Eclesiastés 11:1-6
11:1 Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás.11:2 Reparte a siete, y aun a ocho; porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra.
11:3 Si las nubes fueren llenas de agua, sobre la tierra la derramarán; y si el árbol cayere al sur, o al norte, en el lugar que el árbol cayere, allí quedará.
11:4 El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará.
11:5 Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas.
11:6 Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno.
REPARTE CON GENEROSIDAD Y TRABAJA CON DILIGENCIA
Buenos días. Desde el capítulo siete, Salomón nos está enseñando los beneficios y las limitaciones de la sabiduría. También nos ha estado enseñando en estos últimos capítulos cómo vive el hombre sabio. Ya éste será el tema hasta el final del libro. El propósito es que lleguemos a ser el hombre sabio del que habla en el capítulo ocho, donde empieza diciendo: “¿Quién como el sabio? ¿Y quién como el que sabe la declaración de las cosas? La sabiduría del hombre ilumina su rostro, y la tosquedad de su semblante se mudará.” (8:1).
En este pasaje bíblico podemos ver dos características del hombre sabio: reparte de sus bienes con generosidad y trabaja con diligencia. Aquí Salomón nos exhorta a desarrollar en nosotros estas características del hombre sabio y nos da razones prácticas para hacerlo. Yo oro para que a través del mensaje de hoy cada uno de nosotros pueda internalizar profundamente la necesidad de ser generosos y diligentes para trabajar. Que podamos ir creciendo en sabiduría y seamos como Jesús, el hombre verdaderamente sabio. Amén.
I.- Reparte con generosidad (1-3)
Leamos juntos el v.1 por favor. El proverbio que aparece en este versículo es bastante difícil de interpretar. La mayoría de los eruditos coinciden en que aquí el pan se refiere a la semilla de trigo de la que se extraía el alimento. Y este mismo proverbio se usaba en Egipto de donde parece provenir el sentido literal del mismo. Los egipcios aprovechaban las inundaciones del río Nilo para cultivar la tierra alrededor del mismo. Era la única tierra cultivable en Egipto porque el resto de la tierra era demasiado árida y no existían los sistemas de riego. Así que después de que el Nilo inundaba sus riberas, los egipcios venían y lanzaban sus semillas sobre el agua o sobre el terreno lodoso y un tiempo después regresaban y la semilla había germinado y había dado sus frutos. Esta era su forma de cultivo. Echaban su semilla sobre las aguas con la esperanza de que algo brotaría y tendrían algo que comer en el futuro.
El proverbio de Salomón no tiene la intención de ser interpretado literalmente. Salomón no nos exhorta a ir a sembrar en las aguas o riberas inundadas. De hecho es interesante que usa la palabra pan, en lugar de semilla. Al hablar de pan se está refiriendo ya al alimento y no simplemente al grano para la siembra. También, las aguas en la Biblia se utilizan para referirse a multitudes de personas. Así que echar el pan sobre las aguas implica dar de nuestro alimento a multitudes de personas. Es un llamado a la generosidad, y esta idea es reforzada y ampliada en el v.2.
Leamos juntos el v.2 por favor. El número siete en hebreo es el número perfecto. Es algo cabal y completo. Al exhortarnos a repartir a siete, y aun a ocho, Salomón nos pide que repartamos de nuestros bienes generosamente entre todos lo que podamos, y aún más allá de lo que podamos. Como muchos de nosotros hemos crecido en pobreza, tendemos a pensar que no tenemos nada para compartir con otros. No podemos ser generosos porque apenas tenemos para sobrevivir. Sin embargo, esto es mentira. Todos los que estamos aquí somos más ricos que el 75% de la población mundial. ¿Sabían eso? Si usted duerme bajo techo, tiene agua potable de una tubería, tiene una refrigeradora para guardar su comida y una cama para dormir, es más rico que el 75% de la población mundial que carece de estas cosas. Así que sí tenemos para compartir con otros solo nos falta la determinación para hacerlo.
En la Biblia se nos llama a ser generosos con los que padecen necesidad. Moisés exhortó al pueblo de Israel antes de entrar a la Tierra Prometida diciéndoles: “Cuando haya en medio de ti menesteroso de alguno de tus hermanos en alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre, sino abrirás a él tu mano liberalmente, y en efecto le prestarás lo que necesite.” (Deu. 15:7-8). Si alguien padece necesidad, debemos ayudarlo porque para eso Dios nos ha bendecido con nuestros bienes. Así también exhorta el apóstol Pablo a los hermanos en Galacia y a nosotros también: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.” (Gál. 6:10). Debemos ser generosos con todos, pero especialmente con los hermanos, con los de la familia de la fe.
