Mateo 5:17-18

5:17 No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.
5:18 Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.

JESÚS VINO A CUMPLIR LA LEY


Buenos días. Hoy retomamos las lecturas en el Evangelio de Mateo, continuando con el Sermón del Monte. Hasta ahora hemos aprendido en este sermón el carácter que Jesús espera del ciudadano del reino de los cielos, del cristiano, con las bienaventuranzas; y la influencia que debe tener el cristiano mientras vive en este mundo, siendo la sal y la luz del mundo. En lo que resta del capítulo 5 de Mateo, Jesús enseña acerca de la justicia con la que debe vivir el cristiano en este mundo. Así que pasaremos las próximas semanas aprendiendo esto. 

El pasaje bíblico de Mat. 5:17-20 es la introducción a esta justicia. Este pasaje bíblico es de gran importancia, no solo por su definición de justicia cristiana sino también por la luz que aporta a la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre el evangelio y la ley. Se divide en dos partes: Primero, la relación entre Jesucristo y la Ley (vv. 17–18); y segundo, la relación entre el cristiano y la ley (vv. 19–20). Hoy solo abarcaremos la primera parte para que podamos entender bien en qué sentido Jesús vino a cumplir la ley y los profetas. La próxima semana ahondaremos en la relación entre la Ley y nosotros. Yo oro para que a través de este mensaje podamos entender bien cómo Jesús es el cumplimiento de la ley y los profetas, y por qué necesitábamos que Él cumpliera con toda justicia. Amén. 

I.- Jesús no vino para abrogar sino para cumplir (17)

Leamos juntos el v.17. Jesús comienza este pasaje bíblico diciéndoles a sus discípulos que no piensen que Él ha venido a abrogar, invalidar o anular la ley o los profetas. La forma en que Jesús presenta esta declaración nos muestra que a algunos se les había ocurrido esta idea. Aunque su ministerio público había comenzado hacía poco tiempo, ya sus contemporáneos se encontraban profundamente inquietos por su supuesta actitud hacia la Ley. En repetidas ocasiones Jesús quebrantó lo que los judíos llamaban la Ley. No cumplía el lavado de las manos que la Ley establecía; sanaba a los enfermos en sábado, aunque la Ley prohibía tales sanidades; de hecho fue condenado y crucificado como quebrantador de la Ley. Pero Jesús les aclara aquí a sus discípulos que Él no había vino a invalidar la ley o lo profetas, sino para cumplirlos.

En realidad, desde el mismo comienzo de su ministerio, la gente se había asombrado de la autoridad de Jesús, “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen?”  (Mar. 1:27). Así que, era natural que muchos se preguntaran cuál era la relación entre esa autoridad y la autoridad de la Ley de Moisés. Para ellos estaba claro que los escribas se sometían a la Ley de Moisés, porque eran “maestros de la ley”. Se dedicaban a su interpretación y no reclamaban para sí mismos autoridad. Pero no estaba claro con respecto a Jesús, quien hablaba con autoridad propia. A Jesús no le gustaba usar la fórmula que algún profeta antiguo o algún escriba moderno hubiera usado. Presentaba algunas de sus declaraciones más impresionantes precediéndolas de un “De cierto os digo”, hablando en su propio nombre y con su propia autoridad. ¿Cuál era esta autoridad? ¿Se estaba colocando Jesús como autoridad frente a la ley sagrada, la Palabra de Dios? Así les parecía a algunos. Por eso surgía esta pregunta, abierta u oculta, a la cual Jesús responde ahora sin ambigüedades: No piensen que he venido a abrogar la ley o los profetas.

Ahora bien, ¿qué son la Ley y los profetas? Los judíos usaban la expresión “La Ley” de cuatro maneras diferentes. Primero, la usaban para designar los cinco primeros libros de la Biblia, la Torá, a los que nosotros llamamos “Pentateuco”, palabra griega que quiere decir literalmente “Los Cinco Rollos”. Para los judíos los cinco libros de Moisés eran la parte más importante de la Biblia. Segundo, la Ley hacía referencia a los Diez Mandamientos, que son el corazón o la esencia de toda la Ley. Tercero, usaban la frase La Ley y los Profetas para englobar todo lo que llamamos Antiguo Testamento. Y cuarto, la usaban con el sentido de Ley de los escribas u oral. En tiempos de Jesús éste último era el sentido más corriente, y era esta Ley de los escribas de la que Jesús era acusado de violar constantemente. 

