Mateo 5:27-32
5:27 Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.5:28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.
5:29 Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.
5:30 Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.
5:31 También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio.
5:32 Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.
JESÚS ENSEÑA SOBRE EL ADULTERIO
Buenos días. La semana pasada aprendimos cómo podemos obedecer verdaderamente el sexto mandamiento: “No matarás”. Las enseñanzas de Jesús no se enfocan simplemente en nuestra conducta externa, sino en lo que hay dentro de nuestros corazones. No importa si externamente parecemos personas piadosas, si nuestro corazón está lleno de malos pensamientos, malas intenciones y malos deseos, realmente la justicia de Cristo no habita en nosotros. Si estamos enojados con alguien, realmente no estamos obedeciendo el sexto mandamiento, estamos siendo homicidas. El amor tiene que ser la base de nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos. Si amamos a Dios obedeceremos profundamente Su Palabra; si amamos a nuestros hermanos tendremos misericordia y les perdonaremos así como nuestro Padre Celestial nos perdona y tiene misericordia con nosotros. Yo oro para que ninguno de nosotros estemos enojados con nadie, sino que nos amemos y nos perdonemos unos a otros nuestras faltas con el amor que Dios ha puesto en nuestros corazones. Amén.
Después de haber enseñado acerca del sexto mandamiento, Jesús continúa su enseñanza lógicamente con el séptimo mandamiento: “No cometerás adulterio”. La realidad es que este mandamiento es uno de los más ignorados y transgredidos hoy en día. Hoy más que nunca vivimos en una generación adúltera y pecadora que no solo practica este pecado, sino que lo promueve continuamente. Los cristianos hoy en día están cada vez más expuestos a las tentaciones del pecado sexual, y lamentablemente muchos hemos caído en la trampa mortal de este maldito vicio. Las películas, las series, las telenovelas, los anuncios publicitarios, todos los medios de comunicación, promueven e idealizan el adulterio y la fornicación. Incluso el noviazgo moderno es una gran trampa para los jóvenes que se acercan cada vez más peligrosamente al fuego, hasta que finalmente son consumidos por sus pasiones juveniles. Y lo peor de todo, es que nadie ve que está mal lo que está pasando, y nadie piensa que todo esto es adulterio.
Pero hoy aprenderemos de Jesús qué es realmente el adulterio y cómo se puede obedecer verdaderamente este mandamiento. Yo oro para que cada uno de nosotros tenga un corazón puro, que podamos relacionarnos con los demás con pureza y santidad conforme a la voluntad de Dios, y que guardemos nuestros ojos y nuestro corazón de este terrible pecado. Amén.
I.- El adulterio de corazón (27-28)
Leamos juntos el v.27 por favor. En este versículo podemos leer el séptimo mandamiento exactamente como fue ordenado en Exo. 20:14. Sin embargo, como aprendimos la semana pasada, Jesús no va a cambiar el mandamiento, no va a discutir con la Ley de Moisés, sino con las interpretaciones que hacían los escribas y los fariseos de este mandamiento. Para ellos este mandamiento se transgredía cuando efectivamente dos personas tenían relaciones fuera del matrimonio como lo establece Deu. 22:22-23: “Si fuere sorprendido alguno acostado con una mujer casada con marido, ambos morirán, el hombre que se acostó con la mujer, y la mujer también; así quitarás el mal de Israel. Si hubiere una muchacha virgen desposada con alguno, y alguno la hallare en la ciudad, y se acostare con ella”. Según la ley, el adulterio ocurría cuando un hombre se acostaba con la mujer de otro hombre, ya sea que estuviesen ya casados como en Deu. 22:22 o que estuviese prometida como en Deu. 22:23. Y así lo interpretaban los escribas y los fariseos.
Sin embargo, los rabinos limitaban el alcance de este mandamiento solamente al acto mismo, dando así una definición convenientemente estrecha del pecado sexual y una definición convenientemente amplia de la pureza sexual. Aunque el pecado de desear a la mujer de otro se incluía en el décimo mandamiento como leemos en Exo. 20:17: “no codiciarás la mujer de tu prójimo”, ellos encontraron cómodo ignorar esto con respecto al adulterio. Desde su perspectiva, ellos y sus alumnos guardaban el séptimo mandamiento, simplemente evitando acostarse con la mujer de su prójimo, aunque la codiciasen y llegasen a tener pensamientos lujuriosos con ellas.
