Eclesiastés 3:16 - 4:16

3:16 Vi más debajo del sol: en lugar del juicio, allí impiedad; y en lugar de la justicia, allí iniquidad.
3:17 Y dije yo en mi corazón: Al justo y al impío juzgará Dios; porque allí hay un tiempo para todo lo que se quiere y para todo lo que se hace.
3:18 Dije en mi corazón: Es así, por causa de los hijos de los hombres, para que Dios los pruebe, y para que vean que ellos mismos son semejantes a las bestias.
3:19 Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad.
3:20 Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo.
3:21 ¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende abajo a la tierra?
3:22 Así, pues, he visto que no hay cosa mejor para el hombre que alegrarse en su trabajo, porque esta es su parte; porque ¿quién lo llevará para que vea lo que ha de ser después de él?
4:1 Me volví y vi todas las violencias que se hacen debajo del sol; y he aquí las lágrimas de los oprimidos, sin tener quien los consuele; y la fuerza estaba en la mano de sus opresores, y para ellos no había consolador.
4:2 Y alabé yo a los finados, los que ya murieron, más que a los vivientes, los que viven todavía.
4:3 Y tuve por más feliz que unos y otros al que no ha sido aún, que no ha visto las malas obras que debajo del sol se hacen.
4:4 He visto asimismo que todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu.
4:5 El necio cruza sus manos y come su misma carne.
4:6 Más vale un puño lleno con descanso, que ambos puños llenos con trabajo y aflicción de espíritu.
4:7 Yo me volví otra vez, y vi vanidad debajo del sol.
4:8 Está un hombre solo y sin sucesor, que no tiene hijo ni hermano; pero nunca cesa de trabajar, ni sus ojos se sacian de sus riquezas, ni se pregunta: ¿Para quién trabajo yo, y defraudo mi alma del bien? También esto es vanidad, y duro trabajo.
4:9 Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo.
4:10 Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante.
4:11 También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo?
4:12 Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto.
4:13 Mejor es el muchacho pobre y sabio, que el rey viejo y necio que no admite consejos;
4:14 porque de la cárcel salió para reinar, aunque en su reino nació pobre.
4:15 Vi a todos los que viven debajo del sol caminando con el muchacho sucesor, que estará en lugar de aquél.
4:16 No tenía fin la muchedumbre del pueblo que le seguía; sin embargo, los que vengan después tampoco estarán contentos de él. Y esto es también vanidad y aflicción de espíritu.

LAS INJUSTICIAS DE LA VIDA


Buenos días. La vida es injusta. Esta es la observación que hace Salomón a través de este pasaje bíblico que hemos leído. El filósofo miró a su alrededor y concluyó: La vida es injusta. Y hoy, tres mil años más tarde, cuando miramos a nuestro alrededor, ¿podríamos decir lo mismo? ¡Por supuesto que sí! La vida injusta. Hay violencia; corrupción; gente presa que no cometió ningún delito; gente que no ha sido apresada aunque cometen delitos; niños en la calle; gente que bota la comida; gente que come de la basura; gente que se enriquece a costas de otro; gente pobre que se endeuda cada vez más; dictadores que suben al poder para enriquecerse a sí mismos, a sus familias y amigos; ciudadanos que deben dejar atrás su vida en su país para conseguir mejores condiciones de vida en el extranjero; hay discriminación racial, de género, religiosa, xenofobia. La vida es injusta.

Esta semana hemos podido ver la situación en Afganistán. El grupo extremista musulmán Talibán retomó el control del país después de que Estados Unidos retirase las tropas que envió allí luego del ataque a las Torres Gemelas del Wolrd Trade Center en 2001. Este grupo extremista había gobernado Afganistán desde 1996, aplicando estrictamente la ley sharía o ley islámica, que prohíbe la TV, música y los feriados no islámicos; y que además es altamente opresiva con las mujeres, pues deben cubrirse completamente, no pueden estudiar ni trabajar, ni pueden viajar solas. Los 20 años de ocupación estadounidense ofrecieron una sociedad más democrática, pero ahora Afganistán volverá a la ley sharía. Por esta razón, muchos huyen desesperadamente del país, llegando, incluso, a perder la vida en el intento. La vida es injusta.

