Efesios 5:1-7

5:1 Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados.
5:2 Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a símismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.
5:3 Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos;
5:4 ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias.
5:5 Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.
5:6 Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia.
5:7 No seáis, pues, partícipes con ellos.

SED IMITADORES DE DIOS COMO HIJOS AMADOS


Buenos días. La semana pasada aprendimos que no debemos contristar o apagar al Espíritu Santo con que hemos sido sellados, sino que debemos ir renovándonos en el espíritu de nuestra mente, dejando los hábitos pecaminosos que teníamos en el viejo hombre y remplazándolos con las virtudes del nuevo hombre. Aprendimos que debemos desechar la mentira y hablar verdad los unos a los otros. Que debemos controlar nuestra ira, aunque sea ira santa. Que no debemos hurtar más, sino trabajar para ganar el sustento y compartir con los que padecen necesidad. Que no debe salir ninguna palabra dañina de nuestras bocas, sino solo palabras de edificación y gracia para los oyentes. Que debemos quitarnos toda amargura, ira, enojo, gritería y maledicencia, y toda malicia; siendo benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándonos unos a otros, como Dios también nos perdonó en Cristo.

También aprendimos que esa lista no es exhaustiva de las cosas que debemos desechar y de las virtudes cristianas que debemos cultivar. Esta lista continúa hasta el final de la epístola. Hoy aprenderemos algunos otros hábitos pecaminosos que debemos erradicar de nuestras vidas para poder llevar en nosotros la imagen del Dios santo y amoroso. De hecho el propósito de todas exhortaciones aparece en nuestros versículo clave de hoy: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados.” ¡Debemos ser imitadores de Dios! ¡Debemos llegar a ser como el Dios santo, amoroso, justo y veraz! A través del mensaje de hoy aprenderemos cómo podemos llegar a ser imitadores de Dios en su santidad y amor. Oro para que podamos abandonar todos los hábitos pecaminosos que se mencionan en este pasaje bíblico, y que andemos en amor y santidad creciendo en la imagen que Dios nos ha dado en el nuevo hombre. Amén.

I.- Imitando a Dios en el amor (1-2)

Miren el v.1. Los primeros dos versículos de este capítulo en realidad pertenecen al pasaje bíblico anterior, es decir son una continuación del v. 4:32. Debemos ser imitadores de Dios, perdonándonos unos a otros como Dios también nos perdonó a nosotros en Cristo. Sin embargo, imitar a Dios no se limita al amor y al perdón como aparece en estos versículos, sino también a la santidad, justicia y verdad que es la imagen que nos ha dado Dios en el nuevo hombre conforme a lo que aprendimos en el v. 4:24. Debemos ser imitadores de Dios en todo como hijos amados. 

Aunque en español la palabra imitación puede tener connotaciones negativas, es decir una imitación puede ser una mala copia del original o se puede imitar algo con tono de burla como hacen algunos comediantes modernos, en el NT se usa siempre en buen sentido. La palabra griega mimetés significa seguir a alguien haciendo exactamente lo que él hace para llegar a ser como él. Se parece mucho al discipulado. El discípulo aprendía las enseñanzas y el estilo de vida de su maestro para llegar a ser lo más parecido a él algún día. Cuanto más parecido fuese un discípulo a su maestro, mejor. De esa misma forma, nosotros debemos aprender las enseñanzas y las virtudes de nuestro Dios para llegar a ser como Él.

Pero la exhortación de Pablo no es ser imitadores de Dios como discípulos amados, sino como hijos amados. Los hijos son los discípulos por excelencia. Ellos crecen viendo el estilo de vida y las actitudes de sus padres y los imitan consciente o inconscientemente. Queramos aceptarlo o no, cada uno de nosotros es un reflejo de nuestros padres. Las decisiones que hemos tomado en la vida, la actitud que tenemos en nuestro matrimonio y hacia la vida en general, son producto de los valores que hemos recibido de nuestros padres o de las figuras paternas que nos hayan criado (tíos, abuelos, etc.). Este es precisamente el problema de Latinoamérica. Los matrimonios rotos o disfuncionales hacen que los niños no crezcan con los modelos adecuados en su hogar ni con salud emocional, por lo que manifiestan muchos problemas en sus vidas. Y ustedes ya saben que mi vida es un ejemplo de ello. 

