Mateo 5:13-16
5:13 Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.5:14 Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.
5:15 Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.
5:16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que están los cielos.
USTEDES SON LA SAL DE LA TIERRA Y LA LUZ DEL MUNDO
Buenos días. Durante las últimas siete semanas hemos estado aprendiendo el carácter que Jesús espera que tengan sus discípulos a través de las Bienaventuranzas. ¿Cuáles son esas ocho cualidades de carácter que Él espera en un ciudadano del reino Celestial? Que sean pobres en espíritu, que lloren, que sean mansos, que tengan hambre y sed de justicia, que sean misericordiosos, limpios de corazón, pacificadores y que perseveren en la persecución. Si no se desarrollan y muestran estas cualidades de carácter en nuestras vidas, entonces difícilmente podremos decir que hemos nacido de nuevo, y por lo tanto no podríamos afirmar que somos discípulos de Jesús y ciudadanos del reino de los cielos. Yo oro para que cada uno de nosotros anhelemos de todo corazón desarrollar todas estas cualidades de carácter y seamos los bienaventurados discípulos que Jesús quiere que seamos. Amén.
Si las bienaventuranzas describen el carácter esencial de los discípulos de Jesús, la enseñanza que aprenderemos hoy, las metáforas de la sal y la luz, describen la influencia que el discípulo de Jesús debe tener en el mundo. Quizás es difícil pensar que los cristianos puedan ejercer una influencia saludable en el mundo. ¿Qué posible influencia podrían ejercer las personas descritas en las bienaventuranzas en un mundo tan duro y resistente como el nuestro? ¿Qué bien perdurable pueden hacer los pobres y los mansos, los que lloran y los misericordiosos, y los que buscan hacer la paz y no la guerra? ¿No los hundirían simplemente las enormes olas del mal? ¿Qué pueden lograr aquellos cuya sola pasión es un hambre de justicia, y cuya única arma es la limpieza de corazón? ¿No son tales personas demasiado débiles para llevar a cabo algo, especialmente si son una pequeña minoría en el mundo? Es evidente que Jesús pensó lo contrario. El mundo indudablemente perseguirá a la iglesia (vv. 10-12); pero el llamado de la iglesia es servir a este mundo que la persigue. El teólogo Rudolf Stier dijo: “Este tiene que ser tu único desquite: amor y verdad para el odio y las mentiras”.
Por increíble que parezca, Jesús describió a sus discípulos como la sal de la tierra y la luz del mundo, tan largo alcance tendría su influencia. Para definir la naturaleza de la influencia que ellos tendrían, Jesús recurrió a dos metáforas tomadas de la vida hogareña. Todo hogar, aunque fuera pobre, usaba, y todavía usa, sal y luz. Durante su propia niñez Jesús tuvo que haber observado con frecuencia a María usando sal en la cocina y poniendo luz a los candeleros cuando caía el sol. La sal y la luz eran artículos indispensables en el hogar. Varios comentaristas citan el dicho de Plinio de que nada es más útil que “la luz del sol y la sal” (en latín, sole et sale). La necesidad de luz es obvia. La sal, por otra parte, tuvo variedad de usos que aprenderemos en este mensaje. Y ambas metáforas están relacionada con la influencia del discípulo de Jesús en este mundo.
Hay también otra verdad básica que es común a estas dos metáforas: la iglesia y el mundo son comunidades diferentes. Por una parte existe “la tierra”, por la otra “vosotros” (ustedes) que son la sal de la tierra; por una parte existe “el mundo”, por la otra “vosotros” (ustedes) que son la luz del mundo. Ciertamente, las dos comunidades (“ellos” y “ustedes”) se relacionan entre sí, pero su relación depende de su diferenciación. Es importante afirmar esto con claridad en nuestra época en la que está de moda hacer a la iglesia cada vez más como el mundo.
Cuando observamos más de cerca ambas metáforas, vemos que han sido deliberadamente formuladas para ser paralelas. En cada caso, Jesús hace primero una afirmación (“Vosotros sois la sal de la tierra”, “Vosotros sois la luz del mundo”). Luego agrega una condición que debe cumplirse para que la afirmación sea válida: la sal debe retener su sabor y a la luz debe permitírsele brillar. La sal no sirve para nada si pierde su sabor; la luz no sirve para nada si se la oculta.
