Mateo 5:19-20
5:19 De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos.5:20 Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
LA JUSTICIA DEL CRISTIANO: UNA JUSTICIA MAYOR
Buenos días. La semana pasada aprendimos que Jesús vino a cumplir la Ley y los profetas, es decir todo lo que está escrito en el Antiguo Testamento. Jesús es el cumplimiento de todas las profecías, de todas las ceremonias y de todas las leyes que Dios estableció en su plan de salvación para la humanidad. Solamente Jesús ha sido el hombre perfecto que pudo obedecer toda la Ley hasta su último detalle, deshaciendo la desobediencia de Adán y, por tanto, la maldición del pecado y de la muerte con su sacrificio redentor en la cruz de El Calvario. Gracias a que Jesús cumplió con toda la Ley en su vida, muerte y resurrección, nos ha dado la oportunidad de tener una nueva relación con Dios por medio de poner nuestra fe en Él. ¡Nos ha hecho justos según la justicia que es por la fe, y ya no por nuestra justicia, según las obras de la Ley!
Pero esto no quiere decir que el cristiano queda libre para desobedecer la Ley, sino que nuestra justificación y salvación no depende de la obediencia a la Ley, sino de la justicia perfecta de Jesucristo. Hoy aprenderemos la relación que existe entre el cristiano y la Ley como consecuencia del cumplimiento de Jesucristo a la Ley. Y en lo que resta del capítulo 5, durante las próximas semanas, vamos a aprender la justicia con la que debe vivir el cristiano en este mundo.
Hoy en día muchos cristianos están confundidos con respecto a la relación que tenemos con la Ley de Moisés o con el Antiguo Testamento. Algunos van al extremo de decir que se debe cumplir toda la Ley. Entonces, continúan guardando el sábado como el día de reposo, no aceptan transfusiones de sangre porque la Ley dice que no se debe comer sangre, entre otras cosas. Otros toman el extremo opuesto y dicen que ya no debemos cumplir con ninguna de las leyes, que ni siquiera hay nada útil que podamos sacar del Antiguo Testamento y que debemos enfocarnos solo en Jesús y en sus enseñanzas. Esto último no es nuevo en realidad, Marción, el famoso hereje del s. II, volvió a escribir el Nuevo Testamento eliminando las referencias al Antiguo, y por supuesto suprimió este pasaje bíblico que hemos estado aprendiendo en estas dos semanas. Sus equivalentes actuales parecen ser aquellos que han abrazado la llamada “nueva moralidad”, porque declaran que la categoría de ley ya no aplica para el cristiano, que ya ninguna ley ata al pueblo cristiano excepto la ley del amor, y que en realidad el mandamiento del amor es el único que necesitamos obedecer.
Sin embargo, este pasaje bíblico de hoy es de gran importancia, no solo por su definición de justicia cristiana sino también por la luz que aporta a la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre el evangelio y la ley. Jesús nos está enseñando aquí que hay una continuidad entre la Ley y el Evangelio. Tenía que haber Ley antes que pudiera venir el Evangelio. La humanidad tenía que aprender la diferencia entre bien y mal; las personas tenían que aprender su propia incapacidad para cumplir las demandas de la Ley y responder a los mandamientos de Dios; tenían que aprender el sentimiento de pecado y la indignidad y la incapacidad; y todo esto nos debe traer a Jesús con arrepentimiento rogando por el perdón de nuestros pecados y por participar de Su justicia.
Como les dije la semana pasada, el pasaje bíblico que estamos aprendiendo se divide en dos partes: primero, la relación entre Jesucristo y la Ley (vv. 17–18); y segundo, la relación entre el cristiano y la ley (19–20). Ya aprendimos la primera parte la semana pasada y hoy aprenderemos la segunda. Yo oro para que a través de este mensaje podamos entender bien la relación que tenemos con la Ley, y que podamos vivir con la justicia que Jesús quiere que vivamos, una justicia mayor a la de los escribas y fariseos, y que tengamos verdaderamente hambre y sed de justicia, y suframos mansamente la persecución por ella como aprendimos en las bienaventuranzas. Amén.
I.- La grandeza de guardar y enseñar hasta el más pequeño de los mandamientos (19)
Leamos juntos el v.19. Jesús comienza diciendo “de manera que”, introduciendo la deducción a la que Jesús lleva a sus discípulos, y que es consecuencia de la validez permanente de la Ley y de su propia actitud con respecto a ella. Revela una conexión vital entre la Ley de Dios y el reino de Dios. Él no vino a abrogar la ley sino a cumplirla; y ni la más pequeña letra ni el mínimo trazo pasarán de la ley hasta que todo se haya cumplido; “de manera que” los discípulos de Jesús deben actuar de la misma forma, deben obedecer la Ley según el propósito con que fue escrita. Y la grandeza en el reino de Dios se medirá según hayamos obedecido todos los mandamientos o no, parezcan pequeños o grandes.
