Mateo 5:6-6

5:6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

LAS BIENAVENTURANZAS (III): BIENAVENTURADOS LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE JUSTICIA


Buenos días. Las últimas dos semanas hemos estado aprendiendo las bienaventuranzas. Hasta ahora hemos aprendido que son bienaventurados los pobres en espíritu, los que lloran y los mansos, porque de ellos es el reino de los cielos, porque serán consolados y porque heredarán la tierra. Hemos visto que las ocho bienaventuranzas se pueden dividir en dos grupos: las primeras cuatro bienaventuranzas, que se pueden relacionar con el proceso del nuevo nacimiento; y las últimas cuatro que muestran el carácter del hombre que ya ha nacido de nuevo. Y ya hemos aprendido las primeras tres bienaventuranzas del primer grupo, y hoy cerraremos este grupo aprendiendo la cuarta.

Sin embargo, también hemos aprendido que eso no significa que las primeras cuatro bienaventuranzas se deben manifestar solo en el proceso del nuevo nacimiento, sino que todas las ocho bienaventuranzas deben estar presentes cada día en la vida del creyente. Como discípulos de Jesús, todos y cada uno de los días de nuestras vidas debemos ser pobres en espíritu, reconociendo nuestra miseria espiritual y nuestra necesidad de las riquezas de la gracia de Dios; debemos llorar por nuestros pecados y por los pecados de toda la humanidad; debemos ser mansos para obedecer la voluntad de Dios en nuestras vidas; y debemos tener hambre y sed de justicia para buscar una comunión íntima con Dios a través de la oración y la Palabra.

Esto último es precisamente lo que aprenderemos el día de hoy, qué significa tener hambre y sed de justicia y por qué son bienaventurados los que viven así. Yo oro para que el día de hoy podamos entender bien quiénes son los que tienen hambre y sed de justicia y cómo viven, y que cada uno de nosotros pueda anhelar ardientemente cada día estar en comunión íntima con Dios por medio de la oración, llegando a tener un hambre y una sed desesperantes por Dios y Su Palabra, de manera tal que no deseemos otra cosa cada día que escuchar la voz de Dios en su Palabra y conversar con Él por largas horas en oración. Yo oro que seamos verdaderos discípulos de Jesús que tienen una intensa hambre y sed de justicia, y que Dios nos sacie cada día con Su Palabra y Su Espíritu Santo. Amén.

I.- Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia… (6a)

Leamos juntos el v.6a. Bienaventurados los que tienen hambre y sed. Aunque nosotros tenemos una idea general de lo que significa tener hambre y sed, porque hemos experimentado esas sensaciones que nos impulsan a comer alimentos y a beber agua, en realidad en nuestra sociedad moderna muy pocos sabemos realmente lo que es tener hambre o sed. Yo creo que cada uno de nosotros tiene comida en su alacena y/o en su refrigerador, y cuando siente hambre, fácilmente puede satisfacerla preparándose algo, o si tenemos pereza de preparar cualquier cosa podemos pedir comida con una aplicación en nuestros celulares.

 Pero en la época de Jesús, el hambre desesperante y la sed debilitante eran cosas cotidianas. El jornal de un obrero era muy poco y apenas alcanzaba para alimentar a su familia, sobre todo recordando que las familias eran muy numerosas en aquella época y solo el padre de familia trabajaba. La mayoría de la gente comía pequeñas porciones de alimento una o dos veces al día, así que siempre tenían hambre, porque aunque comían no quedaban satisfechos. Y la situación no era mejor en cuanto a la sed. A la inmensa mayoría de la gente no le era posible abrir un grifo y recibir agua clara y fresca en su casa. Tenían que estar cargando agua todos los días hasta su casa. Los que vivían en ciudades grandes, quizás tenían un estanque dentro de la ciudad para abastecerse. Pero la mayoría tenía que ir a pozos o ríos en las afueras, caminando kilómetros para traer un poco de agua a sus casas. Y cuando tenían que viajar era mucho peor. Debían racionar más la comida y el agua, y podían pasar días antes de encontrar agua nuevamente para satisfacer su sed.

En la actualidad, quizás en África, en el sudeste asiático y en el medio oriente es que pueden conocer realmente lo que es el hambre y la sed. Allí hay muchas personas, especialmente niños, que batallan con la deshidratación y la desnutrición. La mayoría de la gente no tiene acceso al agua potable o a la comida debido a los conflictos armados y a la marginación social. Cada día miles de personas mueren de hambre en estos lugares, y los que sobreviven lo hacen con apenas lo necesario. Ellos sí conocen realmente lo que es tener hambre y sed.