Las injusticias de la vida son usadas como argumento por los ateos para decir que Dios no existe. ¿Por qué un Dios bueno y Todopoderoso permitiría el dolor, el sufrimiento y la injusticia en su creación? Y este tipo de injusticias como la de Afganistán, favorece su argumento de que la sociedad estaría mejor si las religiones no existiesen. Ni la musulmana, ni la cristiana, ni ninguna otra religión. Este es el tema que aborda Salomón en este pasaje bíblico de hoy. ¿Por qué la vida es injusta? ¿Por qué Dios permite las injusticias de la vida? Oro para que a través del mensaje de hoy nosotros podamos entender por qué la vida es injusta y por qué Dios permite las injusticias de la vida. Y que podamos vivir en este mundo confiando en la bondad y en la justicia de Dios que cumplirá su propósito en nosotros. Amén.   

I.- La injusticia del hombre y el juicio de Dios (16-18)

Leamos juntos nuevamente el v.16 por favor. En este versículo Salomón mira hacia los tribunales que debían impartir justicia como podemos leer más claramente en la NTV: “También noté que, bajo el sol, la maldad está presente en el juzgado. Sí, ¡hasta en los tribunales de justicia hay corrupción!” Y observa que aún allí hay injusticia y maldad. Los jueces, en lugar de juzgar justamente, se parcializaban con sus amigos y con los que los sobornaban. El rico y poderoso era favorecido por encima del pobre. Donde se supone que debía impartirse la justicia había corrupción y maldad. Y Salomón hace una observación similar en el 4:1. No había ningún ser humano que defendiera el derecho de los oprimidos porque aun los jueces eran injustos, corruptos y malvados. 

Ya en la introducción de este mensaje destacamos las injusticias de esta vida. Y la vida es así de injusta porque el hombre es corrupto y malvado por naturaleza y no hay nadie que lo detenga de serlo. Las leyes que hemos creado para vivir en sociedad, ayudan a que podamos convivir un poco mejor y a que haya una menor cantidad de injusticias, pero no evita que todavía los más ricos y poderosos se aprovechen de los más débiles. Sin embargo, si no existiese ninguna ley ni ningún tribunal al cual acudir, las cosas andarían mucho peor. Imaginen cómo se viviría en las calles si no hubiese ley. Si nadie fuese castigado por robar, ¿qué impediría que alguien robase a otro? Si nadie fuese castigado por manejar imprudentemente o bajo los efectos del alcohol, ¿cuántos accidentes más habrían y cuántos morirían? ¿Por qué el ser humano necesita leyes y tribunales para poder convivir? Todo el sistema legal y judicial es necesario por el pecado del hombre.

Cuando Adán y Eva pecaron introdujeron la maldad y la desobediencia al mundo. Y cada uno de nosotros hemos heredado esa tendencia de ellos para hacer el mal, esto es el pecado. Así que naturalmente, cada uno de nosotros busca su propio beneficio, aunque eso represente perjudicar al otro. Supongamos que tenemos comida y la vamos a repartir. En lugar de repartir equitativamente, naturalmente sentimos el deseo de darles más a nuestros seres queridos y de apartar mejores porciones para nosotros mismos, aunque eso significa que al resto les corresponderá una menor porción. Esto no es justo. Y si estuviésemos entre los que reciben menores porciones nos quejaríamos de la injusticia. Pero si somos de los que recibimos las porciones mayores, aunque notemos que otros reciben menos, no nos quejaríamos para nada. Así es la vida humana por causa del pecado. 

El pecado es lo que hace que la vida sea injusta. Pero, ¿qué hacen los ateos? Preguntan dónde está Dios en medio de aquella injusticia. En lugar de reconocer lo miserable que es la naturaleza humana por causa del pecado, se justifican diciendo que las injusticias de la vida muestran que no hay Dios. Hay una historia muy interesante donde un barbero le dice a su cliente que él no cree que Dios exista y señala a la maldad y las injusticias que habían a su alrededor para apoyar su argumento. El cliente le dice que él no cree que existan los barberos porque ve mucha gente en la calle greñudos. Entonces el barbero le contesta que no sea ridículo que los barberos sí existen y que tiene uno delante de sí haciendo su trabajo. El cliente le pregunta, “¿entonces por qué hay tanta gente greñuda en la calle?” A lo que el barbero contesta: “porque no vienen a mí para que haga mi trabajo.” Finalmente el cliente le contesta: “Eso mismo dice Dios”. La injusticia y la maldad en el mundo no son pruebas de que Dios no existe, son pruebas de que el hombre está viviendo alejado de Dios y que necesita acercarse a Él para que lo cambie.

De hecho, aquí Salomón no está mirando las injusticias de la vida para decir que no existe Dios, sino para mostrar la vanidad de la vida en este mundo. Él no puede entender con su sabiduría humana cuál es el propósito para vivir esta vida injusta. Sin embargo, él no duda de la existencia de Dios y de su influencia en este mundo como veremos a continuación.