Ya aprendimos la semana pasada que la relación de Jesús con el Antiguo Testamento varía según el tipo de ley o profecía, pero la palabra cumplimiento engloba toda relación de Jesús con el AT. De la misma manera, nuestra relación con la Ley y la obediencia a ella varía según la relación que Cristo tenga con ella. Por ejemplo, hablamos la semana pasada que Jesús era el cumplimiento o el fin de todas las leyes ceremoniales veterotestamentarias. Jesús es el nuevo Templo, el Sumo Sacerdote perfecto del Nuevo Pacto y el sacrificio perfecto que puede perdonar todos los pecados una vez y para siempre. Así que el cristiano ya no necesita el Tabernáculo o el Templo de Jerusalén para ir a adorar a Dios, como le reveló Jesús a la mujer samaritana: “Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” (Jua. 4:21-24). Ya no necesitamos ir a un lugar específico para adorar a Dios, ahora podemos adorar en nuestro espíritu en cualquier lugar donde estemos.
Entonces se estarán preguntando algunos: “¿Qué hacemos aquí?” “¿Para qué venimos a adorar a Dios a la iglesia si lo podemos adorar desde nuestras casas?” Es cierto que Jesús nos abrió el camino para que pudiésemos acercarnos al Padre en cualquier lugar donde estemos, pero igualmente necesitamos congregarnos para la adoración colectiva y la mutua edificación. El autor de Hebreos lo expresa así: “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.” (Heb 10:24-25). Nos congregamos para estimularnos al amor y a las buenas obras, para exhortarnos y servirnos mutuamente. Y por supuesto para adorar juntos a nuestro Dios mientras Él está en medio de nosotros conforme a la promesa de Jesús: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.” (Mat. 18:20).
Ahora, si bien las leyes ceremoniales se cumplieron en Jesús y ya no necesitamos ir a un templo a sacrificar a un animal para acercarnos a Dios, ni tampoco necesitamos de un sacerdote que interceda por nosotros, la ley moral de Dios sigue vigente. Es decir, los Diez Mandamientos siguen vigentes para su cumplimiento. Y el tercer mandamiento es: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo.” (Exo. 20:8). Jesús es el cumplimiento del Día de Reposo también. En Él reposamos de nuestras malas obras, y en Él hallamos el reposo espiritual que tanto necesitamos. (Mat. 11:28-30; 12:8; Heb. 4:1-11). Por eso ya no guardamos el sábado como los judíos, sino que ahora guardamos el domingo, el Día del Señor, para venir a este lugar y celebrar la resurrección de nuestro Señor Jesucristo que nos ha dado vida eterna. Guardar el Día del Señor, venir el domingo a la iglesia a congregarnos, es la obediencia a este tercer mandamiento cumplido en Jesús. Y si alguno no lo obedece, y además enseña a otro que no importa si uno falta un domingo a la iglesia, entonces muy pequeño será llamado en el reino de los cielos.
Por otro lado, pueden notar que Jesús habla de mandamientos muy pequeños. Es cierto que no todos los mandamientos parecen tener la misma gravedad. No nos parece tan grave mentir como matar, por ejemplo. Pero si violamos uno de estos mandamientos, por pequeño que parezca, y además enseñamos a otros a no guardarlos, seremos llamados muy pequeños en el reino de los cielos. Cada uno de los mandamientos, por pequeño parezca, es importante, precisamente porque se trata de uno de los mandamientos de Dios el Rey. La grandeza en el reino les pertenece a aquellos que son fieles en poner por obra y enseñar toda la ley moral de Dios. Spurgeon escribió una vez: “La grandeza en el reino de Cristo está ordenada de acuerdo con la obediencia”. Y no basta solo la obediencia personal; los discípulos cristianos también tienen que enseñar a otros la naturaleza permanentemente obligatoria de los mandamientos de la ley. Así que la obediencia a los mandamientos y su enseñanza, tiene que ser una característica de los discípulos de Jesús.
El propio Jesús lo dijo a sus discípulos: “Si me amáis, guardad mis mandamientos.” (Jua. 14:15). Si realmente amamos a Dios, obedeceremos la ley moral de Jesús, guardaremos sus mandamientos. Y si bien Jesús resumió los mandamientos en dos grandes mandamientos: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.” Y, “amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mat. 22:37,39,40). Estos dos mandamientos no son más que los principios fundamentales de los Diez Mandamientos y para obedecer estos dos grandes mandamientos de Jesús, debemos obedecer todos los Diez Mandamientos. De hecho, en lo que resta de este capítulo 5, Jesús va a mostrar algunos ejemplos de la justicia con la que el cristiano debe guardar los mandamientos.