En las Escrituras, el adulterio ocurre cuando una persona casada se acuesta voluntariamente con cualquier otra persona que no sea su esposa o esposo legítimo. Sin embargo, otras veces la Biblia señala a este pecado con la palabra griega porneía, que se traduce generalmente como “fornicación” (como en 1Co. 5:1), mostrando que estos dos pecados están relacionados. En realidad el adulterio es la fornicación en la que por lo menos una de las personas está casada, y la fornicación es la relación sexual de dos personas fuera de la santidad del matrimonio, institución para la cual Dios reservó el precioso regalo de la sexualidad. Ambos son pecados porque van en contra de la voluntad de Dios. Sin embargo, ciertamente en la Biblia se hace distinción entre estos dos tipos de perversidad, usando la palabra griega pórnos, “fornicarios”, y moijós, “adúlteros” (1Co. 6:9).
Dios prohíbe el adulterio para salvaguardar especialmente la santidad del hogar y la familia. El hombre y la mujer no deberían conocer íntimamente a nadie más que a su esposa o esposo porque esto lleva a las comparaciones y las preferencias. Cuando un hombre o una mujer adulteran, violan la confianza de su cónyuge, mancillan su matrimonio y esto también los puede llevar al deseo de abandonar la familia y los hijos, quebrando así el vínculo espiritual que Dios ha formado en la familia considerándoles una sola carne (Gén. 2:24), y haciendo sufrir al cónyuge abandonado y a los hijos, trayendo muchas heridas y dolor. Por eso el pecado es considerando tan grave que su pena era la muerte como lo establece Lev. 20:10: “Si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos.” El propósito de la ley aquí es condenar el pecado cometido y mantener la santidad en el pueblo de Israel.
Ahora bien, el adulterio no sucede en el acto sexual sino mucho antes, y por eso Jesús profundiza la interpretación de este mandamiento. Leamos juntos ahora el v.28. Aquí Jesús afirma que el significado verdadero del mandamiento de Dios iba mucho más allá de ser solo una prohibición de actos de inmoralidad sexual. Así como la prohibición del homicidio incluía los pensamientos de enojo, los insultos, y la maldición, la prohibición de adulterio incluía la imaginación y las miradas codiciosas. Podemos cometer homicidio con nuestras palabras; podemos cometer adulterio en nuestros corazones o mentes. En verdad, cualquiera que mira a una mujer y la codicia ya ha cometido adulterio con ella en el corazón.
Tal vez deberíamos aclarar un par de cosas antes de avanzar en el pasaje bíblico. Primero, el problema no es el deseo sexual en sí. El deseo sexual es un regalo de Dios para ser disfrutado en la santidad del matrimonio. Así lo expresa el proverbista: “Sea bendito tu manantial, y alégrate con la mujer de tu juventud, Como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre. ¿Y por qué, hijo mío, andarás ciego con la mujer ajena, y abrazarás el seno de la extraña?”(Pro 5:18-20). Debemos alegrarnos, recrearnos y satisfacernos con la mujer de nuestra juventud, es decir con nuestras esposas, para eso nos dio Dios el sexo y el deseo sexual. La enseñanza de Jesús aquí es en contra del deseo y el sexo ilegítimo fuera del matrimonio, practicado por personas solteras o casadas.
Por otro lado, hay que aclarar que tampoco está prohibiendo mirar a una mujer, sino mirarla con codicia. Todos sabemos la diferencia entre mirar y codiciar. Podemos mirar a alguien que pasa y reconocerlo al notar algún detalle, o podemos mirar a alguien que pasa y admirar sus atributos y desear que pudiésemos disfrutar de ellos. Una cosa es mirar y otra es codiciar, y, si eres honesto, tú sabes lo que estás haciendo y si necesitas arrepentirte o no.
Esto nos lleva al segundo punto: esta enseñanza de Jesús abarca todo tipo de inmoralidad sexual. Argüir que la referencia aquí es solo a la codicia de un hombre por una mujer y no viceversa, o que es solo para hombres casados y no para solteros (porque se dice que el ofensor comete “adulterio” y no “fornicación”), es ser culpable de la misma casuística para interpretar que Jesús condenaba en los escribas y fariseos. Él hace hincapié en que todas y cada una de las prácticas sexuales que son inmorales, lo son tanto en los hechos como también en la mirada y en los pensamientos. Esto quiere decir que la prohibición de mirar a una mujer para codiciarla no abarca solo a los casados, sino también a los solteros. Y no solamente los hombres adulteran, sino que las mujeres también adulteran al mirar hombres para codiciarlos.