Leamos juntos el v.17. Salomón reconoce y entiende que esta vida es injusta y que no hallaremos la justicia que buscamos en este mundo, sino en Dios. Por eso dice que será Dios Quien juzgue tanto al justo como al impío o malvado. Ya sea que vivamos de forma justa o de forma malvada, debemos tener en cuenta de que seremos juzgados por Dios por todo lo que hayamos hecho. Nuestra salvación no depende de nuestras obras, sino de aceptar a Jesús como nuestro Señor y Salvador; si no Le aceptamos y vivimos conforme a lo que dice Su palabra, no importa cuántas buenas obras hagamos en este mundo, no entraremos en el Reino de los Cielos. Por otro lado, si aceptamos a Jesús como nuestro Señor pero no hacemos lo que es justo en este mundo, Jesús está viendo esto también y nos juzgará por ello, siendo avergonzados en el Día del Juicio.  Así que no creamos que la maldad y las injusticias de esta vida quedarán impunes. Dios juzgará todo lo que se hace en este mundo. Quizás no lo haga en el tiempo de esta vida (que también podría hacerlo), pero en el Día del Juicio Final, cuando cada uno de nosotros deba comparecer ante el Tribunal de Cristo o en el Juicio ante el Gran Trono Blanco, dependiendo de si has recibido a Jesús como tu Salvador o no, allí Dios dictará sentencia y hará justicia. 

Pero, ¿qué pasará mientras tanto? ¿Por qué el Señor no hace justicia inmediata? ¿Por qué permite que haya maldad e injusticias en este mundo? Leamos juntos el v.18. Salomón reflexiona en esto también y entiende que Dios permite la maldad y las injusticias en este mundo para que se revele lo que hay en el corazón del hombre. Si un hombre es malo, entonces demostrará su maldad haciendo malas obras. Si, por el contrario, un hombre es justo, demostrará su justicia por medio de sus obras. Sin embargo, lo que ha quedado demostrado es lo que nos dice el apóstol Pablo en Rom. 3:10: “No hay justo, ni aun uno”. También Salomón nos lo dice más adelante en Ecl. 7:20: “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque.” Ninguno de nosotros es justo. Todos pecamos constantemente. Todos hacemos maldad e injusticia en este mundo. Todos y cada uno de nosotros somos responsables de las injusticias de esta vida. Y Dios lo permite para mostrarnos que estamos perdidos y que necesitamos de Él. Sin Dios no somos más que animales. Y por causa del pecado, tenemos el mismo destino de los animales. Y eso nos mostrará Salomón a continuación.

II.- La muerte como juicio de Dios  (19-22)

Leamos juntos los vv. 19-20. La creación del hombre y de los animales fue diferente. En Gén. 1:24-25 “dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así.” Dios simplemente habló y todos los animales vinieron a existir. Pero con el hombre no fue así. “Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.” (Gén. 2:7). No fue hasta que Dios insufló aliento de vida en la nariz del hombre que éste se convirtió en un ser viviente. Esto es lo que nos diferencia de los animales. Dios nos dio de su espíritu, haciéndonos a su imagen y semejanza (Gén. 1:26-27). Dándonos la capacidad de razonar, de crear, de tener comunión con Él. Cosas que los animales no tienen.

También nos reveló Salomón en el pasaje bíblico que aprendimos la semana pasada que Dios puso eternidad en nuestras corazones (Ecl. 3:11) y uno de los posibles significados de esto, es que Él nos creó para la eternidad, muy probablemente para que pudiésemos vivir eternamente en este mundo también. Pero, un mismo suceso nos acontece a nosotros y a los animales: Ambos morimos. ¿Por qué morimos? Por causa del pecado. Dios le advirtió al hombre que si desobedecía el castigo sería la muerte como podemos ver en Gén 2:17: “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”. Cuando el ser humano pecó, Dios le maldijo con la muerte: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.” (Gén. 3:19). Así que la consecuencia del pecado fue la muerte, y esta es la razón por la que todos morimos, porque todos somos pecadores. 

Entonces, humanamente hablando, somos muy semejantes a los animales no solo en que ambos morimos, sino que estamos viviendo para satisfacer nuestros instintos solamente. De hecho, la ciencia nos clasifica como animales porque, desde el punto de vista terrenal, no hay mucha diferencia entre nosotros y los animales, entre nuestro destino y el de ellos, como lo expresa aquí Salomón. 

