Efesios 4:25-32
4:25 Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros.4:26 Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo,
4:27 ni deis lugar al diablo.
4:28 El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad.
4:29 Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.
4:30 Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.
4:31 Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.
4:32 Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.
NO CONTRISTÉIS AL ESPÍRITU SANTO
Buenos días. La semana pasada aprendimos que nos despojamos del viejo hombre cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y aceptamos a Jesús como nuestro Señor y Salvador y, en ese mismo instante, Dios nos ha vestido del nuevo hombre creado según Su imagen en la justicia y santidad de la verdad. Estos procesos se llaman conversión y recreación. También aprendimos que, si nos hemos convertido, debemos ir renovándonos cada día en el espíritu de nuestra mente, es decir, tenemos que ir cambiando cada día nuestro estilo de vida para ser cada vez más conforme a la imagen de Dios en su santidad y justicia. Yo oro para que cada uno de nosotros pueda ir creciendo en la imagen de Dios cada día, renovando el espíritu de su mente, dejando los hábitos pecaminosos que tenían en el viejo hombre y creciendo cada día más en santidad, justicia y verdad en el nuevo hombre. Amén.
Hoy aprenderemos cómo debemos ir renovándonos en el espíritu de nuestra mente, cuáles son los hábitos pecaminosos que debemos ir dejando y con qué virtudes del nuevo hombre debemos ir reemplazándolos. Cuando seguimos viviendo con nuestros hábitos pecaminosos después de nuestra conversión, el Espíritu Santo dentro de nosotros se contrista, es decir se entristece y se va apagando. La petición del apóstol Pablo aquí es que no contristemos al Espíritu Santo sino que abandonemos nuestros hábitos pecaminosos y vivamos conforme al nuevo hombre que Dios ha recreado. Oro para que ninguno de nosotros contriste el Espíritu Santo viviendo todavía en sus hábitos pecaminosos, sino que seamos renovados cada día en el espíritu de nuestra mente, desarrollando las virtudes cristianas, y que la llama del Espíritu Santo se avive en nosotros cada día, dándonos santidad, gozo y paz. Amén.
Miren el v.25. Como cristianos debemos desechar por completo la mentira así como botamos la basura. La mentira nunca debe ser una opción para nosotros para salir de una situación o para obtener algún beneficio, sino que debemos descartarla de nuestras mentes inmediatamente. La mentira aquí no abarca solamente las palabras falsas, sino toda clase de deshonestidad. No debemos decir palabras falsas a otros para justificarnos o zafarnos de una situación. No debemos procurar engañar o estafar a otros. No debemos intentar aprovecharnos de otros. Sino que siempre debemos hablar la verdad con nuestro prójimo. Debemos ser honestos con todos. Fíjense que no dice con los hermanos, sino con el prójimo, así que debemos hablar la verdad siempre, incluso con los que no son creyentes.
Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn. 14:6), así que sus seguidores deben andar también en la verdad siempre, porque el que anda en la mentira es hijo del diablo porque él es mentiroso y padre de mentira (Jn. 8:44). La primera mentira del mundo la dijo el diablo en el huerto del Edén para engañar a Eva y que tanto ella como su marido pecasen. Así que no seamos mentirosos como el diablo sino andemos siempre en la verdad como nuestro Señor Jesucristo. Los seguidores de Jesús, deberían ser conocidos en su comunidad como gente honesta, confiable, cuya palabra no merece duda. La gente no debería decir nunca: “Él es cristiano pero no puedes confiar en él porque es mentiroso, deshonesto, siempre está tratando de aprovecharse de ti.” Una persona con estas características no es realmente cristiano, así vaya a la iglesia todos los días. Nuestros compañeros, nuestros vecinos, nuestros familiares, deberían confiar en nosotros plenamente sabiendo que siempre les hablaremos la verdad en amor y que nunca tendremos agendas ocultas para aprovecharnos de ellos.