Es particularmente importante captar aquí la equivalencia entre mirar con codicia y adulterar en el corazón. Es la relación entre los ojos y el corazón la que lleva a Jesús, en los dos versículos siguientes, a dar instrucciones muy prácticas sobre cómo conservar la pureza sexual. El argumento es éste: si mirar para codiciar es adulterar en el corazón, en otras palabras, si el adulterio del corazón es el resultado del adulterio de los ojos (estimulándose los ojos del corazón con los ojos de la carne), entonces la única forma de tratar el problema es en su origen, es decir, en nuestros ojos. Job declaró que había aprendido esto: “Hice pacto con mis ojos; ¿Cómo, pues, había yo de mirar a una virgen?” (Job 31:1). Luego continuaba hablando de su corazón: “Si fue mi corazón engañado acerca de mujer, y si estuve acechando a la puerta de mi prójimo” (Job 31:9), él reconocería que había pecado y que merecía el juicio de Dios. Pero Job no había hecho estas cosas. El control de su corazón se debía al pacto que había hecho con sus ojos, o al control que tenía sobre ellos.
Esta enseñanza de Jesús, confirmada en la experiencia de Job, todavía es verdadera hoy. Los actos inmorales son precedidos por fantasías inmorales, y el incendio de la imaginación, por la indisciplina de los ojos. Nuestra imaginación vívida (una de las muchas facultades que distinguen a los humanos de los animales) es un preciado don de Dios. El arte y los inventos provienen de ella. Pero todos los dones de Dios necesitan usarse en forma responsable, pues pueden degradarse fácilmente y ser objeto de abusos. Y ciertamente sucede esto con nuestra imaginación. Dudo que existan seres humanos que hayan sido víctimas de la inmoralidad, cuya caída no haya comenzado al abrir primero las compuertas de la pasión por medio de sus ojos. De manera similar, cuando hombres y mujeres aprenden el dominio propio en sus actos sexuales es porque primero han aprendido a controlar los ojos, tanto de la carne como de la fantasía.
Quizás pueda aprovechar este momento también para hablar acerca del modo de vestir de las mujeres hoy en día. Si bien el hombre debe aprender a tener dominio propio, ayudaría mucho que las mujeres se vistieran decorosamente. ¿Por qué vestirse de forma seductora? ¿Para qué los amplios escotes, las transparencias, las faldas cortas y la ropa ajustada? ¿Por qué quieren que las miren? ¿Por qué no mejor ayudarnos mutuamente vistiendo decorosamente y tratándonos unos a otros como hermanos y hermanas? Ciertamente esto no cambia el corazón del hombre, pero ayudaría a algunos hermanos que buscamos aprender a controlar nuestros deseos.
De todas formas haríamos bien en aplicar los principios prácticos que nos enseña Jesús para evitar el adulterio.
II.- ¿Cómo evitar el adulterio? (29-32)
Leamos juntos los vv. 29-30. Jesús repitió estas palabras (con algunas variaciones) en más de una ocasión. En Mat. 18:8-9 vuelven a aparecer donde el pie se agrega al ojo y a la mano, y la referencia es general a todo lo que “te es ocasión de caer”, no explícitamente a la tentación sexual. De modo que el principio tiene una aplicación más amplia. No obstante, en el Sermón del Monte, Jesús lo aplica a este ámbito particular. ¿Qué fue lo que quiso decir? Visto superficialmente es un mandamiento alarmante cortar un ojo que ofende, cortar una mano o un pie que ofende. Unos cuantos cristianos, cuyo celo fue mayor que su sabiduría, tomaron a Jesús al pie de la letra y se mutilaron. Tal vez el ejemplo más conocido sea el erudito del tercer siglo, Orígenes de Alejandría. Se fue a los extremos del ascetismo, renunciando a posesiones, comida y hasta al sueño, y en una interpretación excesivamente literal de este pasaje y de Mat. 19:12, se castró. No mucho después, en el 325 d.C., el Concilio de Nicea hizo bien en prohibir esta práctica bárbara.