A través del mensaje de hoy vamos a aprender qué significa ser la sal de la Tierra y la luz del mundo y cómo podemos llegar a serlo. Yo oro para que verdaderamente ustedes sean la sal de la Tierra y la luz del mundo y que así podamos convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios. Amén.
I.- Vosotros sois la sal de la Tierra (13)
Leamos juntos el v.13a. Quizás si en la actualidad le decimos esto a alguien: “Tú eres la sal” sería un insulto más que un cumplido, ya que ser la sal o estar salado lo hemos asociado con tener mala suerte. Sin embargo, si Jesús te dice que tú eres la sal de la Tierra, es el mayor cumplido que jamás podrían decirte. En tiempos de Jesús la sal se relacionaba en la mente de la gente con tres cualidades especiales: Primero, la sal se conectaba con la pureza; segundo, la sal se usaba como conservante; y tercero, la más conocida de sus cualidades, se le usaba como condimento. Vamos a ver cada una de estas cualidades con un poco más de detalle.
Primero, la sal se conectaba con la pureza. Probablemente su blancura resplandeciente sugería esta conexión. Los latinos decían que la sal era la cosa más pura, porque procedía de las cosas más puras que son el sol y el mar. La sal fue de hecho la más primitiva de todas las ofrendas que se hacían a los dioses, y hasta sus últimos tiempos los sacrificios judíos se ofrecían con sal también (Lev. 2:13). Así pues, si el cristiano ha de ser la sal de la tierra, debe ser un ejemplo de pureza.
Una de las características del mundo en la época en que vivimos es que han bajado los niveles. Los niveles de honradez, de diligencia en el trabajo, de responsabilidad, morales, todos tienden a reducirse. El cristiano debe ser una persona que mantenga bien alto su nivel de absoluta pureza en su manera de hablar, su conducta y pensamiento. Ningún cristiano puede salirse de los niveles de la estricta honradez. Ningún cristiano puede pensar con ligereza en reducir los niveles morales en un mundo en el que en las calles de cualquier ciudad se induce deliberadamente al pecado. Ningún cristiano se puede permitir los gestos y palabras vulgares y soeces que son a menudo parte de la conversación social, e incluso de las canciones. El cristiano no se puede retirar del mundo, pero debe, como decía Santiago, “guardarse sin mancha del mundo” (Stg. 1:27).
Segundo, la sal se usaba como conservante. En el mundo antiguo, la sal era el más corriente de todos los conservantes. Antes de que se inventase el refrigerador, se usaba la sal para evitar que los alimentos se descompusieran, y para contener la putrefacción. Los antiguos no sabían por qué la sal evitaba la putrefacción, así que le asociaban alguna cualidad divina. El filósofo griego Plutarco decía que la carne es un cuerpo muerto y parte de un cuerpo muerto, y, si se deja a sí misma, se descompondrá; pero la sal la conserva y mantiene fresca, y es por tanto como si se le hubiera insertado un alma nueva a un cuerpo muerto. Pero la realidad es que la sal deshidrata los alimentos, y al no haber humedad no hay caldo de cultivo para el desarrollo y proliferación de bacterias y otros microorganismos que son los responsables de la putrefacción. Así que el efecto de la sal como conservante es evitar que haya un ambiente en el que se puede desarrollar lo que corrompe el alimento.
Así como la sal preserva los alimentos de la corrupción, si el cristiano ha de ser la sal de la tierra, debe tener una cierta influencia antiséptica en la vida. Este mundo está corrompido por el pecado. Nuestros deseos carnales y pasiones son las que hacen que el mundo esté corrompido por las tentaciones y el pecado. Nuestra labor como la sal de la Tierra es evitar que haya un ambiente en que el pecado pueda prosperar. Debemos influir en nuestro alrededor evitando tentar a otros con nuestras palabras y acciones, y evitando que los otros se tienten entre sí. Hay ciertas personas en cuya presencia se podría contar fácilmente un chiste vulgar o una historia sucia, y hay otras personas a las que a uno no se le ocurriría contárselos. El cristiano debe ser un antiséptico purificador en cualquier grupo en que se encuentre; debe ser la persona que, con su presencia, excluye la corrupción y les hace más fácil a otros ser limpios. Debe ser la persona ante la que los otros no se atreverían a contar historias o chistes vulgares. Debe ser la persona que promueva las conversaciones sanas y edificantes. Debe ser la persona que ayude a otros a crecer espiritualmente, en lugar de serle un estorbo, prueba o tentación. Debe ser la persona que saque lo mejor de los otros, y no quien saque lo peor del carácter de otros.