También podemos notar aquí que desechar la mentira y hablar la verdad se hace más imperativo dentro de la Iglesia porque el apóstol Pablo dice: “porque somos miembros los unos de los otros.” Somos parte del mismo cuerpo, y el cuerpo no se miente a sí mismo. El ojo no engaña al pie para que se caiga, ni el cerebro engaña a la mano para que se queme. Cada uno de los miembros de nuestro cuerpo vela por el otro para que no se haga daño. Cuando nos estamos cayendo, el cerebro y la mano actúan en conjunto tratado de evitar que el cuerpo se golpee, y en ese proceso es posible que la mano, o el brazo entero, terminen lesionados, pero lo hacen para resguardar el resto del cuerpo. De igual manera, en la Iglesia debemos hablar verdad unos con otros y ayudarnos unos a otros porque somos miembros del mismo cuerpo. Una mentira en la Iglesia es una puñalada contra el propio cuerpo de Cristo porque la comunión se construye sobre la confianza, y la confianza sobre la verdad. Por lo tanto, la mentira socava la comunión, mientras que la verdad la fortalece. Así que seamos honestos en nuestras palabras y acciones siempre.
Miren ahora los vv. 26-27. Estos versículos parecen darnos una concesión para enojarnos, pues, después de todo somos humanos y tenemos derecho a enojarnos, ¿no? Pues, la verdad, no es exactamente así. Estos versículos no son una licencia para que nos enojemos cuando alguien nos haga algo, sino que nos dicen que hay cierto tipo de ira que está permitida pero bajo ciertos parámetros. Existen dos tipos de ira, la ira santa de Dios y la ira humana. La ira santa de Dios es la que sintió Jesús cuando entró al Templo de Jerusalén y lo vio hecho un mercado donde los líderes religiosos se aprovechaban de la fe del pueblo, y por eso Jesús volcó las mesas de los cambistas y los echó a todos de allí. Otro ejemplo de ira santa es la de Martín Lutero quien estaba indignado por la corrupción dentro de la Iglesia Católica y fue y clavó sus 95 tesis en las puertas de varias iglesias en Wittenberg propiciando la Reforma Protestante. Pero en la ira humana no obra la justicia de Dios (Stg. 1:20). La ira humana procede del orgullo herido, del rencor, de la malicia, la animosidad o el espíritu de venganza. Así que es pecaminosa.
Por lo tanto, cuando Pablo dice aquí: “Airaos, pero no pequéis”, se refiere a que podemos experimentar en nosotros la ira santa de Dios contra el pecado, pero no podemos pecar en ese proceso. Podemos ver la injusticia o el pecado de la gente y ser llenos de la ira santa de Dios en nuestros corazones por esa situación o pecados, pero no podemos pecar precipitándonos a actuar o hablar contra ello sin ningún tipo de medida. Debemos ser prontos para oír, tardos para hablar y tardos para airarnos (Stg. 1:19). Debemos revisar nuestra actitud así como nuestra motivación antes de enojarnos con otros. Y sobre todo, “no se ponga el sol sobre vuestro enojo”. La intención del apóstol es advertirnos que no debemos “acariciar” la ira. No debemos guardar el enojo por largo tiempo. Es peligroso dejar que las brasas se mantengan encendidas. Debemos deshacernos del enojo lo más pronto posible. Si meditamos en nuestro enojo y nos damos cuenta que es ira santa por el pecado, debemos orar para buscar la dirección de Dios en cuanto a lo que debemos hacer; pero, si nos damos cuenta de que hay algún elemento pecaminoso o egoísta en nuestro enojo; y si nuestra ira degenera en “enojo” o resentimiento, como dice el v.26; entonces es tiempo de poner fin a nuestro enojo y pedir perdón o reconciliarnos con la persona afectada.
No debemos dar lugar al diablo. El diablo anda alrededor de nosotros como león rugiente buscando a quién devorar (1P. 5:8). Y donde hay una discordia, donde hay enojo, por allí anda rondando para aprovechar la situación. Así nuestra ira haya tenido un origen santo, si no la canalizamos como se debe, entonces podemos pecar con ella. Así que el diablo, sabiendo esto, anda alrededor de la gente enojada, esperando poder aprovechar la situación para su propio beneficio, provocando en ellos el odio o la violencia o abriendo una brecha en la comunión. Así que, amados hermanos, no se enojen unos con otros. Y si alguno les causa algún daño, provocando su ira, sigamos el consejo del apóstol Pablo en Ro. 12:19-21: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.”