Así que no pensemos que estamos exentos de guardar los mandamientos o de aprender y obedecer los principios morales fundamentales del Antiguo Testamento. Al contrario, si queremos ser grandes en el reino de los cielos, debemos aprender bien, obedecer y enseñar toda la Palabra de Dios hasta el más pequeño detalle, hasta el más pequeño de los mandamientos. Si ignoramos voluntariamente y enseñamos a otros a ignorar algunos de los mandamientos de Dios, por muy pequeños que parezcan, seremos llamados muy pequeños en el reino de los cielos.
Ya habrán podido notar que el obedecer los mandamientos no es un requisito para entrar en el reino de los cielos, “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efe 2:8-9). Sin embargo, la obediencia a los mandamientos muestra nuestro amor a Dios, y es para nuestra santificación. Así que si somos verdaderos discípulos de Jesús, obedeceremos y enseñaremos a otros a obedecer la Palabra de Dios desde Génesis hasta Apocalipsis. Amén.
II.- Nuestra justicia debe ser mayor que la de los escribas y fariseos (20)
Leamos juntos el v.20. Fíjense que Jesús va todavía más lejos. No solo se determina la grandeza en el reino por medio de una justicia conforme a la ley, sino que también el ingreso en el reino de los cielos es imposible sin una justicia mayor que la de los escribas y fariseos, porque el reino de Dios es un reino de justicia. Pero, quizás pensará alguno, ¿no eran los escribas y fariseos famosos por su justicia? ¿No era la obediencia a la ley de Dios la pasión que dominó sus vidas? ¿No calcularon que la ley contenía 248 mandamientos y 365 prohibiciones, y no aspiraron a guardarlos todos? ¿Cómo puede entonces la justicia cristiana exceder verdaderamente la justicia farisaica, y cómo puede convertirse esta justicia cristiana superior en una condición de ingreso al reino de Dios? ¿No enseña esto una doctrina de salvación mediante buenas obras, contradiciendo la Palabra de Dios?
La aseveración de nuestro Señor tuvo sin duda que haber asombrado a sus primeros oyentes, del mismo modo que nos asombra hoy. Pero la respuesta a estas preguntas no hay que buscarla lejos. La justicia cristiana sobrepasa en mucho a la justicia farisaica en género más que en grado. Podemos decir que no es que el éxito cristiano resida en guardar 240 mandamientos mientras los mejores fariseos solo hubieran logrado llegar a los 230. No. La justicia cristiana es mayor que la justicia farisaica porque es más profunda, ya que se trata de justicia del corazón. A partir de Freud se ha hablado mucho sobre “psicología profunda”; el interés de Jesús estuvo en la “moralidad profunda”. Los fariseos se contentaban con una obediencia formal y externa, una conformidad rígida a la letra de la ley; Jesús nos enseña que las demandas de Dios son mucho más radicales que esto. La justicia que le agrada es justicia interior de pensamiento y motivación: “porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.” (1Sa. 16:7).
Jesús denunció en muchas ocasiones la hipocresía o apariencia de piedad de los fariseos: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.” (Mat 23:27-28). Los fariseos parecían ser los judíos más justos que existían, pero su justicia se basaba solamente en el cumplimiento de deberes religiosos, sin que estos tuviesen necesariamente un impacto profundo en sus vidas y en su relación con Dios. Parecían buenos religiosos externamente, pero su corazón estaba lejos de Dios. Así les dijo Jesús: “Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.”(Mat 15:7-9). La justicia del cristiano tiene que ser mayor que la de ellos. No debe ser una justicia externa, sino de corazón.
Y es que los profetas anunciaron una nueva justicia de corazón como una de las bendiciones de la era mesiánica. Dios prometió: “Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón” (Jer. 31:33). ¿Cómo lo haría? Dios dijo a Ezequiel: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.” (Eze. 36:27). Así pues coinciden las dos promesas de Dios: poner su ley dentro de nosotros y poner su Espíritu dentro de nosotros. No tenemos que pensar, como algunos lo hacen hoy, que cuando tenemos el Espíritu podemos prescindir de la ley, porque lo que el Espíritu hace en nosotros es, precisamente, escribir la ley de Dios en nuestros corazón. Así ‘Espíritu’, ‘ley’, ‘justicia’ y ‘corazón’ van juntos.
Los fariseos pensaban que una conformidad externa a la ley sería suficiente justicia. Sin embargo, El “Maestro de Justicia”, uno de los rollos del Mar Muerto, fue más estricto, porque definió los mandamientos de la ley de manera más exhaustiva y más rigurosa que los fariseos y exigió a los esenios del Qumrán una obediencia radical a todos ellos. Pero Jesús fue todavía más radical, porque si bien los esenios pedían más y más obediencia a más y más mandamientos, Él pedía obediencia más y más profunda a la santa Ley de Dios. Y esta exigencia de obediencia más profunda a los mandamientos lo veremos en la forma en la que Jesús interpreta los mandamientos en lo que resta del capítulo 5.
