Mateo 5:1-3

5:1 Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.
5:2 Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:
5:3 Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

LAS BIENAVENTURANZAS (I): BIENAVENTURADOS LOS POBRES EN ESPÍRITU


Buenos días. Hoy comenzaremos a aprender uno de los textos más reconocidos y apreciados del Evangelio Según Mateo, conocido como el Sermón del Monte. Es probablemente la parte más conocida de la enseñanza de Jesús, aunque podemos decir también que es la parte que menos se comprende y la que menos se obedece. Es lo más parecido a un manifiesto que Jesús haya pronunciado, porque es su propia descripción de lo que deseaba que sus seguidores fuesen e hiciesen. En mi opinión, no hay otra enseñanza de Jesús que resuma mejor lo que Dios espera del hombre, o que indiquen con más claridad su desafío al estilo de vida del mundo. El Sermón del Monte describe la contracultura cristiana, o el desafío de la cultura cristiana contra la cultura del mundo.

Cuando uno entra en la universidad a estudiar una carrera, existe un perfil del egresado que describe las competencias, los conocimientos y habilidades, y las actitudes y valores que el estudiante debe tener al graduarse de dicha carrera. El Sermón del Monte presenta el perfil del cristiano que describe cuál debe ser: el carácter del cristiano (5:3-12), la influencia del cristiano en su entorno (5:13-16), la ética del cristiano en sus relaciones (5:17-48), la piedad o devoción religiosa del cristiano (6:1-18), la ambición del cristiano (6:19-34) y la actitud del cristiano hacia Dios y hacia los otros (7:1-27). Un cristiano cuyo carácter, influencia, ética, piedad, ambición y actitudes se ajusten al Sermón del Monte es un cristiano que ya está viviendo en el Reino de Dios. No en vano se le conoce al Sermón del Monte como la “Constitución del Reino de Dios” porque define quién es un ciudadano del Reino Celestial y cuáles son las leyes y la cultura del Reino de Dios.

Hoy vamos a aprender una breve introducción al Sermón del Monte, una introducción a las Bienaventuranzas y la primera de ellas. Aunque podríamos tener un mensaje por cada bienaventuranza, no va a ser así, hoy es una excepción por las introducciones, pero la próxima semana aprenderemos tres Bienaventuranzas más, y ya la siguiente concluiremos con este tema. Oro para que en estos próximos meses podamos aprender muy bien este Sermón del Monte y podamos manifestar en nuestras vidas el carácter, la influencia, la ética, la piedad, la ambición y las actitudes de un ciudadano celestial conforme a la enseñanza de Jesús. Que hoy podamos aprender el significado y la importancia de ser pobres en espíritu, y que podamos ser pobres en espíritu, anhelando ardientemente las riquezas del Reino Celestial que Dios ha preparado para nosotros en Cristo Jesús. Amén. 

I.- El Sermón del Monte (1-2)

Leamos juntos los vv. 1-2. El pasaje bíblico de la semana pasada terminó con Jesús y sus recién llamados discípulos rodeados siempre de multitudes de Siria, de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán (4:24-25). La fama de Jesús había crecido mucho y los discípulos podrían sentirse bastante afortunados de ser discípulos de un hombre tan famoso y de estar rodeados de tantas multitudes que les admiraban y respetaban. ¡Ellos era discípulos del tan anhelado Mesías! Sin duda alguna, Jesús podía percibir eso en sus corazones y viendo la multitud, decidió apartarse un poco de ella con sus discípulos y subió a un monte para tener mayor privacidad con ellos. Allí les enseñó a sus discípulos cuál debe ser el carácter y la actitud de los ciudadanos del Reino de Dios.

Entonces, Jesús “subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.” (v.1) Jesús subió a uno de los montes que hay en las cercanías del mar de Galilea, según la tradición sería el ahora llamado “Monte de las Bienaventuranzas”, en la costa norte del Mar de Galilea. En una ladera de esa montaña Jesús se sentó a enseñar a sus discípulos. Hoy en día nosotros seguimos las costumbres griegas y romanas de enseñar de pie, sin embargo, los maestros judíos leían los pasajes bíblicos de pie y se sentaban para enseñar. Así que Jesús cuando Jesús se sentó, los discípulos entendieron que daría una enseñanza y vinieron a Él para oírla. Aquí hay que destacar que aunque Jesús enseñaba a sus discípulos en la ladera de la montaña, parece que lo hacía a la vista de la multitud, quiénes posiblemente podrían oír partes de sus enseñanzas, pues al final dice: “Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.” (Mat. 7:28-29). Sin embargo, no cabe duda que estas enseñanzas de Jesús no eran para la multitud, sino que enseñaba a sus discípulos cuál debía ser su carácter y actitud como discípulos de Jesús. 