Miren el v. 28. Si había alguno que robaba antes de convertirse, obviamente no lo puede seguir haciendo. El octavo mandamiento es “no hurtarás” (Ex. 20:15). Esta demás decir que como cristianos no debemos hurtar o asesinar, parece muy lógico, ¿verdad? Pero debemos incluir la aplicación amplia de este mandamiento y no solo el hurto físico de bienes. No debemos evadir impuestos, esto es un hurto también. Aunque ustedes puedan opinar, con toda razón, que el gobierno se roba nuestros impuestos y por eso quieren evitar pagarlos, eso no es correcto. Pablo nos dice en Ro. 13:7: “Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra.” Debemos pagar nuestros impuestos aunque no sean justos o aunque alguien en el gobierno se los robe. No hurtarás también aplica al a los empleadores que oprimen a sus trabajadores, haciéndoles trabajar aún fuera de horario sin pagarles horas extras, o no reconociéndoles todas sus prestaciones de ley. Y a los empleados que trabajan mal o con desgano, o que se llevan las cosas de su trabajo para su casa. No hurten más. Más bien, trabajen, y háganlo bien. Ganándose su sustento. Y compartan con aquellos que padecen necesidad.
Miren el v.29. El apóstol pasa del uso de nuestras manos al uso de nuestras bocas. El habla es un don maravilloso de Dios. Es una de nuestras capacidades que refleja nuestra semejanza con Dios. Nuestro Dios habla, y como Él, nosotros también lo hacemos. El habla nos distingue de la creación animal. Las vacas pueden mugir, los perros ladrar, los burros rebuznar, etc., pero sólo los seres humanos podemos hablar. Así que evitemos que salgan palabras corrompidas de nuestra boca. El apóstol Pablo usa aquí la palabra griega sapros que se utiliza para hablar de árboles y frutas en descomposición. Cuando se aplica al habla, implica deshonestidad, falta de amabilidad o vulgaridad, sugiriendo algún tipo de daño hacia quien escucha. En lugar de hablar para dañar o destruir, debemos utilizar nuestro don singular del habla para edificación, es decir para ayudar a la gente a crecer. Entonces nuestras palabras serán de bendición para quienes escuchan.
Nuestro Señor Jesucristo enseñó la gran importancia de la palabra hablada. Nuestras palabras revelan lo que está en nuestro corazón: “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca.” (Lc. 6:45). Y también enseñó que tendremos que dar cuenta en el día del juicio de cada palabra ociosa que hayamos pronunciado: “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.” (Mt. 12:36). Así que debemos ser muy cuidadosos con las palabras que salen de nuestra boca. Y si están saliendo palabras hirientes o vulgares debemos arrepentirnos y limpiar nuestros corazones porque de allí vienen esas palabras.
Si somos verdaderamente una creación nueva de Dios, debemos desarrollar nuevos niveles de conversación. En lugar de herir a la gente con nuestras palabras, desearemos ayudar, alentar, alegrar, consolar y estimular. La gente debe ser edificada con nuestras palabras y no destruidas. Que Dios nos dé las conversaciones santas que nos ayuden a edificarnos los unos a los otros y a crecer en Su amor y gracia. Amén.
Miren el v.30. No resulta claro en forma inmediata por qué Pablo introduce ahora al Espíritu Santo. Podemos pensar que detrás de nuestras acciones humanas hay seres espirituales implicados. Ya el apóstol Pablo nos ha advertido que no debemos dar lugar al diablo, así que detrás de nuestro pecado está implícita la influencia del diablo en nuestras vidas. Pero ahora nos recuerda que dentro de nosotros habita el Espíritu Santo que hemos recibido como sello de nuestra redención. Así que nuestras acciones pueden estar influidas o pueden afectar al Espíritu Santo dentro de nosotros.