Pero, habiendo aceptado a Jesús como nuestro Señor y Salvador, nuestro Padre es Dios. Y debemos verle a Él para imitarle en nuestro estilo de vida. Así como crecimos aprendiendo de nuestros padres, debemos crecer ahora espiritualmente imitando a Dios. El cristiano no tiene llamado o propósito más grande que el de imitar a su Padre Celestial. Ese es el propósito mismo de la santificación, crecer en semejanza al Señor mientras le servimos en la Tierra. Como hijos amados de Dios, los creyentes deben ser cada vez más parecidos a su Padre celestial. Así lo dijo Jesús: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mt. 5:48). Y el apóstol Pedro también se hace eco de la misma exhortación: “sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: “Sed santos, porque yo soy santo.” (1 P. 1:15-16). Así que debemos crecer espiritualmente para llegar a ser santos y perfectos como nuestro Padre Celestial. Y en este pasaje bíblico, el apóstol Pablo, nos da dos virtudes en las que debemos imitar a nuestro Padre Celestial: el amor y la santidad.

Miren ahora el v.2. Como les dije antes, esto está directamente relacionado con el v. 4:32. Debemos andar o vivir en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros. De la misma manera, debemos humillarnos a nosotros mismos por nuestros hermanos, siendo benignos con ellos y misericordiosos perdonándoles todas las veces que nos hieran o nos fallen. Fíjense que el ejemplo de amor que menciona Pablo es el de Cristo. Jesús no solamente vino a este mundo para perdonar nuestros pecados muriendo en la cruz, sino también para darnos el ejemplo de cómo debemos vivir en esta vida imitando a nuestro Padre Celestial. La vida de Jesús es el ejemplo perfecto del Hijo Amado imitando al Padre Celestial. Si queremos ser buenos imitadores de Dios debemos seguir el ejemplo perfecto de Jesús. Esa es la razón por la que estudiamos tanto los evangelios, porque allí podemos ver qué necesitamos cambiar en nuestras vidas para ser como Jesús.

En el primer mensaje de Año Nuevo de 2021 aprendimos el ejemplo de amor de Jesús en Flp. 2. Allí recibimos la dirección de Dios de tener en nosotros la misma mente o el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús que se despojó a sí mismo para servirnos y amarnos. De la misma manera, debemos despojarnos de nuestro orgullo y servir a los hermanos con amor, perdonándoles sus ofensas y procurando siempre la paz unos con otros.

¿Cómo recibió Dios ese sacrificio de amor de Jesús? Miren nuevamente el v.2b. Fue una ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. Aquí el apóstol Pablo está usando una figura del AT. Cuando se sacrificaban los animales sobre el altar, se quemaban y subía el humo como un olor fragante delante de Dios. Aunque en realidad el olor de la carne quemándose continuamente no es agradable, lo que agradaba a Dios era el olor de la obediencia de Su pueblo. Mientras ellos mantenían el sacrificio ardiendo continuamente en el altar, ellos estaban obedeciendo a Dios y a Él le agradaba eso. De la misma manera, la muerte de Jesús en la cruz es la obediencia del Hijo de Dios a la voluntad del Padre y por eso tenía olor fragante para Él. Así mismo, nuestro sacrificio de amor por nuestros hermanos, sirviéndoles y perdonándoles, es una ofrenda y sacrificio agradables para Dios. Y aunque la mayor parte de las veces ellos no se darán cuenta del sacrificio que hacemos por ellos, Dios siempre lo ve y se agrada y nos ayuda a crecer en su imagen de amor y santidad por ello. Amén.

