Mateo 5:9-9
5:9 Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.LAS BIENAVENTURANZAS (VI): BIENAVENTURADOS LOS PACIFICADORES
Buenos días. Cuando se habla de pacificadores quizás nos viene a la mente la gente que ha ganado el Premio Nobel de la Paz. Este premio fue instituido en 1901 por Alfred Nobel, quien fue el inventor de la dinamita, para usarla como armamento de guerra. Él fue un gran armamentista, haciendo una fortuna con explosivos y cañones, pero después de leer un obituario erróneo que lo condenó como especulador de la guerra, Nobel se inspiró para legar su fortuna a la institución del Premio Nobel, que reconocería anualmente a aquellos que “confirieron el mayor beneficio a la humanidad”. El Premio Nobel de la Paz se otorga anualmente “a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos alzados y la celebración y promoción de acuerdos de paz”, según el testamento del propio Alfred Nobel. Y él también decidió que el premiado sería seleccionado por el Comité Noruego del Nobel, un comité de 5 personas designado por el Parlamento Noruego.
Sin embargo, por muy noble que suene esta causa, el premio ha sido objeto de muchas controversias. Muchos critican que se usa como herramienta política para tomar posturas y llevar a los medios a inclinarse a una de las partes en los conflictos. Se ha entregado a personas que difícilmente podrían ser reconocidas como pacificadoras y que, de hecho, han sido partícipes en conflictos armados, como por ejemplo, a Barack Obama en 2009, “por sus extraordinarios esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y la colaboración entre los pueblos”; y a Yasir Arafat, Shimon Peres e Isaac Rabin (1994) “para honrar un acto político que requirió gran valentía de ambos lados, y que ha abierto oportunidades para un nuevo desarrollo hacia la fraternidad en el Oriente Medio”. En cambio grandes luchadores por la paz, como Mohandas Ghandi, por ejemplo, nunca recibieron este premio.
Pero los pacificadores a los que Jesús llama bienaventurados no son aquellos que son nominados o reciben el Premio Nobel de la Paz. Recuerden que las bienaventuranzas son las cualidades que Jesús espera de todos y cada uno de sus discípulos. Además, las cualidades de estos pacificadores van mucho más allá de las que evalúa el comité noruego. Hoy aprenderemos cuáles son las características de estos pacificadores y por qué son bienaventurados. Yo oro para que cada uno de nosotros pueda exhibir esas cualidades en su vida y que seamos los bienaventurados pacificadores que son llamados hijos de Dios. Amén.
I.- Bienaventurados los pacificadores (9a)
Leamos juntos el v.9a. Los pacificadores también podríamos llamarlos “los que trabajan por la paz”, como traduce la NVI. Eso quiere decir que los pacificadores son los que buscan activamente que haya paz o como traduce la PDT: “los que se esfuerzan por conseguir la paz”. No son simplemente los que les gusta o aman la paz; o los que desean la paz pero no hacen nada para conseguirla, o peor aún hacen lo que sea, incluso generar conflicto, en busca de la paz. Sucede a menudo que, si una persona ama la paz de una manera equivocada, conseguirá crear problemas y no paz. Puede que permitamos, por ejemplo, que se desarrolle una situación amenazadora y peligrosa, y que nuestra defensa sea no intervenir para mantener la paz. Hay mucha gente que piensa que eso es amar la paz, cuando lo que se está haciendo en realidad es amontonar problemas para el futuro, porque se rehúsa a enfrentar la situación y tomar las medidas que demanda.
Sin embargo, antes de preguntarnos qué podemos hacer para ser pacificadores o para trabajar por la paz, quizás deberíamos preguntarnos primero: “¿Qué es la paz?” Este concepto está muy distorsionado en la actualidad. Muchos piensan que la paz es la ausencia de conflictos o problemas. Un estado de tranquilidad absoluta. Sin embargo, Jesús tenía en mente el concepto hebreo de paz que es Shalom. Shalom nunca quiere decir exclusivamente la ausencia de guerra, sino que siempre quiere decir todo lo que contribuye al bienestar supremo del hombre. En el Oriente Medio cuando un hombre le dice a otro: ¡Salâm! —que es la misma palabra— no quiere decir que le desea al otro solamente la ausencia de males, sino que le desea la presencia de todos los bienes. En la Biblia, paz quiere decir no solamente ausencia de todos los problemas, sino disfrutar de todas las cosas buenas, aún en medio de problemas o conflictos.