¿Qué era la Ley de los escribas? En el Antiguo Testamento mismo encontramos muy pocas reglas y normas; lo que sí encontramos son grandes principios generales que cada uno ha de asumir e interpretar bajo la dirección de Dios, y aplicar a las situaciones concretas de la vida. En los Diez Mandamientos no se nos dan reglas ni normas; son todos y cada uno de ellos grandes principios en los cuales hemos de encontrar la norma de nuestra vida. Para los judíos posteriores estos grandes principios no eran suficientes. Mantenían que la Ley era divina, y que en ella Dios había dicho la última palabra, y que por tanto todo debía estar en ella. Si una cosa no estaba en la Ley explícitamente, tendría que estar implícitamente. Por tanto discutían que debe ser posible deducir de la Ley una regla y una norma para cada posible situación de la vida. Así los llamados escribas, los copistas de las Escrituras, comenzaron a reducir los grandes principios de la Ley a literalmente miles de miles de reglas y normas.

Para que tengamos una idea de la cantidad de reglas y normas, en un principio, la Ley oral de los escribas se transmitía de memoria, pero a mediados del s. III se hizo un sumario de ella y se codificó. Eso es lo que se conoce como la Misná; contiene 63 tratados sobre varios asuntos de la Ley, lo que la hace un libro casi tan grande como la Biblia. Los estudiosos judíos posteriores se tomaron el trabajo de hacer comentarios para explicar la Misná. Estos comentarios son lo que se conoce como los Talmudes. El Talmud de Jerusalén tiene doce volúmenes impresos, y el Talmud de Babilonia, sesenta. 

Para un judío ortodoxo estricto de tiempos de Jesús, la religión, servir a Dios, era cuestión de cumplir miles de reglas y normas legales; consideraban estas ridículas reglas y normas cuestiones literalmente de vida o muerte que determinarían su destino eterno. Está claro que Jesús no quería decir que ninguna de estas reglas y normas no hubiera de desaparecer; repetidamente las quebrantó Él mismo, y repetidamente las condenó. Eso no era lo que Jesús entendía por la Ley. 

Entonces, ¿qué entendía Jesús por la Ley y los profetas? Las Escrituras mismas. Lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento. Esto es lo que Jesús no vino a anular sino a cumplir. Sin embargo, aún hoy la gente se pregunta, aunque de formas diferentes, sobre la relación entre Jesús y Moisés, entre el Nuevo Testamento y el Antiguo. Ya que Jesús captó el problema y se pronunció abiertamente en cuanto al asunto, nosotros no deberíamos tener vergüenza de ir por el mismo camino. Jesús no había venido ni para “abrogar la ley o los profetas”, haciéndolos a un lado o aboliéndolos, ni tampoco para apoyarlos de una manera formal y muerta. Él declaró que no había venido a abolirlos sino a cumplirlos.

El verbo griego que se traduce aquí como “cumplir” es pleróo y significa literalmente “llenar algo hasta el tope, rellenar un hueco, hacer perfecto o pleno”. Indica, como lo expresó Juan Crisóstomo, que los dichos de Cristo “no eran abrogación de los anteriores, sino ampliación y culminación de ellos”. Para captar las implicaciones de esto, necesitamos recordar que “la ley o los profetas”, o el Antiguo Testamento, contienen varios tipos de enseñanza. La relación de Jesucristo con cada uno de ellos difiere, pero la palabra “cumplimiento” las cubre a todas. 