Cada día mi familia y yo tenemos que sacrificar mucho de nuestro tiempo y recursos materiales por la obra de Dios y por cada uno de ustedes. Y así como los niños no tienen idea de los sacrificios que hacen los padres para criarlos, la mayoría de ustedes ni siquiera piensa cuánto tiempo y recursos empleamos en preparar y dar estudios bíblicos, preparar y entregar los mensajes dominicales, preparar las canciones para la adoración, preparar un espacio para poder adorar juntos, preparar alimentos para comer juntos, etc. Y muchas veces ustedes ni siquiera cantan las canciones de la adoración, no escuchan los consejos de amor que les damos para que puedan crecer espiritualmente, y en lugar de eso discuten, se quejan o critican. También rechazan nuestras invitaciones. No escriben sus testimonios bíblicos cada semana. Y nosotros, ¿qué hacemos? Andar en amor, perdonándolos en sus ofensas o las heridas que nos producen, orando por ustedes para que puedan escuchar la voz de Dios en sus vidas y para que puedan permanecer en Su camino. Conociendo e imitando el corazón amoroso de nuestro Padre Celestial por sus ovejas. Oramos que Dios pueda aceptar nuestra ofrenda y sacrificio con olor fragante y que nos ayude a conocerle más y a imitarle cada día más mientras le servimos. Amén. 

II.- Imitando a Dios en la santidad (3-7)

Miren el v.3. El apóstol Pablo pasa del autosacrificio a lo diametralmente opuesto: la satisfacción desenfrenada de nuestros deseos; pasa del amor genuino a la perversión de él, llamada lujuria. Las palabras griegas para fornicación e inmundicia juntas cubren toda clase de pecado sexual, en otras palabras, toda relación sexual fuera de su contexto: el santo matrimonio ordenado por Dios. La Biblia prohíbe tajantemente toda relación sexual fuera del matrimonio, ya sea antes del matrimonio (fornicación) o con una persona que no es nuestro cónyuge (adulterio). La relaciones con personas del mismo sexo, con varias personas a la vez, con animales o cualquier otra perversión del regalo maravilloso que nos ha concedido para la santidad del matrimonio. No sólo debemos evitar caer en ellas, tampoco debemos pensar ni hablar acerca de ellas como conviene a santos. Así de erradicadas deben estar estas cosas de la comunidad cristiana.

El apóstol Pablo también añade avaricia en este versículo, seguramente porque hace referencia a una forma degradante de ella, es decir la avaricia de utilizar el cuerpo de otro para la propia gratificación egoísta. El décimo mandamiento prohibía específicamente codiciar la mujer del prójimo (Ex. 20:17). Cada uno de nosotros debe contentarse con la pareja que Dios le ha dado en matrimonio y no debe codiciar sexual o sentimentalmente a otra persona que no sea su cónyuge.

Para los hermanos efesios y los habitantes de la provincia romana de Asia en general, esta era una demanda muy alta de valor. En Éfeso se encontraba el templo de la diosa griega de la fertilidad, Artemisa, (Diana para los romanos), y allí había sacerdotisas que eran prostitutas sagradas, pues el culto de adoración a Artemisa incluía las orgías sexuales con ellas. Así que en las calles se hablaba mucho acerca de lo que sucedía dentro del templo y mucha gente de todas partes del imperio romano venía para adorar a Artemisa porque querían participar de esa experiencia. 

De la misma manera, en la actualidad la fornicación y el adulterio son muy comunes en nuestra sociedad. Ya no son prohibidos ni mal vistos, por el contrario son alentados. Los jóvenes empiezan a tener sus primeras experiencias a partir de los 12 o 13 años, y a través del internet y las redes sociales se alientan prácticas abominables como la homosexualidad o las relaciones con más de una persona a la vez. Ahora hay decenas de orientaciones sexuales, habiendo Dios creado solo dos géneros, masculino y femenino.

Por otro lado, es común ya que las parejas vivan juntas sin casarse, y de hecho es alentado por la sociedad que convivan antes del matrimonio para ver si son compatibles sexualmente. Esto también con la intención de que si después de un tiempo notan que no son compatibles, puedan separarse más fácilmente sin tener que pasar por un divorcio. Todo esto va en contra del modelo establecido por Dios que cuando creó a Adán y Eva los unió en matrimonio diciendo: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Gén. 2:24). Y luego Jesús también citó esto cuando hablaba acerca del divorcio diciendo: “¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.” (Mt. 19:4-6). Dios instituyó el matrimonio para que el hombre y la mujer pudiesen ser una sola carne para siempre bajo su bendición. Y cualquier práctica sexual fuera del matrimonio va en contra de la voluntad de Dios y por lo tanto es pecaminosa.