Tercero, la sal usaba como condimento. Esta es la más grande y la más obvia cualidad de la sal, dar sabor a las cosas. Los alimentos sin sal son tristemente insípidos y hasta desagradables. Desde tiempo inmemorial parece haber sido reconocida la sal como un componente esencial de la dieta humana y como sazonador o condimento: “¿Se comerá lo desabrido sin sal?” (Job 6:6). El Cristianismo es a la vida lo que la sal es a la comida. El Cristianismo le da sabor a la vida. Pero no el sabor que el mundo está buscando, una alegría basada en el pecado; sino el sabor a reino de Dios. Los que hemos nacido de nuevo estamos viviendo en un adelanto del reino de Dios. Al entrar en la iglesia, o aún en la casa de una familia cristiana, uno debe sentir que está entrando en el reino de Dios. El tiempo que permanezcamos allí debemos experimentar la gracia y el amor de Dios, el gozo, la paz, la santidad. Creo que cuando hemos tenido nuestras convivencias ustedes han podido experimentar esas cosas, ¿verdad? Ese es el sabor de la sal cristiana.
Nunca he podido olvidar la primera vez que entré a la iglesia donde serví los primeros años de mi vida de fe. Podía sentir el amor de Dios y de los hermanos allí dentro. Podía sentir la paz de Dios en mi corazón cuando estaba con ellos. Un tiempo después, visité una iglesia cercana, un poco más grande, y podía experimentar exactamente lo mismo. Un amor y una paz indescriptibles. Pude tener una idea de lo que sentiría en el reino de los cielos. Lo malo es que después de un tiempo, se puede notar que todavía no estamos en el reino de Dios pues pude ver los pecados de los hermanos y experimentar muchas cosas desagradables. Pero ese sabor a reino de Dios es el que debe imperar en la comunidad de los discípulos de Jesús.
Lo trágico es que la gente conecta a menudo al cristianismo precisamente con lo contrario. Lo identifican con algo que le quita el sabor a la vida. Oliver Wendell Holmes Jr., antiguo juez de la Suprema Corte de los Estados Unidos, dijo una vez: “Yo podría haber entrado en el ministerio si algunos clérigos a los que conocía no hubieran parecido y actuado tanto como enterradores. Entonces, ¿dónde está la alegría? ¿Dónde está el regocijaos “siempre” en el Señor? ¿Dónde está el alabando “siempre” con gozo en nuestro corazón por las grandes cosas que Él ha hecho?” El novelista escocés Robert Louis Stevenson escribió una vez en su diario, como si estuviera recordando algún fenómeno extraordinario: “Hoy he estado en la iglesia, y no me ha dado la depre”. ¡Qué triste que algunos se sientan de esa manera acerca de la iglesia! Y no por su pecado, sino por la falta de sabor con la que viven algunos creyentes.
El mundo tiene derecho a descubrir otra vez el fulgor perdido de la fe cristiana. En un mundo ansioso, el cristiano debería ser la única persona que se mantuviera serena. En un mundo deprimido, el cristiano debería ser la única persona que siguiera llena de la alegría de vivir. Debería haber una sencilla luminosidad en cada cristiano, pero demasiado a menudo anda por la vida como si estuviera de duelo, como si estuviese en un funeral. Dondequiera que esté, si ha de ser la sal de la tierra, el cristiano debe difundir amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gál. 5:22-23). Debe mostrar su pobreza espiritual, su llanto por el pecado, su mansedumbre, su hambre y sed de justicia, su misericordia, su limpieza de corazón, su pacificación y su perseverancia a pesar de la persecución. Este es el sabor del cristiano. Y ese sabor podrá transferirlo a otros salando sus vidas con el reino de Dios. Y de la evidencia de su influencia también trata la siguiente metáfora. Pero antes de pasar a ella, veamos qué pasa si el cristiano pierde su sabor.