Leamos ahora los vv. 21-22. Hablando humanamente, nadie sabe qué pasa con los animales y con las personas después de la muerte. Nadie puede cruzar el umbral de la muerte y regresar para decirnos qué pasa con unos y con otros. Los ateos piensan que tanto los hombres como los animales dejan de existir con la muerte y se convierten en polvo nada más. Otras personas piensan que los animales también van al cielo. Pero ambos pensamientos están errados. Salomón plantea aquí lo que enseñan las Escrituras, pero lo hace como con duda. El Espíritu de los hombres sube a Dios que lo dio, y el de los animales simplemente deja de ser cuando acaba su existencia en este mundo, de modo que su ser queda abajo en la tierra, en la tumba. 

Dios creó a los animales para este mundo. Su propósito se cumple en el término de su vida. Pero a los seres humanos nos creó a su semejanza, para la eternidad. Nuestro propósito va más allá de nuestras vidas en este mundo. Cuando Adán y Eva pecaron, murieron espiritualmente y empezaron a morir físicamente. La muerte espiritual significa la separación eterna de Dios. El pecado nos ha condenado a estar separados de Dios por la eternidad. Como dice Rom. 6:23a: “Porque la paga del pecado es muerte”. Pero este versículo continúa diciendo: “mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” ¡El regalo de Dios es vida eterna en Cristo! Jesús ha venido para darnos vida eterna. Él murió para pagar el precio de nuestros pecados. Si le aceptamos como nuestro Señor y Salvador, Él nos resucitará espiritualmente y nos dará vida eterna con el Padre. ¡Ya no tenemos que vivir eternamente separados de Dios! Aceptemos a Jesús como nuestro Señor y Salvador y vivamos eternamente con Dios en Su Reino de justicia. Amén.

III.- Vanidad e injusticias en el trabajo en este mundo (4:1-16)

Leamos juntos el v.4:1. Salomón continúa reflexionando en las injusticias de la vida y ve cómo vive el hombre en el trato con su hermano. El hombre oprime a su semejante, y éste llora sin consuelo porque no hay quien lo defienda en este mundo, pues el opresor tiene comprado al juez. Esta es la realidad de la vida, lamentablemente. El que tiene dinero, poder e influencias, puede oprimir impunemente al pobre. Pero esto no lo soluciona el comunismo ni el socialismo, como ya se ha hecho patente en los últimos siglos. Esta situación no la puede resolver ningún gobierno ni ningún partido político. Solo Dios en el corazón de los hombres puede resolver esto, y los opresores difícilmente se arrepienten y aceptan a Jesús en su corazón.

Sabiendo Salomón que este problema no tiene solución en este mundo, se desespera y declara lo que dice en los vv. 2-3. Leámoslo juntos por favor. Salomón tenía por dichosos a los que ya habían muerto porque no tenían que continuar padeciendo las injusticias de este mundo. Y después tiene por más dichosos todavía a los que no habían nacido porque no solo no las estaban padeciendo, sino que nunca las habían experimentado. En otras palabras, Salomón preferiría estar muerto o nunca haber nacido para no continuar sufriendo las injusticias de la vida. Muchas personas tienen este pensamiento también, pero deben saber que la solución no es quitarse la vida o desear no haber nacido. La solución es morir al viejo hombre y nacer de nuevo por medio de arrepentirnos de nuestros pecados y aceptar a Jesús como nuestro Señor y Salvador. Esto quizás no va a cambiar inmediatamente las injusticias que estamos padeciendo, pero sí llenará nuestro corazón de esperanza anhelando el reino de Dios y su justicia. Si nos quitamos la vida, o si seguimos en este mundo sin aceptar a Jesús en nuestro corazón, podemos tener la certeza de que seguiremos sufriendo también en la eternidad. Pero si nos decidimos por Cristo hoy, quizás suframos un poco más en este mundo, pero estaremos felices con Dios en la eternidad cuando el reino de Dios sea establecido. 

En los vv. 4-12, Salomón muestra las diferentes formas en que el hombre pecador trabaja y vive en este mundo. Leamos juntos el v.4. Aquí vemos dos tipos de personas, el industrioso que trabaja con excelencia, y el envidioso. El envidioso solo busca competir para tratar de ser mejor que el otro. En nuestra sociedad competitiva actual podemos ver que la gente trabaja para tratar de demostrar que son los mejores y para tratar de alcanzar altas posiciones en este mundo. Y aunque algunos no lo hacen para despertar la envidia de otros, sí lo hacen con fines egoístas: para ser reconocidos, para tener mejores salarios para vivir mejor, para tener poder o influencia, etc. Debemos trabajar con excelencia para la gloria de Dios, no con motivos egoístas, ni por envidia, ni para despertar la envidia del otro. Trabajemos para que Dios sea glorificado a través de nosotros.