Así que un verdadero cristiano, un hijo de Dios, no puede andar practicando estas cosas ni hablando de forma perversa del regalo divino de la sexualidad, eso es algo que Dios ha reservado para expresar el amor en la santidad del matrimonio y para fructificar y multiplicarse. Y Pablo tiene más que decir al respecto en los siguientes versículos.

Miren el v.4. Lamentablemente la traducción de la versión Reina-Valera no nos da una idea clara de cómo Pablo continua hablando acerca de la pureza sexual en este versículo. La BLPH traduce de la siguiente forma: “Y lo mismo digo de las obscenidades, conversaciones estúpidas o indecentes, cosas todas que están fuera de lugar; lo de ustedes es dar gracias a Dios.” El apóstol Pablo nos dice acá que nuestra pureza sexual no se limita solamente a nuestras prácticas, sino a nuestras palabras también. No podemos hablar obscenidades, chistes groseros o vulgares, que es la forma más baja del ingenio, ni andar en conversaciones estúpidas acerca del sexo. Estas tres expresiones se refieren a una mente sucia que se expresa en una conversación sucia.

Ya hemos aprendido en el mensaje de la semana pasada que si somos nueva creación nuestras conversaciones tienen que ser más elevadas. Conversaciones para exhortar, edificar y consolar, no conversaciones sucias ni de burlas hacia nuestros hermanos. Todo esto está fuera de lugar en la comunidad de los santos, y aún en nuestras conversaciones diarias. En lugar de usar nuestras bocas para tales conversaciones, debemos usarlas para dar gracias a Dios. El contraste es llamativo y hermoso. La acción de gracias no es en sí misma un sustituto obvio de la vulgaridad, pero esta última está centrada en uno mismo y la primera lo está en Dios. Quizás es a eso a lo quiere llegar Pablo: Mientras la impureza sexual y la codicia expresan la autogratificación, el agradecimiento es exactamente lo opuesto, y por lo tanto el antídoto apropiado; es el reconocimiento de la generosidad de Dios.

Con mucho pesar en mi corazón debo decir que esta Palabra habla directamente a mi vida. Aunque en medio de los hermanos yo puedo hablar con mucha santidad, en mi vida privada y en mi trabajo participo de estas conversaciones ociosas y vulgares. En lugar de dar acción de gracias y hablar las palabras evangelísticas, me recreo en estas cosas que no convienen y que pervierten mi mente y mi corazón. Aunque desde los primeros días que empecé a asistir a la iglesia, Dios ha limpiado mi lenguaje para no decir groserías como antes las decía, tengo que reconocer que todavía me hacer falta limpiar mi mente y mi corazón de este tipo de pensamientos y conversaciones. Jesús mismo me advierte al respecto cuando dice: “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.” (Mt. 12:36). Le pido perdón a Dios por mi comportamiento y lenguaje fuera de la iglesia, y oro para que Él me ayude a limpiar mi mente y corazón de este flagelo que traigo del viejo hombre. Amén.

Miren ahora los vv. 5-7. El apóstol Pablo nos hace una dura advertencia en el v.5, ningún fornicario (esto incluye también a los adúlteros), o inmundo, o avaro, heredará el reino de Dios porque anda en idolatría. Tenemos la decisión de obedecer y servir a Jehová en santidad o de seguir sirviendo a los ídolos de nuestros propios pensamientos o nuestros propios deseos. Si vivimos en fornicación, adulterio o satisfaciendo los deseos lujuriosos contrarios a Dios, entonces no heredaremos el reino de Dios. Por lo tanto, no debemos dejarnos engañar por las costumbres de este mundo de pensar que estas perversiones son cosas normales, sino que debemos ir en contra de la corriente de este mundo y vivir imitando la santidad de nuestro Dios. 

Así, el consejo final de Pablo aquí en el v.7 es: “No participen de esas cosas”. Alejémonos de la fornicación, del adulterio, de toda inmundicia sexual, y del deseo hacia otra persona que no sea nuestro cónyuge. Alejémonos de toda conversación vulgar, estúpida o perversa y hablemos solo de lo que edifica. Yo oro para que podamos imitar a Dios en su amor y santidad como hijos amados y que podamos crecer como un Reino de Sacerdotes y una Nación Santa. Dando ejemplo de cómo debe vivir un hijo de Dios en este mundo, así como lo hizo Jesús. Amén.

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