Mateo 5:21-26
5:21 Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio.5:22 Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.
5:23 Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,
5:24 deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.
5:25 Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel.
5:26 De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.
JESÚS ENSEÑA SOBRE EL ENOJO Y EL HOMICIDIO
Buenos días. Las últimas dos semanas aprendimos la relación entre Jesús y la Ley y entre el cristiano y la Ley. Hemos aprendido que, a pesar de que muchos cristianos piensan que ya no tenemos ninguna relación con la Ley, en realidad los discípulos de Jesús todavía debemos vivir bajo la ley moral de Dios expresada en los Diez Mandamientos y condensada por Jesús en dos grandes principios: Amar a Dios con todo nuestro ser y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Aunque muchos cristianos piensan que estos dos grandes principios son la ley del amor que Jesús nos dejó y que no necesitamos guardar más nada del Antiguo Testamento, la realidad es que estos dos principios no se pueden cumplir sin obedecer los Diez Mandamientos.
Ya aprendimos que Jesús afirmó que Él no vino a abrogar la ley y los profetas, y la semana pasada vimos cómo, de hecho, enseña a profundizar la obediencia de los mandamientos. La justicia del cristiano tiene que ser una justicia mayor que la de los escribas y fariseos. Mayor, en el sentido de obedecer más profundamente los mandamientos y no superficialmente como lo hacían ellos. Y en lo que resta del capítulo 5, Jesús nos va a dar ejemplos específicos de cómo la justicia del cristiano puede llegar a ser mayor que la de los escribas y los fariseos.
Hoy aprenderemos lo que Jesús enseña acerca de la obediencia al sexto mandamiento: No matarás. Jesús nos va a enseñar cómo podemos profundizar verdaderamente la obediencia a este mandamiento. El cristiano transgrede este mandamiento no cuando asesina a alguien, sino desde el mismo momento en que se enoja contra su hermano. Esta es una justicia muy superior a la de los escribas y fariseos que vivían enojados con Jesús y procuraban su muerte. Según esta enseñanza de Jesús, ellos eran culpables de homicidio, aún antes de que Jesús muriese en la cruz. En este mensaje vamos a aprender que somos culpables de homicidio desde el momento en que nos enojamos con nuestros hermanos y qué debemos hacer al respecto.
Yo oro para que cada uno de nosotros podamos amar a nuestros hermanos como a nosotros mismos, y que no nos enojemos los unos con los otros cuando nos defraudamos, sino que tengamos misericordia los unos con los otros y nos perdonemos, así como Dios nos ha amado y perdonado. Amén.
I.- El enojo contra el hermano ya es homicidio (21-22)
Leamos juntos el v.21. Jesús comienza aquí una serie de seis párrafos paralelos que ilustran el principio que presentó en los vv. 17-20 acerca de la perpetuidad de la ley moral, de su venida para cumplirla y de la responsabilidad de sus discípulos de obedecerla en forma más completa que la de los escribas y fariseos. Cada párrafo contiene un contraste o antítesis que se presenta mediante la misma fórmula, con variaciones menores: “Oísteis que fue dicho… Pero yo os digo…” (21, 22, 27, 28, etc.). La pregunta que se deriva de esto es: ¿con quién se está contrastando Jesús? ¿Con la Ley de Moisés? Esta es una opinión popular. Muchos comentaristas han sostenido que en estos párrafos Jesús se coloca en oposición a Moisés; que está inaugurando deliberadamente una nueva moralidad y contradiciendo y repudiando la antigua; y que su fórmula introductoria podría parafrasearse: “Ustedes saben que el Antiguo Testamento enseñó… Pero yo les enseño esto enteramente diferente”. Y aunque a primera vista lo que Jesús cita en cada caso parece proceder de la ley mosaica, hay algunas variaciones que nos permiten ver que en realidad Jesús no está citando la Ley de Moisés como tal.