Cuando era estudiante universitario, no tenía dinero para comprar nada y a veces me ausentaba varios días de la casa de mi mamá. Salía temprano para la iglesia a comer Pan Diario con los hermanos, luego me iba a la universidad a estudiar, y generalmente regresaba a la iglesia a estudiar la Biblia y a estudiar para mis materias. A veces me agarraba la noche y me quedaba en la iglesia a dormir porque no era seguro regresar a esa hora a mi casa. En la universidad donde estudiaba daban el almuerzo prácticamente gratis, pero muchas veces no cenaba ni desayunaba. Sin embargo, muchas veces los hermanos de la iglesia me invitaban la cena o el desayuno. No porque ellos tuviesen mucho, sino porque “donde comen dos, comen tres.” Y así, en medio de su propia necesidad, ellos practicaban conmigo la generosidad. Ese es el verdadero amor de hermanos. Y esta es la exhortación de Salomón al decir: “Echa tu pan sobre las aguas” y “reparte a siete, y aun a ocho”.
Pueden notar que yo he aducido el amor como razón para ser generosos. Sin embargo, Salomón alega otras razones para ello. Leamos nuevamente los vv. 1-2. La razón para echar el pan sobre las aguas es “porque después de muchos días lo hallarás”. Y la razón para repartir generosamente es “porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra”. Las razones que esgrime Salomón aquí son prácticas. Cuando somos generosos con otros somos recompensados por Dios por ello y también por las propias personas que se han beneficiado de nuestra generosidad.
El propio Jesús se refirió a esto: “Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.” (Mat. 10:42). Dios nos recompensará si damos a otros de lo que Él nos ha dado. También el apóstol Pablo se refirió a la generosidad como una siembra que cosechará beneficios después: “Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.” (2Co. 9:6-7). Ser generosos con otros es como sembrar la semilla, en su tiempo cosecharemos beneficios de ello. No obstante, ahí mismo en el v.7, Pablo nos dice que no debemos ser generosos con los demás esperando algo a cambio. No debemos tener una actitud de inversionista, esperando recibir los réditos por nuestra generosidad. Pablo nos dice claramente que no demos por necesidad, es decir, no sembremos nuestro dinero esperando que Dios lo multiplique; sino que debemos dar con alegría, no esperando nada a cambio. ¡Seamos dadores alegres que echan su pan sobre las aguas y reparten con generosidad entre los que padecen necesidad y experimentaremos la bendición de Dios en abundancia!
Leamos ahora el v.3. Salomón muestra aquí la generosidad en la naturaleza. Las nubes cuando ya están llenas de agua, precipitan el preciado líquido sobre la tierra. Ellas no siguen acumulando sin fin, sino que después de un tiempo derraman la bendición de la lluvia sobre los campos para que crezcan las semillas. De la misma manera, un árbol después de que ha tomado los nutrientes de la tierra y muere, cae sobre ella y allí se queda fertilizando la misma tierra que lo sustentó. Además, estos árboles caídos son de provecho para los hombres también, quienes pueden usar de su madera para el fuego, para construir herramientas o para sus casas. Dios diseñó la naturaleza para que fuese generosa con nosotros, porque Él es un Dios generoso que nos da todo lo que necesitamos, y aún mucho más, para que podamos compartir con otros. Y cuando por alguna razón Dios no nos provee directamente, coloca a una persona generosa a nuestro lado que es la providencia divina para nosotros. Así que hermanos míos amados, seamos generosos los unos con los otros, especialmente con los que padecen necesidad, y el Dios bueno y generoso que nos sustenta, nos bendecirá aún más abundantemente para que bendigamos más a otros. ¡Sembremos generosamente y segaremos generosamente!