No obstante, muchos comentaristas han afirmado que Jesús subió al monte intencionalmente para crear un paralelismo con Moisés quien recibió la Ley en el Monte Sinaí. De hecho, en medio del Sermón del Monte hay muchas referencias a la Ley de Moisés, y Jesús como Maestro y Señor, dio su propia interpretación autorizada de la ley de Moisés, expidiendo sus propios mandamientos y esperando obediencia. Algunos eruditos han construido esquemas muy elaborados para demostrar este paralelo. B. W. Bacon en 1918, por ejemplo, argumentaba que Mateo estructuró deliberadamente su Evangelio en cinco secciones, cada una de las cuales concluía con la fórmula “cuando terminó Jesús…” (7:28; 11:1; 13:53; 19:1; 26:1), para que los ‘cinco libros de Mateo’ correspondieran a los ‘cinco libros de Moisés’ y así fueran un tipo de Pentateuco del Nuevo Testamento. Si bien podría existir este tipo de paralelismo, Mateo no asemeja explícitamente a Jesús con Moisés. Aunque sí podríamos decir, como afirma Davies, que con Jesús en el Sermón del Monte está “la sustancia de la Nueva Ley, del Nuevo Sinaí y del Nuevo Moisés”.

Aunque se le denomina “Sermón del Monte” a toda esta sección que abarca los caps. 5-7, como si fuera un sermón determinado predicado en una sola ocasión. En realidad es mucho más que eso. Hay buenas e indiscutibles razones para creer que el Sermón del Monte es mucho más que un sermón; y que, de hecho, es una especie de compendio de todos los sermones que predicó Jesús, quizás en una convivencia que tuvo allí con sus discípulos durante varios días. Podemos ver que tiene varias secciones que no presentan conectores entre ellas. Y si bien uno podría leer todo el sermón en unos diez minutos, hay demasiado material para digerir. Así que no pensemos en esto como un solo sermón, sino como en un compendio de sermones, así como tendremos a partir de hoy una serie de mensajes de este Sermón del Monte que nos tomarán al menos un par de meses. Oro para que podamos aprender bien toda la enseñanza de Jesús en este Sermón del Monte y que cada uno de nosotros pueda llegar a ser el cristiano que Dios espera que seamos. Amén. 

II.- Bienaventurados los pobres en espíritu (3)

Leamos juntos el v.3a. Antes de comenzar a hablar de cada bienaventuranza, necesitamos definir un par de cosas. La primera de ellas, ¿qué significa “bienaventurados”? La palabra griega que se traduce aquí como “bienaventurados” es makários. Fuera de la Biblia, este término se aplica especialmente a los dioses, quienes eran felices en sí mismos, es decir no dependían de otros para su propia felicidad. Quizás podríamos comprender mejor el sentido de makários por un uso particular de esta palabra. Los griegos siempre llamaban a la isla de Chipre hê makária, que quiere decir “La Isla Feliz”, porque creían que Chipre era tan preciosa, tan rica, y tan fértil que no habría necesidad de buscar más allá de sus costas para encontrar la vida perfectamente feliz. Tenía tal clima, tales flores y frutos y árboles, tales minerales, tales recursos naturales, que contenía todos los materiales necesarios para la perfecta felicidad. Makarios, pues, describe ese gozo que tiene su secreto en sí mismo; ese gozo que es sereno e inalterable y autosuficiente; ese gozo que es completamente independiente de todos los azares y avatares de la vida. 

La palabra española bienaventuranza, con la que se traduce makários en la RVR60, es una palabra compuesta que podríamos reformular como “buena ventura”. Significa que la persona es afortunada, próspera o que le va bien en su camino. Otras versiones de la Biblia traducen makários como “Dichosos” (NVI), “Felices” (BLPH), “Afortunados” (PDT) y “Benditos” (casi todas las traducciones en inglés). Todos esos términos podrían englobarse dentro de la palabra “Bienaventurados”. Así que bienaventurados significa los que son afortunados de estar siempre dichosos, felices y prósperos, a pesar de las circunstancias en las que se encuentran; pero esto no viene de la suerte o de la ventura, sino que son benditos del Señor que les concede ese gozo en medio de toda circunstancia. 