Esto se hace más evidente en la sexta y última antítesis, pues dice: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.” (v.43). Si bien, la primera mitad de esta frase es un claro mandamiento de la ley (Lev. 19:18), no está citado completo; y la segunda mitad del v.43, no se encuentra en ningún lugar de la ley. Se trataba de una adición que se proponía interpretar a la ley, pero en realidad la distorsionaba. Cuando observamos el mandamiento de nuestro pasaje bíblico de hoy, se hace evidente una distorsión similar: “No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio.” La primera parte de la frase cita claramente Exo. 20:13, pero la segunda parte, aunque hace eco de Exo. 21:12-14, no la encontramos como tal en ninguna parte de la Ley. Así que Jesús no está contrastando sus enseñanzas con la Ley de Moisés, sino con las distorsiones que de ella se hacían, y que les dije hace un par de semanas que se llamaba la ley de los escribas. Jesús no estaba enseñando una nueva moralidad aparte de la Ley, sino la correcta interpretación de la Ley que contrastaba con la interpretación de los escribas y fariseos.
Según la interpretación de los escribas y fariseos, el mandamiento “No matarás” se cumplía simplemente no asesinando a ninguna persona. Los que merecían ser enjuiciados por homicidio eran aquellos que habían provocado la muerte de otra persona. Pero Jesús ahora va a pasar a explicar cómo se debe obedecer este mandamiento más profundamente.
Leamos juntos ahora el v.22. Aquí Jesús equipara el enojo, los insultos y las maldiciones con el homicidio. Y comienza diciendo que no es culpable de juicio solo el que asesina a una persona, sino también aquel que se enoja contra su hermano. En nuestro lenguaje común utilizamos la palabra “enojo” como una forma de rabia. La interpretamos como algo más suave que la ira. Pero esa no es la forma en la que Jesús está usando esa palabra aquí. La palabra griega que se usa aquí es orgízo que se encuentra en voz pasiva y puede ser traducida como “ser provocado a ira”. Describe una pasión furiosa e iracunda, un deseo de venganza. Es una ira que vamos cocinando a fuego lento en nuestros corazones hasta encontrar el momento oportuno de venganza y que puede llevarnos a agredir a otros. El cristiano que se enoja contra su hermano y desea vengarse de él, ya es homicida. Dice el apóstol Juan: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él.” (1Jn. 3:15).
Luego, menciona Jesús también los insultos y las maldiciones. La RVR60 traduce “Necio” y “Fatuo”. Pero quizás la NVI muestra mejor el sentido de esto traduciendo: “Es más, cualquiera que insulte a su hermano quedará sujeto al juicio del Consejo. Pero cualquiera que lo maldiga quedará sujeto al juicio del infierno.” El insulto que traduce la RVR60 como “Necio” es el arameo raca que en Stg. 2:20 se traduce como “hombre vano” y que parece ser un insulto a la inteligencia de la persona que quizás se traduciría mejor como “cabeza hueca”. Por otro lado, la maldición que la RVR60 traduce como “Fatuo” es el griego morós que se refiere a una persona necia o insensata y que en el Sal. 14:1 se explica que es alguien que niega la existencia de Dios. Así que sería tratar al hermano como un incrédulo, decir que no está en el camino de Dios.
Lo que Jesús está describiendo en el v.22 es una escalada de violencia contra el hermano que empieza en el enojo, pasa al insulto y finalmente a la maldición. Y consecuentemente, condena esa escalada de violencia con una instancia de juicio cada vez superior. El que se enoja es sujeto de juicio ante el tribunal, igual que el homicida. El tribunal era la instancia inferior de juicio en Israel. Eran los ancianos y jueces que se sentaban a la puerta de la ciudad para dirimir disputas, celebrar contratos y condenar los delitos civiles como el homicidio, el hurto, etc. Entonces, el que se enoja contra su hermano es merecedor de un juicio en este tribunal tal cual como un asesino. Pero el que insulta a su hermano, merece una instancia superior de juicio, ante el concilio. El concilio era quien gobernaba a Israel en materia religiosa y juzgaban los asuntos mayores, así que quien insulta a su hermano es peor que un homicida. Y, finalmente, el que maldiga al hermano se expone a la condenación eterna, al fuego del infierno, pues simplemente no ama ni conoce a Dios.