Quizás algunos de nosotros tengamos una idea acerca de lo que es esta hambre y sed. Quizás tengamos algún recuerdo de un tiempo en que padecimos un hambre o una sed como las que les acabo de describir. Cuando mi papá abandonó la familia, mi mamá no trabajaba y no sabía qué hacer tampoco. Pasó algún tiempo hasta que consiguió un trabajo y pudo comprar comida. Mientras tanto estuvo vendiendo los muebles que teníamos en la casa y algunas otras cosas, y dependiendo también de la ayuda de algunos vecinos. Sin embargo la situación llegó a ser tan crítica que algunos días no teníamos absolutamente nada para comer. Yo era muy pequeño y no lo recuerdo, pero ella me cuenta que cuando mi hermano y yo llorábamos por hambre, nos daba agua con azúcar porque no teníamos nada más. Llegamos a tener fiebre por hambre y a ella se le pegó la lengua al paladar porque no comía nada. 

Este es el tipo de hambre y sed de la que Jesús habla aquí. No es el agradable apetito que se satisface con un bocadillo de media mañana; o la sed que se puede mitigar con un vaso de agua o una bebida fresca; tampoco el hambre que podríamos tener después de un prolongado ayuno; o la sed después de un partido de futbol. Era el hambre de la persona a punto de morir de inanición, o la sed del que muy pronto morirá si no bebe algo.

Pero Jesús no está hablando aquí de hambre y sed de comida y de agua. Leamos nuevamente el v.6a. Hambre y sed de justicia. La palabra griega que se usa aquí para justicia es dikaiosýne. Esta justicia no se refiere a la justicia jurídica, es decir al respeto de las leyes y al reclamo de mis derechos, una justicia que busca alcanzarse en los tribunales; sino a la correcta relación del hombre con Dios que se manifiesta en la justificación del creyente, alcanzar la correcta relación con Dios por medio de Jesucristo; y la rectitud moral del creyente o la integridad, que es aquella justicia de carácter y conducta del creyente que después de haber sido justificado mantiene su correcta relación con Dios viviendo para agradarle.

         Nosotros somos pecadores y no podemos hacer nada por nosotros mismos para llegar a tener una correcta relación con Dios. Legalmente estamos condenados por Dios a causa de nuestro pecado y hemos probado una y otra vez que no podemos cumplir con la Santa Ley de Dios por nosotros mismos. Por eso Dios envió a Su Hijo Jesús para vivir como un hombre perfecto en la Tierra, cumpliendo con toda la Ley de Dios, y “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” (2Co. 5:21). “La paga del pecados es muerte” (Rom. 6:23a), pero Jesús nunca conoció pecado, así que no debía morir. Sin embargo, sufrió la más terrible de las muertes en la cruz, tomando todo nuestro pecado sobre Él y clavándolo en la cruz junto con el documento acusador que contenía cargos contra nosotros (Col. 2:14, BLPH). Así, cuando aceptamos a Jesús como nuestro Señor y Salvador, confesando nuestros pecados y reconociendo que Él murió por nosotros, somos declarados justos por Dios, porque ya Jesús pagó el precio de nuestra deuda con Él, y comenzamos a tener una correcta relación con Dios.  

Así que, reconociendo que somos pecadores y habiendo aceptado a Jesús como nuestro Señor y Salvador, nuestro carácter y conducta debe cambiar de modo que podamos agradar a Dios. Y la única manera de hacer eso, es ser mansos y aceptar y obedecer la voluntad de Dios. Para conocer y obedecer la voluntad de Dios debemos pasar tiempo con Él en oración y escuchar su voz a través de la Biblia. Entonces, debemos buscar agradar a Dios con nuestro carácter y conducta siguiendo los principios que Él nos ha dejado en las Santas Escrituras. Aplicando cada día lo que nos enseña la Biblia en nuestras relaciones con los demás.

Por tanto, tener hambre y sed de justicia, significa tener un deseo imperioso y desesperante por una correcta relación con Dios. Primero, por alcanzar esa correcta relación en el nuevo nacimiento. Y fíjense cómo las primeras cuatro bienaventuranzas describen el proceso del nuevo nacimiento: Comienza con el reconocimiento de nuestra pobreza espiritual; luego, el llanto desconsolado al ver nuestra miseria espiritual y por el arrepentimiento de nuestros pecados; continúa con la mansedumbre para aceptar la voluntad de Dios de nuestra justa condenación, pero también las riquezas de su gracia al enviar a Jesús como el sacrificio perfecto por nuestros pecados; y finalmente, la búsqueda desesperada de la correcta relación con Dios, confesando nuestros pecados ante Jesús y aceptando su sacrificio en la cruz por nosotros que nos justifica y nos pone en la correcta relación con Dios. ¡Gloria a Dios por su infinita sabiduría y bondad! ¡Bendito sea para siempre el nombre de nuestro Dios! ¡Amén!