“No contristéis al Espíritu Santo de Dios”. Si nos mantenemos practicando nuestros hábitos pecaminosos que teníamos antes de recibir esta nueva vida en Cristo, entonces contristaremos al Espíritu Santo. Contristar significa causar dolor o tristeza. No debemos herir o entristecer al Espíritu Santo dentro de nosotros. Y esto, por cierto, nos dice que el Espíritu Santo es una persona, pues solamente se puede causar dolor, pena o aflicción a una persona. Entonces, no debemos entristecer al Espíritu Santo con nuestros hábitos pecaminosos: mintiendo, airándonos, hurtando o haciendo cualesquiera cosas que hacíamos antes de aceptar a Jesús como nuestro Señor y Salvador.
El Espíritu Santo es quien nos consuela, nos enseña todas las cosas y nos las recuerda (Jn. 14:26); nos ayuda en nuestra debilidad y a orar conforme a la voluntad de Dios y para nuestro bien (Ro. 8:26-27); es el que nos convence de pecado, de justicia y de juicio (Jn. 16:8). Y cuando lo entristecemos lo apagamos (1Ts. 5:19), es decir disminuimos su influencia sobre nosotros. Si contristamos o apagamos al Espíritu Santo dentro de nosotros, ¿quién nos enseñará todas las cosas? ¿Quién nos recordará la Palabra que hemos aprendido cuando la necesitamos? ¿Quién nos consolará? ¿Quién nos ayudará en nuestra debilidad? ¿Quién nos ayudará a orar como nos conviene? ¿Quién nos advertirá acerca del pecado? Andaremos sin freno en el pecado. Así que no debemos contristar al Espíritu Santo porque nos podemos encontrar en serios problemas. Rindámonos más bien a Su guía. Dejemos que sea Él quien controle nuestras vidas, nuestras emociones, nuestras actitudes y nuestras acciones, y así viviremos en el nuevo hombre conforme a la voluntad de Dios.
Ahora el apóstol Pablo concluye este pasaje bíblico resumiendo cuáles son los hábitos pecaminosos del viejo hombre que debemos desechar y cuáles son las virtudes del nuevo hombre que deben hacerse evidentes en nuestras nuevas vidas en Cristo, y que deben ir desarrollándose cada vez más por la renovación constante del espíritu de nuestra mente. En otras palabras, cómo debemos vivir para no contristar al Espíritu Santo, sino para que pueda ser avivado en nosotros y mostrarse la evidencia de la nueva creación que Dios ha hecho en nosotros.
Miren el v.31. Aquí tenemos una serie completa de seis actitudes y acciones desagradables, que deben ser abandonadas enteramente y que parecen seguir el camino de la ira en el corazón del hombre. Esta lista no es exhaustiva de las cosas que debemos quitar de nosotros, sino un ejemplo que pone el apóstol Pablo. Empieza con la amargura que se refiere a tener un espíritu y lenguaje agrios. No hay nada más triste en las personas que una visión negativa y cínica de la vida. Citando a Aristóteles, el obispo anglicano Armitage Robinson lo define como “un espíritu amargado y resentido que se niega a reconciliarse”. Nunca debemos seguir esa actitud de vida. No debemos andar amargados por allí esperando cualquier situación para descargar la ira y el enojo.
Continúa, entonces, con enojo e ira. Debido a la similitud de las palabras, la versión Reina-Valera como que ha invertido la traducción que sería más apropiada como la traduce la NVI, ira, primero, y enojo después. La ira, en griego dzumós, denota un arrebato apasionado, una explosión de ira debida a la indignación interna. Y el enojo, en griego orgé, denota una hostilidad más instalada y sombría, frecuentemente con vistas a tomar venganza. Orgé es menos súbita en su aparición que dzumós, pero más duradera en su naturaleza. Entonces, la diferencia entre ira y enojo, es que la ira es una expresión explosiva de la rabia, mientras que el enojo es la acumulación y maduración de esa rabia que finaliza en un resentimiento contra la persona.
Luego está la “gritería”, en griego kraugé, describe a la gente que se alborota, que alza su voz en una pelea y comienza a gritarle a los demás. Mientras que “maledicencia” es hablar mal de otros, especialmente a sus espaldas, y por lo tanto difamar y aun destruir su reputación. La sexta palabra es malicia o mala voluntad, esa actitud que desea y probablemente trama el mal en contra de la gente. No hay lugar para estas cosas desagradables en la comunidad cristiana; debemos erradicarlas totalmente de nuestras vidas. Y en su lugar debemos actuar como nos pide Pablo en el siguiente versículo.