La razón por la que Jesús equipara el enojo, los insultos y la maldición al homicidio es porque suelen ser los pasos previos a éste. El mandamiento “No matarás” no se cumple solamente absteniéndose de ejecutar el asesinato, sino que hay que evitar el enojo que lleva a los insultos y a la maldición, y que generalmente son la raíz, la causa fundamental del homicidio. Y aunque quizás el enojo, los insultos y la maldición no nos conduzcan al acto final de asesinato, ante los ojos de Dios ya somos culpables de homicidio al enojarnos. El enojo, el insulto y la maldición son síntomas horribles del deseo de deshacerse de alguien que se interpone en nuestro camino. Todos nuestros pensamientos, miradas y palabras indican que, como a veces osamos decir, “desearíamos que estuviese muerto”. Ese mal deseo es una violación del sexto mandamiento. Y hace que la persona culpable se exponga al mismo castigo a que se expone el homicida, posiblemente no en una corte legal humana (porque ninguna corte puede acusar a un hombre por enojo), sino ante el tribunal de Dios.
Entonces, ¿qué podemos hacer cuando sentimos que un hermano nos defrauda y viene esta rabia a nosotros? Ya lo hemos aprendido cuando estudiamos Efesios:
“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo.” (Efe. 4:26-27). Puede darnos rabia, pero no debemos acumular enojo contra nuestro hermano. No debemos dejar que se oculte el sol sobre nuestro enojo, es decir que no se acabe el día antes de que resolvamos el asunto. ¿Por qué? Porque si dejamos que el enojo se apodere de nosotros, Jesús dice que ya somos culpables de homicidio, y Pablo nos dice que le damos lugar al diablo y podemos terminar ejecutando ciertamente el homicidio.
Si alguno de ustedes está enojado con alguien, con su madre, padre, algún familiar, un hermano de la iglesia, quien sea, es homicida y recuerde lo que dijo el apóstol Juan: “sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él.” (1Jn. 3:15). Si somos homicidas no tenemos vida eterna porque no hemos nacido de nuevo. Así que arrepiéntase hoy mismo y deje ir ese enojo, ese rencor, esa amargura contra esa persona porque eso le impide tener una relación personal con Dios, y Jesús va a explicar eso con dos ejemplos a continuación.
II.- Reconcíliate primero con tu hermano y ponte de acuerdo pronto con tu adversario (23-26)
Leamos juntos los vv. 23-26. Jesús continuó su enseñanza diciendo: “Por tanto”, y procedió a dar la aplicación práctica de los principios que acababa de enunciar. Su enseñanza fue que si el enojo, el insulto y la maldición son tan serios y peligrosos, entonces debemos evitarlos como una plaga y tomar medidas tan rápidamente como sea posible. Él dio dos ilustraciones: la primera tomada de la costumbre de ir al templo a ofrecer sacrificio a Dios (vv. 23–24), y la segunda de la costumbre de ir a la corte a responder sobre los cargos que un adversario ha hecho contra nosotros (vv. 25–26). Jesús los expresó en el entorno cultural de su propia época, cuando el templo aún estaba allí y aún se ofrecían sacrificios para adorar a Dios. Tal vez cabría traducir sus ilustraciones a nuestra cultura moderna.
La primera ilustración sería: “Si estás en la iglesia, en medio del culto de adoración, y de repente recuerdas que tu hermano tiene un motivo de queja contra ti, sal de la iglesia enseguida y arregla el asunto. No esperes hasta que el culto haya terminado. Busca a tu hermano y pídele perdón. Primero hazlo, luego regresa. Primero ve y reconcíliate con tu hermano, luego ve y ofrece tu adoración a Dios”.
Y la siguiente: “Si tienes una deuda que no has pagado, y tu acreedor te lleva a la corte para que le devuelvas su dinero, ponte de acuerdo con él rápidamente. Arréglense fuera de la corte. Mientras están en camino a la corte, ponte de acuerdo para pagar tu deuda. Una vez que hayan llegado a la corte, será demasiado tarde. Tu acusador te demandará ante el juez y el juez te entregará a la policía, y terminarás en la cárcel. No saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último centavo. De modo que el pago antes de ir a la prisión sería mucho más sensato”.
Estos dos cuadros son diferentes: uno se toma de la iglesia, el otro de la corte legal. Uno concierne a un hermano y el otro a un adversario. Pero en ambos casos la situación básica es la misma: alguien tiene un motivo de queja contra nosotros; y la lección básica también es la misma: la necesidad de acción urgente e inmediata. Durante el acto de adoración, si recordamos el motivo de queja, debemos interrumpir nuestra adoración e ir y arreglarlo. En el momento de ir a la corte, en nuestro camino hacia allá, debemos ponernos de acuerdo para saldar nuestra deuda.