Las bienaventuranzas nos hablan de ese gozo que nos busca a través del dolor; ese gozo que la tristeza y la pérdida, el dolor y la angustia, no pueden afectar; ese gozo que brilla a través de las lágrimas, y que nada en la vida o en la muerte puede arrebatar. El mundo puede ganar sus goces, y los puede igualmente perder. Los cambios de la fortuna, el colapso de la salud, el fracaso de un plan, la desilusión de una ambición, hasta un cambio atmosférico pueden llevarse el gozo frágil que el mundo puede dar. Pero el cristiano tiene el gozo sereno e inalterable que viene de caminar para siempre en la compañía y en la presencia de Jesucristo. ¡El cristiano es bienaventurado!

Varios comentaristas han explicado las bienaventuranzas como la prescripción de Jesús para la felicidad humana. ¿Quieres vivir realmente feliz? ¡Aplica las bienaventuranzas en tu vida! Ernest M. Ligon, en su libro The Psychology of Christian Personality [La Psicología de la Personalidad Cristiana]. Se dedica a interpretar el Sermón del Monte “desde el punto de vista de la salud mental”. Y escribe que “el error más significativo que los hombres han cometido al interpretar estos versículos de Jesús [las bienaventuranzas] es el no haber tomado nota de la primera palabra de cada una de ellas: dichosos”. Desde su perspectiva, las bienaventuranzas “constituyen la teoría de Jesús sobre la felicidad”. Según él, no son tanto deberes éticos sino “una serie de ocho actitudes emocionales fundamentales. Si un hombre reacciona a su medio ambiente en el espíritu de ellas, su vida será feliz”. Veamos entonces a continuación las primeras de las bienaventuranzas que Jesús pronuncia en Su Sermón del Monte, o la primera de estas actitudes que nos lleva a la verdadera felicidad en este mundo. 

Leamos juntos nuevamente el v.3. La primera actitud fundamental para la felicidad es ser pobre en espíritu. La palabra griega que se usa aquí para pobre es ptojós que podría traducirse mejor como “indigente”, “mendigo” o “pordiosero”. Describe al hombre que no tiene absolutamente nada. El cristiano debe reconocerse como carente de cualquier bien espiritual; como un mendigo espiritual que no tiene alternativa, sino rogar al dueño de toda riqueza espiritual que le conceda algo para su supervivencia. De hecho, el primer paso para llegar a ser cristiano es reconocer nuestra miseria espiritual. Somos pecadores que estamos bajo la justa ira de Dios, y no merecemos otra cosa que el juicio de Dios. No tenemos nada que ofrecer, nada que abogar, nada con lo cual comprar el favor celestial. Nuestra única alternativa es reconocer nuestra miseria espiritual, mirar a la cruz de Jesús y rogar por su perdón, así como un mendigo hambriento ruega por un pedazo de pan para aliviar su dolor.

Jesús dice que son bienaventurados, felices, dichosos, los que tienen esta actitud de verse a sí mismos y reconocerse como miserables espiritualmente. Pero, una persona que está en esta condición difícilmente puede sentirse feliz o dichosa. Se siente triste y desdichada, más bien. Sin embargo, todas las bienaventuranzas tienen un carácter paradójico. La realidad es que esa condición en sí misma es una dicha porque te lleva por el camino correcto a la verdadera felicidad. Los que se encuentran contentos en este mundo con su condición espiritual y con sus bienes, pueden parecer felices, pero en realidad son desdichados porque se conforman con una felicidad ilusoria y no alcanzarán la verdadera. En cambio los que reconocen su condición de mendigos espirituales son bienaventurados, porque vienen a Jesús y reciben la riqueza de su salvación.

Hay mucha gente que cree que está bien en su relación con Dios porque nacieron en un país cristiano y han sido criados en una “cultura cristiana”. Creen conocer a Dios y a Jesús por lo que han oído y por lo que miran en las películas durante la Semana Santa. Pero nunca han reconocido su miseria espiritual, pues sienten que están bien con Dios. A esas personas Jesús les dice como a la iglesia de Laodicea en Apo. 3:17-19: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete.” ¡Arrepiéntete de tu corazón orgulloso y reconoce tu miseria!