Leamos el v.13b. Aquí desvaneciere quiere decir que pierda su sabor (Mar. 9:50). En realidad, la sal de mesa que usamos comúnmente, el cloruro de sodio, no pierde su sabor. El cloruro de sodio es un compuesto químico muy estable, que resiste casi a cualquier ataque. El doctor David Turk ha sugerido que lo que se llamaba popularmente “sal” en aquella época era, en realidad, un polvo blanco (quizás de los alrededores del Mar Muerto) que, aunque contenía cloruro de sodio, también contenía muchas cosas más, como yeso, cal, etc., ya que en aquellos días no existían las refinerías. El cloruro de sodio probablemente era la parte más soluble de este polvo y por tal razón la más fácil de eliminar. El residuo de polvo blanco parecía sal, y sin duda aún se lo llamaba sal, pero no tenía el sabor ni actuaba como tal. Y, por lo tanto, ya no servía para más nada.
Así también el cristiano. La sazón cristiana es el carácter cristiano tal cual se lo describe en las bienaventuranzas: un discipulado cristiano comprometido, que es ejemplo tanto en palabras como en obras. El cristiano, para ser efectivo, debe retener su semejanza con Cristo, de la misma manera que la sal debe conservar su capacidad de salar. Si los cristianos se acomodan social y culturalmente a los no cristianos y se contaminan con las impurezas del mundo, pierden su influencia. La influencia de los cristianos en y sobre la sociedad depende de que sean distintos al resto de la Tierra. El doctor Lloyd-Jones hace hincapié en esto: “La gloria del evangelio es que cuando la iglesia es completamente distinta del mundo, nunca deja de ser atractiva. Entonces hace que el mundo escuche su mensaje, aunque al comienzo quizás lo odie”. Así que, si nosotros los cristianos no nos diferenciamos de los no cristianos, no servimos para nada. Podemos también ser desechados como sal insípida que es “echada fuera y hollada por los hombres”. ¡No perdamos nunca nuestro sabor a reino de Dios para que no seamos desechados por Dios y pisoteados por los hombres!
II.- Vosotros sois la luz del mundo (14-16)
Leamos el v.14a. Además de sal, Jesús asemeja a sus discípulos con la luz. En verdad, Jesús afirmaría más adelante que: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Jua. 8:12) y “Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo.” (Jua. 9:5). Pero, después de que Jesús dejase este mundo, ¿quién sería la luz del mundo? ¡Ustedes! Los discípulos de Jesús son la luz del mundo. Así como la luna alumbra al mundo en medio de la noche, pero no lo hace con luz propia, sino reflejando la luz del sol, los discípulos de Jesús son la luz de este mundo porque reflejan la luz de Cristo en sus vidas.
¿En qué sentido somos luz del mundo? Esta metáfora seguramente nos es más conocida que la anterior. ¿Cuál es la función de la luz? Alumbra y permite que uno pueda ver a través de la oscuridad. Este mundo está sumido en la oscuridad del pecado. La gente anda tropezando buscando el propósito de su vida. La función del discípulo de Jesús es alumbrar al mundo para que vean en la inmundicia en que están viviendo y el camino de perdición por el que están andando y puedan arrepentirse, salir de la inmundicia del pecado y andar por el camino de la vida eterna.
Pero la luz no sirve de nada si no se coloca en un lugar donde todos la puedan ver. Leamos el v.15. Nadie encendía la lámpara y la colocaba debajo de un almud, una vasija para medir granos o sal. ¿Qué sentido tendría encender una luz y esconderla debajo de una vasija? La luz debe ponerse sobre un candelero, en un lugar alto donde su resplandor pueda alumbrar lo más lejos posible. Jesús está diciendo acá que un discípulo suyo no puede estar escondido. Debe estar en un lugar donde su luz sea visible para todos. ¿De qué sirve aceptar a Jesús como nuestro Salvador y escondernos en nuestras casas para que nadie sepa que somos cristianos? ¿De qué sirve ir a la iglesia todos los domingos, pero ser cristianos invisibles todo el resto de la semana, que la gente nos vea y ni se entere que somos cristianos? ¡No sirve para nada! El discípulo de Jesús debe ser evidente y alumbrar con su luz a todos los que les rodean.
