Eclesiastés 7:15-29
7:15 Todo esto he visto en los días de mi vanidad. Justo hay que perece por su justicia, y hay impío que por su maldad alarga sus días.7:16 No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso; ¿por qué habrás de destruirte?
7:17 No hagas mucho mal, ni seas insensato; ¿por qué habrás de morir antes de tu tiempo?
7:18 Bueno es que tomes esto, y también de aquello no apartes tu mano; porque aquel que a Dios teme, saldrá bien en todo.
7:19 La sabiduría fortalece al sabio más que diez poderosos que haya en una ciudad.
7:20 Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque.
7:21 Tampoco apliques tu corazón a todas las cosas que se hablan, para que no oigas a tu siervo cuando dice mal de ti;
7:22 porque tu corazón sabe que tú también dijiste mal de otros muchas veces.
7:23 Todas estas cosas probé con sabiduría, diciendo: Seré sabio; pero la sabiduría se alejó de mí.
7:24 Lejos está lo que fue; y lo muy profundo, ¿quién lo hallará?
7:25 Me volví y fijé mi corazón para saber y examinar e inquirir la sabiduría y la razón, y para conocer la maldad de la insensatez y el desvarío del error.
7:26 Y he hallado más amarga que la muerte a la mujer cuyo corazón es lazos y redes, y sus manos ligaduras. El que agrada a Dios escapará de ella; mas el pecador quedará en ella preso.
7:27 He aquí que esto he hallado, dice el Predicador, pesando las cosas una por una para hallar la razón;
7:28 lo que aún busca mi alma, y no lo encuentra: un hombre entre mil he hallado, pero mujer entre todas éstas nunca hallé.
7:29 He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones.
NO HAY HOMBRE QUE NUNCA PEQUE
Buenos días. En el pasaje bíblico de hoy, Salomón trata lo que se conoce como “El Problema del Mal”. El problema del mal es la pregunta de cómo reconciliar la existencia del mal con la existencia de un Dios omnisciente, omnipotente y omnibenevolente. El argumento del mal afirma que, debido a la existencia del mal, o Dios no existe o no tiene alguna de las tres cualidades mencionadas. Este problema del mal es importante en los campos de la teología y ética. Según el filósofo empírico escocés David Hume en su ensayo filosófico “Diálogos sobre la religión natural”, el filósofo griego Epicuro expresó el problema del mal de la siguiente forma ¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? Entonces, ¿por qué llamarlo Dios?
El último argumento es el preferido por los ateos para defender el ateísmo. Sin embargo, ya hemos hablado antes en Eclesiastés acerca de este tema, y les conté la historia del barbero y el mal. ¿Recuerdan? Un barbero le dice a su cliente que él no cree que Dios exista y señala a la maldad y las injusticias que había a su alrededor para apoyar su argumento. El cliente le responde que él no cree que existan los barberos porque ve mucha gente greñuda en la calle. Entonces el barbero le contesta que los barberos sí existen y que tiene uno delante de sí haciendo su trabajo. El cliente le pregunta, “¿entonces por qué hay tanta gente greñuda en la calle?” A lo que el barbero responde: “porque no vienen a mí para que haga mi trabajo.” Finalmente, el cliente le contesta: “Eso mismo dice Dios”.
Básicamente esa es la respuesta de Salomón al problema del mal en este pasaje bíblico y lo podemos ver en su conclusión en el v.29: “He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones.” Dios creó al hombre bueno, pero el hombre ha buscado de continuo el mal. La maldad está en el mundo porque no hay hombre que haga el bien y nunca peque. Yo oro para que a través de este mensaje cada uno de nosotros podamos reconocer la condición espiritual del ser humano y vengamos continuamente a Dios para que haga su trabajo en nosotros. Oro para que podamos trabajar en conjunto con el Espíritu Santo para erradicar lo más posible la maldad de este mundo, empezando por nuestras casas y nuestra comunidad. Que Dios nos ayude a convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa, donde reine el amor, la justicia y la bondad, en lugar de la maldad. Amén.
I.- Viviendo de forma equilibrada, ni tan justo ni con mucha maldad (15-22)
Leamos juntos el v.15 por favor. Podemos ver aquí que Salomón vuelve a reflexionar acerca de las injusticias de la vida. En los días de su vanidad, es decir en el corto período de tiempo que pasamos en esta Tierra entre el nacimiento y la muerte, y que llamamos vida, Salomón ha visto algo que no parece justo y que parece dar a entender que Dios no está pendiente de lo que está pasando sobre la Tierra. La persona justa, la que se esfuerza para vivir conforme a la Palabra de Dios, muere joven y aun viviendo y practicando la justicia. Es más, muchas veces muere por vivir justamente, y en manos del impío, del injusto, del malo, del perverso, del opresor. En cambio, el impío, al que no le importa para nada Dios y Su Palabra, vive muy feliz y durante mucho tiempo en esta Tierra.