Esta obediencia más profunda es la justicia de corazón y solo es posible en aquellas personas a quienes el Espíritu Santo ha regenerado y en quienes ahora mora. Por eso es imposible entrar en el reino de Dios sin una justicia mayor que la de los fariseos, es decir, una justicia más profunda. Esta justicia es evidencia del nuevo nacimiento, y nadie puede entrar al reino de Dios sin haber nacido de nuevo, como le reveló Jesús a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” (Jua. 3:3). Para alcanzar esta justicia debemos haber aceptado el sacrificio de Jesús en la cruz por nuestros pecados, y haberle hecho nuestro Señor y Rey.
Las disciplinas espirituales o los deberes religiosos son buenos en tanto nos ayuden a profundizar nuestra obediencia a Dios, pero sirven para muy poco si no hemos nacido de nuevo. Las disciplinas espirituales y los deberes religiosos son buenos para ejercitarnos en la piedad y ayudarnos a mortificar la carne y a sus deseos, pero sirven para muy poco si no andamos en el Espíritu, es decir, si el Espíritu Santo no mora en nosotros y nos ha regenerado. Para que estas disciplinas espirituales sean eficaces debemos ser nuevas criaturas en Cristo Jesús y nuestra pasada manera de vivir debe ser solamente un lejano y malo recuerdo. Pero si todavía estamos viviendo en la misma vida de pecado que llevábamos antes de venir a Cristo, entonces las disciplinas espirituales no están surtiendo ningún efecto.
¿Para qué tenemos las disciplinas espirituales? ¿Para alcanzar la salvación o ser justificados por las cosas que hagamos? ¡No! Para ayudarnos a profundizar nuestra obediencia. ¿Para qué guardar el Día del Señor, venir cada domingo a la iglesia a congregarnos? Para enseñarnos a amar a Dios por encima de todas las cosas, incluyendo a nosotros mismos, nuestro deseo de divertirnos, nuestros trabajos, nuestras familias, etc. También para que aprendamos el amor sirviéndonos unos a otros como hermanos y compartiendo nuestras luchas espirituales. Además para escuchar la Palabra de Dios y ser animados y exhortados por ellas. Adicionalmente, para adorar juntos a Dios. ¿Para qué tener el estudio bíblico 1:1 y escribir testimonio bíblico? Para aprender más profundamente la Palabra y aprender también como obedecerla más profundamente. ¿Para qué tenemos el Pan Diario? Para tener un contacto diario con la Palabra de Dios y aprender también cómo obedecerla más profundamente. ¿Para qué salir a pescar a la universidad y dar estudio bíblico? Para obedecer la Gran Comisión, aprender a amar a otros y compartir la gracia que Dios nos ha dado. Todas las disciplinas espirituales de nuestro ministerio tienen la intención de ayudarnos a profundizar nuestra relación con Dios y nuestra obediencia a Él y a Su Palabra. Tienen la intención de ayudarnos a tener una mayor justicia que la de los escribas y fariseos.
Pero si usted viene todos los domingos a la iglesia, tiene su estudio bíblico 1:1 fielmente cada semana con su pastor, come Pan Diario cada día, escribiendo testimonio bíblico también, va a pescar a la universidad cada semana, tiene varios estudios bíblicos a la semana con los estudiantes, y continúa viviendo en pecado, entonces de nada está sirviendo lo que está aprendiendo y haciendo. ¡Usted tiene una justicia como la de los escribas y los fariseos! Aunque cumpla con todas las disciplinas espirituales, usted no ha nacido de nuevo y no podrá entrar en el reino de los cielos. Si usted todavía está viviendo en el pecado, entonces necesita arrepentirse urgentemente, abandonar el pecado y profundizar su obediencia a Dios con estas disciplinas espirituales.
¿Cuál es la evidencia de que mi justicia es mayor que la de los escribas y fariseos, o de que he nacido de nuevo? Si el fruto del Espíritu se manifiesta evidentemente en su vida: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gál. 5:22-23) Y, ¿cuál es la evidencia de que todavía no he nacido de nuevo? Si anda usted todavía en las obras de la carne: “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.” (Gál. 5:19-21). Si usted anda en cualquiera de estas obras de la carne, no importa que cumpla con todo deber religioso o disciplina espiritual, no entrará en el reino de Dios.
Yo oro para que cada uno de nosotros pueda examinar profundamente su corazón el día de hoy y que pueda arrepentirse genuinamente y tener una justicia mayor que la de los escribas y los fariseos, “y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Flp. 3:9). Que la justicia de Cristo sea manifiesta en nuestras vidas dando el fruto del Espíritu y que seamos verdaderamente sal y luz del mundo viviendo con una justicia que ayude a convertir a Panamá en un reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.
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