Primero, el Antiguo Testamento contiene enseñanza doctrinal. Torá, que generalmente se traduce como ‘ley’, significa realmente “instrucción revelada”. El Antiguo Testamento ciertamente nos instruye sobre Dios, el hombre, el pecado, la salvación, etc. Allí encontramos todas las grandes doctrinas bíblicas. Sin embargo era solo una revelación parcial. Jesús lo “cumplió” todo en el sentido de llevarlo a su realización por medio de su persona, su enseñanza y su obra. El obispo J.C. Ryle lo resume así: “El Antiguo Testamento es el evangelio en capullo, el Nuevo Testamento es el evangelio en plena floración. El Antiguo Testamento es el evangelio en la hoja de la hierba; el Nuevo Testamento es el evangelio en la espiga abierta”. El Nuevo Testamento es el estado pleno final del Antiguo Testamento.

Segundo, el Antiguo Testamento contiene profecía de predicción. Gran parte de él anticipa los días del Mesías, y lo predice en palabras o lo prefigura en tipo. Pero solo era una anticipación. Jesús lo “cumplió” todo en el sentido de que aquello que había sido predicho sucedió en él. La primera declaración de su ministerio público fue, “El tiempo se ha cumplido” (Mar. 1:15). Una y otra vez Jesús declaró que las Escrituras daban testimonio de Él. Mateo hace hincapié en esto más que cualquier otro evangelista, por su fórmula repetida: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta…” El clímax fue su muerte en la cruz, en la cual tuvo su cumplimiento perfecto todo el sistema ceremonial del Antiguo Testamento (tanto el sacerdocio como el sacrificio). Después las ceremonias cesaron. Pero, como Calvino comentó correctamente, “Solo fue abolido su uso, porque su significado había sido confirmado en plenitud.” Ellas eran solo la “sombra” de lo que había de venir, pero el cuerpo que reflejaba esa sombra, es Cristo mismo (Col. 2:17).

Tercero, el Antiguo Testamento contiene preceptos éticos, o la ley moral de Dios. Pero a menudo se entendieron mal, y aún más a menudo se desobedecieron. Jesús los “cumplió”, primeramente obedeciéndolos, porque él había “nacido bajo la ley” (Gál. 4:4) y estaba decidido, como lo había dicho Juan el Bautista, a cumplir “con toda justicia” (Mat. 3:15). “De hecho, no tiene nada que añadir a los preceptos de Dios”, escribió Bonhoeffer; “los guarda, y esto es lo único que añade”. Pero hace más que simplemente obedecerlos; explica que la obediencia concierne también a sus discípulos. Jesús rechaza la interpretación superficial de la ley dada por los escribas: Él mismo provee la verdadera interpretación. Su propósito no es cambiar la ley, menos aún anularla, sino revelar su verdadero significado. Así entonces Él la cumple, al declarar las exigencias radicales de la justicia de Dios. Esto es lo que se acentúa en el resto del capítulo 5 de Mateo, dándonos ejemplos, que aprenderemos durante las próximas semanas.

Así que Jesús no vino a abolir la ley o lo profetas, sino a cumplirlos, a mostrar su verdadero significado, a cumplir las profecías, y a obedecer perfectamente sus preceptos. Y haciendo esto, se convirtió, como dice el apóstol Pablo, en “el fin de la ley” (Rom. 10:4), en su cumplimiento perfecto. Y ahora nos ha dado a nosotros una nueva relación con la Ley, no haciéndonos libres para desobedecerla, sino exactamente lo contrario, mostrándonos cómo podemos obedecerla perfectamente. Aunque la aceptación de Dios no se obtiene mediante la obediencia a la Ley sino mediante la fe en Cristo, de manera que necesito “ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Flp. 3:9).

Habiendo afirmado que su propósito al venir fue cumplir la ley, Jesús continúa presentando la causa y la consecuencia de esto. La causa es la vigencia de la Ley hasta que se haya cumplido (v.18), y la consecuencia es la obediencia a la ley que tienen que prestar los ciudadanos del reino de Dios (vv. 19–20). Como les dije antes, la consecuencia la aprenderemos la próxima semana, a continuación aprenderemos la vigencia de la Ley hasta su cumplimiento.