II.- Trabaja con diligencia (4-6)
Leamos juntos los vv. 4-5. Si un agricultor se la pasa observando y analizando los vientos tratando de determinar el momento perfecto para esparcir la semilla y que el viento no se la lleve, nunca lanzará su semilla. Nunca sembrará. Si se pone a observar las nubes, esperando las lluvias tardías para una más abundante cosecha, nunca segará y se le perderá el grano en el campo. No debemos pasarnos la vida esperando el momento perfecto para hacer las cosas porque ese momento nunca llegará. O puede ser que llegue, pero probablemente no lo sabremos reconocer. Esto podemos relacionarlo con la declaración de Salomón en el 8:17: “Y he visto todas las obras de Dios, que el hombre no puede alcanzar la obra que debajo del sol se hace; por mucho que trabaje el hombre buscándola, no la hallará; aunque diga el sabio que la conoce, no por eso podrá alcanzarla.” Ninguno sabe cuándo es el tiempo perfecto de Dios para hacer las cosas, y si alguno dice que lo sabe, es mentira, porque solo Dios sabe cuál es Su tiempo perfecto.
¿Qué debemos hacer entonces? Leamos ahora juntos el v.6. Siembra la semilla en la mañana a ver si se da, y por la tarde ocúpate en hacer otras cosas, quizás realizar otro tipo de trabajo, porque no sabes si es el tiempo de sembrar o es tiempo de hacer alguna otra cosa, o si quizás es el tiempo de hacer ambas. Debemos trabajar diligentemente buscando la voluntad de Dios. Y mientras vamos trabajando, el Señor nos va guiando por los frutos de nuestro trabajo o por las circunstancias.
Fíjense en mi caso. Durante ocho años me maté estudiando para poder graduarme como profesor de Química. Me tomó ocho años porque reprobé Química Orgánica I tres veces y Química Analítica dos veces. Sin embargo, gracias a Dios al final me pude graduar. Y después de estudiar tanto tiempo para obtener mi título, ahí está bien cuida’o en el closet. No estoy ejerciendo la carrera para la que estudié. Por la mañana sembré la semilla, pero no era eso lo que tenía que hacer. Lo bueno fue que por la tarde hice otra cosa también.
Cuando reprobé las químicas por primera vez, quise cambiarme de carrera para ser Profesor de Inglés, pero no me lo permitieron. Yo soy bueno para los idiomas y me veía mejor en esa carrera, pero al final no se pudo. Sin embargo, gracias a mis conocimientos de inglés, el M. Juan Seo me invitó a trabajar con él en un proyecto como traductor y asistente administrativo. Los compañeros de trabajo del misionero quedaron muy agradados conmigo. Les gustó mucho mi forma de trabajar. El M. Juan Seo me recomendó con el M. Juan Baek para trabajar en LG en Panamá, pues el misionero necesitaba un colaborador y la empresa necesitaba un trabajador. Y aunque yo no había estudiado para eso, él y sus jefes vieron mi potencial y me contrataron y me trajeron a Panamá. (Aunque todos nosotros sabemos que fue Dios quien me puso allí).
Siguiendo con el patrón del proverbio de Salomón, por la mañana estudié química y por la tarde estudié inglés, y eso me ayudó a encontrar la voluntad de Dios para mi vida. Pero, honestamente, venir a Panamá tampoco fue algo muy sencillo. En un principio me prometieron un cargo y un salario, pero al final me ofrecieron otro cargo y la mitad del salario que me habían dicho inicialmente. Esto nos preocupó bastante porque con ese salario no sería fácil establecernos en Panamá. Mi esposa había estado en entrevistas con una empresa de seguros aquí también, pero eso nunca se dio. Así que no parecían las condiciones ideales para venirnos como misioneros a Panamá. Además, que no estábamos preparados espiritualmente para ser misioneros tampoco.
Sin embargo, nuestra oración había sido clara: “Si Dios me abre las puertas en LG, entonces sabremos que Él quiere que vayamos como misioneros allá”. Y cuando nos dijeron que sí, pero otro cargo con mucho menos salario, dudamos, pero yo le dije a mi esposa: “Dios abrió la puerta aunque parecía imposible. Así que tiene que ser la voluntad de Dios. Allá veremos qué hace Dios con nosotros”. Y bueno, creo que ustedes ya conocen el resto de la historia. Si hubiésemos esperado las condiciones perfectas para venir a Panamá como misioneros, nunca habríamos venido y habríamos perdido esta gran bendición que tenemos de conocerles y servirles con todo nuestro amor.