También hemos visto esto, ¿verdad? Personas honestas que mueren de hambre o de alguna enfermedad porque no encuentran medicinas o atención en el sistema de salud pública. En cambio, los corruptos están bien gordos, con enfermedades derivadas de su estilo de vida opulento como presión alta, colesterol alto, pre-infartos, etc., pero que viven bien y durante mucho tiempo porque se pueden atender en hospitales privados, incluso en el exterior, con el dinero que se han robado. Gente que llega con violencia al poder y oprime y mata a los que se esfuerzan por vivir honradamente y luchan porque se haga justicia.
Al ver todo esto, uno puede llegar a preguntarse: ¿Dónde está Dios? ¿De qué sirve vivir justamente si Dios nos ha abandonado y permite que el impío prospere? Estas mismas preguntas las meditó en su tiempo el salmista Asaf y las escribió el Salmo 73. Allí podemos ver cómo Asaf dice: “Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos. Porque no tienen congojas por su muerte, pues su vigor está entero. No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres. Por tanto, la soberbia los corona; se cubren de vestido de violencia. Los ojos se les saltan de gordura; logran con creces los antojos del corazón.” (3-7). Y continúa diciendo: “He aquí estos impíos, sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas. Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón, y lavado mis manos en inocencia” (12-13). Así puede llegar a sentirse uno al mirar la injusticia del mundo y la prosperidad de los malvados. Sin embargo, Asaf confiesa. “Tan torpe era yo, que no entendía; era como una bestia delante de ti.” (22). Porque dice: “Hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos. […] Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán; tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta.” (17, 27). Los malvados quizás pueden prosperar en esta vida, pero no alcanzarán la vida eterna, sino que sufrirán bajo el castigo de Dios. Así que es mejor vivir en una buena relación con Dios, aunque nos vaya mal en esta vida, pues tendremos recompensa eterna.
Leamos ahora los vv. 16-18. El consejo de Salomón es que vivamos de forma equilibrada en esta vida, que no procuremos ser demasiado justo ni demasiado sabios, y que tampoco hagamos mucho mal, sino que vivamos en el temor de Dios. En un principio, esto puede parecer un poco extraño. ¿Qué tiene de malo ser demasiado justo o demasiado sabio? El problema cuando llegamos a ser muy sabios conforme a la sabiduría de este mundo es que nos desviamos del camino de Dios. Salomón es, precisamente, un ejemplo de esto. Ya vimos en los primeros capítulos de Eclesiastés cómo se desvió su corazón de Dios a causa de su mucha sabiduría, tratando de buscar el significado y propósito de la vida en las cosas de este mundo. También, vemos hoy en día como los que estudian mucho, acumulando mucho conocimiento, terminando negando la existencia de Dios. Como dice el apóstol Pablo en Rom. 1:22: “Profesando ser sabios, se hicieron necios”. Así terminan los que quieren ser demasiado sabios.
Por otro lado, los que quieren ser demasiado justos, terminan ensoberbeciéndose y pensando que su justicia es suficiente para salvarles. Un ejemplo de este tipo de personas en la Biblia son los fariseos. Ellos se esforzaban mucho por aprender bien y tratar de seguir todos los mandamientos y leyes de Dios. Sin embargo, en su esfuerzo por ser muy justos delante de Dios, se olvidaron de lo más importante y comenzaron a tratar con soberbia a los demás. Su mayor propósito en la vida era ser reconocidos como justos por los demás, pero eran hipócritas porque su corazón estaba lejos de lo que Dios quería.
El propio Jesús denunció esta actitud de ellos: “Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí. […] ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. […] ¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?” (Mat. 23:1-7, 23-25, 33).
Esto ocurrió por su soberbia, así que Jesús también dijo: “Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.” (Mat. 23:12). No lleguemos a creernos demasiado justos como los fariseos, ni busquemos ser demasiado sabios. Porque, aunque la sabiduría fortalece al hombre más que diez poderosos a una ciudad, como dice el v.19, esa sabiduría no puede ayudarnos a resolver nuestra condición espiritual caída que Salomón nos recuerda en el v.20.