Ninguno de nosotros merece nada de Dios, sino Su castigo por causa de nuestros constantes pecados: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23). Pero si somos pobres en espíritu y reconocemos esto, Dios en su misericordia nos da el reino de los cielos por heredad como dice el v.3. Leámoslo nuevamente. El reino de los cielos pertenece a aquellos que son pobres en espíritu. ¿Por qué? Porque ser pobres en espíritu es el primer paso para la conversión y el nuevo nacimiento. La única forma de entrar en el reino de Dios es naciendo de nuevo (Jua. 3:3). Y para poder nacer de nuevo, debemos reconocer que necesitamos ese nuevo nacimiento. Y si reconocemos que necesitamos nacer de nuevo, estamos reconociendo que somos pobres espiritualmente, que no tenemos absolutamente ningún bien espiritual con el que podamos comprar la salvación. Solamente al reconocer esto podemos venir a Jesús humildemente y rogarle que perdone todos nuestros pecados y nos ayude a salir de esta miserable vida de indigencia espiritual. Entonces, somos “justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Rom. 3:24)  

Ustedes pueden ver a los indigentes en la calle. La indigencia los tiene fuera de sí. Algunos se acostumbran tanto a ese estilo de vida, que cuando tratan de ayudarlos y llevarlos a albergues, se escapan para seguir viviendo a su manera en la calle, pues muchas veces no quieren seguir las reglas de los albergues, ni establecer relaciones sociales saludables con otros. Así son los que viven en el pecado. Se acostumbran tanto a andar en la inmundicia que a veces ni siquiera quieren aceptar la ayuda de quienes les llaman al arrepentimiento. Quieren seguir viviendo en la indigencia de su vida pecaminosa. ¡Arrepiéntete y reconoce tu miseria espiritual y ven al refugio de Jesús!

Les dije al principio que el Sermón del Monte es la constitución del reino celestial. Bueno, así como en la Constitución Política de la República de Panamá en su artículo 8 establece que “La  nacionalidad panameña  se  adquiere por  el  nacimiento, por  la naturalización o por disposición constitucional”; y en los artículos 9-12 se define cómo se adquiere la nacionalidad por nacimiento, por naturalización y por disposición constitucional; así mismo, estas bienaventuranzas establecen cómo se adquiere la ciudadanía espiritual, y es solamente por el nuevo nacimiento. De hecho, las primeras cuatro bienaventuranzas describen las actitudes del creyente que lo llevan al nuevo nacimiento, y la pobreza en espíritu es la primera de ellas. Por razones de tiempo solamente abarcaremos ésta el día de hoy.

Pero la pobreza en espíritu no es solamente para el inicio de la vida espiritual, para la conversión y el nuevo nacimiento, sino que debe ser una actitud permanente en la vida del creyente. Debemos mantener un corazón humilde que reconoce constantemente que somos bienaventurados al ser parte del reino de Dios. Que no lleguemos a tener el corazón orgulloso de la iglesia de Laodicea de pensar que la riqueza espiritual que poseemos ahora la hemos acumulado nosotros mismo por nuestra fidelidad a Dios, sino que podamos reconocer cada día nuestra miseria espiritual fuera de Cristo y que es Dios quien nos ha bendecido “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo […] en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia” (Efe 1:3,7,8). Y que “tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” (2Co. 4:7). 

Somos bienaventurados al ser pobres en espíritu, al reconocer nuestra miseria e indigencia espiritual por nuestros pecados, porque solo así podemos acudir con diligencia y ardor de corazón a Jesús quien nos bendice con las riquezas de Su gracia. Y si mantenemos nuestra pobreza en espíritu, recordaremos cada día que las riquezas de la gracia que nos han sido otorgadas no son para nada merecidas, y con un corazón deudor trabajaremos arduamente para la obra de Dios para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. ¡Dios nos conceda la bienaventuranza de la pobreza en espíritu cada día para apreciar la abundancia de la gracia que hemos recibido y salgamos de la indigencia de nuestras vidas pecaminosas! ¡Dios conceda la pobreza en espíritu a los pecadores que aún no han aceptado a Jesús como su Señor y Salvador para que puedan acudir a Jesús! Amén.

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