Pero, ¡cuán raramente atendemos el llamado de Cristo a una acción inmediata! Si el homicidio es un crimen horrible, el enojo, el insulto y la maldición maliciosos también lo son. Y así es todo acto, palabra, mirada o pensamiento mediante el cual herimos u ofendemos a un semejante. Necesitamos volvernos más sensibles a estas maldades. Nunca debemos permitir que un distanciamiento dure y menos aún, que crezca. No debemos demorar en arreglarlo. No debemos siquiera permitir que el sol se ponga sobre nuestro enojo. Inmediatamente, tan pronto como seamos conscientes de una relación rota, debemos tomar la iniciativa para repararla, pedir disculpas por el agravio que hemos causado, pagar la deuda que no hemos pagado, hacer restitución. Y estas instrucciones sumamente prácticas, ¡Jesús las extrajo del sexto mandamiento, como implicaciones lógicas de él! Si queremos evitar cometer homicidio a los ojos de Dios, debemos dar cualquier paso positivo posible para vivir en paz y amor con todos, como aconseja el apóstol Pablo: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.” (Rom. 12:18).
Cuando yo hice la confesión de fe aceptando a Jesús como mi Señor y Salvador y empecé a ir a la iglesia, mi vida comenzó a cambiar mucho. Cambié completamente mi forma de vestir rebelde por una vestimenta más adecuada para asistir a la iglesia. Cambié mi forma de hablar vulgar por una más decente. Cambié mi rutina diaria para asistir más a la iglesia y apartar tiempo para leer la Biblia y para orar más. Pero interiormente mi vida no había cambiado mucho. Realmente no había nacido de nuevo. Todavía era adicto a la pornografía y la autocomplacencia. Todavía andaba en relaciones pecaminosas con chicas. Aun asistiendo fielmente a la iglesia durante cuatro años, tenía una relación pecaminosa con la que era mi novia en aquel momento. Y aunque nada de esto parece tener relación con el tema del mensaje de hoy, la realidad es que todos estos pecados se derivaban de mi enojo contra mi papá por haberme abandonado. Yo era un homicida y no tenía vida eterna permanente en mí. Esto fue lo que me llevó eventualmente a abandonar la iglesia.
No fue sino hasta la Convivencia de Verano de UBF Caracas en 2004: “En Jesús Hay Esperanza”, que pude encontrarme con Jesús en la cruz y entender que debía arrepentirme y perdonar a mi padre. Que tenía que dejar de lado ese enojo que tenía dentro de mí más de una década. Así que al regresar a casa después de esa convivencia pude abrazar a mi padre por primera vez en mi vida y perdonarle de corazón. Hasta el día de hoy mi papá nunca me ha pedido perdón por abandonarnos, pero yo lo perdoné como evidencia de mi nuevo nacimiento. Fui perdonado de mi pecado de homicidio y mi Dios me dio una nueva vida en Él a través de esto.
En lugar de enojarnos, insultar y maldecir, como cristianos debemos amar y perdonar, así como Dios nos ha amado y perdonado. No importa lo que nuestro hermano nos haya hecho, quizás hasta lo hizo con alevosía, pero igualmente debemos amarlo y perdonarlo porque es lo que nuestro Padre Dios haría. Y más aún, si sabemos que hemos hecho algo que ha defraudado a nuestro hermano en alguna manera, debemos buscar la forma de reconciliarnos, de ponernos de acuerdo lo más pronto posible. De esta manera estaremos en obediencia al sexto mandamiento y tendremos una justicia mayor que la de los escribas y los fariseos.
Yo oro para que podamos amarnos los unos a los otros así como Dios nos ha amado, y que podamos perdonarnos nuestras ofensas mutuamente. Que ninguno de ustedes tenga enojo en su corazón contra nadie y que realmente se pueda manifestar en nosotros esta justicia superior que viene del nuevo nacimiento y de la obra del Espíritu Santo en nuestros corazones. ¡Que el amor de Cristo y la paz del Espíritu Santo reine en nuestra iglesia y nos ayude a convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa! Amén.
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