Leamos juntos el v.20 por favor. La realidad es que no hay un solo hombre en la Tierra que solamente haga el bien y nunca peque. Todos nosotros somos pecadores. Estamos haciendo el mal continuamente. Esta es la razón también por la que Salomón nos aconseja en el v.17 que no hagamos mucho mal. Esta es la mayor aspiración moral que podemos tener como seres humanos, hacer el menor mal posible, pues, ninguno de nosotros es capaz de dejar de hacer el mal. Alguno de ustedes quizás pueda estar pensando: “Pero, si yo no le hago mal a nadie. Yo trato de vivir bien y de hacer el mayor bien posible.” Y esto pasa porque generalmente pensamos que el pecado solo está en lo que hacemos. Pero, debemos recordar que existen cuatro tipos de pecado: el pecado de comisión u obra, hacer lo que está mal ante los ojos de Dios; el pecado de pensamiento, pensar mal contra otra persona, o desearle mal a otra persona, o pensar mal acerca de Dios; el pecado de palabra, hablar mal contra otra persona o contra Dios, como quejarnos de Dios, por ejemplo; y el pecado de omisión, no hacer la voluntad de Dios, por ejemplo, no predicarle a alguien en el momento oportuno, no ayudar a alguien cuando teníamos la oportunidad de hacerlo, etc. Este último casi siempre lo olvidamos que existe, y es el que pecado que más veces cometemos.
Así que continuamente estamos pecando durante el día, aunque quizás no queramos hacerlo, bien sea porque estamos haciendo algo que a Dios no le agrada, porque estamos pensando algo que a Dios no le agrada, porque estamos hablando lo que a Dios no le agrada o porque no estamos haciendo lo que agradaría a Dios. Quisiese Dios que nuestros pecados fuesen más de omisión, pero lamentablemente debemos ser honestos y reconocer que no las pasamos haciendo, diciendo y pensando lo que a Dios no le agrada. Así que no nos creamos demasiado justos. Reconozcamos que, aunque somos cristianos y aunque nos esforzamos por aprender y obedecer la Palabra de Dios, todavía somos pecadores y pecamos continuamente.
¿Ustedes creen que porque yo soy pastor nunca peco? ¡Quisiera yo! Peco mucho más de lo que quisiese y muchas veces desobedeciendo flagrante y groseramente a Dios. Entonces, ¿soy un hipócrita por estar aquí predicando? Lo sería si no reconociese mi miseria espiritual. Quizás alguno pregunta, ¿qué sentido tiene entonces venir a Jesús y vivir la vida cristiana si seguimos siendo pecadores y seguimos pecando continuamente? Aunque somos pecadores, ya no somos pecadores condenados sino pecadores redimidos. Gracias a la muerte de Jesús en la cruz, Dios nos ha librado de la consecuencia del pecado, la muerte espiritual, nos está librando del poder del pecado, y nos librará definitivamente del poder y de la presencia del pecado cuando venga a buscarnos para llevarnos a su Reino. Mientras tanto, escuchemos el consejo del apóstol Juan: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.” (1Jn. 2:1). Hagamos nuestro mayor esfuerzo para obedecer la Palabra de Dios y no pecar, pero cuando pequemos, no intentemos parecer demasiado justos ante la gente ocultando nuestros pecados como los fariseos, sino acudamos inmediatamente con arrepentimiento a Jesús confesando nuestros pecados.
II.- Limitaciones de la sabiduría y la conclusión acerca del mal (23-29)
Leamos juntos los vv. 23-24. Salomón confiesa que, aunque lo intentó con todo su corazón, no logró alcanzar la sabiduría, pues se alejaba cada vez más de él. Si esto pasó con el hombre más sabio que ha existido y existirá jamás, ¿qué quedará para nosotros? Aunque la sabiduría podría llegar a ser muy beneficiosa como hemos aprendido antes en Eclesiastés, es imposible para los seres humanos alcanzarla. La verdadera sabiduría está en Dios y solo Él puede alcanzarla. Nosotros debemos conformarnos con buscarla y tomar lo que podamos de ella y aprovechar los beneficios que nos pueda dar.
Leamos ahora los vv. 25-28. Estos versículos son difíciles de interpretar con exactitud. Una posible interpretación es que Salomón esté hablando acá de dos tipos de mujeres, la mujer pecadora y seductora que envuelve al hombre y desvía su corazón de Dios, y la mujer sabia que es tan difícil de hallar que entre mil mujeres Salomón no halló una. La podríamos comparar con la mujer virtuosa de Proverbios 31 cuya “estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (Pro. 31:10). Otra posible interpretación es que estas dos mujeres sean la personificación de la necedad y de la sabiduría. La necedad envuelve al hombre, de modo que el pecador queda en ella preso. Pero, la sabiduría es muy difícil de hallar, tanto que Salomón no pudo hallarla. Cualquiera de las dos interpretaciones es factible, y el asunto fundamental aquí es que la única forma de escapar de la mujer seductora y pecadora o de la necedad es procurando agradar a Dios según lo que dice el v.26b.