II.- La vigencia de la Ley hasta que todo se haya cumplido (18)

Leamos juntos el v.18. Jesús comienza esta enseñanza con su fórmula habitual de enseñanza con autoridad: “de cierto os digo”, dando a entender que lo que dirá a continuación es completamente cierto y debe cumplirse sin falta alguna. “Hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.” Aquí está diciendo que la ley en todo su detalle permanecerá vigente “hasta que todo se haya cumplido”. Lo que Casiodoro de Reina tradujo aquí como “jota” es la traducción literal al español de la letra griega iota que aparece allí en el texto bíblico. Sin embargo, esa iota en realidad es, a su vez, una traducción literal de la letra hebrea yod que es la más pequeña de las letras hebreas y que se parece a un apóstrofe. Por otro lado, lo que la Reina-Valera traduce tilde, en griego dice “cuernito” refiriéndose a los pequeños trazos que diferenciaban una letra hebrea de la otra. Así que lo que Jesús está diciendo es que ni la letra más pequeña, ni el más pequeño trazo, es decir ni el más mínimo detalle de la Ley pasará hasta que todo se haya cumplido.

Ahora la pregunta es: ¿Se ha cumplido ya todo el AT? Si bien Jesucristo es el fin de la Ley y a Él apunta todo el Antiguo Testamento, la primera venida de Jesús como el Siervo Sufriente no cumple con todas las profecías veterotestamentarias, aún falta su Segunda venida con poder para establecer el reino de Dios definitivamente en la Tierra. Todavía hace falta que “el día del Señor [venga] como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas.” (2Pe. 3:10) y vengan “un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron” (Apo. 21:1). Por lo tanto, la Ley, entendida aquí como la Palabra de Dios, las Escrituras del AT, sigue aún vigente, y lo seguirá estando hasta el final de los tiempos. 

Entonces, ¿por qué no seguimos guardando el día de reposo, siguiendo las ceremonias rituales del AT, y las leyes civiles y de higiene de la Ley? Porque ya todas ellas se cumplieron en Cristo, siendo perfeccionadas en Él y en nuestra relación con Él. Pero los principios fundamentales de las leyes, como los Diez Mandamientos, siguen vigentes hoy en día y todavía debemos obedecerlos, ya no para nuestra salvación, sino para nuestra santificación y como una muestra de sujeción y agradecimiento a Dios. Y de eso es lo que va a tratar a Jesús en los vv. 19-20, que aprenderemos la próxima semana. 

En conclusión, Jesús es el cumplimiento de todo lo que está escrito en el AT. La ley fue, en palabras del apóstol Pablo, “nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe.” (Gál. 3:24). La ley fue el tutor, el maestro, que nos enseñó el estándar de santidad que Dios requiere del hombre y cuan pecadores somos para alcanzarlo. “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.” (Rom. 8:3-4). Jesús cumplió perfectamente con la Ley para librarnos de la justicia conforme a la Ley y darnos Su justicia por fe, por la gracia que Él ha comprado para nosotros en la cruz del Calvario. “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.” (Gál. 3:13-14).

Pero eso no quiere decir que ahora nosotros vivimos sin Ley, sino que dice Rom. 8:4 que vivimos conforme al Espíritu, o como dice antes Pablo en Rom. 8:2: “la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús”. Esta Ley es la que Jesús resumió en dos grandes principios: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.” Y, “amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.” (Mat. 22:37,39,40). Así que debemos obedecer estos principios de amor que están detallados en los Diez Mandamientos, y de los cuales Jesús va a dar ejemplos concretos de obediencia en lo que resta de este capítulo 5  de Mateo. 

Yo oro para que cada uno de nosotros, estudiando la Palabra de Dios profunda y reverentemente, reconozca sus pecados y venga a Jesús por fe, creyendo en su muerte redentora en la cruz, y le acepte en su vida como su Señor y Salvador. Y que vivamos obedeciendo la Palabra de Dios, desde Génesis a Apocalipsis, entendiéndola en Cristo Jesús, y que así mostremos la justicia de Cristo en nuestras vidas siendo sal y luz en este mundo para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Amén.

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