. Battalogia se explica en el mismo v.7b como polulogia, palabrería, es decir, un río de palabras mecánicas e irreflexivas.
¿Cómo aplicaremos hoy la prohibición de nuestro Señor? Seguramente podemos aplicarla a los rezos o retahílas, a la repetición irreflexiva de oraciones memorizadas o de fórmulas de oración que tenemos como muletillas. Un ejemplo actual sería el rezo del rosario en la iglesia católica, en el que nada sucede excepto el recorrer las cuentas y recitar palabras, muchas veces sin modular siquiera, y en el que el rosario distrae en lugar de hacer que la mente se concentre. ¿Se aplica esto también a las formas litúrgicas de adoración? ¿Son los protestantes culpables de battalogia? Sí, sin duda algunos lo son, porque el uso de fórmulas preestablecidas permite que uno se acerque a Dios con los labios aunque el corazón permanezca lejos de Él. Es igualmente posible usar frases huecas en la oración improvisada y caer en la jerga religiosa mientras la mente divaga. Para resumir, lo que Jesús prohíbe a su pueblo es cualquier clase de oración que se hace con los labios cuando la mente no está comprometida.
Leamos nuevamente el v.7b. La Traducción Al Lenguaje Actual traduce: “Ellos creen que, porque hablan mucho, Dios les va a hacer más caso.” Y la NTV: “Piensan que sus oraciones recibirán respuesta solo por repetir las mismas palabras una y otra vez.” ¡Qué idea tan absurda! ¿Qué tipo de Dios es aquel que se impresiona principalmente por la mecánica y la estadística de la oración, y cuya respuesta está determinada por el volumen de las palabras que usamos y el número de horas que pasamos en oración?
Muchas veces les he animado a pasar por lo menos una hora en oración cada día, pero no es porque Dios esté midiendo cuánto tiempo pasan en oración y cuántas palabras dicen, sino porque cuanto más tiempo pasemos en oración, tanto más conversaremos con Él y tendremos comunión con Él. Así como para establecer una relación más cercana con una persona, necesitas pasar mucho tiempo con ella y conversar mucho con ella para conocerla, de la misma forma pasa con Dios. Pero cuando ustedes están conociendo a alguien no van a ametrallarla con palabras, mucho menos con repeticiones una y otra vez de lo mismo, sino que van contando y escuchando diferentes episodios de la vida de la persona y opiniones de diversos temas que le permiten conocer quién es y cómo piensa. Eso es lo que necesitamos hacer con Dios. Tener largas conversaciones con Él donde le expresemos lo que hay en nuestro corazón y tengamos tiempo para escuchar algo de Dios a través de lo que nos dice en la Biblia. Así la oración no es solo repetir rezos, sino conversar con Dios. Pero tampoco es un tiempo para hablar solo nosotros, sino también para meditar. Y también podríamos cantar y leer la Biblia, para dejar que Dios también nos hable a nosotros.
Leamos ahora juntos el v.8. No nos hagamos semejantes a ellos. Típicamente, las oraciones paganas además de repetir muchas veces el nombre de la deidad y sus títulos, solían repetir a los dioses los favores que uno había hecho o los sacrificios ofrecidos, intentando persuadirles para obtener una respuesta sobre una base contractual. Pero los cristianos no nos relacionamos con Dios de esta manera. No necesitamos persuadir a Dios para que responda a nuestras oraciones sobre la base de lo que hemos hecho por Él. Al contrario, nuestro Padre sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. No es ignorante, para que necesitemos instruirlo, ni vacilante, para que necesitemos persuadirlo. Es nuestro Padre: un Padre que ama a sus hijos y conoce todas sus necesidades.
Entonces, alguno podría preguntar, ¿para qué orar si ya Dios sabe de qué tenemos necesidad antes de que le pidamos? Dejemos que Calvino responda a esta pregunta:
“Los creyentes no oran con la perspectiva de informar a Dios de cosas que le son desconocidas, o de entusiasmarlo para que cumpla con su deber, o de insistirle como si él estuviera renuente. Por el contrario, oran para que ellos mismos sean movidos a buscarlo, para que puedan ejercitar su fe al meditar en sus promesas, para que sean aliviados de sus ansiedades al entregárselas al Padre; en una palabra, para que puedan declarar lo que solo de él esperan y creen, para sí mismos y para los demás, es decir, todas las cosas buenas”.