Esto mismo enfatiza Jesús en el v.14b. Leámoslo juntos por favor. Debemos ser como una ciudad asentada en un monte. Debemos estar expuestos a que todo el mundo nos vea. Que todos vean cómo hablamos, cómo actuamos, cómo reaccionamos. Que todos puedan vernos y entender cómo debe comportarse un verdadero discípulo de Jesús. Que la gente nos mire y quiera venir a nosotros para hallar reposo y comunión, así como un viajero cansado apura el paso para llegar a esa bella ciudad que ve sobre el monte en el horizonte. Mostremos al mundo cómo debe vivir un verdadero discípulo de Jesús, no solo con nuestras palabras, sino con nuestro estilo de vida.
Leamos ahora el v.16. Aquí Jesús aclara cuál es nuestra luz, son nuestras buenas obras. La palabra griega que se usa acá para “buenas” es kalós, que quiere decir que una cosa es no solo buena, sino también hermosa y atractiva. Nuestras buenas obras tienen que ser atractivas a los demás de modo que ellos también quieran hacer obras similares. Que la gente nos mire y diga: “Yo quiero vivir como un buen cristiano así como él vive”. Pero esto no para satisfacer nuestro propio ego, sino para que Dios sea glorificado. El verdadero discípulo de Jesús no piensa nunca en lo que él ha hecho, sino en lo que Dios le ha capacitado para hacer. Nunca trata de atraer las miradas de la gente, sino siempre en dirigirlas a Dios. Aquellos que estén pensando en las alabanzas, las gracias y el prestigio que obtendrán por lo que han hecho, no han empezado todavía a recorrer el camino del verdadero discípulo. Recordemos que esa luz, esas buenas obras, no vienen de nosotros, sino de la obra que el Espíritu Santo está haciendo en nuestras vidas.
D.L. Moody se encontraba en una conferencia donde había algunos jóvenes que tomaban su fe cristiana muy en serio. Una noche tuvieron una vigilia de oración. Cuando llegaban de ella por la mañana se encontraron con Moody, que les preguntó qué habían estado haciendo. Se lo dijeron, y añadieron: “¡Señor Moody, vea cómo nos brilla el rostro!”. Moody les contestó muy cortésmente: “Moisés no sabía que su rostro resplandecía”. La bondad que es consciente, que llama la atención a sí misma, no es la bondad cristiana. Si venimos a la iglesia para que los demás nos vean y nos alaben, si estudiamos la Biblia para que los demás nos vean y nos alaben, si les predicamos a otros para que los demás nos vean y nos alaben, eso no es luz ni sal. Todo eso vendría simplemente de nuestro deseo de ser reconocidos en este mundo y cuando hacemos eso hemos perdido nuestro sabor y resplandor. Pero, si venimos a la iglesia, estudiamos la Biblia y predicamos a otros para que Dios sea glorificado, entonces nuestra luz está alumbrando brillantemente y seremos la sal de la Tierra y la luz del mundo.
En conclusión, Jesús nos ha llamado como la sal de la Tierra y la luz del mundo. Esta tierra tiene un mal sabor y se está pudriendo a causa del pecado, nuestra labor como discípulos de Jesús es sazonar esta Tierra con el sabor del reino de Dios, que pueda ir expandiéndose cada vez más el reino de Dios en esta Tierra, deteniendo la corrupción que ha ocasionado el pecado, hasta que vuelva Jesús y establezca Su reino definitivamente. Este mundo está sumido en la oscuridad del pecado y no pueden ver ni siquiera en dónde se han metido y hacia donde se dirigen. Jesús nos ha llamado para que seamos la luz del mundo, reflejando su carácter y su vida a través de nosotros. Él quiere que vayamos y mostremos a todos el carácter del verdadero discípulo de Jesús expresado en las bienaventuranzas y en el fruto del Espíritu de Gál. 5:22-23 para que nuestro Padre Celestial sea glorificado.
Vayamos, pues, y vivamos como verdaderos discípulos de Jesús, mostrando este carácter e integridad para que la gente nos vea y quiera vivir de la misma manera, y acepten a Jesús como Su Señor y Salvador y Panamá pueda convertirse en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios. Amén.
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M. Juan Carlos Vivas (AR)
( 23 de julio de 2021 )
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