Y siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, debemos entonces desear desesperadamente agradar a Dios con nuestras vidas, por medio de obedecer Su voluntad revelada en la Biblia. Así que debemos tener un hambre y una sed desesperadas por escudriñar las Escrituras, por estudiar la Biblia y aplicar sus principios cada día en nuestras relaciones con los demás. Debemos anhelar con todo nuestro corazón vivir íntegramente, con rectitud, como Jesús vivió en esta Tierra y como Él nos manda a vivir. Debemos buscar por todos los medios posibles amar a los demás, aunque sea difícil. Debemos procurar con todo nuestro corazón obedecer a Dios en todo y abandonar completamente nuestros hábitos y nuestro estilo de vida pecaminoso. Debemos anhelar ardientemente vivir en santidad para nuestro Dios y estar en constante comunión con Él por medio del estudio de la Biblia y de la oración. 

En nuestro corazón debe haber el mismo deseo de los hijos de Coré: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?” (Sal 42:1-2). Mientras pasamos el día en nuestras labores cotidianas, debe haber esa hambre y sed intensas en nuestras almas: “¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?” “No veo la hora de presentarme de rodillas ante mi Dios en oración”. “No veo el momento de sentarme y disfrutar del alimento espiritual que hay en Su Palabra”. “Me quiero levantar muy temprano para ver qué me dirá mi Dios a través del Pan Diario y para orar largo rato delante de Él”. “Ya quiero que llegue la hora de mi estudio bíblico para profundizar más en la Palabra de mi amado Dios”. “Ya quiero que llegue el domingo en la mañana para ir a la iglesia y adorar a Dios junto con mis hermanos, disfrutar la comunión con ellos y escuchar la voz de Dios a través del mensaje dominical” 

¿Hay este deseo ardiente en sus corazones? ¿Anhelan ustedes madrugar para comer Pan Diario y pasar tiempo con Dios, o se levantan a las carreras para llegar a sus trabajos y medio leen el Pan Diario en el camino? ¿Anhelan ustedes leer la Biblia cada día, o prefieren pasar su tiempo viendo películas, series, novelas o jugando? ¿Esperan impacientes la hora de su estudio bíblico preparándose con anticipación y escribiendo sus testimonios bíblicos, o se les olvida su estudio bíblico y dejan esperando a su pastor? ¿Anhelan ustedes el Culto Dominical para encontrarse con Dios, o vienen solamente por costumbre o por cumplir? ¿Realmente tienen ustedes hambre y sed de justicia?

Yo tengo que admitir que mi hambre y sed de justicia no es muy diferente que mi hambre y sed por el alimento o el agua en la actualidad. Por la gracia y la misericordia de Dios, básicamente no padezco hambre ni sed, como casi siempre a la hora, y a veces como porque hay que comer, y la misma actitud tengo hacia Dios. Básicamente, no hay un hambre intensa por la relación correcta con Él. Me levanto a comer Pan Diario cada día, excepto los fines de semana que estoy preparando el mensaje dominical. Oro apenas lo necesario. Me mantengo estudiando la Biblia para preparar los estudios bíblicos de cada semana. Y este año me he propuesto leer la Biblia completa con un plan para leer la Biblia cronológicamente. Y si bien puedo decir que me mantengo ocupado en las cosas de Dios, no hay un deseo ardiente en mi corazón, una sed profunda en mi alma, por venir y presentarme delante de mi Dios. Me arrepiento por esto y le pido a Dios que me ayude a desarrollar un hambre y una sed más intensa por Él, por Su presencia, por Su Palabra y por Su obra. Y que cada uno de nosotros tenga un hambre y una sed desesperantes por justicia, por la correcta relación con Dios. Amén. 

II.-…porque ellos serán saciados (6b)

Leamos juntos el v.6b. Coincidiremos en decir que tener un hambre desesperante y una sed debilitante, al punto de la muerte, no se escucha, ni mucho menos se siente, bienaventurado o dichoso. Entonces, ¿cuál es la bienaventuranza que hay en esto? Que seremos saciados. Y como les expliqué la semana pasada, el hecho de que aquí en la RVR60 aparezca el verbo en futuro no quiere decir que sea una acción por ocurrir, sino que es algo que está ocurriendo y se perfeccionará en el futuro. Bienaventurados los que tiene hambre y sed por la correcta relación con Dios, porque están siendo saciados y serán completamente saciados en el reino de Dios. Eso es lo que quiere decir esta bienaventuranza.