Habiéndonos enseñado, entonces, la forma en la que no debemos orar, ahora Jesús va a enseñarnos la forma en la que deberíamos hacerlo.
II.- El Padre Nuestro (9-15)
Leamos ahora juntos el v.9. “Vosotros, pues, oraréis así” no significa que Jesús está mandando a sus discípulos a repetir la oración que les va a enseñar a continuación, pues justamente acaba de condenar las vanas repeticiones; sino que les está diciendo que les da un modelo para su oración. Esto tampoco quiere decir que todas nuestras oraciones deben seguir esta misma estructura para que puedan ser escuchadas por Dios. Existen diferentes tipos de oraciones en cuanto a su propósito como nos enseña el apóstol Pablo en 1Ti. 2:1: “rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias”. Este modelo es para las “oraciones”, también llamadas oraciones integrales, es decir, la oración personal que integra en sí misma todos los tipos de oración: adoración, acción de gracias, petición e intercesión”. Es la oración secreta de comunión diaria que deberíamos tener.
Jesús nos dio la llamada “Oración del Señor” o “Padre Nuestro” como un modelo de la oración cristiana genuina. La diferencia esencial entre las oraciones farisaica, pagana y cristiana reside en la clase de Dios a quien oramos. Otros dioses pueden gustar de encantamientos mecánicos, no así el Dios viviente y verdadero, revelado por medio de Jesucristo. Jesús nos dijo que nos dirigiéramos a Él como “Padre nuestro que estás en los cielos”. Esto implica, primero, que es un Dios personal. Una fuerza o energía no puede ser Padre nuestro. Segundo, es una persona que ama. No es un ogro que nos aterroriza con crueldad, ni es ese tipo de padre autoritario, mujeriego, borrachín, sino que Él mismo cumple el ideal de paternidad con su cuidado amoroso hacia sus hijos. Tercero, es poderoso. No es solo bueno sino grande. Las palabras “en los cielos” hablan más de Su autoridad y poder en Su dominio, como Creador y regidor de todo, que del lugar donde habita. Así, nuestro Dios combina amor paternal con poder celestial, y Su poder es capaz de llevar a cabo lo que ordena Su amor.
Al decirnos que nos dirijamos a Dios como “Padre nuestro que estás en los cielos”, el interés de Jesús no es el protocolo (enseñarnos la etiqueta correcta para acercarnos a Dios) sino la verdad (que podamos llegar a Él sabiendo Quién es). Antes de orar, siempre es sabio que pasemos deliberadamente un tiempo recordando quién es nuestro Dios. Solo entonces llegaremos a nuestro amante Padre que está en los cielos con la humildad, la devoción y la confianza apropiadas. Más aun, cuando hemos tomado tiempo para recordar Quién es Él, nuestro Padre poderoso, amante y personal, entonces el contenido de nuestras oraciones será afectado radicalmente en dos sentidos. Primero, daremos prioridad a los intereses de Dios (“tu nombre…, tu reino…, tu voluntad…”). Segundo, y definitivamente en segundo plano, nuestras necesidades personales serán completamente confiadas a Él (“Danos…, perdónanos…, líbranos…”). Podemos darnos cuenta, entonces, que la oración del Señor está interesada primero en la gloria de Dios y luego en las necesidades del ser humano.
Las primeras tres peticiones en la oración del Señor expresan nuestro interés por la gloria de Dios en relación con su nombre, dominio y voluntad. Si Él es en realidad el “Padre nuestro que estás en los cielos”, el Dios personal de amor y poder plenamente revelado por medio de Jesucristo, Creador de todo, que cuida de sus criaturas y de los hijos que ha redimido, entonces y solo entonces llega a ser esencial para nosotros dar prioridad a Sus intereses y preocuparnos por Su nombre, Su reino y Su voluntad. Veamos cada una de estas peticiones a continuación.