El mandato a deshacerse de ojos, manos y pies molestos es un ejemplo del uso que nuestro Señor daba a las figuras dramáticas del lenguaje. No estaba abogando por una automutilación física, sino por una autonegación moral rigurosa. El sendero de la santidad lo enseñó en el camino del discípulo en Luc. 9:23: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.” Seguir a Cristo significa rechazar las prácticas pecaminosas con tal resolución que morimos a ellas o las hacemos morir en nosotros.
¿Qué implica esta enseñanza de Jesús en la práctica? Si tu ojo te es ocasión de caer porque la tentación llega a ti por medio de tus ojos (los objetos que ves), entonces, sácate los ojos, es decir, ¡no mires! Compórtate como si realmente te hubieras sacado los ojos y los hubieras arrojado lejos, y ahora estuvieras ciego y por eso no pudieras ver los objetos que anteriormente fueron ocasión de caer. Además, si tu mano o pie te son ocasión de caer, porque la tentación te llega por medio de tus manos (las cosas que haces) o de tus pies (los lugares que visitas), entonces, córtalos; es decir, ¡no lo hagas! ¡No vayas! Compórtate como si te hubieras realmente cortado las manos y los pies, y los hubieras arrojado, y ahora estuvieras lisiado y por eso no pudieras hacer las cosas o visitar los lugares que anteriormente te eran ocasión de caer. Ese es el significado de la autonegación.
Me pregunto si habrá existido una generación en la que esta enseñanza de Jesús se haya necesitado más o tenga aplicación más obvia que en la nuestra, en la que se ha desbordado el río de suciedad, la pornografía, las películas y series con alto contenido sexual, y la vida inmoral de las personas que no conocen a Jesús. La pornografía ofende al cristiano (y en realidad a toda persona de mente sana), en primer lugar porque degrada a las mujeres convirtiéndolas en objetos sexuales, pero también porque entrega al ojo del que la contempla una estimulación sexual inmoral. Si tenemos problema de dominio propio en el terreno sexual, y no obstante nuestros pies nos llevan a lugares donde esto se exhibe, nuestras manos nos conducen a películas, series o contenido en línea, y nuestros ojos se llenan con las imágenes que ellas nos ofrecen, no solo estamos pecando sino verdaderamente invitando al desastre.
Si tu ojo te es ocasión de caer, no mires; si tu pie te es ocasión de caer, no vayas; y si tu mano te es ocasión de caer, no lo hagas. Fíjense que la regla que Jesús enunció era hipotética, no universal. Él no exigió a todos sus discípulos que se cegaran o mutilaran metafóricamente, sino solo a aquellos cuyos ojos, manos y pies les eran ocasión de caer. Estos sí tienen que tomar las medidas necesarias; otros pueden ser capaces de retener ambos ojos, ambas manos y ambos pies si no los hacen caer.
Lo que necesitan todos aquellos que tienen fuertes tentaciones sexuales, y en realidad cualquiera de nosotros, es la disciplina de estar atentos a las aproximaciones al pecado. Poner centinelas es una táctica militar muy efectiva para advertir la cercanía del enemigo. Un hermano que trabajaba conmigo me confesó una vez que tenía una fuerte tentación con una compañera de trabajo y me pidió ser su centinela. Cuando lo viera cerca de ella hablando, debía acercarme a ellos para cortar cualquier conversación íntima. Esto fue algo muy astuto de su parte y francamente todos nosotros deberíamos ser centinelas morales los unos de los otros. Deberíamos apoyarnos cuando nos sentimos tentados. ¡Sea sincero en su testimonio bíblico y haga de su pastor su centinela que lo ayude a detectar y arrepentirse del pecado!
Obedecer este mandamiento de Jesús implicará, para muchos de nosotros, una cierta “mutilación”. Tendremos que eliminar de nuestras vidas ciertas cosas que, si bien algunas pueden ser inocentes en sí mismas, son o podrían fácilmente llegar a ser una fuente de tentación. En el lenguaje metafórico de Jesús, podemos prescindir de nuestros ojos, manos o pies. Es decir, deliberadamente rehusaremos leer cierta literatura, ver ciertas películas o series, visitar ciertas exhibiciones. Si hacemos esto, quizás seremos catalogados por algunos de nuestros amigos, compañeros o familiares como tontos ignorantes de mirada estrecha. “¿Qué? ¿No has visto tal serie o película?” — Nos dirán con aire de incredulidad. “¿Por qué? ¡No vale no estás en nada!” Yo, particularmente, no he visto Games of Thrones porque la vez que lo intenté había demasiado contenido explícito al que no quise exponerme. Y no me gustan las películas de Deadpool o Suicide Squad porque son demasiado vulgares y explícitas. Y a veces recibo comentarios por eso, pero prefiero privarme de eso, a caer en el pecado por verlas.