Quizás el hecho de que esté siendo saciado, me lleve a no tener tanta hambre o deseo por la correcta relación con Dios como debería, así como me pasa con los alimentos y el agua, sin embargo, no debería ser así. Hay un detalle importante en esta bienaventuranza que no se nota en el español, pero que sí es evidente en el griego original. Es una regla de gramática griega, que coincide también con la española, que los verbos que indican tener hambre o sed se construyen con el caso genitivo. El genitivo que sigue a los verbos de hambre y sed se llama en gramática griega genitivo partitivo, porque indica que se tiene hambre o sed de una parte de aquello. Cuando se dice en griego, como en español, “Tengo hambre de pan”, o, “Tengo sed de agua”, ya se supone que no se quiere todo el pan o el agua que exista, sino solo una parte. Pero en esta bienaventuranza, la justicia no está en genitivo sino en acusativo directo. Entonces, cuando un verbo de hambre o sed se pone en griego en acusativo, lo que quiere decir es que se tiene hambre o sed de toda aquella cosa. En el caso del pan querría decir que se tiene hambre de todo el pan que existe en el mundo, y en el del agua, de cada gota que hay en el planeta. Por tanto aquí, la traducción correcta aquí sería: ¡Bienaventurados los que tienen hambre y sed de tener la relación perfecta con Dios! 

¿Cuándo alcanzaremos la relación perfecta con Dios en esta Tierra? ¿Cuándo en este mundo llegaremos a ser santos como Él es santo? ¡Nunca! Así que nuestra hambre y sed no deben mermar hasta que no lleguemos a este punto. No puedo sentirme completamente saciado con la relación que tengo con Dios en este momento. Debo estar consciente de que todavía me falta mucho para mejorar mi relación con Dios y tener la relación perfecta con Él. Así que cada día debo levantarme con el anhelo de mejorar más y más mi relación con Dios. De conocerle cada día más y más a través de Su Palabra y de la oración. Hasta que pueda decir: “Conozco perfectamente a Dios y estoy haciendo su voluntad perfectamente sin fallar en absolutamente nada”. Por supuesto que esto no va a ocurrir mientras vivamos en este mundo, sino cuando entremos al reino de Dios. Pero así como el que está cerca de obtener lo que anhela, se esfuerza cada vez más por alcanzarlo y lo anhela cada vez más a medida que se acerca, cada día debe crecer más y más en nosotros el deseo de alcanzar esta relación con Dios. Amén.

Creo que este es el mayor secreto para el progreso en la vida cristiana,  una intensa y creciente hambre y sed espirituales. Una y otra vez las Escrituras dirigen sus promesas a los que tienen hambre. Dios “sacia al alma menesterosa, y llena de bien al alma hambrienta.” (Sal. 107:9). “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche. ¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed del bien, y se deleitará vuestra alma con grosura.” (Isa. 55:1-2). “Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.” (Jua. 6:35).

Si estamos estancados en nuestro crecimiento espiritual, ¿no será porque nos falta el hambre espiritual? No basta llorar por el pecado pasado, debemos encontrar en qué estamos fallando hoy. En esta vida, en verdad, recibimos la satisfacción que la bienaventuranza promete. Pero nuestra hambre se satisface solo para surgir de nuevo. Aun la promesa de Jesús de que cualquiera que beba el agua que él da “no volverá a tener sed jamás” se cumple solamente si nos mantenemos bebiendo constantemente de esa agua. ¡Tengan cuidado de pretender haber alcanzado ya la perfecta relación con Dios, y mirar más hacia la experiencia pasada que hacia su situación presente! Como todas las cualidades incluidas en las bienaventuranzas, el hambre y la sed son características perpetuas de los discípulos de Jesús, tan perpetuas como la pobreza en espíritu, el llanto y la mansedumbre. Solo cuando alcancemos el reino de los cielos no tendremos “hambre ni sed”, “porque el Cordero que está en medio del trono [n]os pastoreará, y [n]os guiará a fuentes de aguas de vida” (Apo. 7:16-17). Amén.

¡Mantengamos, pues, una creciente hambre y sed espiritual y busquemos ser saciados cada día en Jesús nuestro pan que descendió del cielo y la fuente de agua viva, por medio de la oración y de estudiar y obedecer la Biblia cada día! Amén.

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