Primero, santificado sea tu nombre. Leamos juntos nuevamente el v.9c. El nombre de Dios no se refiere al sustantivo con el que le designamos, sino a Su ser. Así el “nombre” de Dios es Dios mismo, como Él es en sí mismo y como se ha revelado. Su nombre ya es santo porque está separado de y exaltado sobre cualquier otro nombre. Pero oramos para que sea santificado, “tratado como santo”, porque deseamos ardientemente que Él reciba el debido honor en nuestra propia vida, en la iglesia y en el mundo. Oro para que nosotros podamos declarar la santidad de Dios al mundo con nuestras vidas, así como los ángeles la declaran “diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.” (Isa. 6:3).
Segundo, venga tu reino. Leamos juntos nuevamente el v.10a. El reino de Dios es su dominio regio. Así como Él ya es santo, también es Rey, y reina con soberanía absoluta sobre la naturaleza y la historia. Sin embargo, cuando Jesús vino anunció una irrupción nueva y especial del dominio de Dios, con todas las bendiciones de la salvación y las exigencias de la sumisión que el dominio divino contiene. Orar para que venga [Su] reino es orar para que, primeramente, regrese Jesús a establecer definitivamente Su reino en esta Tierra como oran el Espíritu y la Esposa (la Iglesia) en Apo. 22:17,22: “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. […] Amén; sí, ven, Señor Jesús.” Y, segundo, para que se expanda hoy el reino de Dios a medida que por medio del testimonio de la Iglesia la gente se somete a Jesús. Oro para que cada uno de nosotros reconozca y obedezca a Jesús como su Rey y el reino de Dios sea establecido en nuestras vidas y las de quienes nos rodean. Amén.
Tercero, Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. Leamos juntos nuevamente el v.10b. La voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta porque es la voluntad de nuestro Padre que está en los cielos Quien es infinito en conocimiento, amor y poder. Por tanto, es una tontería resistirnos a la voluntad de Dios, y en cambio es sabio discernirla, desearla y hacerla. Así como Su nombre ya es santo y Él ya es Rey, del mismo modo Su voluntad ya se hace en el cielo. Jesús nos pide que oremos para que la vida en la Tierra se haga más parecida a la vida en el cielo. Oremos para que la voluntad de Dios se haga en la Tierra como se hace en el cielo, con total obediencia, sin discusión alguna. El pecado se introdujo en el mundo precisamente por la rebeldía del hombre para hacer la voluntad de Dios. Y cada día nos encontramos con el dilema de obedecer la voluntad de Dios o nuestro propio pensamiento. Oremos continuamente para que podamos hacer la voluntad de Dios en esta Tierra, dejando de lado nuestra propia opinión o pensamiento, y obedeciendo lo que nos dice la Palabra de Dios aunque no nos parezca. Amén.
Sería muy fácil memorizar y repetir las palabras del Padre Nuestro como un loro, como las vanas repeticiones de los gentiles. Pero entenderlas y decirlas con sinceridad tiene implicaciones revolucionarias, porque expresan las prioridades del cristiano. Constantemente recibimos la presión a conformarnos al egocentrismo de la cultura mundana. Cuando eso sucede comenzamos a estar interesados en nuestro propio y pequeño nombre (nos gusta verlo destacado en cualquier parte, y lo defendemos cuando se lo ataca); en nuestro propio y pequeño imperio (mandando, influyendo y manipulando a la gente para alimentar nuestro ego); y en nuestra voluntad pequeña y tonta (que siempre desea seguir su propio camino y se siente contrariada cuando se la frustra). En la contracultura cristiana nuestro interés prioritario no es nuestro nombre, reino y voluntad, sino los de Dios. El que podamos hacer estas peticiones con sinceridad es una evidencia de la autenticidad y la profundidad de nuestra profesión cristiana.