Pero Shalom también quiere decir la relación armoniosa y próspera de las personas entre sí y de las personas con Dios. Estos significados se encuentran en el DLE donde dice en la segunda acepción del término paz: “Relación de armonía entre las personas, sin enfrentamientos ni conflictos.” Y en la séptima, “En el cristianismo, sentimiento de armonía interior que reciben de Dios los fieles.” Esta es la paz por la que los discípulos de Jesús deben trabajar. La relación armoniosa y próspera entre las personas y la relación armoniosa de los hombres con Dios. Los que trabajan por este tipo de paz son los que Jesús llama aquí bienaventurados. ¿Cómo podemos llegar a ser estos pacificadores?
Primero, debemos notar que esta bienaventuranza viene justo después de la de los limpios de corazón, y esto se debe a que una de las causas más frecuentes de conflicto es la intriga y la hipocresía, la falta de una sinceridad de motivos, la impureza de corazón. El corazón debe ser limpiado de su orgullo y de sus malas intenciones para que podamos tener relaciones armoniosas con Dios y con las otras personas. El apóstol Santiago dice en su epístola que “la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica” (Stg. 3:17). Aquí, ese es el orden. Solamente los puros de corazón, los que han sido limpiados de la naturaleza carnal (causa de toda lucha interior) pueden tener en su plenitud la paz de Dios en sus almas. Un corazón dividido carece de paz. Solamente la paz de Cristo, cuando ésta nos controla, puede hacernos pacificadores. Solamente a través del nuevo nacimiento por medio de nuestro Señor Jesucristo tenemos paz para con Dios (Rom. 5:1). Y solamente al tener la paz de Dios podemos trabajar por la paz en medio de los hombres.
Los rabinos judíos sostenían que la tarea suprema que una persona puede llevar a cabo es establecer relaciones correctas entre persona y persona. Seguramente esto era lo que Jesús tenía en mente cuando pronunció esta bienaventuranza. Hay personas que son siempre centros tempestuosos de problemas y amargura y lucha. Dondequiera que están, están siempre metidos en peleas entre ellos o provocándolas entre los demás. Son personas que causan problemas. Tristemente, hay muchas así en casi todas las sociedades e iglesias, que están realmente haciéndole su trabajo al diablo. Estos obviamente están muy lejos de ser los pacificadores bienaventurados de los que Jesús habla aquí. Las personas que viven así no tienen un corazón limpio, muestran con su carácter, con sus palabras y con sus acciones que no han nacido de nuevo. Los verdaderos cristianos, los que han nacido de nuevo, nunca deberíamos buscar conflicto por nosotros mismos ni ser responsables de él.
Ahora bien, cuando pensamos en un pacificador, tendemos a pensar en un mediador, una persona que se pone en medio de los que están en conflicto para ayudar a solucionarlo. Sin embargo, el pacificador bienaventurado no es un solamente mediador, aunque también tiene esta labor, y de ella hablaremos más adelante. El pacificador bienaventurado hace su mayor esfuerzo para estar él mismo en paz con todos (Rom. 12:18, 14:19; Heb. 12:14). No es solo un mediador entre dos personas en conflicto, también puede ser una de las personas en conflicto, incluso el ofensor, que decide buscar la paz, pidiendo perdón y buscando la relación correcta con la otra persona; o el ofendido que también puede pedir perdón o perdonar y buscar la relación correcta con su ofensor.
Les decía antes que a veces pensamos que para mantener la paz es mejor no confrontar. Dejamos pasar las cosas para mantener la paz, para evitar los conflictos. Pero esta no es la forma en la que Jesús enseñó a buscar la paz. No es ignorar el conflicto y dejar que se convierta en algo peor más tarde. Jesús explicó cuál era la forma de resolver los conflictos: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.” (Mat. 18:15-17). Debemos buscar resolver el problema conversando, no ignorar el conflicto. Así se procura la paz. Puede ser que en realidad yo no haya tenido razón en sentirme ofendido, que realmente el hermano no ha pecado contra mí y por eso el conflicto escale hasta la iglesia. Allí la congregación actuará como mediadora para resolver el conflicto y seguramente se hallará la paz. Pero fíjense que si el hermano no quiere resolver las cosas, dice Jesús que debe tenérsele como gentil y publicano, es decir como inconverso. Realmente no ha nacido de nuevo porque no trabaja activamente por la paz.
Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance y mucho más allá para estar en paz con todos. A veces queremos una paz sencilla de alcanzar o “barata”, por eso simplemente evitamos el conflicto o mantenemos relaciones distantes con las personas conflictivas. Pero esta paz “barata” no es verdadera, la verdadera paz siempre tiene un alto costo. El mayor ejemplo es Dios. Para estar en paz con la humanidad, siendo Él el ofendido, tuvo que pagar un alto precio, la sangre de su Hijo Jesucristo. Nosotros también (aunque en formas menores) hallaremos que la paz es una empresa costosa. Podrían darse muchos ejemplos de paz a través del dolor. Cuando nosotros mismos estamos involucrados en un conflicto habrá el dolor de pedir perdón a la persona a quien hemos ofendido, o el dolor de reprender amorosamente a la persona que nos ha ofendido, o peor aún tener que perdonarla aun cuando no se ha arrepentido. Pero la paz verdadera y el perdón verdadero son tesoros costosos. Sin embargo, debemos soportarnos unos a otros, y perdonarnos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo nos perdonó (Col. 3:13).
Por otro lado, aparte de mantener relaciones armoniosas con Dios y con las otras personas, los pacificadores bienaventurados deben trabajar para que las otras personas puedan hacer lo mismo. Primeramente, debemos ser embajadores en nombre de Cristo, pidiendo a la gente que se reconcilie con Dios (2Co. 5:20). Ya Dios hizo todo lo necesario para estar en paz con la humanidad. No hay nada más que Él pueda hacer. Ahora solo queda de parte del hombre aceptar la ofrenda de paz de Dios en nuestro Señor Jesucristo. Y nosotros jugamos un papel importante en ello anunciando el evangelio del reino a la gente. Así que los pacificadores bienaventurados deben cumplir con la Gran Comisión y anunciar el perdón de pecados por medio del arrepentimiento como Jesús mismo lo hizo. Si realmente nosotros estamos en paz con Dios y con los hombres, si realmente hemos nacido de nuevo, si realmente somos pacificadores, procuraremos con todo nuestro corazón llevar a otros a estar en paz con Dios también.
Además, los pacificadores bienaventurados también fungen como mediadores en los conflictos. Fíjense que en el método de resolución de conflictos de Jesús si las dos partes no podían ponerse de acuerdo, entonces debían llevar dos o tres testigos. Estos testigos harían de mediadores en el conflicto también. Y si no se pudiese hallar la paz así, entonces se lleva el caso a la iglesia. Esta sería la última instancia. Si algunos de ustedes tienen conflictos entre sí y no lo pueden resolver entre ustedes, entonces el siguiente paso sería llevarlo a sus pastores. Los pastores debemos ser pacificadores, actuando como mediadores en el conflicto, no involucrándonos en él ni tomando partido.
En resumen, podemos ver que los pacificadores bienaventurados de los que Jesús habla aquí son los que están ellos mismos en paz con Dios y los hombres. Han aceptado a Jesús como su Salvador y ahora tienen la correcta relación con Dios. Además, tienen el Espíritu Santo, el Espíritu de paz, que les ayuda a procurar las relaciones armoniosas con los demás. Y si llegasen a tener un conflicto, piden perdón y perdonan, y hacen todo lo que esté a su alcance y más allá para resolver el conflicto. Además, son mediadores en los conflictos entre los hermanos. Buscan la forma de ayudar a los hermanos para tener relaciones armoniosas los unos con los otros. Tienden puentes, cierran las grietas, endulzan las amarguras. Y también procuran reconciliar a todas las personas con Dios anunciando el evangelio de paz. ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! (Rom. 10:15)
¿Eres tú un pacificador? ¿O eres una persona conflictiva, iracunda, rencorosa, vengativa, llena de amargura? Durante nuestro estudio bíblico mi esposa mencionó que yo soy un pacificador. La verdad yo procuro con todo mi corazón estar en paz con todos. Y cuando siento que no lo estoy, me siento inquieto y busco la manera de solucionarlo. Cuando llegué a UBF en el 2004, sentía que no le caía bien al P. Alirio, el hermano de mi esposa. Trataba muchas veces de acercarme a él, pero simplemente parecía que no le agradaba. Hablé con mi pastor, el M. Juan Seo, y le comenté la situación. Le dije que no me sentía bien en mi relación con Alirio y que no me parecía tampoco que él tuviese esa actitud siendo un pastor. Pero el M. Juan Seo se rio y me dijo: “Él es así. Ese es su carácter. No es nada personal contigo. No te preocupes.” No me pareció su respuesta, pero lo acepté y traté de no sentirme incómodo con la situación. Un par de años después, cuando me casé con María, tuvimos que vivir un tiempo con Alirio y su esposa (que también tiene un carácter similar), allí me di cuenta que realmente ellos son así. Y aunque en un principio me sentía incómodo, después aprendí a aceptarlos y me di cuenta que su forma de demostrar amor es a través del servicio. Con sus caras siempre serias, pero sirviendo con amor.