Miren el v.32. Debemos ser benignos unos con otros. La palabra benigno en griego se parece a la palabra gracia. Debemos actuar con gracia con otros, así como Dios ha actuado con gracia con nosotros. Debemos darles amor y respeto aunque no lo merezcan. Debemos ayudarlos aunque no lo merezcan. Debemos actuar con benignidad con nuestros hermanos, así como Cristo lo hizo con nosotros. También debemos ser misericordiosos. Esto se parece mucho a la benignidad. Debemos hacer el bien a otros, aunque nos hagan mal, teniendo compasión de ellos y tratando de entender qué habrá llevado a esa persona a maltratarnos así. No considerar el maltrato, sino el sufrimiento interno de la persona que lo hace maltratar así a otro. Como Jesús en la cruz que al ver a los que le crucificaban oró diciendo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34). O Esteban que cuando era apedreado oraba por sus verdugos diciendo: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado.” (Hch. 7:60).
Y, precisamente, el apóstol Pablo finaliza el pasaje bíblico pidiendo que nos perdonemos unos a otros, como Dios también nos perdonó a nosotros en Cristo. Fíjense que si Pablo nos dice aquí que debemos perdonar a los hermanos, significa que nuestro hermano, el santo hermano que tenemos al lado, va a hacernos daño, con o sin intención, hará algo que nos herirá. Y, ¿qué debemos hacer nosotros? ¿Reprenderlo para que se arrepienta? ¿Dejar de hablarle hasta que me pida perdón? ¿Tratarlo diferente de ahora en adelante? ¡No! Perdonarlo. ¿Y saben por qué? ¡Porque él también va a tener que perdonarnos a nosotros más de una vez! ¡Sí, nosotros los santos y fieles en el Señor, le vamos a hacer daño, con o sin intención a nuestros hermanos, y él tendrá que perdonarnos! ¡Sí, el pastor también entra dentro de ese grupo! ¡Mi pastor también me va a hacer daño y también le tengo que perdonar aunque nunca me pida perdón! Algunos dicen: “Sí, yo perdono, pero no olvido. Ya no lo puedo tratar igual.” Pero eso no es lo que Dios hace con nosotros. Él perdona todos nuestros pecados y los olvida y nos trata como si nunca le hubiésemos fallado, aun sabiendo que le vamos a volver a fallar. Así que perdonemos y olvidemos las faltas los unos a los otros como Dios ha hecho con nosotros. Y sigamos el amor siempre.
Este pasaje bíblico me ha hablado muy personalmente. Por el abandono de mi padre, la crianza de mi madre y todas las cosas que viví durante mi niñez y adolescencia yo crecí con mucha amargura, resentimiento y enojo. Y de tiempo en tiempo libero una bomba de ira. Primero, era con mi hermano. Luego, con mi mamá. Y mucho más recientemente con mi esposa y mis hijas. Aunque ya me he despojado del viejo hombre y he sido vestido del nuevo hombre, aún está ese hábito pecaminoso en mi corazón. He luchado por quitar eso de mi vida, pero debo confesar que todavía hay amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia en mí. Necesito rendir estas cosas al Espíritu Santo. Aprender más benignidad y misericordia. Necesito ser más pronto para oír, tardo para hablar y tardo para airarme. Y oro para que el Espíritu Santo tome el control de este aspecto de mi vida. Oro para que sea renovado en el espíritu de mi mente y no contriste al Espíritu Santo con mi pecado. Amén.
Es mi oración que cada uno de ustedes pueda ser verdaderamente convertido en Cristo, despojándose del viejo hombre y siendo vestido del nuevo hombre, y renovándose cada día en el espíritu de su mente. Que puedan abandonar definitivamente sus hábitos pecaminosos de modo que no contristen al Espíritu Santo, sino que sea avivado en ustedes para dar el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Y que cuando cometamos faltas los unos contra los otros podamos ser benignos y misericordiosos para perdonarnos. Que UBF Panamá sea una comunidad de santidad, amor y perdón. Amén.
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[25.Abr.2021]_Dominical-UBF-Panamá_(EFE_4..25-32)-Mensaje.pdf
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