En la segunda mitad del Padre Nuestro el adjetivo posesivo cambia de “tú” a “nuestro”, volviéndonos de los asuntos de Dios a los nuestros. Habiendo expresado nuestro ardiente interés por Su gloria, ahora expresamos nuestra humilde dependencia de Su gracia. Aunque una verdadera comprensión del Dios al que oramos, como Padre celestial y gran Rey, pone nuestras necesidades personales en un segundo lugar, no las elimina. No mencionarlas en la oración, alegando que supuestamente no deseamos molestar a Dios con nuestras trivialidades, es un error tan grande como permitirles que dominen nuestras plegarias. Dios es el “Padre nuestro que estás en los cielos” y nos ama con el amor de un padre, y en consecuencia se interesa por el bienestar total de sus hijos y desea que llevemos nuestras necesidades confiadamente a Él, nuestra necesidad de alimento y de perdón y de liberación del mal. Veamos ahora este trío de peticiones.
Primero, El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Leamos juntos el v.11. Algunos de los comentaristas antiguos no podían creer que Jesús enseñara que nuestra primera petición fuera de pan literal, pan para el cuerpo. Les parecía impropio que, especialmente después de las tres nobles peticiones iniciales relacionadas con la gloria de Dios, descendiéramos de manera tan abrupta a una preocupación material. Por eso alegorizaron la petición. Ellos interpretaban que este pan tenía que ser espiritual. Los padres de la iglesia primitiva, como Tertuliano, Cipriano y Agustín, pensaban que la referencia era al “pan invisible de la Palabra de Dios” o bien a la cena del Señor. Debemos estar agradecidos por la comprensión bíblica mayor y más realista de los reformadores. El comentario de Calvino sobre la espiritualización que hacían los padres de la iglesia fue: “Esto es excesivamente absurdo.” Lutero tuvo la sabiduría de ver que “pan” era un símbolo para “todo lo necesario para la preservación de esta vida, como alimento, un cuerpo sano, buen tiempo, casa, hogar, esposa, hijos, buen gobierno y paz”, y probablemente deberíamos añadir que por “pan” Jesús quiso decir las necesidades, no los lujos de la vida.
La petición de que Dios nos dé nuestro alimento no significa, por supuesto, que la mayoría de la personas tengan que ganarse la vida, que los agricultores tengan que arar, sembrar y cosechar para suministrar los cereales básicos o que se nos ordene que alimentemos al que tiene hambre. Más bien, es una expresión de dependencia final de Dios, quien normalmente usa medios humanos de producción y distribución a través de los cuales cumple sus propósitos. Además, parece que Jesús deseara que sus seguidores fueran conscientes de una dependencia de Dios día tras día. El adjetivo griego epioúsios que aparece aquí y que la RVR60 traduce como “de cada día” era tan completamente desconocido para los antiguos que Orígenes pensaba que los evangelistas lo habían acuñado. Algunos discuten si debe traducirse “para el día de hoy” o “para el día siguiente”. Cualquiera que sea la traducción correcta, se trata de una oración para el futuro inmediato y no para el futuro lejano. Como comenta A. M. Hunter: “Usada en la mañana, esta oración pediría el pan del día que apenas comenzaba. Usada en la noche, pediría el pan del día siguiente.” Así debemos vivir, dependiendo de nuestro Padre Celestial día a día.
Segundo, perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Leamos juntos ahora el v.12. El perdón es tan indispensable para la vida y la salud del alma como el alimento lo es para el cuerpo. Por eso la siguiente petición es perdónanos nuestras deudas. El pecado se asemeja a una deuda porque merece ser castigado. Pero cuando Dios perdona el pecado, levanta el castigo y quita el cargo que había contra nosotros. La adición de las palabras como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores, se amplía en los vv. 14–15 que vienen justo después de la oración, y declaran que nuestro Padre nos perdonará si perdonamos a otros pero no nos perdonará si rehusamos perdonar a otros. Esto en realidad no significa que al perdonar a otros ganamos el derecho a ser perdonados. Es más bien que Dios perdona solo al penitente y que una de las evidencias principales de verdadera penitencia es un espíritu de perdón. Una vez que nuestros ojos han sido abiertos para ver la enormidad de nuestra ofensa contra Dios, las ofensas que otros nos han hecho parecen extremadamente insignificantes en comparación. Si, por otra parte, tenemos una visión exagerada de las ofensas de otros, ello prueba que hemos reducido al mínimo las nuestras, y por eso nuestro Padre no perdonará nuestras ofensas. ¡Perdonemos a otros para que mostremos que realmente hemos sido perdonados por Dios!