Honestamente yo trato de ser un pacificador y de mediar, pero no siempre lo logro. Hay ciertos tipos de personas con cierto tipo de carácter en particular que son un desafío muy grande para mí para amar y servir. Gracias a Dios ninguno de ustedes son ese tipo de personas. No tenemos ninguna en nuestro ministerio en este momento. Pero sé que muy probablemente Dios mandara alguna en algún momento para entrenarme en amor y paz, para ser mutuamente edificados. Yo oro para que pueda ser un verdadero pacificador. Que pueda tener un corazón limpio, sin segundas intenciones, sin hipocresía, y que pueda mantener mi relación armoniosa con Dios, y pueda tener buenas relaciones de amor con cada uno de ustedes. Y si llegase a haber conflictos entre ustedes, que Dios me dé el amor, la paciencia y la sabiduría para ayudarlos a resolverlos. Oro para que el Espíritu Santo gobierne todas nuestras relaciones y que podamos ser “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efe. 4:3). Amén.
II.-… porque ellos serán llamados hijos de Dios (9b)
Leamos nuevamente el v.9b. Al igual que en las bienaventuranzas anteriores, la cualidad que Jesús felicita no es necesariamente en sí misma una bienaventuranza, es decir no produce por sí misma felicidad o dicha. Ya les dije que a veces tenemos que pagar un precio muy alto para mantener la paz. Muchas veces tenemos que doblegar dolorosamente nuestro orgullo, humillándonos para perdonar una ofensa muy grande o incluso para pedir perdón aun cuando sentimos que tenemos razón. Así que, aunque pueda parecer que la bienaventuranza del pacificador está en lo armonioso de sus relaciones con todos, en realidad el pacificador puede llegar a sufrir mucho para mantener esas relaciones armoniosas. Aun para mantener nuestra relación armoniosa con Dios debemos negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirle (Mat. 16:24).
Entonces, ¿cuál es la bienaventuranza de ser pacificador? Jesús dice que “serán llamados hijos de Dios”. Esto no significa que el requisito para ser un hijo de Dios es ser pacificador. El apóstol Juan nos dice cuál es la forma en la que podemos llegar ser hijos de Dios: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jua. 1:12). La única forma de llegar a ser hijo de Dios es recibir a Jesús como nuestro Señor y Salvador arrepintiéndonos de nuestros pecados y disponiéndonos a seguir la voluntad de nuestro Señor revelada en la Biblia.
Si bien, el que acepta a Jesús como su Salvador es pobre en espíritu, llora por su pecado, es manso, tiene hambre y sed de justicia, es misericordioso, limpio de corazón y, por lo tanto, también tiene que ser pacificador, a esto no es lo que se refiere Jesús aquí tampoco. Lo que quiere decir esta bienaventuranza es que los pacificadores serán identificados por las otras personas como hijos de Dios. Casi todas las versiones de la Biblia traducen así como la Reina-Valera porque es la traducción literal la frase griega yíos dseós. Pero esta es una expresión típicamente hebrea. El hebreo no es rico en adjetivos, y cuando quiere describir algo, a menudo usa, no un adjetivo, sino la frase hijo de seguido de un nombre abstracto. De aquí que se llame a un hombre un hijo de paz en vez de una persona pacífica. Lo que quiere decir esta bienaventuranza es: Bienaventurados los pacificadores porque realizarán una obra característica de Dios. El que hace la paz está involucrado en la misma obra que hace el Dios de paz.
Los pacificadores son imitadores de su Padre Dios. Aman como su Padre ama; perdonan como su Padre perdona; Soportan con paciencia las ofensas como su Padre soporta pacientemente nuestras ofensas. Al verles, la gente puede ver las cualidades de su Padre Dios, por eso serán llamados hijos de Dios. María Celeste tiene un carácter similar al mío, y por eso mi esposa a veces le dice: “Pareces hija de Maiker Gutiérrez”. Y ella en su inocencia le responde: “es que él es mi papá”. Así mismo, cuando la gente ve a los pacificadores, puede decir: “pareces hijo de Dios”. ¿Te ve la gente y te llama hijo de Dios? ¿Estás mostrando las cualidades de un verdadero hijo de Dios? Dios nos ayude a ser pacificadores y haga nuestro carácter cada vez más como el suyo para que seamos reconocidos como hijos de Dios dondequiera que vayamos. Amén.
En conclusión, esta séptima bienaventuranza podría leerse de la forma siguiente ¡Bienaventurados los que trabajan por la paz, teniendo la correcta relación con Dios y con las otras personas y mediando para que los demás tengan relaciones correctas entre sí y con Dios, porque ellos serán reconocidos como hijos de Dios! Dios moldee nuestro carácter y nos ayude a ser pacificadores. Amén.
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P. Verónica Ramírez (SV)
( 18 de diciembre de 2020 )
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