Jesús fue bastante claro en cuanto a ello. Él dijo: Más te vale perder una sola parte de tu cuerpo y entrar a la vida mutilado, que conservar todo nuestro cuerpo y ser echados al infierno (29–30). Es decir, es mejor privarnos de algunas experiencias que esta vida ofrece para entrar a la vida eterna; es mejor aceptar alguna amputación cultural en este mundo que arriesgarnos a la destrucción final en el venidero. Sin duda esta enseñanza va en la dirección opuesta a las normas modernas de tolerancia. Se basa en el principio de que la eternidad es más importante que el tiempo, y la pureza más valiosa que la cultura, y que cualquier sacrificio vale la pena mientras estemos en esta vida, si resulta necesario para asegurar nuestra entrada a la vida venidera. Tenemos que decidir, sencillamente, vivir para este mundo o para el venidero, seguir a la multitud o a Jesucristo.
Finalmente, Jesús les da un ejemplo a los judíos de cómo ellos estaban usando la ley para tratar de disfrazar su adulterio. Leamos los vv. 31-32. En Deu. 24:1-2, Moisés les había concedido a los judíos dar carta de divorcio a su mujer si hallase en ella alguna cosa indecente, esto quiere decir si la mujer no era virgen en el lecho nupcial. Pero los judíos habían ampliado los causales de divorcio casi a cualquier cosa. Así que cuando ellos querían, repudiaban a su mujer y les daban carta de divorcio para ellos casarse con alguna otra. ¡Después de que ya se habían acostado con ellas las devolvían a las casas de sus padres! Jesús les enseña que el único causal válido de divorcio que Moisés les había dado era la fornicación, es decir, que efectivamente la joven no hubiese llegado virgen al matrimonio. Si ellos repudiaban a sus mujeres por cualquier otra causa, todos estarían en adulterio, ellos, las mujeres y los que se casaran con ellas.
No vamos a profundizar acerca del divorcio en este mensaje, ya tendremos oportunidad de hacerlo cuando lleguemos a Mat. 19. Lo importante aquí es que Jesús enseña a los judíos que al divorciarse por cualquier causa están quebrantando igualmente el séptimo mandamiento. La única forma de obedecer verdaderamente este mandamiento es satisfaciendo nuestros deseos sexuales con nuestro cónyuge dentro de la santidad del matrimonio, pues cualquier uso de nuestro deseo sexual con otra persona, aunque sea en la imaginación, es adulterio.
Honestamente yo tengo que confesar que este es el pecado con el que más tengo que luchar. Desde mi adolescencia he estado atado a la pornografía y al adulterio. La pornografía ha hecho que no pueda ver a las mujeres como hermanas sino como objetos sexuales, y esto me ha hecho buscar satisfacer mis deseos fuera del matrimonio. Esto ha traído muchos problemas a mi matrimonio y muchas heridas a mi esposa, quien con la gracia a Dios me ha perdonado y ha permitido que todavía tengo la bendición de disfrutar de su amor y el de mi familia. Francamente, esto es un terrible mal y como dice el proverbista: “Mas el que comete adulterio es falto de entendimiento; corrompe su alma el que tal hace. Heridas y vergüenza hallará, y su afrenta nunca será borrada.”(Pro 6:32-33). Yo oro para que pueda negarme a mí mismo estos deseos y que no mire, ni haga ni vaya a donde están las tentaciones. Que el Señor me ayude a cuidar mis ojos, mis manos y mi corazón, y que pueda alegrarme siempre con la mujer de mi juventud y me recree en su amor siempre. ¡Que el Espíritu de Dios me fortalezca en esta batalla espiritual! Amén.
Oro igualmente por cada uno de ustedes para que puedan disfrutar el precioso don de la sexualidad dentro de la santidad del matrimonio conforme a la voluntad de Dios, y que cada uno de ustedes puedan cuidar sus ojos, sus manos y sus corazones, usando sus cuerpos para la gloria de Dios y no para el pecado. Que Dios nos ayude a ser ejemplo para nuestra sociedad, mostrando la bendición de la santidad del matrimonio y nos ayude a convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.
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