Tercero, No nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Leamos juntos el v.13a. Las últimas dos peticiones probablemente deben ser entendidas como los aspectos negativo y positivo de una sola. El pecador cuyo mal pasado ha sido perdonado ansía ser librado de la tiranía del mal en el futuro. El sentido general de la oración es claro. Sin embargo, enfrentamos dos problemas. Primero, la Biblia enseña que Dios no nos tienta con el mal, por ejemplo en Stg. 1:13-14: “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.” Entonces, ¿cuál es el sentido de orar que no lo haga, si Él ha prometido que nunca lo hará? Algunos responden a esta pregunta interpretando “tentar” como “probar”, y explican que aunque Dios nunca nos induce a pecar sí prueba nuestra fe y carácter. Esto es posible. A mí me parece una mejor explicación decir que “no nos metas” tiene que entenderse a la luz de su contrapartida “mas líbranos del mal”. En otras palabras, debemos orar para que nuestro Padre nos guarde de las tentaciones del diablo y nos ayude a hacer morir nuestro ser pecaminoso.
El segundo problema concierne al hecho de que la Biblia dice que la tentación y la prueba son buenas para nosotros: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas” (Stg. 1:2) o, también, “diversas tentaciones”. Entonces, si son benéficas, ¿por qué tendríamos que orar que no se nos lleve a ellas? La respuesta probable es que, más que a evitarla, la oración se refiere a que podamos vencer la tentación. Quizás podríamos parafrasear toda la petición diciendo “No nos permitas ser guiados a la tentación de tal modo que ella nos venza, sino rescátanos del mal”. Así, detrás de estas palabras que Jesús nos dio para que oráramos, están las implicaciones de que el diablo es demasiado fuerte para nosotros, que somos demasiado débiles para mantenernos en pie ante él, pero que nuestro Padre celestial nos librará si se lo pedimos.
En resumen, las tres peticiones que Jesús pone en nuestros labios son hermosamente abarcadoras en su aplicación. Cubren, en principio, toda nuestra necesidad humana: la material (el pan de cada día), la espiritual (el perdón de pecados) y la moral (la liberación del mal). Entonces, con esta oración expresamos nuestra dependencia de Dios en cada área de nuestra vida. Además, un cristiano trinitario no puede dejar de ver en estas tres peticiones una alusión velada a la Trinidad, ya que es por medio de la creación y providencia del Padre que recibimos nuestro pan de cada día, por medio de la muerte expiatoria del Hijo que podemos ser perdonados y por medio del poder del Espíritu que habita en nosotros que vencemos la tentación y somos librados del mal.
La oración cristiana contrasta con la farisaica y la gentil. Es teocéntrica (centrada en la gloria de Dios) en contraste con el egocentrismo de los fariseos (preocupados por su propia gloria). Y es inteligente (al expresar dependencia sensata) en contraste con los encantamientos mecánicos del pagano. Por lo tanto, cuando nos acercamos a Dios en oración no lo hacemos en forma hipócrita, como actores de teatro que buscan el aplauso de los hombres, ni mecánicamente como los palabreros paganos, cuya mente no está en lo que murmuran, sino en forma reflexiva, humilde y confiada, tal como los niños pequeños se acercan a su padre.
Tomemos, pues, el modelo de la Oración del Señor y vengamos al Padre Celestial como hijos amados que piden sinceramente lo que quieren y confían en que su Padre les dará lo mejor. Que nuestra oración glorifique a Dios, nos ayude a crecer en nuestra relación íntima con Él y nos ayude a vivir cada día glorificando Su nombre, de modo que nuestra luz alumbre y atraiga a los que nos rodean a la luz de Dios para que Panamá se convierta en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.
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