Leamos el v.5. Por otro lado está el necio que no quiere trabajar. Solo se sienta ahí con los brazos cruzados esperando que le llegue un bono del gobierno o una remesa del extranjero. No hace nada y así se autodestruye. Es capaz de morir de hambre o de alguna enfermedad porque no sale a trabajar o a progresar en la vida. También hay muchos de estos en la actualidad. Son conformistas y viven en la miseria, quejándose porque el gobierno no les da una casa, porque no les llega el agua que no pagan al terreno que invadieron. Y protestan por todo. Pero si les dan un trabajo no lo quieren hacer porque el salario es muy bajo, porque hay que esforzarse mucho, etc. Oremos por este tipo de gente que son los que pueden llevar a una nación a la ruina. Que Dios despierte sus conciencias para que salgan a trabajar como es debido y tengan también para ayudar a otros. Amén. 

Leamos juntos el v.6. Esta es la forma en la que todos deberíamos trabajar como aprendimos en el mensaje dominical hace dos semanas. Debemos equilibrar el trabajo con el descanso y conformarnos con tener lo suficiente. No debemos vivir trabajando afanadamente sin descanso alguno para tener los dos puños llenos de dinero. Les repito, trabajemos con excelencia para la gloria de Dios, conformándonos con nuestro salario y disfrutando las bendiciones que Dios nos ha dado en esta tierra, nuestra familia, nuestra iglesia y nuestra relación personal con Él. Amén. 

Leamos ahora los vv. 7-8. Aquí Salomón nos da un ejemplo del trabajador afanado y egoísta. Se empeñó toda su vida en trabajar sin formar una familia. Cuando estamos solteros el dinero nos alcanza mucho más porque no tenemos tantos gastos. Entonces, ¿para qué trabajar tanto si vives solo? Solamente lo hace por el amor a las posesiones. Pero el que trabaja así no piensa a quién le va a dejar todo cuando se muera. Esto es vanidad, sin sentido, y duro trabajo.

Leamos los vv. 9-12. Aquí Salomón nos muestra las ventajas del trabajo cooperativo. La vida no está diseñada para el aislamiento, sino para el compañerismo; no para la soledad, sino para la intimidad. Algunas personas prefieren el aislamiento debido a que sienten que no pueden confiar en nadie. Sin embargo, no estamos aquí en la Tierra para servirnos a nosotros mismos, sino para servir a Dios y a los demás. No nos aislemos de los demás ni tratemos de ir por nuestra propia cuenta. Colaboremos en nuestros trabajos, en nuestras familias y también en nuestra iglesia. Especialmente, oremos para que Dios nos dé nuestra ayuda idónea con la cual podamos servir como iglesia hogareña en nuestro ministerio. Amén.

Finalmente en los vv. 13-16, Salomón muestra la vanidad de lo que se consideraban valores en aquella época: la riqueza, el poder, la vejez, y aún la sabiduría. Es mucho mejor ser un joven sabio y pobre que un viejo necio. Pero aunque el joven sabio prospere y llegue a ser rey, será reemplazado luego por otro. Aunque vivir con sabiduría en este mundo es mucho mejor que vivir en necedad, no hay una ventaja duradera de la sabiduría, pues al final todos estamos acá temporalmente. Como hemos aprendido ya en otros mensajes, nada de este mundo nos es provechoso para la eternidad por lo que no deberíamos enfocarnos en las cosas pasajeras de esta vida sino en las cosas eternas. No debemos acumular tesoros en este mundo donde abundan los ladrones y donde la polilla se come la ropa y el óxido corroe los metales; mejor acumulemos tesoros en los cielos donde no hay ladrones, ni polilla, ni óxido. (Mt. 6:19-20) Y busquemos primeramente el reino de Dios y su justicia y el Señor nos dará todo lo necesario en este mundo (Mt. 6:33).

Yo oro para que cada uno de nosotros pueda entender que esta vida es injusta por causa del pecado, y que no hay manera de cambiar esto humanamente. Solo Dios puede cambiar nuestro corazón pecaminoso por el poder de Su evangelio, trayendo el reino de Dios a nuestros corazones. Vivamos, entonces, para establecer el reino de Dios en este mundo por medio de predicar y obedecer la Palabra de Dios. Que con todo nuestro corazón trabajemos para convertir a Panamá en un Reino de Sacerdotes y Gente Santa, donde reine la justicia de Dios. Amén.

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