La vida que agrada a Dios es la de la persona que escucha diligentemente la Palabra de Dios e intenta obedecerla cada día. Y cuando peca, viene a Jesús con arrepentimiento implorando su perdón. La sabiduría por sí sola no puede ayudarnos a resolver nuestro problema fundamental de pecado. Nuestra naturaleza pecaminosa no puede ser remediada con conocimiento o con las aplicaciones prácticas del mismo, solamente a través de aceptar a Jesús como nuestro Señor y Salvador, podemos comenzar el camino que nos ayudará a librarnos de nuestra naturaleza pecaminosa.
Dios está trabajando en los corazones de todos aquellos que han aceptado Su regalo de gracia para ir transformándolos de gloria en gloria, hasta que seamos perfeccionados en el día en que Jesucristo establezca su reino en esta Tierra. Hasta entonces, lo que podemos hacer es reconocer constantemente nuestra pecaminosidad y vivir una vida de continuo arrepentimiento con humildad ante Dios. No seamos soberbios pensando que en algún momento llegaremos a ser justos o sabios en esta Tierra como para no necesitar más arrepentimiento. Al contrario, seamos humildes reconociendo siempre nuestros pecados y pidiendo humildemente como David:
“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.” (Sal. 139:23-24).
Leamos juntos el v.29. La conclusión de Salomón al problema del mal es que Dios hizo al hombre recto, pero a causa del pecado nosotros nos hemos desviado del camino de Dios. Dios no creó el mal porque el mal no existe, sino que es la ausencia de Dios en el corazón de los hombres; así como no existen la oscuridad ni el frío, sino que son ausencia de luz y calor. Cuando uno va a medir qué tan oscuro o qué tan frío está algo, lo que en realidad mide es lo que existe, el nivel de luz y calor que hay allí. Cuanto más bajo sea el nivel de luz, más oscuro será; cuanto más bajo sea el nivel de calor, más frío estará. De la misma manera, la maldad de los hombres se mide en cuán cerca de Dios estén. Cuanto más lejos esté una persona de Dios, más malvado y perverso será; cuanto más cerca estemos de Dios, menos maldad haremos. Por tanto, Dios es bueno y no creó el mal.
Pero, si Dios es omnibenevolente, omnisciente y omnipotente, ¿por qué no ha acabado con el mal en el mundo? Porque en su omnisciencia y sabiduría Él ha usado el mal para su propósito. A través de la maldad de los hombres, Él puede mostrarles su culpabilidad y la razón por la cual no entrarán en Su Reino. También, puede demostrarles su incapacidad para vivir bien fuera de Dios. También, utiliza la maldad de los impíos para perfeccionar a sus santos. Además, no ha acabado con la maldad y castigado a los impíos por su gran paciencia, pues en su benevolencia y amor, Él quiere que todos se arrepientan y alcancen la salvación.
Dios es omnibenevolente, omnisciente y omnipotente, pero el mal existe en este mundo por causa del corazón pecaminoso y perverso del hombre, y Él lo ha permitido para que Su propósito sea cumplido. Sin embargo, llegará el día, y está cercano, podría ser hoy mismo, en que Dios ya no tendrá más paciencia y ejecutará sus justos juicios contra este mundo malvado. Yo oro para que cada uno de nosotros esté preparado para ese día. Que cada uno de nosotros pueda aceptar a Jesús como su Señor y Salvador, y vivir cada día obedeciendo la Palabra y la voluntad de Dios. Y que cuando pequemos a causa de nuestro corazón malvado y perverso, podamos acercarnos rápida y humildemente ante Dios con arrepentimiento rogando por el perdón de nuestros pecados. Oro también para que no pequemos de omisión, sino que cumplamos la voluntad de Dios de predicar el evangelio a todos, especialmente a los jóvenes de la Universidad de Panamá conforme al llamado que Dios nos ha dado en UBF y que podamos trabajar para establecer el reino de Dios en esta tierra, convirtiendo a Panamá en un reino de Sacerdotes y una Nación Santa para la gloria de Dios. Amén.
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[26.Sep.2021]_Dominical-UBF-Panamá_(ECL_7..15-29)-Mensaje.pdf
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[20.Sep.2021]_Dominical-UBF-Panamá_(ECL_7..15-29)-Cuestionario.pdf
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