Otro ejemplo en mi vida ha sido mi matrimonio. La mayoría de ustedes sabrá que mi esposa y yo nos casamos por la fe. Es decir, no tuvimos una relación de noviazgo antes de casarnos, ni tampoco nos casamos porque estuviésemos enamorados el uno del otro antes de casarnos, sino que Dios nos dio la oportunidad de servir mucho juntos, y nuestros pastores vieron que servíamos bien a Dios juntos y nos preguntaron si queríamos servir juntos a Dios para toda la vida. Cuando mi pastor me planteó el matrimonio por la fe con la P. María, yo no estaba convencido. Primero, estaba luchando espiritualmente con mi deseo de amor humano. Segundo, estaba estudiando todavía en la universidad y no podría trabajar para mantener a mi esposa. Tercero, no sabía si realmente la P. María era la ayuda idónea que Dios había creado para mí. Sin embargo, decidí orar al respecto y después de varias semanas de oración intensa, Dios me reveló que sí era Su voluntad que me casase con ella.
Realmente, no eran las condiciones perfectas para casarme. Mi esposa me tuvo que mantener durante mucho tiempo mientras yo podía conseguir un trabajo. Yo no aporté prácticamente nada económicamente al matrimonio al principio. De hecho, toda la boda la pagó María, y la luna de miel salió exactita de los regalos de boda en efectivo que nos dieron los hermanos. Sin embargo, no tengo duda alguna de que la M. María es la ayuda idónea que Dios creó para mí. Y si hubiese esperando por las condiciones perfectas para casarme: graduado de la universidad, con un trabajo estable para mantener a la familia, etc., entonces hubiese dejado pasar el kairós, el momento oportuno de Dios para mi vida. Y quién sabe cómo sería mi vida. ¡No esperemos las condiciones perfectas para hacer las cosas, pero trabajemos diligentemente en todo lo que podamos hacer, y oremos fervientemente mientras lo hacemos, para que Dios muestre en nosotros Su buena voluntad! Amén.
Obviamente, todo esto aplica también el ámbito espiritual y ministerial. Algunos de ustedes andan observando los vientos y mirando las nubes, esperando no sé qué para ir a predicar a otros el evangelio y dar estudio bíblico. ¿Por qué no estás dando estudio bíblico? ¿Estás esperando a tener más conocimiento bíblico para hacerlo? ¿Quieres crecer un poco más espiritualmente para invitar a otros? ¡Nada de eso es necesario! ¡Deja de estar esperando las condiciones perfectas para trabajar para la obra de Dios! Después de recibir un estudio bíblico, tú puedes dar ese estudio bíblico a otros con lo que aprendiste. Muy probablemente no te va a salir perfecto. Quizás hasta enseñes una que otra herejía por allí. Pero yo también lo hice al principio, así que no te preocupes. El Espíritu Santo va haciendo su trabajo, aunque nosotros no lo estemos haciendo del todo bien.
En Jn. 1:43-51 podemos ver a Felipe que recién había empezado a seguir a Jesús y él halló a Natanael y lo invitó para venir a seguir a Jesús también. Pero en Jn. 1:46 vemos que Natanael tenía dudas acerca del mesiazgo de Jesús porque era de Nazaret y le pregunta a Felipe: “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” Y aunque Felipe no sabía cómo explicar esto, él simplemente le respondió a Natanael: “Ven y ve”. ¡No necesitamos conocer toda la Biblia para invitar a alguien a la iglesia el domingo! ¡Podemos decir como Felipe: “Ven y ve”! Y cuando la persona venga y vea lo que Dios está haciendo en este lugar, también podrá confesar a Jesús como el Hijo de Dios, así como lo hizo Natanael en Jn. 1:49. ¡No esperes las condiciones perfectas para servir a Dios! ¡Vé y cuenta a otros cuán grandes cosas ha hecho el Señor contigo! ¡Diles que Dios puede cambiar completamente sus vidas si ellos se lo permiten!
En conclusión, Salomón nos exhorta a repartir generosamente de lo que Dios nos ha dado, bien sea nuestros bienes materiales, o aun también nuestros bienes espirituales, la Palabra y el Espíritu que nos han sido dados. Y además, nos exhorta a no esperar el tiempo perfecto para hacer las cosas, sino a aprovechar el tiempo al máximo, trabajando diligentemente para nuestro sustento y para la obra de Dios. Como le dijo el apóstol Pablo a Timoteo: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.” (2Ti. 4:1-2). ¡Predica la Palabra a tiempo y fuera de tiempo! ¡Sé generoso y diligente! Y así crecerás en sabiduría y llegarás a ser un hombre verdaderamente sabio como Jesús. Amén.
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M. Juan Carlos Vivas (AR)
( 23 de julio de 2021 )
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